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lunes, 9 de julio de 2018

La importancia del buen profesor y sus características.

Tres ejemplos de excelentes profesores de Ashtanga Yoga a los que recordamos con cariño: Borja Romero-Valdespino, Peter Sanson y José Carballal.  Cada uno con su propio estilo y todos ellos altamente recomendables.

Hace cuatro meses publicamos un extenso artículo en el que mostrábamos nuestra visión del papel del profesor de yoga y cómo, al contrario de lo que suele pensarse en Occidente, no debería ser considerado un mero "entrenador", "coreógrafo" o "ajustador" al que se le paga a cambio de que proporcione cierta satisfacción física a través de la enseñanza de asanas.  Así mismo, en las últimas semanas hemos publicado sendos artículos en los que se analizaba el rol de las escuelas de yoga y de la comunidad que se gesta en ellas como "elementos facilitadores" del viaje yóguico hacia el interior del Ser.  El cometido del maestro de yoga volvía a ser tratado de nuevo en estos dos artículos y, dado que dentro de pocas semanas nos disponemos a viajar a Mysore para practicar bajo la enseñanza del paramagurú Sharath Jois, creo que es un momento propicio para ahondar un poco más en el papel del profesor.

Desde que comenzamos a practicar yoga (trece años y medio en mi caso; once en el de Nines) hemos conocido a muchos profesores.  La mayoría, por supuesto, profesores de Ashtanga Yoga, pero también profesores adscritos a otras tradiciones.  Con el paso del tiempo todas las personas acabamos construyendo criterios propios y, como sucede con la música, la comida, los perfumes o los colores, en el caso del yoga también desarrollamos preferencias.  Es un tópico aquello de que "Ashtanga Yoga está hecho para todo el mundo", pero no menos cierto es que no todo el mundo está hecho para Ashtanga Yoga.  Si eres una persona disciplinada y ordenada, a la que le gusta establecer rutinas, que aprecia el valor de las metodologías basadas en la repetición y la insistencia, que sabe que a lo bueno siempre se llega a través del camino difícil y que en él nunca hay atajos, y a la que no le importa levantarse temprano, es probable que te enamores de Ashtanga Yoga desde tu primera clase.  En cambio si eres una persona acostumbrada a trasnochar, que no quiere comprometerse con nada, que no le gusta que le digan cómo hacer las cosas, un "espíritu libre" que un mes se apunta a spinning, al siguiente a bailes de salón y el tercero a un retiro de meditación vipassana, Ashtanga Yoga también está hecho para ti y sin duda aportaría a tu vida grandes cosas, pero es posible que lo acabes aborreciendo nada más empezar.  En las películas suelen verse personajes arquetípicos, pero en el mundo real todos tenemos un poco de ambos extremos y tampoco es fácil clasificar a las personas y determinar cuál es la disciplina idónea para cada una.  Ciertas predisposiciones pueden inclinar las preferencias hacia uno u otro lado y hacer que algunos decidan dedicarle su tiempo a Ashtanga Yoga y otros a Yoga Iyengar, los de más allá busquen un templo budista, los de acá se apunten a un gimnasio de musculación y los últimos acaben en clases de swing o clarinete.  Al final, lo que decanta las predilecciones no es uno, sino un conjunto de factores, y no cabe duda de que el del profesor es uno de los principales.

Ciertamente, es increíble lo importante que resulta el profesor, y no sólo su nivel de conocimientos y experiencia, sino su personalidad, actitud y carisma, en lo que respecta a la percepción que obtiene la gente de la materia que imparte.  Recuerdo que cuando estudiaba en la Universidad había un profesor llamado Agustín que era astrónomo a la vez que físico y al que le encantaba ilustrar los conceptos de la física clásica con aplicaciones sobre los cuerpos celestes.  La astronomía es un tema que personalmente me apasiona y ese profesor lograba que temas tan áridos como la mecánica del sólido rígido resultasen fascinantes y que anticipase sus horas de clase con agrado.  Por otro lado, un profesor insoportable en el colegio o en la universidad hará que cierres puertas y no quieras volver a saber nada de él ni de lo que enseñaba, pero por desgracia te lo tendrás que comer con patatas.  Al fin y al cabo, no tienes elección: tus padres te apuntaron al colegio y tú mismo elegiste la carrera.  Así que si te cayó en suerte un petardo que sólo sabe llenar pizarra tras pizarra de símbolos y hablar a la gente de espaldas sobre obscuros conceptos matemáticos que sólo él entiende porque lleva años repitiéndolos una y otra vez, lo único que te queda es apretar las mandíbulas y esperar que el semestre y la asignatura transcurran lo antes posible.  Puede que el profesor esté enseñando bien, sea estrictamente correcto y cumpla con el temario pero, desde luego, y pese a lo que les pueda parecer a otras personas, a ti no te ha conquistado y por extensión muy probablemente su materia tampoco.  Cuando salgas de la universidad quizás puedas vivir algo parecido en el trabajo con un jefe con el que no tengas sintonía, pero lo que sin duda no estarás dispuesto a soportar es algo así fuera del ámbito educativo o profesional obligatorio.  Así que, si alguna vez decides apuntarte a clases de yoga o de trikitixa en tu tiempo libre y el profesor o profesora no es capaz de transmitirte ese carisma, ese encanto que va más allá de la enseñanza pura y dura, no tardarás mucho en dejar de pisar sus clases e incluso es probable que te deje de interesar cualquier cosa que fuera la que enseñase.

En este sentido siempre me ha sorprendido enormemente el caso de los directores de orquesta. Dos orquestas sinfónicas distintas pueden tener idéntico número de instrumentos y hallarse todos los intérpretes perfectamente formados y entrenados y, sin embargo, al ponerse a tocar la misma composición con exactamente la misma partitura, sonar muy diferentes.  No deja de resultar curioso cómo los aficionados atesoran grabaciones del Réquiem de Mozart dirigidas por Claudio Abbado o de la Sinfonía Coral de Beethoven por Leonard Berstein como reliquias irrepetibles.  Esas obras se siguen interpretando y grabando hoy día por grandes artistas pero, más allá del talento de los músicos y cantantes, no cabe duda de que ciertos directores lograron insuflar a ciertas obras un carácter, un espíritu que iban más allá del ritmo y métrica de las notas establecidas en el pentagrama y que las convirtieron, por ejemplo, no sólo en la Séptima Sinfonía de Bruckner, sino en la mítica Séptima Sinfonía de Bruckner dirigida por Herbert von Karajan en 1989.  En el caso del yoga sucede otro tanto: la personalidad de la profesora o del profesor, su energía, su entusiasmo, impregnan hasta tal punto la disciplina que imparten que los estudiantes no perciben únicamente el conocimiento en sí, sino el conocimiento que les llega coloreado a través del tamiz de su profesor.  Así que mucha gente se enamora o se desencanta del yoga no sólo por las técnicas que ha aprendido y lo que ha hecho durante las sesiones, sino por cómo se lo ha sabido transmitir su maestro. 

Y es que, a diferencia de otros sectores, la tarea del profesor de yoga no se limita a una mera transmisión de enseñanzas, lo que convierte a su magisterio en algo más parecido a un arte y también hace que su tarima sea mucho más inestable que la que puedan pisar otro tipo de profesores de ámbito académico.  El profesor de yoga no sólo interactúa con el esqueleto y la musculatura de las personas a las que enseña una rutina física, sino que tiene también que lidiar con su psicología, sus fobias y filias, sus resistencias y apegos en todo el amplio espectro que ofrecen personas de procedencias, circunstancias y vivencias diversas, todo lo cual lleva a preguntarnos: ¿qué características ha de reunir un buen profesor de yoga?

Para dar una primera respuesta, nada mejor que recurrir a las palabras del maestro BKS Iyengar, quien lo expresa de manera genial en su libro El árbol del yoga, escrito en 1971:

Bellur Krisnamachar Sundararaja  Iyengar (1918-2014)

Resulta relativamente fácil ser profesor de una materia académica, pero ser profesor es un arte muy difícil y ser profesor de yoga es con mucho lo más arduo, pues los profesores de yoga han de ser sus propios críticos y corregir su propia práctica.  El arte del yoga es enteramente subjetivo y práctico.  Los profesores de yoga han de conocer por completo el funcionamiento del cuerpo; han de conocer el comportamiento de las personas que acuden a ellos, cómo reaccionar y estar listos para ayudar, proteger y salvaguardar a sus alumnos.

Los requisitos para un profesor son múltiples.  Yo quisiera, no obstante, apuntar unos pocos comentarios para que ustedes los recojan, entiendan y trabajen con ellos.  Posteriormente se pueden descubrir muchos más.  Un profesor ha de ser claro, inteligente, seguro, estimulante, afectuoso, prudente, constructivo, valiente, comprensivo, creativo, completamente entregado y dedicado al conocimiento de la materia, considerado, concienzudo, crítico, comprometido, jovial, casto y sosegado.  Los profesores deben ser fuertes y positivos en su enfoque.  Deben mostrarse afirmativos para crear confianza en los alumnos y dubitativos dentro de sí mismos para así reflexionar de forma crítica sobre su propia práctica y actitudes.  Los profesores han de estar siempre aprendiendo.  Aprenderán de sus alumnos y deben tener la humildad de decirles que aún están en proceso de aprendizaje en su arte.

La relación entre profesor y alumno es como la existente entre marido y mujer y como la que hay entre padre e hijo.  Se trata de una relación plena y compleja.  Como en la relación entre marido y mujer, que es de cercanía, los profesores deben afanarse para que sus alumnos no se rindan, y ayudarles a lo largo de su práctica.  Al mismo tiempo, al igual que entre un padre y su hijo ya crecido, si bien existe una relación, también hay un distanciamiento.  La labor del profesor es proteger y guiar a los alumnos para que no abandonen la senda que han de andar.  Y la labor del alumno es procurar mantener lo que le ha sido transmitido, a fin de no sucumbir a sus propias rémoras.  Existe una vía de dos direcciones entre alumno y profesor que implica amor, admiración, devoción y dedicación.

Mi más sincero agradecimiento al señor Iyengar por haber legado al mundo perlas de sabiduría tal que ésta.  En verdad que gracias a grandísimas figuras como la suya los profesores de yoga de todo el mundo hoy podemos hacer nuestra esta cita del bueno de Isaac Newton: "Si he llegado a ver más lejos, es porque me alcé sobre hombros de gigantes."  Tras el aporte de Iyengar, a continuación desarrollaré mi propia respuesta:

Un buen profesor ha de dominar la técnica al tiempo que ser muy intuitivo, y ambas cosas sólo se obtienen a través de la experiencia.  La primera característica del profesor, por tanto, es la experiencia; experiencia en enseñar, habiendo estado durante extensos periodos de tiempo con muchas personas, muchos cuerpos y muchas psicologías acompañándolas, ayudándolas a evolucionar y a afrontar altibajos; pero también experiencia en su propia práctica.  Porque difícilmente llegará nadie a ser un buen profesor si no ha practicado y continúa practicando a diario aquello que enseña.  Hay sensaciones, procesos, y técnicas a los que sólo se llega a través de la vivencia en primera persona y que no hay libro, vídeo, página web ni teacher training de doscientas horas que pueda suplir.  La experiencia constituye uno de los pilares fundamentales sobre los que se asienta un buen profesor y precisamente uno de los tópicos en los que suele abundar Sharath Jois en sus conferencias de los sábados en Mysore: "Un profesor es tan bueno como su compromiso con la práctica" lo cual, insisto por si no ha quedado claro, no quiere decir que un buen profesor sea aquel que se levanta de karandavasana o termina la tercera serie, sino que un profesor es tan bueno como su humildad a la hora de reconocer que nunca se deja de ser estudiante y que siempre hay margen para seguir aprendiendo.

La técnica, hija inseparable de la experiencia, posiblemente sea una de los características más valoradas en los profesores de yoga.  Hace referencia al conjunto de métodos y herramientas en los que el profesor se apoya para enseñar e incluye los famosos "truquitos" y detalles anatómicos que tanto preocupan a los practicantes, al "dónde colocar el pie, hacía dónde girar la mano, cómo mover el hombro y si levantar o bajar la cabeza" además de, por supuesto, el arte de ayudar con las manos, lo que vulgarmente se conoce como ajustar.  Requiere de conocimientos técnicos sobre qué hacer, cómo hacerlo, porqué y para qué, destreza, buen criterio, mucha intuición y, lo más difícil: empatía, adaptabilidad.  En efecto, cada viaje es diferente y el maestro ha de tener muy presente que lo que ha valido con una persona no tiene porqué valer con la de al lado y, sobre todo, que las cosas no tienen porqué funcionar con los demás del mismo modo que funcionaron con él mismo.  La siguiente cita de T. Krishnamacharya viene muy a propósito: "Enseña lo que está dentro de ti pero no como se aplica a ti, sino como se aplica a la persona que está ante ti".

Sesión estilo Mysore en Ashtanga Yoga Bilbao, con Nines al fondo.

Las clases estilo Mysore de Ashtanga Yoga tienen una idiosincrasia muy particular en la que el estudiante aprende absolutamente todo, desde cómo respirar hasta cómo efectuar el primer movimiento del saludo al sol, directamente a través del profesor tal que si de una clase particular se tratara, lo que convierte a la técnica, al conocimiento y dominio del método por parte del profesor en un aspecto crucial en la tradición de Ashtanga Yoga.  El estudiante queda enteramente en manos del profesor, quien desde el primer día realizará una serie de toma decisiones que determinará el camino de descubrimiento del aspirante, quien habrá de discernir la delgada línea entre lo seguro y lo peligroso y quien habrá de contar con los recursos suficientes para gestionar la casuística que se pueda presentar, desde impedimentos físicos, debilidades o lesiones hasta bloqueos mentales.  Por ejemplo, a la hora de enseñar una nueva asana, el profesor tendrá que considerar si se trata del momento físico y psicológico adecuado y una vez el estudiante haya entrado en ella tendrá que sopesar cómo le puede ayudar y si debe hacerlo siquiera.  A veces habrá que pisar el freno; otras habrá que darle un empujón a quien no se atreve a saltar a la piscina.  Como le gusta decir a nuestro querido Peter Sanson: "El 99% de las limitaciones están entre las orejas", y esto se aplica tanto a los estudiantes como a los profesores.

Lo cual nos lleva a que a la hora de hallar un buen profesor no se pueda hablar de un único perfil.  Los hay estrictos y flexibles, duros y cariñosos, enérgicos y tranquilos, de abundantes y escasas palabras.  Sin duda un buen profesor sabrá ser de cierta manera con algunas personas y de otra forma con otras, o se comportará de un modo al principio y más adelante de exactamente el contrario.  También tendrá que ser capaz de adaptarse y "leer" a cada estudiante en cada momento sin ceñirse a patrones fijos, mostrando buen humor o seriedad según lo requiera la situación.  El profesor también tiene que estar dispuesto a enfrentarse a determinadas actitudes y mostrarse asertivo, saber cuándo empujar y cuándo decir "no" aun a riesgo de caer mal o incluso perder a un estudiante.  Y seguramente también tenga que ser capaz de no tomarse nada a título personal y volver a abrir la puerta sin rencores a quien, arrepentido, le pida disculpas.

Los profesores, como los colores, están sujetos a los gustos particulares de cada uno.  Personalmente he conocido a profesores que me han encantado por el entusiasmo que destilaban, por su personalidad activa y su manera de transmitir alegre, segura, que contagiaba confianza.  Pero también he conocido a profesores y profesoras prudentes que preferían caminar sobre seguro e ir muy poco a poco, que también me han gustado mucho.  Por otro lado, he conocido a profesores con gran experiencia e indudable capacidad técnica que he aborrecido a pesar de lo excelentes que les parecieran a otras personas.  Recuerdo un caso especialmente sangrante de un profesor sumamente experimentado con el que practiqué durante dos semanas durante unas vacaciones y que me dejó sensaciones muy negativas, con una manera de enseñar que podría calificarse de desdeñosa.  Este hombre en concreto, cuyo nombre no revelaré, quizás me estuviese poniendo a prueba y tratara de estimularme mediante una estrategia de refuerzo negativo, pero en lo que a mí respecta se equivocó y no quise volver a saber nada de él.  Y por supuesto, también he conocido a otros que me gustaron durante un tiempo y después me dejaron de gustar.  Estoy pensando en una persona en concreto que se echó a perder cuando determinadas circunstancias de su vida la amargaron y comenzó a salpicar este desánimo en las clases y en los estudiantes, que acabaron evitándola.  Sorprende cómo algunas personas son incapaces de compartimentar las diferentes esferas de la vida y llevan sus problemas personales y frustraciones a la shala de yoga en la que, supuestamente, deberían ser los principales catalizadores de bienestar.  Éste, en mi opinión, es un defecto que el buen profesor sin duda sabrá paliar.  La gente no acude a las clases de yoga a recibir palos, regañinas y burlas.  Se puede y se debe corregir a los estudiantes, por supuesto, pero tampoco hay que machacar sistemáticamente a las personas y menos porque a ti te estén machacando por otro lado.

Al final, ¿por qué nos acabamos quedando con un solo profesor?  No deja de ser curioso que la inmensa mayoría de los practicantes de Ashtanga Yoga a largo plazo que he conocido hayan estado casi todo el tiempo desde que empezaron con el mismo maestro.  Por supuesto que hay excepciones y muchas personas que empezaron con fulanito terminaron con menganita, pero sinceramente creo que no se puede discutir que en Ashtanga Yoga existe una clara tendencia hacia la estabilidad en este sentido y desde luego que, a diferencia de lo que sucede en otras disciplinas, no hay muchos estudiantes que se dediquen a volar de flor en flor y cambiar de profesor cada mes o cada temporada.  En Bilbao tampoco hay demasiadas opciones, pero en Madrid, por ejemplo, hace años que existe una amplia oferta de escuelas de Ashtanga Yoga que a cualquiera le podría llevar a pensar que seguramente exista una enconada guerra de precios u horarios para atraer a los estudiantes y que estos se vean continuamente tentados a cambiar de escuela.  La realidad es que la inmensa mayoría hace oídos sordos a los cantos de sirena y opta por quedarse años y décadas con su profesor pese a que por cercanía, economía u horario otro le pueda venir mejor y, si por circunstancias de la vida ha de alejarse de él, lo hace con una emotiva despedida como el que deja atrás a su familia para irse a trabajar al extranjero.  Tal vez muchos vean en esto un problema de apego, de posesividad, de falta de templanza o aparigraha, de miedo a perder lo que se tiene, pero personalmente creo que se trata de una cuestión mucho más sutil.

Ashtanga Yoga Madrid y Ashtanga Yoga Bilbao juntos de nuevo durante el taller de Peter Sanson en mayo'18-  De izquierda a derecha: Noa, Susanna Berenguer, Nines, Borja Romero-Valdespino, Fernando y Francesco Visioli, un viejo amigo italiano de nuestros tiempos en Madrid y veterano practicante de Ashtanga Yoga.  Nuestra marcha de Madrid y la rotura con todos estos vínculos a veces nos da la impresión de habernos quedado huérfanos.  Por suerte, el teléfono y las ocasionales visitas tan que ésta siempre están ahí para paliarlo. 

Nosotros, por ejemplo, estuvimos todo el tiempo con Borja.  Conocimos, claro, a otros profesores, bien porque viajábamos, porque en Ashtanga Yoga Madrid se organizaban talleres con otros profesores o porque Borja contaba con otras personas para cubrir determinados horarios de la semana, sus vacaciones y sus viajes a la India.  Así fue que a lo largo de los años tuvimos la oportunidad de conocer a otros profesores, algunos de los cuales nos encantaron y con los que forjamos una especial relación, como Sandra Maldonado, Patricia Acuña, Sara Menéndez, Alexia Pita, Gabriella Pascoli y por supuesto Peter Sanson, tan geniales como diferentes.  Pero Borja era nuestro profesor; los demás, claramente, era sus sustitutos y, en realidad, aunque Borja no estuviera en ese momento ahí, seguía siendo su casa y puede decirse que su energía permanecía.  Al final, la relación que estableces con tu profesor, y como bien decía BKS Iyengar en su texto, acaba siendo tan estrecha como la que se tiene entre miembros de la misma familia.  Puede que tu padre tenga defectos y que con el paso del tiempo llamen más la atención que sus virtudes.  Sin embargo, sigue siendo tu padre y no se te pasará por la cabeza cambiarlo; sabes que es la persona adecuada para guiarte y confías en él y en el espacio físico y la comunidad de gente -familia- que se ha construido a su alrededor.  En conclusión, con tu maestro estableces una conexión familiar aunque sin el componente biológico, lo cual en realidad no supone ningún impedimento.  Al fin y al cabo, entre el marido y la mujer y entre los hijos adoptados y sus padres de adopción tampoco se comparten genes y, sin embargo, entre ellos existe un gran vínculo más allá del apego o la rutina.

Para mí, ya lo he dicho otras veces, Borja ha sido como un hermano mayor.  He aprendido muchísimo de él en todos los aspectos de la práctica y de la vida y, sin que jamás me hablara ni seguramente pensara en ello, es uno de los grandes responsables del nacimiento de Ashtanga Yoga Bilbao, que por todos lados muestra influencias suyas.  Una de las mejores características que puedo extraer de Borja es su gran corazón y generosidad, tanto en el aspecto material como en el humano y también en el de la enseñanza.  Por otro lado, sus manos están dotadas de una gran sensibilidad y técnica y aún hoy recordamos muchos de sus ajustes, a cuya destreza pocas personas se acercan.  Cuando se aproximaba a ti parecía como si se detuviera el tiempo y durante los segundos o minutos necesarios te entregaba su atención plena aunque hubiera otras treinta personas en la clase.  Tuve ocasión de conocerlo desde dos ángulos muy diferentes: primero como alumno suyo y luego, durante seis años, como su ayudante, y siempre mostró una faceta cauta pero alegre, abierta y desprendida, dispuesto a ayudar a la gente y a enseñarnos todo lo que sabía, técnicas, criterios y ajustes sin guardarse recetas secretas.  Otra gran característica de Borja era la capacidad de ser flexible como un junco con las personas, siempre eludiendo juicios y enfrentamientos.  Sé de algunos alumnos conflictivos que, tras liarla parda en varias escuelas, tuvieron vetado el acceso.  Con Borja también la liaron parda, pero el rencor no es algo que tenga cabida en él, y una y otra vez esos alumnos conflictivos regresaban y Borja de nuevo les abría la puerta con una sonrisa sincera.

Y por último, por supuesto, hay que hablar también de Sharath Jois, Sharathji, paramagurú de Ashtanga Yoga y nieto de K. Pattabhi Jois.  En pocas semanas pondremos rumbo hacia la India para situarnos a sus pies una vez más.  Sharathji estuvo al lado de su abuelo desde 1989 hasta su deceso en el 2009 convirtiéndose en el sucesor natural al frente del Instituto de Ashtanga Yoga que fundara Pattabhi Jois en 1948.  Inevitablemente criticado y puesto en tela de juicio por algunos, para una gran mayoría de la comunidad internacional de Ashtanga Yoga, Sharathji es la máxima autoridad de esta tradición como su paramagurú, la fuente actual del parampara o linaje de conocimientos transmitidos de generación en generación.  Borja Romero-Valdespino, José Carballal, Peter Sanson y nosotros mismos somos las ramas de un árbol en cuyo tronco se sitúa Sharathji, que preserva el legado de su abuelo, quien a su vez preservó el legado de Krishnamacharya y a su vez preservó el de Ramamohan Brahmachari.  Aparte de este importante papel, Sharathji es un excelente profesor que predica con el ejemplo: practicante comprometido, maestro experimentado dotado de una sabiduría, técnica y sensibilidad extraordinarias que lo hacen capaz de enseñar tanto a un principiante atascado en los marichyasanas como a un veterano de la cuarta serie.  La conversión de Ashtanga Yoga a un fenómeno mundial ha situado una gran responsabilidad sobre sus espaldas pero él ha sabido estar a la altura y granjearse el respeto de toda la comunidad.  Las últimas palabras de esta entrada del blog serán precisamente suyas, su reflexión acerca de la importancia del profesor de yoga.  Debo decir que este texto con fecha de enero del 2017 publicado en la página web Sonima, ha sido la fuente de inspiración de toda la entrada:

Sharath Jois sobre la importancia de tener un profesor.

Cuando enseño en Mysore, India, veo a alrededor de dos mil estudiantes a lo largo de seis meses.  Durante las giras, veo al doble de esa cantidad de gente por todo el mundo.  Y no sólo vienen antiguos estudiantes.  Hay muchos nuevos estudiantes que nunca han experimentado el yoga.  Corrijo sus asanas y les ayudo a construir una base.  Animo a estos estudiantes a que se interesen en el yoga.  No son sólo dos horas de práctica sobre tu esterilla.  Es el modo en que vives, la manera en que te comportas en el día a día.  Ashtanga Yoga es un modo de vida.  Sin una estructura y unos cimientos sólidos el edificio no se mantendrá en pie.

En el yoga, es sumamente importante tener un gurú que te guíe.  Es como cuando un bebé aprende a caminar.  Al bebé se le anima a que dé un paso adelante.  Si se cae, alguien está allí para levantarlo.  Después de que el bebé ha aprendido a caminar, el acto en sí se traslada a un segundo plano y ya no requiere el mismo apoyo.  En el caso del yoga también necesitamos al principio que nos animen a dar los primeros pasos.  Cuando los estudiantes antiguos y los nuevos practican juntos, se inspiran el uno al otro.  Más adelante, en los niveles elevados de yoga, no precisas ánimo.  Como el caminar, surge de forma natural.

La yoga sadhana, no obstante, es una cuestión individual.  Únicamente a través de tu propio esfuerzo, educación y aprendizaje que te situarás en la dirección correcta.  Al mismo tiempo, necesitas guía.  Un gurú proporciona a los estudiantes una perspectiva más amplia sobre el yoga.  La gente se esfuerza en saber lo que no saben.  Se afanan en saber qué es el yoga; qué es la espiritualidad, cuál es el significado de esto; cuál es el propósito de hacer aquello...  Todos intentamos responder preguntas.  ¿Cuál es el sentido de esta vida?  ¿Cuál es el objetivo de la espiritualidad?  ¿Cómo podemos tener éxito, como podemos lograr vivir mejor en el tiempo que nos queda en este mundo?

Tenemos que encontrar la manera de ir más adentro, profundizar en la práctica.  No tenemos que quedarnos atascados en un grupo de personas que simplemente hablan sobre asanas e intentan explicar cómo hacer el pino y cómo hacer los puentes.  Ese conocimiento es muy limitado y de escasa importancia.  Lo que necesitas saber es cómo prepararte para acceder al conocimiento superior.  En esto consiste la práctica de yoga.  Yoga es sólo una idea, como la consciencia y la consciencia superior.  También es como una herramienta.  Un gurú proporciona herramientas a los estudiantes.  Un gurú les muestra cómo emplearlas para descubrir esta luz brillante, que se denomina nana.  El asana es sólo parte de ella.  Tenemos que juntarnos y practicar para ir en esta dirección.  Si los estudiantes no saben cómo utilizar las herramientas, es un desastre.

El conocimiento sólo se puede transmitir a través de un gurú, de tu profesor.  Mucha gente sube a Youtube vídeos de yoga, pero no conectan con las personas.  Todos quieren copiarse los unos a los otros.  Mucha gente quiere escribir un libro hoy día.  Copian párrafos de otros libros y los pegan en su propio libro.  Copian y pegan, eso es todo.  La gente vive una vida de copia y pega.  No hay ninguna experiencia en ello.  Quieren copiar la vida de otra persona que les parece mejor y pegarla en su propia vida.  Miran vídeos para ver cómo hacer asana, pero no experimentan la enseñanza o la energía de su gurú.  No experimentan la vida real.  Si no fluye la energía a través de tu gurú, no existe conexión.  Muchas cosas se han perdido.  Muchas cosas se han diluido.  Sin esto, no llegarás a experimentar el yoga verdadero.

Durante mis giras, intento proporcionar a los estudiantes la perspectiva de una práctica auténtica de la manera que yo la entiendo.  Trato de presentarla de mi propio modo.  Es importante incluso si sólo ayuda a unos pocos de ellos a que se interesen en el yoga y se sientan animados a saber de qué va esta práctica.  Tengo la esperanza de que todo el mundo tenga la oportunidad de experimentar el verdadero yoga.

miércoles, 29 de junio de 2016

Paramagurú Sharath Jois y gurú Borja Romero-Valdespino.



Sharath Jois, nieto de Sri Krishna Pattabhi Jois y director del Instituto de Ashtanga Yoga -KPJAYI- en Mysore, India, acaba de concluir un tour de varias semanas en los Estados Unidos, con clases en varias ciudades que han atraído a multitudes y tenido una notable repercusión en las redes sociales.  Los carteles en los que se publicitaban las etapas del tour investían sobre Sharath Jois el título de Paramagurú, o gurú del parampara, reconociéndolo como la cabeza saliente del linaje de Ashtanga Yoga, el Gurú de todos los gurús de esta tradición tras Ramamohan Bramacharya, Tirumalai Krishnamacharya y Krishna Pattabhi Jois.

El concepto de gurú nos resulta muy exótico aquí en Occidente, y hasta diríase que provoca cierto rechazo por las connotaciones que se le suelen atribuir.  Gurú, en muchos casos históricos, ha sido sinónimo de perturbado que se erige en el líder religioso de una secta en la que se abusa económica y sexualmente de un grupo de enfervorecidos acólitos que predican obediencia fanática a su líder.  Por desgracia, cuando se saca a colación la palabra gurú, nuestra memoria cultural no evoca a Ramakrishna o a Yogananda, sino a David Koresh y Charles Manson, que guardan tanta relación con los anteriores como la velocidad con el tocino. 

En realidad, un verdadero gurú se acerca más a la generosidad que al interés.  Dedica su tiempo, su esfuerzo y hasta su salud y capacidad económica en transmitir sin esperar nada a cambio, por el mero deseo de enseñar y guiar.  Literalmente, gurú significa "el que elimina la oscuridad" y es, por lo tanto, alguien que conduce al discípulo hacia la luz, hacia la sabiduría, hacia la iluminación.  Tiene un alcance más amplio que el de un simple maestro de escuela, puesto que su enseñanza va más allá de impartir desde la tarima una serie de conocimientos y esperar que el discípulo se empape de ellos.  El gurú es alguien que conoce íntimamente a su discípulo, sus defectos y sus virtudes, y se esfuerza en sacarlo de la confusión, de la ignorancia y conducirlo hacia la claridad, ayudándolo a descubrir por sí mismo su dormido potencial interno.  Esto siempre ha de hacerlo de manera generosa, altruista, limpia, sáttvica.  Lo más parecido que podemos encontrar en nuestra cultura es la figura del padre que desea lo mejor para su hijo y que, sabedor de sus capacidades, lo orienta y ayuda en la vida para que alcance la realización y la felicidad.  La diferencia principal entre la figura de un padre en Occidente y el de un gurú en Oriente estriba en que una buena parte de los conocimientos que el gurú pretende transmitir se engloban dentro de una tradición de filosofía, autorrealización y búsqueda espiritual que, en el caso del yoga, acompañarán al discípulo incluso más allá de esta existencia.  

Sharath Jois a los pies de su gurú y abuelo Sri K. Pattabhi Jois.  Portada del libro Ashtanga Yoga Anusthana.

De hecho, la manera en que tradicionalmente se ha enseñado el yoga, en lo que se conoce como relación parampara o gurú-shishya, implicaba que el discípulo debía vivir en casa de su gurú como un miembro más de la familia.  De alguna manera, el gurú se convertía en un segundo padre que enseñaba al discípulo mediante su conocimiento y experiencia, sí, pero también mediante su propio ejemplo, a andar un camino que él mismo había recorrido.  El gurú es una fuente de conocimiento para el discípulo pero también una inspiración, un modelo a seguir que se gana el respeto y devoción por méritos propios, recorrido y ejemplo diario, no un líder al que se presta juramento incondicional y se sigue irracionalmente.

La relación gurú-shishya, gurú-discípulo que Krishnamacharya mantuvo con Ramamohan transcurrió de acuerdo con esta tradición.  Según contó él mismo, Krishnamacharya pasó siete años en las montañas aprendiendo, comiendo y durmiendo en la casa -cueva- de su maestro, de su gurú.  Pattabhi Jois no vivió, que se sepa, en casa de Krishnamacharya, pero sí mantuvo una dilatada relación de veinte años de la que surgió la práctica que conocemos hoy.  Sharath Jois, por último, fue un discípulo privilegiado que compartió el seno familiar con su abuelo y que aprendió el sistema de Ashtanga Yoga de primera mano durante décadas.

Cuando Ashtanga Yoga dio el salto a Occidente se produjo, en primer lugar, una diferencia cualitativa.  Los estudiantes y su gurú no compartían cultura ni idioma.  Pattabhi Jois -Guruji- no hablaba inglés fluido y sus estudiantes no se habían visto imbuidos desde la infancia en la idiosincrasia india, lo cual, a mi modo de ver, y a pesar de que la manera de enseñar de Guruji era más bien empática, supuso un importante obstáculo.  Aún así, puede afirmarse que los que viajaron a Mysore durante los primeros años gozaron de una relación muy cercana con Guruji que tampoco se diferenciaba demasiado del parampara tradicional que él mismo y los estudiantes de otras tradiciones de yoga habían vivido en generaciones anteriores.  Después, a medida que Ashtanga Yoga se fue popularizando surgió la diferencia cuantitativa; llegó un punto en que Guruji tenía tantos estudiantes que ese tipo de enseñanza íntima se fue haciendo cada vez más difícil.  La difusión global de Ashtanga Yoga en todos los continentes era algo positivo, sin duda, pero una de las consecuencias inevitables fue el resentimiento de la relación gurú-shishya tradicional.

Instantánea de una clase guiada por Sharath Jois en Nueva York durante el tour de junio 2016.

Hoy día, el reto que Sharath afronta en Mysore con trescientos-cuatrocientos estudiantes cada mes y millares cada temporada es inmenso.  En jornadas maratonianas de más de diez horas entre mañana y tarde, con gran sacrificio personal, mantiene vivo el legado de su abuelo y de Krishnamacharya buscando que sus enseñanzas alcancen y beneficien al mayor número de personas posible.  Su esfuerzo es realmente digno de elogio pero, todo hay que decirlo, la relación que mantiene hoy con sus estudiantes es una caricatura de la que Ramakrishna tuvo con Vivekananda, Yogananda con Sri Yukteswar y desde luego Krishnamacharya con Ramamohan, Pattabhi Jois con aquél o el propio Sharath con su abuelo.  No hay forma humana de que un maestro conozca a todos y cada uno de los estudiantes que acuden hoy a Mysore de la misma manera que Guruji conoció a los pioneros de los años setenta, ochenta y noventa, quienes le llamaban por teléfono a casa para avisarle de que llegaban en unos días, se quedaban a dormir bajo su techo y compartían almuerzo y sobremesa.  Quizás Sharath pueda conocer nuestra práctica física y mediante su ojo experto y manos hábiles hacer un seguimiento efectivo de nuestra evolución, de nuestras limitaciones y de lo que nuestra mente refleja en nuestros cuerpos.  Al fin y al cabo practicando con él cada mañana a lo largo de varios meses durante varios años se acaban acumulando muchas horas, y de la misma forma que nosotros podemos sentir su energía no cabe duda de que él también siente la nuestra; el intercambio es innegable y me consta que hasta algunos estudiantes de cuando en cuando han tenido ocasión de comer y charlar con él y su familia, pero ello no quita que a la mayoría de nosotros ni siquiera pueda llamarnos por nuestro nombre, todo un símbolo de lo que la popularización y masificación del Ashtanga Yoga ha supuesto para el parampara tradicional.

Sharath Jois es, sí, el Paramagurú de Ashtanga Yoga.  Como sucesor de Sri K. Pattabhi Jois al frente del Instituto de Ashtanga Yoga en Mysore ha asumido sobre sus hombros una tarea colosal: manejar el timón del trasatlántico en que se ha convertido este sistema de yoga, otrora una pequeño bote flotando en un remoto estanque de la India y que ahora surca los siete mares.  Su papel es fundamental porque, quieras que no, todos los profesores de todo el mundo acabamos aportando en nuestra enseñanza elementos propios.  Algunos aprendieron con Guruji hace mucho tiempo y no siguieron su evolución, por lo que enseñan en modo "cápsula del tiempo", otros por influencia de otros estilos o decisión propia optan por introducir modificaciones y sus alumnos y a veces hasta ellos mismos no acaban teniendo claro qué es la modificación y qué es lo original; otros simplemente no han ido nunca a Mysore y han aprendido "de aquella manera" a través de libros, vídeos, intuición o malos profesores y en lo que enseñan apenas se reconoce la práctica tradicional de Ashtanga Yoga.  Por ello, entiendo que la figura de Sharath es importante para asentar un estándar, una referencia común para que esta práctica no se acabe convirtiendo en un barrillo confuso que en un lado sea de una forma y en otro de la contraria.  Y por último, sobre todo ahora que me dedico a enseñar yoga, Sharath es también un ejemplo en el que fijarme, una inspiración que cada mañana, tal que yo mismo, se levanta a cultivar su práctica personal y después ayuda a sus estudiantes a andar su propio camino.

Sin embargo, aun reconociendo a Sharath Jois como Paramagurú de Ashtanga Yoga y, por tanto, la única persona que podía decidir a mi entender que me encontraba preparado para transmitir el método de Ashtanga Yoga en la tradición de su abuelo y emprender con legitimidad la aventura de Ashtanga Yoga Bilbao, lo que no puedo hacer es considerarlo mi gurú, al menos en el sentido tradicional del término.  Muchas personas que viajan a Mysore se refieren a él como su único maestro, como su gurú.  Entiendo que diferentes personas hayan tenido diferentes experiencias pero, en lo que a mí respecta y por todo lo que he dicho anteriormente, la única persona a la que sinceramente puedo considerar mi gurú es Borja Romero-Valdespino.

Nines, Pau, Borja y yo.

Borja y yo nos conocimos de una forma bastante graciosa.  Yo había conocido el yoga en Estados Unidos.  En un primer viaje en el 2004 entré en contacto con Bikram Yoga, el yoga que se enseña en el interior de una sala caliente tipo sauna, y en mi segundo viaje en el 2005 practiqué a diario durante tres meses en un centro de San Diego donde se impartían clases de diferentes estilos dinámicos, todos ellos variantes de Ashtanga Yoga.  A decir verdad, no tenía muy claro las diferencias: Power Yoga, Vinyasa Flow, Ashtanga Improved,.. todo me parecía esencialmente lo mismo; clases guiadas en las que había que hacer una curiosa respiración neumática que llamaban ujjayi y que comenzaban con saludos al sol, una secuencia de pie, otra de suelo y una última de cierre.  Era muy divertido y me gustaba bastante, así que a mi regreso a España tuve intención de continuar.  Corría el mes de enero del 2006 y en Bilbao no había nada, pero enseguida encontré trabajo en Madrid y ahí Google sí que escupió unos cuantos resultados.  Cerca del trabajo encontré una escuela de Bikram Yoga y uno de esos centros tutti-frutti en los que se imparten diversos estilos de yoga, entre ellos Ashtanga Yoga y Vinyasa, y allá que fui.

Durante tres meses estuve practicando con entusiasmo en aquellos dos sitios; Ashtanga y derivados entre semana y Bikram el fin de semana.  Finalmente, una soleada tarde de sábado del mes de abril del 2006, se produjo el feliz encuentro.  Había poca gente en la clase de Bikram Yoga; seis chicas y dos chicos.  El otro chico estaba en la parte de atrás, donde ponen a los nuevos en su clase de prueba.  En las duchas, tras la clase, coincidimos los dos únicos varones.  Recuerdo perfectamente la conversación, que él comenzó: "¿Te gusta Bikram Yoga?", a lo que respondí: "Bueno, la verdad es que prefiero Ashtanga, pero el sabado no hay otra cosa."  Quedó muy sorprendido por que conociese Ashtanga Yoga y me preguntó dónde practicaba.  Finalmente, me confesó que él tenía una escuela de Ashtanga y me dio una tarjeta.  "¿Cómo?  ¿Y por qué no sales en Internet?"  "Ya, tengo pendiente la web."  ¡Qué tiempos aquellos en los que no se encontraban escuelas de Ashtanga Yoga en Madrid por Google!  Si hoy echáis un vistazo, lo que os costará encontrar es un barrio que no tenga alguna...

A partir de entonces Borja siempre contaría, jocoso, que nos conocimos desnudos.  Curiosamente, el encuentro se produjo la primera y única vez en su vida que a Borja se le ocurrió probar una clase de Bikram Yoga.  ¿Casualidad?, ¿suerte?, ¿Providencia?  Lo más seguro es que hubiese acabado sabiendo de él en cualquier caso, pero me gusta pensar que hubo algo o alguien especial que propició ese primer encuentro.  El lunes siguiente fui a su clase, donde por fin pisé por primera vez una verdadera escuela de Ashtanga Yoga y aprendí a distinguir la práctica tradicional de imitaciones y sucedáneos.  Durante algunos meses continué yendo a los tres centros de yoga; el hecho de que en Ashtanga Yoga se hiciese siempre la misma frecuencia me provocaba cierto rechazo porque me había acostumbrado a clases distintas cada día, pero le fui cogiendo el gustillo y poco a poco me escoré hacia el Ashtanga Yoga.  El mes de agosto fue el primero en que me acogí a la tarifa de mes ilimitado.  Y ya no lo dejé.

Pronto me convertí en un estudiante de los más asiduos en Ashtanga Yoga Madrid, y paralelamente a la práctica mi relación con Borja se fue afianzando.  Él me acompañó, ayudó y aconsejó durante toda una década a lo largo de todo este hermoso camino de autodescubrimiento.  Algunos años después, en el 2009, mientras asistía en Ibiza a uno de sus retiros de verano, me propuso convertirme en su asistente, algo que en verdad no se me había pasado por la cabeza pero que me pareció una excelente oportunidad para observar la práctica de Ashtanga Yoga desde una perspectiva completamente distinta.   Durante años, paso a paso, me fue enseñando sus métodos de enseñanza, técnicas, trucos y secretos, y me dio la oportunidad de desenvolverme en las clases de la primera escuela de Ashtanga Yoga en Madrid y descubrir los mil y un detalles de esta práctica aplicados a un sinfín de cuerpos y psicologías.  Sin duda, Borja fue el artífice de Ashtanga Yoga Bilbao.  Fui yo, y no él, quien tomó la decisión de abandonar Madrid y regresar a Bilbao, pero no cabe duda de que Borja encendió, para que pudiera verlos, los faroles que jalonaban el camino de regreso a Bilbao y hasta el rascacielos Bailén.  Si tuviera que buscar un rostro con el que ilustrar el término gurú en mi diccionario vital, sin duda escogería el de Borja.  Todavía hoy es la primera persona a la que recurro cada vez que tengo una consulta respecto a la práctica, la enseñanza, o la gestión de la escuela, por lo que gracias a la tecnología la relación sigue.

Si has conocido la práctica de Ashtanga Yoga en Madrid, es muy probable que Borja y el pequeño estudio que abrió con Natalia en la calle Juanelo, de manera directa o indirecta, se encuentren detrás de tu particular historia dentro de este estilo de yoga.  Porque si no fue él mismo quien te enseñó tu primer saludo al sol, seguro que se lo enseñó a tu profesor, al profesor de tu profesor o al profesor del profesor de tu profesor.  Pionero del Ashtanga Yoga en Madrid, Borja ha dado a conocer este sistema de yoga a miles de personas, a varias generaciones de ashtanguis, muchos de los cuales, tal que yo mismo, lo hemos acabado llevando a otros lugares lejos de la capital de España.

Borja y Guruji en el 2001.

Borja conoció a Guruji en el año 2000, en una época en que al escuchar la palabra Ashtanga a la gente le venía a la cabeza alguna clase de ropa interior y en los tiempos de la pequeña shala de Lakhsmipuram, cuando los estudiantes que acudían a Mysore eran una pequeña fracción de los que van hoy.  Con más de una docena de viajes a sus espaldas, ha conocido a Pattabhi Jois y a Sharath como ya pocos pueden hacerlo hoy debido a la masificación.  De hecho, estoy seguro de que Sharath no se acuerda de mi nombre, pero sí de que soy "Borja's student".  En mi primer viaje en el 2008, cuando entré en el office del Instituto de Ashtanga Yoga recién llegado a Mysore y me encontré de sopetón con Guruji y Sharath, no tuve más que mencionar el nombre de Borja y ellos enseguida asintieron sonrientes, repitiendo su nombre: "Borya, Borya" (sic).

Su amor y entrega por esta práctica le llevaron a abandonar un interesante trabajo estable en un canal de televisión privada y dedicarse a tiempo completo a la difusión del método de Ashtanga Yoga.  Autorizado en el 2005, durante muchos años fue el único profesor autorizado en Madrid y uno entre el puñado de profesores reconocidos por Guruji que había en España.  Devoto de su maestro, siguió de cerca las noticias respecto a su salud y cuando llegó aquel aciago día del mes de mayo del 2009, buscó a todo correr un sustituto para sus clases y cogió un avión para asistir al funeral de Guruji.  Fiel a su forma de ser, sin ostentaciones ni afán de notoriedad, no colgó fotos en Facebook ni publicó un extenso artículo en un blog tal que éste.  Borja prefiere guardar sus experiencias para sí y enseñar en distancias cortas, sin levantar la voz ni pontificar.  De hecho, me ha parecido muy sorprendente encontrarme en Bilbao a gente que practicó Ashtanga Yoga en Madrid y que no tenía ni idea de la existencia de Borja, a pesar de que, tal y como he contado, su profesor o el profesor de su profesor sin duda dieron sus primeros pasos en Ashtanga Yoga en el viejo estudio de la calle Juanelo que Borja regentaba.  ¡Lo que puede dar de sí una buena estrategia comercial!  El marketing y la publicidad, la verdad, no han sido nunca su fuerte.  Sólo con decir que en menos de un año de existencia de Ashtanga Yoga Bilbao, nuestra página de Facebook tiene casi tantos seguidores como la de Ashtanga Yoga Madrid...  

Tampoco quiero desgranar aquí todas las facetas de la personalidad de Borja.  Él va a leer esta entrada y no deseo hacerle sentir desnudo.  Simplemente contaré una anécdota de la que fui protagonista y con la que espero no importunarlo.  En la primavera del año 2007 tuve un ataque de apendicitis que no se resolvió con cirugía sino con una prolongada estancia de dos semanas en el hospital Gregorio Marañón a base de antibióticos por vía intravenosa.  Pues bien, además de las esperadas y diarias visitas familiares, recibí también la visita de unos cuantos amigos, entre ellos Borja y su mujer Susana -que, por cierto, a día de hoy está a punto de dar a luz a su segundo hijo; un beso desde aquí-, quienes me visitaron no una, sino dos veces.  Quizás pueda parecer un comportamiento lógico hasta cierto punto; yo era uno de sus estudiantes y estaba ingresado en el hospital sin que estuviera del todo claro qué era lo que me pasaba pero leñe, ¿dos visitas?  Yo no era ni mucho menos un amigo íntimo, apenas llevaba un año como estudiante en Juanelo y mi personalidad norteña tampoco había propiciado que se forjase ninguna amistad prematura, así que aquellas dos visitas las interpreté correctamente como un anticipo de lo que había en el interior de su corazón.

En efecto, al cabo de todos aquellos años en Madrid en que tuve la oportunidad de estar tan cerca de Borja, pude saber y ser testigo directo de innumerables gestos verdaderamente encomiables que iban mucho más allá del deber y de la caridad.  Y lejos de buscar reconocimiento público, palmaditas en la espalda y "likes" en las redes sociales, Borja siempre optaba por mantenerlos en celoso anonimato.  Así que, más allá de sus abundantes enseñanzas respecto a la práctica, de sus precisos ajustes y sabios consejos, Borja me ilustró mediante su propio ejemplo aquello que Sharath Jois no cesa de repetir hasta la saciedad en sus conferencias: las asanas son dos horas cada día, el yoga veinticuatro horas.  De nada sirve convertirse en un gran gimnasta, flexible y fuerte, si tus actos no van en consonancia, si no pones en práctica los yamas y los niyamas y no aportas tu granito de arena para hacer del mundo un lugar mejor.  

Esta entrada se la quiero dedicar a mi Paramagurú Sharath Jois y a mi gurú Borja Romero-Valdespino, que tanto me han enseñado e inspirado y a quienes debo todo lo que sé respecto a este maravilloso sistema de yoga, un verdadero soplo de aire fresco en la sociedad moderna.  Todo lo bueno se lo debo a ellos; lo malo es responsabilidad mía.  El cumpleaños de Borja tuvo lugar el pasado domingo 26 de junio y esta entrada estaba pensada a modo de homenaje de cumpleaños.  Mi habitual capacidad de alargarme ha postergado la publicación algunos días, ¡pero espero le haya gustado igualmente!