lunes, 27 de febrero de 2017

Ashtanga Yoga Bilbao en India: amanecer, práctica y despedida.


rasmi-mantam samudyantam devasura-namaskrtam
pujayasva vivasvantam bhaskaram bhuvanesvaram

Adora al dios-sol naciente, el dominador de mundos, quien está coronado de rayos,
quien es saludado por dioses y demonios y quien ilumina al mundo.


Así empezaban las mañanas durante el taller que Peter Sanson celebra en Madrid cada mes de mayo desde hace más de una década y al que Nines y yo asistimos invariablemente hasta el 2015.  Sin duda un momento muy especial que habrá quedado grabado en la memoria de todos los que alguna vez hayan asistido al turno de las 07:00 de la mañana y escuchado a Peter Sanson recitar de memoria los sesenta y cuatro versos del Aditya Hrdayam al principio de la clase -el duodécimo y decimotercero encabezan este artículo- y justo antes de cantar el mantra de Ashtanga Yoga que daba inicio a la sesión estilo Mysore del día.

Se trata de un precioso canto que aparece en el Ramayana, el gran drama épico del hinduismo además del Mahabharata en el que se describen las aventuras de Rama, séptimo avatar de Vishnu y legítimo rey de Ayodhya, durante el exilio de catorce años a que se vio forzado tras una conspiración en la corte.  En cierto momento, Rama entra en combate contra el rey-demonio Ravana.  Rama acierta una y otra vez con sus flechas cortando su cabeza, pero cual hidra griega la cabeza de Ravana rebrota sin cesar.  El gran sabio Agastya surge y le explica a Rama que la rectitud de Mandodari, esposa de Ravana, protege su vida, y que lo debe hacer es recitar el todopoderoso canto Aditya Hrdayam antes de extraer una flecha del carcaj y arrojársela a Ravana.  Sólo así logrará derrotar la protección de Mandodari.  Rama procede tal y como le aconseja Agastya, y al recitar el mantra de adoración al sol consigue un gran nivel de concentración mientras apunta su flecha y logra destruir a su enemigo de una vez por todas. 

La adoración al sol se encuentra detrás de muchas tradiciones de yoga, y desde luego fue una de las enseñanzas que Tirumalai Krishnamacharya transmitió a sus discípulos, entre ellos Pattabhi Jois, para quien el sol es una expresión visible y tangible del poder de Dios, creador, mantenedor y destructor de vida.  En su libro Yoga Mala y en el pequeño librito Suryanamaskara, Guruji explica que los antiguos sabios sabían que aquellos bendecidos por el Dios-Sol disfrutaban de vidas saludables, y por ello favorecía comenzar el día recitando de memoria el Aditya Hrdayam y a continuación practicando los Surya Namaskar -Saludos al Sol- de acuerdo con su método.

Espera de madrugada para entrar a una clase guiada en el KPJAYI.  Este año, gracias a Dios, se ha organizado una cola para evitar los embudos de otras temporadas.  La cola asciende toda la calle.

Debido a esto Guruji enseñaba yoga de madrugada antes de acudir a su trabajo en la Universidad de Sánscrito y aún hoy, mucho después de los tiempos de Pattabhi Jois como profesor de Universidad, las clases en Mysore comienzan a las 04:30 de la mañana.  El periodo anterior a la salida del sol se conoce como Brahmamuhurta, la hora de Brahma el creador.  Se trata del momento más propicio del día para entregarse a las prácticas espirituales que incluyen meditación y yoga.  Durante la hora y media anterior a la salida del sol, la mente se encuentra en un estado natural de calma y es más proclive a alcanzar estados de concentración profundos.  En el sentido más estricto, las 04:30 de la madrugada no es siempre Brahmamuhurta porque en Mysore durante buena parte del año el sol sale bastante más allá de las 07:00 de la mañana y la práctica de muchas personas empieza y termina antes de que haya el menor atisbo de los rayos del sol.  Brahmamuhurta no es una hora fija; va cambiando según se aleja o acerca el amanecer, pero la misma idea de adoración al sol subyace.  A la postre, dado que los turnos de práctica en la main shala se suceden desde las 04:30 hasta bien entrada la mañana -las 10:00 o más allá-, tan sólo algunos grupos de personas practican en la hora propicia.

Por todo esto se explica que en la tradición de Ashtanga Yoga lo habitual sea practicar temprano por la mañana.  En ciertas latitudes del globo -pensemos en el invierno finlandés- la salida del sol se puede retrasar o adelantar a horas realmente extravagantes, pero la realidad de la vida moderna ha hecho que la práctica tradicional de Ashtanga Yoga sea conocida en todos lados por llevarse a cabo temprano.  En algunas escuelas del mundo, de hecho, tan sólo hay clases antes del mediodía.  Sharath Jois suele decir que un verdadero sadhaka, un verdadero estudiante de yoga con disciplina, ha de practicar a primera hora.  Es lo habitual sí, pero tampoco lo obligatorio; al fin y al cabo el propio Sharath hoy día en Mysore enseña tanto en turno de mañana como de tarde, con un exiguo grupo de indios que empieza a partir de las 15:00.  Y durante años yo mismo hube de practicar por la tarde.  Cuando vivía en Madrid mi hora de entrada al trabajo eran las 08:00 de la mañana y ninguna escuela de Ashtanga Yoga abría antes de las 06:45; hoy por hoy es socio-culturalmente impensable que en España se impartan clases de yoga a las 05:00 de la mañana o antes tal y como sucede en otros países.  Por ello, y salvo algunas semanas excepcionales que me permitía el lujo de solicitar llegar más tarde al trabajo y compensarlo retrasando la hora de salida, durante mis años en Madrid mi práctica fue mayoritariamente vespertina.  Un mal menor, me figuro, a ojos de Krishnamacharya y Pattabhi Jois; al fin y al cabo es mejor practicar a una hora tardía que no hacerlo, ¿verdad?

Nines, por la mañana, a punto de entrar en el KPJAYI para una clase estilo Mysore.  Le tocaron unos horarios muy moderados para lo que estamos acostumbrados: 07:00 de la mañana para las clases estilo Mysore de martes a viernes y 06:00 de la mañana para las guiadas de sábado y lunes.

Pero el traslado a Bilbao cambió todo esto y, entre otras cosas, pasé a abrazar con fervor el Brahmamuhurta.  Me imagino que siempre he tenido la opción de practicar al mediodía o después de comer, pero me parecía lógico que el cambio de vida y hábitos incluyera también ceñirme a los aspectos más tradicionales de este linaje y practicar a la hora que estipulan los cánones.  El fin de semana me permito una mayor laxitud pero en la actualidad, y dado que las clases de la mañana entre semana en Ashtanga Yoga Bilbao comienzan a las 07:00, mi práctica empieza a las 04:45 y termina a las 06:30, lo que al menos en la época estival se aproxima bastante a Brahmamuhurta; en verano el sol sale antes de las 07:00 y en invierno después de las 08:00.  Brahmamuhurta, hora propicia para adorar al Sol o no, lo cierto es que después de más de un año mi organismo se ha habituado a esta disciplina y los alumnos de las 07:00 me encuentran despierto, practicado, desayunado y duchado.  Por su parte Nines, que en Ashtanga Yoga Madrid empezaba a las 06:45, ha adelantado ahora su práctica a las 05:30 para poder asistirme poco después del comienzo de las clases.  

Los efectos de la práctica a primera hora, ahora lo puedo decir tras haberlo vivido en mis carnes durante un largo periodo ininterrumpido, son varios:  En primer lugar, es indudable que en términos prácticos los primeros momentos del día son los más propicios para esta clase de actividad en la que se requiere un alto nivel de concentración.  Antes del amanecer la ciudad no se ha despertado aún y todos los posibles quehaceres que haya en ella quedan en suspenso.  Si hubiese elegido practicar, digamos que a las 11:00 de la mañana, seguramente que más de un día alguna de las obligaciones del mundo exterior, que de madrugada permanecía aletargada, me hubiera distraído, interrumpido o impedido llevar a buen término la práctica.  Nada más levantarse, aunque la mente se encuentre más dispuesta, el cuerpo todavía está dormido, rígido.  La práctica hay que afrontarla con respeto, sintiendo cómo la respiración y la musculatura van despertando, abriéndose poco a poco.  Los contrastes que suele haber en la práctica, con unos días en los que estás más duro y otros más flexible, por la mañana son mucho más acusados y conviene atenderlos con precaución.  El efecto del amanecer también se siente con mayor intensidad.  Me imagino que detrás hay una cuestión puramente biológica: niveles de melatonina y serotonina.  Desde las ventanas de Ashtanga Yoga Bilbao que están orientadas al este-noreste tenemos una fantástica perspectiva de la salida del sol y, quieras que no, el sistema hormonal del cuerpo no es ajeno a ello.  

El acceso a la main shala desde el hall de entrada en los instantes previos a una clase guiada de la primera serie.  Se aprovechan hasta el espacio en vestíbulo y vestuarios.  Apréciese el nuevo suelo de tarima.

La puerta de entrada a la main shala vista desde en interior, antes de una conferencia.  Justo encima está el reloj que marca la shala time, la hora oficial del KPJAYI que está entre quince y veinte minutos adelantada respecto a la hora que marcan los relojes.  Guruji, y por extensión Sharath, no sólo quieren que los estudiantes sean puntuales, sino incluso que lleguen mucho antes de lo debido.  Por ese motivo se cambió originalmente la hora de la shala

Sin duda, el trago más amargo desde nuestro traslado a Bilbao ha sido la ausencia de profesor.  Nines a partir de las 07:00 aún me ha tenido a mí, pero yo lo único de lo que he podido disfrutar ha sido de su leve compañía durante la parte final de mi práctica.  ¡Ni siquiera pudimos ser estudiantes cuando vino a Bilbao Tomás Zorzo!  Al final se apuntó tanta gente que tuvimos que asistirle los dos.  Por lo tanto, este viaje a Mysore ha estado orientado en buena medida a paliar el vacío de que hemos adolecido a este respecto.  No hay sitio en el mundo mejor que Mysore para hacer que un profesor vuelva a sentirse estudiante, y de hecho buena parte de esa magia de Mysore, ese Mysore magic del que tanto se habla, se explica cuando viajas a Mysore y te encuentras allí con tus propios profesores, con eminencias como Peter Sanson o Hendry Hamish que ya practicaban cuando los de mi generación éramos unos mocosos, con fenómenos mediáticos como Kino McGregor o Laruga Glaser que mueven a millones y con otros muchos maestros de Europa, Asia, América, África y Oceanía, haciendo cola para entrar en la main shala como uno más.  

Hasta el mes de enero Nines no comenzaba su periodo de estudio con Sharath y durante nuestra primera semana practicamos mano a mano en una habitación vacía de casa.  Sin poder matricularme en el KPJAYI y pesar de estar en Mysore rodeado de alternativas, era reacio a practicar con otras personas.  Sharath Jois es mi profesor y el único motivo por el que siempre he viajado a Mysore.  De entre todos los profesores que pululan por Mysore, si acaso el único que me sonaba interesante era BNS Iyengar, un nonagenario antiguo estudiante de Krishnamacharya y Pattabhi Jois en los tiempos del Maharajá.  Cuando quedamos con Marcello, un amigo italiano de nuestra época en Madrid que casualmente se encontraba también en Mysore, nos dijo que le conocía.  Marcello no practicaba con Sharath; lo intentó el año pasado pero como tantos otros fue rechazado, y aún así viajó a Mysore y encontró a un profesor llamado Shantaram, un gran desconocido que apenas tiene alumnos pero que le gustó por su peculiar manera de enseñar y con el que ya ha estado dos veces.  Shantaram da clases en el centro Yoga Mandala de Lakshmipuram por donde también se hace ver BNS Iyengar.  En teoría, Iyengar sólo acepta a gente que estudie con él durante un mes completo, pero Marcello le expuso mi situación e Iyengar estuvo dispuesto a aceptarme durante quince días.

Virabhadrasana A durante una clase guiada en el KPJAYI.

Sin embargo, al final no fui con Iyengar.  Practicar con él durante quince días y conocer su malhumorado carácter sin duda habría sido una interesante experiencia, pero implicaba tener que acudir a su escuela absolutamente todos los días -sábados, domingos, Nochevieja y Año Nuevo incluidos- hasta el mismo día de mi partida y no a primera hora -por lo visto a él no le preocupa lo de Brahmamuhurta- sino al mediodía, justo en el momento en que teníamos que realizar todos los trámites para Ashtanga Yoga Bilbao.  Así que, finalmente y lamentándolo porque debido a su avanzada edad quizás no volviera a tener otra oportunidad similar, decliné su oferta de un "curso" de quince días.  Como Nines se quedaba más tiempo quizás ella podría haberlo hecho, pero una de las condiciones que te imponen cuando te matriculas en el KPJAYI es que te comprometes a no practicar yoga ni meditación con otros profesores.  Incluso te hacen firmar un papel en el que asumes que si te descubren serás expulsado.  Me imagino que Sharath no tiene en nómina a detectives con sombreros de ala gacha que se dediquen a buscar a alumnos suyos en otras escuelas, pero cuando te sometes a la tutela de un maestro, y en especial de un maestro de yoga, hay que hacer las cosas de la manera correcta y no sólo por miedo a ser descubierto.

A través de Carol, una chica chilena que estuvo con nosotros en Ashtanga Yoga Bilbao durante algunos meses, llegamos hasta MS Viswanath, conocido como Masterji.  Había oído hablar de él, pero no sabía que era sobrino del mismísimo Pattabhi Jois; fue su estudiante durante quince años y lleva más de cuatro décadas enseñando la práctica de Ashtanga Yoga que aprendió con su tío, lo cual le sumaba varios puntos positivos.  Carol nos dio buenas referencias y Masterji nos dejaba apuntarnos semanas sueltas, así que la última semana de diciembre estuvimos yendo a su escuela en Yadavagiri, a media hora a pie desde Gokulam.

Guruji y Masterji.

Masterji debe rondar los setenta años pero no se ciñe al tópico del profesor de yoga indio viejo y gruñón; es sonriente y no tiene un guión al que todos deban ceñirse so pena de ser regañados.  Con él, por ejemplo, pude hacer segunda serie al tercer día.  Le pedí permiso y me dijo que no había problema; seguramente podría haberla hecho desde el primero.  Sharath, por el contrario, tiene que ser él el que te vaya diciendo cuándo puedes ir haciendo cada una de las posturas de la serie intermedia, y rara vez deja hacer a alguien pashasana en su primer mes.  Masterji tampoco puso reparos en que hiciera la secuencia de backbendings con pinos, algo que en teoría sólo se debe hacer cuando se termina la serie intermedia -yo llego hasta karandavasana- y no cierra en días de luna llena y nueva.  En general fue una experiencia positiva sobre todo por el hecho de practicar al lado de otras personas y cómoda, puesto que me estuve levantando varias horas más tarde de lo que estoy acostumbrado en Bilbao, pero tampoco como para que se prolongase más allá de aquella semana.  En enero, cuando Nines empezó con Sharath, yo practiqué en casa.

La escuela de Masterji es bastante grande, con un incómodo suelo de mármol frío que podría albergar a unas cuarenta personas, aunque a lo sumo llegamos a ver a una veintena en aquella semana.  Tiene a unos cuantos estudiantes devotos, gente que viaja a Mysore expresamente para estar con él.  Me sorprendió encontrar entre ellos a una chica griega con la que había coincidido durante varias temporadas en la main shala.  Se trata de una profesora autorizada nivel 2 por el KPJAYI con una práctica muy avanzada de tercera serie completa que vive en Mysore todo el año.  Asumí que practicaba con Sharath los tres meses máximos permitidos por temporada y el resto del tiempo con Masterji, pero cuando hablé con ella me dijo que en realidad había elegido dejar de practicar con Sharath y quedarse con Masterji.

La main shala durante una conferencia, abarrotada.

Detrás de esto está el clásico de todas mis crónicas: la sobresaturación del KPJAYI.  No ahondaré demasiado en un asunto del que ya he hablado otras veces; es tan fuerte el reclamo que ejerce la escuela que fundara Pattabhi Jois y que ahora dirige su nieto Sharath Jois y son tantas las personas que desean practicar en la fuente de Ashtanga Yoga, que por muy grandes que sean los esfuerzos de Sharath siempre hay gente que queda descontenta.  Sharath está al pie del cañón durante toda la mañana; desde las 04:00 hasta las 10:00 o hasta la hora que haya gente, pero en la main shala caben más de sesenta personas y no puede abarcarlos a todos; se sirve de equipos de tres asistentes, profesores autorizados, que llevan el peso de los ajustes.  Sharath está pendiente de todo, vigilante, se encarga de controlar quién es el siguiente en entrar -"One more!"-, "da" o enseña nuevas posturas, ajusta a algunos, regaña a otros y, en definitiva, conduce la clase como sólo puede hacerlo quien acumula décadas y millares de alumnos de experiencia.  Pero en un sitio como el KPJAYI, lo que Sharath no puede hacer es enseñar en detalle.  Entre trescientas y cuatrocientas personas pasan por la main shala cada mañana; unos dos mil en los seis meses de temporada entre octubre y marzo, y cada uno tiene su propia historia, sus circunstancias y sus necesidades.  A lo largo de un periodo de estudio típico de dos o tres meses prácticamente todos reciben un puñado de enseñanzas, consejos, ajustes o demostraciones suyas que en muchos casos son la clave para descubrir la manera correcta de hacer algo, llegar adonde nunca habían creído posible o superar alguna dificultad aparentemente insalvable, detalles que suelen dejar un fenomenal sabor de boca y que se recuerdan durante toda la vida como la perla de aquel viaje.  Sin embargo, en algunos casos existe también la expectativa o, porqué no, la verdadera necesidad de recibir un tipo de atención que, por desgracia, Sharath no está en condiciones de conceder.

Las personas decepcionadas constituyen el lado amargo del KPJAYI, su faceta más incómoda.  No se suele hablar de ellas; sus historias no quedan "bonito" al lado de las excelentes experiencias que yo y muchos hacemos llegar al exterior, pero son la real e inevitable consecuencia del momento histórico actual del Ashtanga Yoga en Mysore y en el mundo.  Detrás suele haber lesiones, peticiones o circunstancias especiales varias que no han recibido la suficiente atención.  Muchos tenemos -teníamos- cerca a un profesor que nos sigue de cerca y al que recurrimos con facilidad cuando nos topamos con dificultades; con él tallamos la forma del diamante y en Mysore lo pulimos, pero para otros la estancia en Mysore es el momento clave en el que se espera recibir las respuestas adecuadas a preguntas concretas largo tiempo ha formuladas.  En un caso concreto del que supimos personalmente, una chica que arrastraba desde hacía años una molesta contractura en el hombro con posible origen cervical nada más llegar a Mysore acudió a Sharath en busca de consejo.  Tuvo que hacer su solicitud a través de Usha la secretaria, que la citó varias semanas, casi un mes después, mientras el dolor iba a mayores y se extendía al cuadro lumbar.  Cuando finalmente le pudo contar su problema con detalle, Sharath mostró interés y le propuso cambiarse a las clases de la tarde para indios y residentes, donde al haber poca gente podría atenderla con mayor detenimiento.  El plan pintaba bien, pero la realidad fue muy distinta a lo esperado.  Tras el mogollón de la mañana, Sharath se tomaba las clases de la tarde con calma; a veces ni siquiera aparecía, y cuando lo hacía a menudo se pasaba buena parte del tiempo recibiendo "appointments" o citas programadas con estudiantes tal que la que ella misma había tenido.  Total que, al cabo de varias semanas, tras su segundo mes completo en el KPJAYI y sin haber recibido más que algún que otro consejo superficial, obvio y poco efectivo, la chica decidió no renovar su inscripción para un tercer mes y acabó apuntándose con Masterji, con quien sí, por fin, obtuvo nuevas pautas y cambios en su rutina que empezaron a encauzar el problema.  

Cola de espera para una clase de chanting.

Mi propia experiencia con Sharath en este viaje también merece un comentario.  Aunque no me hubiesen aceptado para estudiar en el KPJAYI, se me ocurrió que al menos intentaría hablar con Sharath y contarle lo que habíamos hecho en Bilbao en estos dos años transcurridos desde que me diese su blessing.  Seleccioné varias fotos y preparé un álbum cronológico de lo que había sido hasta ese momento la aventura de Ashtanga Yoga Bilbao: una foto mía con Sharath, una foto "familiar" en Ashtanga Yoga Madrid con Borja, Susana, Pau, Nines y yo, un mapa con la ubicación de Bilbao en Europa, imágenes generales de Bilbao y del Rascacielos Bailén, fotografías de la obra y del resultado final, imágenes de las clases, de los eventos varios que hemos organizado como los conciertos de cuencos tibetanos y santoor o el taller con Tomás Zorzo, viejo conocido suyo, e incluso una pequeña selección de las flores más bonitas del altar de Guruji que, como saben los asiduos de Ashtanga Yoga Bilbao, renovamos cada semana.  Le añadí textos explicativos en inglés para que a lo largo de las veinte páginas del álbum Sharath se pudiera hacer una idea general de nuestra corta pero intensa historia y lo metí en la maleta.

Estaba bastante ilusionado con el álbum.  El cometido de mi viaje, se lo dije a muchos, era comprar un Ganesha para Ashtanga Yoga Bilbao, encargar esterillas con nuestro logo bordado y enseñarle a Sharath nuestras fotos.  Aunque yo no sea ni mucho menos un íntimo suyo me imaginaba que le parecerían imágenes de lo más exóticas y que le emocionaría saber que sus enseñanzas y las de su abuelo habían sido llevadas a un nuevo rincón del mundo de manos de uno de los estudiantes en los que había depositado su confianza.

En el segundo o tercer día nada más llegar me dirigí al KPJAYI.  Prakash, el portero, me observó con el ceño fruncido.  Me conocía de sobra por temporadas anteriores y siempre se había mostrado amable y sonriente, pero sabía que aquel año no estaba registrado y me pidió explicaciones.  De hecho, todas las veces que me acerqué a las puertas del KPJAYI recibí el mismo trato por su parte, lo que me dejaba un tanto incómodo, como si no fuese de fiar y tuviera que andar precavido conmigo porque si se despistaba me iba a colar a robar o qué sé yo.  Dentro, Usha no se mostró demasiado conmovida ante mi iniciativa de traerle un álbum de fotos a Sharathji.  Según sus palabras textuales, tenía "instrucciones estrictas respecto a esa clase de peticiones" y Sharath "no podía atenderme" porque se encuentra "muy ocupado con las clases y los registros" y que volviera "en otro momento".  Los registros -registrations- y re-registros tienen lugar entre los últimos tres días de cada mes y hasta el cinco del mes siguiente.  Nos encontrábamos en torno al día 20 de diciembre y regresaba a casa el 7 de enero, así que traté de hacerle entender a Usha que seguramente aquél y no otro sería el mejor momento.  Además de las fotos había traído un regalo -unos dulces navideños lacto-vegetarianos de Andalucía que encontré en el Corte Inglés dentro de una caja de metal muy bonita- y me gustaría poder dárselos en persona.  Sin embargo, Usha no dio su brazo a torcer y me emplazó a regresar el 6 de enero, mi último día, y probar suerte.

¡Ashtanga Yoga Bilbao en Mysore!  Una de las esterillas con el logo de Ashtanga Yooga Bilbao bordado, en la main shala de Mysore.  ¡Gracias a Jota por habernos comprado la primera esterilla!

Hubo suerte y el 6 de enero, con la maletas ya preparadas, Sharath me recibió en su despacho.  Se acordaba bien de mí y escuchó con gesto afable cuanto tenía que decirle respecto a los dos años que habían transcurrido sin vernos, la nueva escuela en Bilbao, la mala suerte que había tenido por no haber conseguido plaza y la buena que había tenido Nines.  Me dio las gracias por el regalo navideño, un poco pasado de fecha ya, pero cuando mencioné el álbum y mi intención de explicarle nuestra obra sobre las fotografías, se mostró tajante: "No tengo tiempo para ver fotos.  Tengo que dar una clase.  Dáselo a Usha y lo veré más tarde."  Tras esto parecía claro que no había mucho más de lo que hablar así que, expresando mi deseo de verlo la próxima temporada, me despedí.  No creo que el encuentro se prolongase más allá de los tres minutos.

¿Llegaría a ver las fotos?  La respuesta la obtuvo Nines a finales de enero, cuando estaba a punto de regresar.  Un día en la clase de chanting Nines vio a Usha en su oficina y le pidió el álbum de fotos.  La idea era que después de que Sharath lo viera Usha se lo devolviese a Nines.  Habían transcurrido varias semanas desde que se lo di y era el momento de recuperarlo, pero Usha le dijo, un tanto avergonzada, que "Sharath no lo había visto aún".  Nines insistió en recogerlo y Usha le señaló dónde estaba.  Nuestro álbum de Ashtanga Yoga Bilbao, que con tanto cariño había confeccionado a partir de centenares de fotos y una herramienta informática de montaje digital y que había llevado a imprimir a una tienda de fotografía, se encontraba amontonado en una gran pila de álbumes, libros y encuadernaciones varias, abandonado, perdido, olvidado.  Sharath no había encontrado tiempo para echar un vistazo a veinte páginas de fotografías en las que se resumía la historia de Ashtanga Yoga Bilbao.

Sharath Jois durante una de sus tradicionales conferencias con las que concluye la semana.

La chica con la contractura que abandonó a Sharath quizás había buscado la solución en la persona equivocada: no era en las manos de Masterji ni de Sharath, sino probablemente en las de un médico, en las que se tenía que haber puesto para abordar un problema que llevaba años enquistado.  Pero su ejemplo resulta paradigmático: Sharath dirige con genio y eficacia el funcionamiento de la principal escuela de Ashtanga Yoga del mundo, pero su tiempo, sus fuerzas y su capacidad de atención están desbordadas ante los inmensos números que maneja el KPJAYI y sencillamente no puede enseñar y atender en detalle.  Nosotros, que llevamos una escuela a una escala mucho menor, podemos hacernos cierta idea; si una tarde coinciden veinte personas apenas damos abasto y tenemos que diluir nuestro esfuerzo para abarcarlos a todos.  A muchos quizás les haya quedado la sensación de que los hemos dejado desatendidos, y eso que nosotros terminamos agotados.  Y al día siguiente, de nuevo a levantarnos de madrugada para practicar antes de la clase de las siete.  ¡No me quiero ni imaginar lo que debe ser tener dos hijos y despertarse a medianoche, como Sharath!  De hecho, de acuerdo con los rumores que se han escuchado esta temporada, su salud se ha resentido y está planteándose disfrutar de un año sabático tras el que quizás decida organizar las cosas de otra manera.  Al comienzo de la temporada convocó a los estudiantes en una gran parcela de terreno que ha adquirido en Mysore que tal vez desempeñe un papel en el futuro..

Para Nines éste ha sido el tercer viaje a Mysore, su segunda vez con Sharath y la primera que me despedía ella a mí y se quedaba sola.  Cómo cabía esperar, ha estado muy a gusto.  Lo cierto es que las impresiones positivas suelen ser mucho más numerosas que las negativas y en el caso de Nines, cualquier resquemor que pudiese albergar por tener que desenvolverse en solitario durante casi un mes quedó disipado desde el momento en que consolidó un grupo de viejas y nuevas amistades que le puso todo mucho más fácil.  ¡Al final no quería regresar a Bilbao!  Se le hacía difícil abandonar el calor del sol y de la main shala, los cocos y papayas, y sumergirse de nuevo en el húmedo invierno bilbaíno.

Paula, Romi, Nines y Rosa; Canarias, Buenos Aires, Bilbao y Milán.

La tarjeta de estudiante de Nines.  La hora de las 04:30 se la cambió Usha a las 06:00 a posteriori para que no tuviese que recorrer las calles sola tan temprano. 

El mes de estudio con Sharath le ha resultado verdaderamente transformador.  Cuando Nines volvió a Bilbao parecía como si en lugar de un mes hubiese estado todo un año, con su cuerpo respondiendo mucho mejor, más suelto, a los mismos ajustes cruciales de su práctica.  Un mes es bastante poco y aunque su primera serie sea soberbia, Sharath no le ha dejado empezar la serie intermedia -en su práctica habitual llega hasta kapotasana-.  No obstante, no cabe duda de que su práctica, si no en nuevas posturas, ha ganado en calidad.  En todo el mes Sharath tan sólo le ha tocado en un par de ocasiones, pero como es pequeñita -"One more, small!"- le ha tocado practicar muchas veces en el stage a su lado, por lo que ha estado siempre muy cerca de ella.  Su apoyo principal ha llegado de manos de uno de los asistentes de lujo con que contaba Sharath en enero: José Carballal de Mysore House Madrid.  Tiene cierta gracia viajar miles de kilómetros hasta la India para que el profesor que más te preste atención sea alguien de Madrid, pero ella le ha estado muy agradecida porque ha podido resolver uno de sus grandes bloqueos: el backbending.

Nines tuvo un problema de nacimiento y sus tendones de Aquiles son más cortos de lo normal, lo que resta movilidad a su juego de pies.  A pesar de ello, hace años que es perfectamente capaz de ejecutar la maniobra de los backbendings que se hace al comenzar la secuencia final de la práctica de Ashtanga Yoga, justo después de los tres urdhva dhanurasanas o puentes.  Para los que no lo sepan, los backbendings no son otra cosa que ponerse de pie desde el puente, volver a caer al puente y a continuación ponerse de nuevo de pie y así sucesivamente hasta haberse puesto de pie cuatro veces.  Nines lo puede hacer sin ayuda pero, debido a alguna clase de bloqueo mental, quizás relacionado con su limitación física, necesita tener cerca una presencia que le dé seguridad.  En realidad no hay que sujetarla ni hacer nada, tan sólo permanecer delante de ella y dejar que caiga y suba.  Tras su primera subida yo me voy alejando paso a paso, de manera que al final lo acaba haciendo completamente sola conmigo a dos metros de distancia.


Pues bien, al regresar de Mysore, Nines se ha puesto a hacer el backbending por su cuenta desde el primer día sin necesidad de ninguna presencia cerca.  El ambiente del KPJAYI y la pericia de José Carballal, que la ayudó a cerrar el puente un poco más cada día, apoyada en su respiración, le ha hecho ganar estabilidad y levantarse con una confianza que ha mantenido hasta el momento de escribir estas líneas, cuatro semanas después de su partida.

Seguramente haya aún muchas otras cosas que comentar, pero tampoco deseo redundar en los temas de crónicas anteriores y llegado este feliz punto siento que es el momento de dar por concluido el capítulo.  Y no se me ocurre una mejor forma de rubricarlo que reproducir algunos mensajes que la propia Nines me envió desde Mysore los días 31 de enero y 1 de febrero, a falta de pocas horas para emprender su viaje de regreso.  Me he permitido algunas licencias literarias, pero la esencia de su despedida es la siguiente:

Sharath Jois y Nines Blázquez, la "foto-resumen" de este viaje.

Acabo de terminar mi última práctica con Sharath y me voy con un estupendo sabor de boca.  Ya sabe que estoy subiendo sola de los puentes y seguramente porque hoy era mi último día le ha dicho al asistente que se ha acercado a ayudarme en los medios backbendings: "No, ve a hacer paschimattanasana a ése y yo le ajusto a ella."  Así que me he ido con el recuerdo de un segundo ajuste suyo, y de nuevo me he tocado los talones.  ¡Todo un honor que haya querido despedirse de mí de esta manera!  Fernando, la próxima vez que vengamos tiene que ser para más tiempo.  ¡Un mes no es nada!

Hoy practiqué en casa; hice hasta kapotasana y me agarré la mitad del pie. Tampoco me quería forzar, pero en esta primera práctica fuera de la main shala he notado que mi pecho estaba más abierto y mi curva lumbar más cerrada, incluso en laghu vajrasana.  Pero lo mejor ha sucedido cuando ha llegado el momento de enfrentarme sola al backbending.  El primero no me ha salido, pero luego he bajado, y subido, y bajado, y subido... ¡hasta ocho veces!  La clave estaba en no dejarme llevar por el miedo, sin precipitarme tras caer al puente y quedarme ahí un rato, respirando, a continuación llevar las manos un paso más hacia dentro y, finalmente, levantarme.  En realidad ha sido muy fácil, sin impulso, con control y los pies rectos.  Lo crea o no, ha llegado la hora de hacerme a la idea de que este gran bloqueo ha quedado atrás.  

Así que, aunque Sharath no me haya pasado a pashasana, mi práctica en este mes ha sido maravillosa; he logrado superar algo que me llevaba carcomiendo durante años y que pensaba sería imposible para mi.  Ha sido una verdadera gozada, un reto personal que para otros no tendrá importancia pero que a mí me sirve de gran ejemplo de superación y para ayudarme a tirar hacia adelante... ¡porque yo lo valgo!  Estoy enamorada del Ashtanga Yoga... ¡me lo ha dado todo! 

martes, 24 de enero de 2017

Ashtanga Yoga Bilbao en India: bienvenida, reencuentros y encargos.

Nines y Fernando en la puerta del KPJAYI, con su nueva pintura roja y letras doradas.

Por todo el Universo, brillen las estrellas o se extienda el negro vacío y allá donde los científicos dirijan sus instrumentos, existe una radiación residual, un ruido de fondo cósmico que se remonta al origen mismo del Universo.  Se trata del eco del Big Bang, una vibración electromagnética que llena el cosmos por completo y eleva su temperatura algunos grados por encima del cero absoluto, llevando a todos los confines del vasto espacio el recuerdo de la colosal descarga de energía que dio origen a todo.

A través de telescopios cada vez más sofisticados y potentes el ser humano se asoma a la ventana del Big Bang.  Catorce mil millones de años nos separan de aquel instante primigenio, pero la tecnología nos sitúa a poca distancia -algunos centenares de millones de años luz- y nos permite atisbar lo que fue el principio de nuestra realidad material, un hito del que de otro modo no tendríamos sino el débil vestigio del ruido de fondo de microondas, tal que olas acariciando la orilla de un estanque tras arrojar la piedra.

Salvando las distancias, en lo que respecta a la tradición de Ashtanga Yoga, Mysore fue el Big Bang.  Y las escuelas de Ashtanga Yoga que estamos repartidas por el mundo, en mayor o menor medida, con mejor o peor fortuna, somos ecos de Mysore, los extremos de una onda que Mysore hace oscilar.  Viajar a Mysore es regresar a los orígenes, echar un vistazo a través de ese telescopio que nos retrotrae al instante mismo del Big Bang y decir: "Ah, vale.  Así es como empezó todo."

La main shala del KPJAYI, con su nuevo parqué y sin sus míticas alfombras.  Las imágenes de los gurús de este linaje de yoga presiden la estancia.

Hay muchos grandes profesores y magníficos sitios por el mundo para practicar Ashtanga Yoga.  Profesores autorizados y certificados, profesores que aprendieron con Guruji cuando todavía era joven y Sharath ni había nacido.  Excelentes profesores comprometidos que mantienen su práctica diaria desde hace décadas y enseñan a grupos reducidos de estudiantes en complejos paradisíacos junto al mar; seguramente existan montones de lugares más agradables para practicar Ashtanga Yoga que Mysore, con sus aglomeraciones, con sus precios, contaminación e incomodidades.  Y sin embargo, toda escuela y profesor de Ashtanga Yoga que se precie está unido a Mysore.  Incluso aquellos que nunca han estado en Mysore, que no han podido o querido hacerlo, en su página web hablan de Pattabhi Jois o cuelgan de su pared una fotografía de Krishnamacharya.

Desde que Ashtanga Yoga llegara a Occidente, y como consecuencia de su creciente éxito, comenzaron a surgir numerosos estilos derivados.  Estudiantes de Ashtanga Yoga estadounidenses, buscando crear productos con los que satisfacer al impaciente público occidental, modificaron ampliamente el método de Pattabhi Jois quedándose con lo esencial pero alterando el orden y propósito de sus secuencias de asanas para proporcionar a su público experiencias distintas que ellos creían mejores.  Así aparecieron el Power, el Vinyasa, el Flow, el Dynamic, el Rocket y tantos otros.  Todos ellos adquieren la forma de una clase guiada diferente cada día de acuerdo con el gusto o apetencia del profesor y todos ellos carecen de un estándar al que poder recurrir cuando se tienen dudas respecto a cómo debería ser tal o cual cosa.  Los profesores de estos estilos se forman, sin excepción, en cursos de un puñado de fines de semana sin criterios comunes, de manos de profesores que a su vez han aprendido en otros cursos similares.  Es decir, el que se convierte en profesor es a su vez profesor y un potencial formador de profesores.  Con una pobre transmisión basada en una relación comercial de pocos días, el efecto "teléfono roto" está garantizado, y bien se puede decir que a pesar de sus rimbombantes nomenclaturas en los estilos derivados de Ashtanga Yoga acaba habiendo tantos estilos distintos como profesores.

En la tradición de Ashtanga Yoga, en cambio, Mysore es el patrón en el que practicantes y profesores asaltados por dudas pueden fijarse.  Claramente, y a pesar de todas las críticas que pueda suscitar esta jerarquía, esta manera de organizar las cosas, Mysore mantiene la integridad del método que Sri Krishna Pattabhi Jois enseñó, evitando que se convierta en un mosaico de estilos con infinitos niveles de gris.  Muchos llegan a Mysore con la lección aprendida: conocen la serie, ejecutan correctamente el método y en Mysore reciben el visto bueno para hacer cosas que ya hacían en casa y a lo sumo pulir imperfecciones.  Otros encuentran en Mysore a su único maestro y lo reciben todo de él.  Al final, de manera directa o indirecta, porque ellos mismos lo hayan aprendido en primera persona o el profesor que les ha enseñado en casa lo haya hecho, Mysore es la referencia, y las desviaciones en las que incurra por error, omisión, descuido o gusto, serán desviaciones respecto al estándar, no desviaciones respecto a desviaciones.  

¡Ashtanga Yoga Bilbao en Mysore!

Pero no todo se queda en meros detalles técnicos, en maneras correctas de ejecutar secuencias de asanas:  Mysore es el sitio donde surgió, donde se encendió una llama que aún hoy arde.  Algunos lo llaman "la magia de Mysore", una indescriptible sensación de calor, de fuerza, de energía que se experimenta cuando se practica en la main shala del KPJAYI bajo la supervisión de Sharath Jois y al lado de docenas de comprometidos practicantes de Ashtanga Yoga llegados de todo el mundo a costa de importantes sacrificios materiales y personales.  Todo apasionado por este sistema de yoga y, de manera casi imprescindible, toda persona que se dedique a enseñar Ashtanga Yoga debería de vivir esta experiencia, irreproducible en ningún otro lugar.  Por todo esto Ashtanga Yoga Bilbao, tarde o temprano, había de regresar a Mysore para prender su antorcha en su fuego, para resintonizarse en su frecuencia y, en definitiva, estar donde hay que estar.

Porque si algo ha tenido de especial este viaje, ha sido que no lo hemos hecho a título personal, sino que esta vez ha sido en el nombre de Ashtanga Yoga Bilbao.  Cada año pasan por aquí cientos, miles de personas procedentes de los sitios más dispares y de alguna manera nosotros hemos asumido la responsabilidad de representar a nuestra escuela y nuestra ciudad en el epicentro de Ashtanga Yoga, donde se reúnen practicantes y profesores llegados de todos los rincones del mundo desde Perú y Los Ángeles hasta Sydney y Tokyo para beber el agua del manantial donde surgió este sistema de yoga. 

Nines Blázquez en la puerta del KPJAYI.

Como ya expliqué, para mí este viaje ha sido atípico.  Nines es la que ha venido a practicar con Sharath en enero; yo fui rechazado en la remesa de diciembre pero igualmente he viajado con ella durante las vacaciones de Navidad y aprovechado la coyuntura para realizar algunos encargos de parte de Ashtanga Yoga Bilbao.

Cabría pensar que tres semanas dan para mucho, pero en Mysore el tiempo se comprime como un acordeón desinflándose.  A todo el mundo que me preguntase le aconsejaría que fuera por lo menos dos meses.  Sobre todo si es tu primera vez, se tardan varias semanas en adaptarse.  Si te quedas sólo un mes, para cuando ya le has cogido el tranquillo tienes que volver a preparar tus maletas para el viaje de vuelta.  Y en mi caso, que he estado sólo tres semanas desde el dieciocho de diciembre hasta el siete de enero, casi se puede decir que nada más llegar ya estaba prácticamente despidiéndome.

Fernando Gorostiza en la puerta del KPJAYI. 

Durante las dos primeras semanas, la de Navidad y Nochevieja tanto Nines como yo estábamos libres, y decidimos en primer lugar centrarnos en los quehaceres de Ashtanga Yoga Bilbao.  Teníamos en mente tres tareas; encargar esterillas de algodón con el logo de la escuela bordado, comprar un Ganesha a la altura de Ashtanga Yoga Bilbao y, por último, hacer acopio de los típicos inciensos de Mysore que utilizamos a diario en la escuela y que en Bilbao se venden a razón de un par de euros por una triste docena y que en su ciudad de origen sin duda estarían a muy buen precio.

Pero en primer lugar teníamos que resolver una importante cuestión: el alojamiento.  Habíamos alquilado desde España un piso para todo enero, pero no teníamos nada para aquellas dos semanas de diciembre.  La primera noche la pasamos en casa de Sara y Raúl, viejos amigos y profesores de Ashtanga Yoga Madrid que nos recibieron dormidos -llegamos en taxi a las 22:00 de la noche y ellos practicaban a las 04:00 de mañana- pero con una suculenta cena de arroz y dal -lentejas descascarilladas- lista, lo que daba inicio a una serie de felices reencuentros de los que Mysore siempre es pródigo.   A la mañana siguiente quedamos para desayunar en el Khushi con Cristina, una bilbaína afincada en Bristol que pasó dos meses en Ashtanga Yoga Bilbao.  Nos enseñó un piso disponible que había en su edificio y lo alquilamos, lo que dejaba solucionado el asunto de la vivienda que para muchos viajeros a Mysore suele ser fuente de grandes preocupaciones pero que por mi experiencia se puede resolver en pocas horas, llamando de puerta en puerta o a través de algún contacto tal que Cristina.

Fernando, Manju y su hijita.  Mi casero hace cuatro años, hemos cultivado una lejana amistad.  Cada año yo le llevo turrón y él me regala... ¡flores!  Un adorable contraste cultural.

Viajar a Mysore en cierto modo es como regresar a casa.  Para mí es la tercera ciudad, tras Bilbao y Madrid, en la que he vivido más tiempo, y pasear por sus calles tras una ausencia que en esta última vez ha sido de casi dos años es ocasión de reuniones y descubrimientos, similar a mis esporádicas visitas a Bilbao cuando vivía en Madrid.   Reconforta volver a ver caras locales conocidas: Rajesh de Ckakra House, Shiva el conseguidor, Kiran el agente inmobiliario, Mahesh el conductor de Rickshaw, el frutero Apu y su mujer, Manju mi antiguo casero, que ahora está casado y con una hija y que me invitó a comer para conocerlos, los sempiternos vendedores de cocos, el pastelero junto al templo de Ganesha, el dependiente bajito de la farmacia, el chocolate man, Prakash el guardián de la puerta del KPJAYI, el propio Sharath, al que he podido ver de refilón en un par de ocasiones y con el que incluso he tenido una pequeña, casi ridícula charla de la que más adelante hablaré, y tantas otras personas con las que he -hemos- interactuado más o menos y a las que año tras año he visto crecer, envejecer, prosperar y dar color y carácter a Gokulam y a mi propia estancia.

Nines, Carol, Yosu y Paula en el Chakra House.

Mysore es también lugar de sorprendentes reencuentros internacionales.  Personas con las que en circunstancias normales no tendrías ocasión de cruzarte te las encuentras allí una y otra vez, lo que da pie a forjar insólitas amistades con gente de Corea, Italia, Egipto o Méjico y contribuye a enriquecer en gran medida la experiencia.  Haber vuelto a ver a Sara y Raúl de Madrid, a Rosa de Milán, a Curro y Alberto de Cádiz, a María José -Jota- y su hijo Marco de Madrid que ahora vive en Dubai, a Marcello de Madrid/Italia, a Paula de Canarias, a José y Rafa de Madrid, a Mina de Corea, a Ken de Estados Unidos, a Sylvain de Alemania, a Yosu de Bilbao y a su mujer Carol de Chile, que practicó con nosotros durante algunos meses, y haber podido quedar y charlar con ellos, saber acerca de cómo les iban las cosas en los años trasnscurridos desde la última vez que nos vimos y haberles podido contar cómo nos está yendo con nuestra nueva vida en Bilbao, ha sido sencillamente genial.

Fernando y Nines de Ashtanga Yoga Bilbao y Rafa y José de Mysore House Madrid.

Así que una parte importante de nuestro tiempo la hemos dedicado a socializarnos con todas aquellas viejas y nuevas amistades que Mysore da pie a retomar y entablar.  A Nines, que se ha quedado sola por primera vez -antes siempre era yo el que la despedía-, ese pequeño círculo de amistades le ha hecho más fácil la estancia.  Conviene recordar que desde hace algún tiempo se vienen escuchando truculentas historias de asaltos a estudiantes de yoga extranjeras por las calles de Mysore.  Por lo general no pasan de una palmada en el culo o en los pechos, pero la recomendación es que las chicas no caminen solas, sobre todo durante las horas de oscuridad.


Circular por las carreteras indias no es algo a lo que los occidentales nos podamos acostumbrar fácilmente (ver vídeo), al menos aquellos que hayamos aprendido a conducir en una autoescuela y no en un circuito de especialistas simulando el fin del mundo.  En la India apenas existen semáforos para regular el tráfico; tan sólo en las intersecciones más conflictivas, y los cruces se resuelven en una especie de duelo en el que gana el vehículo más grande y el que consigue meter antes el morro.  La gente dice que es un caos ordenado y que no hay peligro, pero lo cierto es que cada año he sabido de gente que sufría accidentes de tráfico: Javi, Nacho y Carol los padecieron en sus propias carnes, por suerte tan sólo con algunos rasponazos, y Curro nos ha contado que esta misma temporada ha habido una semana negra con varios accidentes seguidos con estudiantes de yoga extranjeros implicados.  A pesar de todo muchos extranjeros -la mayoría- alquilan motocicletas -scooters-, pero Nines y yo formamos parte de ese extraño grupo de occidentales que sobreviven sin vehículo propio.  Para nuestros desplazamientos empleamos los pies y en ocasiones rickshaws y hasta coches de alquiler solicitados a través del proscrito Úber desde el móvil.

Fernando con un vendedor de frutas con el que nos cruzábamos cada día en la cuneta de camino al centro de Mysore.
Nines con una mujer y su hijo.

Recorrer las calles de Mysore a pie tiene mucho encanto: permite descubrir hitos que en vehículo a motor se pasan de largo e interactuar con personas y animales.  Cuando pasas cada día por los mismos sitios, compras verdura en tu tienda habitual, te detienes a beber un coco en el mismo puesto, saludas a los conductores de rickshaws de la parada al tiempo que les recuerdas que hoy también irás caminando y respondes al saludo de los vendedores de frutas y de flores en los arcenes, y de los niños que gritan "hello!" desde un autobús abarrotado a esos dos blancos raros que surcan aceras y cunetas, te acabas sintiendo parte integrante de la escena y no un mero espectador del paisajeLuego está otra de esas cosas tan llamativas que ocurren en la India y que personalmente me fascinan: la amplia presencia animal en las calles, que a veces te deja la impresión de estar literalmente en el campo y no en una ciudad de casi un millón de habitantes que durante siglos fue la capital del Reino de Karnataka.  Perros, cabras, gallinas, cerdos, vacas, búfalos, caballos y burros pueblan sus calles en abundancia y añaden un nuevo factor a la convivencia.  A mí personalmente me encantan las vacas y las he estado retratando hasta la extenuación, en ocasiones para el hartazgo de Nines que me preguntaba si no había sacado ya suficientes fotos de vacasSon unos animales muy tranquilos que no se inmutan por nada.  Caminan con parsimonia allá donde les apetece, buscando franjas de hierba en las que pastar o revolviendo con el hocico entre la basura, y si les da por plantarse en medio de la carretera y observar el paisaje con mirada tranquila, nada las detiene.  Los indios veneran a las vacas, y en ocasiones se ve cómo les dan una pequeña ofrenda en forma de plátano o pepino o salen de casa y arrojan a las vacas que pasan mondas de frutas y verduras de la cocina para que hagan las veces de plantas de reciclaje.  El gesto de tocarles los cuartos traseros y a continuación llevarse la mano a la cabeza es también un gesto de veneración habitual.     

Fernando con una vaca.
Nines con dos cabras.

Por todo esto quizás se entienda mejor cómo lo que en principio iban a ser unos meros "recados" para Ashtanga Yoga Bilbao al final hayan llevado tanto tiempo.  Pongamos como ejemplo el asunto de las esterillas bordadas.  Teníamos dos opciones: la tienda Suddha en Gokulam y Rashinkar en el centro de Mysore, cerca del mercado Devaraja.  Aunque Suddha está mucho más a mano, Rashinkar es la tienda de telas por antonomasia para los propietarios de centros de yoga internacionales, entre ellos nuestros conocidos de Madrid, Barcelona, Baleares y Andalucía y, al final, nos acabamos decantando por ellos.  Entre otras cosas, Suddha no nos ofrecía la posibilidad de confeccionar una muestra para comprobar qué tal quedaba, y entre esto, la rapidez y la diferencia de precio, el lugar elegido para hacer las esterillas de Ashtanga Yoga Bilbao fue Rashinkar Emporium.

El único problema es que Rashinkar se encuentra al otro lado del mercado Devaraja a sus buenos cinco kilómetros de Gokulam, que a través de las aceras destartaladas, cunetas sin asfaltar y cruces sin pasos de cebra de Mysore se convierten en tres cuartos de hora largos.  Y Nines y yo, claro, genios y figuras hasta la sepultura, estábamos dispuestos a recorrer a pie esa distancia las veces que hiciera falta.

Nines luciendo una esterilla de algodón con el logo de Ashtanga Yoga Bilbao.

Al final hemos caminado hasta el centro de Mysore todos los días, casi siempre ida y vuelta.  Perdimos la cuenta de todas las veces que nos desplazamos a Rashinkar: el primer día fuimos a informarnos de lo que se podía hacer y de los materiales disponibles, al día siguiente acudimos a escoger colores y diseños, otro día llevamos impresos los logos de Ashtanga Yoga Bilbao, al cabo de algunos días regresamos a comprobar una esterilla de muestra con el logo bordado para dar luz verde al resto, después volvimos a aprobar una bolsa de esterillas de muestra con el logo impreso que habíamos decidido emcargar también; finalmente nos quedaba sólo acudir una última vez a comprobar el pedido completo y pagarlo, pero primero fuimos el domingo 1 de enero demasiado temprano y la tienda estaba cerrada, al día siguiente el lector de tarjetas de crédito no funcionaba -cosas de la India- y no pudimos completar el pago y finalmente el martes día 3 de enero, a cuatro días de mi partida, se completó la operación, que incluía el empaquetado y envío por correo hasta Bilbao.

Una pila de esterillas de Ashtanga Yoga Bilbao, lista para su envío.

La compra del Ganesha de palisandro que preside hoy el altar de Ashtanga Yoga Bilbao implicó también unas cuantas caminatas.  Hay muchas tiendas de arte en Mysore y se hacía obligatorio visitar varias antes de tomar la decisión final.  Vimos figuras de bronce y de varias tipos de madera, clara -shivani-, oscura -rosewood- y teñida con colores.  Esencialmente, cuanto más dinero se invirtiera, más bonita, de mejor calidad, de mayor tamaño y con más detalles sería la pieza.  Estuvimos en la tienda de un señor que se jactaba de haber vendido personalmente a Sharath el Patanjali con múltiples cabezas de cobra que hay en la main shala.  Al final, y como en todo lo concerniente al diseño y decoración en Ashtanga Yoga Bilbao, el criterio de Nines fue clave.  En Cauvery Arts & Crafts, una enorme tienda de artesanía que pertenece al Gobierno de Karnataka, había un hermoso Ganesha de rosewood, palo rosa o palisandro, una madera de alta calidad similar al ébano que atrajo nuestras atenciones.  Era bonito, de buen tamaño, aunque caro se ajustaba al presupuesto y, además, encajaba en la temática decorativa de Ashtanga Yoga Bilbao.  ¡Otra de nuestras búsquedas había terminado!

Nines posando con el Ganesha de Ashtanga Yoga Bilbao en Cauvery.

El asunto de los inciensos, el tercero de los encargos para Ashtanga Yoga Bilbao, se resolvió con premura durante los primeros días: nos enteramos de que había un mercado de artesanía de Navidad cerca de la Universidad de Ingeniería en Lakshmipuram, y allá que fuimos.  Nos costó encontrar el lugar.  Pedimos indicaciones y terminamos en una feria de Navidad... ¡de electrodomésticos!  Tras algunas vueltas dimos con la carpa donde se celebraba la feria correcta y donde encontramos varias cosas interesantes: algunas prendas y telas, unos elefantitos de mármol con bisutería y un puesto de inciensos.  Los paquetes más grandes pesaban 400 gramos, y tras un breve regateo conseguí que me vendiese 15 paquetes a 100 rupias cada uno, menos de euro y medio.  En Bilbao, por 1,5-2 euros se consiguen los clásicos paquetes Nagchampa de 16 gramos, ¡una veinticincoava parte!  También compramos varios paquetes de conos de incienso y cajas donde quemarlos, todo a muy buen precio y de gran calidad. 

El Ganesha de Ashtanga Yoga Bilbao, en su sitio.

Con tanta compra, el equipaje de regreso auguraba problemas.  La idea era llevármelo todo en el equipaje facturado salvo las esterillas de Rashinkar, que irían por correo.  Al Ganesha de palisandro y los múltiples paquetes de incienso había que sumarle unos tacos de calendarios personalizados que encargamos en la tienda Vastra, la careta de demonio que hemos puesto en la puerta de entrada de la escuela y los clásicos jabones, cuchillas de afeitar, recambios de cepillo eléctrico, camisetas y ropa interior de que suelo hacer acopio cada vez que vengo a la India.  ¡Ah!  Y tampoco puedo olvidarme de las quince energy balls de chocolate y coco que encargué en el Khushi, que me ayudarían a recordar el sabor de los desayunos en la India durante algunos días en Bilbao pero que también contribuirían al peso final del equipaje.  Habíamos escogido volar con Air India porque era una de las compañías aéreas que permiten facturar dos maletas de veintitrés kilos.  Aún así, el Ganesha pesaba veinticuatro kilos, y aunque se podía desmontar en dos piezas, la cosa andaría más que justa.

Al final, tras un accidentado viaje de vuelta con un pago de 50 euros por sobrepeso, una maleta perdida en Delhi que llegó a Bilbao cuatro días más tarde, el equipaje y yo llegamos sanos y salvos -más o menos, descontando ciertas magulladuras en las maletas y el resfriado que se me desató al de pocos días-.  Nines se quedó en Mysore, donde a día de hoy sigue aún, y yo regresé al invierno de Bilbao pero al calor de mi familia y de los estudiantes de Ashtanga Yoga Bilbao.  Y con esto doy por concluida la primera parte de la crónica; ¡estad atentos a la segunda parte!