lunes, 9 de julio de 2018

La importancia del buen profesor y sus características.

Tres ejemplos de excelentes profesores de Ashtanga Yoga a los que recordamos con cariño: Borja Romero-Valdespino, Peter Sanson y José Carballal.  Cada uno con su propio estilo y todos ellos altamente recomendables.

Hace cuatro meses publicamos un extenso artículo en el que mostrábamos nuestra visión del papel del profesor de yoga y cómo, al contrario de lo que suele pensarse en Occidente, no debería ser considerado un mero "entrenador", "coreógrafo" o "ajustador" al que se le paga a cambio de que proporcione cierta satisfacción física a través de la enseñanza de asanas.  Así mismo, en las últimas semanas hemos publicado sendos artículos en los que se analizaba el rol de las escuelas de yoga y de la comunidad que se gesta en ellas como "elementos facilitadores" del viaje yóguico hacia el interior del Ser.  El cometido del maestro de yoga volvía a ser tratado de nuevo en estos dos artículos y, dado que dentro de pocas semanas nos disponemos a viajar a Mysore para practicar bajo la enseñanza del paramagurú Sharath Jois, creo que es un momento propicio para ahondar un poco más en el papel del profesor.

Desde que comenzamos a practicar yoga (trece años y medio en mi caso; once en el de Nines) hemos conocido a muchos profesores.  La mayoría, por supuesto, profesores de Ashtanga Yoga, pero también profesores adscritos a otras tradiciones.  Con el paso del tiempo todas las personas acabamos construyendo criterios propios y, como sucede con la música, la comida, los perfumes o los colores, en el caso del yoga también desarrollamos preferencias.  Es un tópico aquello de que "Ashtanga Yoga está hecho para todo el mundo", pero no menos cierto es que no todo el mundo está hecho para Ashtanga Yoga.  Si eres una persona disciplinada y ordenada, a la que le gusta establecer rutinas, que aprecia el valor de las metodologías basadas en la repetición y la insistencia, que sabe que a lo bueno siempre se llega a través del camino difícil y que en él nunca hay atajos, y a la que no le importa levantarse temprano, es probable que te enamores de Ashtanga Yoga desde tu primera clase.  En cambio si eres una persona acostumbrada a trasnochar, que no quiere comprometerse con nada, que no le gusta que le digan cómo hacer las cosas, un "espíritu libre" que un mes se apunta a spinning, al siguiente a bailes de salón y el tercero a un retiro de meditación vipassana, Ashtanga Yoga también está hecho para ti y sin duda aportaría a tu vida grandes cosas, pero es posible que lo acabes aborreciendo nada más empezar.  En las películas suelen verse personajes arquetípicos, pero en el mundo real todos tenemos un poco de ambos extremos y tampoco es fácil clasificar a las personas y determinar cuál es la disciplina idónea para cada una.  Ciertas predisposiciones pueden inclinar las preferencias hacia uno u otro lado y hacer que algunos decidan dedicarle su tiempo a Ashtanga Yoga y otros a Yoga Iyengar, los de más allá busquen un templo budista, los de acá se apunten a un gimnasio de musculación y los últimos acaben en clases de swing o clarinete.  Al final, lo que decanta las predilecciones no es uno, sino un conjunto de factores, y no cabe duda de que el del profesor es uno de los principales.

Ciertamente, es increíble lo importante que resulta el profesor, y no sólo su nivel de conocimientos y experiencia, sino su personalidad, actitud y carisma, en lo que respecta a la percepción que obtiene la gente de la materia que imparte.  Recuerdo que cuando estudiaba en la Universidad había un profesor llamado Agustín que era astrónomo a la vez que físico y al que le encantaba ilustrar los conceptos de la física clásica con aplicaciones sobre los cuerpos celestes.  La astronomía es un tema que personalmente me apasiona y ese profesor lograba que temas tan áridos como la mecánica del sólido rígido resultasen fascinantes y que anticipase sus horas de clase con agrado.  Por otro lado, un profesor insoportable en el colegio o en la universidad hará que cierres puertas y no quieras volver a saber nada de él ni de lo que enseñaba, pero por desgracia te lo tendrás que comer con patatas.  Al fin y al cabo, no tienes elección: tus padres te apuntaron al colegio y tú mismo elegiste la carrera.  Así que si te cayó en suerte un petardo que sólo sabe llenar pizarra tras pizarra de símbolos y hablar a la gente de espaldas sobre obscuros conceptos matemáticos que sólo él entiende porque lleva años repitiéndolos una y otra vez, lo único que te queda es apretar las mandíbulas y esperar que el semestre y la asignatura transcurran lo antes posible.  Puede que el profesor esté enseñando bien, sea estrictamente correcto y cumpla con el temario pero, desde luego, y pese a lo que les pueda parecer a otras personas, a ti no te ha conquistado y por extensión muy probablemente su materia tampoco.  Cuando salgas de la universidad quizás puedas vivir algo parecido en el trabajo con un jefe con el que no tengas sintonía, pero lo que sin duda no estarás dispuesto a soportar es algo así fuera del ámbito educativo o profesional obligatorio.  Así que, si alguna vez decides apuntarte a clases de yoga o de trikitixa en tu tiempo libre y el profesor o profesora no es capaz de transmitirte ese carisma, ese encanto que va más allá de la enseñanza pura y dura, no tardarás mucho en dejar de pisar sus clases e incluso es probable que te deje de interesar cualquier cosa que fuera la que enseñase.

En este sentido siempre me ha sorprendido enormemente el caso de los directores de orquesta. Dos orquestas sinfónicas distintas pueden tener idéntico número de instrumentos y hallarse todos los intérpretes perfectamente formados y entrenados y, sin embargo, al ponerse a tocar la misma composición con exactamente la misma partitura, sonar muy diferentes.  No deja de resultar curioso cómo los aficionados atesoran grabaciones del Réquiem de Mozart dirigidas por Claudio Abbado o de la Sinfonía Coral de Beethoven por Leonard Berstein como reliquias irrepetibles.  Esas obras se siguen interpretando y grabando hoy día por grandes artistas pero, más allá del talento de los músicos y cantantes, no cabe duda de que ciertos directores lograron insuflar a ciertas obras un carácter, un espíritu que iban más allá del ritmo y métrica de las notas establecidas en el pentagrama y que las convirtieron, por ejemplo, no sólo en la Séptima Sinfonía de Bruckner, sino en la mítica Séptima Sinfonía de Bruckner dirigida por Herbert von Karajan en 1989.  En el caso del yoga sucede otro tanto: la personalidad de la profesora o del profesor, su energía, su entusiasmo, impregnan hasta tal punto la disciplina que imparten que los estudiantes no perciben únicamente el conocimiento en sí, sino el conocimiento que les llega coloreado a través del tamiz de su profesor.  Así que mucha gente se enamora o se desencanta del yoga no sólo por las técnicas que ha aprendido y lo que ha hecho durante las sesiones, sino por cómo se lo ha sabido transmitir su maestro. 

Y es que, a diferencia de otros sectores, la tarea del profesor de yoga no se limita a una mera transmisión de enseñanzas, lo que convierte a su magisterio en algo más parecido a un arte y también hace que su tarima sea mucho más inestable que la que puedan pisar otro tipo de profesores de ámbito académico.  El profesor de yoga no sólo interactúa con el esqueleto y la musculatura de las personas a las que enseña una rutina física, sino que tiene también que lidiar con su psicología, sus fobias y filias, sus resistencias y apegos en todo el amplio espectro que ofrecen personas de procedencias, circunstancias y vivencias diversas, todo lo cual lleva a preguntarnos: ¿qué características ha de reunir un buen profesor de yoga?

Para dar una primera respuesta, nada mejor que recurrir a las palabras del maestro BKS Iyengar, quien lo expresa de manera genial en su libro El árbol del yoga, escrito en 1971:

Bellur Krisnamachar Sundararaja  Iyengar (1918-2014)

Resulta relativamente fácil ser profesor de una materia académica, pero ser profesor es un arte muy difícil y ser profesor de yoga es con mucho lo más arduo, pues los profesores de yoga han de ser sus propios críticos y corregir su propia práctica.  El arte del yoga es enteramente subjetivo y práctico.  Los profesores de yoga han de conocer por completo el funcionamiento del cuerpo; han de conocer el comportamiento de las personas que acuden a ellos, cómo reaccionar y estar listos para ayudar, proteger y salvaguardar a sus alumnos.

Los requisitos para un profesor son múltiples.  Yo quisiera, no obstante, apuntar unos pocos comentarios para que ustedes los recojan, entiendan y trabajen con ellos.  Posteriormente se pueden descubrir muchos más.  Un profesor ha de ser claro, inteligente, seguro, estimulante, afectuoso, prudente, constructivo, valiente, comprensivo, creativo, completamente entregado y dedicado al conocimiento de la materia, considerado, concienzudo, crítico, comprometido, jovial, casto y sosegado.  Los profesores deben ser fuertes y positivos en su enfoque.  Deben mostrarse afirmativos para crear confianza en los alumnos y dubitativos dentro de sí mismos para así reflexionar de forma crítica sobre su propia práctica y actitudes.  Los profesores han de estar siempre aprendiendo.  Aprenderán de sus alumnos y deben tener la humildad de decirles que aún están en proceso de aprendizaje en su arte.

La relación entre profesor y alumno es como la existente entre marido y mujer y como la que hay entre padre e hijo.  Se trata de una relación plena y compleja.  Como en la relación entre marido y mujer, que es de cercanía, los profesores deben afanarse para que sus alumnos no se rindan, y ayudarles a lo largo de su práctica.  Al mismo tiempo, al igual que entre un padre y su hijo ya crecido, si bien existe una relación, también hay un distanciamiento.  La labor del profesor es proteger y guiar a los alumnos para que no abandonen la senda que han de andar.  Y la labor del alumno es procurar mantener lo que le ha sido transmitido, a fin de no sucumbir a sus propias rémoras.  Existe una vía de dos direcciones entre alumno y profesor que implica amor, admiración, devoción y dedicación.

Mi más sincero agradecimiento al señor Iyengar por haber legado al mundo perlas de sabiduría tal que ésta.  En verdad que gracias a grandísimas figuras como la suya los profesores de yoga de todo el mundo hoy podemos hacer nuestra esta cita del bueno de Isaac Newton: "Si he llegado a ver más lejos, es porque me alcé sobre hombros de gigantes."  Tras el aporte de Iyengar, a continuación desarrollaré mi propia respuesta:

Un buen profesor ha de dominar la técnica al tiempo que ser muy intuitivo, y ambas cosas sólo se obtienen a través de la experiencia.  La primera característica del profesor, por tanto, es la experiencia; experiencia en enseñar, habiendo estado durante extensos periodos de tiempo con muchas personas, muchos cuerpos y muchas psicologías acompañándolas, ayudándolas a evolucionar y a afrontar altibajos; pero también experiencia en su propia práctica.  Porque difícilmente llegará nadie a ser un buen profesor si no ha practicado y continúa practicando a diario aquello que enseña.  Hay sensaciones, procesos, y técnicas a los que sólo se llega a través de la vivencia en primera persona y que no hay libro, vídeo, página web ni teacher training de doscientas horas que pueda suplir.  La experiencia constituye uno de los pilares fundamentales sobre los que se asienta un buen profesor y precisamente uno de los tópicos en los que suele abundar Sharath Jois en sus conferencias de los sábados en Mysore: "Un profesor es tan bueno como su compromiso con la práctica" lo cual, insisto por si no ha quedado claro, no quiere decir que un buen profesor sea aquel que se levanta de karandavasana o termina la tercera serie, sino que un profesor es tan bueno como su humildad a la hora de reconocer que nunca se deja de ser estudiante y que siempre hay margen para seguir aprendiendo.

La técnica, hija inseparable de la experiencia, posiblemente sea una de los características más valoradas en los profesores de yoga.  Hace referencia al conjunto de métodos y herramientas en los que el profesor se apoya para enseñar e incluye los famosos "truquitos" y detalles anatómicos que tanto preocupan a los practicantes, al "dónde colocar el pie, hacía dónde girar la mano, cómo mover el hombro y si levantar o bajar la cabeza" además de, por supuesto, el arte de ayudar con las manos, lo que vulgarmente se conoce como ajustar.  Requiere de conocimientos técnicos sobre qué hacer, cómo hacerlo, porqué y para qué, destreza, buen criterio, mucha intuición y, lo más difícil: empatía, adaptabilidad.  En efecto, cada viaje es diferente y el maestro ha de tener muy presente que lo que ha valido con una persona no tiene porqué valer con la de al lado y, sobre todo, que las cosas no tienen porqué funcionar con los demás del mismo modo que funcionaron con él mismo.  La siguiente cita de T. Krishnamacharya viene muy a propósito: "Enseña lo que está dentro de ti pero no como se aplica a ti, sino como se aplica a la persona que está ante ti".

Sesión estilo Mysore en Ashtanga Yoga Bilbao, con Nines al fondo.

Las clases estilo Mysore de Ashtanga Yoga tienen una idiosincrasia muy particular en la que el estudiante aprende absolutamente todo, desde cómo respirar hasta cómo efectuar el primer movimiento del saludo al sol, directamente a través del profesor tal que si de una clase particular se tratara, lo que convierte a la técnica, al conocimiento y dominio del método por parte del profesor en un aspecto crucial en la tradición de Ashtanga Yoga.  El estudiante queda enteramente en manos del profesor, quien desde el primer día realizará una serie de toma decisiones que determinará el camino de descubrimiento del aspirante, quien habrá de discernir la delgada línea entre lo seguro y lo peligroso y quien habrá de contar con los recursos suficientes para gestionar la casuística que se pueda presentar, desde impedimentos físicos, debilidades o lesiones hasta bloqueos mentales.  Por ejemplo, a la hora de enseñar una nueva asana, el profesor tendrá que considerar si se trata del momento físico y psicológico adecuado y una vez el estudiante haya entrado en ella tendrá que sopesar cómo le puede ayudar y si debe hacerlo siquiera.  A veces habrá que pisar el freno; otras habrá que darle un empujón a quien no se atreve a saltar a la piscina.  Como le gusta decir a nuestro querido Peter Sanson: "El 99% de las limitaciones están entre las orejas", y esto se aplica tanto a los estudiantes como a los profesores.

Lo cual nos lleva a que a la hora de hallar un buen profesor no se pueda hablar de un único perfil.  Los hay estrictos y flexibles, duros y cariñosos, enérgicos y tranquilos, de abundantes y escasas palabras.  Sin duda un buen profesor sabrá ser de cierta manera con algunas personas y de otra forma con otras, o se comportará de un modo al principio y más adelante de exactamente el contrario.  También tendrá que ser capaz de adaptarse y "leer" a cada estudiante en cada momento sin ceñirse a patrones fijos, mostrando buen humor o seriedad según lo requiera la situación.  El profesor también tiene que estar dispuesto a enfrentarse a determinadas actitudes y mostrarse asertivo, saber cuándo empujar y cuándo decir "no" aun a riesgo de caer mal o incluso perder a un estudiante.  Y seguramente también tenga que ser capaz de no tomarse nada a título personal y volver a abrir la puerta sin rencores a quien, arrepentido, le pida disculpas.

Los profesores, como los colores, están sujetos a los gustos particulares de cada uno.  Personalmente he conocido a profesores que me han encantado por el entusiasmo que destilaban, por su personalidad activa y su manera de transmitir alegre, segura, que contagiaba confianza.  Pero también he conocido a profesores y profesoras prudentes que preferían caminar sobre seguro e ir muy poco a poco, que también me han gustado mucho.  Por otro lado, he conocido a profesores con gran experiencia e indudable capacidad técnica que he aborrecido a pesar de lo excelentes que les parecieran a otras personas.  Recuerdo un caso especialmente sangrante de un profesor sumamente experimentado con el que practiqué durante dos semanas durante unas vacaciones y que me dejó sensaciones muy negativas, con una manera de enseñar que podría calificarse de desdeñosa.  Este hombre en concreto, cuyo nombre no revelaré, quizás me estuviese poniendo a prueba y tratara de estimularme mediante una estrategia de refuerzo negativo, pero en lo que a mí respecta se equivocó y no quise volver a saber nada de él.  Y por supuesto, también he conocido a otros que me gustaron durante un tiempo y después me dejaron de gustar.  Estoy pensando en una persona en concreto que se echó a perder cuando determinadas circunstancias de su vida la amargaron y comenzó a salpicar este desánimo en las clases y en los estudiantes, que acabaron evitándola.  Sorprende cómo algunas personas son incapaces de compartimentar las diferentes esferas de la vida y llevan sus problemas personales y frustraciones a la shala de yoga en la que, supuestamente, deberían ser los principales catalizadores de bienestar.  Éste, en mi opinión, es un defecto que el buen profesor sin duda sabrá paliar.  La gente no acude a las clases de yoga a recibir palos, regañinas y burlas.  Se puede y se debe corregir a los estudiantes, por supuesto, pero tampoco hay que machacar sistemáticamente a las personas y menos porque a ti te estén machacando por otro lado.

Al final, ¿por qué nos acabamos quedando con un solo profesor?  No deja de ser curioso que la inmensa mayoría de los practicantes de Ashtanga Yoga a largo plazo que he conocido hayan estado casi todo el tiempo desde que empezaron con el mismo maestro.  Por supuesto que hay excepciones y muchas personas que empezaron con fulanito terminaron con menganita, pero sinceramente creo que no se puede discutir que en Ashtanga Yoga existe una clara tendencia hacia la estabilidad en este sentido y desde luego que, a diferencia de lo que sucede en otras disciplinas, no hay muchos estudiantes que se dediquen a volar de flor en flor y cambiar de profesor cada mes o cada temporada.  En Bilbao tampoco hay demasiadas opciones, pero en Madrid, por ejemplo, hace años que existe una amplia oferta de escuelas de Ashtanga Yoga que a cualquiera le podría llevar a pensar que seguramente exista una enconada guerra de precios u horarios para atraer a los estudiantes y que estos se vean continuamente tentados a cambiar de escuela.  La realidad es que la inmensa mayoría hace oídos sordos a los cantos de sirena y opta por quedarse años y décadas con su profesor pese a que por cercanía, economía u horario otro le pueda venir mejor y, si por circunstancias de la vida ha de alejarse de él, lo hace con una emotiva despedida como el que deja atrás a su familia para irse a trabajar al extranjero.  Tal vez muchos vean en esto un problema de apego, de posesividad, de falta de templanza o aparigraha, de miedo a perder lo que se tiene, pero personalmente creo que se trata de una cuestión mucho más sutil.

Ashtanga Yoga Madrid y Ashtanga Yoga Bilbao juntos de nuevo durante el taller de Peter Sanson en mayo'18-  De izquierda a derecha: Noa, Susanna Berenguer, Nines, Borja Romero-Valdespino, Fernando y Francesco Visioli, un viejo amigo italiano de nuestros tiempos en Madrid y veterano practicante de Ashtanga Yoga.  Nuestra marcha de Madrid y la rotura con todos estos vínculos a veces nos da la impresión de habernos quedado huérfanos.  Por suerte, el teléfono y las ocasionales visitas tan que ésta siempre están ahí para paliarlo. 

Nosotros, por ejemplo, estuvimos todo el tiempo con Borja.  Conocimos, claro, a otros profesores, bien porque viajábamos, porque en Ashtanga Yoga Madrid se organizaban talleres con otros profesores o porque Borja contaba con otras personas para cubrir determinados horarios de la semana, sus vacaciones y sus viajes a la India.  Así fue que a lo largo de los años tuvimos la oportunidad de conocer a otros profesores, algunos de los cuales nos encantaron y con los que forjamos una especial relación, como Sandra Maldonado, Patricia Acuña, Sara Menéndez, Alexia Pita, Gabriella Pascoli y por supuesto Peter Sanson, tan geniales como diferentes.  Pero Borja era nuestro profesor; los demás, claramente, era sus sustitutos y, en realidad, aunque Borja no estuviera en ese momento ahí, seguía siendo su casa y puede decirse que su energía permanecía.  Al final, la relación que estableces con tu profesor, y como bien decía BKS Iyengar en su texto, acaba siendo tan estrecha como la que se tiene entre miembros de la misma familia.  Puede que tu padre tenga defectos y que con el paso del tiempo llamen más la atención que sus virtudes.  Sin embargo, sigue siendo tu padre y no se te pasará por la cabeza cambiarlo; sabes que es la persona adecuada para guiarte y confías en él y en el espacio físico y la comunidad de gente -familia- que se ha construido a su alrededor.  En conclusión, con tu maestro estableces una conexión familiar aunque sin el componente biológico, lo cual en realidad no supone ningún impedimento.  Al fin y al cabo, entre el marido y la mujer y entre los hijos adoptados y sus padres de adopción tampoco se comparten genes y, sin embargo, entre ellos existe un gran vínculo más allá del apego o la rutina.

Para mí, ya lo he dicho otras veces, Borja ha sido como un hermano mayor.  He aprendido muchísimo de él en todos los aspectos de la práctica y de la vida y, sin que jamás me hablara ni seguramente pensara en ello, es uno de los grandes responsables del nacimiento de Ashtanga Yoga Bilbao, que por todos lados muestra influencias suyas.  Una de las mejores características que puedo extraer de Borja es su gran corazón y generosidad, tanto en el aspecto material como en el humano y también en el de la enseñanza.  Por otro lado, sus manos están dotadas de una gran sensibilidad y técnica y aún hoy recordamos muchos de sus ajustes, a cuya destreza pocas personas se acercan.  Cuando se aproximaba a ti parecía como si se detuviera el tiempo y durante los segundos o minutos necesarios te entregaba su atención plena aunque hubiera otras treinta personas en la clase.  Tuve ocasión de conocerlo desde dos ángulos muy diferentes: primero como alumno suyo y luego, durante seis años, como su ayudante, y siempre mostró una faceta cauta pero alegre, abierta y desprendida, dispuesto a ayudar a la gente y a enseñarnos todo lo que sabía, técnicas, criterios y ajustes sin guardarse recetas secretas.  Otra gran característica de Borja era la capacidad de ser flexible como un junco con las personas, siempre eludiendo juicios y enfrentamientos.  Sé de algunos alumnos conflictivos que, tras liarla parda en varias escuelas, tuvieron vetado el acceso.  Con Borja también la liaron parda, pero el rencor no es algo que tenga cabida en él, y una y otra vez esos alumnos conflictivos regresaban y Borja de nuevo les abría la puerta con una sonrisa sincera.

Y por último, por supuesto, hay que hablar también de Sharath Jois, Sharathji, paramagurú de Ashtanga Yoga y nieto de K. Pattabhi Jois.  En pocas semanas pondremos rumbo hacia la India para situarnos a sus pies una vez más.  Sharathji estuvo al lado de su abuelo desde 1989 hasta su deceso en el 2009 convirtiéndose en el sucesor natural al frente del Instituto de Ashtanga Yoga que fundara Pattabhi Jois en 1948.  Inevitablemente criticado y puesto en tela de juicio por algunos, para una gran mayoría de la comunidad internacional de Ashtanga Yoga, Sharathji es la máxima autoridad de esta tradición como su paramagurú, la fuente actual del parampara o linaje de conocimientos transmitidos de generación en generación.  Borja Romero-Valdespino, José Carballal, Peter Sanson y nosotros mismos somos las ramas de un árbol en cuyo tronco se sitúa Sharathji, que preserva el legado de su abuelo, quien a su vez preservó el legado de Krishnamacharya y a su vez preservó el de Ramamohan Brahmachari.  Aparte de este importante papel, Sharathji es un excelente profesor que predica con el ejemplo: practicante comprometido, maestro experimentado dotado de una sabiduría, técnica y sensibilidad extraordinarias que lo hacen capaz de enseñar tanto a un principiante atascado en los marichyasanas como a un veterano de la cuarta serie.  La conversión de Ashtanga Yoga a un fenómeno mundial ha situado una gran responsabilidad sobre sus espaldas pero él ha sabido estar a la altura y granjearse el respeto de toda la comunidad.  Las últimas palabras de esta entrada del blog serán precisamente suyas, su reflexión acerca de la importancia del profesor de yoga.  Debo decir que este texto con fecha de enero del 2017 publicado en la página web Sonima, ha sido la fuente de inspiración de toda la entrada:

Sharath Jois sobre la importancia de tener un profesor.

Cuando enseño en Mysore, India, veo a alrededor de dos mil estudiantes a lo largo de seis meses.  Durante las giras, veo al doble de esa cantidad de gente por todo el mundo.  Y no sólo vienen antiguos estudiantes.  Hay muchos nuevos estudiantes que nunca han experimentado el yoga.  Corrijo sus asanas y les ayudo a construir una base.  Animo a estos estudiantes a que se interesen en el yoga.  No son sólo dos horas de práctica sobre tu esterilla.  Es el modo en que vives, la manera en que te comportas en el día a día.  Ashtanga Yoga es un modo de vida.  Sin una estructura y unos cimientos sólidos el edificio no se mantendrá en pie.

En el yoga, es sumamente importante tener un gurú que te guíe.  Es como cuando un bebé aprende a caminar.  Al bebé se le anima a que dé un paso adelante.  Si se cae, alguien está allí para levantarlo.  Después de que el bebé ha aprendido a caminar, el acto en sí se traslada a un segundo plano y ya no requiere el mismo apoyo.  En el caso del yoga también necesitamos al principio que nos animen a dar los primeros pasos.  Cuando los estudiantes antiguos y los nuevos practican juntos, se inspiran el uno al otro.  Más adelante, en los niveles elevados de yoga, no precisas ánimo.  Como el caminar, surge de forma natural.

La yoga sadhana, no obstante, es una cuestión individual.  Únicamente a través de tu propio esfuerzo, educación y aprendizaje que te situarás en la dirección correcta.  Al mismo tiempo, necesitas guía.  Un gurú proporciona a los estudiantes una perspectiva más amplia sobre el yoga.  La gente se esfuerza en saber lo que no saben.  Se afanan en saber qué es el yoga; qué es la espiritualidad, cuál es el significado de esto; cuál es el propósito de hacer aquello...  Todos intentamos responder preguntas.  ¿Cuál es el sentido de esta vida?  ¿Cuál es el objetivo de la espiritualidad?  ¿Cómo podemos tener éxito, como podemos lograr vivir mejor en el tiempo que nos queda en este mundo?

Tenemos que encontrar la manera de ir más adentro, profundizar en la práctica.  No tenemos que quedarnos atascados en un grupo de personas que simplemente hablan sobre asanas e intentan explicar cómo hacer el pino y cómo hacer los puentes.  Ese conocimiento es muy limitado y de escasa importancia.  Lo que necesitas saber es cómo prepararte para acceder al conocimiento superior.  En esto consiste la práctica de yoga.  Yoga es sólo una idea, como la consciencia y la consciencia superior.  También es como una herramienta.  Un gurú proporciona herramientas a los estudiantes.  Un gurú les muestra cómo emplearlas para descubrir esta luz brillante, que se denomina nana.  El asana es sólo parte de ella.  Tenemos que juntarnos y practicar para ir en esta dirección.  Si los estudiantes no saben cómo utilizar las herramientas, es un desastre.

El conocimiento sólo se puede transmitir a través de un gurú, de tu profesor.  Mucha gente sube a Youtube vídeos de yoga, pero no conectan con las personas.  Todos quieren copiarse los unos a los otros.  Mucha gente quiere escribir un libro hoy día.  Copian párrafos de otros libros y los pegan en su propio libro.  Copian y pegan, eso es todo.  La gente vive una vida de copia y pega.  No hay ninguna experiencia en ello.  Quieren copiar la vida de otra persona que les parece mejor y pegarla en su propia vida.  Miran vídeos para ver cómo hacer asana, pero no experimentan la enseñanza o la energía de su gurú.  No experimentan la vida real.  Si no fluye la energía a través de tu gurú, no existe conexión.  Muchas cosas se han perdido.  Muchas cosas se han diluido.  Sin esto, no llegarás a experimentar el yoga verdadero.

Durante mis giras, intento proporcionar a los estudiantes la perspectiva de una práctica auténtica de la manera que yo la entiendo.  Trato de presentarla de mi propio modo.  Es importante incluso si sólo ayuda a unos pocos de ellos a que se interesen en el yoga y se sientan animados a saber de qué va esta práctica.  Tengo la esperanza de que todo el mundo tenga la oportunidad de experimentar el verdadero yoga.

sábado, 30 de junio de 2018

La comunidad de yoga como bastón ante las dificultades.

Peter Sanson en Bilbao, una ocasión muy especial.

Hace una semana que concluyó el primer workshop de Peter Sanson en Bilbao.  Su visita atrajo a muchas personas de distintos lugares y culturas y, desde el jueves 21 de junio hasta el domingo 24, las mañanas en Ashtanga Yoga Bilbao tuvieron un sabor especial.  Una estudiante local me comentó estos días que "parecía como si no fuera Bilbao" debido al especial ambiente que se respiraba, con un profesor neozelandés al frente de las clases y un variado crisol de practicantes llegados desde Holanda hasta Canarias sobre sus esterillas.

Personalmente nos sentimos muy satisfechos por haber podido reproducir en Bilbao la experiencia de la que habíamos disfrutado en Madrid durante tantos años.  ¡Cómo imaginar allá por el 2007, cuando estuvimos con Peter por primera vez, que Ashtanga Yoga Bilbao siquiera existiría y que a través de Ashtanga Yoga Bilbao Peter acabaría viniendo a nuestra ciudad!  La gente venida de fuera ya lo conocía y puede decirse que para ellos era una apuesta segura, pero para la gente de Bilbao este workshop suponía una primera toma de contacto y ha sido muy interesante observar cómo Peter se desenvolvía con un grupo de gente nueva y las reacciones que su enseñanza suscitaba.  Aunque a ratos categórico y expeditivo, no nos cabe duda de que Bilbao ha conocido al genuino Peter y sinceramente, y a falta de una encuesta mejor que los comentarios que han llegado hasta nuestros oídos, creemos que a la gente le ha encantado.

Su peculiar personalidad, su manera de conducir la clase, tan india, como si el espíritu de Pattabhi Jois lo poseyera, y por supuesto el bagaje que destila por todos sus poros de más de treinta años de dedicación exclusiva a este sistema de yoga, son ya de por sí motivo suficiente para que merezca la pena conocerlo.  Sin embargo, cuatro días con Peter Sanson tampoco van a poner tu práctica patas arriba.  Quizás te aporte algún consejo, te dé alguna pauta que te ayude a enfocar la práctica desde un punto de vista menos rígido, más respetuoso, te haga algún ajuste que te haga ver el lado posible de que lo que parecía imposible o te enseñe a hacer una nueva postura que no habías hecho todavía.  En realidad, tu práctica, y sobre todo si ya tienes un profesor que te guíe, la has establecido tú mismo con tu compromiso y entrega y ni él ni nadie van a hacerla por ti.  Si estuviste en el taller tal vez no hayas caído en la cuenta por ti misma pero, como una chica de Singapur que vino al workshop me comentó el último día muy acertadamente, una de las cosas que sin duda aportan esta clase de talleres es el valioso sentido de comunidad, algo intangible e incuantificable pero suficiente para ilusionarte y recargar tus pilas durante meses.

Peter durante la inspiradora charla del sábado 23 de junio.

Así que, a pesar de haber dedicado los anteriores párrafos a Peter Sanson, la entrada del día de hoy se va a centrar en la comunidad, elemento de carácter externo pero aun así de gran importancia en el viaje introspectivo que propone el yoga y al que ya las palabras de Sharath Jois aludían en la anterior entrada de este blog dedicada al papel que desempeñan las escuelas de yoga locales.  De hecho, esta entrada debería ser leída junto con la inmediatamente anterior y la siguiente, que si Dios quiere se publicará dentro de pocos días.

Si has practicado Ashtanga Yoga durante mucho tiempo es probable e incluso inevitable que alguna vez, caigas en el abatimiento.  En realidad, es un fenómeno de lo más común.  Hay quien se desanima nada más empezar: quizás no era esto lo suyo, no tuvieron sintonía con el estilo, el profesor o el sitio, no pudieron integrar la nueva rutina en su día a día o, simplemente, les faltaron las ganas o el tiempo.  Las personas que comenzaron la práctica por cuestiones físicas son también proclives a aburrirse en el medio plazo, en cuanto sienten que se han atascado, que no progresan en las asanas, que se suceden los meses y no aprenden nada nuevo.  Los que hemos practicado y hemos visto a muchos otros hacerlo durante largo tiempo a menudo denominamos a ese punto de la práctica "la meseta".  La gente al principio aprende muchas cosas nuevas, experimenta muchos cambios y se emociona.  Resulta muy interesante observar el progreso de algunos principiantes que, en algunas semanas o escasos meses mejoran notoriamente en fuerza, resistencia y flexibilidad y acuden a clase con gran entusiasmo.  Desde el punto de vista físico se trata de una época dorada para los recién llegados a Ashtanga Yoga: el tramo en el que suben y suben y parece que nunca dejarán de subir.  La práctica de Ashtanga Yoga, no obstante, siempre tiene reservados nuevos y mayores retos, y al cabo del tiempo todos se acaban chocando contra "el muro" en el que se revelan sus límites.  Se trata de ese dilatado momento de la práctica, esa "meseta" en la que dejas de aprender cosas nuevas y el progreso físico se atasca o no es tan perceptible a corto plazo.  Si la persona no es capaz de centrarse en el trabajo sutil interno, enfocar su atención y mirada, emparejar los movimientos con su respiración larga y estable, atender las ligeras contracciones de su musculatura y se obsesiona con los progresos de su cuerpo, la frustración, el abatimiento y el posterior abandono de la práctica están garantizados, porque no cabe duda de que el deseo y la ambición siempre irán más rápido que el cuerpo.  Como suelo decir a los estudiantes de Ashtanga Yoga Bilbao: "las flores se abren cuando llega la primavera, no cuando al jardinero lo desea".  

Sesión estilo Mysore en Ashtanga Yoga Bilbao: práctica en comunidad. 

En el caso de los practicantes a largo plazo, de años, y por muy apasionados que sean, el desánimo por la práctica es algo que acaba surgiendo de forma prácticamente ineludible tarde o temprano.  A veces concurren factores externos: una lesión, una enfermedad, un cambio de trabajo, la llegada de un hijo, una mudanza, un parón vacacional, un problema familiar, una crisis afectiva o cualquier otro evento que modifica el status quo con que se contaba y que provoca que la práctica que antes ilusionaba y salía de forma natural ahora se sienta cuesta arriba.

Las circunstancias de la vida a menudo cambian y las nuevas preocupaciones pueden hacer que la mente esté a otras cosas e invite a dejar de lado la práctica de yoga justo en el momento en que más necesaria se hace.  Porque el yoga no es un método para acompañar al ser humano sólo cuando el mar está el calma y el viento sopla de popa, sino una herramienta diseñada precisamente para paliar las causas de nuestro sufrimiento y enseñarnos a enfocar hacia dentro los tormentosos vaivenes de nuestra mente que constantemente distraen nuestra atención hacia fuera.  Los cambios y reveses de la vida han de ser vistos como una oportunidad para crecer.  Al fin y al cabo, nuestra naturaleza externa es mutable y el yoga es un viaje interno que nos dirige hacia la búsqueda de una estabilidad, de una luz tranquila que mora en nuestro interior más allá de las zozobras externas y en la que hallaremos paz. ¿Siempre nos saldrán bien las cosas, siempre nos mantendremos jóvenes y hermosos, siempre brillará el sol del verano?  Evidentemente no, y si al primer revés que nos pone las cosas difíciles arrojamos la toalla entonces, desafortunadamente, no hemos entendido de qué iba esto.  Porque una parte importante, crucial, del proceso del yoga consiste en aprender a continuar el camino a pesar de los obstáculos, saber remar con el viento en contra y no limitarse a dejarse llevar por la corriente y, si ésta te lleva a encallar en la orilla, apearse del barco y a otra cosa mariposa.

Otras veces, en cambio, el desánimo no aparenta tener una causa externa.  Todo en nuestra vida se encuentra bien pero, no sabemos porqué, no nos apetece desenrollar la esterilla.  Quizás lo hagamos merced a nuestra inquebrantable fuerza de voluntad, a una disciplina cultivada durante largo tiempo, pero según avanzamos en nuestra rutina nos vamos desinflando y acabamos deseando terminar cuanto antes e irnos a desayunar, esperando que al día siguiente todo irá mejor.  Pero cuando al día siguiente, y al otro, y al de más allá, ocurre lo mismo, entonces sabemos que algo pasa.  Estamos en crisis, y sólo encontramos un nombre para describirla: abatimiento.

Momentos de la charla de Peter.

En el sutra número treinta del primer capítulo de sus Yoga Sutras, Patanjali enumera los obstáculos que pueden surgir en la práctica de yoga distrayendo al aspirante y entre ellos se cita precisamente el desánimo, abatimiento o alasya:


vyadhi styana samshaya pramada alasya avirati bhranti-darshana alabdha-bhumikatva anavasthitatva chitta vikshepa te antarayah (YS 1:30)


(Los obstáculos son los siguientes: enfermedad, estancamiento, duda, descuido, desánimo, deseo, falsa percepción, sensación de fracaso, inestabilidad y distracción.)  

Los cuales, si se asientan, tienen graves consecuencias en nuestra vida diaria:

duhkha daurmanasya angam-ejayatva shvasa prashvasah vikshepa sahabhuva (YS 1:31)

(De ellos resultan sufrimiento físico y mental, tristeza o angustia, respiración irregular y desvío del objetivo.)

Es decir, Patanjali predice que en el camino del yoga uno ha de esperar encontrarse con dificultades tales como el aburrimiento, la frustración, el desencanto y la sensación de que no se logra avanzar.  No hay nada malo en ello: son baches predecibles del sendero espiritual y todos los buscadores que te han precedido, hasta el mismo Patanjali, se han topado con ellos.  Tan sólo si los obstáculos se asientan, si tu atención no puede despegarse de ellos, te arrastrarán consigo.

Ahora viene la gran pregunta: ¿cómo podemos sacudirnos de encima los obstáculos y sus consecuencias, que alejan de nuestra mano la llave a la libertad?  En el siguiente sutra Patanjali da su respuesta:

tat pratisedha artham eka tattva abhyasah (YS 1:32)

(Para evitar estos, entrena tu mente para que se enfoque en un único principio)

A continuación Patanjali enumera una panoplia de principios o métodos que harán posible concentrar la mente y sacudirse de encima las dificultades, desde la contemplación de la sílaba sagrada OM (YS 1:29) hasta la práctica de pranayama (YS 1:34) y varios tipos de meditación (YS 1:33, 1:35, 1:36, 1:37, 1:38, 1:39) accesibles sólo para los estudiantes avanzados capaces de doblegar su mente desde la mente.  Posteriormente, a lo largo de todo el segundo capítulo de sus Yoga Sutras Patanjali establecerá el Kriya Yoga de tres pasos (YS 2:1) y el famoso Ashtanga Yoga de ocho (YS 2:29) para aquellos hatha yoguis desgraciados tal que nosotros que adolecemos de una mente distraída proclive a dejarse arrastrar por los obstáculos y aspiramos a acceder al dominio de lo interno mediante aproximaciones indirectas externas.

La solución, por tanto, reside en nuestra práctica, que ha de estar correctamente orientada y que debe estar erigida firmemente sobre los cimientos de la disciplina o abhyasa y el desapego a los resultados o vairagya (YS 1:12, 1:13, 1:14, 1:15).   Sólo así tendremos a nuestro alcance la posibilidad de una mente sin perturbaciones, tranquila y estable.

Momentos de la charla de Peter.

Conviene favorecer todo aquello que haga más fácil la práctica.  Con el paso de tiempo la gente, de forma natural, tiende a cambiar sus hábitos alimenticios, de sueño y también sus intereses y compañías.  Todo eso es muy importante, pero también resulta de gran ayuda tener a tu disposición un sitio en el que practicar, un maestro del que aprender y, finalmente, la integración en una comunidad de personas que, como tú, se encuentren en pleno proceso de búsqueda.

Tal vez pueda parecer un contrasentido: ¿para qué tenemos que facilitar las circunstancias del exterior y tener en cuenta a terceras personas?, ¿no es esto acaso un problema de interiorización, una cuestión individual?  Sí pero no.  Recordemos que no somos sabios iluminados, sino buscadores y que, como tales, caminamos por el sendero y no atisbamos su final.  Nuestra mente se distrae y retorna, se distrae y retorna una y otra vez, acertamos y fallamos, nos caemos y nos levantamos.  Estamos en un continuo vaivén y distamos mucho del final del camino, por lo que la guía del maestro y el apoyo de un entorno en el que converjan las condiciones adecuadas resultan necesarios, sino imprescindibles.

Ashtanga Yoga Bilbao nació precisamente con el propósito de crear comunidad.  Nuestra intención era ofrecerle a Bilbao un entorno en el que se favoreciera el proceso de transformación.  Por nuestra parte pusimos el espacio y nuestra experiencia, habilidad y esfuerzo como profesores; en manos de los bilbaínos y bilbaínas quedaba el resto.  Entre todos, casi tres años después, hemos creado una hermosa comunidad que nos interconecta y sirve a todos de apoyo.

En un workshop como el Peter Sanson se percibe claramente este sentido de comunidad: coinciden personas de la escuela local, algunas de las cuales se conocen entre ellas, y gente de fuera que nunca ha estado en la ciudad y tal vez procede de otra cultura.  Y sin embargo, sobre la esterilla todos somos iguales y hablamos el mismo idioma; aunque no sepas ni cómo se llaman, las personas a tu lado, durante dos horas, se convierten en tus compañeros y, al terminar la práctica, sin haberos presentado, ya se puede decir que os conocéis.  Al compartir la práctica con otras personas durante semanas, meses y años, puedes percibir tus propias dificultades en otros y las suyas en ti.  No necesitáis hablar de política, trabajo ni fútbol; la práctica os ha convertido en compañeros.

Detrás de los viajes a Mysore hay también mucho de esto: en Mysore, como en ningún otro rincón del mundo, confluyen personas de todo pelaje que se han trasladado hasta allí con un único propósito y a los que a menudo ves un año tras otro.  Mysore es el punto de conexión con la comunidad internacional de Ashtanga Yoga y el sitio al que muchos acudimos para reforzar y "refrescar" nuestro compromiso con la práctica, que cuando te has convertido en un lobo solitario a veces se puede poner muy cuesta arriba.  También, cuando los practicantes matutinos de Ashtanga Yoga Bilbao observáis que Nines o yo estamos practicando entre vosotros, también estamos haciendo comunidad, sumergiéndonos en ella, aportando nuestra propia energía y bebiendo de la del conjunto.

Hace unos meses encontré una interesante entrevista a Tim Feldmann, profesor de Ashtanga Yoga en Miami en la que se trataba precisamente este aspecto de la práctica: la comunidad.  Me pareció tan interesante que lo guardé a la espera de que surgiera la oportunidad de traducirlo e integrarlo en un texto.  No es mi intención aprovecharme de las palabras de otros y pongo aquí el enlace al texto original, que suscribo y comparto.  Tan sólo me he limitado a traducirlo al castellano y ordenar las preguntas y respuestas en forma de discurso:

Tim Feldmann.

Sangha, el término que se emplea en sánscrito para describir la comunidad, es un entorno de apoyo, un espacio de curación.  Se dice que en el camino espiritual hay cuatro pilares, cuatro principios que necesitarás para asegurarte el éxito en un reto que va más allá de conseguir fama y fortuna, para trascender el mundo material y cómodo.

Uno de los cuatro pilares es una comunidad de apoyo o un "sangha."  El éxito a largo plazo, no constreñido a un simple: "Hey, miradme, ¡también puedo hacer este asana!" requiere una comunidad en la que practicar puesto que dentro de ella es posible ver las cosas de un modo que no podrás hallar fácilmente si optas por recorrer esta jungla de la vida en solitario.

La comunidad es uno de los pilares.  Pero necesitas también empeñar un esfuerzo honesto, la pieza central de este rompecabezas: nuestra devoción y esfuerzo personal.  También necesitas un maestro que haya andado el camino y conozca los pros y los contras porque, sin él, te puedes perder por el camino muy fácilmente.  Finalmente necesitas que el tiempo haga su trabajo: permitir que las cosas se asienten, para que el zumo de uva se convierta en vino.

Así que estos son los cuatro pilares que conducen a un sendero espiritual de éxito: una práctica honesta, un maestro generoso, el efecto del tiempo y el apoyo de sangha, la comunidad.

Sin una comunidad, sin sangha, sin alguien con el que compartir nuestros altibajos, la práctica se puede volver muy solitaria y confusa.  Cuando tenemos un lugar al que acudir en busca de apoyo, entendimiento y aceptación, un lugar en que podamos mostrarnos vulnerables y débiles sin ser juzgados, crecemos con mayor facilidad.

Cuando participamos de una comunidad en la que encontramos comprensión, armonía y amor, voluntariamente nos despojamos de nuestra armadura protectora porque nos sentimos apoyados y comprendidos.  Todo esto debe de estar presente en un sangha, el apoyo ha de ser tangible.  Si te encuentras en un sangha en el que no se encuentran estas pepitas de oro, ¡encuentra otro!

Acudimos a un sangha cuando sentimos que necesitamos ayuda.  Necesitamos ayuda para cultivar algo en nuestro interior, más adentro de lo que el resto de la sociedad puede darnos, puede permitirnos.  Acudimos al sangha para cultivar estas semillas que revitalizan y después regresamos a la sociedad para difundirlas por todas partes y entregárselas a todo el mundo.

Peter Sanson en el sangha de Ashtanga Yoga Bilbao.

Cuando practicamos por nuestra cuenta resulta difícil definir si de hecho estamos progresando en absoluto o si nos estamos hundiendo todavía más profundo en el hoyo de nuestros hábitos.

Se suele decir que "el progreso la mayoría de las veces no parece progreso," así que a menudo necesitamos un grupo de control honesto con el que trabajar que nos ayude a no perder nuestro rumbo.  Un maestro y una comunidad, junto con una profunda investigación de los textos que describen los cimientos de nuestra práctica, unidos conforman una poderosa herramienta que asegura que nos dirigimos en una dirección útil y no en una masturbación somática o intelectual sin que nos demos cuenta.

Un sangha también es un lugar en el que se nos pide que seamos responsables y honestos respecto a quiénes somos.  Y, al mismo tiempo, que podamos encontrar el valor necesario para ser capaces de enfrentarnos a nosotros mismos. No sólo que seamos honestos con nosotros mismos, sino también con el resto de la sociedad.  Encontramos el apoyo de otros mientras atravesamos ese proceso.

Es el proceso de la autorealización.  Confrontamos las cosas buenas y las cosas malas.  Admitimos a partes iguales el apoyo y el desafío.  Más allá de la propia práctica de yoga, el sangha es un lugar donde podemos tener una segunda oportunidad, donde podemos llegar a perdonarnos a nosotros mismos y a la gente que amamos.  Tenemos una segunda oportunidad para perseguir las partes sutiles y poéticas de nosotros mismos para las que no siempre hay espacio en nuestro día a día ni en la sociedad en general.

Cuando todo va bien, practico felizmente en casa.  Cuando me encuentro un poco perezoso o menos motivado para meter y sacar mi cuerpo de esas asanas, cuando la práctica se siente conflictiva más que confortable, es en ese momento cuando voy a practicar con mi comunidad.  Encuentro energía en mis compañeros de práctica y una razón para estar sobre mi esterilla.  Esto es una buena razón para muchos.

Cada año voy a la India por la misma razón, para someterme al profundo conocimiento que va más allá de la comodidad o de mi estado de ser preferido en ese momento, tal que, "Oh, me gustaría dormir un poco más," o "Creo que haré la primera serie otra vez hoy porque mi cuerpo está rígido."  Cuando voy y sitúo mi cuerpo bajo un profesor, cuando me someto de esa manera, obtengo el extraño regalo de perderme, de escapar de mí mismo y de mis pequeñas manías y preocupaciones.  Soy muy vergonzoso, y allí he de ser simplemente cualquier cosa que los momentos me traen y no aquello en lo que esté pensando.

Supongo que se puede decir que el sangha, como el yoga, me ayuda a trascender más allá de mí.  Obtengo un momento de paz simplemente por estar conmigo.  Para mí, no hay nada más que preferiría tener en este mundo.

Otro momento estilo Mysore en Ashtanga Yoga Bilbao.  De pie, un servidor "cazado" por la fotógrafa.

El intercambio y la felicidad que ocurren en el interior de un sangha también ayudan a sobrellevar las inevitables dificultades de la vida.  Es posible ser vulnerable.  Es posible conectar con todas las facetas de nosotros mismos, conectarnos con los demás y por lo tanto conectarnos con la sociedad y, al hacerlo, comenzar a reconstruir nuestras conexiones con el mundo.

Hay un chiste que dice así: "¿Alguna vez has tenido la sensación de que el mundo es un esmoquin negro y que tú eres un par de zapatos marrones?"  Aunque no te conozca personalmente, ¿no nos sentimos todos así a veces?  Un sangha es un lugar que nos permite aceptar ese dolor tan profundamente enraizado y saldar cuentas con él.  Así que acudimos a practicar, con la práctica definida como una acción o actividad que conduce a una transformación positiva.  

Logramos conocernos y entendernos.  Gradualmente reconstruimos una conexión con nosotros mismos y con todos los que nos rodean.  Y cuando eso comienza a echar raíces, cuando comenzamos a experimentar y reafirmarnos sobre nuestro lecho de roca particular, inevitablemente creamos mayor facilidad, placer y utilidad con cualquiera que nos encontremos.  Lo sentimos.  Ellos lo sienten.  Comenzamos a tener relaciones más satisfactorias.

Todo aquello que extraemos de nuestro sangha y lo llevamos a la sociedad comienza a curar la sociedad.  Vamos más allá y comenzamos a trabajar en la reconstrucción de lo que se ha perdido y se echa en falta en la sociedad.  Y todo comienza desde la práctica, con el compromiso hacia esa acción o esfuerzo que planta la semilla para el crecimiento y conocimiento internos.  Por supuesto, todo eso puede practicarse en cualquier lugar, pero un sangha está enfocado en crear un entorno congruente con la posibilidad de que todo esto suceda.  Así que nos beneficiamos cuando participamos o, como dicen los budistas, "Refúgiate en tu sangha."  Esto es de lo que va.

¿Qué habilidades debo reunir para ser parte de un sangha?  En primer lugar, no necesitas ninguna habilidad, simplemente acude.  El sangha está exactamente allí para ayudarnos a todos nosotros a cultivar esa ardiente manera de vivir.  En segundo lugar, supongo que si de verdad deseas una experiencia completa y profundamente enriquecedora cuando estás con otras personas, entonces probablemente se aplique ese viejo dicho de que aquello que das es lo que recibes.

Diría que al entregarte por completo a la comunidad, al abrirte a la gente que está allí, al prestar ayuda y servicio a la gente a tu alrededor, entonces poco a poco comenzamos a sentir que el amor nos salpica.  El calor de ese fuego procedente del corazón retorna hacia nosotros de alguna manera. 

Pero, ¿qué es una buena manera de participar en un sangha, en la comunidad a tu elección?  Preséntate y muéstrate disponible a cualquiera que se te acerque o a cualquier cosa que acontezca sin juicios, limítate a experimentar.

Escucha más que habla.  Deja espacio a lo inesperado.  Cultiva una actitud proactiva para ser de ayuda.  Practica para la persona que está junto a ti.  Da voz a tus preocupaciones e intereses a la gente que está al frente.  Presta atención cuando sea apropiado.

Pero en primer lugar y sobre todo, simplemente ve.  Y si resulta sencillo, entonces sí, participa. 

miércoles, 13 de junio de 2018

Porqué una yoga shala no es un gimnasio, en palabras de Sharath Jois.

Amanecer desde Ashtanga Yoga Bilbao, un clásico de las mañanas estilo Mysore en nuestra escuela.

Se acerca el solsticio, la época estival y un nuevo final de temporada.  En Ashtanga Yoga Bilbao un año más hemos ofrecido un espacio para la práctica de Ashtanga Yoga tradicional con cuatro días de clases estilo Mysore y dos de clases guiadas, supliendo el vacío de que nuestra ciudad adolecía mientras en el resto del mundo esta maravillosa práctica proliferaba por doquier.

Centenares de personas han tenido la oportunidad de conocer con nosotros el método de Ashtanga Yoga; algunas han pasado de puntillas y otras lo han abrazado con entusiasmo para convertirlo, quizás, en un viaje de por vida.  Todas ellas, les haya calado o no, han podido saborear el espíritu y la idiosincrasia de la pequeña yoga shala que Pattabhi Jois mantuviera en Mysore durante más de medio siglo, primero en el obscuro anonimato y después en el boom de la popularidad, y que su nieto Sharath Jois ha sabido preservar hasta la actualidad, una década después del fallecimiento de Guruji.

De hecho, puede decirse que todas las escuelas tradicionales de Ashtanga Yoga sin excepción, aunque con los matices propios de nuestra individualidad, tratamos de recrear el mismo ambiente y método de enseñanza de la genuina yoga shala de Mysore.  El silencio roto sólo por la respiración neumática, cuerpos sudorosos moviéndose a través de las asanas en secuencias distintas individualizadas, principiantes al lado de veteranos, gente que termina y otros que entran, un retrato de Guruji, velas encendidas... la sensación, el latido de una sesión estilo Mysore es inconfundible y un practicante habitual de Ashtanga Yoga que haya aprendido el método tradicional, y pese a que nunca haya estado en persona en Mysore con Guruji o Sharathji, en seguida sabrá reconocerlo en otra escuela aunque se encuentre a diez mil kilómetros de su casa.

En este mismo blog se ha escrito largo y tendido acerca de que una escuela de Ashtanga Yoga es mucho más que un espacio en el que se permite que tenga lugar la práctica estilo Mysore bajo la supervisión de un maestro que observa, corrige, empuja y ajusta pero, desafortunadamente, no faltan detractores que suelen criticar que esto no es yoga, sino apenas un tipo de gimnasia.  Eso de que no se guíen meditaciones y la gente se dedique a practicar por su cuenta ejercicios acrobáticos no tiene nada que ver, afirman, con el yoga como método de desarrollo interior, así que una clase de Ashtanga Yoga y una sesión de aeróbic o body pump en un gimnasio son esencialmente lo mismo: ejercicio físico.

Hace unas pocas semanas parece que Sharath Jois se vio en la necesidad de reflexionar precisamente en torno a esta cuestión: el valioso papel que desempeñan las shalas de yoga en su comunidad local y cuán diferentes son respecto a un gimnasio adonde la gente acude para ejercitarse.  De nuevo, ha escogido la página web Sonima para publicar una reflexión con la que nos sentimos plenamente identificados.  Aquí tenéis la traducción:

Sharath Jois durante una clase guiada en su tour 2018 por los Estados Unidos. 

Resulta muy importante establecer una conexión con una shala de yoga local.  Por un lado, una shala te motiva.  Ves a otras personas practicando y te apetece practicar.  Cuando los estudiantes practican en casa, en especial los principiantes, es fácil que se distraigan o sufran interrupciones.  Pero en una shala el profesor ha creado un espacio para practicar con cierta energía.  El profesor guía al estudiante y da inicio a la valiosa relación profesor-estudiante.

La relación maestro-estudiante está bien definida en los textos antiguos de la India y, a menudo, antes de que iniciemos ningún aprendizaje, cantamos el siguiente mantra que se encuentra en los Upanishads:

Om shana vavatu, sahanau bhunaktu
Sahaa veeryam karavaa vahai
Tejasvi naa vadhee tamastu maa vidvishaa vahai
Om Shaanti Shaanti Saantihi

Traducción:

Quiera protegernos a todos (maestro y estudiante).
Quiera nutrirnos a los dos.
Que trabajemos juntos con gran energía.
Que nuestro estudio sea iluminador y fructífero.
Que no caigamos en enfrentamientos.
Om Paz, Paz, Paz.

Sahana significa juntos y, en este canto, pedimos que el profesor, junto con el estudiante, mantengan cierta calma o tolerancia entre sí.  Después de muchos años de práctica y sadhana, el profesor ha adquirido cierto conocimiento, y para que un estudiante adquiera ese conocimiento es muy importante que esté involucrado.  Es tan simple como si el profesor ofrece servicios a la comunidad, entonces su estudiante debería tratar de ayudarle en su empeño.  Esta comprensión mutua, apoyo y tolerancia deben de estar ahí para que el conocimiento cambie de manos.

Aunque hacemos asanas físicas en una yoga shala, es muy distinto a hacer ejercicios en un gimnasio.  En los gimnasios, pagas dinero, te ejercitas y no hay ninguna conexión.  No ocurre lo mismo con el yoga.  El yoga implica que hay una conexión entre el estudiante y el profesor.  En una shala, el profesor supervisa tu práctica y las posturas en las que necesitas ayuda; los estudiantes también aprenden de otros estudiantes.  Quizás sean más avanzados que tú, más enfocados o más disciplinados, pero juntos, con el profesor, todos crean una buena energía con la que practicáis en la shala.

Sesión Mysore en Ashtanga Yoga Bilbao.

En muchos aspectos, una yoga shala no es muy distinta de un templo o un lugar de adoración al que acudimos para estar conectados, alejarnos de las cosas materiales y dedicar nuestros esfuerzos a una práctica.  En los templos e iglesias, los sacerdotes han entregado sus vidas a la espiritualidad.  Se levantan temprano cada día para realizar pujas y desarrollan cierto tipo de ambiente que los fieles perciben nada más entrar.  En este lugar sagrado la gente puede olvidar sus problemas de casa, del trabajo y de su vida social.  Pueden ser ellos mismos y sentirse más cerca de lo divino.  Puedes rezar en casa, pero es más fuerte cuando vas a un templo.  Con el yoga es parecido.

Con un buen profesor podemos entregarnos al aprendizaje y una energía positiva fluye hacia nosotros.  Cuando digo entregar, quiero decir que los estudiantes han de estar abiertos a las enseñanzas, si no te bloquearás.  Sin una agenda, sin plazos, deberías tratar de aprender de un profesor.  Si un estudiante cree que lo sabe todo, o más que el profesor, entonces la energía no fluirá desde el profesor al estudiante.  Yoga es un camino de búsqueda, buscar y aprender cosas nuevas todo el tiempo.  La cuestión no es llegar a decir: "Yo lo sé todo."  De hecho, el "yo" debería borrarse del yoga.  Si tú eres este tipo de persona, entonces tu ego bloqueará tu progreso espiritual.

Una de las primeras maneras en que la gente experimenta el cambio es siguiendo disciplinas simples.  El yoga no es dominado por una interpretación, sino que para experimentar el verdadero yoga hay unos principios yóguicos básicos, o disciplinas, que se encuentran a lo largo de los grandes cuerpos de textos védicos que la gente debería seguir.

Una shala que reúne ciertas disciplinas, o principios, ayuda a que surja la disciplina en tu interior.  Un ejemplo muy básico es cuando acudes a una shala para la práctica diaria, tendrás una franja horaria o una ventana de tiempo para empezar y terminar la práctica.  Digamos que tu hora es las 07:00 de la mañana.  De modo que te levantas a las 06:00 y te tomas un baño.  Comienzas a tener cuidado con lo que comes la noche anterior y cuándo comes.  El yoga se convierte en algo más que simplemente doblar el cuerpo.  Tu salud general comienza a mejorar porque tu vida se ha imbuido de principios.  Sucede lentamente a lo largo del tiempo, pero son estas disciplinas las que te guiarán en tu viaje espiritual.

Mucha gente va a ashrams para ayudar a adoptar disciplina y escuchar conferencias, o satsangs, de un swami o guía espiritual.  Acuden a recibir buenos pensamientos y, cuando obtienes buenos pensamientos, tus acciones serán buenas también.  A este respecto, una shala es también como un ashram.  Los profesores en los ashrams han dedicado sus vidas a la práctica.  Se levantan muy temprano y ofrecen su dedicación a sus estudiantes.  Quieren que sus estudiantes experimenten los beneficios que ellos mismos han experimentado.

Cuando encuentras el ambiente de yoga correcto, te atrae.  Automáticamente, tu mente, cuerpo y alma quiere regresar a la práctica.  La manera en que se cultiva el espacio depende del profesor; si hay chismorreos y se habla de tonterías, entonces se manifestará ese tipo de cultura y habrá escasa transformación.  Si un profesor crea un ambiente espiritual con charlas y pensamientos espirituales, entonces la mente del estudiante se transformará en muchos aspectos.  Todo esto no ocurre cuando uno se queda solo sentado en casa.

lunes, 21 de mayo de 2018

¡Volvemos a Mysore! Y Sharath Jois explica porqué.

¡Ashtanga Yoga Bilbao vuelve a la India!  Nines y Fernando en Mysore en diciembre del 2016.

En lo que no podemos dejar de considerar un curioso giro del destino, este mes de agosto pasaremos nuestras vacaciones en Mysore practicando con Sharath Jois.

Este año Sharath no inició su temporada de enseñanza en octubre, como solía ser habitual.  Tan sólo se dedicó a anunciar una serie de tours en diferentes fechas por Asia, Europa y América.  Hubo muchos rumores al respecto: problemas de salud, personales, etcétera.  

De pronto, en el mes de octubre, Sharath anunció que enseñaría en Mysore los meses de diciembre y enero.  Se abrió un plazo de inscripción y Nines y yo pensamos en apuntarnos: yo iría en diciembre y ella en enero, coincidiendo juntos durante las vacaciones de Navidad.  Sin embargo, no sería posible.  Sharath sólo quería que se apuntara gente dispuesta a estudiar con él los dos meses enteros, no meses sueltos.  Con tan escaso margen de maniobra y obligados a atender nuestra propia escuela, decidimos no enviar la solicitud.

Muchos amigos fueron a Mysore en lo que se pensaba sería la única oportunidad que habría esta temporada para aprender con Sharath.  No obstante, en marzo hubo otra gran sorpresa: Sharath volvería a enseñar en Mysore durante los meses de junio, julio y agosto.  Y esta vez, sí, permitiría apuntarse meses sueltos, además de dos -no tres- meses seguidos.

Las personas que habían estado en Mysore en los meses de diciembre y enero no podían regresar en verano.  Sin duda, era una gran oportunidad para aparcar el mal fario que habíamos tenido en las últimas temporadas.  En efecto, aunque Nines fue aceptada en enero del 2017, yo fui rechazado sucesivamente en diciembre del 2015, verano del 2016 y diciembre del 2016.

Desgraciadamente, no podíamos permitirnos ir a Mysore en el mes de junio, cuando sin duda habría más probabilidades de ser aceptados por ser el primero de la nueva "temporada" veraniega.  El primer taller de Peter Sanson en Ashtanga Yoga Bilbao entre el 21 y el 24 de junio, con el que estamos tremendamente ilusionados, era una de las poderosas razones que nos retenían en Bilbao.  Curiosamente, el propio Peter volaría a la India para practicar con Sharath en julio y agosto nada más concluir el workshop en Bilbao.  

¡Todavía quedan algunas pocas plazas!  Sigue el enlace si deseas apuntarte.

Así que nosotros resolvimos hacer lo mismo.  Nines prefería quedarse en Bilbao en julio e ir a la India sólo en agosto, mientras que yo iría los dos meses.  Al llegar el uno de abril hice la pertinente solicitud que, cosa rara, entró a la primera, y esperé pacientemente la respuesta.  Al cabo de un par de semanas, la recibí: no podría ir a Mysore en julio.  ¡El cuarto rechazo en tres años!  Pattabhi Jois solía hablar de lo difícil que le resultó a Krishnamacharya llegar hasta la residencia de su gurú Ramamohan Brahmacharya en los Himalayas recorriendo montañas y precipicios, y de lo fácil que lo teníamos ahora los yoguis modernos.  No contaba, en cambio, con esta nueva circunstancia moderna: ser rechazado por tu gurú a través de un ordenador sin siquiera tener la oportunidad ni de presentarte a su puerta ni de emprender el viaje siquiera.

De todas formas, el rechazo era previsible.  En junio habían sido aceptadas entre trescientas y cuatrocientas personas, muchas de las cuales se quedarían en Mysore durante dos meses.  En julio, por lo tanto, tan sólo estaban disponibles las plazas de las personas que únicamente podían quedarse el mes junio y que, podía intuirse, no serían demasiadas.  La gran oportunidad la brindaba el mes de agosto, cuando todos los que se iban a quedar tanto junio como julio tendrían que regresar a sus casas.

El primero de mayo -treinta de abril en la realidad local, aunque primero de abril en la India-, estábamos listos delante del ordenador, con todo preparado.  En cuanto apareció el formulario en la página web de Sharath rellenamos todos los campos, adjuntamos las fotografías y pulsamos el botón de envío.  En mi caso, me llevó menos de un minuto.  Pero, ¡oh sorpresa!  En muchas partes del mundo otras tantas personas estaban haciendo lo mismo que nosotros y, al igual que sucediera en anteriores ocasiones, el servidor se desplomó.  Las redes sociales bullían.  Nadie había podido enviar la solicitud.  Al cabo de tres cuartos de hora de intentos, resignados, nos fuimos a otra cosa, mariposa.  Aunque, cual chimpancé compulsivo, a cada rato comprobaba en el móvil el estado de la web.  "Servidor inalcanzable", "Base de datos caída" y otros mensajes similares me escupía la pantalla a la cara.  Pero, de pronto, al cabo de una hora u hora y media, la página web volvió a activarse y pude acceder al formulario.  Lo rellené a todo correr y, a continuación, hice lo mismo con la solicitud de Nines, que estaba demasiado harta como para volver a hacerlo ella misma.  ¡Las dos entraron!  Y al cabo de una semana, con pocos minutos de diferencia, recibimos la respuesta: ¡sí iríamos en agosto a Mysore!  ¡Y los dos juntos!

Ya tenemos cogidos los billetes de avión: volaremos a la India el 24 de julio y regresaremos el 4 de septiembre.  Las clases en Ashtanga Yoga Bilbao, lógicamente, se interrumpirán entre esas dos fechas.  Una de las víctimas colaterales será el taller de Sharath Jois en Madrid entre el 4 y el 8 de septiembre al que estábamos seguros de asistir.  Las nuevas circunstancias y nuestra fecha de regreso nos obligan a cambiar de opinión. Aunque nos dé algo de pena no poder participar al lado de un montón de amigos de toda España en el primer tour de nuestro maestro por estos lares, desde luego, preferimos mil veces estar un mes entero con Sharath en Mysore que hacer cinco clases guiadas con él en Madrid.   

Sharath Jois en Madrid.  ¡Todavía hay plazas!  Si quieres inscribirte, hazlo a través de este enlace.

Nines está acostumbrada, pero para mí va a ser la primera ocasión que practique con Sharath sólo durante un mes.  Hasta ahora siempre me había quedado en Mysore durante dos meses largos.  Aunque me pueda saber a poco, ha sido tan larga mi ausencia -más de tres años- que seguro me va a encantar.  Y más aún después de lo solitaria que ha sido mi práctica durante estos tres años.  Los cinco días que pasamos la semana pasada con Peter Sanson en Madrid han supuesto para mí el periodo más largo durante todo este tiempo en el que he practicado con un profesor.  La práctica de Nines se suele solapar con el comienzo de la clase de la mañana y tengo ocasión de ayudarla en la parte final de su práctica, pero para ella también será un momento muy especial este retorno a Mysore.  Hemos sido capaces de mantener nuestra sadhana, nuestra disciplina de práctica contra viento y marea durante estos tres años y lo hemos hecho con gusto, pero queremos saborear cada bocado de esta oportunidad que nos brinda la providencia.

¿Y qué sentido tiene regresar a Mysore una vez más?  En mi caso, después de este viaje ya habré pasado cerca de un año de mi vida en esa ciudad, la tercera en mi particular clasificación tras veinticinco más tres años en Bilbao y casi diez en Madrid.  Las motivaciones para volver a Mysore una y otra vez, dedicando a esa anodina ciudad -turísticamente hablando- del sur de la India tanto tiempo, tantas vacaciones, tanto esfuerzo y sacrificios y tanto dinero, son varias y contundentes, pero quizás sean dignas de otra entrada en este blog.  Hoy sólo he querido plasmar los acontecimientos que han hecho posible este emocionante y largamente esperado retorno.

Precisamente en el mes de marzo, cuando se supo que habría temporada en verano, se publicó un artículo en la página web Sonima con la rúbrica de Sharath Jois en el que abría su corazón y, entre otros interesantes puntos, daba respuesta a varias cuestiones que los mentideros habían alzado acompañadas de toda clase de rumores: por qué no había comenzado la habitual temporada de seis meses en octubre, por qué está organizando tantos tours y por qué había decidido volver a enseñar en verano.  He aquí sus palabras:



Cuando me encuentro en Mysore enseñando, estoy tan sumergido en la enseñanza que apenas tengo tiempo para mi propia práctica.  Cada año, siempre intento dedicar algunos meses a concentrarme en mi propia sadhana.  Esto es lo que estoy haciendo en la actualidad.  Me ayuda a refrescar mi práctica de yoga y mis enseñanzas así como mantener el equilibrio.

Por lo general, enseño de cinco a seis meses seguidos, pero esta pasada temporada quise tomarme un descanso para estar con mi familia y ayudar a mis hijos en su educación.  Muchos estudiantes me dijeron que los dos meses (diciembre y enero) habían pasado demasiado rápido.  Algunos lloraban cuando se iban.  No querían marcharse.  Querían quedarse y estudiar, pero tienen familia y trabajos a los que regresar.  Querían saber cuando se abriría la shala de nuevo para poder tomarse otras vacaciones y volver.  Pero una parte del yoga es vivir una vida equilibrada, estable, y no pasar demasiado tiempo lejos de casa.

Cuando los estudiantes vienen a Mysore, no tienen las habituales exigencias de su vida en casa.  Para muchos, es agradable acudir a la fuente y aprender.  En casa, tienen su trabajo y su familia y es difícil para ellos prestar una atención completa hacia su práctica de yoga.  En Mysore, si así lo escogen, pueden concentrarse por completo en el yoga.

Mysore es muy simple.  Nada es lujoso en Mysore.  No importante cómo de lujosa o compleja es tu vida en tu país, una vez vienes a Mysore y aprendes en la shala, todo es simple.  Las enseñanzas son simples, muy efectivas, pero simples.  La cuestión es experimentar tu práctica de yoga en un ambiente en el que te puedas relajar.

En Mysore, los estudiantes pasan tiempo juntos.  Aprenden yoga, practican juntos, van a visitar sitios y comen juntos.  Están aprendiendo, pero también disfrutan de su tiempo.  Todas estas cosas los rejuvenecen.  Ellos regresan a su país refrescados, pero siempre echan de menos esto.  En Mysore, se sienten parte de una familia.

Lo mismo ocurre cuando viajo para enseñar.  Cada año, recibo muchas peticiones para enseñar a estudiantes en sus ciudades.  He estado viajando durante muchos años enseñando yoga e intentando alcanzar todos los lugares que puedo.  No todo el mundo puede venir hasta la India para estudiar yoga así que cuando viajo procuro ofrecerles la experiencia de cómo es el auténtico yoga en Mysore.  He ido a lugares en los que no había Ashtanga Yoga, donde los estudiantes nunca habían experimentado el auténtico yoga que enseñamos en Mysore.  Siempre intento animarles a que aprendan más.  La energía es muy buena cuando los estudiantes me visitan en las giras y están deseosos por aprender.  Quizás algún día visiten Mysore, pero hasta entonces intentaré ir hasta ellos.

De muchas maneras, viajar me recarga.  Tanto si estoy enseñando, viajando o tomándome un descanso, intento mantener en armonía la familia, el trabajo y la sadhana.  Cuando hago mis planes para viajar, tengo en cuenta mi práctica, mis comidas y mi rutina de sueño.  Cuando me tomo un tiempo de descanso, tengo en cuenta a mis estudiantes y cómo recargarme para poder enseñarles de nuevo.  Cuando enseño, intento disfrutar de la vida cotidiana con mi mujer y mis hijos.  Por el bien de mi propia sadhana, encontrar el equilibrio entre estas cosas es esencial para poder orientar mis esfuerzos hacia aquello que esté haciendo.

Muy pronto volveré a viajar de nuevo.  En abril estaré en Tailandia y China.  Después estaré en casa para enseñar en Mysore en junio, julio y agosto.  En septiembre tendrá lugar una gira por España y Portugal, dos países que nunca antes había visitado.  Una vez enseñé en Santiago, Chile, pero ésta será mi primera vez en un país europeo de habla española o portuguesa.  En octubre tendré un yatra en el norte de India en Rishikesh y después iré a Japón, las Filipinas y Bali.  Cuando viajo y conozco gente nueva es muy inspirador.  Quizás acaban de empezar a practicar este yoga y al practicar conmigo perciben cierta energía.  Con suerte, les conducirá hacia un camino de transformación.

viernes, 18 de mayo de 2018

Elogio a Sri Krishna Pattabhi Jois en el noveno aniversario de su fallecimiento.


Hoy hace exactamente nueve años que falleció Guruji, Sri Krishna Pattabhi Jois.  A menudo, cuando se produce un hecho de cierta trascendencia, la gente suele preguntar: "¿Dónde estabas tú cuando ocurrió eso?"  Recuerdo perfectamente aquellas semanas de mayo del 2009.  Una semana antes de su fallecimiento nuestro profesor Borja, que tenía contactos en Mysore, nos hizo saber que Guruji se encontraba en el hospital con graves problemas de salud.  El 18 de mayo por la tarde fui a Ashtanga Yoga Madrid y, al interrumpir la clase para recitar el mantra inicial, Borja nos informó que Guruji había fallecido o, como suele decirse con los maestros espirituales, que había entrado en Mahasamadhi.

Fue un momento triste para todos.  Borja reservó un billete de avión a Mysore con urgencia para poder asistir al funeral de su gurú y estar al lado de su familia.  Yo personalmente estaba atravesando una época difícil debido al estado de salud de mi padre, quien fallecería poco tiempo después ese año, pero recuerdo que ese mismo día en casa preparé un pequeño altar para Guruji con unas velas e incienso.  Como retrato utilicé el ejemplar del Yoga Mala que había adquirido en Mysore el verano anterior, en cuya portada había una fotografía de Guruji,  De hecho mantuve ese pequeño homenaje durante tres meses; no sé dónde había leído o escuchado que a los maestros espirituales había que guardarles luto durante tres meses y me pareció una bonita forma de hacerlo.   

Había tenido la suerte de conocer a Pattabhi Jois menos de un año antes, en verano del 2008, aprovechando la que, entonces lo supe, fue la única oportunidad que la vida me concedería y, mirando atrás, y como sucede con tantas cosas del pasado que no se pueden rebobinar, me gustaría haberla podido exprimir más.  Entonces, claro, no sabía cuán importante acabaría siendo ese hombre en mi vida y la de Nines, a la que ni siquiera conocía aún.  Sería precisamente el Ashtanga Yoga de Pattabhi Jois lo que nos uniría varios años después.  

Pattabhi Jois a través de su enseñanza ha cambiado la vida para bien a muchas personas, incluidos nosotros, y sólo podemos tener hacia él palabras de agradecimiento.  Nuestro dharma no es otro que transmitir su legado en Bilbao y nos sentimos en especial deuda hacia él, su persona y lo que representó como transmisor de un valioso conocimiento que sin él se habría perdido. 

He encontrado un elogio en Internet dedicado a la memoria de Sri Krishna Pattabhi Jois que me dispongo a traducir -además de corregir algunas imperfecciones biográficas- y que va a ser el homenaje que le dedico hoy.  ¡Espero poder publicarlo antes de que termine el día!  Aquí está el texto original.


Nació en la luna llena de julio del año 1915 y conoció a su gurú Krishnamacharya en 1927 a los doce años de edad cuando asistió a una exhibición de yoga que lo dejó impresionado.  El mismo día se acercó a Krishnamacharya y comenzó a estudiar a sus pies.  Estaba tan motivado que madrugaba cada día y caminaba cinco kilómetros hasta la casa de Krishnamacharya para hacer su práctica y a continuación corría hasta la escuela para llegar a tiempo a clase.  Así fue durante dos años, hasta que Krishnamacharya partió.

En 1932, con diecisiete años, se escapó de casa para comenzar sus estudios de sánscrito y filosofía en la Universidad de Sánscrito de Mysore, donde volvería a reunirse con Krishnamacharya después de tres años de separación.  Esta vez su relación se prologaría hasta finales de los años cuarenta.  En 1948 estableció el Instituto de Ashtanga Yoga en su casa.  Pattabhi Jois vivió muy humildemente hasta 1956, pero su compromiso hacia el yoga permaneció inquebrantable.  En 1956 su situación económica mejoró cuando obtuvo una plaza de profesor de yoga en la universidad local.  En 1964 recibió la primera visita de un occidental, el belga Andre Van lysebeth, quien lo visitó y permaneció con él durante dos meses.  Más tarde publicó un libro sobre yoga en el que proporcionó el nombre y dirección de Pattabhi Jois.  Esto situó a Pattabhi Jois y al Ashtanga Yoga sobre el mapa del mundo.  A partir de 1972 los occidentales comenzarían a aparecer en su casa de Mysore en cantidades cada vez mayores.  Su primer viaje a Occidente tuvo lugar en 1974, a Norteamérica.  Falleció el 18 de mayo del 2009 a la edad de noventa y tres años.

Pattabhi Jois fue un hombre de gran fuerza y, en consonancia con ello, Krishnamacharya le enseñó una práctica vigorosa.  Pattabhi Jois ha conservado esta forma de yoga que aprendió con el nombre de Ashtanga Yoga, que han conocido y practicado millones de personas en todo el mundo.

Pattabhi Jois dominaba el sánscrito pero su inglés era muy limitado.  Era un hombre sencillo pero con un nivel de estudios muy alto.  Había estudiado todos los textos importantes relacionados con el yoga.  Sin embargo, ponía un gran énfasis en la parte práctica del yoga muy por encima de la lectura de textos.  Pidió a sus estudiantes que no se centraran en la teoría, sino en la práctica.  Sus palabras más famosas son: "Practice, practice, practice, and all is coming!" (Practica, practica, practica, ¡y todo llega!)   Digamos que nuestra vista es débil.  ¿Tendría sentido dedicarse a leer mucho o no sería mejor primero solucionar la debilidad de nuestra vista?  Tratar de estudiar mucha teoría antes de practicar yoga es equivalente a eso.  Nuestro intelecto se encuentra nublado por el estrés y la confusión ocasionadas por una mente distraída.  El yoga limpia esto.  Sólo después de que las telarañas intelectuales hayan sido retiradas tiene sentido sumergirse en las profundidades de la teoría.  Pattabhi Jois nos ha mostrado la manera de acercarnos a nuestros propios textos sagrados, bien sea el Corán, la Biblia, el Bhagavad Gita o cualquier otro.  Si nos acercamos a estos sin aplacar nuestra "mente simiesca", las tergiversaremos y malinterpretaremos y nos enfrentaremos los unos con los otros mientras pasamos por alto el fondo de su mensaje.

"Guruji vive aquí"  Vídeo homenaje a Guruji que se hizo en el año 2015 con la colaboración de varias escuelas de Ashtanga Yoga de todo el mundo para conmemorar el que habría sido su centésimo cumpleaños.

He aquí el homenaje que uno de sus estudiantes, Bhavani Maki, le dedicó tras su muerte:

Tras la muerte de Guruji, Mysore parecía idéntica en la superficie: la combinación perfecta de mugre y néctar, el hedor de las heces de vaca y la polución mezcladas con fragante incienso, los sonidos encantadores de los vendedores ambulantes de flores y cocos recorriendo las calles con sus interminables mantras, la cacofonía del tráfico inundando las calles.  Pero, de algún modo, el pulso de Mysore se había detenido para mí.  Y sin embargo, todavía, el profundo eco de su ser continúa resonando en la presencia de la familia y los estudiantes que lo han sobrevivido, perpetuando las enseñanzas a las que se entregó enteramente y por completo, llenando los ojos de lágrimas agridulces y de alegres recuerdos que atesoramos en nuestros corazones, donde más repercutió nuestras vidas.  Guruji, has conmovido a tantos, gente que viste y no viste, que conociste y no conociste, e incluso a muchos más que todavía están por venir.  Tu pérdida constituye de hecho un dolor muy dulce.  Y así te deseo, Guruji, en tus propias palabras, un "¡Feliz viaje!" y considerar tu consejo como mi mantra, "¡No desperdicies tu vida!"  Tu legado pervive.