miércoles, 27 de noviembre de 2019

Abhyāsa y vairāgya: Los pilares del método tradicional y el talón de Aquiles de los teacher trainings.

Instante de una clase guiada en Ashtanga Yoga Bilbao.

Se ha hablado mucho en este blog acerca del método tradicional de Ashtanga Yoga: lo que es, lo que no es, lo que fue...  Si entre todas sus características hubiera que destacar una, no cabe duda de que en primer lugar y por encima de todo, el método tradicional de Ashtanga Yoga se fundamenta en una relación larga, de años de duración, entre el estudiante y su profesor.

De vez en cuando acuden a nuestra escuela personas que, por ejemplo, afirman saber hacer la primera serie completa pero que, tras rascar un poco en la superficie, revelan que en realidad la han aprendido en un workshop teacher training de un mes o algunas semanas de duración.  El atracón de asanas, por supuesto, nunca es un gesto gratuito de generosidad, sino que detrás siempre hay un profesor de dudosas intenciones que a cambio de la vomitona de posturas recibe una cantidad exorbitada por encima del millar de euros.

Sin ninguna excepción, y como resulta lógico, esta fórmula de aprendizaje resulta, por utilizar un eufemismo, incompleta.  El estudiante no ha tenido tiempo de digerir la práctica ni saborear su evolución, desconoce la técnica de respiración o es incapaz de aplicarla, se lía con el orden de los vinyasas y posturas, omite algunas y confunde otras, mira al vecino o consulta el póster de la pared para cerciorarse de que no se ha equivocado y, en definitiva, su práctica se queda en un nivel muy superficial y pretencioso orientado en la mera ejecución de una rutina física poco consolidada y sujeta con alfileres.

La realidad es que en la práctica de Ashtanga Yoga hay un sinfín de detalles y sutilezas que nunca se podrán comprar en un teacher training y que uno sólo podrá descubrir por sí mismo mediante su propio esfuerzo prolongado a lo largo del tiempo y la guía de su profesor, el cual actúa como el catalizador de una reacción química; no es el protagonista principal pero sin él -o ella- difícilmente se obtendrá el resultado esperado.




Del parampara sin límite de tiempo a los teacher trainings de doscientas horas.

Durante siglos el yoga permaneció recluido en monasterios y entornos muy reducidos.  No existían escuelas de yoga como las conocemos hoy, sino que la enseñanza de yoga se limitaba en exclusiva a la relación guru-shishya parampara según la cual se esperaba que el discípulo conviviera durante muchos años con su gurú como un miembro más de su familia y recibiera así los conocimientos.  Así se transmitió el yoga hasta que se produjo su expansión en Occidente.  Las primeras tradiciones que salieron de la India, a saber: el Raja Yoga de Vivenkananda, el Kriya Yoga de Paramahansa Yogananda y el Shivananda Yoga de Vishnudevananda pertenecían a líneas monásticas y retenían muchas de las formas de un ashram de tal manera que las personas interesadas en profundizar debían, en cierto modo y al menos durante un tiempo, retirarse del mundo.

Fue Krishnamacharya quien, durante el primer tercio del siglo veinte, rompió con este modelo de enseñanza y estableció un nuevo paradigma cuya onda expansiva retumba hasta hoy.  Él no fue un monje ni un renunciante o shadu.  De hecho rechazó varias veces cargos eclesiásticos de prestigio y con alta compensación económica que se le ofrecieron.  Por una promesa.

De acuerdo con el sistema tradicional guru-shishya, cuando el maestro ha considerado que el entrenamiento de su discípulo ha concluido, le exige a éste su guru dharsina, su paga, que puede ir desde una compensación económica hasta una misión; el gurú nunca pedirá algo injusto o inalcanzable, pero sí algo que sabe no le resultará sencillo al shishya.  En el caso de Krishnamacharya, a cambio de los siete años de aprendizaje a su lado, Ramamohan Brahmacharya le pidió que dedicara su vida a enseñar yoga y se casara y mantuviera una familia.  Es decir, que fuera un maestro de yoga dentro de la sociedad y para la sociedad, no un eremita del bosque ni un monje recluido en un monasterio.  Krishnamacharya cumplió su promesa y se convirtió en un yogui de ciudad, un hombre con mujer, hijos y responsabilidades mundanas que enseñaba yoga a estudiantes universitarios, obreros, oficinistas, padres y madres de familias y que acabó con la noción establecida de que al adentrarse en el yoga uno le cerraba la puerta a la sociedad.

Cuando Albert Einstein se dio cuenta del gigantesco potencial de la energía nuclear, se estremeció.  Al igual que un cuchillo puede utilizarse para trinchar fruta pero también para matar, Einstein sabía que la energía nuclear podía constituir una valiosa herramienta que ayudara a la humanidad, pero también conocía al ser humano y sabía que no tardaría mucho en encontrar una aplicación destructiva a esa inmensa fuente de energía.

La comparación es un tanto exagerada, sin duda, pero en verdad me pregunto si a Krishnamacharya, cuya dilatada vida se prolongó hasta 1989 y quien por lo tanto fue testigo de la expansión por el mundo de su manera de enseñar yoga, también le estremecieron las consecuencias de lo que había contribuido a crear.  De hecho ya en 1934, mucho antes de la globalización del hatha yoga, Krishnamacharya advertía: "Los extranjeros roban, bien a sabiendas o ingenuamente, muchas grandes obras y técnicas de nuestra tierra, y entonces fingen haberlas descubierto ellos mismos.  Después, nos las traen aquí y nos las venden [...]  Si esto continúa, ellos puede que incluso hagan lo mismo con nuestras técnicas de yoga.  En cuanto a esto, sólo podemos decir que la culpa la tenemos nosotros por no leer nuestros textos de yoga/Yoga Sastras) y poner en práctica sus técnicas.  Si nos quedamos dormidos, ¡puede que llegue un día en que los extranjeros también se conviertan en nuestros profesores de yoga! [...]  Es lamentable que esta actitud sea similar a esos casos en que intercambiamos nuestras copas de oro con jarras extranjeras hechas de apestosas pieles de animales.  No dejemos que nuestros hijos hereden estas malas prácticas."  Yoga Makaranda, página 83.

Tirumalai Krishnamacharya con sus estudiantes en la escuela de yoga en Mysore.  1934.

Al escribir estas líneas hacía un año que Krishnamacharya había abierto la yogashala de Mysore, en la que por primera vez en la Historia se ponía la enseñanza de yoga al alcance de cualquiera sin necesidad de entrar en un monasterio o someterse a ningún rito iniciático de renuncia.  A pesar del párrafo anterior, que denota un profundo conservadurismo y nacionalismo por parte de Krishnamacharya, él mismo enseñaría a extranjeros (véase Indra Devi) y otro tanto harían todos sus discípulos desde BKS Iyengar o Pattabhi Jois hasta Desikachar, Rangaswami y Mohan.  Por lo tanto, cabe pensar que Krishnamacharya sí estuvo abierto a que el yoga que había enseñado se propagara por todo el mundo y seguro que lo vio con buenos ojos.

El problema surgió cuando los métodos de enseñanza se diluyeron en el fango de la mediocridad.  En este artículo he citado ya a numerosos maestros de yoga, desde Vivekananda hasta Desikachar.  Algunos aprendieron yoga abrazando la vida monástica y otros como laicos pero, si hay un elemento común a todo ellos es que su aprendizaje se prolongó durante un largo periodo de tiempo.  Vivekananda, Yogananda y Vishnudevananda fueron swamis y aprendieron de sus gurús dentro de ashrams, Vivekananda durante cinco años, Yogananda durante diez y Vishnudevananda durante otros diez; Krishnamacharya no fue un monje, pero sí pasó siete años conviviendo en una cueva con su gurú Ramamohan Brahmachari; Pattabhi Jois estudió con Krishnamacharya durante dos décadas, el mismo periodo que Sharath permanecería a su lado; por último, Desikachar, Rangaswami y Mohan estuvieron con Krishnamacharya durante las últimas tres décadas de su vida.  Es decir, ninguno aprendió de su maestro durante doscientas, trescientas o quinientas horas distribuidas en un puñado de fines de semana o condensadas en un mes.

Tampoco puede ser de otra manera.  El yoga es una disciplina compleja que toca muchos aspectos de la fisiología humana desde la salud física hasta la psicología y que incluso osa adentrarse en el pantanoso terreno de la espiritualidad.  Algo tan sustancioso no se aprende en dos patadas; requiere de un largo proceso de maduración y la experiencia es un requisito sine qua non tanto para el estudiante como, por supuesto, el aspirante a profesor.  Patanjali dedica algunos de sus primeros sutras precisamente a esta idea:

1.12
अभ्यासवैराग्याभ्यां तन्निरोधः॥१२॥
Abhyāsa vairāgyābhyāṁ tannirodhaḥ||12||
La reducción (nirodhah) de las actividades y modificaciones mentales (citta vritti) se obtiene por la práctica asidua (abhyāsa) y por el desapego (vairāgya).

1.13
तत्र स्थितौ यत्नोऽभ्यासः॥१३॥
Tatra sthitau yatno'bhyāsaḥ||13||
La práctica asidua (abhyāsa) es el esfuerzo persistente por estar firmemente establecido (en un estado exento de modificaciones mentales - citta vritti nirodha).

1.14
स तु दीर्घकालनैरन्तर्यसत्कारासेवितो दृढभूमिः॥१४॥
Sa tu dīrgha kāla nairantarya satkārāsevito dṛḍha bhūmiḥ||14||
Abhyāsa deviene firmemente establecido si persiste durante un tiempo prolongado, sin interrupción y con devoción.

1.15
दृष्टानुश्रविकविषयवितृष्णस्य वशीकारसञ्ज्ञा वैराग्यम्॥१५॥
Dṛṣṭānuśravika viṣaya vitṛṣṇasya vaśīkāra saṃjñā vairāgyam||15||
Vairāgya es el dominio (sobre los deseos y sentimientos) que está presente en aquellos que no están apegados a las cosas reales o imaginarias (visibles o invisibles).


El mejor training de Ashtanga Yoga: unos cuantos miles de horas de clases estilo Mysore.

Hoy día nos encontramos con que los peores augurios de Krishnamacharya se han cumplido: los occidentales, en concreto los norteamericanos, se han dado cuenta del inmenso potencial económico de las formaciones de yoga y han convertido la tradicional relación guru-shishya parampara en una lamentable caricatura.  Eso de estudiar durante años al lado de un gurú está pasado de moda, ¡qué aburrido!  Ahora, para convertirse en un reconocido profesor de yoga ni siquiera hace falta haber practicado yoga en absoluto; es suficiente con irse de vacaciones en el mes de agosto a Bali o Rishikesh y apuntarse a un teacher training de doscientas horas en un resort de lujo.  ¿Para qué vas a ser estudiante de yoga durante años si directamente puedes convertirte en profesor en un solo mes?  La piñata se ha roto con entusiasmo y hoy día, tanto en los Estados Unidos como en la India y también seguro que en tu propia ciudad, muchas escuelas de yoga ofrecen esta clase de formaciones en las que el intercambio de conocimientos entre profesor y alumno se limita a unas decenas de horas, menos incluso de lo que se necesita para convertirse en técnico instalador de aires acondicionados.

— ¿Sabes?  Me he hecho profesor de Kung-Fu.
— Pero, ¿cómo?  Si al menos hasta antes del verano nunca habías hecho artes marciales.
— Sí, pero en agosto me he apuntado a un teacher training de Kung-Fu y ahora ya soy cinturón negro por la Kung-Fu Alliance International y puedo dar clases.
— Ah, pues qué bien.  ¿Puedo hacerlo yo también?  Me he cansado de mi trabajo y quiero dar un giro a mi vida.  Además, eso de profesor de Kung-Fu suena muy cool.
— Sí, claro.  Mira este sitio donde tienen un curso de diez fines de semana a partir de octubre.  Yo voy a hacer cien horas adicionales para sacarme el primer dan.  Y el verano que viene haré un intensivo de profundización de tres semanas para llegar al segundo dan de quinientas horas.
— Qué bien, ¡muchas gracias!

Esta conversación, que en el caso del Kung-Fu se antoja completamente surrealista, ocurre en el mundo del yoga de manera cotidiana.  El Kung-Fu es una disciplina oriental con un importante componente físico sustentado sobre un sólido cuerpo filosófico y todo el mundo sabe que los maestros de Kung-Fu son personas que lo han practicado durante muchos años al lado de un maestro experimentado y para los que el Kung-Fu es un verdadero estilo de vida, no una aventura de verano.  Sin embargo, no se sabe muy bien cómo, el imaginario colectivo se ha convencido de que en el caso del yoga esto no es así y que hay caminos más rápidos y sencillos.  Muchas gracias, Occidente.  Muchas gracias, Yoga Alliance.  Habéis degradado una disciplina milenaria y la habéis equiparado al zumba y aerobox de los gimnasios.  Enhorabuena.

El sistema de Ashtanga Yoga pone el dedo en la llaga y señala precisamente esto.  Si practicas de acuerdo con el método tradicional, en un mes de práctica diaria apenas habrás rascado la superficie, así que olvídate siquiera de terminar la primera serie y por supuesto destierra de tu cabeza la ridícula idea de convertirte en profesor.  Durante un buen tiempo los nudos planteados por la problemática física te mantendrán suficientemente ocupado.  De hecho, ten en cuenta que cuanto más fácil te resulte más tiquismiquis se pondrá el profesor y más exigente será contigo.  Y no por mala leche: nuestro papel es hacer que la práctica te resulte una experiencia agradable e inocua pero también que a través de ella descubras cosas que anidan en ti que quizás no te gustan tanto y que siempre has procurado evitar.  Porque a veces la realidad no es tan bella como imaginas: no te sale todo perfecto y en Ashtanga Yoga cada día te vas a dar de bruces contra tus limitaciones, que te aseguro antes o temprano descubrirás; tu orgullo se verá herido y sentirás una combinación variable de frustración, ira, envidia, cansancio y miedo.  Hay personas que al cabo de algunas semanas o meses abandonan, derrotadas por sus modificaciones mentales.  Quizás encuentren una manera mejor de gestionarlas en otro sitio y les deseamos la mejor de las suertes.  Otras persisten y, al cabo del tiempo, saborean la magia de abhyāsa y vairāgya, esos grandes desconocidos en los teacher trainings y sobre los que, como suele decirse, tal que las alas de un pájaro, se sustenta el método tradicional de Ashtanga Yoga.


Póster con las dos primeras series de Ashtanga Yoga.  El que escribe estas líneas tardó tres años de práctica diaria en terminar la primera serie y once años adicionales en terminar la segunda.  Entre 7.000 y 8.000 horas.


Abhyāsa y vairāgya: las alas del método tradicional.

Frente a una manera de enseñar pretenciosa, con una agenda de plazos en la que hay que llegar a determinado punto en determinado tiempo y en el que los estudiantes pagan cierta cantidad de dinero a cambio de un premio seguro, se sitúa el método tradicional.  Porque si abhyāsa se define por un esfuerzo sin interrupciones, con devoción y mantenido durante un largo periodo de tiempo, y vairāgya por el dominio del deseo, no pueden quedar mejor ejemplificados que en la práctica tradicional de Ashtanga Yoga.

Antaño, a un aspirante que se acercaba a un maestro con la intención de aprender yoga se le solía plantear un desafío mediante el cual demostraba que su interés era sincero y que el maestro no iba a malgastar su tiempo con un cazurro que se arrugaría ante la primera dificultad.  Una vez superado el reto, daba comienzo un periodo de instrucción de duración indeterminada que concluía cuando el maestro exigía su darshina.

Krishnamacharya rompió este modelo de enseñanza aceptando a estudiantes de yoga como el médico que acepta a pacientes, sin distinciones y sin exigirles mérito alguno a cambio de empezar.  No obstante, Krishnamacharya era perfectamente consciente del valor del aprendizaje a largo plazo; él mismo lo había experimentado durante su estancia de siete años en Nepal con Brahmachari, y así lo trató de inculcar.  Algunos de sus estudiantes, tal y como sucede en todas las escuelas de yoga del mundo y en tantas otras esfera de la vida, lo abandonaron de forma prematura.  Otros, en cambio, siguieron a su lado hasta que la vida los separó.  Uno de ellos fue Pattabhi Jois, quien estudió al lado de Krishnamacharya durante prácticamente todo el tiempo que permaneció éste en Mysore desde 1933 hasta 1948-1953 además de los dos años en Hassan.  En cierta ocasión afirmó: "Al principio éramos muchos estudiantes; al final sólo quedamos tres."  Pattabhi Jois vivió aquellos años de Mysore, entendió qué era lo que su maestro quería enseñar, y trató de reproducirlo en sus propias clases.  El resto de escuelas que nos hacemos llamar "tradicionales", intentamos seguir ese modelo.

No dirigimos un ashram, no exigimos votos monacales ni imponemos difíciles pruebas de acceso a los estudiantes.  Ni siquiera podemos aspirar a que toda persona que comienza a practicar Ashtanga Yoga en una escuela tradicional vaya a hacerlo durante toda su vida, pero los profesores tradicionales tenemos que enseñarle como si en verdad fuese a hacerlo durante toda su vida.  Es decir, como si tuviéramos años y décadas de trabajo por delante.  Aunque sepas que la persona va a estar en la escuela sólo durante un mes.  Lo más precioso que como profesores podemos hacer es plantar en ellas una semilla que tal vez no germine durante el tiempo que esté en nuestra escuela, pero que sea lo más genuina posible para que quizás, más adelante, sea el comienzo de un pequeño brote del que surja un hermoso árbol.  El buen profesor será alguien que se esfuerza en inculcar el amor, la devoción por una práctica consistente a largo plazo en la que se saborea cada paso, y no alguien que regala asanas como si fueran confetti para asegurarse de que se le paga un mes más.  El largoplacismo es una de las mejores lecciones de esta práctica con importantes aplicaciones para el resto de tu vida: hazte responsable y si deseas algo, empeña el debido esfuerzo y aprende que todo lo bueno se hace esperar.

Ajuste de marichyasana D en Ashtanga Yoga Bilbao.

Tampoco se trata sólo de una cuestión de tiempo y paciencia.  El propio concepto de un aprendizaje con una fecha de inicio y otra de finalización sobre el que se basan los teacher trainings atenta contra el segundo principio sobre el que se sustenta el método tradicional: vairāgya, el no apego.

Piénsalo: es muy distinto aprender algo cuando timpones una fecha límite que cuando no tienes prisa.  Si en tu cabeza mantienes un calendario con hitos marcados estás generando una serie de expectativas que, muy a menudo, serán poco realistas.  Tampoco tienes que ser una persona apagada, vacía de ilusiones.  Es perfectamente legítimo que quieras aprender más y que te salgan las cosas bien.  Lo que no tiene sentido es que pretendas que te salgan todas en un mes.  O que observes a un practicante con diez, veinte años de experiencia, y quieras ya mismo llegar a ese punto pasando por alto todo el proceso que ha llevado a esa persona a ese punto e ignorando que tu propio proceso no tiene porqué tardar el mismo tiempo ni llevarte al mismo punto.

La comparación es uno de nuestros peores enemigos.  La sociedad nos ha educado para ser competitivos y nos ha convencido de que si no estamos al mismo nivel que el resto somos unos mierdas.  Esto lo trasladamos a todos los aspectos de la vida, desde el trabajo hasta las relaciones y, por sorprendente que pueda parecer, también a la práctica de asanas.   Porque, desde luego, no nos fijamos en lo bien que respira esa persona, en lo concentrada que está y lo poco que se distrae.  Nos fijamos en lo bonitas que son las figuras que hace y apretamos los dientes deseándolas para nosotros.  ¿Acaso se puede ser más ridículo?  ¿Qué te está aportando a ti lo que sucede en la esterilla de al lado o lo que has visto en Youtube?  ¿De veras crees que te están arrebatando algo?  No tiene explicación lógica pero es totalmente cierto y algo muy humano: cuando vemos a otras personas lograr lo que nosotros no podemos, aunque sean unas tristes asanas, nos corroe la envidia.  Y esta envidia surgida del deseo nos vuelve ambiciosos, y si no logramos nuestro objetivo nos dejamos arrastrar por la ira, y si lo logramos nos volvemos soberbios y avariciosos, porque nos creemos importantes y queremos seguir siéndolo, y cuando tenemos algo queremos todavía más, y más, y más.  Y el círculo se repite sin fin.

Este patrón de comportamiento lo conocemos todos bien.  De hecho se ha repetido una y otra vez desde el principio de los tiempos, desde que en el ser humano se desarrolló la capacidad de consciencia.  Y bien, puedes alimentar esa rueda de deseo y ambición, ira y avaricia, orgullo y apego en un ciclo sin fin, o puedes hacer algo por intentar romperlo.

El método tradicional de Ashtanga Yoga te brinda una hermosa oportunidad para ello.  El hecho de que a menudo no se sacien tus deseos, el hecho de que haya una práctica que te muestre cosas que deseas hacer pero que no eres capaz de hacer y otras que no deseas hacer pero que tienes que hacer, el hecho de que haya un profesor que te diga que pares cuando necesitas ser parado y no cuando a ti te gustaría parar, es una gran manera de plantearte sobre la esterilla los mismos problemas que sueles encontrarte fuera de ella para que los trabajes.  Lo que tienes que resolver no es el problema en sí, sino tu manera reiteradamente errónea de relacionarte con el conflicto.  Y para que esto suceda, para que exista la probabilidad de que atisbes el éxito, que se traduce no en la resolución física de posturas sino en una capacidad de volcarse hacia dentro, de experimentar plenamente el presente, de dejar de ser esclavo de los veleidosos sentidos y, por tanto, para que lleves una vida más plena, feliz y en armonía dentro y fuera de la esterilla, tienes que erradicar la raíz del problema: el apego al éxito y el rechazo al fracaso.

Ashtanga Yoga, en efecto, es un campo de entrenamiento para la mente disfrazado de una compleja coreografía de asanas respiradas.  Sin embargo, es un camino largo en el que no hay atajos.  Como en toda disciplina oriental que se precie y, en realidad, cualquier cosa que merezca la pena, hace falta disciplina y humildad.  Disciplina para sacrificar porciones significativas de tu tiempo de ocio y de sueño durante un largo periodo de tiempo, quizás el resto de tu vida.  A decir verdad, cuando la disciplina se ha asentado ya no supone un gran esfuerzo; ¿sientes pereza a la hora de limpiarte los dientes, o lo haces antes de acostarte y ya?  Probablemente tu educación temprana sirvió para grabar en tu cabeza la rutina de lavarte los dientes; llegado este punto lo haces cada día y no se te ocurre no hacerlo.  Es un proceso de limpieza que llevas a cabo sin plantearte el esfuerzo que te supone porque lo has estado haciendo durante tanto tiempo de forma ininterrumpida que ya prácticamente forma parte de ti; no te reconocerías sin limpiarte los dientes.  Y humildad para saber reconocer que tú sólo eres un pequeño agente en la compleja receta que se está cocinando; muchos elementos se escapan fuera de tu control y lo único que puedes hacer es empeñar tu mejor esfuerzo y presencia en cada momento, sin que tu satisfacción se fundamente en la consecución de premios.  ¿Tienes depositadas grandes expectativas cada vez que acudes a lavarte los dientes? ¿Acaso piensas: "hoy sí que me va a salir mejor que nunca"? ¿Rompes a llorar de alegría cuando te informan de que no tienes caries y esa noche te limpias los dientes aún con mayor entusiasmo?  ¿Te resulta demoledor escuchar que necesitas un empaste y la siguiente vez que te limpias los dientes lo haces abatido, o quizás dejas de hacerlo porque consideras que has fracasado y no merece la pena continuar haciéndolo?  Pues eso: esfuerzo constante ininterrumpido y sin apego.  Disciplina y humildad.  Abhyāsa y vairāgya.