miércoles, 10 de octubre de 2018

La fábula del cocodrilo y el caballo.


Éranse una vez un cocodrilo y un caballo que vivían alrededor de una pequeña charca.  El cocodrilo dominaba el medio acuático, donde campaba a sus anchas y todos los peces y aves lo temían y respetaban.  El caballo era dueño y señor del prado, por el que galopaba orgulloso con la crin al viento y los demás animales contemplaban su porte y velocidad con admiración.

Casi todo el tiempo el caballo y el cocodrilo vivían separados, pero a veces a lo largo del día el caballo se acercaba a abrevar a la charca.  Entonces, el cocodrilo mostraba sus dientes y le decía:

"¿Por qué no buscas otro lugar lejos de mis dominios en el que refrescar tu gaznate?  No deseo compartir mi agua contigo y me incomoda que la tomes sin mi permiso."

Y algunas veces el cocodrilo salía de su charca y se recostaba al sol en el prado, a lo que el caballo replicaba:

"Dejaré de beber de la charca cuando tú dejes de aplastar la hierba de mi prado con tus feas escamas.  Tampoco deseo yo compartir contigo mi territorio."

"Entonces," respondía el cocodrilo "no te sorprendas si algún día cuando acerques tu hocico a mi charca, recibas un mordisco de mis mandíbulas llenas de dientes."


"Y tú no te quejes el día que galopando por mi prado, y quizás sin querer, pisotee y aplaste tu cabezota con mis pezuñas mientras dormitas al sol", le espetaba el caballo.

Y así, bajo esa tensa convivencia, transcurrían los días, las semanas y las estaciones.

Más tarde, en el tiempo de la canícula, se cernió una fuerte sequía sobre toda la región.  Durante muchas semanas no se atisbaba una sola nube en el cielo y el sol apretaba implacable.  La hierba se convirtió en paja y la charca menguó.  El caballo aún tenía su prado y el cocodrilo su agua, pero atrás quedaban los días esplendorosos y llegaba la escasez.

Entonces, cuando el cocodrilo salía de su charca un rato, la hierba seca y el aire tórrido no lo reconfortaban, se cuarteaban sus escamas y en seguida volvía a zambullirse en su charca, que se había tornado en un fangoso charco.  Y cuando el caballo, hastiado por el calor, se acercaba al agua para apaciguar su sed, hallaba una desagradable sopa turbia que apenas refrescaba su garganta y rápidamente regresaba a trotar por su amarillento prado.

Entre todo lo malo que trajo la sequía, lo peor sin duda fue el recrudecimiento de la relación entre el caballo y el cocodrilo.  Ante la adversidad, tanto el uno como el otro se aferraron aún con mayor fuerza si cabe a sus dominios y mostraron la peor versión de sí.  La charca, el prado y ellos mismos eran una sombra de lo que fueron, pero la carencia los había vuelto sumamente egoístas y posesivos de manera que el cocodrilo rugía y lanzaba dentelladas cada vez que el caballo arrimaba su hocico al agua y éste corría al galope y daba coces en cuanto atisbaba al cocodrilo sacar una pata a la orilla.

"¡Largo de aquí, esto es mío!", gritaban desencajados.

Y ante esa situación y la falta de lluvia, uno a uno los demás animales, día tras día, abandonaron el territorio.  El caballo y el cocodrilo permanecieron inquebrantables en su prado y su charca, asidos con desesperación a un puñado de paja seca y un montón de barro, como unos patéticos generales sin tropa.


Una tarde, a algunos cientos de metros, en un bosque cercano, el calor prendió una chispa.  La pequeña lengua de fuego se tornó en llama, y en pocos minutos se desató un violento incendio.  La vegetación seca ardía como la pólvora y las llamas no tardaron en propagarse por el prado.  Los  escasos animales que todavía quedaban huyeron raudos, pero el viento sopló y creó un remolino de fuego que rodeó la charca.

Al borde del agua el caballo relinchaba y golpeaba el suelo con sus cascos.  El cocodrilo se sumergía en la charca manteniendo los ojos fuera, contemplando el abrasador espectáculo a su alrededor: estaban atrapados.

El círculo de fuego se cerró más y más hasta chamuscar las crines del caballo.  Miró hacia la charca, los dominios del cocodrilo, y recordó sus amenazas.  Los ojos del reptil aparecieron en la orilla ante él, mirándolo fijamente.  Fuera de la charca, el caballo estaba perdido.

El cocodrilo, finalmente, movió su cola y nadó hacia atrás, permitiendo al caballo entrar en el agua justo cuando el fuego lamía la orilla.  El caballo se adentró en el agua, lejos de las llamas.  Primero caminaba por el fondo, luego no hizo pezuña y hubo de nadar.  Entretanto el cocodrilo, que se sabía a salvo, nadaba despreocupado.  El fuego crepitaba en todas direcciones.  Pasó el tiempo; los caballos pueden nadar durante un buen rato, pero no son animales acuáticos y se cansó.


En ese instante surgió el cocodrilo, que acercó sus mandíbulas al caballo pero no para morderlo a traición como se habría podido temer, sino para que el agotado caballo pudiera apoyar su cabeza y patas en ellas cual balsa flotante.

Y con aquella insólita imagen, caballo y cocodrilo juntos entre el fuego, transcurrió la noche.

La mañana siguiente, empapado, derrengado pero vivo, el caballo regresó a la orilla.  Miró a su alrededor: todo era ceniza, humo y muerte.  La charca y el prado estaban acabados.  El resto de animales había huido, buscado otro hogar.  El caballo podía hacer lo mismo ahora: sus largas patas lo llevarían lejos.  Pero miró atrás, a la exangüe charca en la que chapoteaba el cocodrilo.  Con sus cortas patorras él no podría llegar muy lejos.  Al menos no sin ayuda.

Así que el caballo, con resolución, tendió una pata al cocodrilo y lo invitó a salir del agua.  El cocodrilo era un animal grande, pero el caballo lo era aún más.  Se acostó en el suelo y le dijo:

"Súbete a mi grupa."

El cocodrilo, perplejo, exclamó:

¨¿Por qué tú, que puedes buscar otro hogar fácilmente, arriesgarías tu salvación cargando mi peso sobre ti?  ¿Sólo porque anoche te permití entrar en mi charca, esta charca sin vida que si el fuego no lo logró, el sol hará desaparecer?  ¿No crees que tu nuevo hogar será mucho mejor sin mí, después de todo el mal que te he dado?  Por favor, permite que me quede aquí, en mi charca, y halle junto a ella mi destino."

El caballo miró un rato hacia el horizonte, más allá de donde se extendía el desierto de cenizas y de nuevo comenzaba el verde.  Después, volvió a hablar:

"¿Te acuerdas de antes, cuando la lluvia y la prosperidad abundaban y todos los animales vivíamos felices y sin que nada nos faltara, alrededor de tu charca?"

El cocodrilo sonrió al recordar los viejos y buenos tiempos, y asintió.

"¿Y recuerdas a qué nos dedicábamos nosotros en esa época dichosa?"

"A amenazarnos y a refirmar los derechos de posesión sobre nuestros dominios", respondió el cocodrilo.

"En efecto," prosiguió el caballo "¿y no te parece irónico que haya sido precisamente en la adversidad, bajo la sequía y entre el fuego, que nos hemos encontrado?"

Y sin aguardar la respuesta, continuó:


"¿Y no te das cuenta cómo de felices habrían sido los felices tiempos de abundancia si también entonces hubieran estado libres de enfrentamiento?  ¿No te das cuenta de que, a pesar de que reines en la charca y yo en el prado, de que yo no sepa nadar y tú te arrastres por el suelo, de que yo no entienda tus rugidos ni tú mis relinchos, dependemos el uno del otro?  ¿No te das cuenta de que el mismo pájaro que a ti te limpia dientes y escamas es el mismo pájaro que a mí me alegra los oídos cada mañana con sus trinos?  ¿No te das cuenta de que la rana de tu charca atrapa los mosquitos que picotean mi piel y la abeja de mi prado fertiliza las flores que adornan tus dominios?  ¿No te das cuenta de que la misma hierba que a ti te da descanso es mi alimento?  ¿No te das cuenta de que la lluvia que cae en mi prado termina en tu charca y el agua de tu charca se filtra en mi prado?  ¿No te das cuenta de que los peces y aves que cazas y comes son los que al fin y a la postre fertilizan y dan vida a mi prado?  ¿No te das cuenta de que si yo espanto a la mofeta del prado y tú al cuervo de la charca, ni la mofeta llegará a la charca ni el cuervo al prado?  ¿No te das cuenta de que la charca no puede existir sin el prado ni el prado sin la charca?  Y por fin, ¿no te das cuenta de que ni el cocodrilo es lo que es sin el caballo ni el caballo sin el cocodrilo?

Así que, no se hable más: súbete a mi grupa, y juntos encontraremos un nuevo hogar o pereceremos en el intento, porque juntos hemos vivido y juntos nos necesitamos.  Hallaré otro prado, pero en ese prado habrá una charca y en ella habrás de estar tú, el cocodrilo."

El cocodrilo, convencido al fin. se encaramó sobre su espalda.  Pesadamente, el caballo se incorporó y dio los primeros pasos hacia poniente, renqueante.  Un mundo nuevo los esperaba en lontananza, un futuro incierto pero repleto de aventuras.

Y entonces, en ese preciso instante, comenzó a llover.  Una lluvia cerrada, una cortina, como si todo el agua que no había llovido durante los últimos meses cayera de golpe.  La lluvia apagó el humo y barrió la ceniza.  En cuestión de minutos la charca volvió a rebosar y desde la montaña, por un antiguo cauce, surgió de la nada un río.  El cocodrilo regresó a la charca, convertida a lo súbito en un mero ensanche de un río de aguas cristalinas.  Y el caballo, por primera vez en mucho tiempo, volvió a beber agua fresca y limpia.

Llovió durante todo el día y toda la noche y al día siguiente amaneció una mañana ideal, de pleno sol y agradable temperatura.  Entre la tierra, limpia de cualquier rastro de polvo y ceniza, aquí y allá, por todas partes, surgieron pequeños brotes verdes.  Algunas horas después, una bandada de garzas procedentes del norte sobrevoló el río, describió unos cuantos círculos a su alrededor y cientos de aves aterrizaron; el agua de la montaña traía consigo abundantes peces y las garzas se quedarían ahí durante toda la estación fría.  

Al cabo de los días todos los animales que habitaron la charca regresaron y el valle, porque en realidad siempre había sido un fértil valle, vivió una nueva época de esplendor y entre el caballo y el cocodrilo, para siempre, reinó la armonía.


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