miércoles, 27 de noviembre de 2019

Abhyāsa y vairāgya: Los pilares del método tradicional y el talón de Aquiles de los teacher trainings.

Instante de una clase guiada en Ashtanga Yoga Bilbao.

Se ha hablado mucho en este blog acerca del método tradicional de Ashtanga Yoga: lo que es, lo que no es, lo que fue...  Si entre todas sus características hubiera que destacar una, no cabe duda de que en primer lugar y por encima de todo, el método tradicional de Ashtanga Yoga se fundamenta en una relación larga, de años de duración, entre el estudiante y su profesor.

De vez en cuando acuden a nuestra escuela personas que, por ejemplo, afirman saber hacer la primera serie completa pero que, tras rascar un poco en la superficie, revelan que en realidad la han aprendido en un workshop teacher training de un mes o algunas semanas de duración.  El atracón de asanas, por supuesto, nunca es un gesto gratuito de generosidad, sino que detrás siempre hay un profesor de dudosas intenciones que a cambio de la vomitona de posturas recibe una cantidad exorbitada por encima del millar de euros.

Sin ninguna excepción, y como resulta lógico, esta fórmula de aprendizaje resulta, por utilizar un eufemismo, incompleta.  El estudiante no ha tenido tiempo de digerir la práctica ni saborear su evolución, desconoce la técnica de respiración o es incapaz de aplicarla, se lía con el orden de los vinyasas y posturas, omite algunas y confunde otras, mira al vecino o consulta el póster de la pared para cerciorarse de que no se ha equivocado y, en definitiva, su práctica se queda en un nivel muy superficial y pretencioso orientado en la mera ejecución de una rutina física poco consolidada y sujeta con alfileres.

La realidad es que en la práctica de Ashtanga Yoga hay un sinfín de detalles y sutilezas que nunca se podrán comprar en un teacher training y que uno sólo podrá descubrir por sí mismo mediante su propio esfuerzo prolongado a lo largo del tiempo y la guía de su profesor, el cual actúa como el catalizador de una reacción química; no es el protagonista principal pero sin él -o ella- difícilmente se obtendrá el resultado esperado.




Del parampara sin límite de tiempo a los teacher trainings de doscientas horas.

Durante siglos el yoga permaneció recluido en monasterios y entornos muy reducidos.  No existían escuelas de yoga como las conocemos hoy, sino que la enseñanza de yoga se limitaba en exclusiva a la relación guru-shishya parampara según la cual se esperaba que el discípulo conviviera durante muchos años con su gurú como un miembro más de su familia y recibiera así los conocimientos.  Así se transmitió el yoga hasta que se produjo su expansión en Occidente.  Las primeras tradiciones que salieron de la India, a saber: el Raja Yoga de Vivenkananda, el Kriya Yoga de Paramahansa Yogananda y el Shivananda Yoga de Vishnudevananda pertenecían a líneas monásticas y retenían muchas de las formas de un ashram de tal manera que las personas interesadas en profundizar debían, en cierto modo y al menos durante un tiempo, retirarse del mundo.

Fue Krishnamacharya quien, durante el primer tercio del siglo veinte, rompió con este modelo de enseñanza y estableció un nuevo paradigma cuya onda expansiva retumba hasta hoy.  Él no fue un monje ni un renunciante o shadu.  De hecho rechazó varias veces cargos eclesiásticos de prestigio y con alta compensación económica que se le ofrecieron.  Por una promesa.

De acuerdo con el sistema tradicional guru-shishya, cuando el maestro ha considerado que el entrenamiento de su discípulo ha concluido, le exige a éste su guru dharsina, su paga, que puede ir desde una compensación económica hasta una misión; el gurú nunca pedirá algo injusto o inalcanzable, pero sí algo que sabe no le resultará sencillo al shishya.  En el caso de Krishnamacharya, a cambio de los siete años de aprendizaje a su lado, Ramamohan Brahmacharya le pidió que dedicara su vida a enseñar yoga y se casara y mantuviera una familia.  Es decir, que fuera un maestro de yoga dentro de la sociedad y para la sociedad, no un eremita del bosque ni un monje recluido en un monasterio.  Krishnamacharya cumplió su promesa y se convirtió en un yogui de ciudad, un hombre con mujer, hijos y responsabilidades mundanas que enseñaba yoga a estudiantes universitarios, obreros, oficinistas, padres y madres de familias y que acabó con la noción establecida de que al adentrarse en el yoga uno le cerraba la puerta a la sociedad.

Cuando Albert Einstein se dio cuenta del gigantesco potencial de la energía nuclear, se estremeció.  Al igual que un cuchillo puede utilizarse para trinchar fruta pero también para matar, Einstein sabía que la energía nuclear podía constituir una valiosa herramienta que ayudara a la humanidad, pero también conocía al ser humano y sabía que no tardaría mucho en encontrar una aplicación destructiva a esa inmensa fuente de energía.

La comparación es un tanto exagerada, sin duda, pero en verdad me pregunto si a Krishnamacharya, cuya dilatada vida se prolongó hasta 1989 y quien por lo tanto fue testigo de la expansión por el mundo de su manera de enseñar yoga, también le estremecieron las consecuencias de lo que había contribuido a crear.  De hecho ya en 1934, mucho antes de la globalización del hatha yoga, Krishnamacharya advertía: "Los extranjeros roban, bien a sabiendas o ingenuamente, muchas grandes obras y técnicas de nuestra tierra, y entonces fingen haberlas descubierto ellos mismos.  Después, nos las traen aquí y nos las venden [...]  Si esto continúa, ellos puede que incluso hagan lo mismo con nuestras técnicas de yoga.  En cuanto a esto, sólo podemos decir que la culpa la tenemos nosotros por no leer nuestros textos de yoga/Yoga Sastras) y poner en práctica sus técnicas.  Si nos quedamos dormidos, ¡puede que llegue un día en que los extranjeros también se conviertan en nuestros profesores de yoga! [...]  Es lamentable que esta actitud sea similar a esos casos en que intercambiamos nuestras copas de oro con jarras extranjeras hechas de apestosas pieles de animales.  No dejemos que nuestros hijos hereden estas malas prácticas."  Yoga Makaranda, página 83.

Tirumalai Krishnamacharya con sus estudiantes en la escuela de yoga en Mysore.  1934.

Al escribir estas líneas hacía un año que Krishnamacharya había abierto la yogashala de Mysore, en la que por primera vez en la Historia se ponía la enseñanza de yoga al alcance de cualquiera sin necesidad de entrar en un monasterio o someterse a ningún rito iniciático de renuncia.  A pesar del párrafo anterior, que denota un profundo conservadurismo y nacionalismo por parte de Krishnamacharya, él mismo enseñaría a extranjeros (véase Indra Devi) y otro tanto harían todos sus discípulos desde BKS Iyengar o Pattabhi Jois hasta Desikachar, Rangaswami y Mohan.  Por lo tanto, cabe pensar que Krishnamacharya sí estuvo abierto a que el yoga que había enseñado se propagara por todo el mundo y seguro que lo vio con buenos ojos.

El problema surgió cuando los métodos de enseñanza se diluyeron en el fango de la mediocridad.  En este artículo he citado ya a numerosos maestros de yoga, desde Vivekananda hasta Desikachar.  Algunos aprendieron yoga abrazando la vida monástica y otros como laicos pero, si hay un elemento común a todo ellos es que su aprendizaje se prolongó durante un largo periodo de tiempo.  Vivekananda, Yogananda y Vishnudevananda fueron swamis y aprendieron de sus gurús dentro de ashrams, Vivekananda durante cinco años, Yogananda durante diez y Vishnudevananda durante otros diez; Krishnamacharya no fue un monje, pero sí pasó siete años conviviendo en una cueva con su gurú Ramamohan Brahmachari; Pattabhi Jois estudió con Krishnamacharya durante dos décadas, el mismo periodo que Sharath permanecería a su lado; por último, Desikachar, Rangaswami y Mohan estuvieron con Krishnamacharya durante las últimas tres décadas de su vida.  Es decir, ninguno aprendió de su maestro durante doscientas, trescientas o quinientas horas distribuidas en un puñado de fines de semana o condensadas en un mes.

Tampoco puede ser de otra manera.  El yoga es una disciplina compleja que toca muchos aspectos de la fisiología humana desde la salud física hasta la psicología y que incluso osa adentrarse en el pantanoso terreno de la espiritualidad.  Algo tan sustancioso no se aprende en dos patadas; requiere de un largo proceso de maduración y la experiencia es un requisito sine qua non tanto para el estudiante como, por supuesto, el aspirante a profesor.  Patanjali dedica algunos de sus primeros sutras precisamente a esta idea:

1.12
अभ्यासवैराग्याभ्यां तन्निरोधः॥१२॥
Abhyāsa vairāgyābhyāṁ tannirodhaḥ||12||
La reducción (nirodhah) de las actividades y modificaciones mentales (citta vritti) se obtiene por la práctica asidua (abhyāsa) y por el desapego (vairāgya).

1.13
तत्र स्थितौ यत्नोऽभ्यासः॥१३॥
Tatra sthitau yatno'bhyāsaḥ||13||
La práctica asidua (abhyāsa) es el esfuerzo persistente por estar firmemente establecido (en un estado exento de modificaciones mentales - citta vritti nirodha).

1.14
स तु दीर्घकालनैरन्तर्यसत्कारासेवितो दृढभूमिः॥१४॥
Sa tu dīrgha kāla nairantarya satkārāsevito dṛḍha bhūmiḥ||14||
Abhyāsa deviene firmemente establecido si persiste durante un tiempo prolongado, sin interrupción y con devoción.

1.15
दृष्टानुश्रविकविषयवितृष्णस्य वशीकारसञ्ज्ञा वैराग्यम्॥१५॥
Dṛṣṭānuśravika viṣaya vitṛṣṇasya vaśīkāra saṃjñā vairāgyam||15||
Vairāgya es el dominio (sobre los deseos y sentimientos) que está presente en aquellos que no están apegados a las cosas reales o imaginarias (visibles o invisibles).


El mejor training de Ashtanga Yoga: unos cuantos miles de horas de clases estilo Mysore.

Hoy día nos encontramos con que los peores augurios de Krishnamacharya se han cumplido: los occidentales, en concreto los norteamericanos, se han dado cuenta del inmenso potencial económico de las formaciones de yoga y han convertido la tradicional relación guru-shishya parampara en una lamentable caricatura.  Eso de estudiar durante años al lado de un gurú está pasado de moda, ¡qué aburrido!  Ahora, para convertirse en un reconocido profesor de yoga ni siquiera hace falta haber practicado yoga en absoluto; es suficiente con irse de vacaciones en el mes de agosto a Bali o Rishikesh y apuntarse a un teacher training de doscientas horas en un resort de lujo.  ¿Para qué vas a ser estudiante de yoga durante años si directamente puedes convertirte en profesor en un solo mes?  La piñata se ha roto con entusiasmo y hoy día, tanto en los Estados Unidos como en la India y también seguro que en tu propia ciudad, muchas escuelas de yoga ofrecen esta clase de formaciones en las que el intercambio de conocimientos entre profesor y alumno se limita a unas decenas de horas, menos incluso de lo que se necesita para convertirse en técnico instalador de aires acondicionados.

— ¿Sabes?  Me he hecho profesor de Kung-Fu.
— Pero, ¿cómo?  Si al menos hasta antes del verano nunca habías hecho artes marciales.
— Sí, pero en agosto me he apuntado a un teacher training de Kung-Fu y ahora ya soy cinturón negro por la Kung-Fu Alliance International y puedo dar clases.
— Ah, pues qué bien.  ¿Puedo hacerlo yo también?  Me he cansado de mi trabajo y quiero dar un giro a mi vida.  Además, eso de profesor de Kung-Fu suena muy cool.
— Sí, claro.  Mira este sitio donde tienen un curso de diez fines de semana a partir de octubre.  Yo voy a hacer cien horas adicionales para sacarme el primer dan.  Y el verano que viene haré un intensivo de profundización de tres semanas para llegar al segundo dan de quinientas horas.
— Qué bien, ¡muchas gracias!

Esta conversación, que en el caso del Kung-Fu se antoja completamente surrealista, ocurre en el mundo del yoga de manera cotidiana.  El Kung-Fu es una disciplina oriental con un importante componente físico sustentado sobre un sólido cuerpo filosófico y todo el mundo sabe que los maestros de Kung-Fu son personas que lo han practicado durante muchos años al lado de un maestro experimentado y para los que el Kung-Fu es un verdadero estilo de vida, no una aventura de verano.  Sin embargo, no se sabe muy bien cómo, el imaginario colectivo se ha convencido de que en el caso del yoga esto no es así y que hay caminos más rápidos y sencillos.  Muchas gracias, Occidente.  Muchas gracias, Yoga Alliance.  Habéis degradado una disciplina milenaria y la habéis equiparado al zumba y aerobox de los gimnasios.  Enhorabuena.

El sistema de Ashtanga Yoga pone el dedo en la llaga y señala precisamente esto.  Si practicas de acuerdo con el método tradicional, en un mes de práctica diaria apenas habrás rascado la superficie, así que olvídate siquiera de terminar la primera serie y por supuesto destierra de tu cabeza la ridícula idea de convertirte en profesor.  Durante un buen tiempo los nudos planteados por la problemática física te mantendrán suficientemente ocupado.  De hecho, ten en cuenta que cuanto más fácil te resulte más tiquismiquis se pondrá el profesor y más exigente será contigo.  Y no por mala leche: nuestro papel es hacer que la práctica te resulte una experiencia agradable e inocua pero también que a través de ella descubras cosas que anidan en ti que quizás no te gustan tanto y que siempre has procurado evitar.  Porque a veces la realidad no es tan bella como imaginas: no te sale todo perfecto y en Ashtanga Yoga cada día te vas a dar de bruces contra tus limitaciones, que te aseguro antes o temprano descubrirás; tu orgullo se verá herido y sentirás una combinación variable de frustración, ira, envidia, cansancio y miedo.  Hay personas que al cabo de algunas semanas o meses abandonan, derrotadas por sus modificaciones mentales.  Quizás encuentren una manera mejor de gestionarlas en otro sitio y les deseamos la mejor de las suertes.  Otras persisten y, al cabo del tiempo, saborean la magia de abhyāsa y vairāgya, esos grandes desconocidos en los teacher trainings y sobre los que, como suele decirse, tal que las alas de un pájaro, se sustenta el método tradicional de Ashtanga Yoga.


Póster con las dos primeras series de Ashtanga Yoga.  El que escribe estas líneas tardó tres años de práctica diaria en terminar la primera serie y once años adicionales en terminar la segunda.  Entre 7.000 y 8.000 horas.


Abhyāsa y vairāgya: las alas del método tradicional.

Frente a una manera de enseñar pretenciosa, con una agenda de plazos en la que hay que llegar a determinado punto en determinado tiempo y en el que los estudiantes pagan cierta cantidad de dinero a cambio de un premio seguro, se sitúa el método tradicional.  Porque si abhyāsa se define por un esfuerzo sin interrupciones, con devoción y mantenido durante un largo periodo de tiempo, y vairāgya por el dominio del deseo, no pueden quedar mejor ejemplificados que en la práctica tradicional de Ashtanga Yoga.

Antaño, a un aspirante que se acercaba a un maestro con la intención de aprender yoga se le solía plantear un desafío mediante el cual demostraba que su interés era sincero y que el maestro no iba a malgastar su tiempo con un cazurro que se arrugaría ante la primera dificultad.  Una vez superado el reto, daba comienzo un periodo de instrucción de duración indeterminada que concluía cuando el maestro exigía su darshina.

Krishnamacharya rompió este modelo de enseñanza aceptando a estudiantes de yoga como el médico que acepta a pacientes, sin distinciones y sin exigirles mérito alguno a cambio de empezar.  No obstante, Krishnamacharya era perfectamente consciente del valor del aprendizaje a largo plazo; él mismo lo había experimentado durante su estancia de siete años en Nepal con Brahmachari, y así lo trató de inculcar.  Algunos de sus estudiantes, tal y como sucede en todas las escuelas de yoga del mundo y en tantas otras esfera de la vida, lo abandonaron de forma prematura.  Otros, en cambio, siguieron a su lado hasta que la vida los separó.  Uno de ellos fue Pattabhi Jois, quien estudió al lado de Krishnamacharya durante prácticamente todo el tiempo que permaneció éste en Mysore desde 1933 hasta 1948-1953 además de los dos años en Hassan.  En cierta ocasión afirmó: "Al principio éramos muchos estudiantes; al final sólo quedamos tres."  Pattabhi Jois vivió aquellos años de Mysore, entendió qué era lo que su maestro quería enseñar, y trató de reproducirlo en sus propias clases.  El resto de escuelas que nos hacemos llamar "tradicionales", intentamos seguir ese modelo.

No dirigimos un ashram, no exigimos votos monacales ni imponemos difíciles pruebas de acceso a los estudiantes.  Ni siquiera podemos aspirar a que toda persona que comienza a practicar Ashtanga Yoga en una escuela tradicional vaya a hacerlo durante toda su vida, pero los profesores tradicionales tenemos que enseñarle como si en verdad fuese a hacerlo durante toda su vida.  Es decir, como si tuviéramos años y décadas de trabajo por delante.  Aunque sepas que la persona va a estar en la escuela sólo durante un mes.  Lo más precioso que como profesores podemos hacer es plantar en ellas una semilla que tal vez no germine durante el tiempo que esté en nuestra escuela, pero que sea lo más genuina posible para que quizás, más adelante, sea el comienzo de un pequeño brote del que surja un hermoso árbol.  El buen profesor será alguien que se esfuerza en inculcar el amor, la devoción por una práctica consistente a largo plazo en la que se saborea cada paso, y no alguien que regala asanas como si fueran confetti para asegurarse de que se le paga un mes más.  El largoplacismo es una de las mejores lecciones de esta práctica con importantes aplicaciones para el resto de tu vida: hazte responsable y si deseas algo, empeña el debido esfuerzo y aprende que todo lo bueno se hace esperar.

Ajuste de marichyasana D en Ashtanga Yoga Bilbao.

Tampoco se trata sólo de una cuestión de tiempo y paciencia.  El propio concepto de un aprendizaje con una fecha de inicio y otra de finalización sobre el que se basan los teacher trainings atenta contra el segundo principio sobre el que se sustenta el método tradicional: vairāgya, el no apego.

Piénsalo: es muy distinto aprender algo cuando timpones una fecha límite que cuando no tienes prisa.  Si en tu cabeza mantienes un calendario con hitos marcados estás generando una serie de expectativas que, muy a menudo, serán poco realistas.  Tampoco tienes que ser una persona apagada, vacía de ilusiones.  Es perfectamente legítimo que quieras aprender más y que te salgan las cosas bien.  Lo que no tiene sentido es que pretendas que te salgan todas en un mes.  O que observes a un practicante con diez, veinte años de experiencia, y quieras ya mismo llegar a ese punto pasando por alto todo el proceso que ha llevado a esa persona a ese punto e ignorando que tu propio proceso no tiene porqué tardar el mismo tiempo ni llevarte al mismo punto.

La comparación es uno de nuestros peores enemigos.  La sociedad nos ha educado para ser competitivos y nos ha convencido de que si no estamos al mismo nivel que el resto somos unos mierdas.  Esto lo trasladamos a todos los aspectos de la vida, desde el trabajo hasta las relaciones y, por sorprendente que pueda parecer, también a la práctica de asanas.   Porque, desde luego, no nos fijamos en lo bien que respira esa persona, en lo concentrada que está y lo poco que se distrae.  Nos fijamos en lo bonitas que son las figuras que hace y apretamos los dientes deseándolas para nosotros.  ¿Acaso se puede ser más ridículo?  ¿Qué te está aportando a ti lo que sucede en la esterilla de al lado o lo que has visto en Youtube?  ¿De veras crees que te están arrebatando algo?  No tiene explicación lógica pero es totalmente cierto y algo muy humano: cuando vemos a otras personas lograr lo que nosotros no podemos, aunque sean unas tristes asanas, nos corroe la envidia.  Y esta envidia surgida del deseo nos vuelve ambiciosos, y si no logramos nuestro objetivo nos dejamos arrastrar por la ira, y si lo logramos nos volvemos soberbios y avariciosos, porque nos creemos importantes y queremos seguir siéndolo, y cuando tenemos algo queremos todavía más, y más, y más.  Y el círculo se repite sin fin.

Este patrón de comportamiento lo conocemos todos bien.  De hecho se ha repetido una y otra vez desde el principio de los tiempos, desde que en el ser humano se desarrolló la capacidad de consciencia.  Y bien, puedes alimentar esa rueda de deseo y ambición, ira y avaricia, orgullo y apego en un ciclo sin fin, o puedes hacer algo por intentar romperlo.

El método tradicional de Ashtanga Yoga te brinda una hermosa oportunidad para ello.  El hecho de que a menudo no se sacien tus deseos, el hecho de que haya una práctica que te muestre cosas que deseas hacer pero que no eres capaz de hacer y otras que no deseas hacer pero que tienes que hacer, el hecho de que haya un profesor que te diga que pares cuando necesitas ser parado y no cuando a ti te gustaría parar, es una gran manera de plantearte sobre la esterilla los mismos problemas que sueles encontrarte fuera de ella para que los trabajes.  Lo que tienes que resolver no es el problema en sí, sino tu manera reiteradamente errónea de relacionarte con el conflicto.  Y para que esto suceda, para que exista la probabilidad de que atisbes el éxito, que se traduce no en la resolución física de posturas sino en una capacidad de volcarse hacia dentro, de experimentar plenamente el presente, de dejar de ser esclavo de los veleidosos sentidos y, por tanto, para que lleves una vida más plena, feliz y en armonía dentro y fuera de la esterilla, tienes que erradicar la raíz del problema: el apego al éxito y el rechazo al fracaso.

Ashtanga Yoga, en efecto, es un campo de entrenamiento para la mente disfrazado de una compleja coreografía de asanas respiradas.  Sin embargo, es un camino largo en el que no hay atajos.  Como en toda disciplina oriental que se precie y, en realidad, cualquier cosa que merezca la pena, hace falta disciplina y humildad.  Disciplina para sacrificar porciones significativas de tu tiempo de ocio y de sueño durante un largo periodo de tiempo, quizás el resto de tu vida.  A decir verdad, cuando la disciplina se ha asentado ya no supone un gran esfuerzo; ¿sientes pereza a la hora de limpiarte los dientes, o lo haces antes de acostarte y ya?  Probablemente tu educación temprana sirvió para grabar en tu cabeza la rutina de lavarte los dientes; llegado este punto lo haces cada día y no se te ocurre no hacerlo.  Es un proceso de limpieza que llevas a cabo sin plantearte el esfuerzo que te supone porque lo has estado haciendo durante tanto tiempo de forma ininterrumpida que ya prácticamente forma parte de ti; no te reconocerías sin limpiarte los dientes.  Y humildad para saber reconocer que tú sólo eres un pequeño agente en la compleja receta que se está cocinando; muchos elementos se escapan fuera de tu control y lo único que puedes hacer es empeñar tu mejor esfuerzo y presencia en cada momento, sin que tu satisfacción se fundamente en la consecución de premios.  ¿Tienes depositadas grandes expectativas cada vez que acudes a lavarte los dientes? ¿Acaso piensas: "hoy sí que me va a salir mejor que nunca"? ¿Rompes a llorar de alegría cuando te informan de que no tienes caries y esa noche te limpias los dientes aún con mayor entusiasmo?  ¿Te resulta demoledor escuchar que necesitas un empaste y la siguiente vez que te limpias los dientes lo haces abatido, o quizás dejas de hacerlo porque consideras que has fracasado y no merece la pena continuar haciéndolo?  Pues eso: esfuerzo constante ininterrumpido y sin apego.  Disciplina y humildad.  Abhyāsa y vairāgya.

miércoles, 9 de octubre de 2019

¿Por qué te para tu profe de Ashtanga?



Esta entrada ahonda en uno de los grandes temas que se han planteado en este blog en anteriores entradas (aquí, aquí, aquí y aquí) y que sin duda surge a menudo en las escuelas tradicionales de Ashtanga Yoga: el hecho de que sea el profesor y sólo el profesor quien decida cuándo ha llegado el momento de que el estudiante aprenda un nuevo asana.  Se trata de una cuestión que no pocas veces genera tensiones, especialmente en el caso de personas acostumbradas a otros estilos de yoga guiados en que todo el mundo hace la clase de principio a fin y a quienes les suele resultar más difícil aceptar eso de que las paren.  

Cuando Ashtanga Yoga se enseña de acuerdo con lo que hoy se conoce como el método tradicional, si una persona está ejecutando de forma deficiente determinada postura no se le permitirá seguir adelante hasta que logre resolverla suficientemente.  En consecuencia, es habitual que al cabo de cierto tiempo: meses, semanas o incluso días, la persona se queje y le diga al profesor, de manera explícita o implícita, que ya está harta y que a ver si no se le puede enseñar lo siguiente.  O bien, que desaparezca y deje de acudir a las clases, a menudo sin despedirse, como si el profesor que no le enseñó más allá la hubiese ofendido gravemente o no hubiese cumplido su parte en un bizarro acuerdo de dinero a cambio de asanas que se estaba dando por supuesto.

A los estudiantes que comienzan a aprender en Ashtanga Yoga Bilbao les suelo hablar de "la meseta", una analogía que sirve para explicar una situación a la que se enfrentan todas las personas que comienzan con esta práctica si se las enseña de la manera tradicional que se ha venido propugnando desde el KPJAYI por parte de Pattabhi y Sharath Jois.  La meseta, constituida por una subida pronunciada y una larga llanura, representa el ritmo de aprendizaje de asanas.  En un primer día típico, un nuevo estudiante aprende los nueve vinyasas de surya namaskar A y las tres posturas finales sentado.  Para alguien que no ha hecho nunca yoga antes, eso suponen cuatro cosas nuevas en un único día, incluidos los nueve movimientos del primer saludo al sol.  En su segundo día, si se acuerda bien de lo que aprendió en la anterior clase, seguramente aprenda el surya namaskar B con sus diecisiete vinyasas.  En su tercer día se le añadirán las dos primeras posturas de pie: padangushtasana y padahastasana; el cuarto los dos trikonasanas, al día siguiente los parsvakonasanas, al otro los cuatro prasaritas...

Utthita hasta padangushtasana by Fernando Gorostiza.

Cada persona es distinta y aunque suele ser habitual que de un día a otro la gente se haga cierto lío con los saludos al sol, los trikonasanas o los parsvakonasanas que se le enseñaron la víspera y que por lo tanto algunos días no se enseñe nada nuevo sino que las sesiones se empleen en recordar y consolidar, también se da el caso de gente con una buena memoria corporal o que cuenta con la ventaja de haber practicado antes otros estilos de yoga basados en Ashtanga Yoga y que día tras día es capaz de reproducir a la perfección lo que se le ha enseñado y que lo sostiene energéticamente, es decir, no termina derrengada de cansancio.  Con esas personas no hay inconveniente en que durante un buen tiempo y de manera sistemática aprendan algo nuevo casi en cada clase.  En la primera etapa del aprendizaje tampoco se exige completar todas las posturas; así que, por ejemplo, si alguien no es capaz de estirar las piernas por completo en padangushtasana o de hacer una torsión perfecta en parivrtta parsvakonasana, no se la detiene y se le deja seguir construyendo su rutina.  Si fuera de otra manera y en este punto se esperara del estudiante que resolviese cada postura de manera satisfactoria, más de tres cuartas partes de la gente que empieza Ashtanga Yoga no aprendería más allá de utthita hasta padangushtasana o ardha baddha padmottanasana, las dos primeras posturas de la primera serie que consisten en sendos equilibrios de dificultad considerable cuya forma completa pocas personas pueden aspirar a resolver durante un buen tiempo.  De hecho, no es de extrañar que, históricamente, estas dos posturas de equilibrio se añadieran a la rutina una vez se hubiese completado la primera serie, tal y como sabemos hoy por los primeros estudiantes occidentales que viajaron a Mysore en la década de 1970.

La cosa cambia cuando se alcanza cierto punto de la práctica.  Creo que todos los profesores de Ashtanga Yoga que lean esto estarán de acuerdo conmigo en que, por lo general, la permisividad en el ritmo de aprendizaje de asanas no se extiende más allá de los marichyasanas; el propio marichyasana A pero más en concreto las variantes B, C y D en las que se efectúan medios lotos, torsiones o una combinación de ambos.  No se trata del primer medio loto que se hace en la serie ni mucho menos: anteriormente, la mencionada postura de equilibrio de pie ardha baddha padmottanasana y la de suelo ardha baddha padma paschimattanasana ya lo planteaban.  Pero, si bien en las anteriores posturas no se establecía como requisito que el nuevo estudiante fuera capaz de atar el loto antes de continuar adelante, en marichyasana B y D sí.  Se trata del primer gran escollo con que se topa un buen porcentaje de estudiantes de Ashtanga Yoga, el momento en que su ascensión se detiene en seco y los sitúa ante una extensa llanura en la que no se atisban pronunciadas subidas como la que se acaba de dejar atrás.  En el caso de una persona afortunada con caderas abiertas, quien dice marichyasana D también dice bhujapidasana.  La primera serie ha llegado a su parte "caliente" que entraña mayor dificultad y, a partir de aquí, para desgracia de los coleccionistas de asanas, se acabó lo de una nueva postura al día.  A partir de ese punto los pasos serán lentos, pero firmes.

Marichyasana D by Nines Blázquez.

No se trata de un simple capricho del método tradicional: esto tiene un porqué.  A algunas personas se lo explico de la siguiente manera: "Ya has echado las verduras al puchero; ahora hay que esperar a que el fuego las ablande."  En otras palabras, ya se han planteado suficientes problemáticas físicas y es la hora de afinar y comenzar a trabajar las partes más sutiles de la práctica.  Una de ellas, como resulta evidente, crear las aperturas y la fortaleza físicas necesarias para continuar adelante de manera segura pero también, y no menos importante, la honestidad y la paciencia.

Desde el punto de vista físico no hay practicante de Ashtanga Yoga con al menos cien clases de experiencia a sus espaldas que no reconozca que en la parte final de su práctica se sitúan sus mayores dificultades, aquello en lo que más incómodo se encuentra y más le cuesta resolver.  La serie de asanas fue diseñada con gran inteligencia para que lo anterior prepare para lo siguiente y, a menudo, la clave para resolver lo que tan complicado resulta se halla no ahí, sino antes.  Volviendo a la postura que para muchos practicantes de Ashtanga Yoga se erige en el gran némesis: ¿que no te sale marichyasana D?  Pues date cuenta de que toda la secuencia de suelo inmediatamente anterior, desde ardha baddha padma paschimattanasana en adelante se compone de giros de cadera y de que en las posturas de pie, en parsvakonasana y virabhadrasana, incluidos los que haces en el saludo al sol B, estás movilizando y estirando la articulación que en marichyasana D se ve demandada.  Por lo tanto, no pases de puntillas por las partes de la práctica que ya conoces, con prisa por llegar a lo último, lo difícil, donde te atascas, sino que saborea cada postura y cada vinyasa o, mejor dicho, respira cada postura y cada vinyasa.  Fisiológicamente, la práctica sólo puede comprenderse como un todo en el que lo primero sirve de base para lo siguiente.  De la misma forma que el furgón de cola de un tren no podrá nunca ir más rápido que el vagón restaurante al que está enganchado, sino que todos avanzarán a la vez al son de la locomotora, los asanas de las series de Ashtanga Yoga no mejorarán de manera aislada, sino conjunta.  Tal es así que, si tu ojo es lo suficientemente experto, un simple surya namaskar A bastará para conformarte una idea bastante acertada del nivel de práctica de un estudiante.

Supta kurmasana by Fernando Gorostiza.

Seguramente haya muchas personas que discrepen de esto, sobre todo las adscritas a la “vieja escuela” que aboga por el “más es mejor”, la creencia de que no hay que parar a nadie y de que cuanto más se haga antes llegarán las aperturas o de que si se trabaja todo en paralelo más probabilidades habrá de ir deshaciendo los nudos que afrontándolos de forma secuencial.  Puede que esto tenga algo de sentido, sobre todo si se entiende la práctica en términos de entrenamiento físico: cuantas más cosas se hagan, más músculos se moverán y más calorías se quemarán.  Sin embargo, al mismo tiempo que crees estar trabajando más y mejor el cuerpo, estás sembrando la semilla de la frustración y regándola con la fuente inagotable de la codicia, quizás aderezada con la sal de la envidia por lograr lo que has visto a otros hacer en clase y la pimienta del orgullo que se está viendo relegado a un segundo plano cuando en otras esferas de la vida siempre consigues ser el protagonista. 

El problema principal radica en que algunas posturas son las llaves que abren la puerta de otras.  Por ejemplo, centrándonos sólo en la primera serie, si una persona no ha resuelto marichyasana B ni C, difícilmente podrá aspirar a completar la versión D, mientras que algo como garbha pindasana directamente le será imposible.  Si la apertura de la articulación sacro iliaca no se observa en prasarita padottasana y en toda la colección de flexiones hacia delante, posturas relacionadas de mayor dificultad situadas posteriormente en la serie como kurmasana o uppavishta konasana quedarán vetadas.  Si no se ha concedido aún el tiempo necesario para que los bandhas se desarrollen de tal manera que exista cierta fluidez en los medios vinyasas entre postura y postura y lado y lado, es seguro que navasana será muy pobre.  Entretanto, un navasana débil es indicativo de que la segunda parte de uppavishta konasana no se podrá ejecutar satisfactoriamente, y a su vez un mal uppavishta cerrará las puertas a supta konasanaubhaya padangushtasana, por no decir urdhva mukha paschimattanasana

Garbha pindasana by Nines Blázquez.

En conclusión, la única manera de completar la primera serie sin parar a nadie en ninguna postura, con el solo requisito de que se acuerde del orden y sin exigirle un nivel mínimo de resolución antes de avanzar, es mediante trampas.  Trampas para evitar las dificultades del asana en cuestión e ignorar las propias limitaciones y trampas que, a medida que se avance a través de una serie cada vez más exigente, tendrán que ser cada vez más numerosas y cada vez mayores.  Trampas en forma de adaptaciones, modificaciones y facilitaciones en las que harás todo a medias, sin tener la experiencia completa de ningún asana y jugando peligrosamente sobre el filo de la navaja de la lesión.

Y todo, ¿para qué?  Después de la primera serie viene la segunda, y después la tercera y la cuarta, la quinta y la sexta.  Si has satisfecho tus deseos y terminado la primera serie de cualquier forma, ¿qué impedirá que a continuación aspires a terminar la segunda del mismo modo?  Y claro, después de la segunda querrás saber cómo es la tercera, y así sucesivamente hasta la sexta.  La ambición humana no tiene fin; es como un horno al rojo vivo que se traga todo lo que se le echa y que además cada vez que engulle algo se aviva aún más.  Y aparte del hecho evidente de que se están haciendo asanas de yoga, la pregunta es: ¿hay algo de yoga en esto?  Creo que no hace falta que responda yo mismo; mejor se lo dejaré a Buda citando las tres primeras de sus Cuatro Nobles Verdades:

  1. La vida es sufrimiento.
  2. La raíz del sufrimiento es el deseo.
  3. El fin del sufrimiento consiste en suprimir el deseo.
Y por no dejar coja a la mesa citaré también la cuarta verdad que refiere al Noble Óctuple Sendero, un método de -curiosamente- ocho partes que seguir para lograr el cese del deseo y por ende del sufrimiento. 

En realidad, el deseo no es malo en sí.  Todos en la vida nos vemos impulsados por el deseo: tenemos aspiraciones, ilusión, ambiciones...  Son motores necesarios que nos ponen en marcha, que nos motivan para emprender y actuar.  No hay nada mejor que alzarse sobre hombros de gigantes para ver más lejos, y una de las mayores enseñanzas que transmitió a este respecto Krishna en el Bhagavad Gita es la de que el verdadero problema radica no en los deseos que te movieron a actuar, sino en el apego a las consecuencias de esos actos.  Es decir, uno ha de obrar de acuerdo con su dharma, su deber natural.  Ha de hacer aquello que le corresponde y de la mejor manera posible.  Ahora ya, también tiene que ser consciente de que el fruto de sus acciones no depende exclusivamente de uno mismo, sino que en el resultado final confluyen muchos otros factores y agentes que se escapan a su control y que nunca podrán ser dominados por completo.  Por lo tanto, el problema está en que tu alegría y tristeza dependan de que tus deseos sean colmados o no: si todo sale como yo esperaba, soy feliz; si no, soy infeliz.



Veámoslo a través de un ejemplo:  Yo soy un agricultor y tengo un terreno en el que quiero plantar tubérculos y trigo.  He calculado que con la mitad de la cosecha podré alimentar a mi familia mientras que con la otra mitad acumularé excedentes que venderé en el mercado para comprarme un tractor que me permitirá duplicar las ganancias al año próximo.  Trabajo duramente de sol a sol durante toda la primavera y el verano en pos de ese objetivo.  Aro el terreno, protejo la siembra de los pájaros, riego los brotes, elimino las malas hierbas, esparzo abono... todo va viento en popa con el trigo y las patatas creciendo sanas y fuertes y de veras siento que mi esfuerzo está siendo recompensado.

Sin embargo, durante una noche, a pocas semanas del inicio de la cosecha, una lluvia de granizo asola toda la comarca.  Cuando, aterrado, salgo a comprobar los estragos del granizo en mi terreno, descubro con horror que todo el trigo se ha echado a perder.  Sólo han sobrevivido las patatas bajo tierra, y con ellas tendremos que alimentarnos, sin excedentes de trigo y sin tractor.

¿Hay algo que el agricultor pudiera haber hecho para evitar la desgracia?  Nada.  Él hizo todo lo que estaba en su mano y con la mejor intención, pero tuvo la mala suerte de que el tiempo le tuviera reservada una desagradable sorpresa.  Ahora, el hecho de que se sienta feliz o infeliz, la cosecha de sólo patatas le parezca suficiente o no y se pase todo el año lamentándose por el trigo perdido o lo relegue a un mero contratiempo puntual, depende por completo de él.  ¿Tenía apego a los resultados de sus actos?  ¿Su alegría o abatimiento estaban sujetos en gran parte a la calidad de aquella cosecha a la que tanto esfuerzo había dedicado y en la que tantas esperanzas tenía depositadas?  Éxito y fracaso, gozo y pena: una relación de proporciones simple que resume el gran dilema al que los seres humanos se enfrentan y que está detrás de muchos de sus males.

Nos gusta rodearnos de belleza y que todo salga perfecto.  Queremos que lo bueno llegue hasta nosotros, permanezca y no nos abandone nunca.  En cambio, lo malo lo queremos lejos durante el mayor tiempo posible.  La realidad es que a largo plazo no resulta posible mantener esta situación.  Pese a todos nuestros esfuerzos, tarde o temprano lo bueno se irá y lo malo llamará a nuestra puerta.  Cuanto antes nos demos cuenta de esto, antes podremos hacer algo para estar preparados.

El método de Ashtanga Yoga en su forma tradicional incide precisamente en esto.  Se trata de un entorno de trabajo diseñado para plantarte ante ciertas situaciones que despertarán a veces el deseo y otras la aversión, que generarán sentimientos de placer y bienestar, pero también de frustración e ira y que no aspira a ser una experiencia sencilla sino todo lo contrario: un reto y una provocación que te ofrezca la oportunidad de transformarte desde dentro más allá de volverte más fuerte y flexible.  Si aprendes a encontrar el camino de en medio y entender que no todo llega cuando se quiere, que la realidad tiene vida propia, no podemos moldearla a nuestro antojo, es distinta cada día y a menudo no coincide con nuestras aspiraciones y, por supuesto, si antes no arrojas la toalla derrotado y abandonas, sino que aceptas que una práctica honesta no es compatible con el deseo de hacer más de cualquier manera y que tu realidad actual es la que es, entonces estarás aprendiendo sobre la esterilla una gran lección que podrás trasladar a la vida.  Por eso es necesario que escuches “no”, que haya alguien que te diga que pares y señale tus puntos débiles ofreciéndote la oportunidad de trabajarlos y, de nuevo, respirarlos.

sábado, 21 de septiembre de 2019

Cuarto cumpleaños de Ashtanga Yoga Bilbao: Equinoccio y yoga.

Cartel inaugural del 21 de septiembre del 2015.

Tal día como hoy hace cuatro años Ashtanga Yoga Bilbao abrió sus puertas.  Desde entonces, estos muros han visto transcurrir alrededor de seis mil horas de clases en las que cientos de personas han aprendido el método tradicional de Ashtanga Yoga.

La elección del 21 de septiembre del 2015 como fecha de apertura fue obligada por las circunstancias; el contrato de alquiler se había firmado el 10 de julio y nuestra intención era abrir lo antes posible.  Sin embargo, las obras de reforma no pudieron terminar antes y hasta la misma víspera estuvimos ultimando preparativos.  Finalmente, todo confluyó hacia aquel lunes 21 de septiembre en que tenía lugar el equinoccio de otoño, una feliz coincidencia que sólo cabía interpretar como un buen augurio.

Hace unas semanas, repasando el Yoga Makaranda de Krishnamacharya, en la página 86 me encontré con la siguiente frase:

Época para comenzar la Práctica de Yoga. 

Es bueno comenzar la práctica de Yoga en primavera (abril-mayo) u otoño (octubre-noviembre) o el principio del invierno (diciembre).  Si se empieza de esa manera, evitaremos enfermedades y la práctica de yoga reportará buenos resultados.  Si la práctica de Yoga es iniciada en otros meses, los resultados serán mediocres.


Tirumalai Krishnamacharya.

La cuestión de comenzar la práctica cada día antes del amanecer ya la hemos referido en otras ocasiones en este blog, pero por lo visto Krishnamacharya también sentía predilección por que la gente comenzara a aprender yoga en dos momentos concretos del año: octubre/noviembre o abril/mayo justo después de los equinoccios de primavera y otoño.

La elección de los meses de octubre y noviembre parece del todo lógica en un país como la India que durante los meses de verano se ve cotidianamente asolado por las lluvias torrenciales del monzón.  En nuestra cultura los meses de septiembre y octubre también son los habituales para iniciar nuevas actividades: tras las vacaciones de verano la gente regresa a las rutinas del curso y es más proclive a comenzar una colección por fascículos o a incorporar el yoga en su ocio.

No obstante, sorprende que los meses de abril y mayo también le resulten propicios a Krishnamacharya.  El solsticio de equinoccio en nuestra cultura suele estar cerca del parón de Semana Santa y es cierto que en un mes como abril e incluso mayo hay un buen número de personas naturalmente dispuestas a emprender la práctica de yoga.  Lo mismo sucede en enero tras las vacaciones de Navidad, momento que podría estar recogido en el párrafo de Krishnamacharya cuando se refiere al comienzo del invierno o finales de diciembre.

Sin embargo, quienes conocemos Mysore sabemos que abril y mayo son con diferencia los meses más calurosos de todo el año.  Yo siempre he evitado rigurosamente esos meses por los relatos de calor extremo que me han llegado.  De hecho la mayoría de profesores de yoga afincados en la India que conozco suelen suspender sus clases en esos meses.   El propio Pattabhi Jois solía aprovechar los meses de abril y mayo para salir de Mysore y viajar por el mundo y, del mismo modo, la temporada de enseñanza de su nieto Sharath Jois se ha situado típicamente entre octubre y marzo.  En los últimos años las temporada de Sharath es mucho más errática, con periodos de dos a cuatro meses en cualquier época del año desde junio a agosto y desde octubre a marzo, pero en cualquier caso continúa esquivando abril y mayo.

Pero lo que más sorprende no es sólo que Krishnamacharya hable de esos meses como los idóneos para que la gente se sienta más inclinada a hacer yoga, sino que los eleve a la categoría de requisitos.  Según el texto de Krishnamacharya, si una persona comienza a practicar yoga en pleno invierno o verano sólo cabe esperar un gran fracaso, tal y como si se tratara del ingrediente imprescindible de una receta o de plantar un árbol en la estación adecuada.  Si lo haces de otra manera, el plato no estará bien cocinado y la semilla no germinará.

No recuerdo una explicación satisfactoria a este respecto en ninguno de los textos de Krishnamacharya. de su hijo Desikachar o de su nieto Kausthub de que dispongo pero, conociendo la importancia que se le da al sol en la tradición de Krishnamacharya, no resulta difícil señalar al equinoccio como el elemento clave.  "As above, so below" ("Tal y como es arriba, así es abajo").

Solsticios y equinoccios.

Los equinoccios señalan los dos momentos del año en los que el Sol se sitúa directamente sobre el plano del Ecuador de la Tierra.  A medio camino entre los solsticios, en el equinoccio el día y la noche tienen exactamente la misma duración de doce horas y a partir de él el día y la noche comienzan a alargarse o acortarse.  Tras el equinoccio de otoño que nos ocupa (y que en realidad tendrá lugar el próximo lunes 23) las noches comienzan a ser más largas que los días y, en consecuencia, disfrutamos de menos horas de luz al tiempo que las temperaturas bajan y el final del estío deja paso a las lluvias.

La consecuencia de esta reducción de horas de luz y del empeoramiento del tiempo atmosférico suelen ser desajustes en los ciclos del sueño y, en el caso de algunas personas especialmente sensibles, tristeza, debilidad o un malestar generalizado que se conoce como astenia otoñal.

Energéticamente, si los ciclos de la luna se pueden asociar a la respiración, con la transición de la luna nueva hacia la llena equivalentes a la inhalación y la transición de la luna llena hacia la nueva equivalente a la exhalación, los ciclos solares también: la inhalación solar comenzaría en el solsticio de invierno, cuando la energía se encuentra en su momento más bajo, y concluiría en el solsticio de verano, su punto más alto.  La exhalación solar tendría lugar desde el solsticio de verano hacia el de invierno.  Los equinoccios, por tanto, se sitúan a medio camino entre los polos de los solsticios, de la misma manera que la media luna creciente y menguante se encuentran a media distancia entre los extremos de la luna llena y la luna nueva.

Pirámide maya de Chichen Itzá al contraluz.  Todas las culturas han atribuido propiedades mágicas a los ciclos solares.

En la tradición de Ashtanga Yoga se respetan los ciclos lunares y se escogen los días de luna llena y nueva como días de descanso.  En este artículo de nuestro blog desglosamos los motivos energético, histórico y práctico de esta controvertida tradición exclusiva de este sistema de yoga.  Desde el punto de vista energético, la razón que se esgrime para evitar la práctica es evitar esos momentos del ciclo lunar en que la energía se encuentra en su cenit y su nadir, su punto álgido y mínimo, por tratarse de días inciertos en los que podemos sentirnos más densos y testarudos o más livianos e inestables.

Otro tanto sucede con el ciclo solar.  Los solsticios son los puntos álgidos energéticos, como la luna llena y la luna nueva, y desde este punto de vista tiene todo el sentido que Krishnamacharya sitúe el momento idóneo para comenzar la práctica de yoga en los equinoccios, equidistantes de los solsticios.  En los equinoccios hay equilibrio: no hay ni poca energía ni demasiada, y nos encontramos en medio de fuerzas opuestas que se compensan la una a la otra: luz y oscuridad, receptividad y actividad, consciente e inconsciente, externo e interno.  Estos dos extremos de la naturaleza y de nuestra propia humanidad se encuentran parejos y nos ofrecen la oportunidad de enfocar una nueva actividad como la práctica de yoga con ecuanimidad, sin demasiado entusiasmo ni demasiada desgana y con un interés y una actitud adecuadas para que la semilla que nos disponemos a plantar germine y eche raíces en tierra fértil.

Muchas personas han comenzado a practicar Ashtanga Yoga en este mes de septiembre y el próximo fin de semana tendrá lugar en nuestra escuela un nuevo curso de iniciación al Ashtanga Yoga.  Si comienzas a practicar yoga en este equinoccio y estás leyendo esto, ¡enhorabuena porque Krishnamacharya y los astros están de tu lado!  Entretanto, una temporada más, las personas que nos encontramos detrás de Ashtanga Yoga Bilbao, profesores y alumnos, continuaremos forjando una comunidad en la que aprender y crecer.  ¡Te vemos pronto!    

domingo, 25 de agosto de 2019

Quinta temporada de Ashtanga Yoga Bilbao: Un espacio fácil.

¡Nueva temporada en Ashtanga Yoga Bilbao!

Durante la celebración en Oviedo del sesenta cumpleaños de nuestro querido Tomás Zorzo (Rama) el pasado mes de febrero tuvimos la suerte de escuchar una preciosa reflexión acerca del verdadero sentido del yoga que deseo compartir en el blog.  No grabé las palabras de Tomás y recurriré a mi memoria como única fuente; por lo tanto no se tratará de una transcripción literal y me tomaré las licencias que considere oportunas.

Tomás Zorzo comenzó su charla citando el famoso sutra 2.46 de Patanjali: sthira sukham asanam.  En un idioma tan polisémico como el sánscrito el abanico de traducciones e interpretaciones siempre es amplio, aunque en el caso de este sutra hay una traducción muy extendida que viene a decir tal que así: la postura (asanam) tiene que ser firme, fuerte, estable, resistente (sthira) y a la vez cómoda, fácil, relajada, sin esfuerzo (sukham).  

Se trata del único sutra en el que Patanjali cita de forma explícita el término asana y resulta sumamente interesante porque describe las cualidades que tendría que reunir una postura de yoga bien realizada mediante una aparente paradoja: la postura debe ejecutarse con esfuerzo pero sin esfuerzo, ha de ser fácil y al mismo tiempo difícil, tanto firme como relajada.  Todos los que practicamos asanas nos enfrentamos cotidianamente a la esencia de este sutra cuando tratamos de encontrar comodidad, amplitud y tranquilidad en las difíciles situaciones que nos plantean determinadas posturas.  Esto es especialmente cierto en el caso de los practicantes de Ashtanga Yoga tradicional que seis días a la semana invariablemente y sin posibilidad de escapatoria nos encontramos con una buena ristra de situaciones que nos desafían y en las que tenemos que tratar de negociar con esa dualidad, ese tira y afloja, ese sutil equilibrio entre esfuerzo y relajación al que se refiere Patanjali.

Sin embargo, no iré más allá en este tema porque en la reflexión del día de su cumpleaños Rama tampoco ahondó en el significado del sutra completo, sino que más bien se centró en la etimología de la palabra sukha

Tomás Zorzo en plena exposición.

Sukha (sukham es su declinación en acusativo singular) se divide en dos términos: su, que viene a significar agradable, bueno, fácil y kha, que indica lugar o espacio.  Sukha: espacio fácil, en contraposición a dukha: espacio difícil, un concepto central en las filosofías tanto hinduista como budista y que hace referencia al sufrimiento del ser humano causado por la ignorancia que resulta de la identificación con el vehículo corporal perecedero.

Tomás explicó que en el yoga todo se reduce a encontrar un espacio fácil.  Asimiló el ser humano a una habitación vacía, un espacio rodeado de paredes y un techo.  Mantener las paredes y el techo en buen estado es importante, por supuesto.  Si no lo hiciéramos, las paredes se cuartearían, el techo se desmoronaría y nuestra habitación sería un auténtico desastre en el que anidarían toda clase de alimañas en forma de enfermedad.  Por eso hacemos asanas.  Para obtener salud, para no tener que preocuparnos por nuestra supervivencia y poder centrar nuestra atención en lo que verdaderamente importa.

Porque lo importante de una habitación, claro está, no son sus paredes.  Lo importante es el contenido, lo que hay dentro.  Al principio, la habitación está vacía y el espacio es amplio.  Podemos movernos con comodidad y sin impedimentos y saltar, bailar.  Se trata de un espacio fácil.  Sin embargo, con el paso del tiempo nuestra habitación se va llenando de obstáculos en forma de samskaras, o experiencias que nos condicionan.  Pensad por ejemplo en un niño recién nacido para el que no existen prejuicios, cosas buenas ni malas.  El niño puede observar una cagada de perro en el suelo y recogerla.  Cuando se la lleve a la nariz y la huela, a la boca y la saboree, o aparezca alguno de sus padres y lo reprenda, entonces el niño aprenderá que eso es algo malo que no debe tocar.  A partir de ese momento en su habitación habrá un mueble: un espacio por el que ya sabe que no hay que pisar.  Y a medida que avance la vida iremos acumulando más y más muebles, cosas, personas o actos que nos gustan y que nos disgustan, que deseamos pero que desgraciadamente no llegan y que aborrecemos pero que por mucho que queramos evitar inexorablemente acaban llamando a nuestra puerta; en definitiva, que nos perturban y que convierten a nuestra habitación en un espacio cada vez más incómodo y difícil. 

Una vista general del público asistente a la celebración en Oviedo.

Rama hablaba en la shala de práctica de su centro de yoga en Oviedo en la que estábamos hacinadas como cien personas llegadas de todos los rincones de España para rendirle homenaje.  "Imaginaos", dijo, "que toda la gente que estáis aquí, escuchándome en silencio, de pronto os pusierais a gritar, a saltar, a pegar patadas.  Entonces habríais convertido un espacio tranquilo, relativamente fácil a pesar de todos los que estáis aquí, en un espacio incómodo, sumamente difícil."

Mediante esta hermosa analogía Tomás venía a decirnos que en realidad el yoga no va sólo de volvernos más fuertes, más flexibles y ser capaz de colocar los pies detrás de la cabeza, sino de encontrar comodidad en el interior, de convertir nuestra mente en un espacio tranquilo libre de conflictos, en armonía con nosotros mismos, con las demás personas con las que nos relacionamos y con nuestro entorno y que, en resumidas cuentas, nos permita llevar una vida más plena y feliz.  

Los yoguis de las leyendas se retiraban a la naturaleza renunciando a la posesión de bienes materiales y al contacto con la sociedad en una búsqueda de sí mismos.  Tal vez uno pudiera pensar que el camino del eremita constituye una eficaz manera de vaciar la habitación y de mantener a raya las luchas internas.  A los pies de una cascada, rodeado de flores y acariciado por el trinar de los pájaros, ¿quién no está en paz?  Sin embargo, alejarse de las fuentes de conflicto no es garantía de que el conflicto no vuelva a surgir cuando te enfrentes a ellas de nuevo.  Así, el hecho de que dejes en casa el móvil cuando te marchas de vacaciones no significa que no vuelvas a usarlo de forma compulsiva cuando esté de nuevo en tu mano; puede que incluso lo cojas todavía con más ganas.  También, alejarte durante una temporada de ese familiar que tanto detestas no evitará necesariamente que se desate una nueva trifulca cuando os reencontréis.  En realidad, el conflicto no se soluciona sorteando sus fuentes, sino modificando la manera en que te relacionas con ellas.  El trabajo, por lo tanto, hay que hacerlo desde dentro. 

Entrañable fotografía con Susana, Borja y sus hijos y Tomás y Camino.

Todo esto me ha venido a la cabeza cuando se ha acercado el momento de iniciar una nueva temporada en Ashtanga Yoga Bilbao: la quinta desde que abriéramos puertas el 21 de septiembre del año 2015 que tan lejano parece ya.

Me temo que lo he escrito numerosas veces, pero insistiré: la práctica de Ashtanga Yoga tiene el estigma de ser muy física, muy externa.  Las shalas de Ashtanga Yoga a veces parecen más bien escuelas de circo o de acrobacia y muchas personas se sienten atraídas o repelidas a partes iguales por ello.

No todo es lo que parece, y detrás de una práctica tan física como la de Ashtanga Yoga hay mucho más.  En este sistema de yoga, me atrevería a decir que tal vez como en ningún otro, se ofrecen los elementos necesarios para convertir una práctica aparentemente externa en una profunda experiencia de introspección:

La ejecución de una rutina que te has aprendido de memoria, la sincronización de cada movimiento con una inspiración o espiración largas, los puntos de enfoque a los que llevar tu mirada, las contracciones y relajaciones conscientes a efectuar en distintas partes de tu musculatura, la atención que has de prestar cada segundo a cada cosa que está sucediendo en ese preciso momento desde tu piel hacia dentro; el respeto que has de tener hacia tus límites y tu situación de ese día, pidiendo permiso en cada postura, no exigiendo ni forzando; la gestión de energía que tienes que llevar a cabo para no llegar agotado a las partes de mayor exigencia de tu práctica; el hecho de que sea el profesor y no tu ambición quien decida cuándo progresas para que tu práctica madure de forma honesta en base a tu realidad particular, tus circunstancias, tu compromiso y tu dedicación; aprender a sentirte satisfecho y agradecido por haber hecho tu práctica, simplemente por haberla hecho y con independencia de la forma externa de tus figuras o de lo que haya podido hacer el vecino...

Quinta temporada en Ashtanga Yoga Bilbao.

El párrafo anterior se podía haber resumido en sólo dos palabras: ashtanga yoga: el yoga de los ocho pasos de Patanjali, todos los cuales están recogidos, de manera directa o indirecta, en los puntos citados.  La frustración, la ira, el miedo, la impaciencia, la envidia, la ambición, la distracción, la pereza, la noción equivocada de que esto no es para ti porque ya eres demasiado mayor o quizás demasiado joven o poco flexible o muy débil, la vanidad por que has conseguido tal cosa y la decepción porque no tienes otra, la sensación de que el profesor te tiene manía y no te quiere enseñar y sin embargo al otro sí; de que hace mucho tiempo que estás atascado en lo mismo y que nunca lograrás hacerlo; que antes podías hacer tal cosa y ahora que te has torcido un tobillo o has ganado unos kilos ya no... Son cosas que tienen que surgir, que surgirán y sobre las que tendrás que trabajar.  ¿Acaso no te encuentras con todo eso también en la vida?  A las clases de Ashtanga Yoga siempre puedes dejar de ir, pero de lo que seguro no podrás escapar será de que sigas reproduciendo esos mismos patrones fuera de la shala.  Y dime, ¿cómo esperas solucionarlo?  Pues fíjate: sobre la esterilla, cada día, tienes una oportunidad.

Esto es lo que enseñamos en Ashtanga Yoga Bilbao.  Dentro del paquete va incluido lo de los lotos, las extensiones de espalda, los equilibrios sobre brazos y los pies detrás de la cabeza, sí, pero créeme, si tu aspiración es apuntarte para ver cuántas posturas eres capaz de acumular, aprender a hacer el pino puente o porque quieres conseguir un cuerpo diez para el próximo verano, te vaticino ya lo que va a pasar: que no llegarás a navidades porque te cansarás al cabo de más bien poco y preferirás apuntarte a esas clases de yoga con música tan divertidas del gimnasio o similar donde no se te plantea ninguna clase de conflicto y simplemente te obsequian con una entretenida coreografía de asanas.  Ashtanga Yoga es para todo el mundo, pero a menudo no es lo que la gente espera, y mucho menos la gente occidental con toda esa educación competitiva y basada en conseguir más y más que se nos ha inculcado desde pequeños.

Así que para todo esto comienza una nueva temporada este lunes 26 de agosto del 2019 en Ashtanga Yoga Bilbao.  Son todavía fechas de vacaciones y me figuro que iréis regresando a cuentagotas.  De hecho todavía mantendremos los horarios de verano durante todas esta semana; a partir del lunes 2 de septiembre regresarán los horarios habituales con clases de lunes a sábado por la mañana, mediodía y tarde.

Estamos preparando varios eventos especiales para esta nueva temporada que anunciaremos próximamente y que tendrán lugar a partir del mes de enero.  Por el momento simplemente tenemos confirmado un nuevo curso de iniciación el fin de semana del 28/29 de septiembre.

Durante las últimas semanas antes del parón veraniego os anunciamos nuestra intención de volver a viajar a la India en este mes de diciembre.  Sin embargo, no tuvimos suerte a la hora de enviar la solicitud de la web de Sharath Jois, por lo que nos quedaremos aquí.  Ya escribiré acerca de ello con mayor profundidad en otra entrada.

¡Eso es todo!  Muchas gracias por haber leído hasta aquí.  Acudas o no a nuestras clases, ¡tú también formas parte de Ashtanga Yoga Bilbao!

domingo, 7 de julio de 2019

Ashtanga Wars: “La línea tradicional” versus “La vieja escuela”.


Durante los últimos meses se ha escrito largo y tendido en este blog acerca del método tradicional de enseñanza divulgado desde el KPJAYI de Mysore.  Por un lado se trató de aclarar la confusión entre el Ashtanga Yoga que enseñó Pattabhi Jois y otros estilos que tuvieron su origen en la misma práctica de Ashtanga Yoga, de la que tomaron algunos elementos y a la que incluso se asemejan de forma notable, pero que se distancian de sus principios fundamentales y con la que, por respeto a la genuinidad del método tradicional, no deberían de ser confundidos.

El método tradicional en sí ha sido discutido en varias entradas.  En primer lugar expusimos sus principales características utilizando como fuente la página web de Sharath Jois, anteriormente del KPJAYI (de www.kpjayi.org pasó a www.sharathjois.com).  Sharath ha modificado recientemente la web y esa información no está disponible en este momento y no sabemos si volverá a estarlo, así que su inclusión en el blog sin duda fue una ocurrencia muy oportuna.  Las entradas posteriores se han centrado en una investigación histórica en torno a los orígenes del método tradicional, analizando los cambios acaecidos durante las últimas ocho décadas de enseñanza de Pattabhi y su nieto Sharath Jois y desgranando el contenido del Yogasanagalu, un libro de Krishnamacharya inédito fuera de la India que fue escrito en 1941 y que tiende un claro puente entre la enseñanza de Pattabhi Jois y su gurú.  A estas dos entradas podría añadirse la que hace un tiempo se dedicó al Yoga Korunta, el misterioso texto medieval que Krishnamacharya aprendió de Ramamohan Brahmachari y en el que presuntamente se basó el método de Ashtanga Yoga, completando así un interesante mosaico informativo del método tradicional, su origen y su evolución.

El artículo que en estos momentos estás leyendo surge de la necesidad de explicar una situación un tanto compleja que a menudo se plantea dentro del sistema de Ashtanga Yoga: la diversidad de criterios entre profesores adscritos al mismo método tradicional.  ¿Cómo que diversidad?  ¿No se supone que todos los profesores y profesoras que han estado en Mysore han conocido el mismo método, bebido de la misma fuente, y que por tanto todos deberíamos comportarnos como clones, como réplicas exactas de Pattabhi y Sharath Jois capaces de reproducir palabra por palabra y gesto por gesto su manera de enseñar?

Esa clase de pregunta sólo se la puede plantear alguien que no ha practicado nunca Ashtanga Yoga, o que lo ha hecho durante muy poco tiempo y se ha conformado una opinión tremendamente sesgada basada en clichés: dado que la práctica de Ashtanga Yoga consta de secuencias cerradas de asanas que mantienen siempre el mismo orden y, puesto que para avanzar hasta la siguiente postura se espera que uno haya completado satisfactoriamente todo lo anterior, entonces los profesores tradicionales de Ashtanga Yoga nunca, y cuando digo nunca es nunca, dejarán a nadie avanzar más allá de marichyasana D a menos que consiga atarse sin ayuda y ni siquiera más allá de utthita hasta padangushtasana si no es capaz de mantenerse en equilibrio con la pierna estirada y su dedo gordo sujeto con la mano.


Peter Sanson junto a sus dos maestros: un jovencísimo Sharathji y Guruji.

La línea tradicional actual: un solo método, muchos profesores.

Cualquiera que haya practicado Ashtanga Yoga el tiempo suficiente sabe que no hay dos profesores iguales: Pattabhi Jois no era igual que Krishnamacharya, Sharath no es igual que Pattabhi y, por supuesto, Borja tampoco es igual que Sharath y ni Nines ni yo somos iguales que Borja; ni siquiera somos iguales entre nosotros dos.  Y sin embargo, todos formamos parte del mismo linaje: Pattabhi aprendió de Krishnamacharya, Sharath de Pattabhi, Borja de Pattabhi y Sharath y nosotros de Borja, en cuyo regazo transcurrió la mayor parte de nuestra vida yóguica.  Lo mismo se puede decir de otros tantos profesores y profesoras "tradicionales" que pueda haber en Tokyo, Buenos Aires o Barcelona: cada cual ha tenido un proceso de desarrollo único en el que han intervenido su carácter, su personalidad, sus circunstancias, la investigación que ha llevado a cabo como practicante, la influencia que en él han tenido sus profesores, las conclusiones a las que ha llegado a través de su propia experiencia enseñando, su habilidad, sus aptitudes, sus conocimientos, sus intuiciones...  contribuyendo todo ello a convertirlo, sí, en alguien que transmite el método tradicional de Ashtanga Yoga, pero que lo hace a su manera única e irrepetible.

¿La misma práctica pero profesores diversos?  Una rueda de molino difícil de tragar para quienes se hayan hecho a la idea de que esto de Ashtanga Yoga consiste en ejecutar secuencias de asanas en un orden establecido y bajo una serie de normas rígidas que convierten al profesor en poco más que un muñeco reemplazable, en una figura hasta cierto punto prescindible porque dará igual estar con uno que con otro.  Si fuera así, no tendría el menor sentido apuntarse a talleres o retiros con profesores distintos al tuyo que además cuestan un ojo de la cara y ni siquiera viajar a Mysore a conocer la fuente.  Si bien por un lado reconozco, tal y como suele destacar Sharathji, quien aprendió de Pattabhi Jois y de nadie más, la importancia de consolidar una relación de muchos años con un maestro en quien se confíe, también me resulta interesante el contacto con otros profesores para enriquecerse con diferentes puntos de vista.  Estoy de acuerdo en que el mejor maestro será la práctica diaria durante muchos años y que no habrá workshop ni teacher training que la sustituya, aunque al mismo tiempo que reconozco en Borja al maestro que me ha acompañado durante el grueso de mi singladura y quien más me ha influido, también reivindico el papel que han desempeñado en mi periplo personal maestros como Peter Sanson, Tomás Zorzo, Gabriella Pascolli, José Carballal y el propio Sharath Jois, a cuyos pies he practicado no pocas veces, quienes me han ofrecido valiosas aunque matizadas perspectivas del método tradicional de Ashtanga Yoga y sin los que, para bien o para mal, no sería el mismo.

La diversidad va un paso más allá cuando se toma en consideración la evolución histórica del método tradicional que ha sido expuesta en anteriores entradas.  No hay discusión posible: a lo largo de las décadas la práctica de Ashtanga Yoga que enseñó Pattabhi Jois experimentó cambios que alteraron el método de enseñanza en mayor o menor medida.  No hubo intromisiones por parte de terceras personas, sino que fue el propio Guruji y hasta Sharath quienes se encargaron de hacerlas en un proceso de adaptación a la realidad de los nuevos tiempos dentro de lo que se denominó el Ashtanga Yoga Research Institute - AYRI (Instituto de Investigación de Ashtanga Yoga).  En los posts anteriores se han analizando los cambios cosméticos acaecidos en las secuencias de asanas, en el ordenamiento de las series, pero el asunto es todavía más complejo y atañe a los propios criterios de enseñanza, a lo que se espera inculcar en un estudiante y a las reglas o normas bajo las cuales una persona en concreto progresa a través de las series.

Tres profesores de la línea tradicional muy queridos por nosotros: Borja, Peter y José.  Retratados juntos en Ashtanga Yoga Madrid en mayo del 2018.

De nuevo, el interesantísimo libro Guruji: A Portrait of Sri K. Pattabhi Jois Through the Eyes of His Students (Guruji: Un retrato de Sri K. Pattabhi Jois a través de los ojos de sus estudiantes) de Eddie stern y Guy Donahaye supone una impagable referencia histórica, con entrevistas a personas que fueron testigos de la enseñanza de Guruji en diferentes periodos y cuyos valiosos testimonios retratan la evolución de su enseñanza a través de las décadas. Repasemos a continuación las palabras de varios estudiantes, algunos de ellos muy queridos por nosotros, que estuvieron con Pattabhi Jois a partir de mediados de 1980 y que giran en torno a la misma cuestión metodológica:

"Te ayudaba a ser paciente.  Practica, practica, practica.  Necesitas tiempo.  Esto es algo que algunos estudiantes sabían.  Pasaban allí mucho tiempo.  Necesitas tiempo para progresar a nivel físico y espiritual.  Como occidentales, nuestra relación con el tiempo es que lo queremos todo rápido.  Él decía; 'Mañana.  No, mañana.  Necesitas tiempo.'  Él quitaba esta ansiedad.  Te hacía enfrentarte a ella.  Esto forma parte del cambio.  '¡Quiero empezar la tercera serie!'  Éste era mi caso.  Vine muchas veces pero no me quedaba más de uno o dos meses.  Cada vez que regresaba, tenía que volver a empezar desde el principio.  Tardaba mucho tiempo en aprender un asana, y otro asana.  No llegaban rápido y entonces tenía que volver a casa.  Entonces, al año siguiente, lo mismo, quizás un asana más. (...)"  Tomás Zorzo. (Página 257)

"Abhyasa es una práctica consistente durante un largo periodo de tiempo con intenciones claras.  Cualquiera que sea nuestra práctica, si la hacemos con constancia, incluso si es una pequeña práctica, obtenemos grandes beneficios.  Llega un punto en que ciertos aspectos de la práctica se integran y Guruji me dijo que este punto es doce años.  Después de doce años comenzamos a estabilizarnos en la práctica. (...)" Annie Pace.  (Página 321)

"Ponía énfasis en ciertas cosas y tenías que hacerlas antes de que te avanzara.  Buscaba un nivel de dominio en cada asana.  Se fijaba más en los detalles de lo que la gente se pudiera imaginar.  (...)  Lo más importante que aprendí de Guruji fue la necesidad de tener paciencia.  Una vez Guruji me mantuvo en el mismo asana durante siete años, lo que derribó un montón de barreras físicas y mentales. (...)  Cuando al fin me avanzó hasta el siguiente asana, me di cuenta de que no importaba el asana en concreto; era más importante centrarse en el nivel de atención que uno lleva a la práctica. (...) Te hacía llamar a su oficina y te examinaba acerca de los nombres de los asanas, tenías que saber los nombres de los asanas (...)   Y también te tenías que saber los vinyasas. (...) Te hacía trabajar en algo en concreto durante algún tiempo, y entonces cuando sentía que era necesario, corregía algo.  Nunca tenía prisa.  Cambiaba las cosas gradualmente, puede que en un periodo de seis meses tan sólo te diera una o dos instrucciones y poco a poco ajustaba las cosas.  No en un día.  Perseguía determinadas cosas, y cuando sentía que había llegado el momento, añadía algo más." Peter Sanson. (Páginas 377-379)

Estos tres testimonios reflejan una realidad que las personas que hoy practican de acuerdo con el método tradicional conocen bien: en Ashtanga Yoga no hay prisas y se va avanzando de forma progresiva, frecuentemente a una velocidad mucho menor de lo que a nuestra ambición y a nuestro ego les gustaría.  La práctica de asanas de Ashtanga Yoga se construye como una pirámide en la que las primeras hileras sostienen a las siguientes.  Si se pasa de puntillas por encima de determinadas dificultades, sin trabajarlas, sin darles tiempo a madurarlas, mirando hacia otro lado evitándolas, se pagará más adelante, sino en lo inmediatamente siguiente sí cuatro asanas más allá, y al final la práctica se puede acabar convirtiendo en una sucesión de adaptaciones, trampas y cosas a medio hacer sin profundizar en ninguna.  Por eso, el método tradicional aboga por consolidar la práctica y permitir que el proceso de purificación cree en el cuerpo los espacios suficientes para avanzar de forma segura.  ¿Cuáles son los criterios, entonces?  Los profesores y practicantes con experiencia seguramente ya estén familiarizados con ese conjunto de “reglas” no fijas que rigen la práctica tradicional de Ashtanga Yoga y que a menudo señalan puntos críticos de las series, hitos famosos por su dificultad y algunos de los cuales han de ser resueltos satisfactoriamente para seguir adelante, aunque a efectos de informar a los lectores ajenos a Ashtanga Yoga y a los posibles ashtanguis interesados en esta clase de tecnicismos, a continuación citaré algunos:   

  1. Por supuesto, una persona ha de conocer la secuencia de memoria.  Ya puede tratarse del  sursuncorda o del mismísmo Nureyev y ejecutar cualquier asana sin esfuerzo, que si no recuerda por sí misma el orden, no continuará adelante.  En Ashtanga Yoga se persigue que la persona se haga responsable, que se ocupe de su práctica, por lo que la dependencia en una referencia externa tal que un profesor o un póster que recuerden qué viene a continuación es lo primero que hay que erradicar como paso preliminar para que la práctica comience a replegarse desde lo externo hacia lo interno.
  2. El estudiante también ha de conocer los vinyasas exactos de cada postura.  No he visto nunca a Sharath hacerle a nadie un examen de nombres de asanas o de vinyasas a la manera descrita por Peter, pero sí que he sido testigo de cómo detenía una clase guiada porque una persona se había comido el vinyasa diez (dasa) de supta konasana, en el que se levanta la cabeza sin soltar los pies y se exhala inmóvil, y hacérselo repetir a ella sola mientras el resto de la clase aguardaba.  Y de los profesores autorizados, por supuesto, se espera que sepan los vinyasas al dedillo; Borja me contó que durante el curso para profesores que impartió Sharath en verano del 2010 muchos se llevaron severos rapapolvos porque no eran capaces de continuar la cuenta de una clase guiada en el momento en el que él se lo indicaba.
  3. En la postura de equilibrio utthita hasta padangusthasana la pierna cuyo dedo gordo se agarra está completamente estirada.
  4. En las posturas de medio loto de pie (ardha baddha padmottanasana) y sentado (ardha baddha padma paschimattanasana) la mano de atrás tiene que agarrar al menos el dedo gordo del pie en loto. 
  5. En las posturas con medio loto marichyasana B y D las manos tienen que agarrarse, al menos con los dedos, y estar la rodilla en loto en el suelo.
  6. En navasana se debe mantener el pecho erguido y las piernas estiradas pero cerca del cuerpo, pudiendo casi tocar los pies con las manos.  En cada lolasana (astau) hay que alzarse sin tocar el suelo con los pies, incluido el último antes del salto atrás a chaturanga.
  7. En bhuja pidasana la persona ha de ser capaz de subir y bajar por sí sola e ir a bakasana sin tocar el suelo con los pies.
  8. Supta kurmasana estará bien hecha cuando uno consiga cogerse manos detrás de la espalda y cruzar los pies delante de la cabeza (no hace falta que sea por encima). 
  9. En garbha pindasana se deben dar entre cinco y nueve vueltas hasta completar un giro de 360 grados sin quedarse escorado y sin separar las manos de la frente.  Hay que ser capaz de alzarse a kukuttasana sin que las piernas en loto resbalen por debajo de los codos y en cualquier caso sin tocar el suelo con las rodillas o trasero.
  10. En baddha konasana, las rodillas y la barbilla tocan el suelo.
  11. En upavistha konasana, el pecho ha de llegar al suelo con los pies apuntando hacia el techo.  En uphavista konasana B, las rodillas deben de estar estiradas durante todo el recorrido desde abajo hacia arriba. 
  12. Esto último es de aplicación también en supta konasana, ubhaya padangushtasana y urdhva mukha paschimattanasana, en las que la subida ha de efectuarse con las piernas completamente estiradas durante todo el recorrido.
  13. En setu bandhasana las piernas han de estirarse del todo.  Algunos profesores sostienen que las plantas de los pies tienen que apoyarse completamente en el suelo, aunque personalmente yo no lo hago y ni Sharath ni otros profesores me lo han corregido jamás.
  14. Para pasar a la serie intermedia uno ha de ser capaz de levantarse desde urdhva dhanurasana y volver a caer en tres ocasiones sin ayuda, lo que se conoce como drop backs.  De nuevo, algunas personas afirman que el infame catching es condición obligatoria, pero en mi experiencia personal no ha sido así; Sharath sólo me ha insistido en el tema del catching una vez llegué a kapotasana, ya en la serie intermedia.
  15. En pashasana, las manos deben agarrarse.  Luego, es más importante una buena torsión que llevar los dos talones al suelo, alguno constitucionalmente imposible para muchas personas.
  16. En bhekasana uno tiene que ser capaz de agarrarse los dos pies con las manos apuntando hacia delante.
  17. En dhanurasana y parsva dhanurasana, los pies no se separan.
  18. En laghu vajrasana, con los codos estirados, la cabeza ha de descender completamente hasta el suelo y tocarlo durante las cinco respiraciones.  Después se ha de ser capaz de subir.
  19. Kapotasana no se considera completada hasta que las manos agarran al menos los talones: uno de los grandes desafíos de Ashtanga Yoga para muchos.  En mi caso particular bastó hacerlo con ayuda para que Peter Sanson en Madrid y Sharath en Mysore me dejasen avanzar a la siguiente postura; tampoco necesitaba demasiada ayuda, todo sea dicho.  De hecho, por aquel entonces podía hacer la postura completa por mí mismo al segundo intento y a día de hoy la hago a la primera si hace suficiente calor.
  20. En supta vajrasana las manos tienen que agarrar los pies en loto durante todas las subidas y bajadas, aunque se acepta recibir un poco de ayuda por parte del asistente dejando cierto de margen de subida a las rodillas o agarrando las muñecas.
  21. En las dos variantes de bakasana los pies no han de tocar el suelo hasta el salto atrás a chaturanga y los codos permanecer estirados, con las rodillas cerca de los sobacos.
  22. En bharadvajasana la mano por detrás sujeta al menos el dedo gordo del pie en loto y la palma de otra mano se apoya completamente en el suelo. 
  23. En eka pada sirsasana el pie ha da mantenerse detrás de la cabeza sin ayuda de las manos durante toda la postura, incluida la subida final a chakorasana previa al salto atrás.
  24. En dwi pada sirsasana los pies tienen que estar lo suficientemente insertados y separados entre sí como para permitir la elevación de la cabeza.  De forma similar, en yoga nidrasana los pies tocarán el suelo con los pies bien cruzados detrás de la cabeza.
  25. En titthibasana A las piernas se mantienen estiradas y apuntando hacia arriba, no horizontales.  En la B las piernas lo más estiradas posible sin perder el agarre de las manos, que tampoco han de soltarse cuando se camina en C.  En D, los talones separados y manos tocándose.
  26. A pincha mayurasana hay que subir, claro está, sin ayuda externa, aunque es válido tanto subir primero con una pierna como con las dos a la vez, esto último mucho más difícil.  Luego, en karandavasana hay que ser capaz de bajar y de remontar la postura: uno de los grandes retos para muchos practicantes.  Por lo que he visto en Mysore, hay gente a la que se le exige lo máximo: que en la subida no se le separen los codos, y gente a la que se le da por buena la bajada completa en solitario y una subida asistida o una bajada y subida parcial.
  27. En mayurasana, rodillas estiradas y ni barbilla ni pies tocan el suelo.
  28. En nakrasana, pies juntos durante todos los saltos.
  29. En vatayanasa, culo hacia dentro, manos alzadas y mirada hacia arriba.
  30. En parighasana, los codos no tocan el suelo.

Y aquí me quedo, porque no llego más lejos en mi práctica personal y no tengo unas nociones tan claras de lo que viene a continuación.

Todo esto es muy matizable.  Cuando varios párrafos más arriba hacía la afirmación categórica de que no existen dos profesores iguales, ahora también hay que rendirse a la evidencia de que tampoco se hallarán nunca a dos estudiantes iguales.  En una cadena de montaje industrial es posible encontrar multitud de piezas idénticas, pero afortunadamente con los seres humanos esto no funciona así.  La consecuencia directa es que Ashtanga Yoga no se aplica a todas las personas de la misma manera y que, por ejemplo, no será lo mismo que alguien empiece con veinte años que con cincuenta, que haya hecho gimnasia rítmica desde los doce años o que se haya pasado los últimos treinta años detrás de la ventanilla de un banco, que sea deportista o que tenga sobrepeso, que no tenga problemas físicos o que lleve media vida lidiando con escoliosis, hernias y protusiones.  Con un determinado tipo de personas habrá que ser más estricto, exigirles aquello que pueden llegar a dar y que en buena parte de las situaciones es una mera cuestión de tiempo, de paciencia, mientras que con otros habrá que ser más comprensivo, más laxo, y levantar la mano.  En todo caso, la enseñanza no tendrá marcada una agenda de plazos ni de objetivos, y es seguro que la gente, tarde o temprano, tendrá que llevar a cabo un ejercicio de interiorización y de dirigir la práctica no hacia los asanas sino hacia lo esencial: la conexión con la respiración y con lo que acontece desde la piel hacia dentro.  Una de las ideas principales, sin duda entre las más importantes, no será otra que proteger a la gente.  De sí misma.  Ya hablaremos de ello en las siguientes entradas.


David Williams y Manju Jois, estudiantes de Pattabhi Jois hasta la década de 1970 y dos de los grandes exponentes de la vieja escuela.

La vieja escuela — The old school.

Así es el método tradicional tal y como lo hemos conocido las personas de nuestra generación y tal y como se ha divulgado desde el KPJAYI de Mysore durante muchas décadas.  Sin embargo, a la hora de analizar el método tradicional no nos podemos olvidar de otra línea defendida por no pocas personas y en la que se discrepa de muchos de los aspectos aquí reseñados.  Se trata de un grupo no pequeño de antiguos estudiantes de Guruji que cuentan con muchos seguidores y que sí, que aprendieron de Pattabhi Jois en Mysore durante años pero que tuvieron una experiencia muy distinta a la que hemos tenido nosotros o a la que hayan podido tener gente como Borja y Peter Sanson, quienes acumulan entre veinte y treinta años de viajes al KPJAYI.  Puede que esta manera de enseñar a muchos nos resulte exótica, por no decir extraña, pero merece todo mi respeto porque no fue una invención suya sino que la recibieron del mismísimo Pattabhi Jois y, nos guste o no, la realidad es que de hecho así fue durante un buen tiempo el Ashtanga Yoga genuino.  Sin más preámbulo, leamos en primer lugar varios testimonios recogidos en el libro de Eddie Stern y Guy Donahaye que se corresponden con la manera en que Guruji enseñaba entre los años 70 y principios de los 80:

"Llegué a Mysore y comencé a aprender.  Estaba con Nancy Gilgoff y nos quedamos en Mysore durante cuatro meses.  Aprendí la primera serie, la segunda serie y la mitad de la tercera serie además del pranayama.  Me sentí muy afortunado porque (...) nos prestó mucha atención.  Practicábamos dos veces al día además del pranayama y estaba tratando de aprender tan rápido como podía. (...) Aprendía llegando temprano y observando a otra persona practicar y memorizando las posturas que iban después de lo que yo hacía.  Establecí la disciplina de tratar de aprender ocho posturas cada día y así es como logré aprender las dos primeras series y la mitad de la tercera en aquella ocasión. (...) Durante los seis años siguientes, hasta que terminé de aprender todo el sistema que enseña, invertí toda mi energía en ello." David Williams. (Páginas 18-20)

“No fue hasta principios de 1982 que fui capaz de ahorrar dinero suficiente para hacer ese primer viaje a Mysore.  Para entonces, había estado haciendo la práctica durante cuatro años y ya había aprendido las tres primeras series. (...) Me quedé tres meses.  Tuvimos un relación excelente y mi experiencia en la India fue magnífica.  Llegué a la conclusión de que tenía que dedicarme a enseñar yoga.  Al final de mi tiempo allí le pedí a Guruji si estaba dispuesto a concederme un certificado de enseñanza.  Él vaciló un instante y finalmente accedió.  En ese momento no fui consciente de que nunca antes había extendido un certificado para enseñar a ningún estudiante occidental, así que no fue hasta mucho después que me di cuenta de la importancia de aquel acontecimiento.” Tim Miller. (Página 67)

"Pattabhi Jois tenía alrededor de sesenta años, y a esa edad era como un adolescente lleno de energía, ¡guau! (...) Estábamos un total de tres estudiantes extranjeros y yo tenía treinta y un años y estaba entusiasmado y hambriento por este yoga y con ganas de más y así que él simplemente se dejó llevar.  Nos enseñó muchísimos asanas, como si trajera asanas en una carretilla y nos los arrojara encima.  Nos ajustaba en cada postura.  Si alguien no podía hacer el salto atrás, los lanzaba atrás cada vez con sus manos.  Tenía tanta energía que no sabía qué hacer con ella, así que decidió que no era suficiente con una práctica al día.  Practicábamos dos veces al día e incluso eso no era suficiente.  Practicábamos dos series cada vez: primera y segunda por la mañana, la avanzada A por la tarde, además de una hora de pranayama, y adicionalmente nos enseñaba cómo hacer nauli y neti." David Swenson. (Página 90)

En estos tres testimonios se trasluce una realidad muy distinta a la de los estudiantes que conocerían más tarde a Guruji.  ¿Tres series en cuatro años, ni qué decir en cuatro meses?  ¿Prácticas por la mañana y por la tarde?  ¿Asanas a paladas, ocho nuevos cada día?  ¿Certificado para enseñar tras un primer viaje a Mysore de tres meses?  Cualquier practicante actual pensará que están hablando de series de póker, no del Ashtanga Yoga de Pattabhi Jois en el que todo el mundo, aunque lleve veinte años practicando y complete la cuarta serie, tiene claro que en su primer viaje a Mysore tendrá suerte si se le permite comenzar la serie intermedia.

Algunos de estos estudiantes antiguos sólo conocieron a Pattabhi Jois durante sus primeras décadas de enseñanza en unas circunstancias muy distintas de las que se vivirían después.  Jamás regresaron a Mysore y no mantuvieron el contacto con su maestro y con la evolución que experimentaría en años posteriores.  Muchos de ellos se dedicaron a enseñar Ashtanga Yoga y, como es lógico, lo hicieron de acuerdo con lo que ellos mismos habían vivido.  En la actualidad siguen activos y claro, cuando oyen hablar de Mysore y de la manera en que se está enseñando allá cuarenta o cincuenta años después de su última clase con Guruji, se llevan las manos a la cabeza.

Un ejemplo paradigmático lo constituye Manju Jois, hijo de Pattabhi Jois.  Nació en 1944 y estudió con Guruji hasta los treinta y un años de edad.  Se contaba entre sus alumnos más avanzados, asistía a su padre en las clases y fue clave en la difusión de Ashtanga Yoga por el mundo al darlo a conocer en el año 1972 a través de una exhibición en un ashram de Pondicherry en el que se encontraban los que serían pioneros occidentales, con quienes entabló una gran amistad.  Cuando Pattabhi Jois realizó su primer tour en California en 1975, Manju decidió quedarse en Estados Unidos, donde enseñó yoga y se casó, y jamás regresó a Mysore.  Pattabhi Jois se quedó solo al frente de las clases, cada vez más mayor y cada vez con más alumnos hasta que, en 1989, un jovencísimo Sharath comenzó a asistirlo a instancias de su madre Saraswathi.

Manju Pattabhi Jois.

Las siguientes palabras al respecto del método tradicional actual las pronunció Manju Jois en una entrevista que se le hizo en el año 2017 y en la que el conflicto queda perfectamente descrito:

“Es una malinterpretación, no debes parar a los alumnos, porque si los paras se congelan. Se han inventado todas estas reglas que no estaban al comienzo. Puede que no llegues a todo al principio, pero tienes que seguir practicando, hasta conseguirlo. Si no la gente se desilusiona. Cuando un profesor te dice que tienes que dominar una postura para seguir, ese no es un buen profesor, porque no sabe cómo acercarse al estudiante. Esta gente trae un mal nombre al yoga.”

Desde el punto de vista de Manju se entiende que no tenga sentido la manera en que hoy se enseña en Mysore; durante mucho años él vivió una experiencia muy diferente y no se le puede echar nada en cara por que sus conclusiones hayan sido distintas.  No obstante, cuando se le lee protestar parece como si en 1975 cuando se mudó a los Estados Unidos hubiera aparecido en Mysore otro profesor distinto de su padre al que le hubiera dado por imponer reglas arbitrarías que implicaban que los estudiantes progresasen a través de las series a menor velocidad, y sinceramente creo que se equivoca, porque la realidad es que no fue ningún alienígena, sino el mismo Pattabhi Jois, quien se vio en la necesidad de cambiar una manera de enseñar que, tal y como analizaremos, tenía muchos inconvenientes y estaba acarreando peligrosas consecuencias.

En labios de David Williams, profesor adscrito a esta línea old school, que estuvo en Bilbao el pasado mes de abril y a quien también conocimos en Madrid en el 2015, la razón por la que Guruji comenzó a enseñar más despacio y a establecer posturas “llave” a partir de las cuales no se avanzaba si la persona no era capaz de completarlas, no fue otra que para poder acomodar a un mayor número de estudiantes en el reducido espacio de la shala de Lakshmipuram e ingresar más dinero.  Antes, la práctica de una persona podía durar alrededor de dos horas.  Después, si al no ser capaz de atarse en marichyasana D no se le permitía continuar, entonces su práctica quedaba reducída a poco más de una hora y otra persona podía entrar enseguida a ocupar su lugar, con lo que la capacidad de la shala prácticamente se duplicaba y el timbre de la caja registradora no paraba de sonar... 

¿Profesor malo o codicioso?  Ni David Williams ni Manju Jois estaban allí ni vieron ni vivieron lo que pasó, y personalmente me parece una falta de respeto referirse así a su padre, a su gurú, a su maestro, a quien al fin y al cabo le deben su propio prestigio y profesión, y se atrevan a arrojar semejante sombra de duda sobre el camino que siguió una vez ellos ya habían partido, negándole la posibilidad de evolucionar.  

Tal es así que, durante la estancia de David en Bilbao traté de hacerle ver que algunos puntos concretos en los que tanto él como Manju basan sus críticas están equivocados o al menos son sólo parcialmente ciertos.  Durante una cena saqué a colación la manida cuestión de que en Mysore nadie avanza más alla de marichyasana D si no es capaz de atarse las manos y le dije que, simple y llanamente, semejante cosa es mentira.  Quien afirma algo así o no ha estado nunca en Mysore o ha estado un solo mes y con una venda en los ojos, porque yo personalmente conozco a gente con nombre y apellidos que, sin poder atarse en marichyasana D debido a problemas en los meniscos, desde su primer viaje a Mysore pudo practicar navasana y más allá.  Uno de ellos en la actualidad es un profesor autorizado y gran amigo mío que practica parte de la serie intermedia con Sharath, el cual conoce su afección de rodilla y entiende que no pueda hacer marichyasana D de forma completa ni garbha pindasana ni ninguna otra postura que implique un loto intenso. 

Lo que ya no ocurre, claro está, es que una persona aprenda ocho posturas nuevas cada día y en un par de meses termine la tercera serie de cualquier forma.  Durante su workshop en Bilbao David afirmó que durante su periodo de estudio con Guruji, con tal de que recordases la secuencia y fueses capaz de sostener la práctica energéticamente, es decir, no terminases derrengado y hubiera que llevarte a casa con una pala, continuarías añadiendo más y más asanas realizando las adaptaciones necesarias hasta completar la serie primera y la intermedia, las cuales comprenden un catálogo terapéutico completo aunque demasiado extenso como para comprimirlo dentro de una sola secuencia.  Una vez ya dentro de las series avanzadas, la propia dificultad de las posturas establecería el límite de lo que cada uno debería hacer.... ¡Como si en la primera serie o en la intermedia no hubiese ya asanas suficientemente difíciles!  En fin...

La idea detrás de esto, hay que reconocerlo, resulta interesante: dado que las secuencias de asanas de Ashtanga Yoga fueron diseñadas para aportar diferentes beneficios físicos: fortalecer y flexibilizar la musculatura, depurar los órganos, purificar el sistema nervioso... entonces, ¿para qué cerrar la puerta o restringir parte de esos beneficios por el simple hecho de que a uno le cueste atarse en marichyasana D o sea incapaz de ponerse de pie desde urdhva dhanurasana?  Mejor hacerlo todo con modificaciones que hacer menos y perderse los beneficios de todo lo que vendría después, ¿verdad?  Por lo tanto, de acuerdo con esta línea de enseñanza que el propio Pattabhi Jois propugnó durante varias décadas, no existen posturas “llave” ni nada parecido cuya consecución sea condición necesaria para proseguir adelante y una persona continuará añadiendo más y más siempre que recuerde el orden.



Sharath Jois en la main shala del KPJAYI, en pleno ajetreo.

Conclusiones: Menos es más.


En contra de lo que sucediera en los primeros tiempos, la apuesta actual del KPJAYI va en una línea más sosegada, más prudente y en la que se pretende inculcar que con precipitación no se llega a ningún buen puerto.  ¿Qué ocurrió?  ¿Por qué Pattabhi Jois evolucionó hacia otros criterios, hacia un ritmo de enseñanza distinto?  ¿Por qué se dejaron de enseñar las posturas a manos llenas, se ejecutaran de manera correcta o no?  ¿Por hacerse el importante?  ¿Por fastidiar a la gente?  ¿Para que terminasen su práctica lo antes posible y así aumentar la capacidad de la shala?  O sea, ¿para recaudar más?

La explicación económica se me antoja ridícula.  Cuando Pattabhi Jois enseñaba en Lakshmipuram en la shala apenas cabía una decena de personas y había largas colas y esperas para entrar que con la progresiva popularización de Ashtanga Yoga no hicieron sino crecer.  Quizás, cuando hasta los oídos de los antiguos estudiantes empezaron a llegar rumores acerca de estos cambios de criterio y una cadencia de aprendizaje más lenta, hasta cierto punto es lógico que algunos pudiesen pensar que se trataba de la respuesta al problema de espacio, en especial los que ya habían dejado de ir a Mysore.  Sin embargo, con la nueva shala en Gokulam la capacidad se multiplicó de golpe seis veces, y los nuevos criterios se mantuvieron, en especial a medida que la figura de Sharath Jois fue cobrando un mayor peso.  Hoy día, cuando Sharath enseña en el KPJAYI hay entre 300 y 400 alumnos cada día, y la escuela está abierta desde las cuatro de la madrugada hasta el mediodía.   Nosotros hemos estado allí en numerosas ocasiones y hemos practicado al ritmo que hemos querido; a veces, con lesiones, la práctica la hemos hecho más lenta, más consciente, más respetuosa, con más repeticiones.  Nunca jamás nadie nos metió prisa ni vimos a Sharath decirle a nadie que terminase ya porque estaba tardando demasiado.  Muchas personas, incluso, tienen una práctica especialmente larga, con toda la primera serie y un buen trecho de la intermedia.  Una manera sencilla de hacer que estas personas acorten la duración de su práctica es enseñarles nuevas posturas de la serie intermedia para que hagan enseguida el full split (practicar sólo segunda serie).  Y sin embargo, los que han estado ahí ya lo saben, Sharath nunca tiene prisa por hacerte avanzar.

La respuesta a esos interrogantes, tal y como nosotros lo entendemos, será vista con mayor amplitud en próximas entradas del blog aunque aquí ofrecemos un pequeño adelanto.  En realidad se trata de una respuesta doble: filosófica y fisiológica.  Desde el punto de vista filosófico, esta manera de enseñar es congruente con la aplicación de los yamas y niyamas, los principios fundamentales de conducta sobre los que se asienta el ashtanga yoga de Patanjali, y ofrece la oportunidad de trabajarlos desde una práctica que, para muchas personas, es simplemente física.  Fisiológicamente, si se enseña con calma y se deja tiempo a que cada nueva postura sea convenientemente digerida, no es sino para reducir al mínimo la posibilidad de lesión y permitir que cada cuerpo se adapte de manera progresiva a una práctica que, no lo vamos a descubrir ahora, tiene una gran exigencia física.

Pattabhi Jois debió de llegar a estas conclusiones de forma natural dentro de su desarrollo como profesor.  Ésta es mi hipótesis:  Cuando Guruji comenzó a practicar con Krishnamacharya en Mysore, todos los estudiantes eran chicos jóvenes, estudiantes, militares, residentes del palacio y la mayoría se encontraba en buena forma física.  Después, en la pequeña shala de su casa, estuvo enseñando a gente local durante veinticinco años antes de que llegasen los primeros occidentales.  La forma de ser y circunstancias de los estudiantes indios junto a los que practicó en el Palacio de Mysore y a los que enseñó en su casa no tendría nada que ver con lo que vendría después.  Los indios eran padres de familia, trabajadores, estudiantes de universidad, personas con problemas de salud o miembros de su familia, todos ellos gente que se sometía a su enseñanza a la manera india, es decir, con obediencia y respeto pero sin tomarse las cosas a la tremenda: disfrutaban del yoga como quien lleva a cabo un ritual diario sin tener depositadas grandes ambiciones en su práctica; después salían a la calle donde los esperaba su vida de verdad: trabajo, estudios y familia.  Cuando Tomás Zorzo empezó a estudiar con Guruji en 1984 aún había mayoría de indios en la shala, y en cierta ocasión le escuché describir de la siguiente manera la situación que se respiraba en una shala en la que convivían indios y occidentales: "Los indios practicaban como si estuvieran haciendo reverencias, dando gracias a la vida.  Los occidentales, en cambio, practicaban como si en cualquier momento fuese a aparecer alguien con una cámara para sacarles una fotografía."  Creo que también fue Tomás quien nos contó esta otra anécdota: durante una clase guiada Guruji fui interrumpido por un cartero justo cuando se encontraba haciendo la cuenta de respiraciones para sirsasana, la postura sobre la cabeza.  Tenía que ir a recoger un paquete o una carta a la oficina postal y, ni corto ni perezoso, abandonó la clase de la misma.  Los indios, que en cuanto Pattabhi Jois se ausentaba de la shala en busca de café no tardaban en ponerse a charlar entre ellos, bajaron de sirsasana enseguida.  Varios occidentales, en cambio, siguieron en sirsasana sin bajar, empecinados; nadie les había dicho que salieran de la postura.  Al cabo de una buena media hora Guruji regresó de la oficina postal, y allí seguían en sirsasana mientras el resto de los estudiantes ya se había marchado.  

En efecto, la llegada de occidentales debió de suponer un gran choque para Guruji.  De pronto, llegaron hasta él una serie de personas extranjeras que por lo visto no tenían nada que hacer en la vida sino aprender su yoga.  Entre sus prioridades no se contaba el trabajo, la familia ni los estudios, y estaban dispuestos a entregarle a Pattabhi Jois todo su tiempo y energía.  Y por lo visto, y a tenor de los testimonios que hemos transcrito más arriba, Guruji se dejó llevar por el entusiasmo de estos estudiantes y empezó a enseñarles todo lo que podían digerir: montones de posturas nuevas, sesiones extra de pranayama, varias prácticas de asanas al día...  Y su estómago parecía no tener fondo porque cada vez querían más.

¿Cuál fue la consecuencia directa de todo esto?  No hace falta ser un genio: las lesiones.  Si tenéis ocasión de hablar con sinceridad con los antiguos estudiantes de Pattabhi Jois, todos os dirán lo mismo: la gente se rompía.  Esa idea de conseguir más, de acumular cada vez más asanas, se retroalimentaba y lejos de aplacar la sed, la exacerbaba y hacia que los cuerpos fuesen llevados al límite.  La gente era animada a ir más allá, a conseguir aquello para lo que no estaban preparados aún, y Ashtanga Yoga se convirtió en una suerte de selva en la que imperaba la ley de selección natural: los más fuertes sobrevivían, el resto se quedaba apartado en la cuneta, deshecho, y no regresaba.  El mismo Tomás, ya en la década de 1980 lo corrobora: Pattabhi Jois hacía ajustes brutales en muchos asanas, a menudo le daba la sensación de que estaba experimentando con ellos, y él mismo y varios de sus compañeros sufrieron graves lesiones de las que aún tienen secuelas.  Esta cuestión de las lesiones y la dificultad a la hora de casar esta exigente disciplina con la competitiva mentalidad de Occidente se acabaría convirtiendo en un caballo de batalla cuyos ecos se alargan hasta el día de hoy.  Un tema recurrente en las conferencias de Peter Sanson es que la mayoría de personas que practicaban a su lado cuando empezó ya no lo hacen, y no porque hubieran perdido la motivación o querido dejar la práctica de manera voluntaria, sino porque no fueron capaces de mantenerse en ella a largo plazo.  José Carballal habló de lo mismo en el último taller al que asistimos: el ochenta por ciento de sus compañeros de práctica no sobrevivieron al paso del tiempo y quince años después muy pocos continúan: el enfoque hacia el aspecto físico de los asanas los desgastó.

Finalmente, Guruji tomó la decisión de parar el carro.  La experiencia de las primeras décadas no debía de ser todo lo buena que cabía esperar y una nueva manera de enseñar fue cobrando forma.  Su ayudante Sharath, que no había conocido los primeros tiempos (empezó a practicar en serio a partir de 1989) se convirtió en el gran defensor de este enfoque más sosegado.  Tomás Zorzo fue testigo de esa especie de transición entre las dos maneras de enseñar.  Recuerdo un par de anécdotas que nos contó: la primera de ellas cuando Guruji le preguntaba a la gente a ver porqué no hacía tal asana y la respuesta era que Sharath no les dejaba hacerlo todavía.  La respuesta de Pattabhi Jois solía ir acompañada de una risita: "Ah, Sharath, hehe."    Otras ocasiones, en cambio, surgía el conflicto, y Guruji discutía con Sharath para que no parara a los antiguos estudiantes a los que había enseñado en el pasado más de lo que Sharath consideraba prudente: "Old student!  Respect old students!" ("¡Antiguo estudiante!  ¡Respeta a los estudiantes antiguos!")

Nuestra intención con este artículo y los que están por llegar, y me imagino que tal y como cabía esperar de una escuela autorizada por el KPJAYI, ha sido exponer las dos maneras en que se ha enseñado Ashtanga Yoga y explicar los motivos por los que, en nuestra opinión, el método tradicional tal y como lo enseñó Pattabhi Jois durante sus últimas décadas y tal y como ha continuado enseñándolo Sharathji hasta el día de hoy como cabeza visible del parampara, es el más adecuado para transmitir el método de Ashtanga Yoga porque de hecho es el resultado de un proceso de investigación que se ha llevado a cabo por parte de su divulgador principal durante casi un siglo aplicándolo a cientos, miles, decenas de miles de personas y porque está orientado a inculcar un hábito de práctica que se pueda mantener durante toda la vida.   

Es decir, creemos que en esta manera de enseñar no hay lugar a los cortoplacismos, a los atajos ni a la consecución de objetivos rápidos y, a pesar de que reconozcamos que existan otras formas alternativas que puedan tener su razón de ser, preferimos defender con todas sus consecuencias aquello en lo que creemos, incluso si ello implica perder a alumnos o resultar menos interesantes comercialmente.   Queremos que la gente que empiece a practicar Ashtanga Yoga lo haga no durante dos meses, un verano o un año, sino durante treinta, cuarenta, cincuenta años, y una de las primeras lecciones que tendrán que aprender para llegar a hacerlo es que la realidad honesta de cada uno en el momento presente no siempre se va a corresponder con las insaciables aspiraciones de la mente y el ego.  En Ashtanga Yoga, al igual que en tantas otras esferas de la vida, menos es más.