En buena parte del imaginario colectivo existe la idea de que Ashtanga Yoga es un estilo de yoga muy estricto y sacrificado en el que sus practicantes son sometidos a torturas diversas entre las que destaca la obligación de levantarse muy temprano antes de que salga el sol para ejecutar su rutina de lunes a sábado ineludiblemente, sin excusas.
Esta noción maximalista nace de un hecho cierto: en Mysore, en la escuela india que durante casi un siglo dirigieran Pattabhi y Sharath Jois y por la que hemos pasado decenas de miles de estudiantes, no había otra opción que apuntarse a sus clases durante un periodo de al menos un mes, aunque preferiblemente durante dos o tres meses, y con el compromiso de asistir a diario salvo el día semanal de descanso (sábado o domingo, en función de la época) y los días de luna llena y nueva. ¡Ni siquiera dejaba de haber clase en Navidad, Año Nuevo o el Día de la Independencia de la India! Es decir, Pattabhi y Sharath Jois esperaban verte en clase sí o sí cinco o seis días semanales, y si detectaban que habías faltado un día y no tenías un buen motivo que alegar tal que enfermedad o ladies’ holidays, la bronca era segura. David Williams, el primer practicante occidental de Ashtanga Yoga, siempre menciona que cuando Pattabhi Jois lo aceptó finalmente como estudiante en 1973 tras sus reticencias iniciales, le dejó bien claro que si faltaba un solo día, no quería volver a verlo nunca más, y yo mismo fui testigo en varias ocasiones de cómo Sharathji interrogaba a alguien acerca de una falta y, si la respuesta no le satisfacía, no tenía pelos en la lengua y tras llamarle perezoso -"lazy!"- le recordaba que había venido a estudiar yoga y no a disfrutar de unas vacaciones. En cierta ocasión aproveché que una luna caía en fin de semana para viajar a Hampi a conocer las ruinas del Imperio Vijayanagara, una especie de Tenochtitlán indio. El tren de regreso estaba lleno y tuve que retrasar la vuelta un día. Al verme, Sharath me preguntó con el ceño fruncido acerca de mi ausencia. Le expliqué lo del tren y se quedó pensativo, como si sopesara una respuesta severa, aunque finalmente lo dejó pasar.
Este nivel de exigencia era un tema recurrente en las conferencias que a lo largo de los años tuve ocasión de escucharle a Sharathji. En casa teníamos muchas obligaciones que atender, pero cuando viajábamos a India las aparcábamos todas para centrarnos exclusivamente en nuestra práctica. Por eso, el tiempo que estuviéramos con él teníamos que tomarlo en serio y concentrar toda nuestra energía. Al apuntarse al Sharath Yoga Centre debías firmar un documento en el que renunciabas a apuntarte a otras escuelas para hacer actividades adicionales que dispersaran tu atención y tu energía. Así mismo, Sharath nos desaconsejaba emprender largas caminatas o viajes lejanos (tal que el mío a Hampi) durante los días libres y dedicarlos simplemente a descansar. Por eso, decía también, sus clases guiadas eran tan demandantes, por eso teníamos que hacer el catching quienes consideraba estábamos preparados, por eso nos hacía repetir varias veces nuestra última postura -”show me!”- y por eso teníamos que asistir a todas las clases y actividades tal que conferencias y chanting y ser siempre extremadamente puntuales (quince minutos antes de la “shala time”, que a todos los efectos suponía media hora de antelación respecto a la hora indicada). Vamos, que el hecho de que un viaje a Mysore fuese una experiencia muy exigente, algo parecido a un boot camp de yoga, era consciente e intencionada.
¿Es esto aplicable a todo el mundo en todos los lugares y todas las circunstancias? Claramente no. Algunos que hemos convertido la práctica de Ashtanga Yoga en nuestra actividad principal, en nuestra sadhana, sí que nos ceñimos al concepto de abhyasa del yoga sutra 1.30 y mantenemos un esfuerzo continuo y sostenido que se traduce en una frecuencia de práctica equivalente a la de Mysore. Nuestro cuerpo se ha hecho a la disciplina de la práctica diaria y nuestra mente se ha configurado hacia ella: nos gusta, nos sigue estimulando pese al transcurrir de los años y se ha erigido en una prioridad. En Ashtanga Yoga Bilbao, quizás un veinte por ciento de los estudiantes practiquen de esa manera y se planten sobre la esterilla cuatro, cinco, seis días por semana; Ashtanga Yoga ocupa un lugar preferente en sus vidas y ellos también lo han convertido en un hábito casi diario. Los motivos, intuyo, oscilan entre estos puntos: les gusta, les sienta bien, los pone en forma, les da centro, les satisface y los pone en contacto con lo trascendente, con el misterio de lo sutil. No es de extrañar que la gente que acaba viajando a Mysore a conocer la fuente de la tradición y sus rigores, se encuadre precisamente dentro de este grupo habituado a un alto nivel de disciplina e implicación.
Sin embargo, esta clase de compromiso dista de ser la norma general y ateniéndonos a los datos fríos acumulados durante más de diez años de funcionamiento de nuestra escuela queda claro que la mayoría limita su asistencia a tres, dos días por semana, siendo la tarifa más habitual la de dos días. Hay incluso gente que paga clases sueltas o bonos de 5, 10 ó 20 clases y aparecen por clase una vez por semana o incluso cada dos semanas... ¡horror! Nos consta además que la mayoría no complementa su asistencia a la escuela con práctica personal en casa el resto de los días, así que la realidad es tozuda: por muy tradicional que sea, por mucho que lo exigiera Pattabhi o Sharath o por mucho ejemplo que demos nosotros, la mayoría de la gente que practica Ashtanga Yoga fuera de la India no quiere o no puede hacerlo todos los días. ¿Qué hacen, por tanto, el resto de la semana? Pues muy sencillo: algunos van al gimnasio, otros a crossfit, otros escalan, otros hacen yin yoga, otros nadan, otros bailan, otros atienden hijos, trabajan, visitan familiares, toman algo con los amigos, descansan, salen a cenar fuera, duermen más, hacen maquetas, leen libros, escriben poesía… Muchos no sienten la necesidad de practicar Ashtanga Yoga de lunes a sábado a primera hora de la mañana y prefieren un enfoque más tranquilo: un par de días a la semana a las seis de la tarde, y quizás alguna clase guiada los sábados. La práctica de Ashtanga Yoga es un complemento, una herramienta, una actividad agradable dentro de sus vidas, pero no una urgencia perentoria y simplemente no les apetece madrugar todos los días para practicar antes del trabajo y tampoco quieren dedicarle a esto la totalidad de su tiempo libre porque prefieren alternarlo con otras actividades.
¿Son reprobables estas prácticas, son perjudiciales, no sirven para nada? ¿Alguien que practique sólo dos días a la semana no obtiene ningún beneficio y se va a quedar estancado, se va a hacer daño, va a ver truncada su progresión física, espiritual o la que sea? ¿Habría que impedir que de hecho nadie practicase de ese modo, obligarlo a asistir a clase todos los días, como en Mysore, no ofreciéndoles siquiera otra tarifa que la más alta? Tengo la sensación de que a veces, los que estamos muy metidos en un tema adolecemos de visión de túnel y pensamos que nuestra propia manera es la única correcta y que todos los demás están obligados a seguir nuestros mismos pasos. Quienes llevamos a nuestras espaldas décadas de práctica hardcore, hacemos tercera serie y de hecho nos dedicamos profesionalmente a ello no podemos aspirar a erigirnos en la vara de medir del resto. Es probable que nuestra perseverancia nos haya proporcionado una mayor destreza, que nuestro cuerpo se haya adaptado a la práctica y nuestra mente se haya habituado a su ritmo en mayor medida, de la misma manera que alguien que toca un instrumento a diario respecto a quien acude a una academia de música de vez en cuando. De hecho, somos un ejemplo de que la práctica diaria es posible a largo plazo, que es sostenible y que, en contra de que ciertos agoreros afirman, no es intrínsecamente peligrosa, pero desde luego resulta iluso pretender que los demás tengan que hacer lo mismo y un error creer que los beneficios de la práctica sean una exclusiva nuestra.
En Ashtanga Yoga Bilbao lo hemos comprobado de forma empírica: docenas de personas llevan años (dos, cinco, ocho) practicando con lo que los círculos más puristas considerarían un nivel de compromiso deficiente, y me consta que la práctica es para ellas un punto de apoyo importante, que sienten que duermen mejor, que su cuerpo funciona mejor, que su cabeza funciona mejor, que les ayuda a relacionarse mejor con ellos mismos y con el resto. En definitiva, tienen una relación sana con la práctica y la sostienen a largo plazo, pese a que ninguna de ellas termine yendo nunca a Mysore, no practique tercera serie, no se sepa los nombres de los asanas y ni se le pase por la cabeza leerse los Yoga Sutras o el Bhagavad Gita. Algunas son jóvenes, otras empezaron a practicar jubiladas y superan ya la setentena. Algunas practican trozos de la primera serie, otras alcanzan su límite físico razonable en upavistha konasana, en urdhva mukha paschimattanasana, en pashasana o en kapotasana. Algunas bordan todo lo que hacen, otras adaptan posturas y reciben nuestra ayuda. Cuando se van de vacaciones dejan de practicar, disfrutan de la playa o al pueblo, y cuando regresan vuelven a tener agujetas. Ninguna está iluminada, eso es cierto, pero ojo, los que hacemos tercera serie tampoco lo estamos y a menudo las superamos en defectos. Pero practiquemos como practiquemos, dos días por semana o seis, todas compartimos algo: por el motivo que sea, nos gusta practicar y seguimos haciéndolo. Y desde luego, en Ashtanga Yoga Bilbao seguirán estando las puertas abiertas para todos.
Muy bien expresado, Fernando! Muy de acuerdo :)
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