miércoles, 23 de noviembre de 2016

¡Ashtanga Yoga Bilbao regresa a Mysore!

Nines y Fernando en la puerta del KPJAYI.

Pues sí; casi dos años después, volvemos a Mysore.  ¡Pero que nadie se rasgue las vestiduras, que será un viaje de ida y vuelta!  En mi caso sólo estaré fuera durante un puñado de semanas coincidiendo con las vacaciones de Navidad durante las cuales la escuela permanecerá cerrada.  Desde el 18 de diciembre hasta el 8 de enero, para ser concretos.  La estancia de Nines, la mitad más dulce de Ashtanga Yoga Bilbao, será un poquito más larga: hasta finales de enero. 

En realidad, desde que abrimos Ashtanga Yoga Bilbao en septiembre del 2015 hemos intentado viajar a Mysore varias veces para volver a estudiar en el Instituto de Ashtanga Yoga que dirige Sharath Jois, nieto de K. Pattabhi Jois, y hasta en tres ocasiones hemos sido rechazados.  Debido a la gran afluencia de gente, y tal y como vaticinaba la tendencia de los últimos años, mis dos solicitudes para diciembre del 2015 y diciembre del 2016 fueron rechazadas.  En realidad, el mes de diciembre es un mes bastante malo para intentar ir a Mysore porque la temporada de enseñanza de Sharath Jois empieza en octubre (el año pasado empezó en noviembre) y las personas que acuden el primer mes se suelen quedar dos o tres meses, ocupando buena parte de las plazas de los meses siguientes.  Sin embargo, mi sentido de la responsabilidad me desaconsejaba dejar en la estacada a los estudiantes de Ashtanga Yoga Bilbao en unos meses tan cruciales del curso como octubre o noviembre, así que en mi caso lo tenía claro: sería diciembre o nada.  

Los dos rechazos para ir a estudiar con Sharath Jois en los meses de diciembre del 2015 y 2016 fueron bien recibidos; el del año pasado incluso lo aceptamos como un toque de atención de la Providencia.  Apenas llevábamos tres meses abiertos y nuestro sitio se encontraba en Bilbao.  El de este año ha sido más previsible aún si cabe, porque tras un problema de overbooking en el Instituto de Ashtanga Yoga en el mes de noviembre, derivaron al mes de diciembre a un par de cientos de personas a las que habían aceptado en noviembre pero para las que posteriormente se dieron cuenta no había sitio.

El tercer rechazo, que tuvo lugar el pasado verano, resultó algo más sorprendente, por no decir doloroso.  De vez en cuando (cada dos años, aparentemente) Sharath organiza un curso especial para profesores autorizados durante los meses de julio y agosto.  Se trata de una espléndida oportunidad para estudiar con Sharath Jois junto con un grupo de profesores de Ashtanga Yoga procedentes de todo el mundo.  Sharath, por lo visto y según me contó Borja, que asistió al primero de esos cursos que Sharath impartió en el verano del 2010, se dirige a los asistentes no como alumnos, sino como profesores, y les da numerosos consejos y pautas acerca de cómo enseñar, algo para lo cual no hay tiempo durante los locos meses de la temporada regular, con clases ininterrumpidas desde las 04:30 de la mañana hasta el mediodía.  Al haber sido autorizado en enero del 2015, por primera vez tuve la posibilidad de ser elegido para asistir a uno de esos cursos dado que casualmente ese mismo verano Sharath organizaba uno.  Había que enviar una carta por correo postal con la pertinente solicitud debidamente cumplimentada, y al cabo de los meses recibí la respuesta: de nuevo "no".  En el correo de rechazo habían puesto en copia no oculta a todos los destinatarios, más de medio centenar, entre los cuales pude reconocer a varias personas que al igual que yo habían sido autorizadas la temporada pasada.  Todo sea dicho, entre los rechazados también reconocí a varios veteranos, pero tampoco era descabellado pensar que quizás Sharath hubiese optado por que los profesores noveles nos centrásemos en nuestras incipientes escuelas mejor que embarcarnos en un verano de periplo indio. 

Nines y Fernando junto al toro negro Nandi, en Chamundi Hill.

Nines, en cambio, ha tenido más suerte esta temporada.  La idea original era que yo viajase a Mysore a principios de diciembre mientras Nines se quedaba en Bilbao con las clases.  En vacaciones de Navidad viajaría ella a Mysore donde pasaríamos juntos las Navidades y después regresaría yo a Bilbao a impartir las clases de enero mientras Nines permanecía en la India.  Ha fallado la primera mitad del plan, la de viajar yo a Mysore a principios de diciembre, pero vamos a seguir adelante con el resto.

Las razones para regresar a Mysore son numerosas.  Tenemos pensado hacer algunas compras y encargos para la escuela de las que próximamente tendréis noticias los que formáis parte de Ashtanga Yoga Bilbao, pero el motivo principal es la devoción al linaje: Ashtanga Yoga es un estilo de yoga que apareció en un sitio muy concreto de manos de una persona muy concreta, y a mi modo de ver, aquellos que nos hemos comprometido a enseñarlo de la manera más íntegra posible debemos procurar seguir en contacto con la fuente original.  Suele decirse que si uno quiere hallar las aguas más puras de un río, ha de remontarlo hasta llegar lo más cerca posible de su nacimiento, de su fuente.  A medida que fluyen río abajo, al arrastrar sedimentos y mezclarse con afluentes y alcantarillas,  las aguas se vuelven turbias, por lo que sólo en el punto de partida original será posible encontrar aguas cristalinas.  Esta preciosa metáfora encierra lo que entiendo es una gran verdad: dado que este estilo de yoga fue transmitido por K. Pattabhi Jois en Mysore, en lo que posteriormente se ha llamado el Instituto de Ashtanga Yoga -KPJAYI-, es en Mysore y sólo ahí donde se encontrará en su forma más auténtica.

Quizás por ser ingeniero tenga una mente excesivamente cuadriculada, pero mi manera de pensar en lo que respecta a Ashtanga Yoga ha estado siempre tan en consonancia con esta búsqueda de la esencia más pura que todavía recuerdo que cuando en el año 2008 me disponía a viajar a Mysore por primera vez y mi maestro Borja me dijo que por su delicada salud no sería Guruji -K. Pattabhi Jois- sino Sharath quien estaría enseñando, me sentí terriblemente decepcionado, casi como si me fuesen a estafar cambiándome al mítico Pattabhi Jois por un mero subalterno, lo que hoy día puede sonar bastante gracioso.  "¿Sharath? ¿Quién narices es ése?", recuerdo que le espeté a Borja, ofendido.

Nines y Fernando en el hotel Lalitha Mahal en la Nochevieja del año 2013.

A pesar de las reticencias que yo y otros pudiéramos tener, lo cierto es que Guruji nos dejó en mayo del 2009 y que Sharath Jois, actual director del Instituto de Ashtanga Yoga y nieto de K. Pattabhi Jois, como el estudiante que más cerca estuvo de la fuente de la tradición durante más tiempo, es sin duda la persona de todo el mundo que se encontraba mejor posicionada para poder transmitir el método de Guruji con el máximo nivel de autenticidad.  Al final, por su esfuerzo y entrega se ha ganado por méritos propios el respeto de la comunidad internacional de Ashtanga Yoga y de los estudiantes nuevos y la mayoría de los antiguos, que ya lo llaman Guruji del mismo modo que antaño hicieran con su abuelo.  En el mundo hay multitud de buenos maestros, no cabe duda.  Pero por mucha implicación, por mucha dedicación y rigurosidad que tengan, todos ellos de manera consciente o inconsciente introducirán distorsiones.  Si cada uno de esos maestros se dedicase a enseñar a otros maestros, y estos a su vez a otros más, multiplicando las ramas y subramas del árbol, en cada salto se iría perdiendo cada vez más la enseñanza original hasta convertirla en un barrillo, en una confusa amalgama, tal y como de hecho sucede hoy con todos esos estilos Vinyasa que originalmente partieron del Ashtanga Yoga de Mysore y del que hoy prácticamente se puede decir que existen tantas modalidades distintas como profesores.  El propio Sharath no podrá enseñar nunca exactamente igual que su abuelo, pero nadie en el mundo ha tenido tan cerca la fuente del linaje y bebido durante tanto tiempo de aguas tan cristalinas, por lo que para enseñar con la mayor integridad posible, un maestro del sistema de Ashtanga Yoga tal y como lo enseñó Sri Krishna Pattabhi Jois, hoy por hoy ha de viajar a Mysore y aprender directamente de Sharath Jois.  De hecho, siempre me ha sorprendido sobremanera que nadie haga un viaje para estudiar yoga en Mysore, una ciudad por lo demás bastante anodina en la que no creo que un tour turístico de occidentales se detuviera más de un par de días, para otra cosa que no sea estudiar en el Instituto de Ashtanga Yoga.  Tiene que haber gente para todo, como suele decirse.

En contra de todo pronóstico a la luz de lo acontecido en meses anteriores, Nines recibió la buena noticia de que la aceptaban y finalmente estudiará con Sharath Jois en el mes de enero.  Viajaremos juntos el 18 de diciembre y pasaremos una nueva Navidad en la India.  Yo aún no tengo muy claro qué haré respecto a la práctica.  No tengo sitio con Sharath y su madre Saraswathi también ha completado aforo.  Mi primera opción es continuar practicando solo, cosa que llevo haciendo durante casi año y medio desde que nos mudamos a Bilbao y a lo que ya estoy más que acostumbrado.  No es que no eche de menos practicar con un profesor, pero tampoco me apetece estar con cualquiera.  En Mysore hay muchos para elegir y quizás recurra a la segunda opción y me acabe decantando por alguno de ellos, aunque me hace bastante poca gracia ponerme en manos de los oportunistas que se han asentado alrededor del Instituto de Ashtanga Yoga para aprovecharse de la fama mundial que K. Pattabhi Jois dio a Mysore y recoger las migajas que caen de la bandeja del Instituto de Ashtanga Yoga.  No soy amigo de sucedáneos e imitamonas; siento que mis maestros son Borja y Sharath y en Mysore cualquiera que no sea Sharath me va a saber a plato de segunda mesa. Si acaso, tal vez pueda resultar interesante el anciano BNS Iyengar, un viejo estudiante de Pattabhi Jois y del mismísimo Tirumalai Krishnamacharya que todavía está vivo y enseña en Mysore.  Y también sea quizás una buena idea asistir a las clases de filosofía de Arvind Pare, un ingeniero reconvertido a profesor de yoga tal que yo que imparte charlas geniales en torno a los yoga sutras y el Bhagavad Gita.  La verdad es que en Mysore hay un montón de alternativas para mantenerse ocupado y aprender, desde cursos de cocina a clases de pintura y flauta.  Ya veré sobre la marcha lo que termino haciendo.  

En realidad, detrás de todo esto subyace otra cuestión principal: la importancia de seguir siendo estudiante.  Un profesor que cree saberlo todo está acabado y para muchos de los que nos hemos convertido en profesores de Ashtanga Yoga a tiempo completo, Mysore es el sitio propicio para que nos podamos volver a sentir estudiantes en el sentido estricto de la palabra.  Aunque cada día en nuestra propia práctica personal y con los estudiantes de Ashtanga Yoga Bilbao tengamos una nueva oportunidad de seguir aprendiendo, no hay mejor lugar que Mysore ni mejor maestro que Sharath Jois para mantener el contacto con la enseñanza y la tradición que inspira a la comunidad de Ashtanga Yoga en todo el mundo.  Así es como entiendo, así es como entendemos  el compromiso en Ashtanga Yoga Bilbao.

martes, 1 de noviembre de 2016

Un cuento de otoño.

En un día como hoy en el que todos tenemos a seres queridos ausentes que recordar, quiero regalar a los lectores de este blog un relato sobre la vida y la muerte que sin duda invitará a la reflexión en este Día de los Difuntos.  Lo escribí hace mucho tiempo: en 1998, cuando contaba con dieciocho años.  Se trata, por tanto, de un relato adolescente, inmaduro e inexperto escrito en un momento de transición hacia la edad adulta, como bien se puede inferir de sus líneas.  Al recuperarlo casi veinte años después de su redacción y releerlo casi como si lo hubiese escrito otra persona, sólo cabe decir que me ha entretenido y emocionado. 

No hay duda de que derrocha originalidad pero, eso sí, advierto a los lectores de que la temática es un tanto escatológica y que el cuento puede resultar desagradable por momentos.  La literatura de terror gótico -E.A. Poe, H.P. Lovecraft, Stephen King- me fascinaba sobremanera y su tendencia a llevar a sus protagonistas a ambientes extremos, lúgubres, opresivos, influyó -e influye- en buena medida todos mis escritos de ficción.  De todos modos, tampoco les debió de parecer demasiado terrible a los miembros del jurado de la Universidad de Deusto, que en el año 2000 le otorgaron el primer premio al mejor relato corto en el IV Concurso Literario La Caja de Pandora.



Nací en una campiña de la pradera americana, a la orilla oeste del río Mississipi. Me llamaron Billy Evans y no por nada en especial. A mis padres simplemente les gustó el nombre.

Ellos son unos bellos ejemplares de coleópteros silvestres que se alimentan de los residuos del ganado. Confeccionan unas deliciosas pelotitas de estiércol que transportan rodando hasta su hogar. Por ello son comúnmente conocidos por el sobrenombre de escarabajos peloteros. Pero a mí no me gustan que me llamen así. Yo soy sólo una pequeña larva de piel blanca y músculos jugosos.

Del mundo exterior únicamente tengo referencias. Mis hermanos y yo hemos pasado nuestras cortas vidas dentro del húmedo agujero que nuestros padres abrieron en la tierra. Nuestros ojos cerrados y nuestros cuerpos desvalidos precisan todavía de toda la atención de nuestros progenitores.

Lo que hicieron por nosotros fue una verdadera muestra de amor. Hace unas semanas recibieron la llamada del instinto, y sintiendo cercana nuestra llegada se apresuraron a prepararnos un acogedor nido.

Era necesario un sustento alimenticio para que nuestros jóvenes organismos se pudieran desarrollar. Por eso fue una suerte que a pocos metros del hueco recién horadado un rollizo conejo gris se arrastrara víctima de una enfermedad infecciosa.

Mis padres, en armoniosa danza aprehendida por nuestra estirpe en milenios de evolución corrieron a colocarse entre el roedor y el suelo. Patas arriba y caparazón abajo. Andar bajo el animal agonizante les permitió empujarlo paso a paso hasta la boca del hoyo. Los forcejeos del conejo resultaron inútiles. Su enfermedad le mantenía inmovilizado y era incapaz de oponerse a los esfuerzos de unos generosos padres que actuaban movidos por el amor. 

Ya dentro de la madriguera prosiguió la tarea de acomodo. Unas larvas recién nacidas necesitan un lecho orgánico del que nutrirse. Siendo conscientes de la debilidad de nuestras mandíbulas, nuestros progenitores comenzaron a despojar al animal capturado de su capa de pelo. Era un trabajo penoso para el que sus fauces no estaban preparadas. Pese a las dificultades, uno tras otro fueron cayendo los mechones de un pelo duro como el alambre hasta dejar al descubierto el rosado tejido epitelial del mamífero.

A continuación venía la no menos difícil tarea de despellejar al roedor. Apoyándose en una pequeña incisión y con una lentitud inexorable, la piel desnuda fue rasgada de un extremo a otro. La lenta agonía del animal hasta su desangramiento era lo de menos ante una empresa de tal grandeza.


A partir de ese instante todo fue dejar actuar libremente a la Naturaleza. Las palabras que pueda utilizar una mísera larva resultan insignificantes a la hora de relatar el colosal prodigio que supone la unión copular entre dos scarabaeus viettei. Pero con una humildad que no pretende igualar en el más mínimo detalle a la realidad, lo intentaré:

En la humedad de la gruta dos cuerpos queratinosos se fundieron en una única forma. Las patas peludas de nuestro padre se aferraron a los caparazones laterales de mamá. Un hilo de baba, fruto del deseo, impregnaba el suelo a su alrededor. El escarabajo macho desplegó su apéndice reproductor. Los cuartos traseros de la hembra se alzaron para acoger el miembro masculino. Unos segundos más bastaron para consumar el acto en toda su maravilla.

El conejo postrado por el dolor que mostraba al aire su saco visceral fue el lecho sobre el que nuestra progenitora depositó los huevos. Varias decenas de óvulos fecundados entre uno de los cuales yo comenzaba a crecer.

Ya sólo cabía la espera. El milagro de la vida, el secreto de las generaciones, había tenido lugar. Un residuo infecto que es capaz de crear ya no sólo unas criaturas, sino de constituir un auténtico germen de eternidad.

Ahora me encuentro junto a mis hermanos. Hace dos días que el último de los huevos eclosionó. El que reina en lo Alto ha hecho posible que yo, una simple larva de scarabaeus, deje testimonio escrito de mis reflexiones a través de un humilde escribano humano al que presento mis sinceros saludos. Está bien que nos conozcamos unos a otros los hijos de un mismo Padre.

El pequeño Billy y sus músculos jugosos.

Yo soy una más entre las larvas que roen su corrupta cuna impulsadas por un hambre insaciable. Hoy es el octavo día desde mi venida al mundo. Mi cuerpo es todavía un inútil manojo de carne. Las patas de nuestros padres se elevan alrededor como torres, en todo momento atentas a los caprichos de sus crías. ¿Quién no encuentra en su ceguera el camino? ¿Quién necesita que en su parálisis le muevan el cuerpo? Ellos están ahí para nosotros y a cambio de nada. El amor de Dios se ha encarnado en nuestros progenitores. Unos escarabajos que entregan el cuerpo y la sangre legados por la Divinidad en forma de cariño y sustento necrófago.

Las cincuenta y siete larvas de la camada nadamos en un liquidillo fétido donde se esparcen pedazos de carne en descomposición. El esqueleto inmaculadamente limpio del que antaño fuera un roedor reposa sobre el océano de su propia gelatina. El olor es intenso, penetrante, cadavérico. En tres palabras; abre el apetito.

Devoro el último pedazo de carne viscosa y repto en busca de más alimento. Pero ya no queda nada. Percibo a lo lejos a mis hermanos disputarse los escasos pedazos restantes. No sé dónde dirigirme. Mis ojos apenas distinguen unas pocas sombras. Y mi boca pide más.

Los Evans, en plena faena.

La entrada de la gruta está siempre cerrada para que un repentino golpe de luz no dañe nuestros delicados órganos visuales. Papá entra de pronto empujando una enorme esfera hedionda. Nuestros ansiosos estómagos se retuercen suplicantes. Nuestro padre cierra tras de sí la abertura y a continuación madre se acerca.

Con sus fauces ha separado un trozo de la bola y se dispone a compartirlo con sus hijos. Les gusta tener un trato directo con la prole engendrada. Somos muchos, pero cada uno tiene su nombre y todos los días dedican algo de su tiempo a mimarnos.

Mamá arrima a mi boca el excremento apretujado. Se lo arrebato de sus pinzas bucales y lo devoro con avidez. En mi apresurada deglución tengo tiempo de percibir el sabor y la suave textura del amasijo de estiércol. En unos segundos soy capaz de distinguir su composición y procedencia. Tras un fondo bacteriano cuyo gas metano embriaga me es posible saborear la dieta seguida por el animal en cuestión. Mi madre extrae de la masa otro pedazo de hez. Éste es más grande y ella lo sujeta con sus pinzas para que yo lo vaya ingiriendo bocado a bocado. Mi primitivo cerebro descompone los sabores y los aromas con inaudita habilidad.

Un excremento formado por muchos. De diferentes animales que sin pretenderlo han realizado una rica aportación mucho más que intestinal. Y mi paladar puede leer de todos ellos un significado. Son sabores que me cuentan historias de lo cotidiano, de seres que han luchado y vivido por los suyos, de diferentes maneras pero bajo un mismo denominador común; el amor. Veo a una vaca paciendo en un soleado prado salpicado de margaritas. A una grácil ternerilla brincando a su alrededor y alimentándose de su leche. Veo a un halcón de adusta mirada sobre ese mismo prado lanzarse a la caza de una perdiz para nutrir a sus crías. Todos esos momentos están resumidos aquí, entre mis pequeñas mandíbulas. Noto el sabor de la clorofila, de la celulosa verde mezclada con los jugos gástricos y la saliva del rumiante. Percibo el delicado roce de la leche materna en la garganta de la ternera y de los tropezones de carne de perdiz regurgitados en el pico de los pequeños halcones. Siento esos detalles, consecuencias claras de un amor gratuito, y me impregno hasta lo más hondo de toda su maravilla.

La infancia de cualquier ser vivo supone un punto de referencia para el resto de su vida. Los recién nacidos de toda especie reciben en su inicio vital unas enseñanzas que marcan su desarrollo y conducta futuros. Viven como han aprendido. Si cultivan odio, recogerán maldad; si por el contrario le son enseñados sentimientos virtuosos, su sendero será generoso y pleno de bondad.

Hoy es para mí un día muy especial. Acabo de recibir mi Bautismo. El estigma del Reino acaba de entrar en mí. Una sagrada Primera Comunión en la que mis padres han tomado el papel de sacerdotes de una Religión basada en el amor puro. Mi bautismo coprófago. 

A partir de este momento sólo puedo empeorar. Mi grado de perfección es tal que el simple hecho de saber que hay muchos más días por delante me asusta. Quisiera que este momento se eternizara por siempre jamás. Un mundo joven, en el que la ilusión propia de la niñez rige los comportamientos, es un mundo perfecto. No, queridos lectores, no os llevéis las manos a la cabeza. No tachéis de demagoga a esta pobre larva que ni siquiera ha visto aún la luz del día. Las utopías existen, y si no son practicables debido al egoísmo y apatía imperantes, dejadme al menos que sueñe.

Al compás de la música que yo he elegido.


Las cosas buenas poco duran, se dice. Y así sucede. El siguiente bocado me sabe amargo como la tristeza. 

Veo un ave solitaria. Revolotea sobre un florido prado y busca con honda desesperación a su joven mochuelo. Es una llamada agónica sin respuesta. Un piar, a otros oídos, incluso hermoso. Nadie lo comprende. Nadie le observa. A nadie le importa. Pero la perdiz llora. 

Veo a un campesino humano arrodillado en el lecho de agonía de su hembra. Un total de ocho crías de su misma especie le rodean. Las lágrimas derramadas son más que nada por ellos, y es que llueve sobre mojado. La cosecha del año además de mala ha sido empeorada hasta la extenuación por una incontrolable plaga de conejos voraces. Y el invierno está cerca. Sus hijos deben comer por encima de todo. Un golpe de vista a través de la ventana le muestra su finca. Un lindo terreno plagado de margaritas cuya belleza no puede apreciar en estos momentos. También llora por Ruperta, su vaca, y por la alegre ternera recién nacida que aún no tiene nombre y que salta al otro lado de la ventana. Ellos serán los primeros en ser sacrificados.

Y también veo a un conejo, lastimero de dolor, que ha sido arrastrado a un hoyo desconocido. Siete gazapos en una madriguera similar se acurrucan expectantes. Como el de tantas otras crías inocentes, sus estómagos aguardan la vuelta de su padre con un nuevo cargamento de hortalizas. Un padre que no volverá. A medida que pasa el tiempo, y a su manera, ellos también lloran. 

Son excrementos secos, salidos de unos rectos constreñidos de angustia. Ingiero esa amargura al igual que poco antes he ingerido la alegría del vivir. Es un contraste injusto, desequilibrado. Como la balanza en la que un extremo asciende porque el otro cae.

Acabo de aprender una de las mayores lecciones de la vida. La supervivencia, y hablo no ya de bienestar intrascendente, sino de un vivir o morir, acarrea inevitables desgracias paralelas. Si nos paramos a pensar cómo hemos modificado el entorno hasta alcanzar nuestro estado actual, veremos que detrás de nuestros éxitos nos persigue una cadena de tragedias. Si yo estoy aquí es a costa del conejo que ha sobrevivido gracias a la cosecha del hombre que a su vez intentará salir adelante haciendo uso de la vida de su vaca. Todo aquello por lo que hemos luchado está pendiente de un hilo tirante. La congoja reside latente esperando cebarse en su próxima víctima. En cualquier momento salta traicionera. A veces implacable y otras sutil. La perdiz volará en busca de su cría hasta el infinito sin encontrar respuesta. Un silencio peor incluso que la realidad. Caras distintas pero siempre cruel.

Es imposible quitarme de encima el sentimiento de culpa. Yo formo parte del bando vencedor en esta carrera de atropello. Para los perdedores ni siquiera queda la súplica. En verdad hubiera preferido la ignorancia, ingenua e irresponsable pero dulce en su silencio.

Muchos me darían su explicación facilona. No es culpa tuya. Así es nuestro mundo. Así está construído. No te debes preocupar. Una y otra vez me lo repito. Pero una y otra vez mi desconsuelo no se apaga. 

De momento y por este día, no me queda nada por hacer. Rechazo los últimos pedazos de estiércol y me dejo llevar por el placer olvidadizo del sueño.


Hola, aquí estoy de nuevo.

Hoy es mi duodécimo día de vida. Ha habido unos cuantos cambios a nuestro alrededor.

Algunos de mis hermanos, los más mayores, han comenzado a andar. Les han crecido unas pequeñas patitas articuladas y sobre ellas son capaces de caminar con soltura. Nuestros padres les ayudan e incluso un par de ellos han atrevido a asomarse por vez primera al exterior.

Una intensa luz cae sobre la madriguera abierta en esta mañana de otoño. La noche ha dejado restos de rocío en la hierba circundante. Una de mis larvas hermanas corretea fuera con su recién estrenada capa queratinosa formando parte del bello cuadro. Marrón escarabajo sobre verde húmedo. Muchos seguimos atentos el alegre atrevimiento de nuestro hermano. De vez en cuando el reflejo del sol en las gotas me golpea y debo apartar el rostro.

En este momento me doy cuenta de algo que se me hace raro. ¿Cómo puedo percibir todo esto? Oh, dios mío... ¡mis ojos están abiertos!

Billy Evans estrena patitas.

Los días transcurren. Mi evolución prosigue imparable. En lo que parece ser la base de mi tronco han aflorado unos muñones sobre los que mi cuerpo puede algo más que apoyarse. Unas pocas capas de un tejido duro se extienden por mi piel. Sigo siendo blanco a través de mi coraza transparente, pero ya no me distingo por mis músculos jugosos.

Mi padre empuja otra de sus pelotas de estiércol dentro de la gruta. En una rutina que nunca pierde ternura, los dos progenitores vuelven a separar en pedazos el gran excremento para repartirlo entre su prole.

Es el momento de lo que finalmente he querido nombrar como la Comunión de Dios en amor con nuestros padres. Una costumbre que día tras día me revivifica y me une a la Divinidad a través de los residuos de sus hijos. ¿Qué sería de nosotros sin las tradiciones? Todas las especies llevan a cabo prácticas que a otras se les pueden antojar extravagantes. Cuando lo que realmente vale es el simbolismo y la buena intención. No tiene porqué ser mejor un mundo supuestamente civilizado en el que el cinismo y la vanidad son los verdaderos reyes. La mierda que aquí comemos nos nutre. Su materia enriquecedora alimenta los campos y proporciona la simiente de la que brotan innumerables y magníficas formas de vida. 

Eso es, en realidad nos nutrimos de VIDA, una palabra mucho más apropiada para calificar nuestro alimento que todos los términos peyorativos que utilizáis. Tú, humano que lees estas líneas sintiendo profundo asco, escúchame. He aprendido mucho de ti a través de tus desechos orgánicos. No lo sabes, pero mi agujero está a pocos kilómetros de tu casa, cerca de una red de saneamiento que tu estirpe malinstaló y que por un escape filtra escoria. He probado durante días tu sustancia interna y ahora te voy a hablar de ti. De lo que me has enseñado y de mis conclusiones: 

Crees disfrutar de una situación de privilegio. Vives en un mundo que gente extraña ha intentado hacerlo justo sin tenerte en cuenta. Pero sabes perfectamente que aquel que con buenas palabras te ofrece ayuda sólo quiere ser tu amo. ¿Cuántas veces has sentido el amor sincero del que yo a diario me enriquezco? Ni te acuerdas. Nadas en un mar de hipocresía en el que se premia al más pícaro. Tras esto, dime, ¿qué es lo que merece ser llamado mierda? Estás sumergido en ella hasta el punto de haber renunciado a plantearte que las cosas no tienen porqué ser así. Si te codeas con monstruos, acabarás convertido en uno de ellos. No creas que la mía es una existencia caótica y, ante todo, no me desprecies. Aún está por ver quién es el que tiene que aprender del otro. 

Y recuérdalo, tus Imperios y grandilocuentes obras acabarán reducidas a la nada. Tu cuerpo tan cuidadosamente mimado a costa del sufrimiento y desprecio a tus semejantes retornará pronto o tarde al lugar de donde procede; la tierra. Y siempre habrá ahí un escarabajo pelotero que hará de tu carne el lecho sobre el que depositar sus huevos. 

Tras esta crítica que espero no te haya herido en exceso y sí invitado a la reflexión, prosigo mi narración de la ceremonia coprófaga.

Mis padres van acercando los trozos de la bola a sus crías como viene siendo habitual. Los pequeñuelos devoran el excremento y ellos les ayudan con sus patas peludas. Mas a medida que el tiempo transcurre, observo que esta vez no es como siempre. A mis hermanos mayores, aquellos con miembros desarrollados que ya pueden desplazarse con libertad, no les ofrecen nada. Caminan a su lado y pasan de largo como si no les reconociesen.

Siempre hay que pensar en positivo. Quizás haya sido un descuido o una lapsus momentáneo. No puedo ni deseo creer otra cosa. Pero los días van cayendo y una y otra vez vuelve a ocurrir igual.

Hasta que una mañana, de pronto, dejo de ver a mis hermanos mayores. Una parte de la camada ha abandonado el nido. No queda ni rastro de ellos. Ni dentro ni fuera. ¿Qué ha pasado? Mis padres se siguen comportando de la misma forma. En verdad parece que nada ha ocurrido. ¿Seré el único que se ha dado cuenta?

De repente, ahí lo veo. Otra de las larvas desarrolladas, llamémosla con mayor propiedad escarabajo joven, harto por haber estado día y medio sin recibir alimento, enfila la salida. Sólo entonces comprendo. 

Ésta es otra de las lecciones que en mi corta existencia he aprendido. La inocencia y candidez de la infancia están condenadas al pozo del recuerdo. En este periodo de nuestra vida es cuando tenemos una relación más estrecha y cercana a los gustos del Creador. Nacemos perfectos, procedentes de un mundo mejor donde los cuerpos no existen. Yo únicamente he recibido y conocido el amor del Padre a través de mis progenitores. Mis sentimientos nobles no han tenido nunca la intención de herir. De hecho no he conocido el sufrimiento hasta mi primer contacto con el exterior. Hasta ahora y desde mi niñez he permanecido ligado a ese pasado puro genuino de Dios. 

Sin embargo para mis hermanos este estado de gracia ha acabado. Son ya escarabajos adultos que se pueden valer por sí mismos, buscarse el sustento y crear su propia prole. Nuestros padres así lo han entendido y les han privado de un alimento que pueden ir a buscar sin mayor problema. Inconscientemente han cortado de raíz su papel de sacerdotes y han eliminado a la comunión de toda carga espiritual. A partir de ese momento sus hijos buscarán estiércol sólo para subsistir y no como forma de recibir el amor de Dios.

Aplícatelo también a ti, humano lector. Debes saber que tu alma en sus inicios viene cargada de virtudes. Fíjate en tus pequeños y atrévete a contradecirme. Tu raza nace plena de una gran bondad que, al igual que la mía y todas las demás, está condenada a la perversión derivada de las necesidades de la carne.  

Mi hermano atraviesa la puerta. Un mundo desconocido le espera por delante. Se detiene unos instantes, mira a ambos lados y prosigue su camino. Da la espalda a la madriguera donde ha nacido para no volver jamás.

A trompicones avanza entre las hierbas y por encima de alguna piedra. Casi lo he perdido de vista. Pero de pronto, ocultando parcialmente el sol, un objeto se acerca recortándose en el cielo. Es un ave, para mayores señas una perdiz. Y parece que ha visto algo interesante.


Sin aterrizar, vuela a poca distancia del suelo y atrapa con su pico a mi pobre hermano. El escarabajo se parte en dos en un sordo crujido y la perdiz sin cría calma momentáneamente su pena con el dulce bocado que representa ese coleóptero tan bien alimentado.

La escena no merece comentario alguno. Los sentimientos se reúnen en una única y potente descarga de frustración.

Creo que mi sabiduría espiritual me ha hecho ver demasiado. A través de los excrementos pestilentes de tan grande multitud de criaturas he accedido a un mundo que debía permanecer oculto. 

La ignorancia es un gran aliado en estos casos. ¿Cuántos se habrían echado atrás al saber lo que el futuro les deparaba? La vida me ha dado la bienvenida de una forma magnífica. Sin embargo he descubierto, no sé si para mi gracia o para mi desdicha, que aquello sólo era una sonrisa burlona. Un universo de perdición y maldad me aguarda detrás dispuesto a engullirme en su trituradora.

Mi destino parece cierto. Somos una especie de presas. Una insignificancia absolutamente prescindible en todo este engranaje. Pero no estoy dispuesto a cargar a ningún depredador con el peso de mi muerte. Tampoco deseo saborear el resto de mi vida desgracias que me hagan sentir implicado e impotente.

Lo único que me hace sentir bien es que me haya dado cuenta de todo ello tan pronto. Cuando todavía es posible una solución alternativa.

Es, por tanto, la hora del cambio.


Hoy ha comenzado mi contrarreforma. La evolución que tan imparable parecía va a dejar de serlo. Tal vez pueda parecer un sacrificio muy grande, pero el dolor será olvidado en aras de la búsqueda del amor eterno.

Me valgo de una de mis patas. La primera de la derecha contando por delante. Posiblemente la que se encuentra más fuerte y desarrollada.

En ocasiones uso a ésta como palanca, en otras me retuerzo entero hasta acertar con mis mandíbulas. Mis cinco extremidades son fracturadas y retorcidas desde la base. Las de atrás del todo son las que más trabajo me dan. Debo buscar auxilio en una piedra angulosa que sirve de tosca herramienta. Al final, y acompañadas por un reguerillo de sangre negruzca, mis dos patas anteriores son cercenadas.

Creo que he hecho bien mutilándolas a ellas primero. El resto de mis miembros caen con mucha mayor facilidad tras semejante entrenamiento. Están cerca de mi boca, que es certera y gracias al cielo, rápida. Por cierto, una boca cuyas mandíbulas, quizás debería decir que sorprendentemente, no cesan de salivar.  

Mi piel endurecida supone otro grave obstáculo. Lo peor no reside en su dureza, sino en el hecho de que está firmemente pegada a los músculos carnosos sobre los que ha crecido. Cada tirón me desgarra los tejidos y el sufrimiento se vuelve inaudito. Pero el proceso debe seguir adelante. Aprieto mis mandíbulas y pienso en todo lo que estoy ganando con este acto.

Al final mi cuerpo se convierte en una enorme costra sanguinolenta en la que cada cierto espacio se esparcen pegotes de proteína rígida que no he acertado a despegar. La sangre coagulada ha cerrado la multitud de heridas que no obstante no cesan de escocer. La notable pérdida de hemoglobina se refleja en una gran mancha oscura que se expande a mi alrededor. Mi cuerpo pide ansiosamente alimento con que reponer la carencia de energía. A pesar de todo una gran sensación de jolgorio me inunda.

Mi objetivo se ha cumplido. Vuelvo a ser un inválido pedazo de carne. Es lo más parecido a una niñez eterna. Un estado de amor e inocencia que se prolongará sin límite. 


Los días pasan. En el agujero de los Evans tres criaturas permanecen activas. Cincuenta y seis nuevos escarabajos partieron jornadas atrás hacia su emancipación, desligándose de la protección de sus progenitores y con diferente fortuna. Pero sobre el suelo de su nido abandonado un saco de músculos despellejado reposa todavía. Un saco en el que una sola pata peluda destaca grotescamente. 

Prolongo artificialmente este estado de circunstancias durante las largas semanas del fin de otoño. Mi maldita naturaleza posee la capacidad de regenerarse, y cada cierto tiempo debo actualizar mis muñones y eliminar mi persistente capa de coraza. Me doy cuenta de que en realidad no necesito dos ojos. Dudo entre cuál escoger y finalmente arranco el que está en el lado opuesto a mi pata superviviente. Su sabor no me resulta del todo desagradable.

Me siento feliz. La que recibo es una constante y desesperada atención. Los dos sacerdotes de Dios están a mi entera disposición día y noche. Siguen alimentándome con frenesí y mimando mi desvencijado organismo como si me tratase de una larva más. Mejor dicho de su única larva.

El invierno llega con toda su furia. Coge completamente desprevenidos a unos padres cuyo instinto paternal ha primado sobre el de su propia supervivencia. El frío convierte sus salidas en arriesgadas incursiones y el espeso manto de la nieve cubre en poco tiempo la despensa de los prados cubiertos de heces. Con unas pocas reservas acumuladas, el futuro se presenta incierto.

La gran parte de los alimentos los dejan para mí. Para su larva de cuerpo infantil que sin embargo devora con estómago de adulto. Su amor hacia mi ser es tan fuerte que finalmente renuncian a la búsqueda de alimento para acurrucarse a mi alrededor proporcionándome calor. 

Son auténticos momentos de dicha. Durante incontables horas permanecemos así, con las patas de papá y mamá enroscadas en torno a mí en un tierno abrazo.

En unos días sus cuerpos caen inertes víctimas de la inanición. En todo este tiempo no han hecho una sola queja ni pronunciado el más leve lamento. Han realizado un último sacrificio motivado por el amor que les ha otorgado, sin duda alguna, la gracia del Creador.

Estoy solo. A pesar de todo mi alegría no disminuye. Ha merecido la pena este periodo de pureza. Sé que el piadoso engaño ha sido necesario y que ellos no me lo van a reprochar cuando de nuevo coincidamos. Prolongar la Comunión de espíritu nos ha rejuvenecido a todos por dentro y por fuera. 

El amor ha sido nuestro único sacramento y esto es algo de lo que nunca me arrepentiré.

Contemplo a mis empurecidos progenitores y prosigo con lo que para mí es ya un deber.


Mi única pata delantera hará su última buena obra. 

Abrirse paso a través de mi encostrada piel sin queratina no supone un gran esfuerzo. Los tejidos que cubren mi encéfalo son fácilmente separados. El dolor vuelve a ser lo de menos. 

Finalmente palpo las membranas externas de mi propio cerebro. Siento el poder de la vida entre mis manos y me regocijo por haber podido escoger mi destino una vez más.

Unos cuantos golpes son suficientes. El blando órgano no tarda en desparramarse por los bordes de la incisión abierta. Mi mente consciente se desconecta y caigo postrado por el beso de la muerte que, gracias a la demostración de amor de mis padres, se convierte en una dulce caricia.



Noto mi alma ascender. Mi yo incorpóreo atraviesa la tierra y se encamina hacia los cielos. 

Otros seres suben junto a mí. Sus formas difuminadas no presentan materia que nos diferencie. De repente siento cómo una cálida presencia me arropa. Mis padres me acompañan en la Ascensión.

Dejo atrás una existencia injusta y viajo hacia un mundo de igualdad en el que escarabajos, conejos, perdices y humanos viven en concordia.


Un mundo mejor sin distinciones de especies ni luchas por la supervivencia.


Un mundo mejor que todos merecemos. 


miércoles, 12 de octubre de 2016

¡Tomás Zorzo en Bilbao!


Cartel promocional del taller intensivo con Tomás Zorzo el 5/6 de noviembre en Ashtanga Yoga Bilbao.

Ashtanga Yoga Bilbao va a tener el gran honor de recibir a Tomás Zorzo (Rama), quien el próximo 5/6 de noviembre visitará Bilbao por primera vez para impartir un taller intensivo de fin de semana con el tema: "Ashtanga Yoga: teoría y práctica para la transformación personal."  

Tomás Zorzo es uno de los estudiantes más antiguos de Sri K. Pattabhi Jois, pionero del Ashtanga Yoga en España y una de las pocas personas de todo el mundo certificadas para enseñar hasta la tercera serie de Ashtanga Yoga por el Instituto de Ashtanga Yoga en Mysore.

Su primer viaje a la India tuvo lugar en 1984.  Había entrado en el yoga a través del linaje de Sivananda, y tras recibir formación en Canadá viajó a Risikesh para estudiar filosofía Vedanta durante tres meses en un Ashram de Sivananda.  Un holandés le habló de Mysore y de Pattabhi Jois, y al año siguiente regresó a la India con intención de conocerlo.  

Tomás contaba con menos de 25 años cuando se encontró con Guruji por primera vez.  En aquellos tiempos viajar a la India era una experiencia muy dura, mucho más de lo que es hoy.  Sin agua mineral, sin papel higiénico, sin higiene, Rama contrajo una hepatitis amébica en su primer viaje y una grave disentería en el segundo. Cuando llegó a Mysore se encontraba muy enfermo; en el hospital le habían prescrito docenas de pastillas para paliar su infección intestinal y no creía estar en condiciones de estudiar con Pattabhi Jois.  Guruji, al escucharle, le dijo: "Tira todas esas medicinas y simplemente practica, practica y practica.  Esto limpiará tu hígado y demás órganos y te recuperarás."  Su primera práctica fue muy dura; estaba terriblemente débil, no sabía nada de aquel sistema de yoga tan físico, tan diferente de Sivananda, y Guruji le hizo llegar tan lejos como janu sirsasana.
Pattabhi Jois y su mujer Amma visitan a Rama y a Camino en su fastuoso alojamiento durante un taller en Francia.

"Este hombre me va a matar, me está ajustando, empujando con demasiada fuerza", escribió Tomás en su diario.  Temía romperse con los intensos ajustes.  Aquel indio loco se tumbaba sobre él en cada asana y Rama se decía; "Oh Dios mío, me va a matar."  Pero en realidad le estaba curando.  De su primera clase salió mejor de lo que entró.  Y se empezó a enganchar.  La práctica era muy poderosa y sintió sus efectos terapéuticos inmediatamente.  Semana tras semana mejoró, y al cabo de un mes la disentería había desaparecido.  En realidad, aunque intensos, los ajustes de Guruji eran muy buenos, y Tomás siempre recordaría el amor y cariño con que Guruji le trató aquella primera vez.  

En su segundo viaje a la India, Tomás tenía pánico de volver a enfermar.  Tenía la sensación de que India era enorme y él muy pequeño.  Tenía miedo de la comida, de tocar nada; todo estaba sucio, India era simplemente gigantesca.  Y cuando partió tras aquellos primeros dos meses con Guruji, le quedó la sensación de que ahora era él quien era enorme y la India la que se había vuelto pequeña.  Su energía, su prana creció, y ya no volvió a tener miedo de caer enfermo.

Al año siguiente Rama regresó, por supuesto.  No consideraba todavía a Pattabhi Jois su gurú, tan sólo un buen profesor que le había curado.  Pero halló algo en él que le hizo regresar y que no podía expresar con palabras: la práctica, las asanas, la energía de la shala, ¿su poder?

Tomás Zorzo en una flexión hacia atrás: eka pada kapotasana.

En esta segunda ocasión Tomás quiso demostrarle a Guruji que era alguien muy fuerte y que había estado practicando lo aprendido.  En realidad, tenía el ego un tanto subido.  Pattabhi Jois le trataba con desdén y Tomás salía llorando de cada práctica.  Tras los backbends, el punto fuerte del joven y flexible Tomás, Guruji nunca le decía "Bien", sino que más bien gruñía y soltaba: "¡Tú! ¡Mal la respiración!"  Y la reacción de Rama fue tal que cuando le ajustaba en paschimattanasana no se dejaba doblar hacia delante sino que empujaba hacia atrás.  Guruji hacía sus ruidos raros, gruñendo con esfuerzo para empujarle hacia delante, y Rama salía de la práctica envuelto en lágrimas.  "Se acabó, este no es mi gurú", se dijo al día siguiente.  Decidió ir a practicar pero no prestarle atención, ignorarlo, olvidarse de él.  Y fue entonces que acudió a ajustarle y en ocasiones le decía: "Mejor, mejor."  Aquél fue el comienzo de la gran transformación de Tomás, de su entrega a Guruji.  Acostumbrado a maestros de yoga que soltaban largas e inalcanzables disertaciones filosóficas, Pattabhi Jois le hizo poner los pies en el suelo con su manera de enseñar práctica que ponía la espiritualidad al nivel del ser humano a través de lecciones terrenales y tangibles tales como la humildad, el coraje, la entrega y la confianza.  Así fue como empezó a reconocerlo como su gurú.

A lo largo de los años Rama entabló con Guruji una relación muy especial, muy personal, imposible de imaginar hoy día con las grandes aglomeraciones de gente procedente de todo el mundo que se agolpan para estudiar con Sharath Jois, nieto de Pattabhi Jois y nuevo director del Instituto de Ashtanga Yoga en Mysore,  Tomás le llamaba por teléfono para decirle cuándo llegaría, se quedaba en su casa, charlaban.  Durante un viaje a Francia en que Tomás tuvo la oportunidad de pasar mucho tiempo con Guruji y asistirle durante las clases, hablaron largo y tendido sobre espiritualidad, meditación y psicología en una serie de conversaciones que le dejaron impactado y que le ayudaron a comprender la profundidad de su enseñanza, tan intensa desde el punto de vista externo, físico, pero con unas aspiraciones tan sutilmente internas.

La manera de enseñar de Guruji le fascinó y Tomás quiso ir un paso más allá.  La tradición de Pattabhi Jois tenía su origen en el gran hatha yogui, maestro de maestros, Tirumalai Krishnamacharya.  Rama quiso seguir su estela.  Entonces no existía Internet y la gente no tenía acceso a torrentes de información como hoy, pero se las ingenió para localizar y estudiar con varios de los discípulos de Krishnamacharya como BKS Iyengar y TKV Desikachar, que le aportaron diferentes enfoques de la enseñanza de Krishnamacharya en las diferentes etapas de su vida.  Como es habitual en Rama, su aproximación no fue tímida ni ligera, y por lo que le escuché decir una vez, llegaría a viajar a Pune para estudiar con Iyengar hasta cinco veces.  Ambu, un discípulo de Sri Aurobindo, fue otro maestro que atrajo poderosamente su atención y con el que profundizó su aprendizaje.

Tomás Zorzo, pionero del Ashtanga Yoga en España, con Natalia Paisano y Borja Romero-Valdespino, pioneros del Ashtanga Yoga en Madrid.  Mysore 1999.  Fotografía procedente de la página de Facebook de Natalia Paisano.

Mientras tanto, Tomás continuaría sus estudios con Pattabhi Jois, siendo un visitante asiduo de Mysore hasta bien entrada la década de los años 2000.  Después, no sé muy bien cuándo, seguramente con la creciente popularidad de Pattabhi Jois y el comienzo de las aglomeraciones, se retiró de Mysore discretamente después de más de quince años no sin dejar un profundo legado.  Su hijo Ananda, que fue el occidental más joven en estudiar con Guruji a la tierna edad de diez años, sigue viajando todavía hoy a Mysore y enseñando Ashtanga Yoga en Lanzarote.  Mi maestro Borja de Ashtanga Yoga Madrid, que a tantas personas -incluido yo mismo- ha hecho conocer el Ashtanga Yoga, coincidió y alternó en sus primeros viajes a India con el más que veterano Tomás, que era toda una institución para la discreta comunidad hispana, y de alguna manera se puede decir que Borja y muchos de los que hemos ido tras él nos hemos visto inspirados por el ejemplo de Rama.

De hecho, fue la recomendación de Borja la que me hizo desplazarme a Oviedo en el año 2008.  Oviedo era la ciudad natal de Tomás y donde dirigía y dirige su propio centro de yoga.  Como hoy, compaginaba las clases regulares en su escuela con talleres por todo el mundo.  Reservé una semana de vacaciones en el trabajo durante el otoño y fui a Oviedo con la sola intención de practicar con él.  Mi recorrido en el Ashtanga Yoga se reducía a tres años de práctica continuada y un viaje a Mysore unos pocos meses atrás durante el cual Sharath me había enseñado pashasana, la primera postura de la serie intermedia.  Tampoco era un novato, pero la idea de encontrarme con el mítico Tomás me abrumaba.

La experiencia me resultó tan positiva que la repetiría dos veces más: en el 2009 y el 2010.  Rama se embutió en su mono de trabajo y desplegó todo su arsenal de conocimientos  Cada una de esas tres semanas en tres años sucesivos me ajustó, me aconsejó, me enseñó cosas nuevas, me contó anécdotas, me habló de respiración, de actitud, sobre la evolución de las asanas y, sobre todo, se esforzó en tratar de transmitirme la esencia de la enseñanza de Guruji, en ocasiones dirigiéndose a mí en inglés, con instrucciones cortas e imitando el tono de su viejo maestro que, al menos el primer año en que viajé a Oviedo, aún seguía vivo al otro lado del mundo.  Tomás, claro, sabía que me había desplazado desde Madrid exclusivamente para conocerlo y saltaba a la vista que quería agradarme.  Después de la clase a veces me quedaba charlando con él sobre el Mysore que él conoció y yo había visto hacía poco, sobre la gente de Madrid que ambos conocíamos y sobre temas de la vida en general.  Es una persona francamente abierta que no eludía siquiera temas muy íntimos, y uno de los años incluso fuimos a comer juntos cosa que, como muchos saben, es la condición sine qua non para sellar los lazos de amistad.

Rama con Nines Blázquez y Fernando Gorostiza.

Por circunstancias de la vida que no vienen al caso no regresaría a Oviedo más veces pero, algunos años después, en verano del 2014, volví a coincidir con él.  Me enteré de que Tomás organizaba su primer retiro de yoga de una semana de duración.  El acontecimiento tendría lugar en el complejo Lalitha, en el pueblo de Acebo de la provincia de Cáceres, y allá que fui.  En aquel retiro una treintena larga de personas apasionadas por el yoga disfrutamos de una de las experiencias más intensas en este ámbito de las que tengo recuerdo.  Durante casi nueve días Rama llevó a cabo un absoluto y total despliegue de entusiasmo, de pasión por enseñar.  Nada que ver con esos supuestos "retiros" y "vacaciones" de yoga en que los profesores se limitan a impartir una clase magistral y alguna que otra actividad aquí y allá pero el resto del tiempo lo emplean esencialmente en descansar y disfrutar de sus propias vacaciones pagadas.  En su retiro en el Lalitha, Tomás encadenó una tras otra serie de actividades con las que nos sorprendió cada día desde las siete de la mañana hasta más allá de las once de la noche y con tan sólo un par de horas de descanso al mediodía para comer y otra hora para cenar: práctica matutina de Ashtanga Yoga tradicional, guiada y estilo Mysore, práctica vespertina con diferentes temáticas, sesiones de pranayama, de meditación y de técnicas psicológicas, charlas de filosofía...  Incansable, a última hora de la noche ejercía de DJ y nos animaba a bailar un buen rato antes de salir a contemplar las estrellas...

A grandes rasgos éste es el hombre que va a venir a Bilbao el próximo 5/6 de noviembre.  Tomás ofrece años de experiencia, sabiduría, buen humor y ganas de enseñar a raudales.  Me imagino que siempre habrá voces disonantes y gente que no esté de acuerdo con sus métodos o enfoque. pero desde luego nadie puede poner en duda que por su entrega y esfuerzo Rama siempre va mucho más allá de lo que el deber exige.  

Para terminar me gustaría hacer un apunte.  Curiosamente, a pesar de sus impresionantes credenciales dentro de la tradición de Ashtanga Yoga, me consta que Tomás es a veces desdeñado por algunos círculos que consideran que "ya no enseña Ashtanga Yoga."  El que dice algo así, desde luego no ha estado nunca con Tomás o, al menos, no ha estado nunca con él en una clase de Ashtanga Yoga.  Es cierto, sí, que en su centro de Oviedo las clases de lo que él llama "yoga integral", y no Ashtanga Yoga, ocupan la mayor parte de su franja horaria.  Yo he estado en alguna de esas clases en las que divide la clase en una charla, una meditación, unos ejercicios de pranayama y una práctica de asanas guiada bastante suave que, por su estructura y forma, recuerda levemente a la práctica de Ashtanga Yoga.  Es un estilo de yoga en el que Rama combina distintas técnicas de yoga que ha aprendido durante toda su trayectoria y que decidió llamarlo "integral", aunque en cierta ocasión le escuché que quizás debería haberlo llamado "Tomás Yoga."  En esas clases no hay ni trampa ni cartón: no es Ashtanga Yoga y el que acuda a ellas sabe que no encontrará la práctica de Ashtanga Yoga tal y como lo enseñó Pattabhi Jois.

La sonrisa de Rama.

Yo he asistido a algunas de sus clases de yoga integral pero también he estado en muchas de sus clases de Ashtanga Yoga y, perdonadme que os diga, en esto no hay discusión posible: Tomás enseña el Ashtanga Yoga que Guruji enseñaba en Mysore y que él estuvo mamando durante años y años de práctica personal comprometida y a una distancia más corta de la fuente de la tradición de lo que muchos profesores de Ashtanga Yoga de hoy día, tal que yo mismo, llegaremos nunca a soñar.  Resulta irrisorio que en algunos casos "saber demasiado" pueda resultar contraproducente y que se pueda pensar que el entorno multidisciplinar de Tomás empaña su capacidad de transmitir el linaje de Ashtanga Yoga.  Porque todo lo que Rama enseña lo hace desde su propia experiencia; él no es uno de esos profesores que encadenan un cursillo de formación de un puñado de horas tras otro y engordan su currículum con una retahíla de certificaciones de poca monta.  El diletantismo, la superficialidad, no van con Tomás.  Todo lo que enseña lo ha aprendido y practicado en profundidad, rumiándolo, saboreándolo y digiriéndolo, y no hay más que compartir una clase con él para darse cuenta.

Cuando hablé con Rama acerca del intensivo del 5/6 de noviembre en Bilbao, le expresé mi deseo de que lo enfocase a practicantes de Ashtanga Yoga.  Sus talleres y cursos a veces están orientados a un público general, no necesariamente inmerso en el linaje de Pattabhi Jois, pero nuestra idea era que tras una temporada completa de rodaje de Ashtanga Yoga Bilbao, y después de haber iniciado en la práctica de Ashtanga Yoga a docenas de personas y brindado por vez primera a Bilbao la posibilidad de practicar Ashtanga Yoga de la manera tradicional en una escuela con clases mañana y tarde seis días a la semana, nuestra gente tuviese la oportunidad de saborear y apreciar a un profesor senior de la talla de Tomás.  En un mundo como éste en que todo lo extranjero suele estar tan sobrevalorado, la verdad es que es un gran suerte poder contar con Rama, tan cercano en lo personal y en lo cultural.  ¡No te lo pienses más y ven a Bilbao a vivir una experiencia única!


Información y reservas; http://www.ashtangayogabilbao.com/evento_tomaszorzo_112016.php








Nota bibliográfica: Además de la consabida cosecha propia, he utilizado como fuente para este post la entrevista a Tomás Zorzo del libro "Guruji: A portrait of Sri K. Pattabhi Jois Through the Eyes of His Students" de Guy Donahaye y Eddie Stern.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Primer aniversario: ¡Ashtanga Yoga Bilbao completa su primer ciclo solar!



Al principio no había nada: sólo consciencia pura, verdad absoluta, potencial infinito sin principio ni fin, dormido en la inmensidad del océano eterno Karana.  Después, con el despertar del Gran Creador, surgió la luz y la vida.  

El Gran Creador (Gran Vishnu -MahaVishnu- o Shiva, puesto que diferentes fuentes consideran a uno surgido del otro y viceversa), se erige al mismo tiempo en Preservador -Vishnu- y Destructor -Shiva- del Universo Primordial.  A su vez, el Gran Vishnu adopta diferentes formas y con la inhalación de cada una de ellas nace un Brahma, que vive durante cien años y muere al terminar el aliento.

Un universo de Brahma dentro del Océano Primordial.

Cada Brahma, al nacer, crea un nuevo universo en el interior del Universo Primordial.  Un día en la vida de Brahma se conoce como kalpa y tiene una duración de más de cuatro mil millones de años.  Cada kalpa es regido por catorce manus sucesivos que regulan el universo y cada uno de los cuales vive durante 71 chaturyugas, cuartetos de yugas o eras.

Tras la muerte del decimocuarto manu, el día de Brahma llega a su fin y con él el Universo perece.  Al caer la noche, Brahma descansa durante un kalpa entero y, al amanecer despierta y crea una nueva secuencia de catorce manus, repitiéndose el ciclo una y otra vez hasta completar los cien años de vida de Brahma o 311 millones de millones de años terrestres.  Casi nada.

Estructura de la vida de Brahma y de su universo asociado.  En la actualidad nos encontramos en una era kali yuga.

En esta escueta y seguramente imprecisa descripción se han expuesto los grandes ciclos de la creación del universo -multiverso- de acuerdo con la cosmología hindú.  Aunque de proporciones inmensas, evocan sin cesar ciclos tan familiares como el día y la noche, el despertar y el descanso y la inhalación y la exhalación.  

Conociendo esto, se entiende que en las tradiciones de yoga se preste tanta atención a los ciclos.  En el linaje de Ashtanga Yoga, por ejemplo, se recomienda empezar la práctica temprano saludando al sol del nuevo día, se respetan los días de luna llena y nueva, y al igual que la vida misma, la práctica comienza con una inhalación y termina con una exhalación.  La práctica entera, de hecho, desarrollada sobre inhalaciones y exhalaciones, es una sucesión circular de ciclos de ida y vuelta que regresan continuamente al punto de partida.

En efecto, como si de un juego de muñecas rusas se tratara, en cierto modo se puede entender que cada pequeño ciclo refleja y honra ciclos mayores, en algunos casos colosales.  El ser humano inhala y exhala cada escasos segundos al igual que su corazón late y parpadean sus ojos.  Son ciclos cortos que se repiten miles de veces cada día.  Sin embargo, el ser humano abre también una vez los ojos cada día cuando despierta y los cierra una vez cuando duerme, y sin duda una última y primera respiración acompañan también al gesto de perder y recuperar la consciencia en el proceso onírico.      

A su alrededor, ciclos similares se suceden continuamente.  Cada poco menos de un mes, la luna oscila, afectando mareas, ciclos menstruales y estados de ánimo, las fases del sol se suceden, con sus días y noches más largas y más cortas y sus cambios de estación.  El ser humano da inicio a su propia vida con una inhalación, dolorosa, cuando los pulmones del recién nacido se abren por primera vez para recibir aire del exterior, y terminan cuando el moribundo expira su último aliento. 

Representación de los multiversos en la cosmología hindú.

Ciclos, ciclos por doquier.  El ser humano no es mas que una pequeña parte, tan insignificante como una mero llenar y vaciar de pulmones pero a la vez tan crucial.  No en vano es la respiración de cada una de las formas de Vishnu en el Universo Primordial la que da origen a Brahma y a su universo.  Brahma no vive más que durante un ciclo de respiración, y él mismo y su universo, con toda su riqueza y complejidad, sus más de 300 millones de millones de años terrestres, surgen y desaparecen por siempre en menos de lo que en otra esfera se tarda en pestañear.  Como el anochecer del día, la luna nueva, el final de una estación o el terminar del año, perdidos en la colosal inmensidad del cosmos que los alberga y cuya relativa fugacidad en cierta manera le recuerdan al propio cosmos que él tampoco está destinado a durar para siempre.  En otro lado del Gran Océano, una exhalación lo hará desaparecer, a éste y a otros tantos universos, pero la siguiente inhalación en seguida volverá a hacer surgir un sinfín de universos, perpetuando los ciclos.  Por lo tanto, ¿qué es la respiración humana al lado del día y la noche, las fases de la luna o las del sol?  ¿Y qué es la propia vida humana al lado de los planetas, las estrellas, las galaxias y las imponentes distancias y tiempos siderales, en éste y otros universos?  Pues nada... y todo.

Cartel inaugural de Ashtanga Yoga Bilbao del 21 de septiembre del 2015.

Acerca de todo esto he querido reflexionar en un día como hoy en el que Ashtanga Yoga Bilbao cumple su primer año de existencia, su primer ciclo solar que, curiosamente, la casualidad o el destino quisieron que coincidiese con el equinoccio de otoño, el instante en que el sol se encuentra justo sobre el plano del ecuador terrestre y el día y la noche tienen exactamente la misma duración  A partir de ahora, la noche se irá haciendo cada vez más larga y el día más corto hasta llegar al solsticio.  Ashtanga Yoga Bilbao ha cumplido un año o, dicho de otro modo, ha completado su primera respiración en sincronía con el sol.  Un ciclo en el interior de otros ciclos que a su vez contiene otros ciclos.  Dentro hemos estado todos nosotros, profesores y estudiantes de Ashtanga Yoga Bilbao entrando y saliendo, inhalando y exhalando, arriba y abajo, adelante y detrás.  A todos nosotros: ¡felicidades y gracias!  ¡Seguiremos formando parte de esta aventura, en las pequeñas y grandes escalas de la existencia!

viernes, 5 de agosto de 2016

Final de temporada en Ashtanga Yoga Bilbao: ¡Hasta el 29 de agosto!


Cerramos por vacaciones y regresamos el 29 de agosto.  Diseño de Nines Blázquez.

La primera temporada de Ashtanga Yoga Bilbao ha llegado a su fin.  Mucho ha llovido -en sentido figurado y literal; esto es Bilbao- desde que abriéramos puertas el pasado 21 de septiembre.  Hoy comenzamos nuestro descanso de tres semanas (estaremos cerrados desde el 6 hasta el 28 de agosto), y ha llegado el momento de las conclusiones.

La temporada ha sido larga.  Aunque el pistoletazo de salida lo diéramos en septiembre, hubo mucha tela que cortar antes.  En las últimas semanas de mayo del 2015 abandoné mi antiguo trabajo y regresé a Bilbao para buscar un sitio a la altura de este proyecto.  Cualquiera que haya emprendido la búsqueda de un lugar para su nuevo hogar o negocio sabe lo tedioso que puede resultar una pesquisa de esas características, y más con las particularidades propias de una escuela de yoga en las que no basta con encontrar un espacio sin más, sino en la que tranquilidad, la luz y la armonía resultan elementos imprescindibles.

La séptima planta del Rascacielos Bailén fue el lugar finalmente escogido, pero a nuestras manos llegó en forma de oficina de arquitectura compartimentada en despachos, cubierta por una astrosa moqueta, paredes desteñidas por el paso de décadas de descuido, una espantosa iluminación fluorescente de oficina y con un vestíbulo oscuro y unos baños destartalados y sin ducha y requería de una profunda remodelación para convertirse en el Ashtanga Yoga Bilbao que habíamos soñado.


Clase estilo Mysore en Ashtanga Yoga Bilbao.

El mes de agosto transcurrió en frenética actividad: derribo, desescombro, fontanería, cristalería, carpintería, electricidad, alicatado, pintura,...  Los gremios de construcción locales por lo visto tenían más ganas de estar de vacaciones que de trabajar y hubimos de traernos desde Madrid unos albañiles multiusos rumanos que -por propio interés- trabajaron en jornadas de doce horas de lunes a domingo, ignorantes del calor veraniego y del ajetreo de la Aste Nagusia, para terminar la reforma cuanto antes y poder irse de vacaciones a su país a mediados de septiembre.  Para agilizar las tareas yo mismo ejercí de peón albañil, y aún no sé cómo encontré también tiempo para encajar entre medias una mudanza Madrid-Bilbao que incluía a Nines y al gato.

Finalmente terminaron las obras.  Hasta casi el último día estuvimos pendientes de la llegada e instalación de muebles, mamparas de ducha, lámparas y complementos varios, pero al fin terminó aquel trance y pudimos inaugurar la temporada.

La apertura en Bilbao de la primera escuela de Ashtanga Yoga era una iniciativa que tenía mucho de audaz pero también de temerario.  En realidad, ya se había enseñado Ashtanga Yoga aquí antes, pero no en su forma tradicional, es decir, tal y como se enseña en la India, con clases mañana y tarde seis días a la semana: cuatro días de estilo Mysore y dos de clases guiadas, y tampoco en una escuela exclusiva de Ashtanga Yoga con la personalidad e idiosincrasia que suelen tener, y mucho menos que contase con el reconocimiento del Instituto de Ashtanga Yoga en Mysore creado por Sri Krishna Pattabhi Jois.

Clase guiada en Ashtanga Yoga Bilbao.

Del mismo modo que el que abre una imprenta o una fábrica de sacacorchos, la incertidumbre rodeó Ashtanga Yoga Bilbao siquiera antes de que diese su primer paso.  Ciertas malas lenguas sugirieron que si no se había abierto una escuela de este estilo de yoga en Bilbao quizás fuera porque nadie estaba interesado.  Nosotros andábamos sobrados de ilusión y confianza, pero no teníamos ningún argumento que esgrimir ante los embates pesimistas que resonaban, y desgraciadamente algunos de ellos demasiado cerca.

Lo primero a lo que los agoreros hacían alusión, por supuesto, era a la faceta económica, aunque por suerte, la divulgación de Ashtanga Yoga se trata de una labor mucho más sutil que la impresión de libros o la venta de sacacorchos en los que el éxito se mide ateniéndose a fríos números.  Al igual que todo negocio, nosotros también estábamos sujetos a balances de ingresos/gastos y una cuenta de resultados, pero una escuela de yoga tiene un valor intrínsicamente humano que hace que las personas que acuden sean mucho más que clientes con mero valor transaccional.  Nuestras expectativas, por tanto, no se centraban en la superación del umbral de rentabilidad, sino en saber transmitir pasión, salud y conocimiento a todo aquel que se acercase a la séptima planta del edificio Bailén.  Lo demás acabaría -o acabará- llegando por sí solo, como la fruta madura.

Las expectativas, ya se sabe, son traicioneras.  Una de las grandes enseñanzas del Bhagavad Gita versa en torno a la acción sin expectativas, en el cumplimiento del deber natural de cada uno sin apego a los resultados materiales o emocionales.  Por otro lado se dice que la frustración -o la realizacion- es una función de nuestras expectativas, en el sentido de que un deseo exacerbado puede echar al traste resultados objetivamente positivos o que bajo otra luz bien podrían haberse considerado positivos.



En lo que respecta a nuestras expectativas en la primera temporada de existencia de Ashtanga Yoga Bilbao, para ser sinceros eran muy bajas.  Como ya he dicho, no existía antes en Bilbao ninguna escuela de Ashtanga Yoga tradicional y, a pesar de la popularidad e implantación de que goza en muchas ciudades del mundo y de España, lo cierto es que muy pocas personas conocían la existencia de este estilo de yoga.  El hecho de ser pioneros en darlo a conocer y divulgarlo, por tanto, nos aconsejaba mantener una postura conservadora.  Además, contábamos con el ejemplo de amigos cercanos que se habían lanzado a la aventura de abrir su propia escuela de Ashtanga Yoga en otras ciudades y sabíamos bien de las dificultades que habían tenido que afrontar.

Por ello preferimos empezar con pies de plomo.  No estábamos seguros de cómo reaccionaría la gente al horario matutino y durante las primeras semanas tuvimos clase por la mañana tan sólo tres días, dos de ellos a la prudente hora de las 09:30.  Pero la respuesta de los bilbaínos no tardaría en sorprendernos.

Las clases comenzaban el lunes 21 de septiembre; la inauguración oficial tendría lugar el sábado 26, cuando varios amigos de Madrid vendrían a visitarnos, pero decidimos comenzar con las clases antes de la propia inauguración.  Por la mañana de aquel lunes 21 vinieron tres personas, dos de ellas practicantes experimentadas que nos acompañarían a diario hasta el final de temporada, en un caso, y hasta que la vida la llevó a otras latitudes, en el otro, pero por la tarde, a partir de las 17:45 comenzó a sonar el timbre.  Una y otra y otra y otra vez.  Hasta dieciocho veces.  ¡Dieciocho personas, sí, vinieron a practicar Ashtanga Yoga en nuestra primera tarde!  De todas ellas, diecisiete partían de cero.  No os podéis hacer una idea de lo que fue enseñar a diecisiete personas a dar sus primeros pasos en Ashtanga Yoga durante una tarde de clase estilo Mysore, ¡desde luego Borja nunca me preparó para algo así!  Algo tendría que ver el hecho de que lanzásemos una oferta de apertura para practicar los últimos diez días de septiembre a cambio de 25 euros, pero se trató de una reacción completamente inesperada por muchos anuncios en Facebook y carteles que hubiésemos estado pegando por las calles.  Contábamos con unos comienzos difíciles y desde luego con que aquel primer día sería más bien tirando a discreto.

Cartel promocional de la apertura de Ashtanga Yoga Bilbao el 21 de septiembre del 2015.  Diseño de Nines Blázquez.

Llegarían tardes y días peores, aunque aquello tampoco fue ningún espejismo. Muchas de las personas que comenzaron a practicar Ashtanga Yoga aquellos primeros días llevaban tiempo esperándonos y bastantes de ellas han continuado con nosotros durante todos estos meses hasta que las vacaciones nos han hecho despedirlos hasta después del verano.  Así que el impulso de aquel primer día nunca decayó y semana a semana, mes a mes, fueron llegando más personas, siempre en un número mayor que las que se iban.  Llegarían los días sin gente, claro está, esas clases guiadas en viernes por la tarde que tardaron en cuajar o para las que no había gente suficiente -desaconsejamos asistir a clases guiadas a los principiantes, pero fueron la excepción a la norma.  Bilbao tenía -tiene- sed de Ashtanga Yoga y muchas personas, una vez lo probaban, le cogían el gustillo y ya no querían soltar la copa.  A la buena acogida respondimos ampliando horarios.  Al cabo de pocas semanas abrimos clases todas las mañanas de lunes a viernes a partir de las 07:00, y a partir de enero también los sábados por la mañana hasta completar treinta y cuatro horas semanales de clases de Ashtanga Yoga,

Así que apenas podemos estar más satisfechos.  Tampoco daré cifras exactas, pero desde que abrimos puertas el pasado 21 de septiembre han pasado por nuestra escuela muchas más personas de las que cabía esperar en una primera temporada, algunas gente de paso que han tomado clases sueltas pero muchas de ellas gente que ha estado con nosotros durante meses, por las que hemos llegado a sentir gran cariño y con algunas de las cuales me atrevo a decir que hemos entablado amistad.  Algunos iban y venían, otros se quedaban, pero mes a mes veíamos que las clases funcionaban cada vez mejor hasta que llegó mayo, sin duda el más popular.  A partir de entonces, con la llegada de los meses de verano y el buen tiempo, poco a poco la gente se fue despidiendo por vacaciones.  ¡Lo mismo que hacemos nosotros ahora con un estupendo sabor de boca!

Hemos iniciado a muchas personas en la práctica de Ashtanga Yoga, bien a través de nuestros cursos de iniciación de fin de semana -cuatro esta temporada- o de nuestras ofertas de uno y dos meses de iniciación.  Otras ya conocían la práctica y la han continuado o retomado con nosotros. Hemos tenido estudiantes que residían en Madrid, Ibiza, Costa Rica, Chile o el Reino Unido y que nos han elegido para continuar su práctica durante su estancia en Bilbao, y también algunas personas nos han sorprendido y honrado viniendo a practicar habitualmente desde lugares tan lejanos como Plentzia, Gazteiz o Torrelavega, empleando más tiempo en desplazarse hasta aquí que a la propia práctica.

Nuestra labor, nuestra aspiración, nuestro deseo, nuestro deber, nuestro dharma, era hacer llegar la práctica de Ashtanga Yoga y sus beneficios al mayor número de gente posible, tal y como habría sido el deseo de Sri K. Pattabhi Jois y de T. Krishnamacharya.  Al final, todas y cada una de las personas que han pasado por nuestra escuela han sido especiales para nosotros; todas habéis formado parte de Ashtanga Yoga Bilbao, esta hermosa aventura que durante mucho tiempo existió en el interior de nuestras mentes en forma de sueño y que finalmente cobró vida.  Por habernos acompañado, de corazón gracias y... ¡nos vemos a partir del 29 de agosto!