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domingo, 4 de noviembre de 2018

Filosofía yóguica con Arvind Pare.

El próximo fin de semana el maestro de filosofía Arvind Pare estará en Bilbao impartiendo un workshop de filosofía de más de diez horas de duración.  Si te interesa y tienes ganas y tiempo, ¡todavía puedes apuntarte!  Haz click en el enlace de la línea anterior para leer toda la información acerca del curso.  Todas las charlas serán traducidas al castellano y habrá dos clases guiadas de Ashtanga Yoga optativas adicionales a las charlas.

La entrada de hoy pretende ser una presentación de este gran maestro de filosofía que en escasos días nos va a brindar una ocasión única para entender los principales textos del yoga desde dentro, de manos de alguien que los ha estudiado con profundidad durante muchos años y que los ha asimilado no como un mero estudiante académico, sino como un devoto miembro de la milenaria cultura a la que dichos textos dan forma.  Por ello, desde Ashtanga Yoga Bilbao estamos convencidos de que cualquier persona con inquietud por el yoga apreciará enormemente las enseñanzas que aportará este taller.  No obstante, somos conscientes de que Arvind Pare es un maestro poco conocido: apenas existe información en Internet y la mayoría de los que hemos escrito acerca de él nos hemos limitado a replicar el breve apunte biográfico que tiene publicado en su web.  Sirva pues este post para ofrecer un retrato más amplio de Arvind Pare y de su manera de enseñar, acercándolo a todas aquellas personas interesadas en conocerlo.  Para elaborarlo he empleado mis propios recuerdos y algunos apuntes que estuve tomando el pasado verano durante sus charlas en Mysore; ¡ojalá sirva para animar a las personas indecisas!


De vez en cuando se ponen en contacto con nosotros desde otras escuelas de yoga pidiéndonos que les ayudemos a promocionar a tal o cual profesor que está de visita.  Se trata de un tema delicado porque hay que tener muy en cuenta que aquello que recomendemos lo estaremos haciendo no sólo a título personal, sino como representantes de Ashtanga Yoga Bilbao.  Por lo tanto, y a menos que conozcamos en persona al susodicho y sepamos de buena tinta que merece la pena y estamos de acuerdo con lo que enseña, no colaboramos nunca en esta clase de promociones.  Quizás seamos unos rancios, pero una recomendación que pueda ser útil a otras personas tiene que ser honesta, y la honestidad no puede surgir nunca desde el desconocimiento.

No cabe duda de que en la actualidad existen por el mundo grandísimos maestros de yoga y de filosofía yóguica a la espera de que los conozcamos.  Sin ir más lejos, en el último viaje a Mysore adquirimos un nuevo comentario de los Yoga Sutras escrito por un señor llamado Pandit Rajami Tigunait que es una verdadera maravilla.  Hasta el pasado mes de agosto era un auténtico desconocido para nosotros, pero no hay más que leer una página al azar de su comentario para darse cuenta de que estamos ante un maestro extraordinario. 

Con Arvind Pare sucede algo parecido: uno no tiene que escucharlo más allá de algunos pocos minutos para darse cuenta de que se trata de un maestro muy especial.  Sin embargo, en su web no hallaréis espectaculares fotografías de él haciendo asanas complicadísimas ni tampoco presume de miles de seguidores en una cuenta de Instagram.  Los occidentales tenemos interiorizado el estereotipo de que un gran profesor de yoga es alguien que enseña asanas y las ejecuta él mismo con maestría.  Arvind, en cambio, ni siquiera puede sentarse cómodamente en la postura del loto; él simplemente habla, relata, razona y responde.  Es un perfecto ejemplo de lo que, a mi entender, es un jñana yogui, un yogui del conocimiento, toda una excepcionalidad en medio de este vórtice de hatha yoguis en que estamos inmersos y al que recomendamos sin el menor atisbo de duda.

Anuncio de Arvind Pare en Facebook.

Mi primer contacto con Arvind Pare tuvo lugar en el año 2014 durante uno de nuestros viajes a Mysore.  Algunos meses atrás había empezado a hacerse notar en un grupo de Facebook muy concurrido por las personas que viajamos a Mysore y en el que se publican anuncios de casas para alquilar, noticias, cursos y actividades diversas.  Acompañados por unas ilustraciones con una estética muy interesante, una página llamada Swadhyaya anunciaba periódicamente charlas temáticas semanales de filosofía a cargo de un desconocido Arvind Pare.  El término swadhyaya se corresponde con el cuarto niyama del Ashtanga Yoga de Patanjali y hace referencia al estudio de textos sagrados y al conocimiento de sí mismo, por lo que el nombre escogido por Arvind se antojaba sumamente acertado y en verdad que llamaba la atención.

Por aquel entonces mi amiga Tanya y yo estábamos apuntados al segundo nivel de sánscrito con Lakhsmi, el profesor de filosofía y chanting del Instituto de Ashanga Yoga Krishna Pattabhi Jois (KPJAYI).  El año anterior habíamos cursado el primer nivel de sánscrito, y junto con las clases de sánscrito Lakshmi nos había enseñado también el primer capítulo del Hatha Yoga Pradipika, un famoso texto clásico sobre Hatha Yoga.  Se aprendía mucho en las clases de gramática sánscrita, pero a mi modesto entender las aptitudes de Lakshmi como orador y enseñante del Hatha Yoga Pradipika dejaban mucho que desear: se limitaba poco más que a leer los comentarios de la edición que tenía entre manos y a irse por las ramas contando chascarrillos de su vida que, aunque interesantes desde un punto de vista cultural, en nada tenían que ver con la materia tratada.

Además del Hatha Yoga Pradipika Lakshmi también enseñaba Yoga Sutras y el Bhagavad Gita, los dos textos fundamentales de la filosofía yóguica, y a pesar de que se trataban de clases muy populares a las que se apuntaban muchas personas, debido a la experiencia con el Pradipika yo no me sentía muy motivado a inscribirme.  Tanya compartía mi opinión y al final fue ella quien tomó la iniciativa y se lanzó a conocer a ese tal Arvind Pare que enseñaba filosofía en el salón de su propia casa.  Las charlas temáticas exigían el compromiso de una semana entera, pero Arvind también impartía una charla diaria bajo donación a la que se podía acudir de forma aislada, me imagino que con la idea de darse a conocer.

Arvind Pare en el rellano de su casa en Mysore.

Las referencias de Tanya fueron tan buenas que al final yo también me animé, y no tardé en darme cuenta de que no estaba para nada equivocada: el contraste entre Lakshmi y Arvind fue como pasar de estar en la fría sombra a caer de lleno bajo la luz del sol.  Recuerdo que las primeras charlas en las que participé se centraban precisamente en los Yoga Sutras.  Arvind no utilizaba ni libros ni pizarra.  Repartía libros o fotocopias entre los estudiantes, eso sí, pero él no consultaba nada: recitaba de memoria el sutra en cuestión, lo traducía término a término y a continuación lo comentaba.  La soltura con la que se manejaba era insultante, y tras haberlo conocido durante varios años he acabado dándome cuenta de que, de hecho, los textos en los que centra sus charlas los sabe de memoria de pe a pa.  Durante el viaje de este último verano asistimos a algunas sesiones de chanting que Arvind organizaba al mediodía y en las que, a veces, nos repartía ejemplares del Bhagavad Gita mientras él permanecía con las manos desnudas y nos decía: "Hoy recitaremos el tercer capítulo".  Y en seguida arrancaba con los primeros versos, con nosotros siguiéndolo a trancas y barrancas.

No lo sé, quizás aprenderse los setecientos versos del Bhagavad Gita o los ciento noventa y seis aforismos de Patanjali sean pecata minuta para un filósofo yóguico que se precie.  Al fin y al cabo, tengo entendido que algunos sacerdotes protestantes son capaces de recitar de memoria capítulos enteros de la Biblia y citar versículos de forma textual para apoyar sus argumentos teológicos, pero para mí es, cuanto menos, una garantía de conocimiento y dominio a los que no estoy acostumbrado.  Porque ya no es sólo saberlos; en el viaje de aquel año también fuimos a ver a un niño prodigio de ocho años que a lo largo de varias horas recitó de carrerilla todo el Bhagavad Gita.  Doy fe de que el niño se había aprendido de memoria los setecientos versos porque lo comprobé libro en mano, pero tal vez el niño no entendiera una sola palabra de lo que estaba diciendo.  El verdadero intríngulis está en, más allá de ser capaz de repetirlos cual papagayo, entenderlos y, sobre todo, saberlos explicar a una audiencia ignorante.       

Las charlas de Arvind se distinguen precisamente por su claridad y amenidad.  Doce años de su vida transcurrieron en Estados Unidos, donde se graduó en Ingeniería y Dirección de Empresas.  Por lo tanto, conoce muy bien a los occidentales y sabe cómo es nuestra manera de pensar.  A diferencia de numerosos comentarios de los Yoga Sutras y el Bhagavad Gita que se pueden encontrar, escritos por indios o indiólogos para un público erudito, Arvind no da por sentados muchos conceptos que a alguien que haya mamado la tradición hindú desde la cuna le resultan familiares, sino que los desgrana y matiza.  Su exposición, además, es clara y entretenida: sus razonamientos conducen al oyente a través de lo que de otro modo serían enrevesados conceptos filosóficos como las aguas de un río tranquilo, y para ello emplea parábolas, cuentos y metáforas que acercan los conceptos a ras del suelo y posibilitan su fácil comprensión.

Arvind Pare sobre el sofá-cama del salón de su casa desde el que suele impartir las charlas. 

La historia de la vida de Arvind Pare tiene pinta de ser muy curiosa, aunque nosotros no conocemos más que retazos.  Al parecer, tras la estancia de doce años en Estados Unidos no sintió interés en continuar el camino profesional al que apuntaba su formación académica.  Ejerció como ingeniero durante un breve periodo de tiempo pero en seguida regresó a la India donde se decantó por una vida de renuncia en ashrams -monasterios- durante quince años, no tengo muy claro si en calidad de simple discípulo o de swami -monje-.  En cualquier caso, no tiene mujer ni hijos conocidos y en Mysore vive solo, por lo que tampoco se puede descartar que de hecho se trate de un sannyasi, aunque eso es algo que se lo tendríais que preguntar a él directamente.  Durante esos quince años en ashrams conoció al que considera su gurúSwami Dayananda Saraswati, un reputado maestro espiritual de Advaita Vedanta fundador de las escuelas Arsha Vidya y entre cuyos discípulos se encuentra el mismísmo Narendra Modri, actual Primer Ministro de la India.  Según sus propias palabras durante un desayuno que compartimos el pasado verano, después de quince años de aprender, leer y escuchar, Arvind consideró que había llegado la hora de ser él quien comenzase a hablar y ser escuchado.  Corría el verano del año 2014 y, tras barajar varias posibilidades, decidió trasladarse al barrio de Gokulam en Mysore, uno de los principales epicentros del yoga en la India que atrae a una importante comunidad internacional de estudiantes sensibles a las enseñanzas filosóficas.

A lo largo de estos últimos años hemos aprendido a apreciar a Arvind como uno de los platos fuertes de nuestros viajes a Mysore.  Y creo que no somos los únicos en reconocerlo: su buenhacer le han granjeado un merecido prestigio entre no pocas personas, y creo no equivocarme si digo que a día de hoy es considerado uno de los puntos cardinales en Mysore en el sentido de que si quieres Ashtanga Yoga, sin duda se te aconsejará que vayas adonde Sharath Jois; si quieres cambiar rupias; donde Shiva; si quieres masaje ayurvédico, con Naga Kumar; si quieres libros, a Pavithra de Green House; chocolatinas, al chocolate man; terapias de cuencos tibetanos, donde Akhil en Shudda; estatuas, a Cauvery Emporium; esterillas de algodón, a Rashinkar; taxi, a Ganesh; especias, al mercado Devaraja; y por fin, si quieres filosofía, que acudas adonde Arvind Pare.

La filosofía del yoga en ocasiones puede resultar muy árida porque maneja conceptos complejos que requieren de un importante esfuerzo de comprensión.  Arvind, en cambio, es muy habilidoso en el arte de enseñar e ilustra continuamente sus explicaciones con metáforas y pequeños cuentos que facilitan sobremanera el entendimiento de lo que se trae entre manos.  Por ejemplo, una de las metáforas que suele emplear y que más me gustan es la del mar y las olas, con la que explica la relación entre las consciencias individuales y la Consciencia Suprema: "Las olas creen ser distintas unas de otras a pesar de que todas están destinadas a acabar retornando al océano.  ¿Realmente existe diferencia alguna entre el agua que forma parte de una ola y el agua que compone el océano?  Hay millones de olas, pero ninguna puede esconder de mí el océano.  Sólo cuando existe en mí un sentido de separación, dejo de ser oceáno y me limito a ser ola." 

Ashtanga Yoga Bilbao y Arvind Pare en la India. 

En efecto, Arvind ha aprendido en la tradición filosófica Advaita Vedanta, que postula la no dualidad de la existencia: todo es uno.  "La dualidad es fácil de entender: unos son zapateros, otros campesinos, otros profesores; hay hombres, mujeres, altos, bajos, medianos y rubios y morenos.  El estudio hay que hacerlo para darse cuenta de que todos somos lo mismo.  Para darte cuenta de que somos distintos no necesitas más que hacer caso a lo que ven tus ojos."  El sol y la luz es otra de las metáforas recurrentes que emplea para explicar el problema de identificación con el yo no-permanente: "Una calabaza de Halloween puede estar vacía o tener una vela en su interior, pero la existencia o no de la calabaza no modifica en nada la naturaleza de la luz de la vela.  Si algo le ocurriese a la calabaza, ¿se vería afectada la luz?  Si la calabaza se encuentra triste, la luz no debería entristecerse." "Imagínate que tienes diez cubos de agua sobre los que se refleja la luz del sol.  Si derribas uno de los cubos, el sol no cambia.  Lo que le sucede al cubo, no le ocurre al sol." "Si sólo ves nubes, ¿quiere decir que no hay sol?  En realidad, sigue habiendo sol y, de hecho, las nubes existen porque hay sol; el sol permite que sean vistas."  Desgraciadamente, el ser humano sufre porque "lo que no debería ser posible, que la luz se identifique con la oscuridad, sucede, y el yo, el que ve, se identifica con el cuerpo, con lo visto, cuando en realidad es consciencia, purusha, no prakriti.  La gente vive infeliz creyendo que es el coche, no que posee el coche."  Detrás de todo está la ignorancia, avidya: "La ignorancia es la raíz del árbol del sufrimiento, sobre el que se construyen el resto de kleshas: el ego, el deseo, la aversión y el miedo.  Y no adelantamos nada con quitarle las hojas y restringir algunos deseos y miedos aquí y allá: hay que atacar la raíz de la ignorancia, la madre de todos los kleshas."

Quizás muchos crean que es imposible resolver este dilema en vida mientras permanezcamos atados a este cuerpo y esta existencia, pero según propone el sendero del yoga: "no tienes que romper el cántaro para saber que está hecho de arcilla.  De la misma forma, en la propia vida es posible alcanzar el conocimiento."  No obstante, el camino será difícil, y "por mucho que te obligues a meditar retirado en una cueva, no llegarás nunca a Ishvara a menos que hayas logrado mantener a raya a los kleshas.  De otro modo, meditarás en las cosas y personas que odias, deseas o por las que sientes apego.  Es decir, un simple camino de renuncia y austeridad no te llevará a samadhi porque tu mente permanecerá en los objetos burdos."  El camino descrito por Patanjali ofrece la solución: "Habréis visto alguna vez a esos encantadores de serpientes que tocan la flauta a escasa distancia de ellas y las manipulan peligrosamente.  El truco está en que a las serpientes les han quitado las glándulas de veneno.  Un yogui hace lo mismo: neutraliza los kleshas."

En la última etapa se encuentra samadhi, un estado mental difícil de comprender y más todavía de describir, aunque por momentos Arvind lo logra:  "Cuando estoy dormido, no tengo que esforzarme en dormir.  Ya estoy ahí.  De la misma forma, la iluminación o samadhi es un estado de consciencia en el que, simplemente, se está una vez se llega a él." "No te defines por los roles que te atribuyes.  Primero eres, existes, después serás hijo, sobrino, trabajador, indio, etcétera.  Tu Ser no tiene forma ni color.  Samadhi samskara destruye todos los condicionamientos previos, como la corriente del río que barre las plantas y piedras que han aparecido en su lecho pero que no constituyen la verdad sobre el río, no lo definen como río."  Y sus pequeños cuentos son siempre una delicia y un gran apoyo a las explicaciones: "Había un hombre que utilizó una barca para atravesar un río.  Al llegar al otro lado y dirigirse a su casa, en vez de dejar la barca en la orilla, la arrastró por la tierra hacia su casa.  Todo el mundo le decía: 'Pero qué haces, ¿estás loco?'  De la misma forma, nirbijah samadhi es un tipo de samadhi en el que la semilla del samsara, de las existencias condicionadas, desaparece y no vuelves a nacer.  Dejas en la orilla del río la barca del cuerpo y del intelecto que te ha sido de utilidad para cruzar el río, pero no te la llevas a casa."

Arvind Pare.

Aparte de exponer de manera soberbia, Arvind también es capaz responder preguntas de manera muy elocuente.  Hace tiempo que me ha parecido la persona más indicada para resolver ciertas dudas que me han ido surgiendo a lo largo del tiempo respecto a conceptos filosóficos o el lenguaje sánscrito y sus respuestas han sido siempre más que satisfactorias.  Por ejemplo, cuando le pregunté acerca de la procedencia de los shadripus o arisadvargas, también conocidos como los seis enemigos, que a menudo se confunden con los cinco kleshas o venenos de los que habla Patanjali en los Yoga Sutras, fue capaz de indicarme el texto exacto donde son enumerados -Mudgala Upanisad-, aparte de citarme algunos versos del Bhagavad Gita donde se hacen menciones a varios de ellos.  Recuerdo también con gran aprecio la amplia explicación que dio a mi pregunta de porqué Ganesha, una deidad que a priori cabría pensar es poco importante dentro del panteón hindú, sin embargo sea objeto de tanta veneración entre los hindúes hasta el punto de que casi resulte imposible encontrar una casa o un templo en la India que no tenga alguna imagen de ese ser regordete con cabeza de elefante.

Sus conocimientos de sánscrito son lo suficientemente amplios no sólo como para traducir término a término los Yoga Sutras y el Bhagavad Gita al completo, sino también para aclarar las dudas que puedan asolar a sus oyentes.  No he llegado a ser testigo de grandes disertaciones gramaticales en torno al lenguaje sánscrito y tampoco puedo afirmar a ciencia cierta que sea un gran experto, pero tampoco he escuchado nunca ninguna pregunta que lo pillase a contrapié e incluso a nivel personal he podido resolver ciertas dudas técnicas que tenía, por ejemplo, acerca de algunos mantras que practico habitualmente, tales como el verso final del mangala mantra extendido, del que conozco dos versiones distintas y que gracias a Arvind ahora sé tienen significados similares.  Así mismo, el término "nirvighnam" de un famoso mantra a Ganesha cuyas primeras palabras son "vakratunda mahakaya", que en otros sitios había visto escrito como "avighnam", resultan ser sinónimos: libre de obstáculos, sin obstáculos, siendo "vighnam" igual a "obstáculo" y "a" o "nir" dos maneras de establecer una negación.  La sesión del próximo viernes se dedicará por completo al análisis de varios mantras, incluidos los que se recitan en la tradición de Ashtanga Yoga, por lo que los que asistáis tendréis ocasión de explorar por vosotros mismos el significado de los mantras que recitáis a diario y plantearle vuestras dudas.

Como tantas cosas de Mysore, Arvind es uno de esos tesoros que disfrutamos durante el tiempo que estamos en India y que en cuanto regresamos a casa queda atrás.  Sin embargo, a mediados del pasado año 2017 me enteré por Facebook que Arvind Pare iba a impartir algunas charlas de filosofía en Asturias.  No tenía ni idea de que estaba viajando por Europa; me parecía inconcebible verlo tan lejos de su casita en Mysore y menos todavía a un puñado de kilómetros de Bilbao, y en seguida me puse en contacto con él y lo invité a venir a nuestra escuela.  Sería maravilloso que la gente de Bilbao pudiera tener la oportunidad de conocer a un maestro tan interesante.  Recibió mi propuesta con agrado, pero desgraciadamente ya tenía todas las fechas comprometidas y los billetes de avión reservados.  Aún así, me aseguró que incluiría Bilbao entre sus destinos de la siguiente temporada.  Y así fue; a principios del pasado verano me escribió unos mensajes y enseguida concretamos las fechas.  ¡Ya queda menos de una semana!  Será todo un honor y una gran suerte poder contar con él en Bilbao.  ¡Ojalá os guste tanto como a nosotros!

El taller del próximo fin de semana del 9, 10 y 11 de noviembre se centrará en los dos grandes textos fundamentales del yoga: los Yoga Sutras de Patanjali y el Bhagavad Gita, con una tarde adicional dedicada al estudio de mantras y de la sílaba sagrada OM.  Es posible apuntarse a sesiones sueltas, aunque si te apuntas a todo el fin de semana obtendrás un considerable descuento.  Todas las charlas serán traducidas al castellano por Fernando Gorostiza y el sábado y el domingo a primera hora de la mañana. habrá sendas clases guiadas de Ashtanga Yoga opcionales para los asistentes al workshop.  Una vez más, incluyo el enlace a nuestra web con toda la información.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Tercera temporada en Ashtanga Yoga Bilbao: Dharma e ikigai.

Cartel de inauguración de Ashtanga Yoga Bilbao en septiembre del 2015.

Ashtanga Yoga Bilbao inició su andadura tal día como hoy hace dos años en la víspera de un equinoccio de otoño.  Curiosamente durante estos días coinciden, uno tras otro, la luna nueva de septiembre -ayer-, el aniversario de Ashtanga Yoga Bilbao -hoy- y el equinoccio de otoño -mañana-.  Los ciclos de la naturaleza son un continuo recuerdo de lo transitorio de la realidad; todo cambia, se renueva, desaparece y vuelve a aparecer; y en gran parte el yoga consiste en aceptar este evidente pero difícil hecho.  Las personas y sus creaciones también están sometidas a sus propios ciclos, así que lo menos que merece el comienzo de la tercera temporada de Ashtanga Yoga Bilbao es esta reflexión que, por supuesto, dedicamos a todas las personas que nos habéis acompañado a lo largo de este tiempo y las que habéis formado parte de nuestra historia  

Para nosotros, hablar de Ashtanga Yoga Bilbao es hablar de dharma.  El dharma es un concepto filosófico que evoca al sentido de la vida y uno de los elementos nucleares del Bhagavad Gita, el famoso poema de setecientos versos parte del Mahabharata,  En los prolegómenos de una gran batalla que va a enfrentar a dos clanes emparentados en un combate sin cuartel, sobre un carro de guerra que recorre la tierra de nadie entre los dos ejércitos, el arquero Arjuna le plantea sus dudas al dios Krishna, que lleva las riendas del carro.  Tiene ante sí a parientes, a amigos, y no desea enfrentarse a ellos y matarlos.  Antes prefiere huir o dejarse matar incluso.  El Bhagavad Gita, el Canto del Señor, es esencialmente la respuesta que Krishna le da a Arjuna.

Arjuna no es un diplomático ni un campesino, sino un guerrero, le dice Krishna, y su dharma en tiempo de guerra es combatir, y hacerlo sin dudas.  Si huyera o rehusara cumplir con el dharma que le corresponde, y a pesar de que con ello evitase la muerte de otros, estaría obrando de forma incorrecta.  "El dharma de uno llevado a cabo imperfectamente es mejor que el dharma de otro ejecutado de forma perfecta." (3.35)

El dharma, por lo tanto, es un concepto que incluye pero que va más allá del sentido del deber.  El dharma son aquellos comportamientos que van de acuerdo con el orden que hacen posible la vida y la armonía en el Universo, e incluyen deberes, derechos, leyes, conductas, virtudes y todo lo que podría entenderse como un "modo de vida correcto".  El dharma son los principios que evitan el caos y que todos los seres han de aceptar y respetar para mantener la armonía y el orden del Universo.  No es el acto ni el resultado, sino las leyes naturales que guían el acto y crean el resultado.  Es la persecución y ejecución de la naturaleza y verdadera llamada de uno, el desempeño adecuado de su papel en el concierto cósmico.

Así, el dharma de la abeja es libar miel, el de la vaca dar leche, el del sol irradiar luz y el del río fluir.  Igualmente, el dharma de Arjuna en el campo de batalla de Kurukshetra es combatir con su arco.



Dharma o el sentido de la vida.

Seguramente la abeja, el sol y el propio Arjuna tuvieran una noción muy clara de cuál era su dharma.  El sentido de su vida quedó determinado desde su propio nacimiento, y trágicamente así es a menudo también en la sociedad india actual, donde la casta en la que has nacido determina y restringe tu papel en la sociedad.  En otros casos, averiguar cuál es tu "papel en el concierto cósmico" no siempre resulta una tarea tan sencilla.  Se trata nada más ni nada menos que la difícil búsqueda del sentido de la vida.

A veces, el sentido de la vida de las personas parece coincidir con las necesidades básicas de la supervivencia y la reproducción.  Desde el punto de vista de la especie humana, su perpetuación y proliferación, esto es algo muy deseado.  No obstante, ese mismo papel lo asumen ya los animales de manera instintiva, por lo que cabe presumir que los seres humanos, con todo su potencial y complejidad, habrían de aspirar a algún otro sentido más elevado que la mera transmisión de su herencia genética a la siguiente generación.  Aunque se trate de una gran tarea, es algo que se le debe dar por supuesto además de respirar y alimentarse, por lo que no tendría sentido considerarlo parte del dharma.

Quizás el trabajo, la profesión, sea el mejor reflejo del dharma, al menos porque es ahí donde el ser humano tiene la oportunidad de desplegar lo que hay dentro de sí y ponerlo al servicio de la sociedad y del Universo, como una diminuta rueda dentada parte de un inmenso engranaje.  Los tiempos modernos son complejos, pero a pesar de crisis y zozobras varias hoy día existe una gran libertad de elección; cada cual puede acabar dedicando su vida a aquello que se proponga, claro está, siempre que invierta el tiempo suficiente y oriente sus esfuerzos en la dirección adecuada.  Sin embargo, lo cierto es que demasiado a menudo la profesión no refleja esta naturaleza interna; todos conocemos a gente que se ve atada a un trabajo que no le corresponde.  Me viene a la cabeza el caso de Franz Kafka, el escritor checo que apenas publicó nada en vida y que en sus diarios dejó plasmado el desasosiego que sufría por tener que dedicar la mayor parte del día en un tedioso trabajo administrativo en una correduría de seguros que oscurecía su creatividad.  El dharma de uno ha de ejecutarse aunque sea a disgusto pero, ¿qué ocurre si te has equivocado y el dharma que desempeñas no concuerda con tu naturaleza?

La orientación lo es todo, y en una sociedad como ésta a menudo deja mucho que desear.  El éxito, la realización, se asocian a determinado estatus y desde la sociedad y la propia familia se inculcan valores que, en el fondo, siempre tienen el foco en el aspecto económico y la satisfacción de los sentidos.  Al final la profesión se escoge en base a expectativas, y no necesariamente las tuyas.  El gurú oriental sabría identificar las aptitudes del individuo y lo orientaría en consonancia; el guía occidental procuraría que la elección del individuo coincidiese con alguna de las salidas con menor tasa de paro o mayor proyección salarial.

Cuando me recuerdo sentado en mi agradable trabajo de oficina en Madrid, con un contrato indefinido en el Ministerio de Medio Ambiente, un buen sueldo y buenos compañeros, lo primero que me viene a la cabeza es lo afortunado que he sido.  La vida no suele ser un camino de rosas, pero académica y profesionalmente no puedo sino darle las gracias a la propia vida y a mis padres.  Tuve facilidad en los estudios y mi educación se dirigió temprano hacia el camino más difícil, el de las ciencias puras, al término del cual me esperaba el cuerno de la abundancia y la felicidad.  Así era la percepción que se me había inculcado: los estudiantes de éxito se convertían en ingenieros superiores.  En pocas palabras, acabé estudiando lo que de mí se esperaba y trabajando en ello.  Y sin embargo, durante años tuve la sensación de estar viviendo la vida como un trámite: trabajar cuarenta horas de lunes a viernes a cambio de cobrar un sueldo a final de mes.  Intercambio de tiempo por dinero.



Ikigai o la pasión por la vida.

El concepto hinduista del dharma está íntimamente relacionado con el sistema de castas.  El karma de tus acciones en vidas pasadas es el que al fin y a la postre determina tus cualidades o gunas actuales, la casta social en la que te encuadrarás y el dharma que te corresponderá cumplir en esta vida.  Los gunas no tienen porqué ser heredados de tus padres; es tu propio karma el que los determina y en teoría un matrimonio de shudras, a los que se relaciona con labores serviles de baja cualificación, podrían perfectamente engendrar un futuro brahmin que acabe conduciendo las pujas u oraciones en el templo local, pero en la práctica las castas de padres a hijos son mayoritariamente inamovibles y la sociedad, las familias y los individuos se esfuerzan en mantener su integridad; el hijo de shudras nunca sería aceptado como sacerdote y un simple matrimonio entre dos miembros de castas distintas resultaría simplemente inadmisible para la comunidad hindú.  La aplicación del dharma en otras culturas, por lo tanto, resulta un tanto controvertida.  En Occidente es perfectamente posible que la hija de un soldador y una directora de banco halle su dharma en el cuerpo de policía y acabe casándose, por ejemplo, con un barrendero que es a su vez hijo de una dentista y un cristalero.  Algo así resultaría sumamente extravagante en la sociedad tradicional hindú incluso hoy día, a pesar de todos los esfuerzos que ha invertido el gobierno indio en las últimas décadas por la igualdad de oportunidades y la abolición del sistema de castas.  La cruda realidad es que el pensamiento colectivo hindú, y a pesar de no pocas controversias, tiene muy enraizada la interpretación más restrictiva de las palabras del propio Lord Krishna cuando afirma en el Bhagavad Gita que "las cuatro cualidades de ocupaciones fueron creadas por mí de acuerdo con las cualidades de las personas" (4.13).

En un momento del pasado en que me hallaba investigando acerca del dharma y por sugerencia de una buena amiga, llegué hasta el concepto de ikigai, lo que nos lleva desde la lejana India hasta el remoto Japón.  De acuerdo con la teoría del dharma, una vez descubiertos tus gunas has de esforzarte en cumplir con la tarea que corresponde a tu naturaleza, lo quieras o no.  Es el papel que te ha correspondido desempeñar en la creación y has de completarlo, con gusto, como un acto de entrega a la divinidad y sin apego alguno al resultado de tus acciones.  El ikigai japonés, en cambio, añade al concepto del deber un elemento nuevo: la pasión.

El ikigai distingue entre aquello que se te da bien, aquello que te permite ganar dinero, aquello que el mundo necesita y aquello que realmente amas.  Una profesión es, simplemente, lo que se te da bien y por lo que además te pagan.  Lo que el mundo necesita y por lo que podrían llegar a pagarte, es una vocación.  Lo que el mundo necesita y que te gusta hacer, una misión.  Lo que se te da bien y te gusta, una afición.  Ninguno de ellos por sí solos llevan al ser humano a la plenitud.  Una afición que te apasiona y que se te da de lujo pero que no le aporta nada al mundo ni te da de comer no tiene ningún propósito vital y ha de ser complementada con un trabajo, por el que a menudo no sientes pasión y del que al cabo de los años acabas aburrido, amargado, harto, con ganas de abandonarlo y jubilarte.  Aquello que te gusta hacer, que el mundo necesita y por lo que incluso te pueden pagar pero que no lo sabes hacer bien, inevitablemente conducirá al fracaso.  Finalmente, la unión de los cuatro: aquello que haces bien, de lo que puedes vivir, que necesita el mundo y que verdaderamente te apasiona, eso es el ikigai.

El ikigai hace que las personas se levanten temprano cada mañana con ilusión, valoren su existencia y quieran seguir disfrutándola.  Se cree que el ikigai es una de las razones por las que hay tantos centenarios en Okinawa; incluso si el presente es sombrío, tener claro el ikigai da sentido a la vida y mantiene el entusiasmo durante toda la vida hasta la vejez.  La búsqueda del ikigai, por tanto, se convierte en una tarea crucial, en el principal cometido de las personas.  Los comportamientos que conducen al ikigai no son acciones que nos veamos obligados a llevar a cabo, sino naturales y espontáneas, y por lo general requieren una madurez que difícilmente ha podido alcanzar una persona a los dieciséis años, la edad en la que en Occidente tenemos que escoger la profesión que determinará nuestro futuro.


Estrenando el cartel de la puerta, días antes de la apertura.

Dharma
, ikigai y Ashtanga Yoga Bilbao.


Hablar de Ashtanga Yoga Bilbao, en consecuencia, es hablar de dharma, pero también de ikigai.  Cuando años atrás, en mi oficina de Madrid, me planteé si realmente quería seguir toda la vida ahí sentado delante de una pantalla de ordenador en una vida cómoda y relajada, me revolví.  Me había dado cuenta de que, en realidad, nunca me había gustado la ingeniería.  En mi juventud, familia y profesores me habían orientado hacia la ingeniería de telecomunicaciones.  Siempre había sido un buen estudiante o, mejor dicho, un especialista en exámenes y, aunque salvo la escritura y la construcción de maquetas, no tuviera ninguna afición conocida, una carrera técnica de prestigio parecía una buena opción y me dejé convencer.  No sabía muy bien en lo que me metía, pero por aquel entonces no tenia otras preocupaciones que las relacionadas con la edad y tenía asumido que me quedaban aún muchos años de estudiante por delante, así que el ambicioso objetivo de convertirme en un respetado ingeniero con la vida solucionada que enorgullecería a todo el mundo parecía una idea estupenda así que, ¿por qué no?

Al final, había dedicado a mi formación universitaria incontables horas, me había graduado con una media de notable y había acumulado años de experiencia laboral en varias empresas, pero no era un ingeniero.  La evidencia cayó como una fruta madura: nunca me había gustado la ingeniería; no había formado parte de mí.  No vivía la tecnología, no leía revistas especializadas, no me interesaba la informática más que como una herramienta de entretenimiento, no me esforzaba por aprender nada nuevo y sólo valoraba la ingeniería por su capacidad de proporcionarme un sueldo mayor de lo que me pagarían en cualquier otro trabajo al que pudiera aspirar.  La crisis económica arreciaba a mi alrededor y todo aconsejaba mantener la seguridad material, pero quería cambiar y encontrar mi sitio, mi rumbo, mi pasión, mi objetivo vital, mi dharma, mi ikigai.

Comencé dando tumbos.  Primero busqué un cambio de trabajo en Madrid y en el extranjero; luego se me ocurrió la extravagante idea de hacerme bombero.  Por uno y otro motivo, ninguna de las alternativas cuajaron, así lo quiso el destino, y me mantuve en el Ministerio de Medio Ambiente con un espléndido horario con tres tardes libres semanales que me permitía hacer tantas cosas fuera de las horas de trabajo.  Y finalmente, se me abrieron los ojos.

Había comenzado a practicar Ashtanga Yoga en el 2005.  En el 2006 había empezado a estudiar con Borja Romero-Valdespino en Ashtanga Yoga Madrid.  En el 2008 viajé a Mysore por primera vez y en el 2009 Borja me invitó a convertirme en su asistente.  Durante años mantuve una rutina de estudio y aprendizaje a su lado: practicaba cinco o seis días a la semana y en tres de ellos me quedaba tras mi práctica a asistirle durante tres horas.  De vez en cuando, cuando Borja se ausentaba, me encargaba de enseñar en solitario algunas clases, estilo Mysore y guiadas.

Al cabo de los años había acumulado cientos, miles de horas de aprendizaje en la escuela de Ashtanga Yoga más antigua y grande de Madrid.  Quizás ahora parezca evidente, pero durante mucho tiempo ni se me había pasado por la cabeza, ¿dedicarme a enseñar yoga yo?  El Ashtanga Yoga era mi pasión, pero formaba parte de mi esfera lúdica, de mi tiempo libre.  El trabajo era un asunto serio de oficinas con ordenadores y reuniones encorbatadas, nada que ver con una sala llena de gente sudando y respirando raro sobre esterillas de colores.

En Bilbao no había escuelas tradicionales de Ashtanga Yoga.  Se habían hecho algunos conatos, pero nada como lo que podía encontrarse en ciudades como Madrid o Barcelona.  Tampoco se podía esperar otra cosa porque en Bizkaia no existía en ningún lado la posibilidad de practicar Ashtanga Yoga en su formato tradicional y tampoco nadie que estuviese enseñando tras haber aprendido largo tiempo en una escuela consagrada.  A la fuerza, la primera escuela tradicional de Ashtanga Yoga en Bilbao tendría que venir desde fuera.

La llamada del destino sonó entonces clara: me había trasladado a Madrid, pero no para realizarme profesionalmente como ingeniero, sino para encontrar el sentido de mi vida, la tarea que resonaba con mi naturaleza, mi dharma, que no era otro que salir de Bilbao para aprender la práctica y enseñanza de Ashtanga Yoga y de nuevo regresar para transmitirlo en mi ciudad natal y ponerlo al alcance de mis paisanos.  Había sido necesario mucho tiempo para que semejante idea llegase a cuajar en mi cabeza y para derribar patrones mentales enraizados en lo más profundo que hacían impensable semejante paso, pero la decisión al fin estaba tomada.  No me conformaría con la seguridad, la tranquilidad y comodidad de un trabajo estable, no renunciaría al rol que se me había asignado ni a mi sueños; aunque renunciar a la ingeniería para dedicar mi vida a la enseñanza de yoga pudiera parecer una locura y pese a la falta de apoyo que sin duda recibiría de mi familia, no llegaría a viejo lamentándome de qué habría pasado si hubiera tenido el valor de dar el paso.  Perseguiría mi dharma, y lo cumpliría.

El resto es historia.  Dejé de buscar alternativas laborales y me orienté en aquella dirección.  No sería un viaje corto ni fácil, pero ya no había vuelta atrás.  Por suerte, tenía a Nines, que cuando le comuniqué mi decisión y mi intención de contar con ella, estuvo encantada de dejarlo todo atrás y acompañarme en la aventura.  Y varios años después, pasó todo.

La ingeniería también había cumplido su papel, así que las voces cercanas que me decían que había tirado por la borda tantos años de estudio y preparación no estaban en lo cierto.  Mi carrera universitaria me había permitido trasladarme a Madrid, me había puesto en contacto con Borja y gracias a ella también había podido viajar múltiples veces a la India antes de dar el definitivo paso.  Por lo tanto, también había sido una imprescidible parte del camino que aprecio y, aún hoy, cada vez que hago algún cambio en la página web que programé de forma completamente autodidacta, pienso en las cosas buenas que me ha aportado el bagaje de la ingeniería en lo que respecta a la capacidad de resolver problemas.

Ahora, cuando la tercera temporada de Ashtanga Yoga Bilbao inicia su andadura, recordamos el pasado con cariño, miramos hacia el futuro con ilusión y disfrutamos el presente.  Los días comienzan antes de las cuatro de la mañana, pero el timbre del despertador nos pone en marcha para hacer lo que más nos gusta: practicar y enseñar Ashtanga Yoga, nuestra pasión, vocación, misión y profesión, nuestro ikigai.  Gracias a todos los que nos habéis acompañado y... ¡nos vemos sobre la esterilla!