miércoles, 9 de marzo de 2016

Aprovechando el tiempo.

[Nota introductoria: A pesar de estar en tiempo presente, este texto fue escrito en el mes de enero del 2015 y conforma el cuarto capítulo de la Crónica de mi viaje a Mysore 2014-2015.]


Nines y yo en el Nandi, el mítico toro negro que porta a Shiva, a medio camino en la subida a Chamundi Hill.


Cuando una persona se plantea una enésima visita a Mysore de más de dos meses de duración, una de las preguntas a responder es:  ¿cómo voy a llenar el tiempo?  El motivo principal, claro está, es practicar con Sharath en el KPJAYI (Krishna Pattabhi Jois Ashtanga Yoga Institute).  Sin embargo, los días son largos, y la práctica con Sharath empieza y termina a primera hora de la mañana.  La matrícula en el KPJAYI te otorga el derecho a asistir a cuatro clases estilo Mysore de martes a viernes, a dos clases guiadas el sábado y el lunes, a media hora de chanting el lunes, miércoles y viernes a las 11:30 y a la conferencia que Sharath imparte el sábado a las 09:30.  Por lo tanto, uno puede perfectamente plantarse a las 7:00 o 10:00 de la mañana con la principal obligación del día cubierta y por delante nada más que hacer.

El mercado Devaraja, espectacular donde los haya.
A los pies de la Iglesia de Santa Filomena.
Espectacular templo jainista escondido entre las calles de Mysore.

En un primer viaje a Mysore hay muchas cosas por descubrir.  Para Raquel, Arantxa, Miguel y Alberto ha sido la primera vez, por lo que a ellos les ha tocado hacer las obligadas visitas turísticas al Palacio del Maharajá, al mercado Devaraja, a Chamundi Hill, a los lagos de Kukarahalli y Karanji (este último no sé si lo han visto) y a la Iglesia de Santa Filomena.  Simplemente familiarizarse con el barrio de Gokulam, conocer las casas donde se sirven desayunos para occidentales, los restaurantes y hoteles típicos, las cafeterías, las tiendas de alimentación, de ropa, de libros, de complementos de  yoga, los supermercados, requiere cierto tiempo de exploración.  Raquel, que sólo ha estado dos semanas, seguramente se haya dejado muchas cosas en el tintero.

Nines en la escalera de los 1008 peldaños de camino a Chamundi Hill.
Nines haciendo migas con una chica local ante el Palacio de Mysore.
Nines en el Templo de Oro de Bylakuppe.
Ruinas del Imperio Vijayanagara en Hampi.

Ampliando el radio más allá de la ciudad de Mysore se encuentran otros hitos dignos de ser visitados tales como los jardines de Brindavan, el Templo de Oro budista tibetano en Bylakuppe, los templos de Srirangapatna y el cercano Santuario de Pájaros, la reserva de tigres de Mhudumalai, los parques naturales de Ooty y Coorg, las ruinas de Hampi, etcétera.  India es un subcontinente con una dilatada historia y una riqueza cultural y paisajística inmensas y sólo con lo que se encuentra a unas horas o un fin de semana de distancia de Mysore seguramente haya para varios años de visitas.  De todos modos, lo que sucede es que mucha de la gente que viaja a Mysore a practicar Ashtanga Yoga tampoco viene con una gran sed de turismo.  De hecho, me consta que muchos de los más veteranos apenas se mueven de Gokulam durante su estancia.  En mi caso, cuando regrese a España, ya habré pasado más de siete meses de mi vida aquí.  Llegado un punto, se pierde el interés por descubrir el enésimo templo o sacar la foto definitiva y se busca aprovechar más otros aspectos.  Esta vez, en lo que a turismo respecta, sólo he ido a  visitar varias veces el centro para hacer compras y subido con Nines a Chamundi Hill.  Si acaso, cabe hablar también de los asiduos y agradables paseos con ella en torno al lago Kukarahalli y hasta el Green Hotel para tomar café.  Nuestro grupo de españoles ha estado bastante más activo, con salidas a ríos y piscinas para tomar el sol, a visitar los lugares típicos aquellos que no los habían visto, y los que querían una dosis de playa también aprovecharon un par de fines de semana largos para viajar a Kerala.

Tanya fotografiando el lago Kukarahalli.
Nines en el lago Karanji.
Tanya en los jardines de Brindavan.
Con Raquel en un rickshaw.
Café de Año Nuevo en el Coffe Day.

Siempre existe, claro está, la posibilidad de descansar, alternar y pasar el tiempo con uno mismo, de brazos cruzados, leyendo o escribiendo una crónica larguísima tal que ésta, pero que conste que el que no hace cosas interesantes es porque no quiere.  De hecho, una de las características de Mysore que más sorprende al visitante es el amplio abanico de actividades disponible.  A la sombra del KPJAYI han brotado cual setas en el bosque de otoño una pléyade de instituciones y personas que buscan captar el interés de los extranjeros que vienen a practicar yoga y hacerles aflojar sus repletas carteras.  La mayoría no habría llegado nunca a ser nada sin el poderoso reclamo que Pattabhi Jois y Sharath han supuesto para Gokulam durante las últimas décadas, pero lo cierto es que a día de hoy muchas de esas personas e instituciones se han ganado su propia reputación y atraen a su propio público, incluso con independencia del KPJAYI.  Algunos ofrecen cursos/talleres de cocina india, de medicina ayurvédica, de masajes, de pintura tradicional de Mysore, de filosofía, de pranayama, de meditación, de anatomía, de danzas indias, de música india... y otros, y no precisamente pocos, ofrecen clases de yoga, Ashtanga inclusive, y cursos de formación (los famosos -o infames- teacher training).  Aunque pueda resultar difícil entender que haya gente dispuesta a volar hasta este anodino rincón de la India y quedarse en él una larga temporada para otra cosa que no sea practicar en el KPJAYI, lo cierto es que mucha gente viene a practicar o estudiar yoga no con Sharath, sino con otros profesores que le hacen competencia y que hasta se puede decir le han ganado algo de terreno.  Bharat Shetty, los hermanos Ajay Kumar y Viyai Kumar, Viswanatha -también conocido como Masterji, antiguo alumno de Pattabhi Jois de los tiempos anteriores a la llegada de oleadas de occidentales- y el anciano BNS Iyengar -a no confundir con el fallecido BKS Iyengar y que fue discípulo de Krishnamacharya al igual que BKS Iyengar y Pattabhi Jois- son algunos de ellos.

Placa del Instituto de Ashtanga Yoga Krishna Pattabhi Jois, el KPJAYI.  La realidad, les guste a los "otros" profesores y a sus adeptos o no, es que sin el KPJAYI jamás habrían salido del ostracismo.

El secreto de su éxito está en que ofrecen clases de Ashtanga Yoga a un precio inferior al que pide Sharath (aun así insultantemente alto para los estándares indios), en que complementan las clases de yoga con actividades adicionales que Sharath o no quiere o no puede ofrecer por falta de tiempo y espacio (sesiones de pranayama, clases especiales temáticas, tipo "aperturas de cadera", "backbending", "bandhas", etcétera)  y, lo más importante, en que sus clases tienen un número reducido de alumnos, lo que redunda en la calidad de su enseñanza y en la satisfacción de los estudiantes.  Además, me imagino, de que son unos excelentes profesores, de lo cual no me cabe duda por las referencias que me han dado tanto aquí como en España.  En verdad que no hay conferencia en la que Sharath no arremeta contra ellos directa o indirectamente, casi siempre por el manido tema de los "teacher training" que algunos de ellos imparten y con los que seducen a muchas personas, permitiéndoles regresar a casa con un diploma bajo el brazo al cabo de unas pocas semanas -y muchas rupias- de aprendizaje.  Su competencia se hace notar ya al formalizar la matrícula en el Instituto, cuando se firma un compromiso de no asistir a clases de asanas o meditación en otros sitios mientras se esté estudiando en el KPJAYI.  

Sharath Jois, Pattabi Jois y Saraswathi Jois.

Nuestro grupo se ha ceñido a la línea oficial y ninguno hemos llegado a sucumbir a los cantos de sirena de la competencia: Sharath y su madre Saraswathi han sido nuestros únicos gurús.  Lo que sí hemos hecho es apuntarnos a algunas de esas actividades "extraescolares" ofertadas, bien por aprovechar el tiempo, por verdadero interés o por pura curiosidad.  Por ejemplo, una de las primeras cosas que hicimos Tanya y yo nada más llegar a Mysore fue matricularnos a clases de sánscrito con Lakshmish en el KPJAYI.  El año pasado habíamos completado el primer nivel, en el que habíamos aprendido el alfabeto sánscrito y a pasar de la notación fonética en inglés a la notación sánscrita y viceversa.   Teníamos ganas de cursar el segundo nivel, en el que hemos terminado siendo capaces de escribir frases sencillas dentro de un vocabulario limitado y empleando estructuras simples de sujeto, verbo y predicado con algunos complementos no demasiado complejos.  A grandes rasgos, la gramática sánscrita viene a ser similar a la del latín, pero con ocho casos en lugar de seis, un par de docenas de declinaciones en lugar de cinco, y con dos plurales (no es lo mismo que "nosotros" seamos sólo dos que que seamos tres o más).

Lakshmish, profesor de chanting, sánscrito, yoga sutras y Hatha Yoga Pradipika en el KPJAYI.

Junto con las clases de sánscrito hemos tenido que cursar también las clases de Hatha Yoga Pradipika.  Sabíamos ya desde el curso pasado que Lakshmish dista mucho de ser un grandísimo orador.  Sus comentarios, en un inglés más que mejorable, resultan interesantes pero sólo durante un ratito y un libro comentado tal que el que compramos hace un año en la tienda Shoka junto al mercado Devaraja es mucho más útil a la hora de entender el Hatha Yoga Pradipika.  Por desgracia, el paquete de clases era doble y no resultaba posible asistir sólo a la parte de sánscrito, por lo que nos hemos tenido que volver a tragar las peroratas de Lakshmi.  Sara se apuntó a clases de los yoga sutras de Patanjai con él y parece que ella tampoco quedó demasiado entusiasmada.

Lo que a Sara sí que le ha gustado sin duda han sido las clases de pintura tradicional de Mysore, esto ya fuera del KPJAYI.  El curso se alargó más de lo que ella tenía previsto, pero el resultado final ha sido espectacular: un Ganesha (deidad hindú con cabeza de elefante) primorosamente dibujado al más puro estilo indio, repleto de colores vivos y con adornos de oro.  Cuando me enseñó su cuaderno de dibujo lleno de bocetos de caras y manos, no me lo podía creer; parecía como si hubiera estado dibujando toda su vida, pero nada más lejos de la realidad: todo lo había aprendido en el curso.  Una de dos, o Sara es una ilustradora innata, o el profesor del curso realmente tiene el poder de sacar la mejor versión artística de sus alumnos.  Temblad, dibujantes de Pixar, temblad, vuestro Némesis ha despertado.

El increíble dibujo de Sara.

Si os gustan las charlas de filosofía y religión hindú pero quedasteis decepcionados con las clases de Lakshmish, vuestra solución se llama Arvind Pare.  Este hombre es un erudito que se anuncia profusamente en el grupo de Facebook "Ashtanga Community in Mysore" y que se dedica a dar conferencias todos los días en su casa.  Estudió alguna especialidad de ingeniería en la Universidad pero, no sé exactamente cómo, ha terminado dedicándose a enseñar filosofía a estudiantes de yoga extranjeros en Gokulam.  Así de curiosa es la vida.  Muchos sabemos lo difícil que resulta casar profesiones y vocaciones contradictorias, y a veces la solución no pasa por hacer lo que la sociedad y la familia espera de ti.

Arvind ofrece un programa matutino de varias horas en el que aborda diversos temas.  No es precisamente barato (los paquetes de clases se cuentan por miles de rupias, quizás 500 ú 800 rupias la hora), pero por la tarde enseña capítulos del Bhagavad Guita de manera gratuita, me imagino que para darse a conocer.  Tanya asistió regularmente a estas clases vespertinas, con gran éxito de público, y yo fui a probarlas.  Su inglés, detalle muy a tener en cuenta, es cristalino, y su discurso, ameno, salpicado de anécdotas.  Salta a la vista que su vishuddha chakra (el chakra de la garganta) se encuentra altamente desarrollado.  Desgrana los versos originales del Bhagavad Guita evidenciando altos conocimientos de sánscrito y del propio texto y responde a las preguntas que se le plantean con genialidad.

Arvind Pare en su casa, donde imparte sus clases de filosofía.  Ingeniero como un servidor, también abandonó su profesión técnica para entregarse a la difusión de enseñanzas espirituales.

En una ocasión, un "flipado" le preguntó si al alcanzar la iluminación uno es capaz de tomar conciencia no sólo de su vida actual y de sus vidas pasadas, sino también de las vidas actuales y pasadas de todos los seres del mundo.  Arvind Pare no fue tan sarcástico como para responderle que la iluminación no equivalía a un Gran Hermano a gran escala, pero casi.  Su respuesta fue triple, y me encantó: Por un lado, le dijo que para él la iluminación significa la pérdida de la individualidad y la identificación del yo con el todo.  El árbol, por así decirlo, se identifica con el bosque, lo cual no implica necesariamente que haya que conocer todos y cada uno de los árboles del bosque, su especie concreta y su historia porque, de hecho, la historia de cada árbol es cambiante, no una cualidad eterna, y para cuando llegaras a escribir en un libro todas y cada una de ellas, tendrías que volver a empezar porque ya no serían válidas.  Por otro lado, le contó la historia de un niño que se iluminó a una edad muy temprana y recordaba que su vida anterior había transcurrido en un pueblo situado muy cerca de su actual hogar.  Sus padres accedieron a acompañarle hasta ese pueblo, donde el niño verdaderamente sabía desenvolverse: "¡Mira, ésa es la escuela donde estudié!", "¡Mira, ahí trabajaba yo!".  Al final, llegó hasta una casa y tocó la puerta.  Apareció una señora de más de noventa años que se quedó perpleja cuando el niño de seis años la cogió de la mano y espetó a sus padres: "Ésta es mi esposa.  Aquí me quedo.  Podéis iros."  La moraleja de Arvind a este cuento fue la siguiente ¿acaso has solucionado todas las cuestiones de esta vida, has dado respuesta a todas las preguntas, que necesitas arreglar las vidas anteriores?  Finalmente, Arvind le hizo la recomendación de que tuviera cuidado con esas personas que hay en Mysore que prometen a los extranjeros habilidades extraordinarias y que, en realidad, lo que esencialmente pretenden es estafar.

Nines llegó a Mysore con la intención de exprimir al máximo su estancia de tres semanas.  En España se está tomando con mucho entusiasmo su formación en quiromasaje como bien sabemos quienes hemos tenido la suerte de ponernos en sus manos.  En la India existe el masaje ayurvédico, un estilo de masaje que emplea distintos aceites y técnicas de masaje para compensar los desequilibrios (doshas) que pueda tener una persona.  Había varias opciones de cursos, pero al final se decantó por el curso de Naga Kumar (en efecto, el apellido Kumar en la India viene a ser algo así como "Pérez" o "García" en España), una verdadera eminencia del masaje ayurvédico en Gokulam del que yo ya había oido hablar en 2008.  El curso comenzaba dos días después de que llegara Nines a la India y las clases duraban tres horas por la mañana de lunes a domingo, terminando unos pocos días antes de que ella se fuera.  ¡Casi parecía que Naga Kumar lo hubiera organizado a la medida de Nines!  Ella salía cada día cansada pero entusiasmada y al final quedó encantada de todo lo aprendido.  El último día tuve el privilegio de participar en la práctica final del curso: un masaje ayurvédico completo de tres horas de duración que, francamente, se me hicieron cortísimas.

Sesión de masaje ayurvédico en casa.  Nines y una compañera de clase masajean a Tanya y Alberto.
Naga Kumar, Nines y su título.

Comiendo un día en el restaurante Dhatu nos enteramos de la existencia de un "curso de cocina ayurvédica para la sanación".  Veinte horas de curso, tres mil rupias (algo menos de 40 euros) y la oportunidad de desentrañar algunos misterios de la gastronomía india con ejemplos prácticos: imposible decir que no.  Acabamos apuntándonos Guillermo, Sara, Nines y yo.  A Guillermo le venía mejor ir por la mañana y a nosotros tres por la tarde.  Dhatu nos dio todas las facilidades y en seguida se organizaron dos turnos distintos a las horas que nos convenían.  Increíblemente, el curso salió adelante a pesar de que nosotros cuatro resultamos ser los únicos alumnos.  ¡Ni siquiera intentaron convencer a Guillermo para que se viniera con nosotros por la tarde!  Cuarenta horas de trabajo a cambio de 12.000 rupias (unos 150 euros).  No parece muy rentable que digamos, pero las cuentas debían salirle a Mallesha -el profesor- y a los del Dhatu.  En enero quise apuntarme a un curso de anatomía de yoga que se impartía en Chakra House, pero yo era el único alumno y, en este caso, no debía compensarles económicamente y lo cancelaron.

El curso en sí fue de menos a más.  Los primeros días fueron un poco aburridos, copiando listas de alimentos y sus características correspondientes.  Hacia la mitad del curso, comenzó lo interesante: la cocina.  Mallesha preparó paso a paso delante de nosotros platos indios típicos, como chutney, dal fry,  kichari, buttermilk, lassi y hasta chapatis y dosas (tortas de trigo y lenteja, respectivamente).  También zumos y tés especiados para equilibrar los doshas (ojo, no confundir dosha -vata, pitta, kapha- con dosa -torta de lenteja-) y remedios caseros para curar dolencias, heridas y enfermedades menores.  Mallesha enseñaba con cariño e interés y la verdad es que, a pesar del aburrimiento de los primeros días, nuestra percepción general del curso fue excelente.  Al terminar y para nuestra sorpresa, Mallesha nos hizo entrega de unos llamativos diplomas de asistencia plastificados, con nuestros nombres impresos.  Si continúo viniendo a la India, me da por hacer más cursos de estos y a cambio me siguen dando diplomas, al final podré acabar llenando una pared tal que la consulta del dentista.

Final del curso de cocina ayurvédica.

En Mysore también existe la posibilidad de practicar karma yoga prestando servicios desinteresados a la comunidad.  En algunos lugares son un poco pícaros y llevan el concepto de karma yoga un poco al extremo.  Se trata de las casas donde sirven desayunos -Santosha, Khushi, Anokhi-, en las que ponen carteles en busca de "karma yogis" que trabajen de camareros durante toda la mañana a cambio de un desayuno.  Me parece bastante gracioso que se pretenda hacer pasar por karma yoga un trabajo de camarero consistente en servir comida a occidentales pudientes que no tienen reparos en gastarse 200, 300 ó 400 rupias en un simple desayuno, una cantidad de dinero con la que una familia pobre entera comería varios días.  Los dueños de estos establecimientos ganan cada día grandes cantidades de dinero y con esto del karma yoga se permiten el lujo de no tener que gastarse una sola rupia en camareros.  A mi modo de ver, el karma yoga es un trabajo voluntario que se hace de manera desinteresada, sí,  pero con carácter humanitario, no con el carácter claramente comercial que hay detrás de estas casas de desayuno.  Si no, como se enteren de esto nuestros empresarios en España, le proponen al Gobierno una nueva modalidad de contrato todavía más precario que los contratos en prácticas o de becario: el "contrato karma", consistente en jornadas de sol a sol a cambio no de un salario discreto, sino de buen karma.  Por desgracia, son muchos los occidentales que se prestan a esta frivolidad a cambio de mejorar el susodicho karma o, simple y llanamente, conocer gente y establecer relaciones.  Y digo por desgracia porque, a pesar de toda la buena intención con que puedan estar haciéndolo, lo que al fin y al cabo ocasionan al trabajar gratis es quitarle el trabajo y el sueldo a una persona que quizás sí que lo necesite.

El caso de Tanya fue muy distinto; ella vino dispuesta a dedicar algo de su tiempo a la sociedad y lo que acabó haciendo sí que fue auténtico karma yoga.  Primero se puso en contacto con un orfanato y se ofreció como voluntaria, pero parece que algunos niños tenían historias familiares complicadas y los gestores del centro prefirieron salvaguardar su anonimato de injerencias externas.  Tanya lo entendió, y en seguida encontró una actividad colaborativa que en verdad parecía hecha a su medida: el refugio de animales de Mysore - People for Animals.  

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