jueves, 25 de abril de 2019

Practicar -también- en vacaciones.

Con Borja y Susanna en Badalona la pasada Semana Santa. 

Las personas que practicamos Ashtanga Yoga de acuerdo con la tradición del KPJAYI de Mysore descansamos un día a la semana -típicamente sábado o domingo- además de en las lunas llenas y nuevas.  Es decir, nuestros pies se colocan sobre la esterilla cinco o seis días semanales, independientemente de si hace frío o calor, luce el sol o graniza y es invierno o verano.  También practicamos en navidades, Semana Santa y el día de nuestro cumpleaños.

Mucha gente que observa desde fuera este estilo de vida se queda perpleja: "Pero, ¿no vais a descansar ni siquiera en estos días de fiesta?"  Y me figuro que, más de uno, al descubrir que de hecho, y salvo inevitable fuerza mayor, la práctica de cinco/seis días a la semana la mantenemos durante las cincuenta y dos semanas de que consta el año, concluye que, o bien debemos de padecer algún trastorno mental obsesivo-compulsivo, o quizás que hemos sido abducidos por una secta que nos ha convertido en unos verdaderos fanáticos.  En cualesquiera de los casos tenemos un serio problema y necesitamos ayuda urgente.

No deja de ser curioso que esta clase de pensamientos ronden la cabeza de personas que, de analizar fríamente sus hábitos, sin duda encontrarían alguna actividad, sino un buen número de ellas, a la que dedican ingentes cantidades de tiempo de manera regular y que son completamente vacías o, si no del todo, sí que han crecido de manera grotesca hasta ocupar enormes porciones de sus vidas.  Así, ¿cuánto tiempo dedica el ciudadano medio a ver la televisión, navegar por Internet, husmear en las redes sociales, cotillear sobre la vida de otros, alimentar sus grupos favoritos de Whatsapp, salir de copas, etcétera, etcétera?

No quiero decir que haya que evitar ninguna de estas cosas, sino hacer hincapié en el hecho de que la gente sí que tiene a su disposición amplios intervalos de tiempo libre, lo que ocurre es que las decisiones que cada día toma le suelen llevar a invertirlo, y en ocasiones desperdiciarlo, en algunos de los entretenimientos ligeros que ofrece la vida moderna.


No hay nada de malo en ello siempre que sea lo que uno quiere.  Para muchas personas el fin último en la vida puede consistir en exprimir al máximo el fin de semana, salir de fiesta y desmadrarse, acumular horas y horas de experiencia en videojuegos o pegarse atracones de televisión y prensa rosa.  Es un fin perfectamente loable que no va conmigo, pero allá cada cual.

El problema surge cuando nos llega el momento en que, por ejemplo, nos proponemos aprender a tocar un instrumento musical, hacer una colección de sellos, plantar un bonsai, leer los cien mejores libros de la Literatura universal, apuntarnos a un gimnasio para perder peso, construir una maqueta del Titanic, cultivar un huerto o aprender a bailar tango, pero con la manida excusa de la falta de tiempo no superamos nunca la fase de proyecto.  Se trata de una situación que todos conocemos bien: los grandes planes de septiembre o enero suelen quedarse en nada para cuando llegan los meses de noviembre o marzo.

Con el yoga sucede algo parecido.  La mayoría esgrimimos la misma queja: no tenemos tiempo, y en base a ella lo abandonamos o no llegamos a empezarlo nunca.  Pero, curiosamente, esto se aplica solamente a nuestra práctica.  Ya no es que no dispongamos de noventa minutos diarios (lo que típicamente llevaría completar la primera serie), sino ya ni siquiera los treinta o quince minutos necesarios para mantener una práctica mínima pero, en cambio, siempre tenemos de sobra para comer, dormir, viajar, trabajar, ir de compras, alternar con gente y entretenernos.  No tenemos tiempo para la práctica, y sin embargo, las preocupaciones, el miedo, la ira, la inseguridad y la ansiedad siguen estando allí robándonos preciosos momentos de nuestra vida y nuestro descanso.  Los smartphones, iPads y Facebook devoran también enormes pedazos y tampoco vemos ningún problema en ello.  Pero en lo que respecta a la práctica, nos acucia el tiempo.  ¿Por qué?

El yoga es una actividad especialmente susceptible a ser abandonada por un motivo muy claro: asusta.  Su planteamiento físico es sólo una gabardina, es decir, su capa más externa y visible.  Debajo subyace una propuesta a la que el ser humano no está acostumbrado, consistente en retirar la mente del mundo exterior de los objetos y voltearla hacia el silencioso, desconocido y a menudo inquietante, mundo interior.


Este proceso de retirada del mundo externo resulta difícil, y hay dos razones para ello.  La primera es nuestra estrecha familiaridad con el mundo externo.  Esto es lo que conocemos.  Esto es donde hemos nacido.  Vivimos aquí y moriremos aquí.  Nuestras nociones de pérdida y ganancia, fracaso y éxito las define el mundo externo y se constriñen a él.  Lo percibimos completo, sólido.  Creemos firmemente en la realidad de este mundo externo y, en pocas palabras, resulta extremadamente difícil abandonarlo.

El segundo motivo por el que se nos hace tan arduo girar la mente hacia dentro es que conocemos muy poco acerca de la dimensión interna de la vida.  Lo poco que sabemos se basa en cortos destellos intuitivos o en lo que otras personas han dicho o escrito.  Dado que no tenemos una experiencia directa de la realidad interna, no estamos del todo convencidos de que ni siquiera exista.  Para la mayoría de nosotros, el mundo interno no tiene sustancia y la duda socava nuestra creencia en él.  Sentimos curiosidad, sí, pero nos parece lejano, inalcanzable.

Como resultado de ello, la exploración del mundo interno y la permanencia en él durante cierto periodo de tiempo no figura entre nuestras prioridades.  A menos que estemos convencidos de la importancia de conocer dicha dimensión interna, jamás empeñaremos el tiempo y la energía suficientes en investigarla.  Y a menos que practiquemos con persistencia durante un largo periodo de tiempo, el hábito erigido sobre nuestra práctica no llegará nunca a ser lo suficientemente intenso como para sobreponerse a los hábitos que distraen nuestra mente y la arrastran una y otra vez de vuelta hacia lo externo.

La pasada Semana Santa estuvimos en Badalona en un retiro de Ashtanga Yoga con nuestro querido profesor Borja.  Fotografías obtenidas durante esas vacaciones ilustran esta entrada del blog.  Practicamos todas las mañanas de Jueves Santo a Domingo de Resurrección.  La misma práctica que hacemos en solitario de manera cotidiana durante todo el año pero con otras personas alrededor y en presencia de Borja.  Para nosotros fue un verdadero placer volver a sentirnos alumnos a los pies de Borja, aunque me imagino que a muchas personas les costará entender que durante nuestras vacaciones hayamos optado por continuar levantándonos temprano para hacer lo que ya hacemos durante el resto del año, y que encima lo hayamos disfrutado.  


Las personas que piensen así seguramente estén relacionando la práctica de yoga con la noción que tienen de madrugar para ir al trabajo: un trabajo que necesitan para subsistir pero que les desagrada y del que durante las vacaciones prefieren olvidarse por completo.  La cuestión de fondo es que para nosotros la práctica no supone ninguna obligación desagradable y mucho menos un castigo o una tortura que nos hemos impuesto.

Por desgracia, la vida de muchos se ha convertido en una suerte de carrera de caballos en la que no desempeñamos el papel de jinete que lleva las riendas, sino el del caballo al que se hace galopar desbocado a base de espuelazos o latigazos hacia no se sabe muy bien dónde.  Si madrugamos, no es porque así lo hayamos decidido, sino porque no nos queda más remedio y porque si no lo hacemos recibiremos una reprimenda por parte de terceras personas o instituciones que se erigen en nuestro jockey fustigador particular.  La disciplina impuesta desde fuera la asumimos sin chistar obedientes, pero nos cuesta mucho establecerla si es para algo que nos atañe sólo a nosotros mismos.

En mi antiguo trabajo en Madrid, a menudo mis compañeros me preguntaban si no se me hacía insoportable practicar yoga después del trabajo o levantarme temprano para hacerlo antes.  Yo, que después de tantos años conocía bien las circunstancias vitales de algunos, les recordaba que ellos cada día demostraban ser capaces de embarcarse en una verdadera odisea matutina de dos horas de duración para trasladarse en transporte público desde Alcalá de Henares o Alpedrete hasta el centro de Madrid.  Su réplica era que, claro, si no cumplían con el horario laboral corrían el riesgo de sufrir un despido procedente por parte de la empresa, pero que a mí nadie me iba a amonestar de ninguna forma si no me presentaba en la clase de yoga.

Mi última palabra era la siguiente: "La diferencia es que vosotros asumís la disciplina como obligación.  En el caso del yoga, yo lo hago por gusto."

En efecto, hacer por gusto algo que se ha convertido en un deber o, mejor aún, que uno mismo ha convertido en un deber.  Porque educar y proveer a los hijos es algo que se hace con mucho gusto, pero también es una obligación ineludible.  Salir al monte cada domingo, acudir a clases de saxofón los martes y jueves, jugar al Scalextric el fin de semana o volverse vegetariano no son actividades que encadenen a nadie y que se pueden abandonar en cualquier momento, pero si se mantienen a lo largo del tiempo con gran persistencia al final se pueden llegar a convertir en disciplinas asumidas con gusto que te hacen sentir bien, que te agradan, que quieres mantener cerca de ti y revivirlas una y otra vez y que incluso acaban conformando tu propio estilo de vida.


Justo esto es lo que es el yoga para nosotros.  La forma de yoga que practicamos, Ashtanga Yoga, exige esfuerzo y dedicación.  Cada día de práctica supone un notable esfuerzo físico y mental, pero no la vemos como una inaguantable obligación ni como una manera de mortificarnos sino todo lo contrario: se trata de una rutina diaria que nos hace sentir bien, nos proporciona bienestar y ayuda a asentar nuestras emociones.

Durante la conferencia de los sábados en Mysore a menudo la gente le pregunta a Sharath Jois qué puede hacer para mantener la motivación al regresar a casa.  A veces su respuesta es así de sencilla: "¿No te limpias los dientes cada día?  Pues haz también cada día tu práctica."  Este profiláctico paralelismo resulta muy acertado porque describe la práctica no como una rutina de ejercicios de la que uno se puede aburrir, sino como una forma de limpieza, de chequeo de sistemas, de comprobación del estado de la maquinaria que se ha incorporado a tu vida como el limpiarse los dientes tras una comida, ponerse los zapatos antes de salir a la calle, prepararse la cena por la noche y tantas otras cosas que llevamos a cabo a lo largo del día sin plantearnos si tendremos ganas de hacerlas o no.

Al practicar cada día o, mejor dicho, los cinco/seis días a la semana que practicamos quienes lo hacemos de acuerdo con el método tradicional, nos estamos poniendo ante un espejo que proyecta no nuestra imagen, sino la situación actual en que nos encontramos.  La práctica es un patrón, una regla de medir siempre con la misma longitud, y al colocar sobre ella tu respiración y los movimientos de tu cuerpo se te ofrece la oportunidad de observar de manera íntima y silenciosa el estado particular de tu mente en ese día.  ¿Respiras como la suave brisa del mar o más bien como un búfalo en celo?  ¿Estás tranquilo y centrado o quizás estás volviendo una y otra vez a ese problema que tanto te angustia?  ¿Acaso has empezado suave y lento y a medio camino has metido el turbo como si tuvieras que salir corriendo a algún lado?  ¿Estás presente en cada asana o a cada momento estás pensando en lo que viene después?  ¿Aflojas cuando y donde tienes que aflojar o estás apretando y contrayendo de forma innecesaria para conseguir llegar más lejos?  ¿Has terminado la práctica casi sin darte cuenta o tenías ganas de terminar cuanto antes y has buscado el reloj con la mirada veinte veces?  Las posturas en sí habrán sido ejecutadas con mejor o peor aspecto, pero lo que es seguro es que tu experiencia interna de hoy habrá sido distinta de la de mañana.  Una persona que te saque sendas fotografías hoy y mañana en parivritta trikonasana puede que no note diferencia cuando las compare.  Sin embargo, más allá de la imagen externa que haya captado el objetivo, tu sabes que tu experiencia interna, tu proceso de reflexión en el asana habrá sido distinto cada día.  Al final, aprendes que la mejor práctica se siente dentro y no se puede capturar en ninguna foto.  Y este conocimiento será algo que ni las frustraciones de la vida, sus éxitos y fracasos, las temidas lesiones ni la inevitable vejez te podrán arrebatar jamás.

En resumidas cuentas, la principal fuente de motivación surge de nosotros mismos.  La pereza, la resistencia y el desánimo se desmoronan desde el momento en que la práctica adquiere tanto sentido como experiencia reflexiva que no encontramos ningún motivo para dejar de hacerla.  Ni siquiera durante las vacaciones.





"Obsessed is the word lazy people use to describe the dedicated."

"Obsesionados es la palabra que los perezosos emplean para describir a los entregados"




miércoles, 10 de abril de 2019

¿Evoluciones o distorsiones? Lo que Ashtanga Yoga no es.


A lo largo de los tres años y medio largos de existencia de Ashtanga Yoga Bilbao, y diríase que cada vez con mayor frecuencia, nos surge la peculiar situación de tener que explicarle a gente que creía haber practicado Ashtanga Yoga que en realidad no había practicado Ashtanga Yoga

La casuística es amplia.  Ha habido desde quien afirmaba haber practicado ya Ashtanga Yoga y quería conocer “nuestro método”, hasta personas que reconocían ser profesoras de Ashtanga Yoga pero desconocían por completo eso de la práctica “estilo Mysore”.  Lo más llamativo son los autoproclamados practicantes de "otra forma de Ashtanga Yoga", como si por ahí existiera un amplio abanico de estilos bajo el epígrafe "Ashtanga Yoga" entre los que escoger.

Lo primero que tengo que decir es que la gente es libre de hacer aquello que guste y de la manera que más le guste.  La única pega la sitúo en la integridad y coherencia de aquello que se dice enseñar, que a veces se reduce a una simple cuestión de nomenclatura.  

Pattabhi Jois enseñó una práctica de posturas sincronizadas con un forma especial de respiración mediante el concepto de vinyasa y ordenadas en secuencias de dificultad creciente que se enseñaban en un formato de práctica autónoma, sin guía externa, en lo que se dio a conocer como estilo Mysore, en alusión a la ciudad en la que Guruji vivió, aprendió y enseñó.  Más tarde, y con el objeto de clarificar los pasos exactos, los vinyasas que componían cada asana, comenzó a enseñar clases guiadas que servían de complemento a las clases estilo Mysore.  Esto no es nuestro método, sino el método, lo que se acabaría conociendo como el método tradicional de Ashtanga Yoga al que se dedicó la penúltima entrada de este blog.

Aspecto de una clase de Ashtanga Yoga tradicional en Ashtanga Yoga Bilbao.

A este estilo de yoga a cuya divulgación dedicó su vida Guruji lo llamó Ashtanga Yoga, lo cual quizás no fue lo más acertado porque invitaba a confundirlo con el yoga de los ocho pasos (ashtanga) descrito por el sabio Patanjali en el segundo capítulo de los Yoga Sutras.  Se dice que el texto medieval (Yoga Korunta) en que estaba basado el método de Jois se encontraba enrollado en un pergamino junto con una copia de los Yoga Sutras cuando fue encontrado por Krishnamacharya en la Biblioteca de Calcuta, lo que sugería que el método de asanas debía de ser aprendido junto con el texto filosófico.  El yoga de los ocho pasos de Patanjali, obviamente, hacía referencia a un sistema de yoga mucho más amplio y en ningún caso constreñido a las enseñanzas de Krishnamacharya y Jois, pero el hecho de que se hubiesen hallado juntos en el mismo rollo los relacionaba de manera inequívoca, y por eso Guruji debió considerar legítimo el empleo del nombre de Ashtanga Yoga Nilayam (Estudios de Ashtanga Yoga) cuando abrió su escuela en 1948.  En realidad. se trataba de "su manera" de practicar el ashtanga yoga, el yoga de los ocho pasos de Patanjali, la manera que él había aprendido de Krishnamacharya y la que él enseñaba, con la práctica directa de las cuatro ramas externas (yama, niyama, asana y pranayama) y la práctica indirecta, sutil, de las cuatro ramas internas (pratyahara, dharana, dhyana, samadhi). 

A partir de la década de 1970 el Ashtanga Yoga de Pattabhi Jois se difundió por el mundo y el término "ashtanga" se acabó identificando casi totalmente con el yoga de Pattabhi Jois, lo que en cierto modo eclipsaba al ashtanga yoga descrito en los Yoga Sutras de Patanjali, texto fundacional del yoga como sistema filosófico y en el que absolutamente todos los estilos de yoga se fundamentan.  En esto Guruji no tuvo la culpa; el interés del mundo se centró más en la práctica física que en el soporte filosófico que pudiese haber detrás.  Habría sucedido algo parecido si las enseñanzas de Freud se hubieran asociado totalmente al término "Psicología" o las leyes de Newton al término "Física".  Freud desarrolló sus investigaciones dentro del ámbito de la psicología y Newton del de la física y perfectamente podía afirmarse que eran grandes figuras en ambas, pero habría sido un error que, debido a la creciente popularización de los métodos divulgados por Newton y Freud se hubiera acabado produciendo una identificación completa de la psicología freudiana con la Psicología en su sentido más general o de la física newtoniana con la Física con mayúsculas.



En cualquier caso, el Ashtanga Yoga de Pattabhi Jois con el tiempo adquirió un estatus de marca, de prestigio.  Se trataba de un estilo de yoga genuino de la India enseñado por un linaje de maestros indios pero que, a diferencia de otros yogas más devocionales, más meditativos, más filosóficos, más internos que habían llegado a Occidente, era muy exigente desde el punto de vista físico y adoptaba un aspecto espectacular entre los practicantes experimentados.  Guruji no dejaba de lado ni mucho menos los aspectos internos del ashtanga yoga de Patanjali; de hecho pensaba que mediante la práctica de las ramas externas se podía llegar a las internas de forma indirecta.  En lo que no creía era en la eficacia de las técnicas intelectuales como medio para alcanzar el estado de nirodhasamadhi o iluminación.  En sus propias palabras (ver vídeo sobre este párrafo): "No preguntes teoría.  No necesitas teoría.  Hay dos métodos: externo e interno.  El método externo consiste en practicar yama, niyama, asana y pranayama.  El interno consta de pratyahara, dharana, dhyana, samadhi. Es posible corregir lo externo.  Lo interno es imposible de corregir.  Sigue el método: practica, practica, practica y, al final, el interior, mirar a Dios, se volverá posible.  No basta con un mes, dos meses, un año, dos años, diez años... hace falta toda la vida de práctica.  Así es el método."  Y en Occidente, donde las apariencias externas nos obsesionan, se cogió el rábano por las hojas y el enfoque externo de Guruji, sólo su enfoque externo, no tardó en cosechar un gran éxito. 

Si algo caracteriza a los norteamericanos es su visión comercial.  Estados Unidos fue el primer lugar de Occidente al que llegó Ashtanga Yoga y donde se produjo su explosión.  Algunos estudiantes se convirtieron en profesores y enseñaron en sus ciudades el método que aprendían en Mysore.  David Williams, quien hace pocos días impartió un workshop en Bilbao, fue uno de los primeros.  En sus talleres afirma que él enseña exactamente lo mismo que aprendió con Pattabhi Jois, sin la menor alteración.  Como él, una constelación de estudiantes de Guruji divulgaron el yoga de Mysore fuera de la India.

Método tradicional en la old shala de Lakshmipuram.

Pero muchos otros profesores no se limitarían a enseñar lo que habían aprendido de Guruji y quisieron innovar.  El método de Ashtanga Yoga tenía muchas ventajas, pero también inconvenientes.  Por ejemplo, y siempre desde el punto de vista del profesor, resultaba muy incómodo tener que enseñarle el sistema completo desde cero a cada nuevo estudiante; se convertía en un proceso tedioso que requería que hubiera varios profesores en cada clase y que hubiese que estar muy pendiente de las personas principiantes, asegurándose de que memorizaban la serie y no se limitaban a copiar a la persona de al lado.  También, muchas personas se acababan aburriendo de practicar siempre la misma secuencia y de no hacer cosas nuevas cada día, o perdían la paciencia porque no lograban progresar a través de las series en poco tiempo.  A otros les abrumaba tener que memorizar la secuencia de asanas; el esfuerzo requerido se les antojaba insoportable.  Por eso, muchas personas acababan dejando las clases de Ashtanga Yoga y, me imagino, se apuntaban a un gimnasio o a una escuela de aeróbic donde no se les hacía pensar y encontraban el entretenimiento físico que buscaban.

Debido a todo esto, principalmente en Estados Unidos a partir de finales de la década de 1980 y principios de 1990 comenzarían a surgir “variantes” de Ashtanga Yoga, métodos de yoga claramente basados en el Ashtanga Yoga de Pattabhi Jois, con secuenciación de asanas mediante la misma técnica de vinyasa y una estructura de práctica similar compuesta de saludos al sol, posturas de pie, posturas de suelo y secuencia de cierre, pero que se alejaban del método tradicional.  Entre otras cosas, las clases no se impartían en estilo Mysore, sino que eran siempre guiadas: al practicante ya no se le exigía memorizar ninguna secuencia, sino que el profesor diseñaba una serie de asanas distinta cada día extraida de las series de Pattabhi Jois y dirigía al grupo a través de ella, a menudo demostrando él mismo lo que venía a continuación y proporcionando alternativas para los diferentes niveles de estudiantes.

Las clases estaban abiertas a toda clase de variantes.  Así, en adho mvkha svanasana el profesor podía proponer levantar una de las piernas por el estilo de la cola de un escorpión, o en el saludo al sol B sustituir el vinyasa en el que se hace la posición del guerrero o virabhadrasana por alguna variante de vashistasana.  La clase estaba abierta a la originalidad e incluso se podía acompañar con música al gusto, desde éxitos del pop hasta temas relajantes.  De hecho, la valía y éxito de un profesor la determinaba su capacidad de improvisar y sorprender con cosas nuevas cada día. 

Bryan Kest durante una clase de Power Yoga.

Uno de los grandes exponentes de esta nueva manera de practicar yoga fue Bryan Kest, antiguo estudiante de Pattabhi Jois que decidió desviarse de la enseñanza original de su maestro y fundar, bajo el debido copyright, el estilo que pasó a conocerse como Power Yoga, el Yoga del Poder.  Entre sus compañeros de Mysore Bryan Kest era famoso por ser una persona muy fuerte procedente del mundo del fitness a la que se le daban bien los equilibrios sobre manos que se practican en la tercera serie pero que las pasaba canutas en los giros de cadera de la serie primera y las extensiones de columna de la intermedia. 

Bryan era muy consciente de que la manera tradicional de practicar Ashtanga Yoga haría que muchos de sus estudiantes tardasen años en progresar a través de las series.  Sin embargo, con su invención, el Power Yoga, todos podrían practicar asanas de la tercera serie desde el primer día aunque, eso sí, todas las posturas que requerieran de una aproximación sosegada, individualizada, que la mayoría no pudiera hacer a la primera, se omitían discretamente.  Además de por sus aptitudes gimnásticas, Bryan era también famoso por su gran visión comercial; fue uno de los pioneros a los que se les ocurrió coser esterillas de algodón a esterillas de goma para que la gente pudiese practicar sin resbalarse con el sudor.  Vendería esas esterillas con cierto éxito, pero sin duda fue el Power Yoga lo que le daría fama mundial y llenaría su cuenta bancaria de ceros.

Lo que pasó a continuación no deja de tener cierta gracia.  La gente que observaba el panorama desde fuera, veía por un lado a los practicantes de Ashtanga Yoga de Pattabhi Jois con sus secuencias dinámicas de posturas, su sudor, su sonido raro al respirar y sus cuerpos estilizados, y por el otro veían a los que practicaban Power Yoga estilizados, sudados, respirando raro y entrelazando asanas, y acabaron pensando que se trataba de LO MISMO.


Una muestra de la lamentable "guerra del yoga" entre BKS Iyengar y Pattabhi Jois, antiguos compañeros.  Aquí, Iyengar ridiculiza el yoga de Pattabhi Jois y lo confunde con el Power Yoga de su alumno "díscolo" Bryan Kest.  Por suerte, tengo entendido que al final de sus días se reconciliaron.

Así es cómo se produjo la gran confusión.  El Ashtanga Yoga de Pattabhi Jois y el Power Yoga de Bryan Kest acabaron siendo sinónimos a ojos del público.  Existe un vídeo muy desafortunado de BKS Iyengar burlándose del yoga de Pattabhi Jois (ver vídeo sobre este párrafo) al que describe como “el Power Yoga de Pattabhi Jois”, en el que guía a un estudiante a través de movimientos frenéticos y en el que describe el yoga que enseñó su viejo maestro Krishnamacharya en Mysore como una mera forma de ejercicio físico diseñada para desarrollar los músculos de los miembros de la familia real del Palacio. atribuyéndose a sí mismo el verdadero legado de Krishnamacharya en lo que respecta al yoga.  Las guerras del yoga, ya se sabe...

Para sortear el tema del copyright la cosa fue todavía más allá, y diferentes profesores comenzaron a enseñar su propia forma de yoga inspirada en el sistema de Pattabhi Jois.  Otro de los más notorios fue Larry Schultz, antiguo estudiante de Pattabhi Jois también y que se dedicó a enseñar series de asanas modificadas respecto al método tradicional que aprendió en Mysore.  Al principio, y pese a que era perfectamente consciente de las distorsiones que estaba introduciendo, lo llamaba Ashtanga Yoga, aunque a mediados de la década de 1990, y mientras ejercía de profesor de yoga de los miembros de la banda de rock Grateful Dead, uno de ellos le propuso que lo llamase "Rocket Yoga" porque "te lleva allí más rápido", y desde entonces se lo conoce así y tiene su propio sello de copyright.  

Polémica sucesión de imágenes en la que se expone a Larry Schultz, creador del Rocket Yoga, como una "evolución" del Ashtanga Yoga.

El abanico se fue abriendo cada vez más, y se podía decir que en algunos lugares había casi tantos estilos de yoga como profesores, que pugnaban entre sí por ofrecer las mejores clases con las secuenciaciones de asanas "definitivas".  En esa precisa situación me vi yo cuando conocí Ashtanga Yoga, o lo que creía era Ashtanga Yoga, durante el viaje de tres meses que hice a San Diego tras terminar la carrera en el año 2005.  Durante casi noventa días practiqué a diario diferentes estilos de yoga dinámicos en clases guiadas con idéntica estructura: saludos al sol de dos tipos, posturas de pie, posturas de suelo y secuencia final.  Recuerdo los nombres de varios profesores, algunos de los cuales, luego lo supe, resultaban ser bastante famosillos: Gerhard Gessner, Carolina Vivas, Ana Forrest, Shiva Rae, Steven Earth...  Todos ellos afirmaban enseñar su propio estilo, mezcla e influencia de otros, pero le ponían nombres rimbombantes para distinguirlos entre sí, a saber: Flow Vinyasa, Ashtanga Vinyasa, Forrest Yoga, Vinyasa Prana, Morning Flow, Dynamic Yoga, Ashtanga Improved...  Pese a mi confusión tenía la ligera idea de que el Ashtanga Yoga de Pattabhi Jois era el trasfondo y base común de todos ellos, y de hecho cuando regresé a España en enero del 2006 y encontré trabajo en Madrid, a la hora de retomar la práctica de yoga busqué en Google el término "Ashtanga" esperando encontrar lo que tanto me había fascinado durante aquellos tres meses en San Diego. 

¿Y qué tenía que decir Pattabhi Jois acerca de todo esto?  Pues no se quedó callado, ni mucho menos.  A Larry Schultz simplemente lo llamaría el "hombre malo de Ashtanga Yoga" ("bad man of Ashtanga Yoga"), pero parece que el tema de que el Power Yoga de Bryan Kest se confundiera con lo que él enseñaba le debió molestar bastante, hasta el punto de llegar a escribir una carta abierta a Yoga Journal, la revista de yoga con mayor divulgación en los Estados Unidos, en términos muy severos.  La famosa carta se publicó en noviembre del año 1995 y la reproducimos a continuación, traducida al castellano:

Guruji en la puerta de la new shala de Gokulam.

Me ha decepcionado descubrir que muchos estudiantes novatos hayan cogido Ashtanga Yoga y lo hayan convertido en un circo para su propia fama y lucro.  El propio nombre "Power Yoga" degrada la profundidad, propósito y método del sistema de yoga que recibí de mi gurú, Sri T. Krishnamacharya.  El poder es una propiedad de Dios.  No es algo que se pueda recaudar para el ego de uno.  Los métodos de yoga parciales que se desvían de su propósito interno pueden hacer que se acumulen los seis venenos (deseo, ira, codicia, ilusión, engaño y envidia) en torno al corazón.  El sistema completo de ashtanga practicado con devoción conduce a la libertad dentro del propio corazón.  El Yoga Sutra 2.28 confirma esto: "Yogaanganusthanat asuddiksaye jnanadiptih avivekakhyateh", lo cual quiere decir que "la práctica de todos los aspectos del yoga destruye las impurezas de manera que la luz del conocimiento y discriminación brille."  Es desafortunado que estudiantes que todavía no han madurado su propia práctica hayan modificado el método y recortado la esencia de un linaje antiguo para acomodarlo a sus propias limitaciones.

El sistema de Ashtanga Yoga nunca debería ser confundido con "power yoga" ni ninguna otra creación caprichosa que va en contra de la tradición de muchos tipos de textos de yoga.  Sería una vergüenza que la preciosa yoga de la liberación se perdiera en el barro de un ignorante culto al cuerpo. 

De Krishnamacharya a Sharathji pasando por Pattabhi Jois mediante la transmisión guru-shishya parampara; no menos de veinte años de aprendizaje mediaron entre uno y otro.

Quede claro que con todo esto no trato de menospreciar otros estilos, sino de reivindicar la integridad de la manera de enseñar yoga que Pattabhi Jois recibió de Krishnamacharya, preservó para las generaciones venideras y que ha desempeñado un papel crucial en la divulgación del yoga por el mundo a partir de la segunda mitad del siglo veinte.  El hecho de que Ashtanga Yoga se sustente en un linaje de reputados maestros indios versados en yoga y filosofía, y de que asiente sus cimientos en un antiguo texto medieval le confiere un gran respaldo, una enorme autoridad, y en consecuencia muchos de sus "estilos modificados" han pretendido subirse al carro de Pattabhi Jois para encontrar legitimidad a través de él llegando a autoproclamarse "evoluciones" o "mejoras" del Ashtanga Yoga original cuando, a lo sumo, se trata de distorsiones.  Lo que deberían hacer es recorrer su propio camino y no pretender arrogarse una potestad que no les corresponde ni adherirse a un linaje que no es el suyo de la misma forma que un acordeonista que toca en el metro no debería jactarse de ser una evolución de Mozart pese a que, aparentemente, ambos produzcan música.

El principal problema que hay con todas esas variantes de Ashtanga Yoga surgidas en Occidente es que su enfoque sesgado provoca que por el camino se pierda una buena parte del propósito original y, por eso, más allá de las diferencias metodológicas en que incurran, no deberían de ser confundidos con Ashtanga Yoga.  En concreto, Ashtanga Yoga tiene una característica clave del yoga de Krishnamacharya que resulta imposible de reproducir en ninguno de esos estilos de yoga pensados para que cualquier persona se incorpore cualquier día a una clase de yoga guiada y la complete de principio a fin como si se hubiese metido en una clase de zumba: la personalización.  O, como decía Krishnamacharya: "Enseña lo que está dentro de ti pero no como se aplica a ti, sino como se aplica a la persona que está ante ti."     

Un jovencísimo Srivatsa Ramaswami junto a Tirumalai Krishnamacharya durante una sesión de chanting en 1968.  Merece la pena destacar que por aquel entonces Krishnamacharya contaba ya con ochenta años de edad, que no aparenta para nada.  Fallecería en 1989.

Los estilos de yoga conocidos como Vinyasa Yoga y similar a menudo se asocian al Vinyasa Krama de Krishnamacharya que se ha divulgado a través de Srivatsa Ramaswami, un estudiante de Krishnamacharya durante las últimas tres décadas de su vida, a Matthew Sweeney, otro estudiante de Ashtanga Yoga que se apartó de la enseñanza original de Pattabhi Jois o incluso al Viniyoga de Desikachar, hijo de Krishnamacharya.  En su libro Yoga Makaranda, publicado en la década de 1930, Krishnamacharya describe las secuencias completas de vinyasas para un buen número de posturas que se encuentran en la primera y segunda series de Ashtanga Yoga, pero no en el mismo orden en que se ejecutan, y lo llama Vinyasa Krama.  Durante el último tercio de su prolongada vida Krishnamacharya enseñó en Madrás en entornos muy reducidos, casi siempre de una sola persona, a las que prescribía secuencias de asanas personalizadas de acuerdo con el problema específico que tuvieran.  Srivatsa Ramaswami llegaría a identificar un centenar de secuencias.

Personalmente me parece un enfoque sumamente interesante pero, en la práctica, no hay (o al menos no he conocido nunca) ninguna escuela con clases de Vinyasa Yoga o de Vinyasa Krama en la que se enseñe así, enseñando desde cero una secuencia adaptada a cada persona que cada cual memoriza y practica bajo supervisión, sino que la fórmula que acaban adoptando es la que existe por doquier en Estados Unidos y de la que el Power Yoga de Bryan Kest constituye paradigma: sesiones guiadas con secuencias distintas cada día a las que la gente, bisoña o veterana, se incorpora.  Me imagino que el Viniyoga o el Vinyasa Krama es muy difícil de implementar cuando se trata de enseñar a un grupo de alumnos y no a uno sólo cada vez, lo que me lleva a pensar que seguramente fuera durante su estancia en Mysore y ante la tesitura de tener que enseñar a grupos de estudiantes cuando Krishnamacharya enseñó el método tal y como estaba descrito en el Yoga Korunta.   Es decir, lo que Pattabhi Jois aprendió fue la fórmula general que implementó Krishnamacharya al tener que enfrentarse a grupos de alumnos y gestionar el hecho de que hubiera en la misma clase personas de diferentes circunstancias y niveles.  Creo lógico pensar que una clase de Vinyasa Yoga o de Vinyasa Krama basada en cualquiera de las secuencias que pudiera haber ingeniado Krishnamacharya para una persona en concreto pero que se enseña en un formato guiado para un grupo de personas en el que todas hacen lo mismo adolece del mismo problema de despersonalización que el resto de estilos de los que he hablado.  El Vinyasa Krama de Krishnamacharya tiene el propósito de proporcionar secuencias distintas para atender diferentes necesidades individuales, no de proporcionar un abanico de secuencias a fin de ofrecer entretenimiento variado, y a menos que se trate de un grupo de clones idénticos, en una clase de auténtico Vinyasa Krama cada persona debería de estar practicando una secuencia prescrita específicamente para ella.  De hecho, una clase estilo Mysore de Ashtanga Yoga en la que unas personas practican simplemente saludos al sol, otras completan la secuencia de pie, otras practican hasta los marichyasanas, otras terminan la primera serie y otras ya han avanzado a través de la segunda, es una clase de Vinyasa Krama en grupo.

Hace unos meses relaté los pormenores de cómo, en abril del 2006, conocí a Borja, un encuentro que cambiaría mi vida para siempre.  Fue entonces y gracias a la gran labor de Borja que tuve ocasión de descubrir cómo era el auténtico Ashtanga Yoga de Pattabhi Jois.  Al cabo del tiempo, tras comprobar en primera persona el impacto del método como practicante y como asistente ayudar a terceras personas a experimentarlo por sí mismas, aprendí a valorar el alcance y sutileza de lo que se estaba haciendo, esa “cirujía sin bisturí” (knifeless surgery) que en cierta ocasión escuché a un profesor comentar.  Mi tarea y la de Nines en Ashtanga Yoga Bilbao no es otra que ejercer de transmisores de este método.  Seguro que mediante una enseñanza menos tradicional, o menos “dogmática” como les gusta decir a algunos, adaptada a los gustos locales, atraeríamos a más clientela.  Pero para eso ya estuvieron Bryan y Larry.  Nosotros somos muy pequeños y el yoga muy grande, y desde un planteamiento honesto todo lo que podemos y debemos hacer es hacer llegar a la gente lo que hemos aprendido de la forma en que lo hemos aprendido.

Sesión estilo Mysore en Ashtanga Yoga Madrid con Borja en primer plano, ayudando a un estudiante a colocar la pierna derecha en medio loto.

La gente hoy día tiende a pensar que la práctica de Ashtanga Yoga es muy difícil, apta sólo para una élite en excelente forma física, y que para empezar es mejor hacerlo con otros estilos más sencillos.  Justo esto fue lo que nos decía una chica que vino con nosotros un día a hacer una clase guiada y que al parecer siempre había practicado Ashtanga Yoga en clases guiadas.  Otra persona que acudió a nuestro centro en otra ocasión afirmó, para mi sorpresa, haber sido instruida como profesora de Ashtanga Yoga, pero sólo en la modalidad de clases guiadas.

Éste es el problema: cuando Ashtanga Yoga se enseña mal.  Es entonces cuando se asocia a personas jóvenes, fuertes y flexibles que parecen haber nacido para hacer toda clase de contorsiones.  La primera clase de Ashtanga Yoga de una persona será todo lo sencilla que se requiera, y al cabo de un mes, un año o una década, cada persona no tendrá porqué estar haciendo lo mismo.  Y todo lo que no sea así, no se debería de llamar Ashtanga Yoga.  No porque nadie te vaya a denunciar o te vaya a poner una multa.  Simplemente porque NO ES VERDAD.

En realidad, cuando una persona decide abrir una escuela de Ashtanga Yoga no se enfrenta a ninguna traba legal por parte de las instituciones: esencialmente puede hacer lo que le dé la real gana.  En el caso de Ashtanga Yoga Bilbao hemos optado por seguir el camino que, a nuestro entender, era el "correcto".  Nuestra escuela cuenta con licencia de actividad del Ayuntamiento de Bilbao como escuela de meditación y yoga, estamos dados de alta en el Impuesto de Actividades Económicas y pagamos IVA, IRPF y cuota de autónomos.  De igual forma, Ashtanga Yoga Bilbao figura entre las escuelas "oficiales" listadas en la web del Instituto de Ashtanga Yoga de Mysore que hoy dirige Sharath Jois.

Nines y Fernando ante la puerta de Ashtanga Yoga Bilbao tras colocar la placa en la puerta y pocos días antes de inaugurar la escuela, en septiembre del 2015.

Sin embargo, ¿resulta imprescindible ser una escuela "oficial" para enseñar Ashtanga Yoga?  En absoluto.  Si alguien decide abrir una academia de flauta, seguro que a esa persona se le exige que haya pasado por el conservatorio y tenga el título correspondiente que la capacite para enseñar a otras personas a tocar dicho instrumento.  Si opta por abrir una clínica dental, me figuro que el Colegio Oficial de Odontólogos estará al tanto de que esa persona esté colegiada y por tanto haya pasado por la pertinente universidad.  Si quiere enseñar judo, la Federación Nacional de Judo velará por que se trate de un maestro federado que haya superado las pruebas de cinturón negro y tomará las medidas oportunas si no es así.  Lo mismo ocurrirá si esa persona pretende abrir un bufé de abogados, una autoescuela, una farmacia o una academia de inglés; hasta necesitará un diploma de manipulador de alimentos para poder regentar un simple bar.  Lo curioso del caso es que a la hora de abrir una escuela de Ashtanga Yoga o, de cualquier otro estilo de yoga, no se le exigirá nada.

Así es, por muy sorprendente que parezca, en la enseñanza de yoga existe un gran vacío legal que habilita a cualquier persona a ponerse a impartir clases de lo que sea sin que nada ni nadie la acredite.  Las diferentes asociaciones nacionales e internacionales de yoga que existen no tienen ninguna autoridad legal ni están reconocidas por ningún gobierno como reguladoras de nada.  Con tal de que pagues tus impuestos, a todos los efectos legales da absolutamente igual que enseñes el tipo de yoga que te apetezca y como te dé la real gana.

Recientemente se produjo una polémica sentencia judicial relacionada con las escuelas de Yoga Iyengar que viene muy a propósito.  Resulta que existe una Asociación Española de Yoga Iyengar (AEYI) que reúne a todos los profesores reconocidos en la escuela original de BKS Iyengar en Pune con el objetivo de salvaguardar la integridad de su método.  Entre otra tareas, se encarga de regular el riguroso proceso de formación de profesores Iyengar, que deben de haber atravesado de forma satisfactoria los cuatro niveles de estudiante en alguna escuela oficial y aprobar un examen práctico supervisado por la propia AEYI antes de comenzar un periodo de varios años de formación al lado de un maestro reconocido por la AEYI.  Para ello, tienen registrada la marca Iyengar y se encargan de denunciar a todo aquel que pretenda utilizar el nombre Iyengar sin haber pasado a través de ellos.  Es un caso único entre los estilos de yoga; en los demás impera la anarquía organizativa.

Los dos Gurujis: BKS Iyengar y Pattabhi Jois, reconciliados al final de sus vidas.

Pues bien, existe una escuela en Madrid que lleva años impartiendo teacher trainings de Yoga Iyengar fuera del ámbito de la AEYI.  Frente al estricto proceso de la AEYI, que conlleva un periodo de unos siete años de constante dedicación, esta escuela ofrece una titulación avalada por ella misma en un periodo de diez fines de semana, con el único requisito de haber practicado con ellos durante un año.  La AEYI denunció a dicha escuela por uso indebido del término Iyengar y el pasado mes de julio salió la sentencia en la que se desestimaba la denuncia de la AEYI y se permitía a dicha escuela continuar impartiendo sus formaciones de Yoga Iyengar al margen de la línea "oficial".

Si esto sucede en el caso del Yoga Iyengar, qué no pasará con el resto de estilos que ni siquiera cuentan con nada parecido una Asociación Nacional.  Lo cierto es que cuando alguien comienza a practicar yoga es raro que se ponga a investigar acerca de estilos y suele fiarse de que lo que va a recibir es una enseñanza fidedigna.  La realidad es que cualquiera es libre de ponerse a enseñar yoga y etiquetarlo como Iyengar, Hatha, Kundalini, Ashtanga Yoga o lo que mejor le parezca independientemente de cuál haya sido su recorrido y compromiso en dichos linajes.  Dentro de este contexto, es terrible algo que de hecho nos sucede a menudo: gente que se pone en contacto con nosotros porque quiere empezar Ashtanga Yoga y que no sabe si apuntarse a las clases normales o a un teacher training o, lo que es más gracioso todavía, a la que no le interesan las clases regulares, sino los posibles cursos de formación que podamos impartir.

Yo no tengo pelos en la lengua ni me distingo por ser diplomático.  Tampoco hace falta; hay gente que parece pensar que cuando alguien se dedica a enseñar yoga se vuelve muy "zen", habla con voz apostada y cree que todo es amor, luz y de colores.  No fue el caso de Krishnamacharya, Iyengar, Pattabhi, Sharath ni tampoco el mío y, cuando algo me parece mal, lo digo a la cara.  A esta clase de personas interesadas en convertirse en maestros de Ashtanga Yoga en dos patadas procuro dejarles claro que la mejor manera de comenzar a aprender alguna disciplina, y menos una oriental, no es directamente pensando en ser profesor, sino siendo estudiante.  "¿Acaso crees que las casas se construyen desde el tejado?", suelo decirles.  A menudo aducen que son profesores de otros estilos y que, claro, ya parten con cierta ventaja.  "Entonces. si yo sé tocar la flauta y quiero aprender a tocar el violín, ¿crees que no hace falta que empiece a aprender con humildad desde abajo?".  Con frecuencia se enfadan porque se consideran juzgadas y no vuelvo a saber de ellas, pero yo al menos creo haber cumplido con mi deber dándoles un baño de realidad y quizás, tal vez, haya logrado que se lo piensen dos veces antes de tirar a la basura algunos miles de euros en formaciones pretenciosas e inútiles.  Porque seguramente muchas de esas personas terminen apuntándose a uno de los famosos -o infames- cursos de la Yoga Alliance que se imparten por el mundo, Bilbao y alrededores incluido.

Colección de sellos de la Yoga Alliance.  "¡Estampitas, estampitas! ¿Quién compra una estampita?"

La Yoga Alliance, una asociación con ánimo de lucro creada en Estados Unidos, es hoy por hoy la organización más conocida a nivel mundial detrás de las formaciones de yoga.  Apenas hay formación en yoga que se precie que no incluya uno de esos bonitos sellos RYT (Registered Yoga Teacher) como premio final.

La Yoga Alliance nació con la idea de regular las formaciones de yoga cubriendo ese vacío normativo del que he hablado.  Para ello, estableció unos estándares que debían cumplir las formaciones y creó varios niveles de competencia, siendo los más conocidos los de doscientas y quinientas horas de formación.  Los problemas con la Yoga Alliance son varios, siendo el principal que no realiza el menor esfuerzo por comprobar la rigurosidad de las formaciones que respalda.  Ya lo afirman ellos mismos: se limitan a mantener un registro, un listado de profesores que pagan una cuota anual por mantenerse en la lista y nada más.  Pero por motivos que desconozco la pertenencia a la Yoga Alliance a día de hoy es sinónimo de seriedad para muchos, cuando la realidad es que la calidad de las formaciones está sujeta al criterio y rigor de los propios formadores.  Y claro, cuando tu principal negocio se fundamenta en llenar tus cursos de formación, tus criterios se reducen al mínimo y, con tal de que la gente pague los entre dos mil y tres mil euros que se suelen pedir, no les niegas el acceso al "conocimiento" entre comillas.  Es decir, que si padeces una crisis profesional y en el mes de mayo se te ocurre: "Uhm, voy a dejar mi trabajo y ponerme a enseñar yoga", ten por seguro que, a pesar de que nunca antes hayas practicado yoga, podrás encontrar alguna formación que comience el mes de junio y que en el mes de julio tengas ya el título con el sello de la Yoga Alliance entre tus manos con el único sacrificio de un puñado de billetes y menos de treinta días de tu tiempo.  Y, para mayor horror, al cabo de dos años de permanencia en la lista, tú mismo podrás también ofrecer tus propias formaciones y contribuir a que crezca la bola de nieve y a transmitir, cual teléfono roto, lo que creíste aprender pero en realidad y en mejor de las casos ingenuamente, malaprendiste, tal y como le sucedió a esa chica que después de su mes de teacher training estaba convencida de que Ashtanga Yoga se enseñaba en clases guiadas.  Increíble pero cierto. 

Asi que, ¿de veras creías que ese teacher training de un mes no era una pérdida de tiempo y sobre todo de dinero sino que te iba a dejar sobradamente preparado para enseñar Ashtanga Yoga?  ¿Creías que ese rimbombante sello de la Yoga Alliance no era papel mojado sino que te iba a reconocer internacionalmente como maestro?  Pues abre bien los oídos, mira mis labios y presta atención porque sólo lo diré una vez: te estafaron.  Algo aprendiste, claro, faltaría más, pero créeme que habrías aprendido mucho más si todo ese dinero lo hubieses invertido en varios años de práctica diaria, aportándote algo que la Yoga Alliance nunca te podrá vender: experiencia y conocimiento sinceros, sin pretensiones ni a razón de quince euros por hora.  Pero claro, lo entiendo, fuiste presa de las garras de la publicidad y del gran vicio de Occidente: conseguir las cosas rápido por medio de atajos.

Diez años a los pies de Borja Romero-Valdespino, seis de los cuales como asistente.  Así fue mi teacher training.  En esta entrañable imagen Borja ajusta en pashasana a Juanba Romance, gran amigo de los tiempos en Ashtanga Yoga Madrid.

Ahora te toca afrontar la realidad: lo que has aprendido tampoco es Ashtanga Yoga, y me atrevería a decir que ni siquiera yoga por un simple motivo que puedes encontrar en uno de los primeros sutras de Patanjali, el 1.12: "Abhyasa vairagyabhyam tannirodhah" que traducido viene a significar algo así: "El estado de yoga se logra a través de la práctica (abhyasa) y el desapego (vairagya)."  Abhyasa es un término sánscrito que comprende tres conceptos: la práctica con plena fe, sin interrupciones y durante un largo periodo de tiempo, y constituye en sí un argumento suficiente para desestimar la validez de la inmensa mayoría de los teacher trainings tal y como están concebidos en la actualidad, en especial los de la Yoga Alliance.  Quizás a mucha gente le parezca suficiente con doscientas horas, sino condensadas en un mes sí a razón de un fin de semana al mes durante diez meses pero, tras saber cómo, por mencionar el linaje de Ashtanga Yoga que nos ocupa y que conozco bien, Krishnamacharya permaneció con Ramamohan Brahmachari durante siete años y medio de estudio y convivencia continuos en el Nepal, Pattabhi Jois durante veinticinco años entre 1927 y 1929 en Hassan y entre 1932 y 1953 en Mysore con Krishnamacharya, y Sharathji durante veintiún años entre 1989 y el 2009 en Mysore con Guruji, la evidencia de que las formaciones de doscientas horas son insuficientes cae por su propio peso.

En conclusión, Ashtanga Yoga vive una gran época, pero una época complicada.  Miles de personas lo practican y millones lo tienen al alcance de la mano en su ciudad.  Sin duda es una noticia fantástica que esta disciplina se haya expandido tanto por el mundo y haya contribuido de forma directa o indirecta a la generalización de la práctica de yoga que, simplemente por sus efectos positivos hacia la salud, supone algo bueno en un mundo cada vez más sedentario, más estresado y más enfermo que además parece haber abandonado su fe en la eficacia de las pastillas.  Pero también corre peligro.  Corre el peligro de convertirse en una mera alternativa de ejercicio a ser consumida en los gimnasios y centros de fitness entre una clase de zumba y otra de ciclo indoor por parte de gente obsesionada con lograr un cuerpo perfecto o una foto en la postura perfecta.  La manera tradicional de enseñarlo, el método que enseñó Pattabhi Jois en Mysore, incluye muchas sutilezas que una aproximación no tradicional y poco rigurosa ciertamente pasarán por alto y que son precisamente las que lo apartan de la mera práctica física y lo convierten en algo más, desde una poderosa herramienta para hacer de la mente un afilado estilete que se pueda apuntar a voluntad hacia el objeto de atención deseado sin dispersiones ni distracciones, hasta un vehículo hacia la claridad que aparte el interés del ser humano de lo transitorio de lo externo y lo conduzca hacia un estado de imperturbable gracia.  

El enfoque centrado más en la respiración que en la postura, más en la mente que en el cuerpo, en lo interior que en lo exterior, no son simples palabras bonitas para quedar bien y venderte la moto de que estás integrando mente y alma en una práctica física, sino las bases que fundamentan un viaje hacia lo que mora en el corazón lejos del canto de sirena de los sentidos.  La autopráctica estilo Mysore, la correcta aplicación del concepto vinyasa, el empleo de dristhis, la comprensión de los bandhas, el progreso paulatino a través de las series, ganándose cada asana a través del propio esfuerzo y del conocimiento de uno mismo que permita deshacer nudos largo ha establecidos, no son cosas que se puedan apreciar en las fotos ni tampoco que se vayan a aprender en seguida, pero son precisamente los elementos que hacen que la práctica pueda trasladarse a un nivel más profundo y que diferencian al método tradicional de una rutina de ejercicio físico disfrazada de yoga. 

Así pues, en Ashtanga Yoga Bilbao enseñamos de una manera que no es nuestra manera, sino la manera en que se enseña Ashtanga Yoga en todas las escuelas tradicionales desde aquí a Lima pasando por Seúl.  Hemos asumido como deber traer a Bilbao la esencia de este sistema de yoga para que la gente que vive en esta ciudad tenga la auténtica experiencia de Ashtanga Yoga.  A algunas personas les gustará más y a otras menos, pero al menos todas habrán tenido la oportunidad de conocerlo tal y como es.

Nuestro consejo final a navegantes: ocupa tu propio espacio y, si no enseñas el método tradicional, no lo llames Ashtanga Yoga.  Tienes muchos nombres a escoger e infinitos que puedes inventarte.  No contribuyas, por favor, a diluir un yoga de raíces milenarias en la superficial mercadotecnia o, como dijo Guruji, en el barro de un culto al cuerpo ignorante.