jueves, 9 de noviembre de 2017

Primera semana en Mysore: la ardua búsqueda de hogar.

He cumplido una semana en estos lares y es hora ya de contaros qué ha pasado.  He aquí pues, una pequeña crónica:

El vuelo sufrió retraso en Madrid y Londres y acabé saliendo del aeropuerto de Bangalore a las 08:00 de la mañana hora local.  Por suerte, el taxista estaba esperando.  El viaje por carretera se dilató hasta unas increíbles cuatro horas.  Era de día y la India acababa de despertar, por lo que la autopista (si se puede llamar así a una vía por la que no se llega a circular a más de 60 km/h) estaba tan concurrida como el metro y no sólo por vehículos: personas, vacas y burros la cruzaban o se plantaban en medio como si tal cosa.  Finalmente llegué al bed & breakfast de Mark y Stephanie, a cinco minutos del centro de Gokulam, y concilié un sueño.

Recién llegado, en el jardín de Mark y Stephanie.

Los primeros días estuvieron marcados por la búsqueda de una morada.  Sobre mis hombros pesaba la responsabilidad de encontrar un sitio también para Tanya y Nines, que llegarían de Madrid a mediados de noviembre y diciembre, respectivamente.  La cosa pintaba bastante mal: estaba todo muy lleno y los indios se habían subido a la parra con los precios.  Lo primero que vi fue un agujero espantoso con un dormitorio diminuto y un baño adjunto por el que me pedían 15.000 rupias (algo menos de 200 euros).  Lo descarté como opción de inmediato, viable tan sólo si tenía que elegir entre eso y dormir debajo de un puente.

Seguí mirando cosas.  Preguntaba a la gente, paseaba en busca de carteles "for rent" o recurría a los locales.  Los "conseguidores" Shiva y Murthi que cambian dinero y alquilan motos tan sólo fueron capaces de ofrecerme una habitación en un hotel con cocina compartida para todos los clientes del hotel.  El contacto de Borja, Narein, me mandó a casa de un familiar que alquilaba un dormitorio en su casa.  El plan consistía en vivir con la familia india como una especie de invitado, y no me hacía mucha gracia la verdad.  Le di una larga, que ya me lo pensaría y que estaba mirando otras cosas, y lo descarté mentalmente.

Fiesta de Halloween en casa de Mark el mismo día de mi llegada.  Coincidió que se celebraba el gran festival hindú de Diwali, y los petardos estuvieron escuchándose todas las noches durante casi una semana.  Al principio pensaba que a los indios les gustaba alargar Halloween, pero luego me enteré de la coincidencia de las dos fiestas.  Diwali se celebra en la luna nueva de octubre/noviembre.

Fue gracioso ir a visitar varios sitios (recuerdo hasta tres)  en los que no había absolutamente nada: ni sillas ni camas ni cocina.  Nada.  Pisos más o menos feos (la mayoría un agujero oscuro, la verdad) en los que sólo había paredes, suelo, puertas y ventanas.  A todos y cada uno de estos arrendadores les expliqué y aconsejé que si realmente querían alquilar el sitio a algún extranjero tenían que comprar muebles y equipar la cocina.  Ningún  extranjero que viene a quedarse unos meses se le va a pasar por la cabeza amueblar una casa alquilada.

Desesperado, decidí hacer caso incluso a los conductores de rickshaw de cerca de la sala que entre otras cosas actúan también de "agentes inmobiliarios" a cambio de una comisión.  Estos señores me enseñaron una casa que no tenía muy mala pinta, pero que resultaba un claro fiasco.  Tenía un dormitorio grande y otro con litera.  La construcción era moderna y estaba dentro de una urbanización con guardia.  Las pegas, no obstante, era muy grandes: no había NADA en la cocina y las tuberías del cuarto de baño estaban hechas una pena.  Dabas a los grifos de la ducha y empezaba a salpicar por todos lados.  Les dije que la casa estaba bien pero que las cañerías estaban estropeadas y faltaba lo esencial en la cocina (fuegos, nevera -había una pero no funcionaba-, algún plato, cacerola, etcétera). 

Con los asistentes a una sesión de chanting que organizó el occidental sin camiseta: un australiano convertido al Hare Krishna que cantaba mantras hindús y óperas con la misma facilidad.  Reconozco a Pavitra, que regenta el Green House y a Nuria Schneider y Adriana, con quienes he coincidido varias veces en Mysore.

Los tíos se emocionaron bastante.  Decían que lo iban a arreglar y a partir de ese momento no me dejaron en paz.  Cada vez que me veían me hablaban de la casa y me trataban de presionar para que les soltara pasta por adelantado.  Se les ve venir a la legua a estos listillos y es evidente que hay que decirles que no.  Hasta que no vea con mis propios ojos que está todo como debe estar, no voy a llegar a ningún acuerdo.

Después de haber visto cerca de una decena de casas, me veía en el punto de partida.  Pensé en ir a alquilar una habitación de una casita india que había visto antes.  Era un sitio oscuro y desangelado, pero era de lo mejorcito que había visto y estaba en la zona de la shala.  Esa tarde -era lunes- tenía que ir a apuntarme en las clases de Sharath.  Al salir, me quedé hablando con un chico que también acababa de llegar y le conté mis penurias en la búsqueda de un hogar.  Me dijo que a él también le había costado pero que finalmente había encontrado un sitio pequeño.  Por la mañana -agregó- había visto un sitio bastante bueno, pero que era demasiado grande para él -para tres personas- y lo había descartado.  Tanya, Nines y yo sumamos tres personas, por lo que de inmediato le pregunté donde estaba ese sitio y se ofreció a llevarme en moto.  Estaba realmente cerca, detrás del templo de Ganesha que está junto al cruce del coconut stand.  Pero nadie respondió a mis llamadas a la puerta y me retiré con el rabo entre las piernas.

Selfie en el famoso Anu's.  Todas las fotografías que ilustran esta entrada son auténticas de aquellos primeros días, rescatadas de un viejo backup de mi móvil de aquel entonces.

Mi melancólico deambular me llevó hasta la zona de Doctor's Corner, bastante alejada de la shala, donde por la mañana tras haber visitado un piso sin amueblar recordaba haber visto carteles de "houses for rent for yoga students".  Al cabo de un tiempo encontré un cartel de "house for rent" y llamé a la puerta.  Un señor bastante mayor me enseñó un bajo en el que no funcionaba la electricidad y que, como comprobé móvil modo linterna en mano, estaba completamente vacío, sin amueblar.  Le conté lo de siempre y me marché.  Bueno, en realidad me tuve que quedar cerca de una hora esperando en la casa con el hombre, porque se desató una tormenta monzónica de espanto y al hombre ni siquiera le apetecía recorrer los pocos metros que separaban su piso en alquiler de su vivienda.

Cuando la tormentá amainó estaba anocheciendo.  Me coloqué la cazadora vaquera sobre la cabeza y caminé de vuelta al bed & breakfast.  Tan sólo había reservado habitación para tres noches; aquélla sería la última.

El entrañable templo de Ganesha en Gokulam. 

De camino al bed & breadfast pasé por delante del templo de Ganesha.  Me metí por la calle de la derecha y miré la casa en la que antes no me habían respondido: las luces estaban encendidas.  Llamé a la puerta bajo la lluvia y me abrió un indio barrigudo con la voz grave como Louis Armstrong.  En efecto, tenía un piso en alquiler.  Se trataba de toda la primera planta de su casa (él vivía con su familia en la planta baja), y después de haber visto tanto agujero indio me pareció una mansión: recibidor y salón comedor con sillones, mesa y sillas y un sofá-cama, tres dormitorios grandes con muchos armarios, uno de ellos con baño adjunto (tipo occidental y con ducha), un baño equipado para lavar la ropa a mano y lavarse uno mismo con cubos, otro baño estilo indio, cocina equipada (fuego, nevera y microondas), despensa, terraza con lavadora, sala de pujas (sala de oraciones donde colocan imágenes de deidades hindúes) y, además, un amplísimo lugar de esparcimiento al sol en el ático.  Comprobé por encima que todo funcionaba: agua, nevera y luces y enseguida llegué a un acuerdo con él.  Rebajé lo que me pedía de 35.000 rupias a 33.000 al mes y le pagué ahí mismo una señal de 3.000 rupias.  El tío parecía -y lo parece todavía- muy legal; me firmó un recibí por el importe y me dijo que al día siguiente trajera el resto del dinero y la fotocopia del pasaporte y visado para hacerme un contrato de alquiler.  Su nombre es Siddappa, Siddu para los amigos.

Mi casa durante buena parte de aquel viaje.

33.000 rupias no dejan de ser una barbaridad en este país.  Son alrededor de 400 euros.  Pero, qué quieres que te diga, después de que me pidieran 15.000 por un agujero de 10 metros cuadrados, esto me parece un chollo.  Y desde un punto de vista occidental lo es.  Este verano estuvimos Nines y yo en Lisboa y nos dejamos 300 euros en una semana por un piso mucho más raquítico.  En contraste, puedo decir que además del importe del alquiler tengo que pagar 1.500 rupias al mes a una señora -Lakshmi- que limpia en casa de Siddu y en la mía.  La pobre hace la colada -a mano; no sé para qué está la lavadora-, barre y friega por menos de 20 euros al mes.  Yo al menos procuro hacer la cama y no dejar nada sin fregar para que no tenga que perder demasiado tiempo.  La pobre tendria que trabajar en mi casa durante 22 meses para poder pagar el alquiler que me pide Siddu, inmensamente desproporcionado para lo que es la realidad de la India pero perfectamente logico a tenor de la gran oferta que ha generado el yoga en Gokulam.  Cualquier indio se preguntará: "Si estos tontos occidentales vienen hasta aquí y le pagan a ese tío 400 euros por unas clases de yoga, ¿porqué les voy a cobrar yo 50 euros por el alquiler de una casa?".


Vistas desde el tejado de la casa.

La historia tiene su corolario.  Resulta que al día siguiente, cuando me encontraba en mi nueva casa deshaciendo las maletas y metiendo las prendas en el armario, de pronto apareció en el umbral de mi piso nada más ni nada menos que uno de los "agentes inmobiliarios" que el otro día me habían enseñado la casa con la cocina vacía y con las tuberías hechas cisco.  Por la mañana le había dicho a uno de ellos que ya no me interesaba la casa que me ofrecían porque había encontrado un sitio.  Parecía resignado, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando horas después se presentó en la puerta de mi casa, o de la casa que Siddu me había alquilado.  El tío había atravesado una verja, había subido veinte peldaños de escalera y había aparecido ante mis narices.  Era evidente que me había seguido.  El tío -con cierta pinta de mafioso de tres el cuarto, por cierto- me empezó a preguntar cosas.  Yo le dije que se callara, que no quería hablar con él, que no me interesaba ya su casa, que había encontrado otra como saltaba a la vista y que se largara.  Le cerré la puerta en las narices y al cabo de un tiempo se fue.

Vídeo que hice para que Tanya supiera cómo llegar desde el templo de Ganesha hasta la casa.

La cosa no paró ahí.  Al cabo de un rato volví a tener visita.  Esta vez no era uno.  Esta vez eran varios agentes.  Seis conductores de rickshaw estaban en el umbral de mi flamante hogar.  La situación parecía delicada.  La puerta la había dejado abierta y uno se quiso colar.  Por suerte, todos los indios están muy desnutridos y no me costó mantenerlo fuera y cerrar otra vez la puerta.  Empezaron a tocar puertas y ventanas.  Toc, toc.  Si hubiera sido un holocausto zombie, habría escuchado también sus gemidos.  Esta vez, sí, llamé al dueño de la casa, a Siddu, y le conté la situación: "Han venido unos agentes que enseñan casas hasta aquí.  Creo que me han seguido.  He cerrado la puerta pero no dejan de llamar.  No sé qué quieren."  Siddu me dijo que no abriera y que les dijera que iba a llamar a la policía.

Entrada a la casa.  A la derecha, mi dormitorio; enfrente, el salón.

Mi dormitorio durante un buena temporada.  El colchón fue responsable de un fenomenal dolor de espalda que se prolongó algunas semanas. 

El espacioso salón-comedor.

Al cabo de un rato llegó Siddu.  Abrió la puerta desde fuera y entró.  Yo estaba atrincherado detrás de una barricada de sillones y cojines con una escopeta casera confeccionada en minutos tipo Mac Gyver y una bandera del Athletic de Bilbao dispuesto a defender mi posición hasta la última bala.  Mi dedo se crispó sobre el gatillo y... 

Volviendo a la realidad, la llegada de Siddu aclaró las cosas.  Resulta que Siddu les había encomendado a esos agentes encontrarle un inquilino y no es que me hubieran seguido, es que habían venido a enseñarle la casa a un guiri.  Mi presencia allí les había pillado de imprevisto; no tenían ni idea de que la casa se hubiera alquilado ya.  Al parecer, cuando alquilas una casa que te han enseñado los agentes, se les debe pagar una comisión.  Como alguno de ellos recordaba haberme enseñado una casa, daban por hecho que alguno de ellos me debía haber enseñado ésa.  Ninguno había recibido un duro, por lo que querían reclamar su parte y por eso se habían presentado todos, para ver a quién le correspondía el billete de lotería premiado.  Le expliqué a Siddu cómo había llegado hasta su casa: no había sido a través de ningún agente, sino mediante un chico extranjero de las clases de yoga que había visitado la casa anteriormente.  Él se lo contó a los agentes en el idioma local y finalmente todo quedó aclarado y los agentes se largaron cabizbajos.  Me imagino que más de uno se lamentó por no haberme enseñado esa casa y haber insistido con el otro bodrio...

Mi crónica se ha centrado esencialmente en la búsqueda del piso.  La verdad es que ése ha sido el tema que más me ha preocupado en esta primera semana.  Por suerte, la historia ha tenido un final feliz: una casa grande con un dueño amable y al lado de la sala.  De ella me separan 200 metros literalmente.  El otro día salí a las 06:58 y llegué andando a la puerta de KPJAYI a las 07:01.

Tarjeta de estudiante del KPJAYI de la temporada 2013-2014.

KPJAYI... Krishna Pattabhi Jois Ashtanga Yoga Institute para los no iniciados.  He asisitido ya a mis primeras cuatro clases, notando la misma energía que recordaba.  Parece como si no hubieran pasado el tiempo.  Sharath se acordaba de mí, que venía de Madrid y estudiaba con Borja.  Los dos primeros días practiqué en buenos sitios, sobre alfombra.  El tercer día me tocó en la parte de atrás, sobre el frío mármol, junto a la pared e interrumpiendo con mi pie el paso a los vestuarios.  El cuarto día, clase guiada del viernes a las 06:00 de la mañana, iluso de mí llegué a las 05:45.  Me tocó practicar en el vestuario, con parte de la esterilla debajo de un lavabo y los maravillosos olores de los efluvios intestinales y vejigales al alcance de mi mano.  Muchos dicen que la práctica aquí es mágica y yo no voy a ser quien destruya el mito.  Los retratos de los grandes gurús del yoga, las alfombras desgastadas por el paso de tantos y tantos yoguis, la ceremonia de la entrada, de la salida, el "one more", tener que atravesar un laberinto de cuerpos sudorosos en plena práctica hasta alcanzar el vestuario, una vez en el vestuario tener que sortear los cuerpos que dentro del vestuario hacen las posturas finales.  Lo cierto es que somos muchos los que mientras estamos aquí nos transformamos.  Los más píos tocan el suelo con los dedos y se los besan cuando salen, la mayoría saludamos a Sharath juntando las manos sobre el pecho.  No es un templo y Sharath no es un sacerdote ni el Papa, pero para los ashtanguis dedicados, como somos todos los que nos hemos tomado la inmensa molestia de venir hasta aquí y asumir sacrificios personales y económicos, soportar recriminaciones por parte de gente que no comprende, este lugar es la fuente de la que surgió y hoy día sigue emanando todo eso a lo que tanto tiempo, esfuerzo y cariño dedicamos.

En fin, voy a ir poniendo el punto final.  Para terminar, voy a poner un pequeño listado de las principales diferencias que he observado.  Esta información va dirigida, principalmente, a los que ya han estado en Mysore y practicado en el KPJAYI.

Las multitudes se agolpan para una conferencia en el KPJAYI.

1. Sharath cuenta ahora con asistentes.  Dos o tres profesores -creo que autorizados- están presentes en las clases Mysore además de él.

2. Las clases de Saraswathi tienen lugar en otro sitio distinto.   Alumnos de Sharath y Saraswathi ya no conviven en la main shala.  A pesar de que Sharath tenga a tanta gente, para cuando me voy a eso de las 09:00 ya no está entrando nadie nuevo. Mi hora de entrada son las 07:15.

3. El supermercado Nilgiris ha cerrado.  Nadie me ha sabido explicar porqué.  Nacho, Javier González y María Ferrara recordarán que vendía un montón.  ¡Nosotros solos solíamos agotar las existencias de yogures y leche de soja!  Ha sido como cerrar un casino en Montecarlo.  Ahora, voy al Loyal World de la calle del Barista y a un supermercado muy grande Easy Day que no conocía y que está tirando como dos kilómetros por la calle del Tina´s Café

4. La tienda Suddha se ha cambiado a otra calle.  Ha hecho lo mismo Chakra´s House.  Ahora está al lado de mi casa, junto al templo de Ganesha.  El menú es muchísimo mejor que antes.

5. He desayunado y comido en sitios que ya conocía: el Anu´s, el Santosha, Tina's, 6th Main, pero he estado en nuevos descubrimientos: Anokhi's y Dhatu, por ejemplo.  Dhatu parece bastante nuevo; quizás lo hayan abierto hace poco.  Es un sitio con muy buena pinta con restaurante ecológico y tienda ecológica.  Muy recomendable.

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