miércoles, 22 de mayo de 2019

Un viaje atrás en el tiempo hacia el origen del método tradicional de Ashtanga Yoga.


El “método tradicional” al que hace pocos meses se dedicó una entrada en este blog hace referencia a la manera en que transmitimos Ashtanga Yoga las escuelas que nos consideramos adscritas a la línea de enseñanza de los maestros que desde Mysore divulgaron este método de yoga.  Por lo tanto, es la manera en que enseña hoy Sharath Jois en el KPJAYI y, por extensión, la manera en que enseñó Pattabhi Jois a Sharath, la manera en que enseñó Krishnamacharya a Pattabhi, la manera en que Ramamohan Brahmachari enseñó a Krishnamacharya, y la manera de enseñar descrita en el Yoga Korunta que Brahmachari conocía de memoria.  Ha llegado hasta nuestros días como un sistema de yoga perfectamente definido, reconocible y cerrado que se imparte igual en todas partes desde India a Chile y Suecia a Nueva Zelanda.

En base a esto, al método tradicional se le suele atribuir un carácter inamovible, monolítico, con la idea de que los diversos gurús desde Ramamohan Brahmachari hasta Sharath se han limitado a transmitirlo de forma literal a través de las generaciones sin alterar un ápice las enseñanzas recogidas en el misterioso y antiquísimo Yoga Korunta: un conjunto solemne de leyes escritas a fuego sobre tablas de piedra, inalterables a lo largo del tiempo.  La gran pregunta es: ¿realmente ha permanecido siempre igual?

El Yoga Korunta o, simplemente, unos viejos pergaminos en sánscrito que decoran la portada interior del Yoga Mala. 

El Yoga Korunta es un texto perdido y Ramamohan Brahmachari un enigmático eremita de quien sólo se conoce lo que Krishnamacharya dijo y escribió acerca de él, por lo que hoy no resulta posible estudiar los cimientos originales sobre los que descansa el así llamado método tradicional.  La propia enseñanza de Krishnamacharya tuvo muchas facetas y sus numerosos discípulos enseñaron de maneras muy diversas.  Fuera cual fuera la forma de enseñar que desplegó Krishnamacharya en Mysore, de lo que no cabe duda es que lo que Pattabhi Jois enseñaría al mundo no fue el único yoga de Krishnamacharya.

La mejor prueba disponible a día de hoy es el Yoga Makaranda, un libro de Krishnamacharya publicado en 1934 durante sus años de Mysore y traducido al inglés por su hijo Desikachar en el tardío 2011.  Constituye la principal referencia de la enseñanza de Krishnamacharya en esa época y de manera sorprendente no concuerda con lo que en teoría Pattabhi Jois debía de estar aprendiendo en el momento en que fue publicado el libro.  En él se describen los vinyasas de numerosas posturas que se encuentran en la primera, segunda y tercera series de Ashtanga Yoga, pero no se identifican ni las series de posturas ni el ordenamiento que posteriormente popularizaría Pattabhi Jois; parece más bien un catálogo general del que extraer distintas secuencias personalizadas, lo que lo situaría mucho más próximo al Viniyoga de Desikachar o al Vinyasa Krama de Srivatsa Ramaswami que al Ashtanga Yoga de Pattabhi Jois que conocemos.

Desde el punto de vista de los defensores del método tradicional de Ashtanga Yoga el Yoga Makaranda es un libro sonrojante que en cierto sentido pone en tela de juicio las mismas bases del método tradicional.  Pese a que todas las posturas descritas en el Yoga Makaranda puedan ser identificadas dentro del sistema de Ashtanga Yoga y al hecho de que el número de vinyasas de cada una coincida ampliamente con lo que después enseñaría Pattabhi Jois, Krishnamacharya en cambio no suscribe la agrupación de los asanas en una serie básica, intermedia y avanzada destinadas a ser aprendidas secuencialmente, establece que cada postura debe de ser mantenida no durante cinco o diez respiraciones, sino durante varios minutos, y el Yoga Korunta, supuesto origen de todo el sistema vinyasa, ni siquiera es citado en la bibliografía.

Yoga Makaranda: El Néctar del Yoga, escrito por T. Krishnamacharya.

Así pues, el Yoga Makaranda como evidencia de la conexión de Krishnamacharya con el método tradicional de Ashtanga Yoga resulta cuando menos inconcluyente.  No obstante, a este respecto no he dicho aún mi última palabra y os emplazo a leer la siguiente entrada de este blog en el que se hará una espectacular revelación.

A diferencia de lo dicho acerca del Yoga Korunta, Brahmachari y Krishnamacharya, la enseñanza de Guruji, de Pattabhi Jois, sí ha sido ampliamente documentada y muy especialmente a partir de su primer contacto con los occidentales en 1972.  Existen numerosas referencias en forma de publicaciones, vídeos y testigos que aprendieron con él en diferentes periodos y que han relatado su experiencia.  A priori cabría pensar que Pattabhi Jois enseñó siempre lo mismo, limitándose a transmitir el legado de Krishnamacharya.  Pues bien, la realidad histórica nos permite afirmar que a lo largo de las siete décadas de enseñanza de Guruji. el conocido como método tradicional ha experimentado no pocos cambios.

En realidad, tampoco hace falta ser un dechado de virtudes detectivescas tal que Sherlock Holmes; cualquier practicante de Ashtanga Yoga mínimamente leído o lo suficientemente curioso sabe que a lo largo de las décadas la práctica de Ashtanga Yoga transmitida por Pattabhi Jois ha sufrido alteraciones y que éstas se produjeron sin la intromisión de terceras personas: el mismo Pattabhi Jois se encargó de hacerlas.  Que nadie se lleve las manos a la cabeza; la esencia de lo que hoy día se entiende como método tradicional ha sido fundamentalmente la misma a lo largo de las más de seis décadas de enseñanza de Pattabhi Jois pero, hay que reconocerlo, no de manera literal.  Guruji siempre enseñó en clases estilo Mysore personalizadas en las que hacía avanzar a sus estudiantes de forma progresiva a través de unas series de posturas conocidas como primaria, intermedia y avanzada.  Sin embargo, algunos detalles más o menos notorios como el ordenamiento de las series, las posturas incluidas en ellas o los vinyasas y dristhis en algunos asanas sí que cambiaron a lo largo del tiempo y lo que en otras décadas formaba parte de la práctica habitual hoy resultaría exótico y sería corregido.  Veamos algunos ejemplos.

Póster editado por el Instituto de Ashtanga Yoga de Mysore pero con exactamente las mismas imágenes que el editado por Lino Miele.

En Ashtanga Yoga Bilbao disponemos de un par de publicaciones (un libro y un póster) editadas en el año 2000 por Lino Miele, veterano estudiante italiano de Guruji, en las que Sharath sirve de modelo en los asanas, avaladas por el propio Pattabhi Jois quien cedió su imagen en ambas y escribió un prefacio en el libro, y que presentan numerosas discrepancias respecto a la práctica que conocemos hoy, a saber:
  1. Ausencia de parivritta parsvakonasana parsvakonasana B (no en el póster pero sí en el libro).  Un clásico.  Guruji la introduciría en la serie de forma tardía. 
  2. Tres versiones de paschimattanasana: A, B y C e incluso cuatro (en el póster): A, B, C y D.  Hoy día se hace sólo A y C (o D); si la persona no puede llegar a cogerse la muñeca, entonces A y B (o C).  Yo comencé con Borja practicando las cuatro versiones; tras un viaje a Mysore de una de sus profesoras en el 2007 en que comprobó que Guruji ya sólo enseñaba dos, me quedé con las A y B actuales.
  3. Ausencia de baddha konasana B.  Tras llevar la barbilla al suelo en baddha konasana A, Guruji no guía a los estudiantes a la versión con la frente en los pies.  En su momento incluso llegaría a haber tres variantes: consistiendo la C en permanecer erguido con las plantas de los pies hacia el techo.
  4. Contrapostura de yoga mudra, inclinándose hacia atrás.  Hoy día no se hace.
  5. Sirsasana C.  Tras sirsasana A, Sharath no baja las piernas a noventa grados sino que levanta la cabeza del suelo sobre los brazos y lleva la mirada hacia su ombligo, con la barbilla contra el cuello en jalandarabhanda.  Hoy día esto no se hace, aunque yo personalmente en Mysore le he visto a Sharath durante alguna de sus conferencias demostrarla como parte de las variantes de sirsasana.
  6. Dristhis o puntos a los que llevar la mirada.  Un gran tema digno de una entrada aparte en el blog.  El libro de Lino Miele establece el dristhi brumadhye (entrecejo) en los vinyasas tres, cinco y siete del saludo al sol y en las posturas kurmasanaupavistha konasanasupta konasanalaghu vajrasana yoga nidrasana.  En la actualidad, por indicación expresa de Sharath, en toda la primera y segunda serie, el dristhi brumadhye sólo debe ser hecho en una postura: yoga nidrasana.   
No son diferencias escandalosas, aunque sí resultan significativas a la hora de valorar la afirmación categórica de que Pattabhi Jois preservó y transmitió a pies juntillas el método de Ashtanga Yoga tal y como lo recibió de Krishnamacharya.  Guruji falleció en mayo del 2009.  Si una década antes de su muerte ya se encuentra un buen puñado de diferencias, ¿qué pasará si nos remontamos más atrás?


Existen unos vídeos filmados en 1993 sobre un fondo claro en los que Guruji guía a seis de sus estudiantes más experimentados a lo largo de la primera y segunda series.  El formato y presentación de los vídeos es muy formal, intencionadamente serio, con el claro propósito de exponerlos como la versión “oficial” de las dos primeras series.  Se trata de unos vídeos muy populares con varios millones de visualizaciones que pueden encontrarse fácilmente en Youtube y que constituyen otra prueba irrefutable, en este caso videográfica, de que la práctica, o al menos algunos de sus elementos, hace veinticinco años no eran exactamente iguales a como son ahora.  Suelo emplearlos en mi práctica personal para hacer la primera serie guiada y los tengo muy vistos, aunque cualquiera familiarizado con la práctica de Ashtanga Yoga puede examinarlos y comprobar por sí mismo las diferencias respecto al estándar actual.  A continuación enumeraré las que he identificado, ciñéndome a la primera serie:
  1. De nuevo, ausencia de parsvakonasana B y baddha konasana B.
  2. Ausencia de medio vinyasa tras el paschimattanasana de la secuencia final justo después de los backbendings.  Desde paschimattanasana los estudiantes directamente se tumban, esperan cinco respiraciones en posición supina, y desde ahí suben directamente a salamba sarvangasana.  Hoy día se hace un medio vinyasa tras paschimattanasana y, sin esperar tumbado cinco respiraciones, tras una sola exhalación, se sube a sarvangasana
  3. Cuenta de veinticinco respiraciones en sirsasana A y diez respiraciones en sirsasana B.  Hoy día sólo se cuentan quince en A y diez en B.
  4. Cuenta de veinticinco respiraciones en utpluthih.  Hoy día se cuentan sólo diez aunque, eso sí, mucho más lentas.
  5. Ausencia de mantra final o mangala mantra.  Tras el medio vinyasa de utpluthih los estudiantes saltan a través y se tumban.  Hoy día se hace un vinyasa completo hasta samastitih, se recita el mantra final y de nuevo se hace un vinyasa cumpleto hasta sukhasana (posición supina de descanso).
Tampoco se puede decir que se trate de modificaciones revolucionarias que pongan la práctica patas arriba pero, de nuevo insisto, son una prueba al alcance de todo el mundo de que el método tradicional no es un monolito incólume que jamás se ha tocado ni movido un milímetro.

Primera página del syllabus que conocieron los primeros occidentales que fueron a Mysore.  El resto de páginas puedes consultarlas aquí.

¿Qué sucede si nos remontamos más atrás en el tiempo?  Hace menos de dos meses recibimos en Bilbao la visita de David Williams, quien estudió con Guruji intensivamente entre 1973 y 1979.  Tras 1979 David no regresó jamás a Mysore, y desde entonces ha enseñado la práctica de Ashtanga Yoga tal y como él la conoció.  En verdad se puede decir que David Williams es una cápsula del tiempo viviente que permite abrir una ventana hacia la práctica de Ashtanga Yoga de hace cuarenta años.  En Bilbao tenemos frescas las clases guiadas de David en las que proporcionó todo lujo de detalles, y algunas de las diferencias más notorias entre lo que David aprendió de Guruji y lo que hoy se enseña son éstas:
  1. Las posturas de pie de la primera serie, es decir, utthita hasta padangusthasanaardha baddha padmottanasanautkatasana virabhadrasana se aprendían sólo cuando la persona ya había completado la primera serie.  Al principio, desde parsvottanasana se pasaba directamente al suelo.
  2. Ausencia de numerosos vinyasas.  Las tres variantes de janu sirsasana se ejecutaban sin medio vinyasa entre lados ni entre posturas, tal y como sucede hoy día entre dandadasa y los paschimattanasanas.  Una vez terminadas los tres janu sirsasanas, entonces sí se hacía un medio vinyasa.  Lo mismo sucedía con las cuatro variantes de marichyasana y los tres konasanas (baddhaupavistha y supta).  Tras baddha se abrían las piernas para hacer upavistha, y tras upavistha B se tumbaba uno directamente sobre su espalda para hacer supta.  Y por cierto, en upavistha David aprendió coger los dedos de los pies y no los laterales o talones.  Ubhaya padangusthasana y urdhva mukha paschimattasana también se hacían juntas, sin vinyasa entre ellas simplemente cambiando la posición de las manos.
  3. Cincuenta respiraciones en utpluthih, con respiración de fuelle o bastrika.
  4. Cabeza hacia abajo en todas las flexiones hacia delante, lo que es contradictorio con el dristhi padagre en el dedo gordo del pie que establece hoy el método tradicional.
  5. Ausencia de clases guiadas. David Williams y los primeros estudiantes sólo conocieron las clases estilo Mysore.  En palabras de David, la primera vez que fue testigo de una clase guiada fue durante un tour en Estados Unidos al que asistió tanta gente que Pattabhi Jois no vio viable hacer una clase estilo Mysore con tanta gente.  Ahí fue cuando por primera vez tras varios años de estudio con Guruji David escuchó lo de:”Ekam inhale, dve exhale, trini inhale head up...”. Hoy día las clases guiadas semanales son un cotidiano elemento más del método tradicional.
  6. Sin duda la diferencia más radical está en la propia estructura de las series.  La serie intermedia termina con supta urdhva pada vajrasana y no con la secuencia de siete sirsasanas con que termina hoy.  Las series avanzadas son sólo dos y no las cuatro de hoy.  Posteriormente Pattabhi Jois dividiría y reestructuraría las dos series avanzadas en cuatro.
Aquellos pioneros occidentales, David Williams, Nancy Gilgoff y Normal Allen, recibieron de Pattabhi Jois un syllabus, un programa de estudios año a año en el que se exponían las series de asanas, kriyas, pranayamas y libros que habían de ser estudiados cada curso.  Tuvimos suerte de que conservaran esas páginas que hoy día cualquiera puede consultar online.  Cabe suponer que el syllabus existía ya antes de la llegada de occidentales, por lo que se le puede considerar una referencia objetiva de lo que Guruji estaba enseñando en la década de 1970 e incluso antes.

Segunda página del syllabus.  Click aquí para ver el resto.

Si se analiza el syllabus de cerca hay muchas cosas que cualquier practicante de Ashtanga Yoga actual encontrará chocantes.  Por ejemplo, y aparte de todo lo dicho antes, sorprende que, aparentemente y por decreto, una persona en su segundo año practique ya la serie intermedia y en su tercer año la tercera (que en realidad serían la tercera y la cuarta de hoy).  Habría que preguntárselo a los protagonistas, pero me figuro que no se trataba de cursos anuales “estrictos” y, de hecho, un hombre especialmente dotado para hacer asanas como David Williams, y a pesar de que los criterios de exigencia de Guruji por aquel entonces pudieran ser mucho más laxos que los que posteriormente impondría, tardó siete años con largas estancias de seis y más meses, y no cuatro, en completar el syllabus.  Otros mucho más humildes ya no tenemos dedos suficientes en las manos para contar los años y sin embargo aún no hemos terminado la segunda.  Llama la atención también que los pranayamas se empiecen a enseñar en el segundo año junto con la serie intermedia.  En la actualidad muy poca gente, tan sólo los practicantes de series avanzadas, conoce los seis ejercicios de pranayama.

¿Podemos retroceder más atrás todavía?  Algunos estudiantes antiguos de Guruji que a día de hoy están vivos, tales como BNS Iyengar o su hijo Manju Jois, sin duda podrían realizar grandes aportaciones.  No obstante, existe una referencia muy fidedigna que se remonta al año 1958, apenas una década después de que Pattabhi Jois inaugurara su escuela de Ashtanga Yoga (Ashtanga Yoga Nilayam) en Lakshmipuram: el Yoga Mala, el primer y único libro que escribió el mismo Pattabhi Jois, publicado en inglés en 1999 y que abre una nueva ventana a los albores del método tradicional. 

Yoga Mala: El Rosario del Yoga, escrito por Sri K. Pattabhi Jois.    

En el Yoga Mala sólo se describe la primera serie, pero aporta numerosos detalles y de nuevo permite identificar varias diferencias:

  1. La no inclusión en la serie de parivritta parsvakonasana y baddha konasana B y la sí existencia de tres versiones de paschimattasana, tal y como se observaría durante varias décadas posteriores.  Lo que conocemos hoy día, por tanto, ha sido una modificación contemporánea relativamente reciente.
  2. Se describen o indican los vinyasas completos -full vinyasa- de todas las asanas hasta regresar a samasthiti, por lo que las agrupaciones de asanas sin vinyasas entre lados o entre posturas que Nancy Gilgoff y compañía conocieron no están documentadas aquí.  
  3. Sirsasana y sarvangasana se han de ejecutar durante mucho más que unas meras quince o veinticinco respiraciones.  En palabras del propio Pattabhi Jois: "...un aspirante debería empezar practicándola primero durante cinco, diez y quince minutos... [al cabo de los años] debería ser capaz de permanecer en el asana durante tres horas completas."  Y por cierto, no se menciona sirsasana B ni sirsasana C ni la contrapostura de yoga mudra.
  4. El Yoga Mala no especifica los dristhis en cada postura, pero resuelve el asunto de si bajar o no la cabeza que tanto exasperaba a David Williams de forma salomónica.  En la descripción de janu sirsasana establece: "Entonces, haciendo rechaka (exhalando) lentamente, coloca la frente o la barbilla en la rodilla de la pierna estirada."  Y en la página anterior se muestran, en tándem, una fotografía de Pattabhi Jois en ardha baddha padma paschimattanasana con la cabeza hacia abajo al modo jalandarabandha que enseña David Williams y debajo a Sharath en tiriangmukhaikapada paschimattanasana mirando hacia el pie tal y como se practica hoy.  Por lo visto, y pese a que el mismísimo Krishnamacharya en la mayoría de fotografías que existen sí mantiene la cabeza hacia abajo, a Guruji no le parecía un detalle crucial y no tuvo reparos en cambiarlo.


Página 74 del Yoga Mala con el detalle de las cabezas.  El dristhi en la que hace Sharath está en el pie.  En la que hace Pattabhi Jois... ¿en el ombligo?

Esta situación ha alimentado toda clase de especulaciones.  Mucha gente cree -creemos- que el método tradicional de Ashtanga Yoga que ha llegado hasta nuestros días ha sido el resultado de una transmisión genuina de conocimientos entre reputados maestros.  Sin embargo, la cadena flaquea en uno de sus eslabones, el de Pattabhi Jois, casualmente el que más conocemos y mejor documentado está, quien no se limitó a transmitir un legado sino que a lo largo de las décadas decidió modificar numerosos elementos de una tradición supuestamente milenaria.  Las preguntas son inevitables: ¿Por qué necesitó hacer eso?  ¿Acaso el método que había recibido no era ya lo suficientemente perfecto que se vio en la obligación de mejorarlo?  Y más allá, ¿por qué no hay pruebas de que Krishnamacharya de hecho enseñase lo que posteriormente divulgaría Pattabhi Jois?  ¿Por qué Iyengar, Desikachar, Ramaswami e Indra Devi enseñaron un yoga tan distinto del de Pattabhi Jois si Krishnamacharya fue el maestro de todos?  ¿Por qué el Yoga Makaranda no menciona el Yoga Korunta ni da una explicación plausible a las series de Ashtanga Yoga?  Hay opiniones para todos los gustos y yo daré la mía aunque, por supuesto, seamos conscientes de que nunca faltarán detractores de burdos argumentos que pongan en duda que Pattabhi Jois siquiera estudiase con Krishnamacharya y sugieran que se autoproclamó heredero del legado de Krishnamacharya para crear un imperio económico basado en una gran farsa.

Ya se ha hablado de esto en innumerables ocasiones pero insistiré una vez más.  Lo primero que hay que entender es que Krishnamacharya tuvo una dilatada vida de enseñanza que se prolongó durante más de setenta años y a lo largo de la cual enseñó a numerosas personas, muchas de las cuales a su vez se convertirían en profesoras de yoga: Pattabhi Jois, BKS Iyengar, Indra Devi, AG Mohan, Ramaswami, Desikachar...  En verdad sorprende que, habiendo tenido al mismo maestro, cada uno de ellos haya enseñado de maneras tan distintas.  Una persona que observe una clase de Yoga Iyengar y después observe otra de Vinyasa Krama jamás podría concluir que ambos estilos tuvieran un mismo punto de origen: Krishnamacharya.  Lo mismo sucede en el caso de Ashtanga Yoga y el yoga que enseñaría en Holywood Indra Devi, quien curiosamente fue coetánea de Pattabhi Jois en los tiempos de Mysore.   

Todo esto ha llevado a un capítulo de lo que se conoce como las "guerras del yoga" (yoga wars), con los diferentes discípulos de Krishnamacharya disputándose entre sí su legado y tratándose de erigirse en los legítimos transmisores del verdadero yoga de Krishnamacharya.  La camaleónica capacidad didáctica de Krishnamacharya era legendaria y personalmente no me cabe duda de que, en realidad, todos ellos sin excepción enseñaran honestamente lo que aprendieron de Krishnamacharya.  Lo que seguramente ocurrió fue que Krishnamacharya decidió enseñarles de maneras distintas, bien porque consideraba que era lo más adecuado para ellas o porque él mismo se encontraba en una etapa distinta de su vida.  Por ejemplo, cuando Krishnamacharya abrió su escuela de Mysore en 1933 contaba con cuarenta y cuatro años, y cuando marchó a Madrás en 1953 tenía sesenta y cuatro.  Es lógico pensar que a los cuarenta no enseñara igual que con setenta u ochenta.  También, en Mysore mantuvo una escuela con docenas de estudiantes practicando a la vez, pero a Indra Devi, al Maharajá y seguramente a muchos otros los enseñaba a solas, en un entorno particular, lo mismo que sucedería en Madrás.  Por eso, también parece lógico pensar que Pattabhi Jois, un estudiante más dentro de un grupo numeroso, no aprendiera igual que Indra Devi o los estudiantes a los que atendía de uno en uno en los obscuros tiempos de Chennai. 

Krishnamacharya con sus estudiantes en una exhibición colectiva durante los años de Mysore.

Quizás no sepamos nunca si el Yoga Korunta existió o no, pero es probable que, de haber existido esos maltrechos pergaminos medievales, su contenido no fuera lo suficientemente completo como para considerarlo un tratado definitivo, sino que tal vez hubiese muchos aspectos abiertos a interpretaciones.  Fueran cuales fueran los conocimientos que Brahmachari transmitió a Krishnamacharya, seguramente éste tendría que empeñar una gran inventiva y esfuerzo a la hora de ponerlos en práctica y aplicarlos en personas reales.  Y su gran campo de pruebas fue la yogashala del Jaganmohan Palace en Mysore, con cientos de chicos jóvenes a su disposición a lo largo de dos décadas.  Todo parece indicar que fue en estas clases grupales, y no en las que impartiría de forma privada, donde Krishnamacharya decidió enseñar las series descritas en el Yoga Korunta.

De nuevo todo son conjeturas mías pero, durante su periodo de estudio con Krishnamacharya Guruji quizás fuera testigo del proceso de construcción de un método de yoga aplicable a grandes grupos de personas basado en el Yoga Korunta, que no literal al Yoga Korunta porque seguramente no había un cuerpo en el Yoga Korunta lo suficientemente sólido al que ceñirse letra por letra.  De hecho, tengo entendido que el niño Manju Jois fue testigo de cómo su padre y Krishnamacharya refinaban las series y los vinyasas de cada postura durante los últimos años de estancia de éste en Mysore.  Es decir, sí se puede decir que Pattabhi Jois verdaderamente recogió un legado y lo mantuvo para la posteridad, aunque también se vio en la tesitura de continuar el proceso de refinamiento iniciado por Krishnamacharya.

De hecho, durante las conferencias de los sábados en Mysore a veces se le pregunta a Sharath Jois acerca de esas maneras distintas de enseñar algunos elementos de la práctica que se han conocido a través de antiguos estudiantes.  La respuesta -bastante textual- que le escuché a Sharath en una ocasión fue la siguiente: "Entonces era yo muy joven como para recordarlo.  Sé que mi abuelo cambió algunas cosas porque pensaba que así estaban mejor.  Comprendo que las personas que estudiaron con él en otras épocas enseñen de la manera en que aprendieron."  Y no en vano, durante mucho tiempo tiempo la escuela de su abuelo se denominó AYRI: Ashtanga Yoga Research Insititute o Instituto de Investigación de Ashtanga Yoga.

Por último, también quiero que se entienda que las diferencias metodológicas que se han citado en esta entrada son muy técnicas.  Ashtanga Yoga es mucho más que unas series de posturas con un número de vinyasas y sus principios fundamentales no han cambiado.  Las personas que estamos muy metidas en esto somos capaces de detectar con claridad la ausencia de un asana o la existencia de una variación respecto al estándar, pero una persona que comenzase a practicar Ashtanga Yoga tradicional en el 1969 y otra que lo hiciera en el 2019 tendrían experiencias muy similares, sino idénticas, aprendiendo postura a postura directamente del profesor, con énfasis en el sistema de respiración vinyasa, los bandhas y los dristhis y recibiendo indicaciones y ajustes personalizados.  El hecho de que en determinados momentos a una se le omitiese una postura por aquí o se le añadiese otra por allá y similar, qué queréis que os diga, resulta un tanto intrascendente.

Si te ha interesado este tema presta atención a la siguiente entrada porque, como he adelantado al comienzo del artículo, me dispongo a poner al alcance del lector en castellano una obra inédita de Krishnamacharya con espectaculares revelaciones que vendrán muy a propósito con todo lo que se ha discutido aquí.  

jueves, 25 de abril de 2019

Practicar -también- en vacaciones.

Con Borja y Susanna en Badalona la pasada Semana Santa. 

Las personas que practicamos Ashtanga Yoga de acuerdo con la tradición del KPJAYI de Mysore descansamos un día a la semana -típicamente sábado o domingo- además de en las lunas llenas y nuevas.  Es decir, nuestros pies se colocan sobre la esterilla cinco o seis días semanales, independientemente de si hace frío o calor, luce el sol o graniza y es invierno o verano.  También practicamos en navidades, Semana Santa y el día de nuestro cumpleaños.

Mucha gente que observa desde fuera este estilo de vida se queda perpleja: "Pero, ¿no vais a descansar ni siquiera en estos días de fiesta?"  Y me figuro que, más de uno, al descubrir que de hecho, y salvo inevitable fuerza mayor, la práctica de cinco/seis días a la semana la mantenemos durante las cincuenta y dos semanas de que consta el año, concluye que, o bien debemos de padecer algún trastorno mental obsesivo-compulsivo, o quizás que hemos sido abducidos por una secta que nos ha convertido en unos verdaderos fanáticos.  En cualesquiera de los casos tenemos un serio problema y necesitamos ayuda urgente.

No deja de ser curioso que esta clase de pensamientos ronden la cabeza de personas que, de analizar fríamente sus hábitos, sin duda encontrarían alguna actividad, sino un buen número de ellas, a la que dedican ingentes cantidades de tiempo de manera regular y que son completamente vacías o, si no del todo, sí que han crecido de manera grotesca hasta ocupar enormes porciones de sus vidas.  Así, ¿cuánto tiempo dedica el ciudadano medio a ver la televisión, navegar por Internet, husmear en las redes sociales, cotillear sobre la vida de otros, alimentar sus grupos favoritos de Whatsapp, salir de copas, etcétera, etcétera?

No quiero decir que haya que evitar ninguna de estas cosas, sino hacer hincapié en el hecho de que la gente sí que tiene a su disposición amplios intervalos de tiempo libre, lo que ocurre es que las decisiones que cada día toma le suelen llevar a invertirlo, y en ocasiones desperdiciarlo, en algunos de los entretenimientos ligeros que ofrece la vida moderna.


No hay nada de malo en ello siempre que sea lo que uno quiere.  Para muchas personas el fin último en la vida puede consistir en exprimir al máximo el fin de semana, salir de fiesta y desmadrarse, acumular horas y horas de experiencia en videojuegos o pegarse atracones de televisión y prensa rosa.  Es un fin perfectamente loable que no va conmigo, pero allá cada cual.

El problema surge cuando nos llega el momento en que, por ejemplo, nos proponemos aprender a tocar un instrumento musical, hacer una colección de sellos, plantar un bonsai, leer los cien mejores libros de la Literatura universal, apuntarnos a un gimnasio para perder peso, construir una maqueta del Titanic, cultivar un huerto o aprender a bailar tango, pero con la manida excusa de la falta de tiempo no superamos nunca la fase de proyecto.  Se trata de una situación que todos conocemos bien: los grandes planes de septiembre o enero suelen quedarse en nada para cuando llegan los meses de noviembre o marzo.

Con el yoga sucede algo parecido.  La mayoría esgrimimos la misma queja: no tenemos tiempo, y en base a ella lo abandonamos o no llegamos a empezarlo nunca.  Pero, curiosamente, esto se aplica solamente a nuestra práctica.  Ya no es que no dispongamos de noventa minutos diarios (lo que típicamente llevaría completar la primera serie), sino ya ni siquiera los treinta o quince minutos necesarios para mantener una práctica mínima pero, en cambio, siempre tenemos de sobra para comer, dormir, viajar, trabajar, ir de compras, alternar con gente y entretenernos.  No tenemos tiempo para la práctica, y sin embargo, las preocupaciones, el miedo, la ira, la inseguridad y la ansiedad siguen estando allí robándonos preciosos momentos de nuestra vida y nuestro descanso.  Los smartphones, iPads y Facebook devoran también enormes pedazos y tampoco vemos ningún problema en ello.  Pero en lo que respecta a la práctica, nos acucia el tiempo.  ¿Por qué?

El yoga es una actividad especialmente susceptible a ser abandonada por un motivo muy claro: asusta.  Su planteamiento físico es sólo una gabardina, es decir, su capa más externa y visible.  Debajo subyace una propuesta a la que el ser humano no está acostumbrado, consistente en retirar la mente del mundo exterior de los objetos y voltearla hacia el silencioso, desconocido y a menudo inquietante, mundo interior.


Este proceso de retirada del mundo externo resulta difícil, y hay dos razones para ello.  La primera es nuestra estrecha familiaridad con el mundo externo.  Esto es lo que conocemos.  Esto es donde hemos nacido.  Vivimos aquí y moriremos aquí.  Nuestras nociones de pérdida y ganancia, fracaso y éxito las define el mundo externo y se constriñen a él.  Lo percibimos completo, sólido.  Creemos firmemente en la realidad de este mundo externo y, en pocas palabras, resulta extremadamente difícil abandonarlo.

El segundo motivo por el que se nos hace tan arduo girar la mente hacia dentro es que conocemos muy poco acerca de la dimensión interna de la vida.  Lo poco que sabemos se basa en cortos destellos intuitivos o en lo que otras personas han dicho o escrito.  Dado que no tenemos una experiencia directa de la realidad interna, no estamos del todo convencidos de que ni siquiera exista.  Para la mayoría de nosotros, el mundo interno no tiene sustancia y la duda socava nuestra creencia en él.  Sentimos curiosidad, sí, pero nos parece lejano, inalcanzable.

Como resultado de ello, la exploración del mundo interno y la permanencia en él durante cierto periodo de tiempo no figura entre nuestras prioridades.  A menos que estemos convencidos de la importancia de conocer dicha dimensión interna, jamás empeñaremos el tiempo y la energía suficientes en investigarla.  Y a menos que practiquemos con persistencia durante un largo periodo de tiempo, el hábito erigido sobre nuestra práctica no llegará nunca a ser lo suficientemente intenso como para sobreponerse a los hábitos que distraen nuestra mente y la arrastran una y otra vez de vuelta hacia lo externo.

La pasada Semana Santa estuvimos en Badalona en un retiro de Ashtanga Yoga con nuestro querido profesor Borja.  Fotografías obtenidas durante esas vacaciones ilustran esta entrada del blog.  Practicamos todas las mañanas de Jueves Santo a Domingo de Resurrección.  La misma práctica que hacemos en solitario de manera cotidiana durante todo el año pero con otras personas alrededor y en presencia de Borja.  Para nosotros fue un verdadero placer volver a sentirnos alumnos a los pies de Borja, aunque me imagino que a muchas personas les costará entender que durante nuestras vacaciones hayamos optado por continuar levantándonos temprano para hacer lo que ya hacemos durante el resto del año, y que encima lo hayamos disfrutado.  


Las personas que piensen así seguramente estén relacionando la práctica de yoga con la noción que tienen de madrugar para ir al trabajo: un trabajo que necesitan para subsistir pero que les desagrada y del que durante las vacaciones prefieren olvidarse por completo.  La cuestión de fondo es que para nosotros la práctica no supone ninguna obligación desagradable y mucho menos un castigo o una tortura que nos hemos impuesto.

Por desgracia, la vida de muchos se ha convertido en una suerte de carrera de caballos en la que no desempeñamos el papel de jinete que lleva las riendas, sino el del caballo al que se hace galopar desbocado a base de espuelazos o latigazos hacia no se sabe muy bien dónde.  Si madrugamos, no es porque así lo hayamos decidido, sino porque no nos queda más remedio y porque si no lo hacemos recibiremos una reprimenda por parte de terceras personas o instituciones que se erigen en nuestro jockey fustigador particular.  La disciplina impuesta desde fuera la asumimos sin chistar obedientes, pero nos cuesta mucho establecerla si es para algo que nos atañe sólo a nosotros mismos.

En mi antiguo trabajo en Madrid, a menudo mis compañeros me preguntaban si no se me hacía insoportable practicar yoga después del trabajo o levantarme temprano para hacerlo antes.  Yo, que después de tantos años conocía bien las circunstancias vitales de algunos, les recordaba que ellos cada día demostraban ser capaces de embarcarse en una verdadera odisea matutina de dos horas de duración para trasladarse en transporte público desde Alcalá de Henares o Alpedrete hasta el centro de Madrid.  Su réplica era que, claro, si no cumplían con el horario laboral corrían el riesgo de sufrir un despido procedente por parte de la empresa, pero que a mí nadie me iba a amonestar de ninguna forma si no me presentaba en la clase de yoga.

Mi última palabra era la siguiente: "La diferencia es que vosotros asumís la disciplina como obligación.  En el caso del yoga, yo lo hago por gusto."

En efecto, hacer por gusto algo que se ha convertido en un deber o, mejor aún, que uno mismo ha convertido en un deber.  Porque educar y proveer a los hijos es algo que se hace con mucho gusto, pero también es una obligación ineludible.  Salir al monte cada domingo, acudir a clases de saxofón los martes y jueves, jugar al Scalextric el fin de semana o volverse vegetariano no son actividades que encadenen a nadie y que se pueden abandonar en cualquier momento, pero si se mantienen a lo largo del tiempo con gran persistencia al final se pueden llegar a convertir en disciplinas asumidas con gusto que te hacen sentir bien, que te agradan, que quieres mantener cerca de ti y revivirlas una y otra vez y que incluso acaban conformando tu propio estilo de vida.


Justo esto es lo que es el yoga para nosotros.  La forma de yoga que practicamos, Ashtanga Yoga, exige esfuerzo y dedicación.  Cada día de práctica supone un notable esfuerzo físico y mental, pero no la vemos como una inaguantable obligación ni como una manera de mortificarnos sino todo lo contrario: se trata de una rutina diaria que nos hace sentir bien, nos proporciona bienestar y ayuda a asentar nuestras emociones.

Durante la conferencia de los sábados en Mysore a menudo la gente le pregunta a Sharath Jois qué puede hacer para mantener la motivación al regresar a casa.  A veces su respuesta es así de sencilla: "¿No te limpias los dientes cada día?  Pues haz también cada día tu práctica."  Este profiláctico paralelismo resulta muy acertado porque describe la práctica no como una rutina de ejercicios de la que uno se puede aburrir, sino como una forma de limpieza, de chequeo de sistemas, de comprobación del estado de la maquinaria que se ha incorporado a tu vida como el limpiarse los dientes tras una comida, ponerse los zapatos antes de salir a la calle, prepararse la cena por la noche y tantas otras cosas que llevamos a cabo a lo largo del día sin plantearnos si tendremos ganas de hacerlas o no.

Al practicar cada día o, mejor dicho, los cinco/seis días a la semana que practicamos quienes lo hacemos de acuerdo con el método tradicional, nos estamos poniendo ante un espejo que proyecta no nuestra imagen, sino la situación actual en que nos encontramos.  La práctica es un patrón, una regla de medir siempre con la misma longitud, y al colocar sobre ella tu respiración y los movimientos de tu cuerpo se te ofrece la oportunidad de observar de manera íntima y silenciosa el estado particular de tu mente en ese día.  ¿Respiras como la suave brisa del mar o más bien como un búfalo en celo?  ¿Estás tranquilo y centrado o quizás estás volviendo una y otra vez a ese problema que tanto te angustia?  ¿Acaso has empezado suave y lento y a medio camino has metido el turbo como si tuvieras que salir corriendo a algún lado?  ¿Estás presente en cada asana o a cada momento estás pensando en lo que viene después?  ¿Aflojas cuando y donde tienes que aflojar o estás apretando y contrayendo de forma innecesaria para conseguir llegar más lejos?  ¿Has terminado la práctica casi sin darte cuenta o tenías ganas de terminar cuanto antes y has buscado el reloj con la mirada veinte veces?  Las posturas en sí habrán sido ejecutadas con mejor o peor aspecto, pero lo que es seguro es que tu experiencia interna de hoy habrá sido distinta de la de mañana.  Una persona que te saque sendas fotografías hoy y mañana en parivritta trikonasana puede que no note diferencia cuando las compare.  Sin embargo, más allá de la imagen externa que haya captado el objetivo, tu sabes que tu experiencia interna, tu proceso de reflexión en el asana habrá sido distinto cada día.  Al final, aprendes que la mejor práctica se siente dentro y no se puede capturar en ninguna foto.  Y este conocimiento será algo que ni las frustraciones de la vida, sus éxitos y fracasos, las temidas lesiones ni la inevitable vejez te podrán arrebatar jamás.

En resumidas cuentas, la principal fuente de motivación surge de nosotros mismos.  La pereza, la resistencia y el desánimo se desmoronan desde el momento en que la práctica adquiere tanto sentido como experiencia reflexiva que no encontramos ningún motivo para dejar de hacerla.  Ni siquiera durante las vacaciones.





"Obsessed is the word lazy people use to describe the dedicated."

"Obsesionados es la palabra que los perezosos emplean para describir a los entregados"




miércoles, 10 de abril de 2019

¿Evoluciones o distorsiones? Lo que Ashtanga Yoga no es.


A lo largo de los tres años y medio largos de existencia de Ashtanga Yoga Bilbao, y diríase que cada vez con mayor frecuencia, nos surge la peculiar situación de tener que explicarle a gente que creía haber practicado Ashtanga Yoga que en realidad no había practicado Ashtanga Yoga

La casuística es amplia.  Ha habido desde quien afirmaba haber practicado ya Ashtanga Yoga y quería conocer “nuestro método”, hasta personas que reconocían ser profesoras de Ashtanga Yoga pero desconocían por completo eso de la práctica “estilo Mysore”.  Lo más llamativo son los autoproclamados practicantes de "otra forma de Ashtanga Yoga", como si por ahí existiera un amplio abanico de estilos bajo el epígrafe "Ashtanga Yoga" entre los que escoger.

Lo primero que tengo que decir es que la gente es libre de hacer aquello que guste y de la manera que más le guste.  La única pega la sitúo en la integridad y coherencia de aquello que se dice enseñar, que a veces se reduce a una simple cuestión de nomenclatura.  

Pattabhi Jois enseñó una práctica de posturas sincronizadas con un forma especial de respiración mediante el concepto de vinyasa y ordenadas en secuencias de dificultad creciente que se enseñaban en un formato de práctica autónoma, sin guía externa, en lo que se dio a conocer como estilo Mysore, en alusión a la ciudad en la que Guruji vivió, aprendió y enseñó.  Más tarde, y con el objeto de clarificar los pasos exactos, los vinyasas que componían cada asana, comenzó a enseñar clases guiadas que servían de complemento a las clases estilo Mysore.  Esto no es nuestro método, sino el método, lo que se acabaría conociendo como el método tradicional de Ashtanga Yoga al que se dedicó la penúltima entrada de este blog.

Aspecto de una clase de Ashtanga Yoga tradicional en Ashtanga Yoga Bilbao.

A este estilo de yoga a cuya divulgación dedicó su vida Guruji lo llamó Ashtanga Yoga, lo cual quizás no fue lo más acertado porque invitaba a confundirlo con el yoga de los ocho pasos (ashtanga) descrito por el sabio Patanjali en el segundo capítulo de los Yoga Sutras.  Se dice que el texto medieval (Yoga Korunta) en que estaba basado el método de Jois se encontraba enrollado en un pergamino junto con una copia de los Yoga Sutras cuando fue encontrado por Krishnamacharya en la Biblioteca de Calcuta, lo que sugería que el método de asanas debía de ser aprendido junto con el texto filosófico.  El yoga de los ocho pasos de Patanjali, obviamente, hacía referencia a un sistema de yoga mucho más amplio y en ningún caso constreñido a las enseñanzas de Krishnamacharya y Jois, pero el hecho de que se hubiesen hallado juntos en el mismo rollo los relacionaba de manera inequívoca, y por eso Guruji debió considerar legítimo el empleo del nombre de Ashtanga Yoga Nilayam (Estudios de Ashtanga Yoga) cuando abrió su escuela en 1948.  En realidad. se trataba de "su manera" de practicar el ashtanga yoga, el yoga de los ocho pasos de Patanjali, la manera que él había aprendido de Krishnamacharya y la que él enseñaba, con la práctica directa de las cuatro ramas externas (yama, niyama, asana y pranayama) y la práctica indirecta, sutil, de las cuatro ramas internas (pratyahara, dharana, dhyana, samadhi). 

A partir de la década de 1970 el Ashtanga Yoga de Pattabhi Jois se difundió por el mundo y el término "ashtanga" se acabó identificando casi totalmente con el yoga de Pattabhi Jois, lo que en cierto modo eclipsaba al ashtanga yoga descrito en los Yoga Sutras de Patanjali, texto fundacional del yoga como sistema filosófico y en el que absolutamente todos los estilos de yoga se fundamentan.  En esto Guruji no tuvo la culpa; el interés del mundo se centró más en la práctica física que en el soporte filosófico que pudiese haber detrás.  Habría sucedido algo parecido si las enseñanzas de Freud se hubieran asociado totalmente al término "Psicología" o las leyes de Newton al término "Física".  Freud desarrolló sus investigaciones dentro del ámbito de la psicología y Newton del de la física y perfectamente podía afirmarse que eran grandes figuras en ambas, pero habría sido un error que, debido a la creciente popularización de los métodos divulgados por Newton y Freud se hubiera acabado produciendo una identificación completa de la psicología freudiana con la Psicología en su sentido más general o de la física newtoniana con la Física con mayúsculas.



En cualquier caso, el Ashtanga Yoga de Pattabhi Jois con el tiempo adquirió un estatus de marca, de prestigio.  Se trataba de un estilo de yoga genuino de la India enseñado por un linaje de maestros indios pero que, a diferencia de otros yogas más devocionales, más meditativos, más filosóficos, más internos que habían llegado a Occidente, era muy exigente desde el punto de vista físico y adoptaba un aspecto espectacular entre los practicantes experimentados.  Guruji no dejaba de lado ni mucho menos los aspectos internos del ashtanga yoga de Patanjali; de hecho pensaba que mediante la práctica de las ramas externas se podía llegar a las internas de forma indirecta.  En lo que no creía era en la eficacia de las técnicas intelectuales como medio para alcanzar el estado de nirodhasamadhi o iluminación.  En sus propias palabras (ver vídeo sobre este párrafo): "No preguntes teoría.  No necesitas teoría.  Hay dos métodos: externo e interno.  El método externo consiste en practicar yama, niyama, asana y pranayama.  El interno consta de pratyahara, dharana, dhyana, samadhi. Es posible corregir lo externo.  Lo interno es imposible de corregir.  Sigue el método: practica, practica, practica y, al final, el interior, mirar a Dios, se volverá posible.  No basta con un mes, dos meses, un año, dos años, diez años... hace falta toda la vida de práctica.  Así es el método."  Y en Occidente, donde las apariencias externas nos obsesionan, se cogió el rábano por las hojas y el enfoque externo de Guruji, sólo su enfoque externo, no tardó en cosechar un gran éxito. 

Si algo caracteriza a los norteamericanos es su visión comercial.  Estados Unidos fue el primer lugar de Occidente al que llegó Ashtanga Yoga y donde se produjo su explosión.  Algunos estudiantes se convirtieron en profesores y enseñaron en sus ciudades el método que aprendían en Mysore.  David Williams, quien hace pocos días impartió un workshop en Bilbao, fue uno de los primeros.  En sus talleres afirma que él enseña exactamente lo mismo que aprendió con Pattabhi Jois, sin la menor alteración.  Como él, una constelación de estudiantes de Guruji divulgaron el yoga de Mysore fuera de la India.

Método tradicional en la old shala de Lakshmipuram.

Pero muchos otros profesores no se limitarían a enseñar lo que habían aprendido de Guruji y quisieron innovar.  El método de Ashtanga Yoga tenía muchas ventajas, pero también inconvenientes.  Por ejemplo, y siempre desde el punto de vista del profesor, resultaba muy incómodo tener que enseñarle el sistema completo desde cero a cada nuevo estudiante; se convertía en un proceso tedioso que requería que hubiera varios profesores en cada clase y que hubiese que estar muy pendiente de las personas principiantes, asegurándose de que memorizaban la serie y no se limitaban a copiar a la persona de al lado.  También, muchas personas se acababan aburriendo de practicar siempre la misma secuencia y de no hacer cosas nuevas cada día, o perdían la paciencia porque no lograban progresar a través de las series en poco tiempo.  A otros les abrumaba tener que memorizar la secuencia de asanas; el esfuerzo requerido se les antojaba insoportable.  Por eso, muchas personas acababan dejando las clases de Ashtanga Yoga y, me imagino, se apuntaban a un gimnasio o a una escuela de aeróbic donde no se les hacía pensar y encontraban el entretenimiento físico que buscaban.

Debido a todo esto, principalmente en Estados Unidos a partir de finales de la década de 1980 y principios de 1990 comenzarían a surgir “variantes” de Ashtanga Yoga, métodos de yoga claramente basados en el Ashtanga Yoga de Pattabhi Jois, con secuenciación de asanas mediante la misma técnica de vinyasa y una estructura de práctica similar compuesta de saludos al sol, posturas de pie, posturas de suelo y secuencia de cierre, pero que se alejaban del método tradicional.  Entre otras cosas, las clases no se impartían en estilo Mysore, sino que eran siempre guiadas: al practicante ya no se le exigía memorizar ninguna secuencia, sino que el profesor diseñaba una serie de asanas distinta cada día extraida de las series de Pattabhi Jois y dirigía al grupo a través de ella, a menudo demostrando él mismo lo que venía a continuación y proporcionando alternativas para los diferentes niveles de estudiantes.

Las clases estaban abiertas a toda clase de variantes.  Así, en adho mvkha svanasana el profesor podía proponer levantar una de las piernas por el estilo de la cola de un escorpión, o en el saludo al sol B sustituir el vinyasa en el que se hace la posición del guerrero o virabhadrasana por alguna variante de vashistasana.  La clase estaba abierta a la originalidad e incluso se podía acompañar con música al gusto, desde éxitos del pop hasta temas relajantes.  De hecho, la valía y éxito de un profesor la determinaba su capacidad de improvisar y sorprender con cosas nuevas cada día. 

Bryan Kest durante una clase de Power Yoga.

Uno de los grandes exponentes de esta nueva manera de practicar yoga fue Bryan Kest, antiguo estudiante de Pattabhi Jois que decidió desviarse de la enseñanza original de su maestro y fundar, bajo el debido copyright, el estilo que pasó a conocerse como Power Yoga, el Yoga del Poder.  Entre sus compañeros de Mysore Bryan Kest era famoso por ser una persona muy fuerte procedente del mundo del fitness a la que se le daban bien los equilibrios sobre manos que se practican en la tercera serie pero que las pasaba canutas en los giros de cadera de la serie primera y las extensiones de columna de la intermedia. 

Bryan era muy consciente de que la manera tradicional de practicar Ashtanga Yoga haría que muchos de sus estudiantes tardasen años en progresar a través de las series.  Sin embargo, con su invención, el Power Yoga, todos podrían practicar asanas de la tercera serie desde el primer día aunque, eso sí, todas las posturas que requerieran de una aproximación sosegada, individualizada, que la mayoría no pudiera hacer a la primera, se omitían discretamente.  Además de por sus aptitudes gimnásticas, Bryan era también famoso por su gran visión comercial; fue uno de los pioneros a los que se les ocurrió coser esterillas de algodón a esterillas de goma para que la gente pudiese practicar sin resbalarse con el sudor.  Vendería esas esterillas con cierto éxito, pero sin duda fue el Power Yoga lo que le daría fama mundial y llenaría su cuenta bancaria de ceros.

Lo que pasó a continuación no deja de tener cierta gracia.  La gente que observaba el panorama desde fuera, veía por un lado a los practicantes de Ashtanga Yoga de Pattabhi Jois con sus secuencias dinámicas de posturas, su sudor, su sonido raro al respirar y sus cuerpos estilizados, y por el otro veían a los que practicaban Power Yoga estilizados, sudados, respirando raro y entrelazando asanas, y acabaron pensando que se trataba de LO MISMO.


Una muestra de la lamentable "guerra del yoga" entre BKS Iyengar y Pattabhi Jois, antiguos compañeros.  Aquí, Iyengar ridiculiza el yoga de Pattabhi Jois y lo confunde con el Power Yoga de su alumno "díscolo" Bryan Kest.  Por suerte, tengo entendido que al final de sus días se reconciliaron.

Así es cómo se produjo la gran confusión.  El Ashtanga Yoga de Pattabhi Jois y el Power Yoga de Bryan Kest acabaron siendo sinónimos a ojos del público.  Existe un vídeo muy desafortunado de BKS Iyengar burlándose del yoga de Pattabhi Jois (ver vídeo sobre este párrafo) al que describe como “el Power Yoga de Pattabhi Jois”, en el que guía a un estudiante a través de movimientos frenéticos y en el que describe el yoga que enseñó su viejo maestro Krishnamacharya en Mysore como una mera forma de ejercicio físico diseñada para desarrollar los músculos de los miembros de la familia real del Palacio. atribuyéndose a sí mismo el verdadero legado de Krishnamacharya en lo que respecta al yoga.  Las guerras del yoga, ya se sabe...

Para sortear el tema del copyright la cosa fue todavía más allá, y diferentes profesores comenzaron a enseñar su propia forma de yoga inspirada en el sistema de Pattabhi Jois.  Otro de los más notorios fue Larry Schultz, antiguo estudiante de Pattabhi Jois también y que se dedicó a enseñar series de asanas modificadas respecto al método tradicional que aprendió en Mysore.  Al principio, y pese a que era perfectamente consciente de las distorsiones que estaba introduciendo, lo llamaba Ashtanga Yoga, aunque a mediados de la década de 1990, y mientras ejercía de profesor de yoga de los miembros de la banda de rock Grateful Dead, uno de ellos le propuso que lo llamase "Rocket Yoga" porque "te lleva allí más rápido", y desde entonces se lo conoce así y tiene su propio sello de copyright.  

Polémica sucesión de imágenes en la que se expone a Larry Schultz, creador del Rocket Yoga, como una "evolución" del Ashtanga Yoga.

El abanico se fue abriendo cada vez más, y se podía decir que en algunos lugares había casi tantos estilos de yoga como profesores, que pugnaban entre sí por ofrecer las mejores clases con las secuenciaciones de asanas "definitivas".  En esa precisa situación me vi yo cuando conocí Ashtanga Yoga, o lo que creía era Ashtanga Yoga, durante el viaje de tres meses que hice a San Diego tras terminar la carrera en el año 2005.  Durante casi noventa días practiqué a diario diferentes estilos de yoga dinámicos en clases guiadas con idéntica estructura: saludos al sol de dos tipos, posturas de pie, posturas de suelo y secuencia final.  Recuerdo los nombres de varios profesores, algunos de los cuales, luego lo supe, resultaban ser bastante famosillos: Gerhard Gessner, Carolina Vivas, Ana Forrest, Shiva Rae, Steven Earth...  Todos ellos afirmaban enseñar su propio estilo, mezcla e influencia de otros, pero le ponían nombres rimbombantes para distinguirlos entre sí, a saber: Flow Vinyasa, Ashtanga Vinyasa, Forrest Yoga, Vinyasa Prana, Morning Flow, Dynamic Yoga, Ashtanga Improved...  Pese a mi confusión tenía la ligera idea de que el Ashtanga Yoga de Pattabhi Jois era el trasfondo y base común de todos ellos, y de hecho cuando regresé a España en enero del 2006 y encontré trabajo en Madrid, a la hora de retomar la práctica de yoga busqué en Google el término "Ashtanga" esperando encontrar lo que tanto me había fascinado durante aquellos tres meses en San Diego. 

¿Y qué tenía que decir Pattabhi Jois acerca de todo esto?  Pues no se quedó callado, ni mucho menos.  A Larry Schultz simplemente lo llamaría el "hombre malo de Ashtanga Yoga" ("bad man of Ashtanga Yoga"), pero parece que el tema de que el Power Yoga de Bryan Kest se confundiera con lo que él enseñaba le debió molestar bastante, hasta el punto de llegar a escribir una carta abierta a Yoga Journal, la revista de yoga con mayor divulgación en los Estados Unidos, en términos muy severos.  La famosa carta se publicó en noviembre del año 1995 y la reproducimos a continuación, traducida al castellano:

Guruji en la puerta de la new shala de Gokulam.

Me ha decepcionado descubrir que muchos estudiantes novatos hayan cogido Ashtanga Yoga y lo hayan convertido en un circo para su propia fama y lucro.  El propio nombre "Power Yoga" degrada la profundidad, propósito y método del sistema de yoga que recibí de mi gurú, Sri T. Krishnamacharya.  El poder es una propiedad de Dios.  No es algo que se pueda recaudar para el ego de uno.  Los métodos de yoga parciales que se desvían de su propósito interno pueden hacer que se acumulen los seis venenos (deseo, ira, codicia, ilusión, engaño y envidia) en torno al corazón.  El sistema completo de ashtanga practicado con devoción conduce a la libertad dentro del propio corazón.  El Yoga Sutra 2.28 confirma esto: "Yogaanganusthanat asuddiksaye jnanadiptih avivekakhyateh", lo cual quiere decir que "la práctica de todos los aspectos del yoga destruye las impurezas de manera que la luz del conocimiento y discriminación brille."  Es desafortunado que estudiantes que todavía no han madurado su propia práctica hayan modificado el método y recortado la esencia de un linaje antiguo para acomodarlo a sus propias limitaciones.

El sistema de Ashtanga Yoga nunca debería ser confundido con "power yoga" ni ninguna otra creación caprichosa que va en contra de la tradición de muchos tipos de textos de yoga.  Sería una vergüenza que la preciosa yoga de la liberación se perdiera en el barro de un ignorante culto al cuerpo. 

De Krishnamacharya a Sharathji pasando por Pattabhi Jois mediante la transmisión guru-shishya parampara; no menos de veinte años de aprendizaje mediaron entre uno y otro.

Quede claro que con todo esto no trato de menospreciar otros estilos, sino de reivindicar la integridad de la manera de enseñar yoga que Pattabhi Jois recibió de Krishnamacharya, preservó para las generaciones venideras y que ha desempeñado un papel crucial en la divulgación del yoga por el mundo a partir de la segunda mitad del siglo veinte.  El hecho de que Ashtanga Yoga se sustente en un linaje de reputados maestros indios versados en yoga y filosofía, y de que asiente sus cimientos en un antiguo texto medieval le confiere un gran respaldo, una enorme autoridad, y en consecuencia muchos de sus "estilos modificados" han pretendido subirse al carro de Pattabhi Jois para encontrar legitimidad a través de él llegando a autoproclamarse "evoluciones" o "mejoras" del Ashtanga Yoga original cuando, a lo sumo, se trata de distorsiones.  Lo que deberían hacer es recorrer su propio camino y no pretender arrogarse una potestad que no les corresponde ni adherirse a un linaje que no es el suyo de la misma forma que un acordeonista que toca en el metro no debería jactarse de ser una evolución de Mozart pese a que, aparentemente, ambos produzcan música.

El principal problema que hay con todas esas variantes de Ashtanga Yoga surgidas en Occidente es que su enfoque sesgado provoca que por el camino se pierda una buena parte del propósito original y, por eso, más allá de las diferencias metodológicas en que incurran, no deberían de ser confundidos con Ashtanga Yoga.  En concreto, Ashtanga Yoga tiene una característica clave del yoga de Krishnamacharya que resulta imposible de reproducir en ninguno de esos estilos de yoga pensados para que cualquier persona se incorpore cualquier día a una clase de yoga guiada y la complete de principio a fin como si se hubiese metido en una clase de zumba: la personalización.  O, como decía Krishnamacharya: "Enseña lo que está dentro de ti pero no como se aplica a ti, sino como se aplica a la persona que está ante ti."     

Un jovencísimo Srivatsa Ramaswami junto a Tirumalai Krishnamacharya durante una sesión de chanting en 1968.  Merece la pena destacar que por aquel entonces Krishnamacharya contaba ya con ochenta años de edad, que no aparenta para nada.  Fallecería en 1989.

Los estilos de yoga conocidos como Vinyasa Yoga y similar a menudo se asocian al Vinyasa Krama de Krishnamacharya que se ha divulgado a través de Srivatsa Ramaswami, un estudiante de Krishnamacharya durante las últimas tres décadas de su vida, a Matthew Sweeney, otro estudiante de Ashtanga Yoga que se apartó de la enseñanza original de Pattabhi Jois o incluso al Viniyoga de Desikachar, hijo de Krishnamacharya.  En su libro Yoga Makaranda, publicado en la década de 1930, Krishnamacharya describe las secuencias completas de vinyasas para un buen número de posturas que se encuentran en la primera y segunda series de Ashtanga Yoga, pero no en el mismo orden en que se ejecutan, y lo llama Vinyasa Krama.  Durante el último tercio de su prolongada vida Krishnamacharya enseñó en Madrás en entornos muy reducidos, casi siempre de una sola persona, a las que prescribía secuencias de asanas personalizadas de acuerdo con el problema específico que tuvieran.  Srivatsa Ramaswami llegaría a identificar un centenar de secuencias.

Personalmente me parece un enfoque sumamente interesante pero, en la práctica, no hay (o al menos no he conocido nunca) ninguna escuela con clases de Vinyasa Yoga o de Vinyasa Krama en la que se enseñe así, enseñando desde cero una secuencia adaptada a cada persona que cada cual memoriza y practica bajo supervisión, sino que la fórmula que acaban adoptando es la que existe por doquier en Estados Unidos y de la que el Power Yoga de Bryan Kest constituye paradigma: sesiones guiadas con secuencias distintas cada día a las que la gente, bisoña o veterana, se incorpora.  Me imagino que el Viniyoga o el Vinyasa Krama es muy difícil de implementar cuando se trata de enseñar a un grupo de alumnos y no a uno sólo cada vez, lo que me lleva a pensar que seguramente fuera durante su estancia en Mysore y ante la tesitura de tener que enseñar a grupos de estudiantes cuando Krishnamacharya enseñó el método tal y como estaba descrito en el Yoga Korunta.   Es decir, lo que Pattabhi Jois aprendió fue la fórmula general que implementó Krishnamacharya al tener que enfrentarse a grupos de alumnos y gestionar el hecho de que hubiera en la misma clase personas de diferentes circunstancias y niveles.  Creo lógico pensar que una clase de Vinyasa Yoga o de Vinyasa Krama basada en cualquiera de las secuencias que pudiera haber ingeniado Krishnamacharya para una persona en concreto pero que se enseña en un formato guiado para un grupo de personas en el que todas hacen lo mismo adolece del mismo problema de despersonalización que el resto de estilos de los que he hablado.  El Vinyasa Krama de Krishnamacharya tiene el propósito de proporcionar secuencias distintas para atender diferentes necesidades individuales, no de proporcionar un abanico de secuencias a fin de ofrecer entretenimiento variado, y a menos que se trate de un grupo de clones idénticos, en una clase de auténtico Vinyasa Krama cada persona debería de estar practicando una secuencia prescrita específicamente para ella.  De hecho, una clase estilo Mysore de Ashtanga Yoga en la que unas personas practican simplemente saludos al sol, otras completan la secuencia de pie, otras practican hasta los marichyasanas, otras terminan la primera serie y otras ya han avanzado a través de la segunda, es una clase de Vinyasa Krama en grupo.

Hace unos meses relaté los pormenores de cómo, en abril del 2006, conocí a Borja, un encuentro que cambiaría mi vida para siempre.  Fue entonces y gracias a la gran labor de Borja que tuve ocasión de descubrir cómo era el auténtico Ashtanga Yoga de Pattabhi Jois.  Al cabo del tiempo, tras comprobar en primera persona el impacto del método como practicante y como asistente ayudar a terceras personas a experimentarlo por sí mismas, aprendí a valorar el alcance y sutileza de lo que se estaba haciendo, esa “cirujía sin bisturí” (knifeless surgery) que en cierta ocasión escuché a un profesor comentar.  Mi tarea y la de Nines en Ashtanga Yoga Bilbao no es otra que ejercer de transmisores de este método.  Seguro que mediante una enseñanza menos tradicional, o menos “dogmática” como les gusta decir a algunos, adaptada a los gustos locales, atraeríamos a más clientela.  Pero para eso ya estuvieron Bryan y Larry.  Nosotros somos muy pequeños y el yoga muy grande, y desde un planteamiento honesto todo lo que podemos y debemos hacer es hacer llegar a la gente lo que hemos aprendido de la forma en que lo hemos aprendido.

Sesión estilo Mysore en Ashtanga Yoga Madrid con Borja en primer plano, ayudando a un estudiante a colocar la pierna derecha en medio loto.

La gente hoy día tiende a pensar que la práctica de Ashtanga Yoga es muy difícil, apta sólo para una élite en excelente forma física, y que para empezar es mejor hacerlo con otros estilos más sencillos.  Justo esto fue lo que nos decía una chica que vino con nosotros un día a hacer una clase guiada y que al parecer siempre había practicado Ashtanga Yoga en clases guiadas.  Otra persona que acudió a nuestro centro en otra ocasión afirmó, para mi sorpresa, haber sido instruida como profesora de Ashtanga Yoga, pero sólo en la modalidad de clases guiadas.

Éste es el problema: cuando Ashtanga Yoga se enseña mal.  Es entonces cuando se asocia a personas jóvenes, fuertes y flexibles que parecen haber nacido para hacer toda clase de contorsiones.  La primera clase de Ashtanga Yoga de una persona será todo lo sencilla que se requiera, y al cabo de un mes, un año o una década, cada persona no tendrá porqué estar haciendo lo mismo.  Y todo lo que no sea así, no se debería de llamar Ashtanga Yoga.  No porque nadie te vaya a denunciar o te vaya a poner una multa.  Simplemente porque NO ES VERDAD.

En realidad, cuando una persona decide abrir una escuela de Ashtanga Yoga no se enfrenta a ninguna traba legal por parte de las instituciones: esencialmente puede hacer lo que le dé la real gana.  En el caso de Ashtanga Yoga Bilbao hemos optado por seguir el camino que, a nuestro entender, era el "correcto".  Nuestra escuela cuenta con licencia de actividad del Ayuntamiento de Bilbao como escuela de meditación y yoga, estamos dados de alta en el Impuesto de Actividades Económicas y pagamos IVA, IRPF y cuota de autónomos.  De igual forma, Ashtanga Yoga Bilbao figura entre las escuelas "oficiales" listadas en la web del Instituto de Ashtanga Yoga de Mysore que hoy dirige Sharath Jois.

Nines y Fernando ante la puerta de Ashtanga Yoga Bilbao tras colocar la placa en la puerta y pocos días antes de inaugurar la escuela, en septiembre del 2015.

Sin embargo, ¿resulta imprescindible ser una escuela "oficial" para enseñar Ashtanga Yoga?  En absoluto.  Si alguien decide abrir una academia de flauta, seguro que a esa persona se le exige que haya pasado por el conservatorio y tenga el título correspondiente que la capacite para enseñar a otras personas a tocar dicho instrumento.  Si opta por abrir una clínica dental, me figuro que el Colegio Oficial de Odontólogos estará al tanto de que esa persona esté colegiada y por tanto haya pasado por la pertinente universidad.  Si quiere enseñar judo, la Federación Nacional de Judo velará por que se trate de un maestro federado que haya superado las pruebas de cinturón negro y tomará las medidas oportunas si no es así.  Lo mismo ocurrirá si esa persona pretende abrir un bufé de abogados, una autoescuela, una farmacia o una academia de inglés; hasta necesitará un diploma de manipulador de alimentos para poder regentar un simple bar.  Lo curioso del caso es que a la hora de abrir una escuela de Ashtanga Yoga o, de cualquier otro estilo de yoga, no se le exigirá nada.

Así es, por muy sorprendente que parezca, en la enseñanza de yoga existe un gran vacío legal que habilita a cualquier persona a ponerse a impartir clases de lo que sea sin que nada ni nadie la acredite.  Las diferentes asociaciones nacionales e internacionales de yoga que existen no tienen ninguna autoridad legal ni están reconocidas por ningún gobierno como reguladoras de nada.  Con tal de que pagues tus impuestos, a todos los efectos legales da absolutamente igual que enseñes el tipo de yoga que te apetezca y como te dé la real gana.

Recientemente se produjo una polémica sentencia judicial relacionada con las escuelas de Yoga Iyengar que viene muy a propósito.  Resulta que existe una Asociación Española de Yoga Iyengar (AEYI) que reúne a todos los profesores reconocidos en la escuela original de BKS Iyengar en Pune con el objetivo de salvaguardar la integridad de su método.  Entre otra tareas, se encarga de regular el riguroso proceso de formación de profesores Iyengar, que deben de haber atravesado de forma satisfactoria los cuatro niveles de estudiante en alguna escuela oficial y aprobar un examen práctico supervisado por la propia AEYI antes de comenzar un periodo de varios años de formación al lado de un maestro reconocido por la AEYI.  Para ello, tienen registrada la marca Iyengar y se encargan de denunciar a todo aquel que pretenda utilizar el nombre Iyengar sin haber pasado a través de ellos.  Es un caso único entre los estilos de yoga; en los demás impera la anarquía organizativa.

Los dos Gurujis: BKS Iyengar y Pattabhi Jois, reconciliados al final de sus vidas.

Pues bien, existe una escuela en Madrid que lleva años impartiendo teacher trainings de Yoga Iyengar fuera del ámbito de la AEYI.  Frente al estricto proceso de la AEYI, que conlleva un periodo de unos siete años de constante dedicación, esta escuela ofrece una titulación avalada por ella misma en un periodo de diez fines de semana, con el único requisito de haber practicado con ellos durante un año.  La AEYI denunció a dicha escuela por uso indebido del término Iyengar y el pasado mes de julio salió la sentencia en la que se desestimaba la denuncia de la AEYI y se permitía a dicha escuela continuar impartiendo sus formaciones de Yoga Iyengar al margen de la línea "oficial".

Si esto sucede en el caso del Yoga Iyengar, qué no pasará con el resto de estilos que ni siquiera cuentan con nada parecido una Asociación Nacional.  Lo cierto es que cuando alguien comienza a practicar yoga es raro que se ponga a investigar acerca de estilos y suele fiarse de que lo que va a recibir es una enseñanza fidedigna.  La realidad es que cualquiera es libre de ponerse a enseñar yoga y etiquetarlo como Iyengar, Hatha, Kundalini, Ashtanga Yoga o lo que mejor le parezca independientemente de cuál haya sido su recorrido y compromiso en dichos linajes.  Dentro de este contexto, es terrible algo que de hecho nos sucede a menudo: gente que se pone en contacto con nosotros porque quiere empezar Ashtanga Yoga y que no sabe si apuntarse a las clases normales o a un teacher training o, lo que es más gracioso todavía, a la que no le interesan las clases regulares, sino los posibles cursos de formación que podamos impartir.

Yo no tengo pelos en la lengua ni me distingo por ser diplomático.  Tampoco hace falta; hay gente que parece pensar que cuando alguien se dedica a enseñar yoga se vuelve muy "zen", habla con voz apostada y cree que todo es amor, luz y de colores.  No fue el caso de Krishnamacharya, Iyengar, Pattabhi, Sharath ni tampoco el mío y, cuando algo me parece mal, lo digo a la cara.  A esta clase de personas interesadas en convertirse en maestros de Ashtanga Yoga en dos patadas procuro dejarles claro que la mejor manera de comenzar a aprender alguna disciplina, y menos una oriental, no es directamente pensando en ser profesor, sino siendo estudiante.  "¿Acaso crees que las casas se construyen desde el tejado?", suelo decirles.  A menudo aducen que son profesores de otros estilos y que, claro, ya parten con cierta ventaja.  "Entonces. si yo sé tocar la flauta y quiero aprender a tocar el violín, ¿crees que no hace falta que empiece a aprender con humildad desde abajo?".  Con frecuencia se enfadan porque se consideran juzgadas y no vuelvo a saber de ellas, pero yo al menos creo haber cumplido con mi deber dándoles un baño de realidad y quizás, tal vez, haya logrado que se lo piensen dos veces antes de tirar a la basura algunos miles de euros en formaciones pretenciosas e inútiles.  Porque seguramente muchas de esas personas terminen apuntándose a uno de los famosos -o infames- cursos de la Yoga Alliance que se imparten por el mundo, Bilbao y alrededores incluido.

Colección de sellos de la Yoga Alliance.  "¡Estampitas, estampitas! ¿Quién compra una estampita?"

La Yoga Alliance, una asociación con ánimo de lucro creada en Estados Unidos, es hoy por hoy la organización más conocida a nivel mundial detrás de las formaciones de yoga.  Apenas hay formación en yoga que se precie que no incluya uno de esos bonitos sellos RYT (Registered Yoga Teacher) como premio final.

La Yoga Alliance nació con la idea de regular las formaciones de yoga cubriendo ese vacío normativo del que he hablado.  Para ello, estableció unos estándares que debían cumplir las formaciones y creó varios niveles de competencia, siendo los más conocidos los de doscientas y quinientas horas de formación.  Los problemas con la Yoga Alliance son varios, siendo el principal que no realiza el menor esfuerzo por comprobar la rigurosidad de las formaciones que respalda.  Ya lo afirman ellos mismos: se limitan a mantener un registro, un listado de profesores que pagan una cuota anual por mantenerse en la lista y nada más.  Pero por motivos que desconozco la pertenencia a la Yoga Alliance a día de hoy es sinónimo de seriedad para muchos, cuando la realidad es que la calidad de las formaciones está sujeta al criterio y rigor de los propios formadores.  Y claro, cuando tu principal negocio se fundamenta en llenar tus cursos de formación, tus criterios se reducen al mínimo y, con tal de que la gente pague los entre dos mil y tres mil euros que se suelen pedir, no les niegas el acceso al "conocimiento" entre comillas.  Es decir, que si padeces una crisis profesional y en el mes de mayo se te ocurre: "Uhm, voy a dejar mi trabajo y ponerme a enseñar yoga", ten por seguro que, a pesar de que nunca antes hayas practicado yoga, podrás encontrar alguna formación que comience el mes de junio y que en el mes de julio tengas ya el título con el sello de la Yoga Alliance entre tus manos con el único sacrificio de un puñado de billetes y menos de treinta días de tu tiempo.  Y, para mayor horror, al cabo de dos años de permanencia en la lista, tú mismo podrás también ofrecer tus propias formaciones y contribuir a que crezca la bola de nieve y a transmitir, cual teléfono roto, lo que creíste aprender pero en realidad y en mejor de las casos ingenuamente, malaprendiste, tal y como le sucedió a esa chica que después de su mes de teacher training estaba convencida de que Ashtanga Yoga se enseñaba en clases guiadas.  Increíble pero cierto. 

Asi que, ¿de veras creías que ese teacher training de un mes no era una pérdida de tiempo y sobre todo de dinero sino que te iba a dejar sobradamente preparado para enseñar Ashtanga Yoga?  ¿Creías que ese rimbombante sello de la Yoga Alliance no era papel mojado sino que te iba a reconocer internacionalmente como maestro?  Pues abre bien los oídos, mira mis labios y presta atención porque sólo lo diré una vez: te estafaron.  Algo aprendiste, claro, faltaría más, pero créeme que habrías aprendido mucho más si todo ese dinero lo hubieses invertido en varios años de práctica diaria, aportándote algo que la Yoga Alliance nunca te podrá vender: experiencia y conocimiento sinceros, sin pretensiones ni a razón de quince euros por hora.  Pero claro, lo entiendo, fuiste presa de las garras de la publicidad y del gran vicio de Occidente: conseguir las cosas rápido por medio de atajos.

Diez años a los pies de Borja Romero-Valdespino, seis de los cuales como asistente.  Así fue mi teacher training.  En esta entrañable imagen Borja ajusta en pashasana a Juanba Romance, gran amigo de los tiempos en Ashtanga Yoga Madrid.

Ahora te toca afrontar la realidad: lo que has aprendido tampoco es Ashtanga Yoga, y me atrevería a decir que ni siquiera yoga por un simple motivo que puedes encontrar en uno de los primeros sutras de Patanjali, el 1.12: "Abhyasa vairagyabhyam tannirodhah" que traducido viene a significar algo así: "El estado de yoga se logra a través de la práctica (abhyasa) y el desapego (vairagya)."  Abhyasa es un término sánscrito que comprende tres conceptos: la práctica con plena fe, sin interrupciones y durante un largo periodo de tiempo, y constituye en sí un argumento suficiente para desestimar la validez de la inmensa mayoría de los teacher trainings tal y como están concebidos en la actualidad, en especial los de la Yoga Alliance.  Quizás a mucha gente le parezca suficiente con doscientas horas, sino condensadas en un mes sí a razón de un fin de semana al mes durante diez meses pero, tras saber cómo, por mencionar el linaje de Ashtanga Yoga que nos ocupa y que conozco bien, Krishnamacharya permaneció con Ramamohan Brahmachari durante siete años y medio de estudio y convivencia continuos en el Nepal, Pattabhi Jois durante veinticinco años entre 1927 y 1929 en Hassan y entre 1932 y 1953 en Mysore con Krishnamacharya, y Sharathji durante veintiún años entre 1989 y el 2009 en Mysore con Guruji, la evidencia de que las formaciones de doscientas horas son insuficientes cae por su propio peso.

En conclusión, Ashtanga Yoga vive una gran época, pero una época complicada.  Miles de personas lo practican y millones lo tienen al alcance de la mano en su ciudad.  Sin duda es una noticia fantástica que esta disciplina se haya expandido tanto por el mundo y haya contribuido de forma directa o indirecta a la generalización de la práctica de yoga que, simplemente por sus efectos positivos hacia la salud, supone algo bueno en un mundo cada vez más sedentario, más estresado y más enfermo que además parece haber abandonado su fe en la eficacia de las pastillas.  Pero también corre peligro.  Corre el peligro de convertirse en una mera alternativa de ejercicio a ser consumida en los gimnasios y centros de fitness entre una clase de zumba y otra de ciclo indoor por parte de gente obsesionada con lograr un cuerpo perfecto o una foto en la postura perfecta.  La manera tradicional de enseñarlo, el método que enseñó Pattabhi Jois en Mysore, incluye muchas sutilezas que una aproximación no tradicional y poco rigurosa ciertamente pasarán por alto y que son precisamente las que lo apartan de la mera práctica física y lo convierten en algo más, desde una poderosa herramienta para hacer de la mente un afilado estilete que se pueda apuntar a voluntad hacia el objeto de atención deseado sin dispersiones ni distracciones, hasta un vehículo hacia la claridad que aparte el interés del ser humano de lo transitorio de lo externo y lo conduzca hacia un estado de imperturbable gracia.  

El enfoque centrado más en la respiración que en la postura, más en la mente que en el cuerpo, en lo interior que en lo exterior, no son simples palabras bonitas para quedar bien y venderte la moto de que estás integrando mente y alma en una práctica física, sino las bases que fundamentan un viaje hacia lo que mora en el corazón lejos del canto de sirena de los sentidos.  La autopráctica estilo Mysore, la correcta aplicación del concepto vinyasa, el empleo de dristhis, la comprensión de los bandhas, el progreso paulatino a través de las series, ganándose cada asana a través del propio esfuerzo y del conocimiento de uno mismo que permita deshacer nudos largo ha establecidos, no son cosas que se puedan apreciar en las fotos ni tampoco que se vayan a aprender en seguida, pero son precisamente los elementos que hacen que la práctica pueda trasladarse a un nivel más profundo y que diferencian al método tradicional de una rutina de ejercicio físico disfrazada de yoga. 

Así pues, en Ashtanga Yoga Bilbao enseñamos de una manera que no es nuestra manera, sino la manera en que se enseña Ashtanga Yoga en todas las escuelas tradicionales desde aquí a Lima pasando por Seúl.  Hemos asumido como deber traer a Bilbao la esencia de este sistema de yoga para que la gente que vive en esta ciudad tenga la auténtica experiencia de Ashtanga Yoga.  A algunas personas les gustará más y a otras menos, pero al menos todas habrán tenido la oportunidad de conocerlo tal y como es.

Nuestro consejo final a navegantes: ocupa tu propio espacio y, si no enseñas el método tradicional, no lo llames Ashtanga Yoga.  Tienes muchos nombres a escoger e infinitos que puedes inventarte.  No contribuyas, por favor, a diluir un yoga de raíces milenarias en la superficial mercadotecnia o, como dijo Guruji, en el barro de un culto al cuerpo ignorante.