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lunes, 30 de diciembre de 2019

Hijos del caos.


En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.
Éste era en el principio con Dios.
Todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.
San Juan 1:1-5

Lo llamaron Big Bang.  Una gran explosión que fue el origen de todo.  Antes, la nada.  O lo que nuestros cerebros, tristes herramientas pensantes constreñidas a un espacio de tres dimensiones y una línea de tiempo de una sola dirección, entienden por nada.

El caos dominaba la creación. En los primeros instantes, del orden de picosegundos después del Big Bang, cobraron forma las leyes físicas bajo las que se gobernaría todo.  Sin embargo, la temperatura era demasiado elevada como para que se formaran siquiera partículas subatómicas y un caldo opaco de borboteante magma constituido por radiación y precursores de materia abarrotaba el espacio en expansión.   

Materia... y antimateria.  Un microsegundo después del Big Bang la temperatura bajó lo suficiente como para permitir la aparición de un sinnúmero de partículas fundamentales de cargas eléctricas antagónicas: quarks y antiquarks, fusionados a su vez en hadrones y antihadrones que se enfrentaban entre sí como dos ejércitos alineados para la batalla.  

Y entonces todo estuvo a punto de desaparecer: la creación pareció destinada a autodestruirse sin haber cumplido todavía su primer segundo cuando la materia y la antimateria se aniquilaron mutuamente en una colisión de inimaginables proporciones.  Inexplicablemente, del Big Bang no había surgido una cantidad perfectamente simétrica de materia y antimateria, sino que alrededor de una diez mil millonésima fracción de la materia sobrevivió haciendo posible que en la sopa quedasen fideos. 

Los primeros átomos se formaron durante los primeros veinte minutos: simples isótopos de hidrógeno y helio ionizados constituidos por uno o dos protones y neutrones.  Entonces, durante miles de años de expansión, el universo se enfrió.  Alrededor de trescientos cincuenta mil años más tarde dejó de ser un caldo opaco y se convirtió en un espacio transparente con átomos estables de hidrógeno y helio por el que por fin podían viajar los fotones... salvo que aún no había ninguna luminaria en el oscuro vacío.


A partir de ese momento las densas nubes de materia comenzaron a colapsar bajo su propia atracción gravitatoria hasta que los atómos de hidrógeno primordiales se fusionaron, dando origen a las primeras estrellas.  Doscientos millones de años habían transcurrido desde el Big Bang y al fin se hizo la luz.

Las primeras estrellas fueron verdaderos colosos de varios centenares de masas solares, incluso algunos millares.  A modo de referencia, en la actualidad las estrellas más masivas cuentan con veinticinco masas solares y tan sólo algunas pocas superan el centenar.

En el núcleo incandescente de aquellas estrellas primigenias los átomos de hidrógeno se fusionaron en pares dando lugar a átomos de helio; al cabo de algunos millones de años el hidrógeno se agotó, el núcleo se enfrió y las estrellas colapsaron bajo su propio peso, lo que a su vez elevó la temperatura y reinició el núcleo, que empezó a fusionar helio en carbono y oxígeno.  Los sucesivos aumentos de temperatura y densidad del núcleo condujeron a procesos de fusión cada vez más complejos en los que se fraguaron sodio, magnesio, azufre, calcio y otros elementos hasta el hierro, con veintiséis protones.

En el corazón de las estrellas la creación se diversificaba, pero aquella situación no estaba destinada a durar para siempre.  Las estrellas de menor masa podían permanecer estables durante miles de millones de años reteniendo en su interior la diversidad material.  Las más masivas, en cambio, agotaron su combustible a marchas forzadas y se volvieron inestables con rapidez.  En términos estelares esto supone menos de un centenar de millones de años frente a los nueve mil millones de años en que se estima la vida de una estrella de pequeño tamaño como nuestro sol.

Entonces, y tras un repentino colapso durante la sucesión de procesos nucleares, las estrellas masivas, una tras otra, estallaron en forma de supernova.  Una entidad pensante que observara aquello se habría sentido sobrecogida: la belleza, la armonía de aquellas formas esféricas brillantes surgidas del caos del Big Bang quedaron destruidas tras un corto orgasmo de luz.

Pero aquello no era ni mucho menos el fin.  En el lugar de aquellas ciclópeas bolas de fuego inmoladas quedaron enormes nubes de materia compuestas del hidrógeno que las había constituido originalmente pero también de elementos más pesados como el carbono, nitrógeno, oxígeno y hierro que se habían forjado en sus núcleos y también otros metales más complejos como bromo, zinc y oro generados durante el caos de la propia supernova.


A partir de aquellas nebulosas todo volvió a empezar: la materia danzó, interactuó entre sí durante millones de años y repitió el proceso una y otra vez.  La flamante complejidad de la materia permitió que se aglomerara en algo más que meras esferas de hidrógeno; fue así como a las nuevas estrellas las acompañaron planetas gaseosos, rocosos, asteroides, cometas y una miriada de otros objetos.  Dentro del sinfín de galaxias nacían y morían los sistemas estelares, se construía, destruía y de nuevo el ciclo se reiniciaba.  Al cabo del tiempo la creación ya tenía todos los mimbres necesarios y, en algunos lugares, aún no tenemos la certeza de si muchos o pocos, las nubes de materia surgidas a partir de holocaustos estelares dieron lugar a planetas rocosos iluminados por soles como el nuestro aptos para la vida.

Casualidad o causalidad.  Se puede pensar que la interacción aleatoria de la materia en las condiciones adecuadas es suficiente para crear vida, como el que agita una sopa de letras esperando encontrarlas perfectamente ordenadas en un soneto de Quevedo: habrá que removerla millones, trillones de veces, pero con tiempo y paciencia todo es posible.  A partir de ahí, la evolución se encargará de todo.  La estadística como demiurgo: un tipo de fe muy extendido entre los escépticos y al menos tan respetable como la noción de que la materia, el tiempo y el espacio hayan sido creados con un determinado y misterioso propósito y que todo, incluidos nosotros mismos, formemos parte del plan.

Diez mil millones de años después del Big Bang, en un insignificante rincón de una anodina galaxia, a la luz de una tenue estrella y bajo la atmósfera de un pequeño planeta rocoso que el bueno de Carl Sagan describiera como un punto azul pálido, emergió la vida.  Durante cuatro mil millones de años la vida proliferó y se desarrolló, desde simples organismos unicelulares hasta animales complejos.  Un sinnúmero de especies lo poblaron con mejor y peor suerte: reptiles y plantas, insectos y peces, mamíferos y aves, algas y anfibios.  Volcanes, terremotos, glaciaciones y meteoritos varios la amenazaron y muchas especies se extinguieron, pero generación tras generación la vida persistió y se aferró a la supervivencia contra toda adversidad, a veces precariamente, otras esplendorosa.  Finalmente, hoy hace apenas un par de millones de años, un suspiro en la escala cósmica, apareció una especie en concreto: un mamífero homínido que al cabo del tiempo y por primera vez, sin que aún sepamos muy bien cómo, trascendió la mera perpetuación y reproducción bajo las que se habían limitado a operar todos los seres vivos y fue capaz de plantearse las grandes cuestiones: ¿por qué y para qué?


Somos hijos del caos: el entorno perfectamente sincronizado en que nacemos y morimos surgió de una papilla inimaginablemente desordenada, los ladrillos que constituyen nuestros cuerpos fueron forjados en los núcleos incandescentes de estrellas destruidas hace eones, la vida que nos rodea y que tan cotidiana se nos antoja es una privilegiada rareza y nuestra capacidad de componer música o poesía un auténtico milagro en un universo de infinita belleza y precisión pero que, por lo que sabemos, en su mayor parte permanece en inerte silencio.

Seguramente ningún ser humano resuelva en vida las principales preguntas de la existencia.  Sin embargo, la intuición nos lleva a algunos a concluir que toda esta armoniosa complejidad que damos por sentada no ha podido ser fruto de la casualidad y el azar y que todo tiene un sentido, que somos pequeñas piezas de un gran concierto cósmico.  Sabemos que no estaremos aquí para siempre pero, al mismo tiempo, percibimos que nuestras insignificantes existencias se diluyen en un océano suprapersonal del que también formamos parte y al que retornaremos cuando tiempo, espacio y materia concluyan en un último suspiro.

Mientras tanto, entre nuestras cuatro paredes y bajo nuestro cielo el tictac seguirá avanzando.  En estos días celebramos un nuevo final de ciclo: el año 2019 concluye y abre paso al 2020.  Detrás quedan buenos y malos recuerdos, dolorosas pérdidas y fascinantes victorias que la arena del reloj barrerá cuando una vez más se voltee para comenzar otra cuenta atrás.  Este año 2019 se llevó a mi madre.  Hace justo diez años mi padre se marchó también.  En tantos otros lugares del mundo, millones de familias dieron la bienvenida con alborozo a una nueva criatura.  La materia que una vez dio vida a mis padres se reordenará y dará origen a nuevas formas, repitiendo el ciclo una y otra vez.  Finalmente, el universo terminará enfriándose hasta el cero absoluto y el silencio total de la materia o se contraerá en un Big Crunch a partir del cual se reiniciará el proceso.  Otros universos surgirán y desaparecerán en una loca danza aparentemente sin sentido. 

Terminar y empezar, vivir y morir, perder y ganar son compases de la misma melodía.  Siempre lo ha sido y siempre lo será.  En medio, nosotros, podemos empeñarnos en forcejear contra el avance imparable de esa rueda que todo se lo lleva u observar, aceptar y participar en el concierto del que hemos surgido, al que pertenecemos y en el que, más que estando, seguiremos siendo.

lunes, 21 de enero de 2019

Los orígenes de la Luna.

Hoy es día de luna llena, día de descanso en la tradición de Ashtanga Yoga.  Como es habitual nuestra escuela permanecerá cerrada y mañana retomaremos las clases.

No es sólo que la luna alcanza hoy su fase de plenitud, sino que además durante esta noche se ha producido un eclipse de luna total.  La tierra, al proyectar su sombra sobre la luna, ha refractado en su atmósfera los rayos solares que confieren brillo a la luna, lo que ha provocado que en algunos lugares del mundo -continente americano- la luna se haya percibido de color rojo sangre.  Y por si esto no fuera poco, en este momento la luna se encuentra en su perigeo, en el punto más cercano a la Tierra durante su traslación, un fenómeno que se denomina superluna y que hace que el tamaño aparente de la luna sea hoy mayor. 

Por lo tanto, la luna es la gran protagonista en el día de hoy: una superluna llena y sangrienta.  A modo de homenaje, hoy te ofrecemos un poco de cultura general repasando los orígenes -en plural, sí- de nuestro satélite.



Según la ciencia.

La teoría más aceptada entre la comunidad científica respecto al origen de la luna se basa en la teoría del gran impacto.  

Hace 4.600 millones de años, en los primeros estadios de la formación del sistema solar, un protoplaneta del tamaño de Marte al que se ha llamado Theia chocó contra la Tierra.  Como resultado del colosal impacto imposible de imaginar que derritió, vaporizo y expulsó al espacio trillones de toneladas de material terrestre, alrededor de la Tierra se formó un gran anillo de escombros, que con el tiempo se compactaron, junto con cualquier otro satélite natural que pudiese estar orbitando la Tierra, para crear la Luna.

Además del origen de la Luna, dicha colisión explicaría la inclinación basculante del eje de la Tierra que ocasiona las estaciones.  Análisis de material lunar corroboraron el origen común de ambos cuerpos y, a pesar de algunos enigmas no resueltos aún y de la existencia de otras explicaciones alternativas, la hipótesis del gran impacto es la más ampliamente aceptada en la actualidad.



Según la mitologia griega.

Selene es la personificación de la luna como una diosa de acuerdo con la mitología griega.  Los romanos incorporaron el mito griego y a Selene a su panteón con el nombre de Luna.  Se la adoraba en los días de luna llena y nueva.

De acuerdo con la Teogonía de Hesiodo, los padres de Selene eran los titanes Hyperion y Theia, esta última la que posteriormente daría nombre al cuerpo que chocó con la Tierra según la teoría del gran impacto.  Su hermano era Helios, el dios sol y su hermana Eos, la aurora.  Se la representa como a una mujer de rostro pálido y vaporosas túnicas, con una media luna sobre la cabeza y conduciendo un carro de plata tirado por bueyes blancos. 

Una noche de verano, Endimión, pastor de Caria, una región griega situada al sudoeste de la actual Turquía, tras cuidar a sus rebaños, se refugió en una cueva en las faldas del monte Latmos y se echó a dormir.  La noche era clara, y Selene paseaba en su carruaje de plata por el cielo, desde donde divisó al joven dormido.  Quedó inmediatamente enamorada de él.

Descendió entonces del cielo y entró en la cueva.  El roce de los labios de Selene sobre los suyos despertó a Endimión, que vio cómo toda la caverna estaba iluminada por la luz plateada de la luna.  Contempló a la diosa brillante ante él y surgió una gran pasión entre los dos.

Selene ascendió al Olimpo y le imploró a Zeus que le concediera a Endimión un deseo.  Zeus accedió y Endimión, tras grandes cavilaciones, pidió el don de la eterna juventud y dormir en un sueño perpetuo del que sólo despertaría para recibir a Selene.  Zeus se lo concedió.

Desde entonces, cada mes Selene desaparece del cielo durante unos días para visitar a su amante dormido en la caverna del monte.  El resto del tiempo se conforma con acariciar con sus rayos de plata el cuerpo dormido de Endimión.  

De este amor nacerían cincuenta hijas que personifican las fases de la luna y presiden los cincuenta meses lunares, entre ellas Menea (luna nueva), Mesomene (luna creciente), Pandeia (luna llena) y Meniskos (luna menguante), una diosa de doloroso recuerdo para algunos practicantes de Ashtanga Yoga con problemas en los medios lotos...  



Según la mitología india.

Ganesha, el hijo de Lord Shiva y la diosa Parvati, como su prominente barriga atestigua, tiene gran debilidad por los dulces y cada vez que alguien se los ofrecía, los tomaba.  

Cierto día en que sus devotos le habrían ofrecido muchísimos dulces, Lord Ganesha regresaba a casa con el estómago lleno y los bolsillos de su ropa repletos de dulces sobrantes.  

Los dulces se le caían de los bolsillos y Ganesha se agachaba a recogerlos, un tanto avergonzado de su glotonería.  Miró alrededor esperando que nadie lo viera.  Desgraciadamente la Luna - Chandra Deva, el dios Chandra, un joven de piel pálida, muy atractivo, que dominaba el cielo de la noche montado sobre un carro arrastrado por un antílope y armado con una maza y una flor de loto, lo había visto todo.  

Al ver al Ganesha tropezarse sobre sus propios dulces, Chandra se rió a carcajadas.  Chandra se consideraba a sí mismo muy apuesto y pensaba que Ganesha, con su gran tripa y cabeza de elefante era muy extraño.

"¡Chandra!", exclamó Lord Ganesha enfadado, "¡Te has reído de mí!  ¡Te crees tan atractivo!  Te maldigo y de hoy en adelante desaparecerás del cielo y nadie podrá ver tu rostro."

Y lleno de ira, Ganesha se arrancó un colmillo y lo arrojó contra Chandra, clavándoselo.  Chandra se quedó lívido.  Se trataba de un castigo demasiado severo y le imploró:

"¡Señor! ¡Por favor, perdóname!  ¡He sido soberbio!  ¡Lo siento, por favor!"

Lord Ganesha miró a Chandra y vio que su orgullo había sido herido.  Ganesha siempre perdona.  Sonrió dispuesto a perdonarle, pero en seguida se dio cuenta de que no podía retirar su maldición.

"¡Chandra, no puedo retirar mis palabras!  Pero escucha, suavizaré tu maldición.  Poco a poco disminuirá tu apariencia y sólo habrá un día en que no haya luna en el cielo.  A partir de ese día volverás a crecer hasta que de nuevo recuperes tu tamaño completo y vuelvas a brillar en todo tu esplendor."  

Y desde entonces la luna comenzó a menguar y a crecer periódicamente.  Uno de los puntos oscuros visibles en su superficie, un cráter, es la cicatriz que dejó el colmillo de Ganesha.



Según la mitología egipcia.

Originalmente el año sólo tenía 360 días, y la diosa Nut era estéril durante todos ellos debido a una maldición que le había lanzado el dios solar Ra, que regía durante todo el año.

Su marido el dios Thoth, que deseaba engendrar hijos, acudio a Khonsu, dios lunar, cuyo brillo era entonces casi como el del Sol, y lo desafió a un juego de mesa en el que Khonsu apostaba su propia luz.

Ambos jugaron y la suerte siempre estaba de parte de Thoth, hasta que Khonsu fue derrotado.  La apuesta consistía en 1/72 partes de la luminosidad diaria de la Luna, y desde entonces Khonsu no ha tenido suficiente fuerza para brillar a lo largo de todo el mes, por eso mengua y se recupera.

Con esa luz Thoth creó cinco nuevos días (360/72) conocidos como epagómenos, en el calendario que hasta entonces constaba de doce meses de treinta días cada uno y los añadió justo al final del año, de manera que no pertenecían ni al año viejo ni al nuevo.

Así Nut pudo tener a sus cinco hijos al mismo tiempo que se satisfacía la maldición de Ra.



Según la mitología maya.

Hace mucho tiempo, en una tierra muy lejana, vivía una hermosa mujer llamada Ixchel, cuya belleza encandilaba a muchos hombres a lo largo y ancho de los territorios, incluido al joven héroe Itzamná.  El encantador Itzamná comenzó a cortejar a la hermosa y codiciada Ixchel y entre ambos surgió un gran amor cuyo destino quedó escrito en los cielos.

Un día soleado en el paraíso, un joven extranjero llego al pueblo y quedó inmediatamente obnubilado ante la pasmosa belleza de Ixchel y proclamó su amor por la joven mujer.

Sin saber del amor que existía entre Ixchel e Itzamná, una hermana de Ixchel llamada Ixtab organizó un duelo entre los dos jóvenes que lucharían a muerte por el amor de la joven doncella. 

El día del gran combate, Itzamná fue señalado por el destino para convertirse en el vencedor, pero la providencia no tuvo en cuenta una audaz treta por parte del oponente de Itzamná quien, en un descuido de Itzamná, lo hirió mortalmente.  

Al ver muerto a su amado, Ixchel corrió hasta él, encomendó su alma a su hermana Ixtab y se suicidó.  Al haberle confiado su alma su herman, Ixtab se convirtó en la diosa de los suicidios.  Ixtab maldijo al oponente por sus sucias artimañas y su nombre fue olvidado para siempre.

Los dos jóvenes amantes viajaron juntos al cielo para celebrar su amor durante el resto de los tiempos.  Itzamná renacería como el dios sol y su eterna amante, Ixchel, se convertiría en la diosa de la luna.  Para celebrar el amor por su amado, Itzamná le entregó a Ixchel el brillo de la noche como un regalo en la forma de estrellas, damas que mueren jovenes y viajan hasta los cielos para brillar durante toda la eternidad.



Según la mitología nórdica.

En la mitología nórdica Sol es el dios del Sol y Mani de la Luna.  Sol es una mujer y Luna es un hombre y son hermanos entre ellos.  Su padre es Mundilfari.

Cuando aparecieron por primera vez mientras el cosmos era creado, no sabían cuáles eran sus poderes ni qué papel desempeñarían en el nuevo mundo.  Entonces los dioses se reunieron y crearon las diferentes partes del día y del año y las fases de la luna de manera que Sol y Mani finalmente conocieron su encaje en el nuevo orden.

Atravesaron el cielo conduciendo carros arrastrados por caballos.  Los conducen con prisa porque detrás los persiguen dos lobos llamados Skoll (Burla) y Hati (Odio), que los alcanzarían en el final de los tiempos, cuando el cosmos descendiese de vuelta al caos.

Según algunas leyendas, un personaje llamado Svalinn conduce el carro del sol y sostiene un escudo entre ella y la tierra a sus pies.  Si no hiciera esto, tanto el sol como el mar se consumirían en llamas.



Según la mitología zulú.

Las leyendas zulúes afirman que la Luna es hueca y es hogar de una raza de seres reptilianos inteligentes conocidos como los hitauri.  Hace cientos de generaciones la Luna fue llevada a su actual emplazamiento por dos hermanos, Wowane y Mpanku, que eran los líderes de los hitauri.

Se los conoció como los hermanos del agua y el cuerpo de ambos estaba cubierto de escamas como la piel de un pez.  Wowane y Mpanku habían robado la Luna, que en realidad era un huevo del Gran Dragón de Fuego, y vaciaron su yema hasta que quedó hueca.  Entonces hicieron rodar la Luna por el cielo hasta las proximidades de la Tierra, lo que provocó unos acontecimientos cataclísmicos que terminaron con la edad de oro de la Tierra.

Antes de que llegara la Luna, la Tierra era muy distinta a como es hoy.  No había estaciones y el planeta estaba permanentemente cubierto de brumas de vapor de agua.  La gente no podía ver el brillo del sol con la claridad conque se ve hoy. sino que sólo podía hacerlo a través de una niebla acuosa.  Era un lugar hermoso, frondoso y verde con gigantescos bosques bajo una suave llovizna constante.

Cuando la Luna se ubicó en su lugar todo el agua del cielo cayó al suelo de golpe provocando una gran inundación, un cataclismo que se ha documentado en otras muchas culturas y que en la nuestra conocemos como el Gran Diluvio.

La llegada de la Luna y de los reptilianos hitauri cambió todo en la Tierra.  Modificó su rotación y ángulo y trajo un poderoso sistema de mareas mucho más fuerte del que había antes.  Las mujeres no menstruaban hasta que la Luna llegó.

Otras tribus africanas creen que la Luna es un artefacto tecnológico que fue construido muy lejos para vigilar a las personas y como un vehículo en el que seres extraterrestres surcan el Universo.



Según la mitología china.

Hace mucho tiempo diez soles dominaban juntos el cielo y arrasaban la tierra con sus rayos, causando grandes penurias a la gente.  El arquero Yi derribó con sus flechas precisas a nueve de ellos, dejando sólo uno.  Como recompensa, se le concedió el elixir de la inmortalidad.

Pero Yi no se lo bebió inmediatamente, sino que se lo entregó a su amada esposa Chang'e para que lo guardase.  No quería obtener la inmortalidad sin ella.

Sin embargo, mientras Yi salía a cazar, su aprendiz Fengmeng forzó la puerta de su casa y trató de obligarle a Chang'e a que le entregase el elixir.  Ella se negó y, para evitar que Fengmeng lo robara, se lo bebió.

Cheng'e entonces voló hacia los cielos, donde escogió la Luna como residencia, puesto que amaba a su marido y esperaba vivir cerca de él. 

Yi descubrió lo que había sucedido y se sintió triste, así que reunió las frutas y pasteles que le gustaban a Chang'e y se los entregó como ofrenda.  En la actual China, durante el festival de otoño siguen cocinándose los llamados "pasteles de luna", reminiscentes de esta leyenda.



Según la mitología vasca.

Cuenta la leyenda que al principio de los tiempos, cuando los seres humanos empezaban a caminar por la tierra, no existían ni el sol ni la luna y se encontraban inmersos en una gran oscuridad y acechados por terribles criaturas como dragones, brujas, caballos voladores, genios...

En su desesperación, acudieron en busca de ayuda a Amalur, la madre tierra.

Ante su insistencia, Amalur accedió y les dijo:  "Os ofreceré mi ayuda y crearé un ser luminoso al que llamaréis Ilargi (Luna)."

Así, Amalur creó la Luna, que con su brillo pálido iluminó la noche.

Al principio los humanos no se atrevieron a salir, pero al ver que los genios malignos huían de la luz de Ilargi, salieron a celebrarlo.  Sin embargo, el susto de los genios no duraría para siempre y, poco a poco, se acostumbraron a la luz y no tardaron en volver a salir de sus simas y acosar a hombres y mujeres.

De nuevo, los hombres acudieron a Amalur y le pidieron algo más poderoso.

"Amalur, te estamos muy agradecidos porque nos has regalado a la madre luna, pero necesitamos algo más poderoso puesto que los genios no dejan de perseguirnos."

"De acuerdo", respondió Amalur, "crearé un ser todavía más poderoso al que llamaréis Eguzki (Sol)."

Y Amalur creó el sol.  De esa forma, el sol iluminaria el día y la luna la noche.

Era tan grande, luminoso y caliente que incluso los humanos tuvieron que acostumbrarse poco a poco.  Gracias a su calor y luz crecieron plantas y aún más importante, los genios y las brujas no pudieron acostumbrarse a la gran claridad del día y desde entonces sólo se atrevieron a salir de noche.

Pero los humanos acudieron una vez más a Amalur para pedirle protección durante la noche, puesto que de noche seguían saliendo los genios para acosarles.  Y fue entonces cuando Amalur creó una flor tan hermosa que, al verla , los seres de la noche creerían que era el propio Eguzki y huirían aterrados

Esa flor es Eguzkilore (girasol).  Y hasta hoy, este el símbolo de protección que defiende los hogares de los malos espíritus, los brujos, los genios de la enfermedad, las tempestades, los rayos y demás enemigos del ser humano.