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miércoles, 10 de enero de 2018

Crónica final de un viaje a Mysore en diferido.

Nines y un servidor en Mysore en diciembre del 2013.  Pasando frío, ya se ve.

Escribo cuando apenas faltan unas horas para mi partida.  Esta noche, de madrugada, vuelo de regreso a las frías tierras hispanas.  Detrás quedan dos meses largos de aventura india.  En mi última misiva relaté lo que había acaecido durante el primer mes.  Es tiempo ahora de escribir la crónica final.

Estos setenta días han dado mucho de sí.  Ha habido muchas distintas etapas y mi sensación es que han sido mucho más de dos meses.  Muchas cosas parecen ya viejos recuerdos, cuando en realidad tan sólo se remontan algunas semanas.  La primera casa, la convivencia con Tanya, las Navidades con Nines...

Nines y Tanya en Gokulam.

Tanya en el mercado de Mysore.

Uno de los episodios más entrañables que he vivido tuvo lugar hace más o menos un mes.  Tanya tenía la buena costumbre de comprar el periódico Times of India todos los días, lo que le permitía enterarse de interesantes noticias de actualidad.  Tanya supo así que al templo de Krishna en Gokulam, a poca distancia, iba a ir un niño prodigio de ocho años a recitar de memoria todo el Bhagavad Gita.  Tanya y yo nos acercamos a la hora señalada.  No había rastro del niño, sino que en el templo un sacerdote y algunos devotos estaban haciendo un puja, una oración hindú.  Nos mantuvimos a distancia; no somos hindúes y no queríamos ser irrespetuosos inmiscuyéndonos en sus tradiciones religiosas.  El sacerdote, desnudo de cintura para arriba, sacó una vela y la acercó a los feligreses (no sé si este término vale en el caso de un templo hindú, pero bueno), que acercaban sus manos para sentir el calor de la llama.  Entonces, el sacerdote se dirigió a nosotros y los feligreses nos dejaron espacio.  Participamos en la puja acercando las manos al fuego, comiendo una flor amarilla, recibiendo agua en la mano derecha y echándonosla por la cabeza en una suerte de bautismo, y recibiendo un cuenquito de arroz glutinoso con especias.  El momento fue bastante emocionante: los hindúes nos aceptaban en su templo y compartían con nosotros su oración.  Más tarde llego el niño, que estaba enfermo y sólo pudo recitar los primeros capítulos del Bhagavad Gita antes de sentirse indispuesto (de hecho, le vimos echar la raba).  Entretanto, un anciano muy majete nos habló de que todos los humanos éramos iguales y que Dios estaba en todos, que Jesucristo y Krishna eran en definitiva lo mismo.  Cuántas desdichas que nos ha dado la historia se habrían solventado con esta filosofía.

Nines con una bailarina del espectáculo de Nochevieja en el Lalitha Mahal.

Con Nines viví otro momento muy especial en Nochevieja.  El uno de enero era día de luna y teníamos la Nochevieja libre, así que nos regalamos un masaje a cuatro manos en el centro ayurvédico Indus Valley y después asistimos a la fiesta de fin de año que se celebraba en el Latitha Mahal, el segundo palacio más grande de Mysore, construido por el Maharajá para alojar a sus invitados y que hoy día es un impresionante hotel de lujo.  Nines y yo tuvimos la suerte de disfrutar de una fiesta ciento por ciento india. Éramos los únicos occidentales en todo el salón y resultó una experiencia muy interesante.  Desde las 20:00 se sucedieron actuaciones, alternando bailes tradicionales indios con desenfrenadas actuaciones discotequeras.  Mientras tanto, nos servían cosas para ir picando y bebiendo, hasta que bien entradas las 22:00 nos informaron de que el banquete estilo bufé ya estaba servido.  A nuestro lado había un grupo de indios mayores de apariencia solemne, ataviados con turbantes de colores que habían venido desde Delhi.  Parecían gente seria e importante pero, cuál no fue nuestra sorpresa, cuando de pronto uno de ellos salió al escenario y convocó al mismo a "todos los señores de Delhi".  Los ancianos aturbantados se desmelenaron entonces y empezaron a bailar música de discoteca todo cachondos.  Creo que los copazos de whisky que se habían estado ventilando tenían mucho que ver en ello.  Más personas se les unieron, y entonces uno de ellos vino a donde estábamos nosotros y nos sacó a bailar.  Y ahí estuvimos, haciendo el gamba un rato.  Uno de los señores de Delhi resultó ser un hombre de mucho mundo que el pasado verano había estado de vacaciones por toda la costa mediterránea española y que nos habló de las muchas lindezas y virtudes de nuestro país, algo que es de agradecer en los tiempos que corren.

En el comedor del Lalitha Mahal.

Como tierra de contrastes, a estos episodios de "hospitalidad" se les pueden oponer algunos otros de "hostilidad".  La mayoría de cosas desagradables han tenido como denominador común la cuestión económica.  Las negociaciones con los conductores de rickshaw acerca del precio a pagar, por ejemplo, eran a veces fuente de agrias discusiones.  Como extranjeros, sabemos que nos hacen pagar más que a los locales, pero a veces se pasaban tres pueblos.  Para su desgracia, yo contaba con el Google Maps del iPhone y sabía exactamente la distancia al destino y no me dejaba engañar.  La diferencia entre 100 y 200 rupias (1,2 ó 2,4 euros) es ridícula para los estándares de España, donde en una corta carrera de taxi te puedes dejar 10 euros.  Pero francamente, no me gustaba que muchos conductores se quisieran aprovechar de manera descarada por el hecho de ser occidental.  

Nines haciendo migas con las lugareñas.

El caso de Siddhu, el dueño de la casa que alquilé, merece un capítulo aparte.  Como sabeis, alquilé una casa de tres dormitorios situada en el centro de Gokulam, cerca del templo de Ganesha y del coconut stand, por 33.000 rupias.  Lo curioso del caso es que el buen señor, por motivos que desconozco, consideraba que la casa la alquilaba sólo para dos personas.  Cuando me lo dejó caer me quedé perplejo.  A su modo de ver, la llegada de Nines suponía una tercera persona, lo cual significaba que había que pagarle 1.100 rupias adicionales por cada día que la tercera persona estuviera.  Es decir, que su casa se alquilaba por 33.000 rupias al mes para dos personas y por 66.000 rupias para tres personas.  El tío no se atenía a razones y ni siquiera le valía que Tanya se fuera y viniera Nines.  Nines era ya una tercera persona, aunque sólo hubiera dos personas a la vez en la casa, y no se podía quedar sin pagar.  Una semana antes de que viniera Nines tuve una muy desagradable conversación con Siddhu en la que traté de hacerle ver lo ilógico de sus pretensiones.  Le deje caer que si no llegábamos a un acuerdo entre nosotros, quizás tuviéramos que alcanzarlo a través de la policía.  Ahí el tío montó en cólera y empezó a insultar y a amenazar.  Lo cierto es que fuimos a la policía, pero después de una noche de consulta con la almohada tomé la que pensé era la mejor decisión: buscar otra casa.  Al fin y al cabo, sólo había alquilado la casa hasta el 3 de enero y hasta el 10 tendríamos que estar en otro lado.  En el bed & breakfast de Mark cobraban 1.500 rupias al día por persona, lo cual nos habría supuesto más de 20.000 rupias a Nines y a mí.  Por ese dinero, era seguro que podía alquilar algo para dos personas y ahorrarme así seguir adelante con el penoso trance de la denuncia policial y vivir en la casa de un hombre lleno de rencor y mala energía. 

En el Santosha con Manju, nuestro nuevo casero.
La sala de estar de la nueva casa.

El mismo día que me puse a buscar, encontré una casa.  Y por 10.000 rupias tan sólo.  Seguí la estrategia de llamar puerta por puerta preguntando a ver si se alquilaba alguna casa.  Así pude ver un buen puñado de sitios y, al final de la tarde, el que se acabó convirtiendo en mi hogar y el de Nines desde el 20 de diciembre hasta hoy.  Se trata de una habitación en un piso de un edificio moderno, con ascensor y vigilantes de seguridad veinticuatro horas, a cinco minutos andando del coconut stand.  En la casa vive Manju, un indio de veintinueve años muy majete.  Tiene muchas macetas con plantas y su salón lo preside una impresionante televisión de pantalla plana con altavoces panorámicos.  A lo largo de estas semanas de convivencia se puede decir que hemos desarrollado cierta amistad.  Hemos ido a comer y desayunar fuera algunas veces, nos hemos contado nuestras vidas e incluso ayer fuimos juntos a hacer footing en torno al lago Kukarahalli.  

Nines en el Nandi de Chamundi Hill.
Nines en el Golden Temple de Bylakuppe.

Ha tenido la oportunidad de hacer también mucho turismo.  He subido la escalera de 1008 peldaños de Chamundi Hill dos veces, una con Tanya y otra con Nines, he ido a ver templos en Srirangapatna y su decepcionante santuario de pájaros.  He recorrido varias veces los lagos de Kukarahalli y Kalanji, visitado el templo de oro de Bylakuppe (dos veces), una reserva de elefantes, las cataratas de Abbi en Madikeri y la jungla de Otty.  No teníamos moto, pero con Tanya y con Nines he caminado largas distancias o ido en rickshaw hasta el Mercado Devaraja, el Palacio de Mysore, la Iglesia de Santa Filomena y el zoo.  Entre los momentos estelares debo contar también los innumerables comidas y cenas en restaurantes de postín, capaces de satisfacer el apetito de un voraz bilbaino, por un puñado de euros.  El Green Hotel y Dhatu han sido los que más visitas han cosechado.  No puedo olvidarme tampoco de aquel maravilloso día en que, impelido por contracciones intestinales, me vi obligado a entrar en un repugnante baño público indio que no tenía ni papel higiénico ni agua.  Servidor hubo de limpiarse con su mano izquierda.  Aquel día sin duda obtuve el certificado oficial de residente en la India.

Nines en el centro de Mysore.
Nines de viaje en autobús.

En cuanto a la práctica de asanas, he de reconocer que la experiencia me ha resultado muy positiva aunque, también, dura y difícil.  En primer lugar tengo que hablar de los dolores.  Los primeros días apareció un agudo dolor en la parte media de la espalda que sólo fue remitiendo tras unos masajes ayurvédicos y unas pastillas de hierbas.  Recuerdo también molestias en la muñeca, en las nalgas, en la rodilla izquierda, en la rodilla derecha...  no ha sido un camino de rosas ni mucho menos, y las semanas con seis días seguidos de práctica, madrugones inauditos y largas esperas al raso bajo la luz de luna se han hecho muy cuesta arriba en más de una ocasión.

A pesar de ello, la historia de mi práctica en este nuevo periodo de estudio con Sharath la califico de muy buena, plagada de difíciles retos y superaciones, en algún caso sorprendente.   La shala está llenísima de gente: alrededor de setenta personas practicando sin parar en relevos desde las 04:30 de la mañana.  Sharath cuenta con cuatro asistentes, todos ellos profesores autorizados y certificados y muchos de ellos muy capaces, pero aún así Sharath sigue reservándose para sí la potestad de qué puede hacer o deja de poder hacer cada uno.   

Con Tanya en la main shala antes de una conferencia de Sharath.

Durante el primer mes Sharath me dejó "atascado" en shalabasana (el saltamontes), la tercera asana de la serie intermedia.  Tras los primeros días de práctica de primera serie me dijo que hiciera pashasana (el nudo) y, el mismo día que la hice, que hiciera hasta shalabhasana.  Y así transcurrieron las semanas.  Mi practica era una docena de asanas más corta de lo que estoy acostumbrado.  Lo acepté con resignación e incluso, ante el dolor de espalda que me estuvo lacerando durante días, con cierto alivio.  En sus charlas del domingo, que se prolongaban durante más de una hora, Sharath nos hablaba en numerosas ocasiones de cómo la "iluminación" puede llegar practicando las asanas más sencillas.  No se adquiere mayor desarrollo espiritual por alcanzar determinados logros físicos.  Así que, durante un tiempo, me tocó cultivar la moraleja de estas palabras.

Tuvo que llegar el lunes 9 de diciembre, ya dentro del segundo mes de práctica (mi primer día había sido el 5 de noviembre) para que Sharath comenzara su verdadera "instrucción", como el maestro de artes marciales que le hace a su discípulo repetir una tarea aparentemente absurda una y otra vez para finalmente, al cabo de un tiempo de haber puesto a prueba su paciencia, impartirle sus enseñanzas.  Comenzó con una exclamación que me hizo esbozar una sonrisa.  Me encontraba yo en uno de los infernales sitios de atrás del todo, sobre el frío mármol, con una pared a mi derecha y a mi espalda y al lado de una ventana abierta por la que se deslizaba inmisericorde el frío matutino.  Acababa de hacer la secuencia de backbending ayudado por uno de los asistentes de Sharath cuando escuché su voz que me preguntaba:  "What is your last posture?"  Sharath estaba al lado, ayudando a mi vecino de esterilla a caminar hacia los pies en los últimos backbending.  Me hablaba sujetando su cintura, todo un símbolo de lo increíblemente ocupado que está, hasta el punto de que tiene que atender a dos de sus alumnos a la vez, a uno con sus manos y a otro con sus palabras.  Cuando le dijo cuál era mi última postura, Sharath exclamó con sorpresa:  "¿¡¿Shalabasana?!?", como reconociendo que se había olvidado de su humilde discípulo.  Me dijo que el siguiente miércoles hiciera tres asanas más, hasta parsva dhanurasana (el arco de lado).  

Nines en la main shala del KPJAYI.

El lunes siguiente, 16 de diciembre, Sharath estuvo conmigo varios minutos.  Me dijo que hiciera la siguiente asana, ustrasana (el camello), me observó, y a continuación me dijo que hiciera laghu vajrasana (el pequeño relámpago).  Cuando vio que me levantaba y volvía a ponerme de rodillas, me dijo que hiciera kapotasana (la paloma).  Mientras me doblaba hacia atrás, me cogió de las manos y me las llevó suavemente a los talones.  Esta postura, como sabrán todos los practicantes de Ashtanga que lean estas líneas, suele ser una verdadera pesadilla.  La espalda se dobla hacia atrás de manera terrible y, salvo que uno sea extraordinariamente flexible, no resulta nunca cómoda.  Yo llevaba más de un mes sin hacerla, mis dolores de espalda ya habían desaparecido del todo y, además, Sharath me había insistido varias veces en que separara mucho las rodillas, más de lo que pensaba era correcto, al hacer posturas hacia atrás como los backbending y ustrasana.  Por ello, ese día kapotasana me resultó relativamente sencilla. 

Sharath volvió a acercarse a mí ese día durante la secuencia de backbending.  Como Sharath tiene cuatro asistentes, por lo general no es él el que me asiste en la parte final de esta secuencia.  Al final de todo, como sabréis los que practicáis Ashtanga Yoga, se baja al suelo al puente y se camina con las manos hacia los pies.  Algunas personas son capaces de doblar tanto la espalda que se tocan los talones y, otros, los menos, se pueden coger los tobillos o hasta las rodillas o los muslos, doblándose como ovillos en lo que parece, desde fuera, una terrible contorsión.

Sharath Jois con su hijo Sambhav en una fotografía reciente.

Yo, a lo sumo, había llegado alguna vez a tocarme los talones.  En Madrid ya ni siquiera lo intentaba, y me quedaba en un puente especialmente cerrado.  A mi modo de ver, se trataba de una contorsión exageradamente violenta e innecesaria.  Aquel lunes 16 de diciembre, con Sharath, bajé al puente, caminé con las manos hacia los pies y toqué los talones con los dedos de las manos.  A continuación, para mi sorpresa y horror, Sharath me dijo que levantara la mano derecha, me la asió y me la llevó al tobillo derecho.  A continuación hizo lo mismo con la otra mano.  Y me quedé ahí, alucinando, retorcido hacia atrás con mis ojos viendo la parte de atrás de mis piernas y cómo mis manos agarraban mis tobillos.  La posición no era para nada cómoda, pero ahí estaba, tratando de respirar con los pulmones aplastados por la brutal contorsión.

A partir de ese día seguí haciendo a diario el "catching", como llaman a agarrarse uno mismo en el backbending.  Las sensaciones variaban mucho en función de quién fuera el que me ayudara.  Algunos de los asistentes eran más hábiles o capaces que otros, y a veces tenía sensaciones de relativa comodidad y en otras ocasiones sentía que me caía hacia atrás y debía deshacer el catching y volver al puente.  Una vez, uno de los asistentes me dijo que lo hiciera con los pies completamente paralelos, sin abrirlos, y ese día sentí mucho dolor y le dije que aún no estaba preparado para ello.  Sharath me preguntó todos y cada uno de los días a ver si había podido hacer el catching.  Para mi propia sorpresa, mi respuesta era siempre que sí.  Otro día Sharath me ajustó e hizo que hiciera el catching directamente desde el aire, sin pasar por el puente.  Con Sharath siempre me resultaba cómodo.  Ese día intentó incluso subirme las manos hacia arriba, subiendo por las espinillas, pero estaba muy sudado y las manos resbalaban hacia abajo de nuevo.  Sharath me dijo que subiendo más alto la postura era más fácil.

Kapotasana, by Fernando Gorostiza, en Ashtanga Yoga Bilbao. 

El lunes 23 de diciembre Sharath le preguntó algo a la persona que me había ayudado en kapotasana (me imagino que a ver si me había agarrado de los talones) y me dijo que hiciera la siguiente postura: supta vajrasana (el relámpago tumbado).  Al día siguiente, martes, me preguntó de nuevo al salir si había hecho el catching y a continuación me dijo que el próximo domingo fuera a la clase guiada de la serie intermedia a las 07:30 de la mañana.

Así que, el colofón a mi práctica en Mysore ha sido haber asistido a la clase guiada de la serie intermedia.  Tuve el gran honor de practicar al lado de grandes profesores de todo el mundo, como Kino McGregor, su marido Tim Feldmann, profesores con los que he estudiado en ocasiones anteriores como Elena de Marti, José Carballal y Manuel Ferreira y tantos otros autorizados y certificados.  Sharath me dejó hacer tres asanas más hasta eka pada sirsasana (postura de la cabeza con un pie) y después me retiré al vestuario a hacer finales mientras los "mayores" de la clase seguían hasta terminar la segunda serie y más allá (Sharath guía también las primeras asanas de la tercera serie).  Estuve un poco nervioso por eso de la primera vez, pero me quedó un gran sabor de boca.  De alguna manera, sentía que había obtenido la atención y el reconocimiento de Sharath y que mi historia de dos meses de duración había tenido un final feliz.  Al fin y al cabo, no había venido a la India a hacer turismo y a comer en restaurantes, sino a practicar Ashtanga Vinyasa Yoga.


Una cosa que me pregunto es cuánta gente habrá tenido la suerte que he tenido yo y ha recibido las atenciones del gran gurú del Ashtanga Vinyasa Yoga.  Las personas que nos trasladamos hasta aquí contra viento y marea lo hacemos para poder beber de la fuente original de la que emanó esta disciplina que tanto amamos y, por lo visto, cabe muy mucho la posibilidad de que el paso de alguien por aquí transcurra sin pena ni gloria y de Sharath no reciba sino algún pequeño consejo, alguna asistencia puntual, o ni siquiera nada de eso.  La situación en la shala, en lo que respecta a número de alumnos, es altamente preocupante.  Al principio, mi práctica empezaba a las 07:15 de la mañana y terminaba después de las 09:00.  No había muchos turnos después de las 07:15 y podía quedarme en la Shala haciendo las posturas finales.  A medida que fueron transcurriendo las semanas, llegó más y más gente, mucha más de la que se iba, y Sharath tenía que ir añadiendo más y más turnos.  Pronto resultó impensable quedarse en el sitio haciendo finales; nuevos turnos de personas reclamaban sitio y tenía que retirarme al oscuro vestuario.  Sharath tuvo que poner una tercera clase guiada el viernes porque muchas personas se estaban quedando sin practicar; no era suficiente con los sitios improvisados en vestuario, stage y hall de entrada.  La clase de chanting con Lakshmi se fue retrasando más y más...  

Ayer fui a comer a casa de Mark y Stephanie.  Era las 13:30.  Una chica que se alojaba en una habitación de su bed & breakfast estaba ahí, sentada a la mesa.  Pero no estaba comiendo, estaba DESAYUNANDO.  Le había tocado el turno de las 11:00 y había terminado de practicar a las 13:00.  Por lo que me dijo, había también gente que tenía el turno de las 11:15.  Es decir, Sharath está enseñando durante unas siete horas seguidas, desde las 04:30 hasta más allá de las 13:00, lo cual es una auténtica pasada si se le añade el hecho de que él se levanta poco después de la medianoche y hace su propia practica.  A este paso, para marzo la gente estará practicando hasta las 15:00 horas.  Se dice que ha habido un error informático y han aceptado a más gente de lo debido.  Algunas personas afirman que Sharath quiere enseñar al mayor número de gente posible y que por eso ha aceptado la inscripción de tantos, cosa que dudo porque, según parece, está bastante gruñón respecto a la alta ocupación y no está dejando a nadie extender su estudio ni un solo día más.  En cualquier caso, creo que la situación no es sostenible y que a Sharath cualquier día le va a dar un jamacuco.  El Ashtanga Vinyasa Yoga que desarrolló su abuelo ha adquirido una dimensión mundial y él continúa empeñado en gestionarlo de manera familiar, de forma heroica pero a costa de su salud.  

Otro capítulo interesante del conocimiento adquirido en este viaje han sido las clases de sánscrito.  Con Tanya me apunté a las clases de nivel uno, en las que hemos aprendido el alfabeto sánscrito, a pronunciar y a escribir y leer cualquier palabra.  El profesor, Lakshmi, es el mismo que dirige las clases de chanting durante las mañanas del lunes, miércoles y viernes después de la clase de Sharath.  Esas clases que a medida que llegaban más y más alumnos se iban postergando más y más.   Me imagino que ahora tendrán lugar a las 13:00.  En cualquier caso, las clases de sánscrito me han parecido sumamente interesantes.  El día que supimos cómo escribir la palabra "Ashtanga" en sánscrito, fue el momento estelar.  Además, el profesor Lakshmi es un hombre de lo más majete y como muy paternalista.  En ocasiones se explayaba durante largos minutos relatándonos algún acontecimiento de su vida personal o dándonos consejos sobre la vida y la muerte.

Pues nada, voy a concluir esto.  Me quedan unas pocas horas para salir hacia Bangalore en taxi.  Nos vemos en breve.  ¡Hasta pronto!

viernes, 1 de diciembre de 2017

Primer mes de práctica y turismo en Mysore.

Caray, sí que han pasado los días.  Tres semanas ya desde que redactara mi primera crónica.  El mes de noviembre se ha ido y hoy, primero de diciembre, es un día ideal para contar lo que ha deparado el pasado mes.

El yoga es la causa principal que me ha traído hasta aquí, y como yo hay cientos de personas que han viajado hasta Mysore y que compartimos un alto nivel de compromiso por esta práctica.  Lo cual, todo sea dicho, tampoco es de extrañar: nadie recorre medio mundo hasta aquí por pasar el rato.  Quisiera destacar que en esta ocasión no he sido testigo de ningún capítulo de desenfreno de fin de semana como aquellos que tanto me decepcionaron en el pasado.  La única fiesta a la que asistido fue muy inocentona, sin humaredas de cannabis ni melopeas por doquier.  No sé, quizás no haya estado por los sitios adecuados, pero toda la gente que he conocido me ha dado la impresión de estar muy centrada en lo que tiene que estar centrada.  

El altar con los retratos de Gurji, Krishnamacharya y Ramamohan Branachary.

Me ha llamado también bastante la atención saber incluso de dos indios (a uno de los cuales he podido conocer personalmente) que practican en la shala como uno más entre la marabunta de occidentales.  Esto me resultaba impensable (las tarifas que cobra Sharath son desmesuradamente caras para un indio), pero ahora es una realidad.  Me figuro que con ellos Sharath ha moderado los precios. 

Además de la clase de asanas, hay una clase obligatoria de chanting los lunes, miércoles y viernes.  Lo que hacemos es cantar unos mantras sánscritos que no sé ni lo que significan pero que a base de repetirlos me los estoy aprendiendo.  Dentro de los textos que se cantan están también los mantras inicial y final de la práctica de Ashtanga, los números en sánscrito del uno al treinta y la secuencia de asanas de la primera serie.  Al final, terminamos recitando algunos versos del Bhagavad Gita.  Me imagino que el objeto de la clase es que aprendamos la correcta pronunciación.  Además, hay clases de Yoga Sutras y de sánscrito.  Los precios de estas últimas son bastante módicos: 700 rupias mensuales (9 euros). 

 En Internet seguramente existan fotografías más interesantes para ilustrar el texto de esta entrada, pero he preferido publicar las que saqué yo mismo durante aquel viaje y que nunca pensé ilustrarían un blog.  Aquí, la gente sale del KPJAYI tras una conferencia o, tal vez, una clase de chanting.

Sharath me ha sorprendido muy gratamente.  Sobre todo, por el nuevo cariz que han tomado sus conferencias.  Debo reconocer que la primera vez que lo escuché, con Guruji vivo pero fuera de combate, sentía vergüenza ajena e incluso dejé de ir porque sus charlas me parecían de lo más insulsas: apenas quince minutos durante los cuales repetía perogrulladas y evidenciaba que no tenía gran cosa que transmitir.  Esta vez, en cambio, sus conferencias no bajan de sesenta minutos de duración.  Se ve que se las ha preparado, porque suele empezar repitiendo de memoria algún texto sánscrito y sobre él desarrolla su reflexión.  Además, las salpimenta con muchísimas referencias a Guruji, contando anécdotas de su vida o cosas que decía o experiencias que tuvo con él, lo cual hace que resulten amenas.  Luego abre turno de preguntas, que suele resolver por lo general de manera satisfactoria.  Destaco, en especial, la respuesta que dio a un chico que le preguntó si hacía falta hacerse hindú para hacer yoga.  Sharath había estado hablando de los últimos pasos del Ashtanga y de Dios desde un punto de vista hindú.  Sharath le dijo que no hacía falta, que bastaba con que mantuviera su religión, fuera cristiano, judío, musulmán u otra.  El chico insistió en que, en realidad, él no creía en nada; era ateo.  Sharath le respondió jocoso que bueno, que en algo tenía que creer.  No podía simplemente no creer en nada.  Ante la insistencia del chico, Sharath le preguntó la edad y, cuando supo que tenía veinticuatro años, se rió y dijo que ése era el problema.  A su edad, él era igual,  Le recomendaba que siguiera practicando y que no se preocupara; ya le llegarían las respuestas.  De momento, si no creía en Dios, si le costaba encontrarlo, podía buscarlo en sus padres, en sus hermanos, en sus profesores, en su gurú.  Al fin y al cabo, Dios estaba en todos ellos.  Me gustó que Sharath se mojara en un tema un tanto delicado y que, lejos de salirse por peteneras y decir algo políticamente correcto que satisficiera a todos, fuera capaz de responder con concreción y valentía.

En las clases, como dije, tiene varios asistentes.  Cuatro simultáneamente, y todos ellos profesores autorizados.  Algunos de ellos, muy buenos.  Destaco en especial a una chica muy musculosa (más que yo, literalmente) llamada Daylene que ayuda en los backbends que da gusto.  Todo el mundo recibe ayuda en las posturas que lo necesitan.  Como hay cinco personas no tienen que esperar mucho, y no hay supta kurmasana (tortuga tumbada) que no acabe cruzando las piernas.  Sharath da la impresión de estar muy activo pese a que de vez en cuando se ponga a leer el periódico, aunque la realidad de sesenta/setenta personas practicando continuamente desde las 04:30 de la mañana hasta las 10:00 francamente creo que le desborda.

Instantánea de la main shala poco antes de una conferencia de Sharath. 

Me contaron que tuvieron un problema informático y que admitieron a más gente de la que debían.  En concreto, parece que no tuvieron en cuenta que mucha de la gente que llegaba en octubre se quedaba durante más de un mes, y en noviembre aceptaron el mismo número de personas que habían aceptado en octubre, lo que ha provocado un tapón considerable.  Los viernes Sharath se ha visto obligado a poner tres turnos de clase guiada en lugar de dos.  Recordaréis que mi primera clase guiada tuve que hacerla dentro del vestuario junto a los retretes.  Pues bien, no me ha vuelto a pasar.  Las clases siguen estando muy llenas, pero la solución ha sido sencilla: para entrar en las clases guiadas de las 06:00 de la mañana estoy esperando en las escaleras desde las 05:00 de la mañana.  Una veintena de pirados ha tenido la misma idea que yo, e incluso llegan antes.  De esta manera, puedo elegir siempre sitio: en segunda fila y en el centro. 

Las clases guiadas siguen siendo el plato fuerte.  Resulta sorprendente lo centrado que está Sharath.  Durante cuatro horas y media seguidas, los viernes, no para de guiar la misma secuencia.  No se le ve titubear ni aburrirse.  Va de lado a lado controlando todo y ajustando si hace falta.  Me quedé a mirar una clase guiada de la segunda serie del domingo y fue bastante impresionante.  La clase duraba dos horas; guiaba no sólo la segunda serie, sino también las primeras cinco posturas de la tercera.  La gente, claro, iba yéndose al vestuario a hacer finales a medida que se alcanzaba la última asana de su práctica.  Al llegar a la harto difícil secuencia pincha-mayurasana (pluma de pavo real) y karandavasana (pato del Himalaya), Sharath se tomó todo el tiempo del mundo para ir a ayudar a todas y cada una de las personas que lo necesitaban, que eran como veinte o treinta.  Después de las dos clases guiadas de primera serie de las 04:30 y las 06:00 y su propia práctica, el tío no afloja ni pierde el fuelle, y en las posturas de la tercera serie sigue deteniendo la cuenta sánscrita para "pillar" a los despistados que se precipitan y pasan al siguiente vinyasa antes de tiempo.  Por cierto, según parece, Sharath sigue levantándose a medianoche todos los días para practicar, y en la conferencia de hoy ante la pregunta de una chica acerca de cómo era su práctica de asanas actualmente, le ha respondido que "mejor que antes".  Me imagino que este grado de compromiso con la práctica y este saber predicar con el ejemplo tiene mucho que ver con el entusiasmo que despliega.

La gente se busca un hueco para la conference.

En lo personal, puedo decir que la práctica, aun intensa, me deja un poco a medias.  Cuando me apunté en la shala Sharath me preguntó si hacía serie intermedia y le dije que en Madrid hacía hasta yoga nidrasana (el yogi durmiente - aproximadamente una veintena de asanas de la serie intermedia), pero que con él sólo había hecho pashasana (el nudo - la primera postura de la serie intermedia).  Me dijo que tenía que ver mi práctica antes de que hiciera nada de la serie intermedia.  Tras la primera semana de primera serie, me dijo que hiciera pashasana al miércoles siguiente.  Mientras hacía pashashana el día indicado dio la casualidad que estaba él al lado, y me dijo que hiciera tres más hasta salabhasana B (el saltamontes).  Yo obedecí, sumiso.  Y hasta ahí.  Durante las siguientes tres semanas he estado haciendo sólo hasta las cuatro primeras asanas de la serie intermedia, lo cual no está mal, pero cuando uno está acostumbrado desde hace años a hacer bastante más le sabe bastante a poco.  Me da la sensación que sencillamente no se ha fijado, porque si estuviera atascado en kapotasana (la paloma) sin ser capaz de agarrarme los talones, todavía lo entendería.  Esta impresión la corroboré hace un par de fines de semana con una anécdota: caminando por Gokulam una tarde de viernes me crucé con Sharath, le saludé y seguí adelante, pero él me dijo: "No has venido a clase hoy, ¿por qué?"  Puse cara de sorpresa y le dije: "Claro que he estado.  En segunda fila, además, que como recordarás la otra vez me tocó al lado del cuarto de baño."  Sharath se puso a reír y tal y me acabé despidiendo, pero me dejó la impresión de que el hombre está bastante desbordado con tanta gente y que, claro, no controla bien quiénes son sus alumnos y dónde están y dejan de estar.  En esa tesitura, como para esperar que se acuerde de que según le dije mi práctica habitual es hasta yoga nidrasana y me encuentro parado en salabhasana...

En la conferencia de hoy ha comentado algo que viene un poco a propósito de esto.  Ha explicado algo que en teoría todos sabemos, pero que nunca está de más recordar: Mucha gente suele preguntarle: "Oh, Sharath, ¿cómo tengo que hacer el salto a través y el salto atrás?...  Oh, Sharath, no me sale el handstand (pino sobre las manos)."  A esas personas suele decirles que da igual que no pueda saltar a través con las piernas estiradas y que no van a ser los yoguis perfectos cuando consigan hacer el handstand.  Eso son tonterías.  De lo que tendrían que preocuparse es de poner en práctica los yamas y niyamas (click sobre los enlaces para saber más; no voy a ponerme a explicarlos), que es una parte del yoga mucho más difícil de poner en práctica y que deberían hacer durante todo el día.  

Los prolegómenos a la conferencia desde otro punto de vista.

Por consiguiente, me figuro que ya tengo respuesta a mi desazón por no haber podido completar toda mi práctica de asanas aquí todavía.

Para los interesados, voy a enumerar ahora algunos detalles de la práctica que he observado difieren ligeramente de lo que hacemos en Madrid y que entiendo justifica el que muchos sigan y sigamos viniendo a Mysore: aclarar el estándar de la práctica de Ashtanga Yoga tal y como lo enseñaba Pattabhi Jois. Los no interesados pueden directamente saltarse esta enumeración:
  1. Sólo se hacen cinco suryanamaskar A (saludos al sol) y tres surya namaskar B.  Como en la India hace calor, es suficiente así.  Sharath dice que en países fríos se pueden hacer hasta cinco A y ocho B.  En Madrid yo siempre he hecho cinco y cinco.
  2. Un día, mientras estaba en urdhva dhanurasana (el puente) tratando de mantener los pies paralelos, con las rodillas más bien juntas, noté que unos pies me empujaban para abrir las piernas.  Acabé haciendo el puente con las piernas muy abiertas, en los bordes de la esterilla.  Me levanté a samastithi para iniciar la secuencia de backbending y entonces me di cuenta de que el que me había separado los pies era el propio Sharath.  En Ashtanga Yoga Madrid corregimos a la gente para que no abran demasiado los pies.  Ahora los separo siempre mucho y, claro, resulta mucho más fácil, aunque dudo que esto sea aplicable a todas las personas porque puede añadir tensión a la zona lumbar. 
  3. Se percibe una notable insistencia por que en la secuencia final de backbending la gente haga "catching" y sea capaz de agarrarse en baddha chakrasana (la rueda agarrada).  Sharath, en concreto, no para de decir: "walk, walk" para que la gente se acerque todo lo que pueda hasta los pies y pueda llegar a cogérselos.  Se trata de una posición muy extrema para los ajenos a esta práctica, tal y como se ilustra en la fotografía que acompaña a este párrafo en el que Sharath Jois ha terminado de ajustar a John Campbell.  Yo, desde luego, no lo hecho jamás, y no puedo dejar de acordarme de nuestro querido Ricardo, que se tuvo que someter a una operación en las vértebras gracias a un ajuste malo precisamente en esta postura.
  4. En salamba sarvaungasana (la vela), sólo se cuentan diez respiraciones.  En Madrid hacemos 15 ó 25.  En el libro Yoga Mala Guruji decía que salamba sarvaungasana y sirsasana (postura sobre la cabeza) iban de la mano y que una debía durar tanto como la otra.  En sirsasana se cuentan 15 respiraciones más 10 en ángulo recto.  El resto de posturas finales tienen una cuenta de ocho respiraciones salvo las tres últimas que tienen diez.
  5. En el mantra final, Sharath dice él solo "Om, shanti, shanti, shantih" y a continuación todos lo repetimos.  En Madrid, esa parte del mantra final la decimos a la vez que el profesor.
  6. En las clases guiadas del viernes, la clase se guía hasta sukhasana (el descanso, tumbados), donde nos dejan estar tres respiraciones como mucho.  El domingo, ni siquiera hacemos el mantra final.  La clase termina con el último salto adelante tras la secuencia final.
Tanya en Chamundi Hill.

Ahora voy a hablar un poco de turismo.  Hace diez días llegó Tanya, y desde que está aquí hemos estado visitando muchos sitios que enumeraré:

A.  Reserva de tigres de Madumalai - Otty.  En realidad, aquí no estuvo Tanya porque no había llegado aún.  Me invitaron a ir a la casa de John, un británico que se retiró a vivir a la India.  Pasé un fin de semana estupendo en una casa colonial situada en una zona llena de elefantes y comiendo unas viandas estupendas preparadas por Johnny.  El sitio era un tanto irreal, con un jardín primoroso con flores y plantas muy bien cuidadas, piscina de quince metros de longitud, una colección de queseras de porcelana, un órgano antiguo y un piano de cola dentro de la casa y al lado, a cuatro minutos andando, había un pueblucho indio sucio y pobre. 

Con John, Mark y Caroline en Otty.

Lo más interesante del viaje, sin duda, fue el propio viaje.  Quiero decir, el trayecto hasta allá.  Y la vuelta.  Fui en un jeep con Mark, un británico, y Arnaud y Caroline, un matrimonio franco-británico.  El viaje no se prolongaba en teoría más de tres horas, pero a medio camino se averió el jeep y tuvimos que parar.  Mark se fue a buscar un taller.  Entretanto, un montón de niños vociferantes y unos cuantos mendigos nos estuvieron entreteniendo.  Al final, el coche no se arregló y tuvimos que coger un autobús de línea mientras Mark seguía con los mecánicos.  El autobús fue toda una experiencia.  En las carreteras indias hay baches para controlar la velocidad, y el autobús pegaba unos botes alucinantes cada vez que pasaba por encima de uno.  Era una pasada.  Nos teníamos que poner en posición de galope para amortiguar el bote.  Los indios se descojonaban de nosotros.  Al entrar en el bosque nacional, empezamos a ver monos, elefantes y ciervos a pie de carretera.  

Mark consiguió arreglar el jeep y llegó a casa de John de noche.  Por lo tanto, su jeep estuvo disponible para el viaje de vuelta, que puedo calificar como la más arriesgada experiencia en carretera de mi vida, y eso que el coche no pasaba de 70 por hora.  Mark conduce bien, pero conduce al estilo indio, y como el más indio de todos.  El tío empieza a pitar a todo el que se interpone en su camino bajo la premisa por todos aceptada de "el vehículo más grande tiene preferencia".  Lo mejor fue cuando el tráfico se puso muy espeso y una ambulancia con la sirena encendida se abrió paso.  Todos los coches se echaban a la cuneta para dejarla pasar.  Pues bien, Mark, ni corto ni perezoso, se lanzó a tumba abierta detrás de la ambulancia y se dedicó a seguirla.  Creo que estuvimos lo menos veinte kilómetros adelantando a todo el mundo como si constituyéramos virtualmente un "remolque" de la ambulancia.  A la izquierda quedaban los coches que se habían echado a la cuneta y a la derecha los que circulaban por el sentido contrario (os recuerdo que en la India conducen al modo británico), avanzando nosotros, ambulancia y jeep, por el estrecho pasillo que quedaba entrambos.  Al final, por suerte, pude contarlo.

John tocando la guitarra en su casa de Otty.

B.  Palacio de Mysore.  Visita obligada y típica.  Resulta bastante impresionante, pero no dejaban sacar fotos en el interior.  Siempre que lo visito me queda la sensación de que hay estancias que no muestran: tan sólo se ven salas públicas de tránsito, de conferencias o de reuniones del Maharajá, y al menos yo me quedo con las ganas de ver cómo era su dormitorio, su cocina o su retrete.  Dentro del complejo del Palacio hay elefantes y dromedarios que pueden montarse por 100 rupias.  

C.  Lago de Kukkarahalli.  Un lugar impresionante a menos de una hora andando de Gokulam.  Un auténtico paraíso natural hogar de pájaros salvajes y cocodrilos, aunque de esto último no vimos ninguno.  Resulta impresionante pensar que si Mysore no se hubiera urbanizado, seguramente toda la región sería una extensión de este lago.

D.  Jardines de Brindavan.  A 20 kilómetros al norte de Mysore.  Hay que coger un bus que tarda casi una hora.  Son realmente grandes, aunque comparándolos con los que se ven en Madrido Europa tampoco te dejan impresionado.  En la India, la mayor belleza paisajística sin duda la proporciona la naturaleza salvaje.  

Sylvain de Alemania, Olivier de Francia y Tanya en el templo de Srirangapatna.

E. El mercado central de Mysore.  Una interesante visita antropológica.  Un mercado con más puestos que los que tendría el de la Cebada en su época dorada pero totalmente vegetariano.  En todo el reciento no se puede comprar un solo huevo ni una brizna de pluma de pollo.  Las escenas que se pueden ver en sus intrincados callejones son verdaderamente épicas.  Desde una vaca comiendo las sobras podridas de puestos abandonados hasta una obesa mujer de vida disoluta agitando su generoso escote y dejándose pellizcar el culo a cambio de una rupia.  Los productos no vegetarianos se venden en una calle sanguinolienta que da bastante asco situada a cierta distancia del recinto vegetariano principal.

F. Galería de Arte de Mysore.  Un museo estilo indio.  Merece la pena visitarlo sólo por lo ecléctico que resulta.  Ponen un reloj francés con autómatas mecanizados que dan un paso a cada cuarto de minuto y al lado una estatua de mármol de un guerrero medieval.  La colección parece sacada de los enseres que tenían los británicos en sus casas coloniales.

Bueno, voy a poner ya el punto y final.  Mañana es día de luna y no habrá clase.  Iremos a ver el Templo Dorado en Bylakuppe.  Espero volver a escribir pronto.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Primera semana en Mysore: la ardua búsqueda de hogar.

He cumplido una semana en estos lares y es hora ya de contaros qué ha pasado.  He aquí pues, una pequeña crónica:

El vuelo sufrió retraso en Madrid y Londres y acabé saliendo del aeropuerto de Bangalore a las 08:00 de la mañana hora local.  Por suerte, el taxista estaba esperando.  El viaje por carretera se dilató hasta unas increíbles cuatro horas.  Era de día y la India acababa de despertar, por lo que la autopista (si se puede llamar así a una vía por la que no se llega a circular a más de 60 km/h) estaba tan concurrida como el metro y no sólo por vehículos: personas, vacas y burros la cruzaban o se plantaban en medio como si tal cosa.  Finalmente llegué al bed & breakfast de Mark y Stephanie, a cinco minutos del centro de Gokulam, y concilié un sueño.

Recién llegado, en el jardín de Mark y Stephanie.

Los primeros días estuvieron marcados por la búsqueda de una morada.  Sobre mis hombros pesaba la responsabilidad de encontrar un sitio también para Tanya y Nines, que llegarían de Madrid a mediados de noviembre y diciembre, respectivamente.  La cosa pintaba bastante mal: estaba todo muy lleno y los indios se habían subido a la parra con los precios.  Lo primero que vi fue un agujero espantoso con un dormitorio diminuto y un baño adjunto por el que me pedían 15.000 rupias (algo menos de 200 euros).  Lo descarté como opción de inmediato, viable tan sólo si tenía que elegir entre eso y dormir debajo de un puente.

Seguí mirando cosas.  Preguntaba a la gente, paseaba en busca de carteles "for rent" o recurría a los locales.  Los "conseguidores" Shiva y Murthi que cambian dinero y alquilan motos tan sólo fueron capaces de ofrecerme una habitación en un hotel con cocina compartida para todos los clientes del hotel.  El contacto de Borja, Narein, me mandó a casa de un familiar que alquilaba un dormitorio en su casa.  El plan consistía en vivir con la familia india como una especie de invitado, y no me hacía mucha gracia la verdad.  Le di una larga, que ya me lo pensaría y que estaba mirando otras cosas, y lo descarté mentalmente.

Fiesta de Halloween en casa de Mark el mismo día de mi llegada.  Coincidió que se celebraba el gran festival hindú de Diwali, y los petardos estuvieron escuchándose todas las noches durante casi una semana.  Al principio pensaba que a los indios les gustaba alargar Halloween, pero luego me enteré de la coincidencia de las dos fiestas.  Diwali se celebra en la luna nueva de octubre/noviembre.

Fue gracioso ir a visitar varios sitios (recuerdo hasta tres)  en los que no había absolutamente nada: ni sillas ni camas ni cocina.  Nada.  Pisos más o menos feos (la mayoría un agujero oscuro, la verdad) en los que sólo había paredes, suelo, puertas y ventanas.  A todos y cada uno de estos arrendadores les expliqué y aconsejé que si realmente querían alquilar el sitio a algún extranjero tenían que comprar muebles y equipar la cocina.  Ningún  extranjero que viene a quedarse unos meses se le va a pasar por la cabeza amueblar una casa alquilada.

Desesperado, decidí hacer caso incluso a los conductores de rickshaw de cerca de la sala que entre otras cosas actúan también de "agentes inmobiliarios" a cambio de una comisión.  Estos señores me enseñaron una casa que no tenía muy mala pinta, pero que resultaba un claro fiasco.  Tenía un dormitorio grande y otro con litera.  La construcción era moderna y estaba dentro de una urbanización con guardia.  Las pegas, no obstante, era muy grandes: no había NADA en la cocina y las tuberías del cuarto de baño estaban hechas una pena.  Dabas a los grifos de la ducha y empezaba a salpicar por todos lados.  Les dije que la casa estaba bien pero que las cañerías estaban estropeadas y faltaba lo esencial en la cocina (fuegos, nevera -había una pero no funcionaba-, algún plato, cacerola, etcétera). 

Con los asistentes a una sesión de chanting que organizó el occidental sin camiseta: un australiano convertido al Hare Krishna que cantaba mantras hindús y óperas con la misma facilidad.  Reconozco a Pavitra, que regenta el Green House y a Nuria Schneider y Adriana, con quienes he coincidido varias veces en Mysore.

Los tíos se emocionaron bastante.  Decían que lo iban a arreglar y a partir de ese momento no me dejaron en paz.  Cada vez que me veían me hablaban de la casa y me trataban de presionar para que les soltara pasta por adelantado.  Se les ve venir a la legua a estos listillos y es evidente que hay que decirles que no.  Hasta que no vea con mis propios ojos que está todo como debe estar, no voy a llegar a ningún acuerdo.

Después de haber visto cerca de una decena de casas, me veía en el punto de partida.  Pensé en ir a alquilar una habitación de una casita india que había visto antes.  Era un sitio oscuro y desangelado, pero era de lo mejorcito que había visto y estaba en la zona de la shala.  Esa tarde -era lunes- tenía que ir a apuntarme en las clases de Sharath.  Al salir, me quedé hablando con un chico que también acababa de llegar y le conté mis penurias en la búsqueda de un hogar.  Me dijo que a él también le había costado pero que finalmente había encontrado un sitio pequeño.  Por la mañana -agregó- había visto un sitio bastante bueno, pero que era demasiado grande para él -para tres personas- y lo había descartado.  Tanya, Nines y yo sumamos tres personas, por lo que de inmediato le pregunté donde estaba ese sitio y se ofreció a llevarme en moto.  Estaba realmente cerca, detrás del templo de Ganesha que está junto al cruce del coconut stand.  Pero nadie respondió a mis llamadas a la puerta y me retiré con el rabo entre las piernas.

Selfie en el famoso Anu's.  Todas las fotografías que ilustran esta entrada son auténticas de aquellos primeros días, rescatadas de un viejo backup de mi móvil de aquel entonces.

Mi melancólico deambular me llevó hasta la zona de Doctor's Corner, bastante alejada de la shala, donde por la mañana tras haber visitado un piso sin amueblar recordaba haber visto carteles de "houses for rent for yoga students".  Al cabo de un tiempo encontré un cartel de "house for rent" y llamé a la puerta.  Un señor bastante mayor me enseñó un bajo en el que no funcionaba la electricidad y que, como comprobé móvil modo linterna en mano, estaba completamente vacío, sin amueblar.  Le conté lo de siempre y me marché.  Bueno, en realidad me tuve que quedar cerca de una hora esperando en la casa con el hombre, porque se desató una tormenta monzónica de espanto y al hombre ni siquiera le apetecía recorrer los pocos metros que separaban su piso en alquiler de su vivienda.

Cuando la tormentá amainó estaba anocheciendo.  Me coloqué la cazadora vaquera sobre la cabeza y caminé de vuelta al bed & breakfast.  Tan sólo había reservado habitación para tres noches; aquélla sería la última.

El entrañable templo de Ganesha en Gokulam. 

De camino al bed & breadfast pasé por delante del templo de Ganesha.  Me metí por la calle de la derecha y miré la casa en la que antes no me habían respondido: las luces estaban encendidas.  Llamé a la puerta bajo la lluvia y me abrió un indio barrigudo con la voz grave como Louis Armstrong.  En efecto, tenía un piso en alquiler.  Se trataba de toda la primera planta de su casa (él vivía con su familia en la planta baja), y después de haber visto tanto agujero indio me pareció una mansión: recibidor y salón comedor con sillones, mesa y sillas y un sofá-cama, tres dormitorios grandes con muchos armarios, uno de ellos con baño adjunto (tipo occidental y con ducha), un baño equipado para lavar la ropa a mano y lavarse uno mismo con cubos, otro baño estilo indio, cocina equipada (fuego, nevera y microondas), despensa, terraza con lavadora, sala de pujas (sala de oraciones donde colocan imágenes de deidades hindúes) y, además, un amplísimo lugar de esparcimiento al sol en el ático.  Comprobé por encima que todo funcionaba: agua, nevera y luces y enseguida llegué a un acuerdo con él.  Rebajé lo que me pedía de 35.000 rupias a 33.000 al mes y le pagué ahí mismo una señal de 3.000 rupias.  El tío parecía -y lo parece todavía- muy legal; me firmó un recibí por el importe y me dijo que al día siguiente trajera el resto del dinero y la fotocopia del pasaporte y visado para hacerme un contrato de alquiler.  Su nombre es Siddappa, Siddu para los amigos.

Mi casa durante buena parte de aquel viaje.

33.000 rupias no dejan de ser una barbaridad en este país.  Son alrededor de 400 euros.  Pero, qué quieres que te diga, después de que me pidieran 15.000 por un agujero de 10 metros cuadrados, esto me parece un chollo.  Y desde un punto de vista occidental lo es.  Este verano estuvimos Nines y yo en Lisboa y nos dejamos 300 euros en una semana por un piso mucho más raquítico.  En contraste, puedo decir que además del importe del alquiler tengo que pagar 1.500 rupias al mes a una señora -Lakshmi- que limpia en casa de Siddu y en la mía.  La pobre hace la colada -a mano; no sé para qué está la lavadora-, barre y friega por menos de 20 euros al mes.  Yo al menos procuro hacer la cama y no dejar nada sin fregar para que no tenga que perder demasiado tiempo.  La pobre tendria que trabajar en mi casa durante 22 meses para poder pagar el alquiler que me pide Siddu, inmensamente desproporcionado para lo que es la realidad de la India pero perfectamente logico a tenor de la gran oferta que ha generado el yoga en Gokulam.  Cualquier indio se preguntará: "Si estos tontos occidentales vienen hasta aquí y le pagan a ese tío 400 euros por unas clases de yoga, ¿porqué les voy a cobrar yo 50 euros por el alquiler de una casa?".


Vistas desde el tejado de la casa.

La historia tiene su corolario.  Resulta que al día siguiente, cuando me encontraba en mi nueva casa deshaciendo las maletas y metiendo las prendas en el armario, de pronto apareció en el umbral de mi piso nada más ni nada menos que uno de los "agentes inmobiliarios" que el otro día me habían enseñado la casa con la cocina vacía y con las tuberías hechas cisco.  Por la mañana le había dicho a uno de ellos que ya no me interesaba la casa que me ofrecían porque había encontrado un sitio.  Parecía resignado, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando horas después se presentó en la puerta de mi casa, o de la casa que Siddu me había alquilado.  El tío había atravesado una verja, había subido veinte peldaños de escalera y había aparecido ante mis narices.  Era evidente que me había seguido.  El tío -con cierta pinta de mafioso de tres el cuarto, por cierto- me empezó a preguntar cosas.  Yo le dije que se callara, que no quería hablar con él, que no me interesaba ya su casa, que había encontrado otra como saltaba a la vista y que se largara.  Le cerré la puerta en las narices y al cabo de un tiempo se fue.

Vídeo que hice para que Tanya supiera cómo llegar desde el templo de Ganesha hasta la casa.

La cosa no paró ahí.  Al cabo de un rato volví a tener visita.  Esta vez no era uno.  Esta vez eran varios agentes.  Seis conductores de rickshaw estaban en el umbral de mi flamante hogar.  La situación parecía delicada.  La puerta la había dejado abierta y uno se quiso colar.  Por suerte, todos los indios están muy desnutridos y no me costó mantenerlo fuera y cerrar otra vez la puerta.  Empezaron a tocar puertas y ventanas.  Toc, toc.  Si hubiera sido un holocausto zombie, habría escuchado también sus gemidos.  Esta vez, sí, llamé al dueño de la casa, a Siddu, y le conté la situación: "Han venido unos agentes que enseñan casas hasta aquí.  Creo que me han seguido.  He cerrado la puerta pero no dejan de llamar.  No sé qué quieren."  Siddu me dijo que no abriera y que les dijera que iba a llamar a la policía.

Entrada a la casa.  A la derecha, mi dormitorio; enfrente, el salón.

Mi dormitorio durante un buena temporada.  El colchón fue responsable de un fenomenal dolor de espalda que se prolongó algunas semanas. 

El espacioso salón-comedor.

Al cabo de un rato llegó Siddu.  Abrió la puerta desde fuera y entró.  Yo estaba atrincherado detrás de una barricada de sillones y cojines con una escopeta casera confeccionada en minutos tipo Mac Gyver y una bandera del Athletic de Bilbao dispuesto a defender mi posición hasta la última bala.  Mi dedo se crispó sobre el gatillo y... 

Volviendo a la realidad, la llegada de Siddu aclaró las cosas.  Resulta que Siddu les había encomendado a esos agentes encontrarle un inquilino y no es que me hubieran seguido, es que habían venido a enseñarle la casa a un guiri.  Mi presencia allí les había pillado de imprevisto; no tenían ni idea de que la casa se hubiera alquilado ya.  Al parecer, cuando alquilas una casa que te han enseñado los agentes, se les debe pagar una comisión.  Como alguno de ellos recordaba haberme enseñado una casa, daban por hecho que alguno de ellos me debía haber enseñado ésa.  Ninguno había recibido un duro, por lo que querían reclamar su parte y por eso se habían presentado todos, para ver a quién le correspondía el billete de lotería premiado.  Le expliqué a Siddu cómo había llegado hasta su casa: no había sido a través de ningún agente, sino mediante un chico extranjero de las clases de yoga que había visitado la casa anteriormente.  Él se lo contó a los agentes en el idioma local y finalmente todo quedó aclarado y los agentes se largaron cabizbajos.  Me imagino que más de uno se lamentó por no haberme enseñado esa casa y haber insistido con el otro bodrio...

Mi crónica se ha centrado esencialmente en la búsqueda del piso.  La verdad es que ése ha sido el tema que más me ha preocupado en esta primera semana.  Por suerte, la historia ha tenido un final feliz: una casa grande con un dueño amable y al lado de la sala.  De ella me separan 200 metros literalmente.  El otro día salí a las 06:58 y llegué andando a la puerta de KPJAYI a las 07:01.

Tarjeta de estudiante del KPJAYI de la temporada 2013-2014.

KPJAYI... Krishna Pattabhi Jois Ashtanga Yoga Institute para los no iniciados.  He asisitido ya a mis primeras cuatro clases, notando la misma energía que recordaba.  Parece como si no hubieran pasado el tiempo.  Sharath se acordaba de mí, que venía de Madrid y estudiaba con Borja.  Los dos primeros días practiqué en buenos sitios, sobre alfombra.  El tercer día me tocó en la parte de atrás, sobre el frío mármol, junto a la pared e interrumpiendo con mi pie el paso a los vestuarios.  El cuarto día, clase guiada del viernes a las 06:00 de la mañana, iluso de mí llegué a las 05:45.  Me tocó practicar en el vestuario, con parte de la esterilla debajo de un lavabo y los maravillosos olores de los efluvios intestinales y vejigales al alcance de mi mano.  Muchos dicen que la práctica aquí es mágica y yo no voy a ser quien destruya el mito.  Los retratos de los grandes gurús del yoga, las alfombras desgastadas por el paso de tantos y tantos yoguis, la ceremonia de la entrada, de la salida, el "one more", tener que atravesar un laberinto de cuerpos sudorosos en plena práctica hasta alcanzar el vestuario, una vez en el vestuario tener que sortear los cuerpos que dentro del vestuario hacen las posturas finales.  Lo cierto es que somos muchos los que mientras estamos aquí nos transformamos.  Los más píos tocan el suelo con los dedos y se los besan cuando salen, la mayoría saludamos a Sharath juntando las manos sobre el pecho.  No es un templo y Sharath no es un sacerdote ni el Papa, pero para los ashtanguis dedicados, como somos todos los que nos hemos tomado la inmensa molestia de venir hasta aquí y asumir sacrificios personales y económicos, soportar recriminaciones por parte de gente que no comprende, este lugar es la fuente de la que surgió y hoy día sigue emanando todo eso a lo que tanto tiempo, esfuerzo y cariño dedicamos.

En fin, voy a ir poniendo el punto final.  Para terminar, voy a poner un pequeño listado de las principales diferencias que he observado.  Esta información va dirigida, principalmente, a los que ya han estado en Mysore y practicado en el KPJAYI.

Las multitudes se agolpan para una conferencia en el KPJAYI.

1. Sharath cuenta ahora con asistentes.  Dos o tres profesores -creo que autorizados- están presentes en las clases Mysore además de él.

2. Las clases de Saraswathi tienen lugar en otro sitio distinto.   Alumnos de Sharath y Saraswathi ya no conviven en la main shala.  A pesar de que Sharath tenga a tanta gente, para cuando me voy a eso de las 09:00 ya no está entrando nadie nuevo. Mi hora de entrada son las 07:15.

3. El supermercado Nilgiris ha cerrado.  Nadie me ha sabido explicar porqué.  Nacho, Javier González y María Ferrara recordarán que vendía un montón.  ¡Nosotros solos solíamos agotar las existencias de yogures y leche de soja!  Ha sido como cerrar un casino en Montecarlo.  Ahora, voy al Loyal World de la calle del Barista y a un supermercado muy grande Easy Day que no conocía y que está tirando como dos kilómetros por la calle del Tina´s Café. 

4. La tienda Suddha se ha cambiado a otra calle.  Ha hecho lo mismo Chakra´s House.  Ahora está al lado de mi casa, junto al templo de Ganesha.  El menú es muchísimo mejor que antes.

5. He desayunado y comido en sitios que ya conocía: el Anu´s, el Santosha, Tina's, 6th Main, pero he estado en nuevos descubrimientos: Anokhi's y Dhatu, por ejemplo.  Dhatu parece bastante nuevo; quizás lo hayan abierto hace poco.  Es un sitio con muy buena pinta con restaurante ecológico y tienda ecológica.  Muy recomendable.