jueves, 18 de junio de 2026

¡Feliz 47 cumpleaños! ¿Celebrar o no celebrar?


A menudo observo con disgusto cómo el ser humano parece estar emborrachándose de conocimiento y perdiendo su vieja capacidad de sorprenderse ante las maravillas de la existencia. Ahora sólo es cierto lo que podemos observar con los ojos, analizar en un laboratorio y encajar en el patrón de una fórmula matemática o una ley física. El ser humano ha conquistado los límites de ese mundo parametrizado en magnitudes y cifras, ya no reconoce en él nada extraordinario y lo mide todo en función de su valor utilitario y económico. Y como consecuencia de todo ello, el hombre ha dejado de celebrar. Los días, las estaciones, los años y los hitos de la vida y de su cultura heredada se suceden con intrascendencia sin que detengan un segundo nuestro errante deambular hacia, a falta de un objetivo mejor, la próxima cuenta de resultados, nuestro siguiente trienio, las anheladas vacaciones o ese nuevo instante de placer efímero con que reconfortarnos de nuestro, a pesar de todo lo que sabemos y tenemos, creciente vacío existencial. 

Hubo un tiempo en el que las cosas no eran así, en que nos reconocíamos como parte de un todo más grande y en que reverenciábamos a la naturaleza y a la vida como manifestaciones sagradas, hierofanías de un misterio que nos sobrecogía y con el que tratábamos de armonizarnos, honrando sus ciclos y a su causa última como una entidad trascendente e incomprensible. Ahora, tras unos cuantos siglos de antropocentrismo, revolución industrial, ciencia, tecnología y sofisticada economía, los astros son sólidos rígidos con interactuaciones mecánicas, las estaciones son termodinámica, la energía es electromagnetismo y cuántica, la música y la poesía son matemáticas, el amor son neurotransmisores, la fe es alienación psicológica, el honor es bombardeo preventivo, la solidaridad desvío presupuestario y la vida misma una mera cuestión de estadística o, en otras palabras, caprichoso azar. Somos completamente autosuficientes en nuestra contumaz soberbia y para nosotros no hay nada más allá de lo observable, lo medible y lo computable. Nos hemos convertido en simples animales sin otro sentido que sobrevivir, disfrutar al máximo del tiempo disponible y legar a la siguiente generación nuestro conocimiento acumulado y nuestro código genético. Un frágil eslabón en la larga cadena de la evolución que culminará con la muerte del sol o cuando nuestro orgulloso conocimiento consiga aniquilarnos a nosotros mismos, una extraña habilidad que nos hemos arrogado y que retenemos por si acaso. Más allá de lo que pueda comprender nuestra mente pensante no hay nada y nuestras nuevas deidades, aparte de nosotros mismos, dioses con pies de barro autoerigidos, son la economía, la ciencia, la tecnología, nuestra particular noción de lo que es justo y democrático y el bienestar hedonista; a la espera de una oscuridad vacía, un precipicio sin fondo que nos aguarda al final del camino y que permanentemente nos recuerda nuestra fragilidad pero al que preferimos no asomarnos porque nos aterra la idea de esa nada insondable que borrará todo lo que creemos ser y en la que la evidencia científica nos ha hecho albergar una fe ciega similar a la del religioso más fanático que se inmola con la certeza del paraíso en una cruzada o una yihad


El yoga tiene sus raíces precisamente en ese mundo antiguo de adoración al misterio, a lo trascendente, a lo sagrado. El yoga celebra el sol desde el primer movimiento, desde la primera respiración se celebra la energía que todo lo impregna, que da vida a la materia inerte y que entra, nos inunda y sale de nosotros en un gesto cotidiano aunque no por ello menos milagroso. El yoga celebra la vida, celebra el ahora, celebra la realidad tangible e intangible. Sus formas o asanas celebran el cuerpo humano, las formas geométricas, los objetos, los animales de la tierra, el agua y el aire, los sabios de la antigüedad, las deidades del hinduismo, sus seres mitológicos, y las usamos como herramientas para conducir esa energía, ese prana, a distintas partes de nuestra anatomía y armonizar cuerpo y mente y ponernos en relación con el germen de la inteligencia y con un cuerpo sutil misterioso y metafísico que podemos intuir a través de numerosas señales pero al que, ya lo sabemos, la ciencia no da crédito. Porque sin duda, lo único científicamente constatable a la hora de abordar nuestros problemas de vacío existencial es la prescripción de somníferos, ansiolíticos y, si acaso, caras terapias de mindfulness que, curiosamente, en un irónico giro del destino, nos enseñen a respirar de forma consciente. 

No es de extrañar, por tanto, que me guste celebrar. Gracias a Ashtanga Yoga celebro cada nuevo amanecer sobre la esterilla, celebro el legado de los antiguos maestros con el mantra inicial, celebro la vida con cada respiración y las lunas llenas y nuevas con el descanso. Y gracias a mis padres y a mi cultura también celebro el Año Nuevo, el cumpleaños, la Navidad, la Semana Santa y el Día de los Difuntos. Celebro los hitos de la vida, y no me limito a constatarlos ante notario, con una ceremonia, a veces religiosa, una fiesta, una cena, un regalo o un brindis. Y por todo ello, en el día de hoy -18 de junio- celebro a los cuatro vientos mi 47 cumpleaños con esta publicación de autobombo. En Ashtanga Yoga Bilbao lo he celebrado, cómo no, enseñando y practicando, así como con una pequeña merendola con que he agasajado a los estudiantes que han venido a acompañarnos. ¡Deja un comentario felicitándome si has leído hasta aquí! No se cumplen cuarenta y siete todos los días. ¡Es mi decimosexto número primo! 

Nota final: Las imágenes de esta publicación se ha basado en una práctica del lunes de la semana pasada en que al final del turno de clases de la mañana me quedé solo practicando y comprende mi práctica de tercera serie consistente en sus primeras veinte posturas, aproximadamente dos terceras partes de la serie, además de algunos recortes de los backbending finales.

No hay comentarios:

Publicar un comentario