miércoles, 10 de enero de 2018

Crónica final de un viaje a Mysore en diferido.

Nines y un servidor en Mysore en diciembre del 2013.  Pasando frío, ya se ve.

Escribo cuando apenas faltan unas horas para mi partida.  Esta noche, de madrugada, vuelo de regreso a las frías tierras hispanas.  Detrás quedan dos meses largos de aventura india.  En mi última misiva relaté lo que había acaecido durante el primer mes.  Es tiempo ahora de escribir la crónica final.

Estos setenta días han dado mucho de sí.  Ha habido muchas distintas etapas y mi sensación es que han sido mucho más de dos meses.  Muchas cosas parecen ya viejos recuerdos, cuando en realidad tan sólo se remontan algunas semanas.  La primera casa, la convivencia con Tanya, las Navidades con Nines...

Nines y Tanya en Gokulam.

Tanya en el mercado de Mysore.

Uno de los episodios más entrañables que he vivido tuvo lugar hace más o menos un mes.  Tanya tenía la buena costumbre de comprar el periódico Times of India todos los días, lo que le permitía enterarse de interesantes noticias de actualidad.  Tanya supo así que al templo de Krishna en Gokulam, a poca distancia, iba a ir un niño prodigio de ocho años a recitar de memoria todo el Bhagavad Gita.  Tanya y yo nos acercamos a la hora señalada.  No había rastro del niño, sino que en el templo un sacerdote y algunos devotos estaban haciendo un puja, una oración hindú.  Nos mantuvimos a distancia; no somos hindúes y no queríamos ser irrespetuosos inmiscuyéndonos en sus tradiciones religiosas.  El sacerdote, desnudo de cintura para arriba, sacó una vela y la acercó a los feligreses (no sé si este término vale en el caso de un templo hindú, pero bueno), que acercaban sus manos para sentir el calor de la llama.  Entonces, el sacerdote se dirigió a nosotros y los feligreses nos dejaron espacio.  Participamos en la puja acercando las manos al fuego, comiendo una flor amarilla, recibiendo agua en la mano derecha y echándonosla por la cabeza en una suerte de bautismo, y recibiendo un cuenquito de arroz glutinoso con especias.  El momento fue bastante emocionante: los hindúes nos aceptaban en su templo y compartían con nosotros su oración.  Más tarde llego el niño, que estaba enfermo y sólo pudo recitar los primeros capítulos del Bhagavad Gita antes de sentirse indispuesto (de hecho, le vimos echar la raba).  Entretanto, un anciano muy majete nos habló de que todos los humanos éramos iguales y que Dios estaba en todos, que Jesucristo y Krishna eran en definitiva lo mismo.  Cuántas desdichas que nos ha dado la historia se habrían solventado con esta filosofía.

Nines con una bailarina del espectáculo de Nochevieja en el Lalitha Mahal.

Con Nines viví otro momento muy especial en Nochevieja.  El uno de enero era día de luna y teníamos la Nochevieja libre, así que nos regalamos un masaje a cuatro manos en el centro ayurvédico Indus Valley y después asistimos a la fiesta de fin de año que se celebraba en el Latitha Mahal, el segundo palacio más grande de Mysore, construido por el Maharajá para alojar a sus invitados y que hoy día es un impresionante hotel de lujo.  Nines y yo tuvimos la suerte de disfrutar de una fiesta ciento por ciento india. Éramos los únicos occidentales en todo el salón y resultó una experiencia muy interesante.  Desde las 20:00 se sucedieron actuaciones, alternando bailes tradicionales indios con desenfrenadas actuaciones discotequeras.  Mientras tanto, nos servían cosas para ir picando y bebiendo, hasta que bien entradas las 22:00 nos informaron de que el banquete estilo bufé ya estaba servido.  A nuestro lado había un grupo de indios mayores de apariencia solemne, ataviados con turbantes de colores que habían venido desde Delhi.  Parecían gente seria e importante pero, cuál no fue nuestra sorpresa, cuando de pronto uno de ellos salió al escenario y convocó al mismo a "todos los señores de Delhi".  Los ancianos aturbantados se desmelenaron entonces y empezaron a bailar música de discoteca todo cachondos.  Creo que los copazos de whisky que se habían estado ventilando tenían mucho que ver en ello.  Más personas se les unieron, y entonces uno de ellos vino a donde estábamos nosotros y nos sacó a bailar.  Y ahí estuvimos, haciendo el gamba un rato.  Uno de los señores de Delhi resultó ser un hombre de mucho mundo que el pasado verano había estado de vacaciones por toda la costa mediterránea española y que nos habló de las muchas lindezas y virtudes de nuestro país, algo que es de agradecer en los tiempos que corren.

En el comedor del Lalitha Mahal.

Como tierra de contrastes, a estos episodios de "hospitalidad" se les pueden oponer algunos otros de "hostilidad".  La mayoría de cosas desagradables han tenido como denominador común la cuestión económica.  Las negociaciones con los conductores de rickshaw acerca del precio a pagar, por ejemplo, eran a veces fuente de agrias discusiones.  Como extranjeros, sabemos que nos hacen pagar más que a los locales, pero a veces se pasaban tres pueblos.  Para su desgracia, yo contaba con el Google Maps del iPhone y sabía exactamente la distancia al destino y no me dejaba engañar.  La diferencia entre 100 y 200 rupias (1,2 ó 2,4 euros) es ridícula para los estándares de España, donde en una corta carrera de taxi te puedes dejar 10 euros.  Pero francamente, no me gustaba que muchos conductores se quisieran aprovechar de manera descarada por el hecho de ser occidental.  

Nines haciendo migas con las lugareñas.

El caso de Siddhu, el dueño de la casa que alquilé, merece un capítulo aparte.  Como sabeis, alquilé una casa de tres dormitorios situada en el centro de Gokulam, cerca del templo de Ganesha y del coconut stand, por 33.000 rupias.  Lo curioso del caso es que el buen señor, por motivos que desconozco, consideraba que la casa la alquilaba sólo para dos personas.  Cuando me lo dejó caer me quedé perplejo.  A su modo de ver, la llegada de Nines suponía una tercera persona, lo cual significaba que había que pagarle 1.100 rupias adicionales por cada día que la tercera persona estuviera.  Es decir, que su casa se alquilaba por 33.000 rupias al mes para dos personas y por 66.000 rupias para tres personas.  El tío no se atenía a razones y ni siquiera le valía que Tanya se fuera y viniera Nines.  Nines era ya una tercera persona, aunque sólo hubiera dos personas a la vez en la casa, y no se podía quedar sin pagar.  Una semana antes de que viniera Nines tuve una muy desagradable conversación con Siddhu en la que traté de hacerle ver lo ilógico de sus pretensiones.  Le deje caer que si no llegábamos a un acuerdo entre nosotros, quizás tuviéramos que alcanzarlo a través de la policía.  Ahí el tío montó en cólera y empezó a insultar y a amenazar.  Lo cierto es que fuimos a la policía, pero después de una noche de consulta con la almohada tomé la que pensé era la mejor decisión: buscar otra casa.  Al fin y al cabo, sólo había alquilado la casa hasta el 3 de enero y hasta el 10 tendríamos que estar en otro lado.  En el bed & breakfast de Mark cobraban 1.500 rupias al día por persona, lo cual nos habría supuesto más de 20.000 rupias a Nines y a mí.  Por ese dinero, era seguro que podía alquilar algo para dos personas y ahorrarme así seguir adelante con el penoso trance de la denuncia policial y vivir en la casa de un hombre lleno de rencor y mala energía. 

En el Santosha con Manju, nuestro nuevo casero.
La sala de estar de la nueva casa.

El mismo día que me puse a buscar, encontré una casa.  Y por 10.000 rupias tan sólo.  Seguí la estrategia de llamar puerta por puerta preguntando a ver si se alquilaba alguna casa.  Así pude ver un buen puñado de sitios y, al final de la tarde, el que se acabó convirtiendo en mi hogar y el de Nines desde el 20 de diciembre hasta hoy.  Se trata de una habitación en un piso de un edificio moderno, con ascensor y vigilantes de seguridad veinticuatro horas, a cinco minutos andando del coconut stand.  En la casa vive Manju, un indio de veintinueve años muy majete.  Tiene muchas macetas con plantas y su salón lo preside una impresionante televisión de pantalla plana con altavoces panorámicos.  A lo largo de estas semanas de convivencia se puede decir que hemos desarrollado cierta amistad.  Hemos ido a comer y desayunar fuera algunas veces, nos hemos contado nuestras vidas e incluso ayer fuimos juntos a hacer footing en torno al lago Kukarahalli.  

Nines en el Nandi de Chamundi Hill.
Nines en el Golden Temple de Bylakuppe.

Ha tenido la oportunidad de hacer también mucho turismo.  He subido la escalera de 1008 peldaños de Chamundi Hill dos veces, una con Tanya y otra con Nines, he ido a ver templos en Srirangapatna y su decepcionante santuario de pájaros.  He recorrido varias veces los lagos de Kukarahalli y Kalanji, visitado el templo de oro de Bylakuppe (dos veces), una reserva de elefantes, las cataratas de Abbi en Madikeri y la jungla de Otty.  No teníamos moto, pero con Tanya y con Nines he caminado largas distancias o ido en rickshaw hasta el Mercado Devaraja, el Palacio de Mysore, la Iglesia de Santa Filomena y el zoo.  Entre los momentos estelares debo contar también los innumerables comidas y cenas en restaurantes de postín, capaces de satisfacer el apetito de un voraz bilbaino, por un puñado de euros.  El Green Hotel y Dhatu han sido los que más visitas han cosechado.  No puedo olvidarme tampoco de aquel maravilloso día en que, impelido por contracciones intestinales, me vi obligado a entrar en un repugnante baño público indio que no tenía ni papel higiénico ni agua.  Servidor hubo de limpiarse con su mano izquierda.  Aquel día sin duda obtuve el certificado oficial de residente en la India.

Nines en el centro de Mysore.
Nines de viaje en autobús.

En cuanto a la práctica de asanas, he de reconocer que la experiencia me ha resultado muy positiva aunque, también, dura y difícil.  En primer lugar tengo que hablar de los dolores.  Los primeros días apareció un agudo dolor en la parte media de la espalda que sólo fue remitiendo tras unos masajes ayurvédicos y unas pastillas de hierbas.  Recuerdo también molestias en la muñeca, en las nalgas, en la rodilla izquierda, en la rodilla derecha...  no ha sido un camino de rosas ni mucho menos, y las semanas con seis días seguidos de práctica, madrugones inauditos y largas esperas al raso bajo la luz de luna se han hecho muy cuesta arriba en más de una ocasión.

A pesar de ello, la historia de mi práctica en este nuevo periodo de estudio con Sharath la califico de muy buena, plagada de difíciles retos y superaciones, en algún caso sorprendente.   La shala está llenísima de gente: alrededor de setenta personas practicando sin parar en relevos desde las 04:30 de la mañana.  Sharath cuenta con cuatro asistentes, todos ellos profesores autorizados y certificados y muchos de ellos muy capaces, pero aún así Sharath sigue reservándose para sí la potestad de qué puede hacer o deja de poder hacer cada uno.   

Con Tanya en la main shala antes de una conferencia de Sharath.

Durante el primer mes Sharath me dejó "atascado" en shalabasana (el saltamontes), la tercera asana de la serie intermedia.  Tras los primeros días de práctica de primera serie me dijo que hiciera pashasana (el nudo) y, el mismo día que la hice, que hiciera hasta shalabhasana.  Y así transcurrieron las semanas.  Mi practica era una docena de asanas más corta de lo que estoy acostumbrado.  Lo acepté con resignación e incluso, ante el dolor de espalda que me estuvo lacerando durante días, con cierto alivio.  En sus charlas del domingo, que se prolongaban durante más de una hora, Sharath nos hablaba en numerosas ocasiones de cómo la "iluminación" puede llegar practicando las asanas más sencillas.  No se adquiere mayor desarrollo espiritual por alcanzar determinados logros físicos.  Así que, durante un tiempo, me tocó cultivar la moraleja de estas palabras.

Tuvo que llegar el lunes 9 de diciembre, ya dentro del segundo mes de práctica (mi primer día había sido el 5 de noviembre) para que Sharath comenzara su verdadera "instrucción", como el maestro de artes marciales que le hace a su discípulo repetir una tarea aparentemente absurda una y otra vez para finalmente, al cabo de un tiempo de haber puesto a prueba su paciencia, impartirle sus enseñanzas.  Comenzó con una exclamación que me hizo esbozar una sonrisa.  Me encontraba yo en uno de los infernales sitios de atrás del todo, sobre el frío mármol, con una pared a mi derecha y a mi espalda y al lado de una ventana abierta por la que se deslizaba inmisericorde el frío matutino.  Acababa de hacer la secuencia de backbending ayudado por uno de los asistentes de Sharath cuando escuché su voz que me preguntaba:  "What is your last posture?"  Sharath estaba al lado, ayudando a mi vecino de esterilla a caminar hacia los pies en los últimos backbending.  Me hablaba sujetando su cintura, todo un símbolo de lo increíblemente ocupado que está, hasta el punto de que tiene que atender a dos de sus alumnos a la vez, a uno con sus manos y a otro con sus palabras.  Cuando le dijo cuál era mi última postura, Sharath exclamó con sorpresa:  "¿¡¿Shalabasana?!?", como reconociendo que se había olvidado de su humilde discípulo.  Me dijo que el siguiente miércoles hiciera tres asanas más, hasta parsva dhanurasana (el arco de lado).  

Nines en la main shala del KPJAYI.

El lunes siguiente, 16 de diciembre, Sharath estuvo conmigo varios minutos.  Me dijo que hiciera la siguiente asana, ustrasana (el camello), me observó, y a continuación me dijo que hiciera laghu vajrasana (el pequeño relámpago).  Cuando vio que me levantaba y volvía a ponerme de rodillas, me dijo que hiciera kapotasana (la paloma).  Mientras me doblaba hacia atrás, me cogió de las manos y me las llevó suavemente a los talones.  Esta postura, como sabrán todos los practicantes de Ashtanga que lean estas líneas, suele ser una verdadera pesadilla.  La espalda se dobla hacia atrás de manera terrible y, salvo que uno sea extraordinariamente flexible, no resulta nunca cómoda.  Yo llevaba más de un mes sin hacerla, mis dolores de espalda ya habían desaparecido del todo y, además, Sharath me había insistido varias veces en que separara mucho las rodillas, más de lo que pensaba era correcto, al hacer posturas hacia atrás como los backbending y ustrasana.  Por ello, ese día kapotasana me resultó relativamente sencilla. 

Sharath volvió a acercarse a mí ese día durante la secuencia de backbending.  Como Sharath tiene cuatro asistentes, por lo general no es él el que me asiste en la parte final de esta secuencia.  Al final de todo, como sabréis los que practicáis Ashtanga Yoga, se baja al suelo al puente y se camina con las manos hacia los pies.  Algunas personas son capaces de doblar tanto la espalda que se tocan los talones y, otros, los menos, se pueden coger los tobillos o hasta las rodillas o los muslos, doblándose como ovillos en lo que parece, desde fuera, una terrible contorsión.

Sharath Jois con su hijo Sambhav en una fotografía reciente.

Yo, a lo sumo, había llegado alguna vez a tocarme los talones.  En Madrid ya ni siquiera lo intentaba, y me quedaba en un puente especialmente cerrado.  A mi modo de ver, se trataba de una contorsión exageradamente violenta e innecesaria.  Aquel lunes 16 de diciembre, con Sharath, bajé al puente, caminé con las manos hacia los pies y toqué los talones con los dedos de las manos.  A continuación, para mi sorpresa y horror, Sharath me dijo que levantara la mano derecha, me la asió y me la llevó al tobillo derecho.  A continuación hizo lo mismo con la otra mano.  Y me quedé ahí, alucinando, retorcido hacia atrás con mis ojos viendo la parte de atrás de mis piernas y cómo mis manos agarraban mis tobillos.  La posición no era para nada cómoda, pero ahí estaba, tratando de respirar con los pulmones aplastados por la brutal contorsión.

A partir de ese día seguí haciendo a diario el "catching", como llaman a agarrarse uno mismo en el backbending.  Las sensaciones variaban mucho en función de quién fuera el que me ayudara.  Algunos de los asistentes eran más hábiles o capaces que otros, y a veces tenía sensaciones de relativa comodidad y en otras ocasiones sentía que me caía hacia atrás y debía deshacer el catching y volver al puente.  Una vez, uno de los asistentes me dijo que lo hiciera con los pies completamente paralelos, sin abrirlos, y ese día sentí mucho dolor y le dije que aún no estaba preparado para ello.  Sharath me preguntó todos y cada uno de los días a ver si había podido hacer el catching.  Para mi propia sorpresa, mi respuesta era siempre que sí.  Otro día Sharath me ajustó e hizo que hiciera el catching directamente desde el aire, sin pasar por el puente.  Con Sharath siempre me resultaba cómodo.  Ese día intentó incluso subirme las manos hacia arriba, subiendo por las espinillas, pero estaba muy sudado y las manos resbalaban hacia abajo de nuevo.  Sharath me dijo que subiendo más alto la postura era más fácil.

Kapotasana, by Fernando Gorostiza, en Ashtanga Yoga Bilbao. 

El lunes 23 de diciembre Sharath le preguntó algo a la persona que me había ayudado en kapotasana (me imagino que a ver si me había agarrado de los talones) y me dijo que hiciera la siguiente postura: supta vajrasana (el relámpago tumbado).  Al día siguiente, martes, me preguntó de nuevo al salir si había hecho el catching y a continuación me dijo que el próximo domingo fuera a la clase guiada de la serie intermedia a las 07:30 de la mañana.

Así que, el colofón a mi práctica en Mysore ha sido haber asistido a la clase guiada de la serie intermedia.  Tuve el gran honor de practicar al lado de grandes profesores de todo el mundo, como Kino McGregor, su marido Tim Feldmann, profesores con los que he estudiado en ocasiones anteriores como Elena de Marti, José Carballal y Manuel Ferreira y tantos otros autorizados y certificados.  Sharath me dejó hacer tres asanas más hasta eka pada sirsasana (postura de la cabeza con un pie) y después me retiré al vestuario a hacer finales mientras los "mayores" de la clase seguían hasta terminar la segunda serie y más allá (Sharath guía también las primeras asanas de la tercera serie).  Estuve un poco nervioso por eso de la primera vez, pero me quedó un gran sabor de boca.  De alguna manera, sentía que había obtenido la atención y el reconocimiento de Sharath y que mi historia de dos meses de duración había tenido un final feliz.  Al fin y al cabo, no había venido a la India a hacer turismo y a comer en restaurantes, sino a practicar Ashtanga Vinyasa Yoga.


Una cosa que me pregunto es cuánta gente habrá tenido la suerte que he tenido yo y ha recibido las atenciones del gran gurú del Ashtanga Vinyasa Yoga.  Las personas que nos trasladamos hasta aquí contra viento y marea lo hacemos para poder beber de la fuente original de la que emanó esta disciplina que tanto amamos y, por lo visto, cabe muy mucho la posibilidad de que el paso de alguien por aquí transcurra sin pena ni gloria y de Sharath no reciba sino algún pequeño consejo, alguna asistencia puntual, o ni siquiera nada de eso.  La situación en la shala, en lo que respecta a número de alumnos, es altamente preocupante.  Al principio, mi práctica empezaba a las 07:15 de la mañana y terminaba después de las 09:00.  No había muchos turnos después de las 07:15 y podía quedarme en la Shala haciendo las posturas finales.  A medida que fueron transcurriendo las semanas, llegó más y más gente, mucha más de la que se iba, y Sharath tenía que ir añadiendo más y más turnos.  Pronto resultó impensable quedarse en el sitio haciendo finales; nuevos turnos de personas reclamaban sitio y tenía que retirarme al oscuro vestuario.  Sharath tuvo que poner una tercera clase guiada el viernes porque muchas personas se estaban quedando sin practicar; no era suficiente con los sitios improvisados en vestuario, stage y hall de entrada.  La clase de chanting con Lakshmi se fue retrasando más y más...  

Ayer fui a comer a casa de Mark y Stephanie.  Era las 13:30.  Una chica que se alojaba en una habitación de su bed & breakfast estaba ahí, sentada a la mesa.  Pero no estaba comiendo, estaba DESAYUNANDO.  Le había tocado el turno de las 11:00 y había terminado de practicar a las 13:00.  Por lo que me dijo, había también gente que tenía el turno de las 11:15.  Es decir, Sharath está enseñando durante unas siete horas seguidas, desde las 04:30 hasta más allá de las 13:00, lo cual es una auténtica pasada si se le añade el hecho de que él se levanta poco después de la medianoche y hace su propia practica.  A este paso, para marzo la gente estará practicando hasta las 15:00 horas.  Se dice que ha habido un error informático y han aceptado a más gente de lo debido.  Algunas personas afirman que Sharath quiere enseñar al mayor número de gente posible y que por eso ha aceptado la inscripción de tantos, cosa que dudo porque, según parece, está bastante gruñón respecto a la alta ocupación y no está dejando a nadie extender su estudio ni un solo día más.  En cualquier caso, creo que la situación no es sostenible y que a Sharath cualquier día le va a dar un jamacuco.  El Ashtanga Vinyasa Yoga que desarrolló su abuelo ha adquirido una dimensión mundial y él continúa empeñado en gestionarlo de manera familiar, de forma heroica pero a costa de su salud.  

Otro capítulo interesante del conocimiento adquirido en este viaje han sido las clases de sánscrito.  Con Tanya me apunté a las clases de nivel uno, en las que hemos aprendido el alfabeto sánscrito, a pronunciar y a escribir y leer cualquier palabra.  El profesor, Lakshmi, es el mismo que dirige las clases de chanting durante las mañanas del lunes, miércoles y viernes después de la clase de Sharath.  Esas clases que a medida que llegaban más y más alumnos se iban postergando más y más.   Me imagino que ahora tendrán lugar a las 13:00.  En cualquier caso, las clases de sánscrito me han parecido sumamente interesantes.  El día que supimos cómo escribir la palabra "Ashtanga" en sánscrito, fue el momento estelar.  Además, el profesor Lakshmi es un hombre de lo más majete y como muy paternalista.  En ocasiones se explayaba durante largos minutos relatándonos algún acontecimiento de su vida personal o dándonos consejos sobre la vida y la muerte.

Pues nada, voy a concluir esto.  Me quedan unas pocas horas para salir hacia Bangalore en taxi.  Nos vemos en breve.  ¡Hasta pronto!

lunes, 18 de diciembre de 2017

Ashtanga Yoga Bilbao te felicita la Navidad y te espera el 8 de enero.



Hoy tiene lugar la luna nueva de diciembre, dentro de tres días el solsticio de invierno y el domingo se celebra la Nochebuena.  Ashtanga Yoga Bilbao cerrará sus puertas durante las fiestas de Navidad hasta el próximo ocho de enero, tiempo que aprovecharemos para descansar y pasar unas semanas fuera de Bilbao.  

Con motivo de las fiestas navideñas Nines Blázquez ha diseñado la extraordinaria felicitación que encabeza esta entrada y que queremos dedicar a todas las personas que forman y han formado parte de Ashtanga Yoga Bilbao.  Si estás leyendo esto, de alguna manera u otra, tú también eres parte de esta escuela y de sus más de dos años de andadura.

En estos momentos se encuentran en Mysore muchos amigos de todo el mundo que han viajado para practicar con Sharath Jois.  Nosotros no hemos podido estar allí este año por las especiales circunstancias de esta temporada en el KPJAYI y hemos optado por unas navidades un tanto más convencionales.  Recordamos con cierta nostalgia las no pocas ocasiones del pasado en las que nuestras navidades transcurrieron en la India pero comprendemos que nuestro sitio no estaba ahí este año.  Las aglomeraciones que se están padeciendo en Mysore en los últimos tiempos son terriblemente incómodas para todos a los que nos gustaría seguir yendo, pero también una inevitable consecuencia de la feliz expansión de este sistema de yoga y hay que saber aceptarlo.

Nuestro cometido en Bilbao prosigue con paso firme: cientos de personas han conocido ya de nosotros la práctica tradicional de Ashtanga Yoga.  Algunas han pasado de puntillas; lo probaron durante un tiempo y después continuaron su camino.  Otras se han quedado y, tal que nosotros mismos, han abrazado con entusiasmo esta práctica como su shadana, su camino de transformación personal.  Porque se puede plantar la semilla, regarla y dispensarle todos los mimos, pero al fin y a la postre su germinación no depende por entero del jardinero, sino que será la propia planta la que tendrá que encargarse por sí sola de echar raíces y elevar su tallo hacia la luz.  De igual forma, cada persona ha de hallar sus preferencias y motivaciones y escoger su senda de estudio y crecimiento, recorrerla, toparse con sus propias piedras y sortearlas, asimilarlas o abandonar. 

En un periodo festivo como éste viene muy a propósito sacar a colación el sutra 1:30 del primer capítulo de los Yoga Sutras en el que Patanjali enumera los obstáculos de la práctica, una desagradable pero inevitable verdad a la que el estudioso de yoga se enfrentará tarde o temprano, que le causará "sufrimiento, depresión, nerviosismo en el cuerpo y respiración agitada" (1.31), "oscureciendo aquello que es inmutable" (1.30) y, a menudo, le hará arrojar la toalla.  Los obstáculos (antarāyāḥ) son: enfermedad (vyādhi), apatía o pereza (styāna), duda o indecisión (saṁśaya), prisa o impaciencia (pramāda), desánimo o abatimiento (ālasya), distracción o inquietud (avirati), ceguera, ilusión o concepción errónea (bhrāntidarśana), estancamiento (alabdhabhūmikatva) y regresión o inestabilidad (anavasthitatvāni).  

Estas semanas son muy proclives a que sucumbamos a las juergas y comilonas, a levantarnos tarde y, en definitiva, a que nos olvidemos de las buenas rutinas que hemos mantenido durante el año.  Todos somos humanos y de vez en cuando uno puede salirse del carril pero, como el que sigue comiendo roscón de reyes en febrero, una cosa lleva a la otra y, una vez instalados, los obstáculos tienden a aferrarse al aspirante y arrastrarlo cual si de un mal vicio como el fumar se trataran.  No son pocos los estudiantes de Ashtanga Yoga Bilbao a los que hemos visto encadenar varios meses seguidos de práctica con entusiasmo y que tras un parón navideño, veraniego o pascual, no regresaban.  Para superar los obstáculos, otro sutra de Patanjali, el 1.12, que establece que "el estado de yoga (nirodhah) se logra mediante un equilibrio entre la práctica comprometida (abhyāsa) y la práctica con desapego, indiferente a los resultados (vairāgya)"

Por lo tanto, huelga decir que nosotros mantendremos nuestra práctica.  Quizás no sea tan constante o tan intensa como durante el resto del año, o quizás sí, pero en cualquier caso la esterilla será nuestra inseparable compañera de viaje y practicaremos en una escuela, donde la haya, o por nuestra cuenta, donde no la haya.  Sólo hacen falta dos metros cuadrados de suelo despejado y algo de tiempo así que, a pesar de que Ashtanga Yoga Bilbao permanezca cerrado hasta el 8 de enero, nos gustaría animarte a que tú hicieses lo mismo y continúes practicando también en Navidad.  Para no ser repetitivos, te ponemos aquí el link a una entrada del año pasado en la que exponíamos nuestras recomendaciones para que mantengas tu práctica durante nuestro periodo de cierre.

Un abrazo, feliz Navidad al lado de los tuyos, feliz año 2018 plagado de cosas positivas, ¡y nos vemos el 8 de enero en tu escuela, Ashtanga Yoga Bilbao!

viernes, 1 de diciembre de 2017

Primer mes de práctica y turismo en Mysore.

Caray, sí que han pasado los días.  Tres semanas ya desde que redactara mi primera crónica.  El mes de noviembre se ha ido y hoy, primero de diciembre, es un día ideal para contar lo que ha deparado el pasado mes.

El yoga es la causa principal que me ha traído hasta aquí, y como yo hay cientos de personas que han viajado hasta Mysore y que compartimos un alto nivel de compromiso por esta práctica.  Lo cual, todo sea dicho, tampoco es de extrañar: nadie recorre medio mundo hasta aquí por pasar el rato.  Quisiera destacar que en esta ocasión no he sido testigo de ningún capítulo de desenfreno de fin de semana como aquellos que tanto me decepcionaron en el pasado.  La única fiesta a la que asistido fue muy inocentona, sin humaredas de cannabis ni melopeas por doquier.  No sé, quizás no haya estado por los sitios adecuados, pero toda la gente que he conocido me ha dado la impresión de estar muy centrada en lo que tiene que estar centrada.  

El altar con los retratos de Gurji, Krishnamacharya y Ramamohan Branachary.

Me ha llamado también bastante la atención saber incluso de dos indios (a uno de los cuales he podido conocer personalmente) que practican en la shala como uno más entre la marabunta de occidentales.  Esto me resultaba impensable (las tarifas que cobra Sharath son desmesuradamente caras para un indio), pero ahora es una realidad.  Me figuro que con ellos Sharath ha moderado los precios. 

Además de la clase de asanas, hay una clase obligatoria de chanting los lunes, miércoles y viernes.  Lo que hacemos es cantar unos mantras sánscritos que no sé ni lo que significan pero que a base de repetirlos me los estoy aprendiendo.  Dentro de los textos que se cantan están también los mantras inicial y final de la práctica de Ashtanga, los números en sánscrito del uno al treinta y la secuencia de asanas de la primera serie.  Al final, terminamos recitando algunos versos del Bhagavad Gita.  Me imagino que el objeto de la clase es que aprendamos la correcta pronunciación.  Además, hay clases de Yoga Sutras y de sánscrito.  Los precios de estas últimas son bastante módicos: 700 rupias mensuales (9 euros). 

 En Internet seguramente existan fotografías más interesantes para ilustrar el texto de esta entrada, pero he preferido publicar las que saqué yo mismo durante aquel viaje y que nunca pensé ilustrarían un blog.  Aquí, la gente sale del KPJAYI tras una conferencia o, tal vez, una clase de chanting.

Sharath me ha sorprendido muy gratamente.  Sobre todo, por el nuevo cariz que han tomado sus conferencias.  Debo reconocer que la primera vez que lo escuché, con Guruji vivo pero fuera de combate, sentía vergüenza ajena e incluso dejé de ir porque sus charlas me parecían de lo más insulsas: apenas quince minutos durante los cuales repetía perogrulladas y evidenciaba que no tenía gran cosa que transmitir.  Esta vez, en cambio, sus conferencias no bajan de sesenta minutos de duración.  Se ve que se las ha preparado, porque suele empezar repitiendo de memoria algún texto sánscrito y sobre él desarrolla su reflexión.  Además, las salpimenta con muchísimas referencias a Guruji, contando anécdotas de su vida o cosas que decía o experiencias que tuvo con él, lo cual hace que resulten amenas.  Luego abre turno de preguntas, que suele resolver por lo general de manera satisfactoria.  Destaco, en especial, la respuesta que dio a un chico que le preguntó si hacía falta hacerse hindú para hacer yoga.  Sharath había estado hablando de los últimos pasos del Ashtanga y de Dios desde un punto de vista hindú.  Sharath le dijo que no hacía falta, que bastaba con que mantuviera su religión, fuera cristiano, judío, musulmán u otra.  El chico insistió en que, en realidad, él no creía en nada; era ateo.  Sharath le respondió jocoso que bueno, que en algo tenía que creer.  No podía simplemente no creer en nada.  Ante la insistencia del chico, Sharath le preguntó la edad y, cuando supo que tenía veinticuatro años, se rió y dijo que ése era el problema.  A su edad, él era igual,  Le recomendaba que siguiera practicando y que no se preocupara; ya le llegarían las respuestas.  De momento, si no creía en Dios, si le costaba encontrarlo, podía buscarlo en sus padres, en sus hermanos, en sus profesores, en su gurú.  Al fin y al cabo, Dios estaba en todos ellos.  Me gustó que Sharath se mojara en un tema un tanto delicado y que, lejos de salirse por peteneras y decir algo políticamente correcto que satisficiera a todos, fuera capaz de responder con concreción y valentía.

En las clases, como dije, tiene varios asistentes.  Cuatro simultáneamente, y todos ellos profesores autorizados.  Algunos de ellos, muy buenos.  Destaco en especial a una chica muy musculosa (más que yo, literalmente) llamada Daylene que ayuda en los backbends que da gusto.  Todo el mundo recibe ayuda en las posturas que lo necesitan.  Como hay cinco personas no tienen que esperar mucho, y no hay supta kurmasana (tortuga tumbada) que no acabe cruzando las piernas.  Sharath da la impresión de estar muy activo pese a que de vez en cuando se ponga a leer el periódico, aunque la realidad de sesenta/setenta personas practicando continuamente desde las 04:30 de la mañana hasta las 10:00 francamente creo que le desborda.

Instantánea de la main shala poco antes de una conferencia de Sharath. 

Me contaron que tuvieron un problema informático y que admitieron a más gente de la que debían.  En concreto, parece que no tuvieron en cuenta que mucha de la gente que llegaba en octubre se quedaba durante más de un mes, y en noviembre aceptaron el mismo número de personas que habían aceptado en octubre, lo que ha provocado un tapón considerable.  Los viernes Sharath se ha visto obligado a poner tres turnos de clase guiada en lugar de dos.  Recordaréis que mi primera clase guiada tuve que hacerla dentro del vestuario junto a los retretes.  Pues bien, no me ha vuelto a pasar.  Las clases siguen estando muy llenas, pero la solución ha sido sencilla: para entrar en las clases guiadas de las 06:00 de la mañana estoy esperando en las escaleras desde las 05:00 de la mañana.  Una veintena de pirados ha tenido la misma idea que yo, e incluso llegan antes.  De esta manera, puedo elegir siempre sitio: en segunda fila y en el centro. 

Las clases guiadas siguen siendo el plato fuerte.  Resulta sorprendente lo centrado que está Sharath.  Durante cuatro horas y media seguidas, los viernes, no para de guiar la misma secuencia.  No se le ve titubear ni aburrirse.  Va de lado a lado controlando todo y ajustando si hace falta.  Me quedé a mirar una clase guiada de la segunda serie del domingo y fue bastante impresionante.  La clase duraba dos horas; guiaba no sólo la segunda serie, sino también las primeras cinco posturas de la tercera.  La gente, claro, iba yéndose al vestuario a hacer finales a medida que se alcanzaba la última asana de su práctica.  Al llegar a la harto difícil secuencia pincha-mayurasana (pluma de pavo real) y karandavasana (pato del Himalaya), Sharath se tomó todo el tiempo del mundo para ir a ayudar a todas y cada una de las personas que lo necesitaban, que eran como veinte o treinta.  Después de las dos clases guiadas de primera serie de las 04:30 y las 06:00 y su propia práctica, el tío no afloja ni pierde el fuelle, y en las posturas de la tercera serie sigue deteniendo la cuenta sánscrita para "pillar" a los despistados que se precipitan y pasan al siguiente vinyasa antes de tiempo.  Por cierto, según parece, Sharath sigue levantándose a medianoche todos los días para practicar, y en la conferencia de hoy ante la pregunta de una chica acerca de cómo era su práctica de asanas actualmente, le ha respondido que "mejor que antes".  Me imagino que este grado de compromiso con la práctica y este saber predicar con el ejemplo tiene mucho que ver con el entusiasmo que despliega.

La gente se busca un hueco para la conference.

En lo personal, puedo decir que la práctica, aun intensa, me deja un poco a medias.  Cuando me apunté en la shala Sharath me preguntó si hacía serie intermedia y le dije que en Madrid hacía hasta yoga nidrasana (el yogi durmiente - aproximadamente una veintena de asanas de la serie intermedia), pero que con él sólo había hecho pashasana (el nudo - la primera postura de la serie intermedia).  Me dijo que tenía que ver mi práctica antes de que hiciera nada de la serie intermedia.  Tras la primera semana de primera serie, me dijo que hiciera pashasana al miércoles siguiente.  Mientras hacía pashashana el día indicado dio la casualidad que estaba él al lado, y me dijo que hiciera tres más hasta salabhasana B (el saltamontes).  Yo obedecí, sumiso.  Y hasta ahí.  Durante las siguientes tres semanas he estado haciendo sólo hasta las cuatro primeras asanas de la serie intermedia, lo cual no está mal, pero cuando uno está acostumbrado desde hace años a hacer bastante más le sabe bastante a poco.  Me da la sensación que sencillamente no se ha fijado, porque si estuviera atascado en kapotasana (la paloma) sin ser capaz de agarrarme los talones, todavía lo entendería.  Esta impresión la corroboré hace un par de fines de semana con una anécdota: caminando por Gokulam una tarde de viernes me crucé con Sharath, le saludé y seguí adelante, pero él me dijo: "No has venido a clase hoy, ¿por qué?"  Puse cara de sorpresa y le dije: "Claro que he estado.  En segunda fila, además, que como recordarás la otra vez me tocó al lado del cuarto de baño."  Sharath se puso a reír y tal y me acabé despidiendo, pero me dejó la impresión de que el hombre está bastante desbordado con tanta gente y que, claro, no controla bien quiénes son sus alumnos y dónde están y dejan de estar.  En esa tesitura, como para esperar que se acuerde de que según le dije mi práctica habitual es hasta yoga nidrasana y me encuentro parado en salabhasana...

En la conferencia de hoy ha comentado algo que viene un poco a propósito de esto.  Ha explicado algo que en teoría todos sabemos, pero que nunca está de más recordar: Mucha gente suele preguntarle: "Oh, Sharath, ¿cómo tengo que hacer el salto a través y el salto atrás?...  Oh, Sharath, no me sale el handstand (pino sobre las manos)."  A esas personas suele decirles que da igual que no pueda saltar a través con las piernas estiradas y que no van a ser los yoguis perfectos cuando consigan hacer el handstand.  Eso son tonterías.  De lo que tendrían que preocuparse es de poner en práctica los yamas y niyamas (click sobre los enlaces para saber más; no voy a ponerme a explicarlos), que es una parte del yoga mucho más difícil de poner en práctica y que deberían hacer durante todo el día.  

Los prolegómenos a la conferencia desde otro punto de vista.

Por consiguiente, me figuro que ya tengo respuesta a mi desazón por no haber podido completar toda mi práctica de asanas aquí todavía.

Para los interesados, voy a enumerar ahora algunos detalles de la práctica que he observado difieren ligeramente de lo que hacemos en Madrid y que entiendo justifica el que muchos sigan y sigamos viniendo a Mysore: aclarar el estándar de la práctica de Ashtanga Yoga tal y como lo enseñaba Pattabhi Jois. Los no interesados pueden directamente saltarse esta enumeración:
  1. Sólo se hacen cinco suryanamaskar A (saludos al sol) y tres surya namaskar B.  Como en la India hace calor, es suficiente así.  Sharath dice que en países fríos se pueden hacer hasta cinco A y ocho B.  En Madrid yo siempre he hecho cinco y cinco.
  2. Un día, mientras estaba en urdhva dhanurasana (el puente) tratando de mantener los pies paralelos, con las rodillas más bien juntas, noté que unos pies me empujaban para abrir las piernas.  Acabé haciendo el puente con las piernas muy abiertas, en los bordes de la esterilla.  Me levanté a samastithi para iniciar la secuencia de backbending y entonces me di cuenta de que el que me había separado los pies era el propio Sharath.  En Ashtanga Yoga Madrid corregimos a la gente para que no abran demasiado los pies.  Ahora los separo siempre mucho y, claro, resulta mucho más fácil, aunque dudo que esto sea aplicable a todas las personas porque puede añadir tensión a la zona lumbar. 
  3. Se percibe una notable insistencia por que en la secuencia final de backbending la gente haga "catching" y sea capaz de agarrarse en baddha chakrasana (la rueda agarrada).  Sharath, en concreto, no para de decir: "walk, walk" para que la gente se acerque todo lo que pueda hasta los pies y pueda llegar a cogérselos.  Se trata de una posición muy extrema para los ajenos a esta práctica, tal y como se ilustra en la fotografía que acompaña a este párrafo en el que Sharath Jois ha terminado de ajustar a John Campbell.  Yo, desde luego, no lo hecho jamás, y no puedo dejar de acordarme de nuestro querido Ricardo, que se tuvo que someter a una operación en las vértebras gracias a un ajuste malo precisamente en esta postura.
  4. En salamba sarvaungasana (la vela), sólo se cuentan diez respiraciones.  En Madrid hacemos 15 ó 25.  En el libro Yoga Mala Guruji decía que salamba sarvaungasana y sirsasana (postura sobre la cabeza) iban de la mano y que una debía durar tanto como la otra.  En sirsasana se cuentan 15 respiraciones más 10 en ángulo recto.  El resto de posturas finales tienen una cuenta de ocho respiraciones salvo las tres últimas que tienen diez.
  5. En el mantra final, Sharath dice él solo "Om, shanti, shanti, shantih" y a continuación todos lo repetimos.  En Madrid, esa parte del mantra final la decimos a la vez que el profesor.
  6. En las clases guiadas del viernes, la clase se guía hasta sukhasana (el descanso, tumbados), donde nos dejan estar tres respiraciones como mucho.  El domingo, ni siquiera hacemos el mantra final.  La clase termina con el último salto adelante tras la secuencia final.
Tanya en Chamundi Hill.

Ahora voy a hablar un poco de turismo.  Hace diez días llegó Tanya, y desde que está aquí hemos estado visitando muchos sitios que enumeraré:

A.  Reserva de tigres de Madumalai - Otty.  En realidad, aquí no estuvo Tanya porque no había llegado aún.  Me invitaron a ir a la casa de John, un británico que se retiró a vivir a la India.  Pasé un fin de semana estupendo en una casa colonial situada en una zona llena de elefantes y comiendo unas viandas estupendas preparadas por Johnny.  El sitio era un tanto irreal, con un jardín primoroso con flores y plantas muy bien cuidadas, piscina de quince metros de longitud, una colección de queseras de porcelana, un órgano antiguo y un piano de cola dentro de la casa y al lado, a cuatro minutos andando, había un pueblucho indio sucio y pobre. 

Con John, Mark y Caroline en Otty.

Lo más interesante del viaje, sin duda, fue el propio viaje.  Quiero decir, el trayecto hasta allá.  Y la vuelta.  Fui en un jeep con Mark, un británico, y Arnaud y Caroline, un matrimonio franco-británico.  El viaje no se prolongaba en teoría más de tres horas, pero a medio camino se averió el jeep y tuvimos que parar.  Mark se fue a buscar un taller.  Entretanto, un montón de niños vociferantes y unos cuantos mendigos nos estuvieron entreteniendo.  Al final, el coche no se arregló y tuvimos que coger un autobús de línea mientras Mark seguía con los mecánicos.  El autobús fue toda una experiencia.  En las carreteras indias hay baches para controlar la velocidad, y el autobús pegaba unos botes alucinantes cada vez que pasaba por encima de uno.  Era una pasada.  Nos teníamos que poner en posición de galope para amortiguar el bote.  Los indios se descojonaban de nosotros.  Al entrar en el bosque nacional, empezamos a ver monos, elefantes y ciervos a pie de carretera.  

Mark consiguió arreglar el jeep y llegó a casa de John de noche.  Por lo tanto, su jeep estuvo disponible para el viaje de vuelta, que puedo calificar como la más arriesgada experiencia en carretera de mi vida, y eso que el coche no pasaba de 70 por hora.  Mark conduce bien, pero conduce al estilo indio, y como el más indio de todos.  El tío empieza a pitar a todo el que se interpone en su camino bajo la premisa por todos aceptada de "el vehículo más grande tiene preferencia".  Lo mejor fue cuando el tráfico se puso muy espeso y una ambulancia con la sirena encendida se abrió paso.  Todos los coches se echaban a la cuneta para dejarla pasar.  Pues bien, Mark, ni corto ni perezoso, se lanzó a tumba abierta detrás de la ambulancia y se dedicó a seguirla.  Creo que estuvimos lo menos veinte kilómetros adelantando a todo el mundo como si constituyéramos virtualmente un "remolque" de la ambulancia.  A la izquierda quedaban los coches que se habían echado a la cuneta y a la derecha los que circulaban por el sentido contrario (os recuerdo que en la India conducen al modo británico), avanzando nosotros, ambulancia y jeep, por el estrecho pasillo que quedaba entrambos.  Al final, por suerte, pude contarlo.

John tocando la guitarra en su casa de Otty.

B.  Palacio de Mysore.  Visita obligada y típica.  Resulta bastante impresionante, pero no dejaban sacar fotos en el interior.  Siempre que lo visito me queda la sensación de que hay estancias que no muestran: tan sólo se ven salas públicas de tránsito, de conferencias o de reuniones del Maharajá, y al menos yo me quedo con las ganas de ver cómo era su dormitorio, su cocina o su retrete.  Dentro del complejo del Palacio hay elefantes y dromedarios que pueden montarse por 100 rupias.  

C.  Lago de Kukkarahalli.  Un lugar impresionante a menos de una hora andando de Gokulam.  Un auténtico paraíso natural hogar de pájaros salvajes y cocodrilos, aunque de esto último no vimos ninguno.  Resulta impresionante pensar que si Mysore no se hubiera urbanizado, seguramente toda la región sería una extensión de este lago.

D.  Jardines de Brindavan.  A 20 kilómetros al norte de Mysore.  Hay que coger un bus que tarda casi una hora.  Son realmente grandes, aunque comparándolos con los que se ven en Madrido Europa tampoco te dejan impresionado.  En la India, la mayor belleza paisajística sin duda la proporciona la naturaleza salvaje.  

Sylvain de Alemania, Olivier de Francia y Tanya en el templo de Srirangapatna.

E. El mercado central de Mysore.  Una interesante visita antropológica.  Un mercado con más puestos que los que tendría el de la Cebada en su época dorada pero totalmente vegetariano.  En todo el reciento no se puede comprar un solo huevo ni una brizna de pluma de pollo.  Las escenas que se pueden ver en sus intrincados callejones son verdaderamente épicas.  Desde una vaca comiendo las sobras podridas de puestos abandonados hasta una obesa mujer de vida disoluta agitando su generoso escote y dejándose pellizcar el culo a cambio de una rupia.  Los productos no vegetarianos se venden en una calle sanguinolienta que da bastante asco situada a cierta distancia del recinto vegetariano principal.

F. Galería de Arte de Mysore.  Un museo estilo indio.  Merece la pena visitarlo sólo por lo ecléctico que resulta.  Ponen un reloj francés con autómatas mecanizados que dan un paso a cada cuarto de minuto y al lado una estatua de mármol de un guerrero medieval.  La colección parece sacada de los enseres que tenían los británicos en sus casas coloniales.

Bueno, voy a poner ya el punto y final.  Mañana es día de luna y no habrá clase.  Iremos a ver el Templo Dorado en Bylakuppe.  Espero volver a escribir pronto.

sábado, 18 de noviembre de 2017

El legado de Krishnamacharya.

Tal día como hoy hace 129 años nació Tirumalai Krishnamacharya, a quien muchos consideran el padre del yoga moderno, responsable de que el yoga dejase de ser una práctica marginal exclusiva de monjes y eremitas que millones de personas practican hoy en todo el mundo.  Krishnamacharya fue el único profesor que tuvo Krishna Pattabhi Jois y del que aprendió lo que después el mundo conocería con el nombre de Ashtanga Yoga.  La mano de Krishnamacharya también se encuentra, por tanto, detrás de Ashtanga Yoga Bilbao, y después de haber dedicado en este blog varias entradas a Pattabhi Jois, a Sharath Jois e incluso a Peter Sanson, David Williams, Tomás Zorzo y Borja Romero-Valdespino, ya es hora de que le rindamos a Krishnamacharya un merecido homenaje.  ¡Y nada mejor que en el día de su cumpleaños!  En este enlace de la revista Yoga Journal hemos encontrado una extensa biografía en inglés, que hemos traducido y se la ofrecemos con cariño a los lectores de este blog y al propio Krishnamacharya, si tiene a bien leerla allá donde esté:


Tanto si practicas las series dinámicas de Pattabhi Jois, los refinados alineamientos de BKS Iyengar, las posturas clásicas de Indra Devi o el vinyasa personalizado de Viniyoga, tu práctica tiene un mismo origen, un brahmín de apenas 1,55 metros de altura nacido hace más de cien años en un pequeño pueblo del sur de la India.

Jamás cruzó un océano, pero el yoga de Krishnamacharya se ha extendido por Europa, Asia y las Américas.  Hoy es difícil hallar una tradición de asanas que no haya sido influenciada por él.  Incluso si aprendiste de un yogui de fuera de las tradiciones asociadas con Krishnamacharya, hay muchas probabilidades de que tu profesor haya estado bajo la influencia de algún aspecto de sus enseñanzas.  

Muchas de las contribuciones de Krishnamacharya se han integrado tan profundamente en el entramado del yoga que su fuente se ha olvidado.  Por ejemplo, se dice que él es el responsable del énfasis que se concede actualmente a sirsasana (postura sobre la cabeza) y sarvangasana (postura sobre los hombros).  Fue pionero en refinar posturas, secuenciarlas de manera óptima y asignar valor terapéutico a asanas específicas.  Al combinar pranayama y asanas, convirtió las posturas en una parte integral de la meditación en vez de sólo un paso previo conducente a ella.


De hecho, la influencia de Krishnamacharya puede verse con mayor claridad en el énfasis en la práctica de asanas que distingue hoy al yoga.  Probablemente no hay ningún yogui antes de él que desarrollase prácticas físicas tan deliberadas.  En el proceso, transformó el hatha yoga -antaño una oscura trastienda del yoga- en su corriente actual.  La resurgencia del yoga en India se debe en gran parte a las numerosas conferencias y exhibiciones que impartió en la década de 1930.  Sus cuatro discípulos principales -Jois, Iyengar, Devi y el hijo de Krishnamacharya, TKV Desikachar- desempeñaron un papel enorme en popularizar el yoga en Occidente.


Emergiendo de las sombras.

El yoga que contempló el nacimiento de Krishnamacharya en 1888 era muy distinto de lo que es hoy.  Bajo la presión del dominio colonial británico, el hatha yoga se encontraba en la cuneta.  Tan sólo quedaba un pequeño círculo de practicantes indios.  Pero a mediados del siglo diecinueve y principios del veinte, un movimiento revitalista hindú exhalaba nueva vida al patrimonio cultural de la India.  De joven, Krishnamacharya se sumergió en esta corriente, aprendiendo muchas disciplinas clásicas indias incluido el sánscrito, lógica, rituales, leyes y las bases de la medicina india.  Con el tiempo, canalizaría estos vastos conocimientos en el estudio del yoga, donde sintetizó la sabiduría de estas tradiciones.

De acuerdo con las notas biográficas que Krishnamacharya dejó al final de su vida, su padre le inició en el yoga a la edad de cinco años, cuando le empezó a enseñar los sutras de Patanjali y le dijo que su familia descendía de un reputado yogui del siglo noveno, Nathamuni.  Aunque su padre falleció antes de que Krishnamacharya alcanzara la pubertad, inculcó en su hijo sed de conocimiento en general y un deseo en particular de estudiar yoga.  En otro manuscrito, Krishnamacharya escribió que "siendo todavía un pilluelo" aprendió veinticuatro asanas de un swami de Sringeri Math, el mismo templo que dio origen al linaje de Sivananada.  Luego, a la edad de dieciséis años, peregrinó hasta el santuario de Nathamuni en Alvar Tirunagari, donde se encontró con su legendario antepasado en una visión sobrenatural. 

Krishnamacharya haciendo pranayama.

Tal y como lo contaba Krishnamacharya, se encontró con un anciano en la puerta del templo que señalaba hacia una arboleda de mangos cercana.  Krishnamacharya caminó hacia la arboleda donde se derrumbó, exhausto.  Cuando se levantó, vio que tres yoguis se habían reunido.  Su ancestro Nathamuni se sentaba en el medio.  Krishnamacharya se postró ante él y le suplicó que le enseñara.  Durante horas, Nathamuni le recitó versos del Yogarahasya (La Esencia del Yoga), un texto perdido hacía más de mil años antes.  Krishnamacharya memorizó y más tarde transcribiría estos versos.

Las semillas de muchos elementos de las innovadoras enseñanzas de Krishnamacharya pueden hallarse en este texto que su hijo Desikachar tradujo al inglés en 1998 (Yogarahasya, Krishnamacharya Yoga Mandiram).  Aunque la historia de su autoría parezca fantástica, apunta a un importante característica de la personalidad de Krishnamacharya: Nunca reclamó protagonismo.  Según su punto de vista, el yoga pertenecía a Dios.  Todas sus ideas, originales o no, las atribuía a textos antiguos o a su gurú.

Tras su experiencia en el santuario de Nathamuni, Krishnamacharya continuó explorando una panoplia de disciplinas indias clásicas, obteniendo titulaciones universitarias en filología, lógica, teología y música.  Practicó yoga a partir de rudimentos que aprendió a través de los textos y de encuentros ocasionales con yoguis aquí y allá, pero anhelaba estudiar yoga con mayor profundidad, como su padre le había recomendado.  Un profesor de la universidad le vio a Krishnamacharya practicar sus asanas y le aconsejó que buscara a un maestro llamado Sri Ramamohan Brahmachari, uno de los pequeños maestros de hatha yoga que quedaban.

Krishnamacharya ejecuta un asana difícil.

Sabemos poco de Brahmachari salvo que vivía con su esposa y tres hijos en una cueva remota.  De acuerdo con Krishnamacharya, pasó siete años con este maestro, memorizando los Yoga Sutras de Patanjali, aprendiendo asanas y pranayama y estudiando los aspectos terapéuticos del yoga.  Durante su aprendizaje, en palabras de Krishnamacharya, dominó tres mil asanas y desarrolló algunas de sus habilidades más destacables, tales como detener los latidos del corazón.  Como pago a su enseñanza, Brahmachari pidió a su fiel alumno que regresara a su casa para enseñar yoga y constituir una familia.   

La exquisita educación de Krishnamacharya le permitía aspirar a un puesto en cualquiera de las numerosas instituciones de prestigio que había en la India, pero renunció a ello, escogiendo en su lugar honrar la primera petición de su gurú.  A pesar de toda su educación, Krishnamacharya regresó a su casa a una vida de pobreza.  En la década de 1920, la enseñanza de yoga no daba dinero.  Los estudiantes eran pocos y Krishnamacharya se vio obligado a aceptar un trabajo como capataz de una plantación de café.  Pero en sus días libres recorría la provincia impartiendo conferencias y haciendo exhibiciones de yoga.  Krishnamacharya pretendía popularizar el yoga demostrando los siddhis, las habilidades sobrenaturales del cuerpo del yogui.  Estas exhibiciones, diseñadas para estimular interés en una tradición agonizante, incluían detener el pulso del corazón, frenar vehículos con las manos, hacer asanas difíciles y levantar objetos pesados con los dientes.  Para enseñar yoga a la gente, Krishnamacharya creía que tenía que atraer su atención. 

Krishnamacharya y su mujer.

Mediante un matrimonio concertado, Krishnamacharya honró la segunda promesa que le hizo a su gurú.  Los antiguos yoguis eran renunciantes que vivían en el bosque sin casa o familia.  Pero el gurú de Krishnamacharya quería que conociera la vida familiar y enseñase un yoga que beneficiara al cabeza de familia moderno.  Al principio, esto se reveló una senda difícil.  La pareja vivía en una pobreza tal que Krishamacharya tenía que vestirse con un jirón de tela recortado del sari de su esposa.  Más tarde recordaría este periodo como el más duro de su vida, pero los malos tiempos sólo sirvieron para fortalecer aún más si cabe la inquebrantable determinación de Krishnamacharya por enseñar yoga.  


Desarrollo del Ashtanga Vinyasa. 

La suerte de Krishnamacharya cambió en 1931 cuando recibió una invitación para enseñar en la Universidad de Sánscrito en Mysore.  Ahí recibió un buen salario y la oportunidad de dedicarse a enseñar yoga a tiempo completo.  La familia regente de Mysore llevaba tiempo patrocinando toda clase de disciplinas indígenas, apoyando la revitalización de la cultura india.  Ya habían estado apoyando el hatha yoga durante más de un siglo, y su biblioteca reunía una de las colecciones de asanas ilustradas más antiguas conocidas, el Sritattvanidhi

La yogashala de Krishnamacharya en Mysore, en su apogeo.

Durante las siguientes dos décadas, el Maharajá de Mysore ayudó a Krishnamacharya a dar a conocer el yoga a lo largo y ancho de la India, financiando exhibiciones y publicaciones.  Diabético, el Maharajá se sintió especialmente atraído por la conexión entre el yoga y la sanación, y Krishnamacharya dedicó mucho tiempo al desarrollo de esta relación.  Pero la plaza de Krishnamacharya en la Universidad de Sánscrito no duró.  Era una persona demasiado estricta, se quejaban sus estudiantes.  Como al Maharajá le gustaba Krishnamacharya y no quería perder su amistad y consejo, le propuso una solución: le ofreció a Krishnamacharya establecer en el salón de gimnasia del palacio su propia yogashala, o escuela de yoga.

Así empezó uno de los periodos más fértiles de Krishnamacharya, durante el que desarrolló lo que hoy día se conoce como Ashtanga Vinyasa Yoga.  Dado que los alumnos de Krishnamacharya eran esencialmente chicos jóvenes activos, recurrió a varias disciplinas -incluyendo el yoga, la gimnasia y la lucha india- para desarrollar secuencias de asanas ejecutadas dinámicamente con el objetivo de desarrollar la fortaleza física.  Este estilo vinyasa utiliza los movimientos de surya namaskar (saludo al sol) para entrar en cada asana y salir de ella.  Cada movimiento se coordina con una respiración concreta y un dristhi, "puntos de enfoque" que dirigen la mirada e inculcan concentración meditativa.  Al final, Krishnamacharya ordenó las secuencias de posturas en tres series compuestas de asanas primarias, intermedias y avanzadas.  Los estudiantes se agrupaban en orden de experiencia y habilidad, memorizando y dominando cada secuencia antes de avanzar a la siguiente.

El joven Pattabhi Jois.

Aunque Krishnamacharya desarrolló esta manera de hacer yoga durante la década de 1930, permaneció virtualmente desconocido en Occidente durante casi cuarenta años.  En las últimas décadas se ha convertido en uno de los estilos de yoga más populares, principalmente debido a la labor de uno de los estudiantes más fieles y famosos de Krishnamacharya: K. Pattabhi Jois, 

Pattabhi Jois conoció a Krishnamacharya durante los tiempos difíciles antes de los años de Mysore.  Como un niño robusto de doce años, Jois asistió a una de las conferencias de Krishnamacharya.  Fascinado por la demostración de asanas, Jois le pidió a Krishnamacharya que le enseñara yoga.  Las clases comenzaron al día siguiente, horas antes de que la campana de la escuela sonara, y continuaron cada mañana durante tres años hasta que Jois se marchó de casa para asistir a las clases en la Universidad de Sánscrito.  Cuando Krishnamacharya obtuvo su plaza en la misma Universidad menos de dos años más tarde, el entusiasmado Pattabhi Jois retomó sus clases de yoga. 

Pattabhi Jois en la antigua shala de Lakshmipuram.

Jois retuvo una gran riqueza de detalles de sus años de estudio con Krishnamacharya.  Durante décadas, ha preservado aquel trabajo con gran devoción, transmitiendo las secuencias de asanas sin modificaciones significativas, de la misma manera que un violinista clásico podría interpretar la composición de un concierto de Mozart sin cambiar una sola nota.  Jois a menudo decía que el concepto de vinyasa provenía de un antiguo texto llamado Yoga Korunta.  Por desgracia, el texto ha desaparecido: nadie vivo en la actualidad lo ha visto.  Existen tantas historias sobre su descubrimiento y contenido que se discute su propia autenticidad.  Cuando a Jois se le preguntaba si alguna vez había leído el texto, respondía, "No, sólo Krishnamacharya."  De todos modos, Jois quitaba importancia al libro, indicando varios otros textos que también daban forma al yoga que aprendió de Krishnamacharya, incluido el Hatha Yoga Pradipika, los Yoga Sutras y el Bhagavad Gita.

Sean cuales sean las raíces de Ashtanga Vinyasa, hoy es uno de los componentes con mayor influencia del legado de Krishnamacharya.  Quizás este método, originalmente diseñado para personas jóvenes, proporciona a nuestra cultura occidental de tan alta energía y con un enfoque tan externo una puerta accesible hacia un camino de espiritualidad interna.  Durante las últimas décadas un número de yoguis cada vez mayor ha sido atraído hacia su precisión e intensidad.  Muchos también han realizado el peregrinaje a Mysore donde el propio Jois estuvo enseñando hasta su muerte en mayo del 2009.



Indra Devi, primera alumna y primera extranjera.

Mientras Krishnamacharya enseñaba a los chicos y hombres jóvenes en el Palacio de Mysore, en sus exhibiciones públicas siguió atrayendo a una audiencia de lo más diversa.  Disfrutaba con el desafío de mostrar el yoga a gente de diferentes entornos.  En las frecuentes giras que él llamaba "viajes de propaganda", introdujo el yoga a soldados británicos, maharajás musulmanes e indios de todas las creencias religiosas.  Krishnamacharya afirmaba que el yoga podía servir a cualquier credo y ajustaba su enfoque para respetar la fe de cada estudiante.  Pero al tiempo que tendía un puente entre las diferencias culturales, religiosas y de clase, la actitud de Krishnamacharya hacia las mujeres permaneció patriarcal.  El destino, no obstante, le reservaba una sorpresa: El primer estudiante que sacó su yoga al escenario del mundo solicitó su enseñanza dentro de un sari.  ¡Y además era occidental!

La mujer, a la que se conoció como Indra Devi (su nombre al nacer en la Lituania pre-soviética era Zhenia Labunskaia), era una amiga de la familia real de Mysore.  Tras asistir a una de las exhibiciones de Krishnamacharya, solicitó ser instruida por él.  Al principio, Krishnamacharya se negó a enseñarla.  Le dijo que su escuela no aceptaba extranjeros ni mujeres.  Pero Devi insistió, convenciendo al Maharajá para que se impusiese sobre su protegido.  Reacio, Krishnamacharya empezó a enseñarle, sometiéndola a estrictas normas dietéticas y a un horario difícil enfocado en doblegar su ánimo.  Superó todos los desafíos que le impuso Krishnamacharya y con el tiempo se convirtió en una buena amiga suya así como en una alumna ejemplar.  

Krishnamacharya enseña pranayama a Indra Devi.

Después de un año de aprendizaje, Krishnamacharya le enseñó a Devi a convertirse en profesora de yoga.  Le pidió que trajera un libro de notas y a continuación empleó varios días en dictarle lecciónes sobre instrucción en yoga, dieta y pranayama.  A partir de estas notas Devi acabaría escribiendo el primer best-seller sobre hatha yoga: Joven Para Siempre, Sano Para Siempre (Forever Young, Forever Healthy).  Años después de sus estudios con Krishnamacharya, Devi fundó la primera escuela de yoga en Shangai, china, donde la señora Chiang Kai-Shek fue su primera estudiante.  Más adelante, tras convencer a los líderes soviéticos de que el yoga no era una religión, incluso abrió las puertas al yoga en la Unión Soviética, donde había sido ilegal.  En 1947 se trasladó a los Estados Unidos.  Vivió en Hollywood, donde se la conocía como la "Primera Dama del Yoga," y atrajo a estudiantes famosos como Marilyn Monroe, Elizabeth Arden, Greta Garbo, y Gloria Swanson. Gracias a Devi, el yoga de Krishnamacharya disfrutó de su primera moda internacional. 

A pesar de que estudió con Krishnamacharya durante el periodo de Mysore, el yoga que Indra Devi llegaría a enseñar tiene muy pocas semejanzas con el Ashtanga Vinyasa de Jois.  Presagiando el yoga sumamente individualizado que desarrollaría en años posteriores, Krishnamacharya enseñó a Devi de una manera más suave, acomodando pero desafiando sus limitaciones físicas.

Indra Devi con Marilyn Monroe en Hollywood.

Devi mantuvo este tono suave en su enseñanza.  Aunque su estilo no hacía uso de vinyasa, empleó los principios de secuenciamiento de Krishnamacharya para que sus clases expresasen un viaje deliberado, comenzando con posturas de pie, progresando hacia un asana central seguida de posturas complementarias y por último una relajación.  Al igual que con Jois, Krishnamacharya le enseñó que combinase pranayama y asana.  Los estudiantes de su linaje todavía hoy ejecutan cada postura con técnicas de respiración concretas.  

Aunque Devi falleció en abril del 2002 a la edad de 102 años, sus escuelas de yoga todavía permanecen activas en Buenos Aires, Argentina.  Hasta bien entrados los noventa años, continuó recorriendo el mundo, llevando la influencia de Krishnamacharya a una gran audiencia por América del Norte y del Sur.  Su impacto en los Estados Unidos decayó cuando se trasladó a Argentina en 1985, pero su prestigio en América Latina trasciende la comunidad de yoga.  



Enseñando a Iyengar.

Durante el periodo en que instruyó a Devi y Jois, Krishnamacharya también enseñó brevemente a un chico llamado BKS Iyengar, que creció hasta desempeñar quizás el papel más importante que nadie haya tenido en llevar el hatha yoga a Occidente.  Resulta difícil imaginar qué forma habría adoptado nuestro yoga sin las contribuciones de Iyengar, en especial su articulación sistemática, precisa hasta el detalle, de cada asana, su investigación acerca de las aplicaciones terapéuticas y su sistema de entrenamiento riguroso de múltiples niveles que ha generado tantos profesores influyentes.  

También es difícil conocer hasta que punto la enseñanza de Krishnamacharya afectó el desarrollo posterior de Iyengar.  Aunque intenso, la estancia de Iyengar con su maestro apenas duró un año.  Junto con la fogosa devoción por el yoga que despertó en Iyengar, quizás Krishnamacharya plantó las semillas que más tarde germinarían en el yoga maduro de Iyengar.  Algunas de las características por las que es conocido el yoga de Iyengar -en particular, las modificaciones de posturas y el empleo del yoga para sanar- son bastante similares a aquellas que Krishnamacharya desarrolló en su trabajo posterior.  En cualquier caso, Iyengar siempre reverenció al gurú de su infancia, del que decía: "Yo soy un pequeño personaje en el yoga; mi guruji era un gran hombre."

El joven Iyengar en una exhibición en New York.

El destino de Iyengar no era aparente al comienzo.  Cuando Krishnamacharya invitó a Iyengar a su casa -la mujer de Krishnamacharya era hermana de Iyengar- predijo que ese adolescente rígido y enfermizo no llegaría a ninguna parte en el yoga.  De hecho, los testimonios de Iyengar respecto a su vida con Krishnamacharya recuerdan a una novela de Dickens.  Krishnamacharya podía llegar a ser un maestro extremadamente rudo.  Al principio, apenas se molestaba en enseñarle a Iyengar, que empleaba los días en regar los jardines y llevar a cabo otras faenas.  La única amistad que fraguó Iyengar fue con su compañero de habitación, un chico llamado Keshavamurthy, quien resultó ser el ojito derecho de Krishnamacharya.  En un extraño giro del destino, Keshavamurthy desapareció una buena mañana y jamás regresó.  Krishnamacharya se encontraba a unos pocos días de una importante exhibición en la yogasahala y dependía de su estudiante estrella para hacer las asanas.  Ante esta crisis, Krishnamacharya rápidamente comenzó a enseñar a Iyengar una serie de posturas difíciles.

Iyengar practicó con diligencia y, el día de la exhibición, sorprendió a Krishnamacharya con una actuación excepcional.  Tras esto, Krishnamacharya comenzó a enseñar a su decidido pupilo en serio.  Iyengar progresó con rapidez, comenzó a asistir en las clases de la yogashala y a acompañar a Krishnamacharya en las giras de demostración de yoga.  Pero Krishnamacharya mantuvo su estilo de instrucción autoritario.  En cierta ocasión, cuando Krishnamacharya le pidió que demostrase Hanumanasana (el espagat), Iyengar se quejó de que nunca había aprendido esa postura.  "¡Hazla!", ordenó Krishnamacharya.  Iyengar obedeció y se rasgó los isquiotibiales. 

BKS Iyengar.

El breve aprendizaje de Iyengar terminó de forma abrupta.  Después de una demostración de yoga en la Provincia del norte de Karnataka, un grupo de mujeres pidieron a Krishnamacharya que les enseñara.  Krishnamacharya escogió a Iyengar, su alumno más joven, para que enseñase a las mujeres en una clase aparte, dado que los hombres y las mujeres no podían estudiar juntos en aquellos días.  La enseñanza de Iyengar les impresionó.  A petición suya, Krishnamacharya decidió que Iyengar se quedase para enseñarles. 

Enseñar representaba un ascenso para Iyengar, pero no contribuyó mucho a mejorar su situación.  La enseñanza de yoga continuaba siendo una profesión marginal.  En ocasiones, recordaba Iyengar, sólo comía un plato de arroz en tres días, sobreviviendo principalmente a base de agua del grifo.  Pero se entregó por completo al yoga.  De hecho, afirmaba Iyengar, estaba tan obsesionado que algunos vecinos y familiares lo tomaban por loco.  Practicaba durante horas, empleando pesados guijarros para forzar sus piernas a baddha konasana (postura del ángulo agarrado) e inclinandose hacia atrás sobre una apisonadora aparcada en la calle para mejorar su urdhva dhanurasana (postura del arco hacia arriba).  Preocupado por su salud, el hermano de Iyengar concertó su matrimonio con una muchacha de dieciséis años llamada Ramamani.  Por suerte para Iyengar, Ramamani respetó su trabajo y se convirtió en una compañera importante en su investigación acerca de las asanas.  

A varios cientos de kilómetros de distancia de su gurú, la única manera que tenía Iyengar para aprender más asanas era explorar las posturas con su propio cuerpo y analizar sus efectos.  Con la ayuda de Ramamani, Iyengar refinó las asanas que había aprendido con Krishnamacharya.  

Iyengar durante una clase.

Del mismo modo que Krishnamacharya, a medida que Iyengar iba ganando poco a poco alumnos, modificó y adaptó las posturas para satisfacer las necesidades de sus estudiantes.  Y, al igual que Krishnamacharya, Iyengar nunca dudó en innovar.  Abandonó en gran medida el estilo vinyasa de su mentor.  En su lugar, investigó sin cesar la naturaleza del alineamiento interno, teniendo en cuenta el efecto de todas las partes del cuerpo, incluida la piel, en desarrollar cada postura.  Debido a que muchas personas en peor forma física que los jóvenes estudiantes de Krishnamacharya acudieron a Iyengar, él aprendió a utilizar accesorios para ayudarles.  Y como muchos de sus estudiantes se hallaban enfermos, Iyengar empezó a desarrollar asanas como una práctica sanadora, creando programas terapéuticos específicos.  Además, Iyengar llegó a entender el cuerpo como un templo y el asana como una oración.  El énfasis de Iyengar en el asana no siempre agradó a su viejo maestro.  Aunque Krishnamacharya alabó la habilidad de Iyengar en la práctica de asanas durante la celebración del sexagésimo cumpleaños de Iyengar, también sugirió que era hora de que Iyengar renunciase al asana y se centrase en la meditación.  

A lo largo de las décadas de 1930, 1940 y 1950, la reputación de Iyengar como profesor y sanador se acrecentó.  A él acudieron estudiantes famosos y respetados como el filósofo Jiddhu Krishnamurti y el violonista Yehudi Menuhim, que ayudaron a que estudiantes occidentales se sintieran atraídos por su enseñanza.  Para la década de 1960, el yoga formaba parte de la cultura mundial e Iyengar era conocido como uno de sus principales embajadores.



Sobreviviendo a las vacas flacas.

Pese a que sus estudiantes prosperaban y extendían su mensaje, el propio Krishnamacharya de nuevo se enfrentó a tiempos difíciles.  En 1947, el alumnado había decaído en la yogashala.  Según Jois, sólo quedaban tres alumnos.  El patrocinio del gobierno concluyó: India obtuvo la independencia y a los políticos que sustituyeron a la familia real de Mysore no les interesaba el yoga.  Krishnamacharya luchó por mantener la escuela, pero en 1950 cerró.  A los sesenta años de edad, Krishnamacharya se vio en la difícil tesitura de tener que empezar de nuevo.  

A diferencia de algunos de sus discípulos, Krishnamacharya no disfrutó las mieles de la creciente popularidad del yoga.  Continuó estudiando, enseñando y evolucionando su yoga en la casi completa oscuridad.  Iyengar especuló que este periodo de soledad hizo mella en el temperamento de Krishnamcharya.  Según Iyengar, Krishnamacharya se permitió el lujo de permanecer distante mientras estuvo bajo la protección del Maharajá.  Pero cuando se quedó solo y tuvo que buscar estudiantes por su cuenta, Krishnamacharya halló la manera de adaptarse a la sociedad y desarrollar la compasión.

Krishnamacharya coloca en posición invertida a un niño.

Igual que hiciera en la década de 1920, Krishnamacharya se esforzó en buscar trabajo, y finalmente abandonó Mysore y aceptó un puesto docente en el Colegio Vivekananda en Chennai.  Los nuevos estudiantes llegaron a cuentagotas, entre ellos gente de toda clase y condición con diferentes estados de salud, y Krishnamacharya descubrió nuevas formas para enseñarles.  Cuando acudían a él estudiantes con menos aptitudes físicas, incluyendo algunos con discapacidades, Krishnamacharya se centró en adaptar las posturas a la capacidad de cada estudiante.

Por ejemplo, a un estudiante le enseñaría a hacer paschimattasasana (flexión hacia delante sentado) con las rodillas rectas para estirar los isquiotibiales, mientras que a otro estudiante más rígido le enseñaría la misma postura con las rodillas dobladas.  De igual modo, modificaría la respiración para satisfacer las necesidades de cada estudiante, a veces fortaleciendo el abdomen poniendo énfasis en la exhalación, y en otras apoyando la espalda resaltando la inhalación.  Krishnamacharya modificó la longitud, frecuencia y secuenciación de las asanas para ayudar a los estudiantes a conseguir determinados objetivos a corto plazo, como recuperarse de una enfermedad.  A medida que la práctica del estudiante avanzaba, les ayudaría a perfeccionar las asanas hacia la forma ideal.  A su propia manera, Krishnamacharya ayudaba a sus alumnos a desplazarse desde un yoga adaptado a sus limitaciones hasta un yoga que aumentaba sus habilidades.  Este enfoque, al que hoy día se refiere como Viniyoga, se convirtió en el signo distintivo de la enseñanza de Krishnamacharya durante sus últimas décadas de vida.  

Krishnamacharya con un hombre obeso.

Krishnamacharya parecía dispuesto a aplicar tales técnicas sobre casi cualquier desafío de salud.  En cierta ocasión, un médico le pidió que ayudase a un paciente que había sufrido un infarto.  Krishnamacharya manipuló sus miembros sin vida colocándolos en varias posturas, en una suerte de terapia física yóguica.  Al igual que con tantos otros estudiantes de Krishnamacharya, la salud de ese hombre mejoró, y lo mismo hizo la fama de Krishnamacharya como sanador.

Fue esta reputación como sanador la que atraería al último gran discípulo de Krishnamacharya.  Pero en aquel momento, nadie -y mucho menos Krishnamacharya- habría podido adivinar que su propio hijo, TKV Desikachar, se convertiría en un reputado yogui que transmitiría toda la enseñanza de Krishnamacharya, y en especial la de sus últimos años, al mundo del yoga en Occidente.



Manteniendo viva la llama.

Aunque naciera en el seno de una familia de yoguis, Desikachar no sintió ningún deseo en seguir la vocación.  De niño, huía cuando su padre le pedía que hiciera asanas.  Krishnamacharya lo atrapó una vez, ató sus manos y pies en baddha padmasana (postura del loto agarrado) y lo dejó atado durante media hora.  Esta clase de pedagogía no motivó a Desikachar a estudiar yoga, pero al final la inspiración llegó por otros medios.  

Tras graduarse en la Universidad con un título en ingeniería, Desikachar se reunió con la familia durante una corta visita.  Se encontraba en ruta hacia Delhi, donde le habían ofrecido un buen trabajo en una empresa europea.  One mañana, mientras Desikachar permanecía sentado en la puerta de casa leyendo un periódico, observó a un voluminoso coche americano subiendo por la estrecha carretera hacia la casa de su padre.  Justo entonces, Krishnamacharya salió de la casa, vistiendo sólo un dhoti y las marcas sagradas que indicaban su devoción al dios Vishnu.  El coche se detuvo y una mujer de media edad con aspecto europeo surgió del asiento de atrás, exclamando "¡Maestro, maestro!"  Se abalanzó sobre Krishnmacharya, lo rodeó con los brazos y lo abrazó.

Desikachar se quedó pálido cuando observó que su padre le devolvía el abrazo.  En aquellos tiempos, las señoras occidentales y los brahmines simplemente no se abrazaba, y en especial no en medio de la calle y en especial no un brahmín que respetaba tanto las reglas como Krishnamacharya.  Cuando la mujer se marchó, "¿¡Por qué!?" fue todo lo que Desikachar pudo articular.  Krishnamacharya explicó que la mujer había estado estudiando yoga con él.  Gracias a la ayuda de Krishnamacharya, había logrado conciliar el sueño la noche anterior sin medicamentos por primera vez en veinte años.  Quizás la reacción de Desikachar a esta revelación fuera la providencia o quizás fuera el karma; ciertamente, esta evidencia acerca del poder del yoga proporcionó una curiosa epifanía que cambió su vida para siempre.  En un instante, decidió aprender lo que su padre sabía.

Desikachar con su padre.

Krishnamacharya no recibió bien el nuevo interés de su hijo por el yoga.  Le dijo a Desikachar que siguiera adelante con su carrera en la ingeniería y dejase al yoga en paz.  Desikachar se negó a escuchar.  Rechazó el trabajo en Dehli, encontró trabajo en una empresa local y le insistió a su padre en que le enseñará.  Finalmente, Krishnamacharya cedió.  Pero para asegurarse de la seriedad de su hijo -o tal vez para desanimarlo- Krishnamacharya le exigió a Desikachar iniciar las lecciones a las 3:30 cada mañana.  Desikachar accedió a someterse a las exigencias de su padre pero le puso una condición: Nada de Dios.  Ingeniero de pies a cabeza, Desikachar pensaba que no había necesidad alguna de religión.  Krishnamacharya respetó este deseo, y comenzaron sus lecciones con asanas y recitando los Yoga Sutras de Patanjali.  Como vivían en un apartamento de una sola habitación, toda la familia se vio obligada a unirse a ellos, medio dormidos.  Las lecciones durarían 28 años, aunque no siempre tan temprano.

Durante los años en que estuvo enseñando a su hijo, Krishnamacharya continuó perfeccionando el enfoque Viniyoga,  personalizando métodos de yoga para los enfermos, las mujeres embarazadas, los niños y, por supuesto, aquellos que buscaban iluminación espiritual.  Llegó a dividir la práctica de yoga en tres etapas que representaban la juventud, la mediana edad y la vejez.  Primero, desarrollo de la fuerza muscular y de la flexibilidad; segundo, mantener la salud durante los años de trabajo y de llevar una familia; finalmente, ir más allá de la práctica física para enfocarse en Dios.

El anciano Krishnamacharya.

Desikachar observó que, según los estudiantes progresaban, Krishnamacharya comenzaba a poner énfasis no sólo en posturas más avanzadas sino en los aspectos espirituales del yoga.  Desikachar se dio cuenta de que su padre sentía que cada acción debía ser un acto de devoción, que cada asana tenía que conducir hacia la calma interior.  De forma similar, el énfasis de Krishnamacharya en la respiración tenía la intención de transmitir implicaciones espirituales junto con beneficios psicológicos.

De acuerdo con Desikachar, Krishnamacharya describía el ciclo de la respiración como un acto de rendición: "Inhala, y Dios se acerca a ti.  Mantén la inhalación, y Dios permanece contigo.  Exhala, y tú te acercas a Dios.  Mantén la exhalación, y ríndete a Dios."

Durante los últimos años de su vida, Krishnamacharya introdujo los cantos védicos en la práctica de yoga, siempre ajustando el número de versos para coincidir con el tiempo que el estudiante había de mantener la postura.  Esta técnica puede ayudar a los estudiantes a mantener la atención y también les proporciona un peldaño hacia la meditación.

Krishnamacharya a los cien años de edad.

Al adentrarse en los aspectos espirituales del yoga, Krishnamacharya respectaba el entorno cultural de cada estudiante.  Les instruía a cerrar los ojos y observar el espacio entre las cejas, y entonces decía: "Piensa en DIos.  Si no en Dios, el sol.  Si no en el sol, en tus padres."  Krishnamacharya ponía sólo una condición, que reconociésemos un poder superior a nosotros. 


Preservando un legado. 

Hasta su muerte en agosto del 2016, Desikachar se encargó personalmente de preservar el legado de su padre supervisando el Krishnamacharya Yoga Mandiram en Chennai, India, donde todas las enseñanzas de Krishnamacharya se enseñan y sus escritos son traducidos y publicados.  Con el tiempo, Desikachar llegó a abrazar todos los aspectos de la enseñanza de su padre, incluida su veneración por Dios.  Pero Desikachar también entiende el escepticismo de Occidente y señala la necesidad de desnudar al yoga de su vestimenta hindú para que siga siendo un vehículo para todo el mundo. 

La visión del mundo de Krishnamacharya se enraíza en la filosofía védica, la del Occidente moderno se enraíza en la ciencia.  Conocedor de ambas, Desikachar asumió su papel de traductor, acercando la sabiduría antigua de su padre a los oídos modernos.  El principal cometido de Desikachar y de su hijo, Kausthub, es compartir esta sabiduría con la siguiente generación.  "Debemos a nuestros hijos un futuro mejor", decía.  Su organización proporciona clases de yoga para niños, incluido discapacitados.  Además de publicar historias y guías espirituales adaptadas a diferentes edades, Kausthub está desarrollando vídeos para demostrar técnicas para enseñar yoga a personas jóvenes empleando métodos inspirados en el trabajo de su abuelo en Mysore.

Krishnamacharya e Iyengar.

Aunque Desikachar pasó casi tres décadas como alumno de Krishnamacharya, siempre dijo que tan sólo rozó los aspectos más básicos de la enseñanza de su padre.  Tanto los intereses como la personalidad de Krishnamacharya se asemejaban a un caleidoscopio; el yoga era sólo una pequeña parte de lo que sabía.  Krishnamacharya también cultivó otras disciplinas como la filología, la astrología y la música.  En su propio laboratorio ayurvédico, preparó recetas herbales.

En India, todavía se le conoce mejor como un sanador que como un yogui.  También era un cocinero gourmet, un horticultor y un hábil jugador de cartas.  Pero el aprendizaje enciclopédico que en ocasiones le hizo parecer distante o incluso arrogante en su juventud -"intelectualmente intoxicado," como Iyengar lo describía educadamente- al final dio paso a una añoranza por la comunicación.  Krishnamacharya se dio cuenta de que una gran parte de la enseñanza tradicional india que él atesoraba estaba desapareciendo, así que decidió abrir su almacén de conocimiento a cualquier con interés sincero y suficiente disciplina.  Sentía que el yoga tenía que adaptarse al mundo moderno o desaparecer.

Desikachar, Krishnamacharya e Indra Devi.

Una máxima india establece que cada tres siglos alguien nace para revitalizar una tradición.  Quizás Krishnamacharya fue ese avatar.  Al tiempo que tenía un enorme respeto por el pasado, tampoco dudaba en experimentar e innovar.  Al desarrollar y perfeccionar distintos enfoques, hizo el yoga accesible a millones.  Ése, al final, es su mayor legado.

Tan diversos como las prácticas en los diferentes linajes de Krishnamacharya se han convertido, la pasión y la fe en el yoga son su herencia común.  El mensaje tácito de su enseñanza es que el yoga no es una tradición estática; es un arte vivo que respira y crece constantemente a través de la experiencia y experimentos de cada practicante.