jueves, 25 de abril de 2019

Practicar -también- en vacaciones.

Con Borja y Susanna en Badalona la pasada Semana Santa. 

Las personas que practicamos Ashtanga Yoga de acuerdo con la tradición del KPJAYI de Mysore descansamos un día a la semana -típicamente sábado o domingo- además de en las lunas llenas y nuevas.  Es decir, nuestros pies se colocan sobre la esterilla cinco o seis días semanales, independientemente de si hace frío o calor, luce el sol o graniza y es invierno o verano.  También practicamos en navidades, Semana Santa y el día de nuestro cumpleaños.

Mucha gente que observa desde fuera este estilo de vida se queda perpleja: "Pero, ¿no vais a descansar ni siquiera en estos días de fiesta?"  Y me figuro que, más de uno, al descubrir que de hecho, y salvo inevitable fuerza mayor, la práctica de cinco/seis días a la semana la mantenemos durante las cincuenta y dos semanas de que consta el año, concluye que, o bien debemos de padecer algún trastorno mental obsesivo-compulsivo, o quizás que hemos sido abducidos por una secta que nos ha convertido en unos verdaderos fanáticos.  En cualesquiera de los casos tenemos un serio problema y necesitamos ayuda urgente.

No deja de ser curioso que esta clase de pensamientos ronden la cabeza de personas que, de analizar fríamente sus hábitos, sin duda encontrarían alguna actividad, sino un buen número de ellas, a la que dedican ingentes cantidades de tiempo de manera regular y que son completamente vacías o, si no del todo, sí que han crecido de manera grotesca hasta ocupar enormes porciones de sus vidas.  Así, ¿cuánto tiempo dedica el ciudadano medio a ver la televisión, navegar por Internet, husmear en las redes sociales, cotillear sobre la vida de otros, alimentar sus grupos favoritos de Whatsapp, salir de copas, etcétera, etcétera?

No quiero decir que haya que evitar ninguna de estas cosas, sino hacer hincapié en el hecho de que la gente sí que tiene a su disposición amplios intervalos de tiempo libre, lo que ocurre es que las decisiones que cada día toma le suelen llevar a invertirlo, y en ocasiones desperdiciarlo, en algunos de los entretenimientos ligeros que ofrece la vida moderna.


No hay nada de malo en ello siempre que sea lo que uno quiere.  Para muchas personas el fin último en la vida puede consistir en exprimir al máximo el fin de semana, salir de fiesta y desmadrarse, acumular horas y horas de experiencia en videojuegos o pegarse atracones de televisión y prensa rosa.  Es un fin perfectamente loable que no va conmigo, pero allá cada cual.

El problema surge cuando nos llega el momento en que, por ejemplo, nos proponemos aprender a tocar un instrumento musical, hacer una colección de sellos, plantar un bonsai, leer los cien mejores libros de la Literatura universal, apuntarnos a un gimnasio para perder peso, construir una maqueta del Titanic, cultivar un huerto o aprender a bailar tango, pero con la manida excusa de la falta de tiempo no superamos nunca la fase de proyecto.  Se trata de una situación que todos conocemos bien: los grandes planes de septiembre o enero suelen quedarse en nada para cuando llegan los meses de noviembre o marzo.

Con el yoga sucede algo parecido.  La mayoría esgrimimos la misma queja: no tenemos tiempo, y en base a ella lo abandonamos o no llegamos a empezarlo nunca.  Pero, curiosamente, esto se aplica solamente a nuestra práctica.  Ya no es que no dispongamos de noventa minutos diarios (lo que típicamente llevaría completar la primera serie), sino ya ni siquiera los treinta o quince minutos necesarios para mantener una práctica mínima pero, en cambio, siempre tenemos de sobra para comer, dormir, viajar, trabajar, ir de compras, alternar con gente y entretenernos.  No tenemos tiempo para la práctica, y sin embargo, las preocupaciones, el miedo, la ira, la inseguridad y la ansiedad siguen estando allí robándonos preciosos momentos de nuestra vida y nuestro descanso.  Los smartphones, iPads y Facebook devoran también enormes pedazos y tampoco vemos ningún problema en ello.  Pero en lo que respecta a la práctica, nos acucia el tiempo.  ¿Por qué?

El yoga es una actividad especialmente susceptible a ser abandonada por un motivo muy claro: asusta.  Su planteamiento físico es sólo una gabardina, es decir, su capa más externa y visible.  Debajo subyace una propuesta a la que el ser humano no está acostumbrado, consistente en retirar la mente del mundo exterior de los objetos y voltearla hacia el silencioso, desconocido y a menudo inquietante, mundo interior.


Este proceso de retirada del mundo externo resulta difícil, y hay dos razones para ello.  La primera es nuestra estrecha familiaridad con el mundo externo.  Esto es lo que conocemos.  Esto es donde hemos nacido.  Vivimos aquí y moriremos aquí.  Nuestras nociones de pérdida y ganancia, fracaso y éxito las define el mundo externo y se constriñen a él.  Lo percibimos completo, sólido.  Creemos firmemente en la realidad de este mundo externo y, en pocas palabras, resulta extremadamente difícil abandonarlo.

El segundo motivo por el que se nos hace tan arduo girar la mente hacia dentro es que conocemos muy poco acerca de la dimensión interna de la vida.  Lo poco que sabemos se basa en cortos destellos intuitivos o en lo que otras personas han dicho o escrito.  Dado que no tenemos una experiencia directa de la realidad interna, no estamos del todo convencidos de que ni siquiera exista.  Para la mayoría de nosotros, el mundo interno no tiene sustancia y la duda socava nuestra creencia en él.  Sentimos curiosidad, sí, pero nos parece lejano, inalcanzable.

Como resultado de ello, la exploración del mundo interno y la permanencia en él durante cierto periodo de tiempo no figura entre nuestras prioridades.  A menos que estemos convencidos de la importancia de conocer dicha dimensión interna, jamás empeñaremos el tiempo y la energía suficientes en investigarla.  Y a menos que practiquemos con persistencia durante un largo periodo de tiempo, el hábito erigido sobre nuestra práctica no llegará nunca a ser lo suficientemente intenso como para sobreponerse a los hábitos que distraen nuestra mente y la arrastran una y otra vez de vuelta hacia lo externo.

La pasada Semana Santa estuvimos en Badalona en un retiro de Ashtanga Yoga con nuestro querido profesor Borja.  Fotografías obtenidas durante esas vacaciones ilustran esta entrada del blog.  Practicamos todas las mañanas de Jueves Santo a Domingo de Resurrección.  La misma práctica que hacemos en solitario de manera cotidiana durante todo el año pero con otras personas alrededor y en presencia de Borja.  Para nosotros fue un verdadero placer volver a sentirnos alumnos a los pies de Borja, aunque me imagino que a muchas personas les costará entender que durante nuestras vacaciones hayamos optado por continuar levantándonos temprano para hacer lo que ya hacemos durante el resto del año, y que encima lo hayamos disfrutado.  


Las personas que piensen así seguramente estén relacionando la práctica de yoga con la noción que tienen de madrugar para ir al trabajo: un trabajo que necesitan para subsistir pero que les desagrada y del que durante las vacaciones prefieren olvidarse por completo.  La cuestión de fondo es que para nosotros la práctica no supone ninguna obligación desagradable y mucho menos un castigo o una tortura que nos hemos impuesto.

Por desgracia, la vida de muchos se ha convertido en una suerte de carrera de caballos en la que no desempeñamos el papel de jinete que lleva las riendas, sino el del caballo al que se hace galopar desbocado a base de espuelazos o latigazos hacia no se sabe muy bien dónde.  Si madrugamos, no es porque así lo hayamos decidido, sino porque no nos queda más remedio y porque si no lo hacemos recibiremos una reprimenda por parte de terceras personas o instituciones que se erigen en nuestro jockey fustigador particular.  La disciplina impuesta desde fuera la asumimos sin chistar obedientes, pero nos cuesta mucho establecerla si es para algo que nos atañe sólo a nosotros mismos.

En mi antiguo trabajo en Madrid, a menudo mis compañeros me preguntaban si no se me hacía insoportable practicar yoga después del trabajo o levantarme temprano para hacerlo antes.  Yo, que después de tantos años conocía bien las circunstancias vitales de algunos, les recordaba que ellos cada día demostraban ser capaces de embarcarse en una verdadera odisea matutina de dos horas de duración para trasladarse en transporte público desde Alcalá de Henares o Alpedrete hasta el centro de Madrid.  Su réplica era que, claro, si no cumplían con el horario laboral corrían el riesgo de sufrir un despido procedente por parte de la empresa, pero que a mí nadie me iba a amonestar de ninguna forma si no me presentaba en la clase de yoga.

Mi última palabra era la siguiente: "La diferencia es que vosotros asumís la disciplina como obligación.  En el caso del yoga, yo lo hago por gusto."

En efecto, hacer por gusto algo que se ha convertido en un deber o, mejor aún, que uno mismo ha convertido en un deber.  Porque educar y proveer a los hijos es algo que se hace con mucho gusto, pero también es una obligación ineludible.  Salir al monte cada domingo, acudir a clases de saxofón los martes y jueves, jugar al Scalextric el fin de semana o volverse vegetariano no son actividades que encadenen a nadie y que se pueden abandonar en cualquier momento, pero si se mantienen a lo largo del tiempo con gran persistencia al final se pueden llegar a convertir en disciplinas asumidas con gusto que te hacen sentir bien, que te agradan, que quieres mantener cerca de ti y revivirlas una y otra vez y que incluso acaban conformando tu propio estilo de vida.


Justo esto es lo que es el yoga para nosotros.  La forma de yoga que practicamos, Ashtanga Yoga, exige esfuerzo y dedicación.  Cada día de práctica supone un notable esfuerzo físico y mental, pero no la vemos como una inaguantable obligación ni como una manera de mortificarnos sino todo lo contrario: se trata de una rutina diaria que nos hace sentir bien, nos proporciona bienestar y ayuda a asentar nuestras emociones.

Durante la conferencia de los sábados en Mysore a menudo la gente le pregunta a Sharath Jois qué puede hacer para mantener la motivación al regresar a casa.  A veces su respuesta es así de sencilla: "¿No te limpias los dientes cada día?  Pues haz también cada día tu práctica."  Este profiláctico paralelismo resulta muy acertado porque describe la práctica no como una rutina de ejercicios de la que uno se puede aburrir, sino como una forma de limpieza, de chequeo de sistemas, de comprobación del estado de la maquinaria que se ha incorporado a tu vida como el limpiarse los dientes tras una comida, ponerse los zapatos antes de salir a la calle, prepararse la cena por la noche y tantas otras cosas que llevamos a cabo a lo largo del día sin plantearnos si tendremos ganas de hacerlas o no.

Al practicar cada día o, mejor dicho, los cinco/seis días a la semana que practicamos quienes lo hacemos de acuerdo con el método tradicional, nos estamos poniendo ante un espejo que proyecta no nuestra imagen, sino la situación actual en que nos encontramos.  La práctica es un patrón, una regla de medir siempre con la misma longitud, y al colocar sobre ella tu respiración y los movimientos de tu cuerpo se te ofrece la oportunidad de observar de manera íntima y silenciosa el estado particular de tu mente en ese día.  ¿Respiras como la suave brisa del mar o más bien como un búfalo en celo?  ¿Estás tranquilo y centrado o quizás estás volviendo una y otra vez a ese problema que tanto te angustia?  ¿Acaso has empezado suave y lento y a medio camino has metido el turbo como si tuvieras que salir corriendo a algún lado?  ¿Estás presente en cada asana o a cada momento estás pensando en lo que viene después?  ¿Aflojas cuando y donde tienes que aflojar o estás apretando y contrayendo de forma innecesaria para conseguir llegar más lejos?  ¿Has terminado la práctica casi sin darte cuenta o tenías ganas de terminar cuanto antes y has buscado el reloj con la mirada veinte veces?  Las posturas en sí habrán sido ejecutadas con mejor o peor aspecto, pero lo que es seguro es que tu experiencia interna de hoy habrá sido distinta de la de mañana.  Una persona que te saque sendas fotografías hoy y mañana en parivritta trikonasana puede que no note diferencia cuando las compare.  Sin embargo, más allá de la imagen externa que haya captado el objetivo, tu sabes que tu experiencia interna, tu proceso de reflexión en el asana habrá sido distinto cada día.  Al final, aprendes que la mejor práctica se siente dentro y no se puede capturar en ninguna foto.  Y este conocimiento será algo que ni las frustraciones de la vida, sus éxitos y fracasos, las temidas lesiones ni la inevitable vejez te podrán arrebatar jamás.

En resumidas cuentas, la principal fuente de motivación surge de nosotros mismos.  La pereza, la resistencia y el desánimo se desmoronan desde el momento en que la práctica adquiere tanto sentido como experiencia reflexiva que no encontramos ningún motivo para dejar de hacerla.  Ni siquiera durante las vacaciones.





"Obsessed is the word lazy people use to describe the dedicated."

"Obsesionados es la palabra que los perezosos emplean para describir a los entregados"




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