lunes, 2 de abril de 2018

Diez años con Peter Sanson... ¡y en Bilbao!



Hace casi tres años, cuando Ashtanga Yoga Bilbao aún se encontraba en la fragua, dedicamos en este mismo blog un artículo a Peter Sanson, profesor neozelandés que visitaba Madrid cada mes de mayo y del que, tras nueve años, Nines y yo habíamos de despedirnos.  

La apertura de una escuela de Ashtanga Yoga en Bilbao era una iniciativa apasionante pero que acarreaba grandes responsabilidades y restricciones; entre otras quedaba limitada sine die nuestra libertad de movimientos, incluidos los viajes a Mysore o las "escapadas" a Madrid para volver a disfrutar de esas cinco maravillosas mañanas con Peter Sanson, y lo aceptamos como parte de nuestro dharma.  También, y habida cuenta de que en Bizkaia y prácticamente toda Euskadi no había nadie enseñando Ashtanga Yoga tradicional con quien pudiésemos contar para sustituciones puntuales, sabíamos que al menos durante varios años el peso de la escuela y de todas sus clases tendrían que descansar exclusivamente sobre nuestros hombros.  En consecuencia, Mysore y Sharath quedaron relegados a las vacaciones de Navidad o estivales y los talleres con Peter Sanson... al resignado ostracismo.

Entre tanto, desde la distancia, observábamos cómo el tour europeo de Peter proseguía año tras año llevándolo a Madrid, Barcelona, Cascais, Londres, Copenhague, Oslo y otras ciudades.  Cada una de sus visitas suponían un gran acontecimiento para la comunidad local de Ashtanga Yoga, como si el epicentro energético lo acompañase allá donde fuera.  Nosotros ya lo habíamos experimentado durante casi una década en Madrid, donde los practicantes más comprometidos de la ciudad procedentes de distintas escuelas, personas venidas del resto de España e incluso extranjeros, se desplazaban con el workshop de Peter Sanson como único motivo y practicaban todos bajo el mismo techo generando un precioso sentido de comunidad.  Efectivamente, durante esa semana mágica en Madrid se recreaba lo que, salvando las distancias y a una escala mucho mayor, sucede en Mysore, la meca de Ashtanga Yoga que cada temporada atrae a centenares de practicantes de Ashtanga Yoga de todo el mundo que se reúnen para estudiar con Sharath Jois: culturas, costumbres, naciones, razas y lenguas distintas uncidas por el yugo, unidas por el yoga. 

La mayor habilidad de Peter consiste precisamente en eso: en ser capaz de llevar consigo el espíritu de Mysore cual si un portador de llama olímpica se tratara, y a través de sus manos, de su voz, de su experiencia, transmitir lo que aprendió de primera mano.  Atesora más de treinta años de dedicación exclusiva a este sistema de yoga, veintiuno a los pies del propio Sri K. Pattabhi Jois y muchos de ellos en estrecha relación prolongada a lo largo de seis a nueve meses anuales, lo que le confiere una genuinidad a la que muy pocas personas pueden acercarse.  Y a diferencia de muchos de los antiguos estudiantes que, acostumbrados al trato cercano de los viejos tiempos y tal vez espantados por las aglomeraciones actuales, hace lustros que no han vuelto, a día de hoy Peter continúa viajando a Mysore como un alumno más y mostrando sus respetos a Sharath Jois, a quien vio crecer como hombre, como practicante y como maestro hasta convertirse en el custodio de la tradición legada por su abuelo y por Krishnamacharya.  Tal ha sido la dedicación de Peter Sanson que, certificado por Pattahi Jois para enseñar hasta la cuarta serie avanzada B, recientemente ha sido incluido en una reducida lista de ocho profesores certificados honorarios a los que Sharath Jois ha querido distinguir por su continuada devoción.

Peter Sanson, un jovencísimo Sharath y Guruji.  Fotografía obtenida de la página web de Peter Sanson.

Por todo esto, cualquier cosa que pueda escribir aquí se queda corta a la hora de describir la emoción que nos embargó cuando supimos que Peter Sanson vendría a Ashtanga Yoga Bilbao entre el 21 y el 24 de junio para impartir un workshop de cuatro días.  Nos habíamos puesto en contacto con él en el mes de septiembre; después de haberlo conocido durante tantos años tampoco nos parecía inapropiado tomarnos la libertad de invitarlo a incluir Bilbao en su tour europeo  Nos respondió cariñosamente su esposa Amna agradeciéndonos la invitación y asegurando que Peter lo tendría en cuenta  pero, la verdad, no albergábamos muchas esperanzas, y menos de que su visita se produjera esta misma temporada.  Mayúscula fue nuestra sorpresa cuando a primeros de febrero volvió a ponerse en contacto explorando la posibilidad de organizar un taller en Bilbao, el último de su gira europea.  Nuestra respuesta, claro, fue afirmativa, y al cabo de algunas semanas se concretaron las fechas.  ¡Peter Sanson vendría a Bilbao!

Para un observador externo, o para alguien que lo haga a través de ojos fríos, lógicos, desprovistos de pasión, quizás pueda parecer una tontería, un lujo prescindible eso de gastarse más de cien euros a cambio de estar cuatro días con un profesor por muy avezado que sea.  En cambio, aquellos que conocen a Peter, practican con él año tras año e incluso en algunos casos lo siguen de ciudad en ciudad, no tienen dudas y no dejan pasar la ocasión cada vez que se les presenta; unos pocos días con Peter Sanson sirven para inspirarlos y motivarlos durante meses.  Como ocurre en todo, al final cada persona tendrá su propia experiencia y sacará sus propias conclusiones, pero si te consideras un apasionado de Ashtanga Yoga y no conoces aún a Peter, puedes tener la certeza de que merece la pena apostar por él, aunque sea sólo por paladear el sabor del genuino estilo Mysore de manos de uno de los profesores más sénior del mundo.  Y si tienes suerte, o te toca la fibra sensible, quizás te cambie la práctica y por consiguiente la vida.

Una de las cosas que más me gusta de los antiguos estudiantes de Ashtanga Yoga aparte de, claro está, estudiar con ellos, es escucharlos o leerlos relatar sus vivencias.  Tuvieron el privilegio de vivir una época irrepetible en la que el Ashtanga Yoga se hallaba en pañales y Guruji podía contar a los estudiantes que acudían a sus clases con los dedos de las manos.  Eso les permitió permanecer muy cerca de la fuente de conocimiento original que él encarnaba y entablar una relación muy íntima, algo que a partir de finales de los años noventa se tornaría imposible de replicar.  Hoy día Ashtanga Yoga es un método que conocen y practican cientos de miles de personas en todo el mundo y Pattabhi Jois, fallecido en el 2009, ha quedado elevado a la categoría de mito.  Todos los ashtanguis hablan y escriben sobre él y, lo alaben o lo critiquen, la realidad es que su enseñanza ha influido a millones de practicantes de múltiples estilos de yoga.  Aquellos que lo conocieron personalmente durante la última época, cuando ya se había producido la explosión de Ashtanga Yoga y las multitudes habían desembarcado en Mysore por oleadas, mantuvieron una relación que, aunque sin duda entrañable, fue una caricatura de la que hubo con los primeros estudiantes.  Yo mismo, que tuve la suerte de conocerlo en vida en verano del 2008, apenas si pude intercambiar unas palabras con él el día del registro y tocarle los pies en la que acabaría siendo su última fiesta de cumpleaños.  La difusión global de su método de yoga había hecho de Pattabhi Jois un maestro de masas, el pastor de un gran rebaño que ni siquiera alcanzaba a aprenderse el nombre de sus innúmeras ovejas y al mismo tiempo lo había convertido en un símbolo del que todo el mundo quería saber, una leyenda viviente que la muerte no hizo sino agigantar.    

Borja Romero-Valdespino, Pau y Peter Sanson en Madrid.

Por eso somos muchos los que buscamos a profesores como Peter Sanson: para conocer cómo fue la instrucción original que recibieron aquellos que llamaban a Guruji por teléfono para anunciarle que llegaban a Mysore y se quedaban a comer con su familia o a charlar con él sobre un té chai.  Al fin y al cabo, en las pequeñas escuelas locales tratamos de reproducir la tradicional relación gurú-shishya parampara a la usanza de Mysore y para ello debemos remitirnos a los modelos que hemos tenido a nuestro alcance y a través de los cuales nosotros mismos la hemos experimentado.  En Ashtanga Yoga Bilbao hemos tenido como grandes referentes a Borja Romero-Valdespino, discípulo directo de Pattahi Jois desde 1999 y a Sharath Jois, nieto de Guruji y actual paramagurú de Ashtanga Yoga.  Peter Sanson, estudiante de la familia Jois desde finales de los ochenta, ha sido otro de los profesores cruciales en nuestra trayectoria y las circunstancias de su experiencia personal en Mysore con Guruji explican en gran parte el fondo y la forma de su enseñanza.  Por eso su testimonio, como su magisterio, resulta tan relevante y hoy es ya parte de la Historia de Ashtanga Yoga.  

Tras el fallecimiento de Guruji en mayo del 2009, Guy Donahaye y Eddie Stern, profesores de Ashtanga Yoga norteamericanos, cayeron en la cuenta de que los recuerdos de los estudiantes que habían conocido a Guruji en diferentes épocas constituían un valioso patrimonio intangible y ofrecían la posibilidad de retratar al divulgador de Ashtanga Yoga a través de un caleidoscopio de puntos de vista.  Esta genial idea se plasmó en el extraordinario libro Guruji: A portrait of Sri K Pattabhi Jois through the eyes of his students (Guruji: Un retrato de Sri K. Pattabhi Jois a través de los ojos de sus estudiantes), una recopilación de entrevistas con algunos de los estudiantes de Pattabhi Jois más representativos y ordenadas cronológicamente desde los más antiguos hasta los más nuevos.  Una lectura imprescindible para todo entusiasta de Ashtanga Yoga.

La antepenúltima entrevista del libro tiene lugar precisamente con Peter Sanson quien, con un lenguaje directo y sin adornos, tal y como es él, relata cómo fueron sus veintiún años de estudio al lado de Pattabhi Jois.  El siguiente texto es un extracto traducido al castellano de dicha entrevista.  He omitido las preguntas y reordenado las respuestas de Peter para que adopten la forma de un discurso.  ¡Disfrútalo!

Portada del libro editado por Guy Donahaye y Eddie Stern en el año 2010.  Puedes adquirirlo aquí.

Una mujer australiana se quedó en casa de un amigo cuando estaba en la universidad.  Mi colega me telefoneó y me dijo, "Esta chica que tenemos ahora en casa come brotes de legumbres y mantequilla de cacahuete sobre panes de arroz."  Una semana después fui a casa de mi amigo, y él y yo hicimos una clase con ella en el garaje.  En total hice dos clases con esa mujer, que acababa de regresar de Pune y era estudiante de B. K. S. Iyengar.  Desde entonces, he practicado yoga.

Tenía veintiún años en ese momento.  Cuando vine a Mysore por primera vez tenía veinticuatro.  Practicaba hatha yoga una vez por semana tras las clases de la universidad.  Los miércoles por la noche a las seis.  Iba todas las semanas con un tipo llamado Michael Jones.  El profesor de la universidad me aconsejó ir a una escuela en Sydney, pero terminé en Queensland.  Estaba en una tienda de alimentación orgánica y vi un cartel que hablaba de Nicki Know y James Brian, así que fui a estudiar con ellos.  Nicki y James hacían Iyengar.  Oyeron hablar de ashtanga a través de un artículo que se publicó en la revista Yoga Journal en 1987, escrito por Jane McMullen.

Nicki y James decidieron venir a la India en 1988 -habían escrito a Guruji y obtenido permiso para estudiar con él- y me preguntaron si quería acompañarlos.  Entonces le escribí a Guruji.  Tardé en recibir su respuesta y tenía que sacarme el visado, así que al final fui a Mysore en 1989.

Mi primer viaje a la India fue una pasada.  Aterricé en Chennai y tomé el tren a Mysore.  Todo me resultaba muy chocante.  Me encontré con Guruji en la vieja shala.  Guruji llevaba un dhoti con una cuerda sobre su hombro.  Me pidió la carta y me dijo: "Siéntate."  No dijo nada en un buen rato y me puse muy nervioso, temiendo que me rechazara y no me dejara estudiar con él.  Finalmente me dijo que regresara el día siguiente a las seis de la mañana.

Guruji en la puerta de la vieja shala.

Empecé a las seis de la mañana en la habitación situada en el piso de arriba junto con una mujer india mientras la clase regular tenía lugar escaleras abajo.  Había practicantes bastante avanzados en ese momento y yo no sabía hacer ni un saludo al sol.  Miré por la ventana y los escuché respirar, y me asusté.  Fue una buena idea que Guruji me llevara arriba.  Me quedé durante seis meses.

Fue un tanto angustioso.  La mujer a mi lado también era bastante avanzada; ella era flexible y yo rígido.  De pronto apareció Guruji y me enseñó el saludo al sol, a continuación se iba escaleras abajo y regresaba al de un rato.  Recuerdo que hacía hasta veinticuatro saludos al sol.  Empezó enseñándome el A y al cabo de una semana estaba haciendo doce A y doce B y después me sentaba y hacía la respiración.  Ése era mi programa.  Entonces poco a poco empezó a enseñarme las posturas de pie, los dos padangushtasanas, después los dos trikonasanas.  Así, poco a poco.

Practiqué en esa habitación durante una buena temporada, alrededor de un mes.  En algún momento, la clase de abajo se empezó a vaciar, al llegar los meses de abril y mayo el calor apretaba y sólo quedaron la mitad, alrededor de una docena de estudiantes.  En ese momento me llevó a la habitación de abajo.

La práctica me encantó.  Era un estilo de yoga mucho más activo que lo que había hecho antes y me gustaba la manera en que Guruji enseñaba.  También era mucho más corta, al principio practicaba sólo durante media hora.  Estaba acostumbrado a hacer muchas más asanas en los otros estilos.  Con Guruji estaba haciendo muy pocas posturas y muchas repeticiones y desde el primer momento me encantó.  Simplemente hacía mi práctica y la disfrutaba, disfrutaba estar con Guruji y me sentía muy bien.  

Guruji rodeado por sus estudiantes en su fiesta de cumpleaños en julio de 1993, todavía lejos de las multitudes.  Sentados, abajo del todo, se encuentran Peter Sanson (primero por la izquierda) y Tomás Zorzo (segundo por la derecha).  Peter y Tomás son amigos íntimos desde que coincidieron en Mysore durante tantos años.  De hecho, antes de que empezara a hacer sus talleres en Madrid y Barcelona, Peter iba a Oviedo todos los años invitado por su amigo Tomás.  Fotografía obtenida de la página Ashtanga Yoga Canarias de Ananda Zorzo, hijo de Tomás, que también aparece en la imagen.

Guruji me tocó en lo más profundo; estar con él era como nada que hubiera experimentado antes.  Su enseñanza era muy sutil en la forma que tenía de trabajar contigo en términos de personalidad, emociones, cualquier bloqueo físico o mental, y sabía cómo mover la energía y atravesarte hasta tus capas internas.

Tenía muchas dificultades al principio.  Aunque había practicado bastante yoga, no podía hacer bien muchas asanas.  Guruji era mucho de trabajar con las manos, te agarraba como si fueras un muñeco y te colocaba en la postura.  Tenías que rendirte a sus ajustes, entonces estabas seguro.  Si tratabas de resistirte era cuando estabas en serios problemas.  En numerosas ocasiones pude oír cosas que se rasgaban en el interior de mi cuerpo -como el sonido de sábanas que se rompían- pensaba que era el final para mí.  Pero me relajé y me rendí a él y dejé que me colocara en las diferentes asanas, y estaba seguro.  En todo momento podía sentir adónde debía llevarme.

Al final del mes de mayo, en medio del monzón, todos los estudiantes occidentales se habían marchado y me incorporé a la clase de las cinco de la madrugada.  Me lo estaba pasando como nunca antes en mi vida.  Con los estudiantes indios el ambiente era mucho más distendido que con los occidentales, se saltaban algunas cosas aquí y allá y a menudo interrumpían la práctica y se ponían a charlar entre ellos, en especial cuando Guruji se marchaba de la habitación para ir en busca de café.  No empujaban ni se tensaban, no estaban tan pendientes de quién hacía qué asana; su práctica era más como un amable ritual diario.  Su forma de practicar me gustó de veras y fue algo que se me quedaría grabado.

Guruji era tan estricto con ellos como con nosotros, por lo que puedo recordar no les enseñaba de manera diferente.  Ellos, en cambio, tenían con él un trato mucho más relajado y familiar del que teníamos los occidentales.  Muchos de los indios eran personas mayores con problemas de salud y Guruji les enseñaba con un enfoque terapéutico en la misma clase, simplificando, modificando la práctica y ajustándolos con sus manos.  De acuerdo con su capacidad los ajustaba y trabajaba con ellos lentamente.  Simplemente simplificaba las cosas, pero seguía siendo ashtanga yoga.    

Matsyendrasana.

Una vez vino un occidental llamado Alexander que tenía gota y una grave condición cardíaca que se trataba con pastillas de nitroglicerina.  Sufrió un pequeño infarto en la calle y recuerdo que pensé, gracias a Dios que Graeme Northfield está practicando aquí porque es enfermero y, si Alexander tuviera un infarto en medio de la clase, ¡Graeme sabría qué hacer!

Guruji lo puso a dieta y le tuvo haciendo saludos al sol muy suaves.  Al cabo de un mes dejó de tomar pastillas.  Su dieta quedó restringida a lo que era capaz de sostener en sus dos manos.  Mejoró mucho.  Se quedó estudiando en Mysore durante más de doce o dieciocho meses.

Un pilar fundamental de la shala era Amma, la mujer de Guruji,  Solía estar pendiente de los estudiantes, anotando quién tenía dolor de espalda o de rodilla.  Estaba muy involucrada en la escuela y hasta nos daba algunas pistas y trucos para la práctica.  Como éramos tan pocos, nos conocía a todos y a menudo nos invitaba a tomar una taza de café.  De vez en cuando íbamos a comer a casa de Guruji, lo que era genial.  Amma era una mujer encantadora.  Y es la única persona a la que alguna vez escuché regañar a Guruji. 

Cuando regresé tras uno de mis viajes a Mysore, una mujer llamada Judy Colbert que vivía en Gisborne me pidió que me acercara y le mostrara lo que estaba haciendo.  Lo hice y le mostré algo de lo que había aprendido con Guruji.  Dos o tres personas se interesaron y les enseñé algunos saludos al sol y algunas pequeñas cosas.  Les ayudaba los lunes por la noche, y fue así como comencé a dar clases.  Mantuve esa clase de los lunes por la noche durante diez años.

Natarajasana.

Guruji no me dio ninguna pista sobre cómo enseñar, de hecho me aterraba siquiera mencionarle que estaba impartiendo esa clase.  No hablé con él sobre ello, pero sí que le pregunté en una ocasión acerca de enseñar yoga, y entonces me dijo que tenía que terminar la cuarta serie y estudiar sánscrito.  Así que agaché la cabeza y me centré en mi práctica.

Guruji y sus enseñanzas me cambiaron la vida.  Me había graduado en la universidad en Nueva Zelanda y estaba bien situado para comenzar una carrera profesional en valores de propiedad.  Pero cuando empecé a practicar con Guruji todo mi interés se trasladó al yoga.  Me quedaría en Mysore hasta que se me acabara el dinero, después regresaría a Nueva Zelanda y trabajaría en la granja de mi familia, poniendo vallas, podando árboles y haciendo labores generales.

Cuando la gente empieza a practicar siento que la forma de su cuerpo cambia radicalmente, a menudo incluso sus caras adoptan una apariencia distinta.  Me imagino que es un reflejo de los cambios que están teniendo lugar a un nivel más profundo.  También me resulta interesante con qué rapidez los nuevos practicantes ajustan sus dietas después de empezar ashtanga.

Desde el principio tuve completa fe en Guruji.  Él era un profesor, un sanador, un psicólogo - todas ellas cualidades esenciales para un profesor de yoga.  Conectaba con la gente de inmediato, entendía sus experiencias y sentía una gran empatía hacia cualquier trance que pudieran estar atravesando.  A menudo surgían cosas en la práctica, y Guruji ayudaba.  Las cosas no siempre estaban directamente relacionadas con las asanas, sino con la vida.  Creo que todos los estudiantes estaban aprendiendo mucho de sí mismos, y ayudaba mucho recibir el consejo de alguien tan sabio.

Shayanasana.

A mi modo de ver, Guruji encarnaba todo lo que hay más allá del asana.  Las ocho ramas del yoga están integradas dentro de la práctica desde el principio.  Así es como lo entiendo yo hasta el día de hoy, y de hecho cuanto más practico más entiendo cómo se integra con la respiración.  Guruji trabajaba con un gran enfoque en la respiración desde el primer día, lo que convertía la práctica en una experiencia muy meditativa.  El resto de las ramas, tales como las relacionadas con el comportamiento y la dieta, empiezan a entrar en juego desde la primera respiración.  Guruji me dejó tan impresionado que tardé casi un año en reunir el valor para atreverme a tocarle los pies.

Era un maestro de los detalles: los dedos de los pies, la posición de las manos.  Todo.  Había ciertos detalles en los que siempre insistía desde el primer momento.  Algunas cosas en las que ponía énfasis: los dristhis, la respiración, muchas pequeñas cosas.  Y tenías que hacerlas todas antes de que te dejase seguir adelante.  Buscaba un determinado nivel de dominio sobre cada asana y se fijaba más en los detalles de lo que nadie se pudiera imaginar.

Lo más importante que aprendí de Guruji fue la necesidad de paciencia.  Guruji una vez me mantuvo parado en la misma asana durante siete años, lo que derribó muchas barreras físicas y mentales.  Enseñaba a todo el mundo de manera individual, con intuición y desde el corazón.  Cuando Guruji finalmente me dejó pasar a la siguiente asana, me di cuenta de que el asana en concreto no importaba; era mucho más importante el nivel de atención que uno lleva a la práctica.

Los fines de semana, no todos, sino de vez en cuando, nos convocaba para una conferencia.  Aparecía y discutíamos en torno a algún tema.  También nos llamaba de uno en uno a su oficina y nos preguntaba los nombres de las asanas.  Había que aprenderse los nombres de las posturas, lo que para mí era muy estresante porque no me los sabía al principio.  También había que conocer los vinyasas.  Y como insistía en que estudiase sánscrito, empecé a hacerlo con un profesor local.

Peter Sanson hace su habitual gesto de despedida, que el próximo mes de junio podremos ver en Bilbao.

A veces hablaba de Krishnamacharya, por quien mostraba un tremendo respeto.  También hablaba del Yoga Korunta.  Se sabía de memoria algunas partes y las citaba en referencia a aquello sobre lo que pudieses estar trabajando, especialmente si tenía que ver con los vinyasas, con la respiración, los dristhis y el mula y uddiyana bandha, temas habituales de sus conferencias.

La respiración es el elemento central de esta práctica.  Sin ella, no es yoga.  La respiración lo mueve todo a muchos niveles.  Los bandhas también resultan cruciales a nivel energético.  Cuando Guruji me enseñó a trabajar con los bandhas, mi cuerpo se tornó ligero y la energía empezó a moverse con suavidad.  Nos hacía trabajar sobre ello desde el principio con el perro boca arriba y boca abajo, enfatizando que apretásemos el ano y mirásemos al ombligo y empujásemos hacia arriba desde la ingle y bajo el ombligo.  No todo el tiempo, sino de vez en cuando nos hacía trabajar en ello.

Todo tenía que ver con dirigir la energía, moverla.  Siempre tuve la sensación de que su enseñanza era muy sutil y que siempre estaba trabajando en el movimiento de energía y en dirigir tu atención a determinadas cosas.  Y sólo te corregía cuando resultaba necesario.  Durante un tiempo te hacía trabajar cierta cosa y cuando sentía que hacía falta te corregía.  Nunca tenía prisa.  Cambiaba las cosas gradualmente, quizás sólo te daba una o dos instrucciones en un periodo de seis meses y te corregía poco a poco.  No en un día.  Buscaba cosas concretas y cuando sentía que había llegado la hora, introducía algo nuevo.

Guruji era un hombre muy disciplinado al que no le gustaba ver que se holganzaneara o se perdiera el tiempo.  Tenía un carácter muy fuerte y era profundamente religioso -esto impregnaba todo su estilo de vida- pero también era juguetón y tenía un gran sentido del humor.

Hay una cosa que dijo Guruji una vez que ha permanecido conmigo todos estos años.  Señaló su corazón y dijo: "Hay una pequeña caja aquí dentro.  En esa cajita reside Atman.  Dirige tu atención ahí.  Eso es el yoga."  Nunca olvidaré eso.  Siempre sentí que era un hombre de gran corazón, amoroso hacia sus estudiantes y con ganas de hacer todo lo que estuviera a su alcance para ayudarnos en nuestro viaje.

viernes, 2 de marzo de 2018

¿Maestro de yoga o bufón que ajusta asanas?


El profesor, el maestro, es una persona que proporciona un servicio de enseñanza a cambio de una contraprestación, por lo general económica.  Se le supone cierto grado de excelencia sobre la materia que imparte, un largo recorrido en ella y el respaldo de algún método didáctico que facilite la transmisión de sus conocimientos.

Esto es válido tanto en Oriente como en Occidente, donde el maestro se erige en una figura venerada en todos los ámbitos, desde colegios y universidades hasta escuelas artísticas, de danza, artes marciales y también monasterios y tradiciones de yoga.  Los jóvenes aprendices buscan en sus maestros una fuente de aprendizaje, inspiración, consulta y resolución de dudas, un patrón de cómo se han de hacer las cosas y un espejo en el que ver reflejado aquello en lo que, con el tiempo, ellos mismos llegarán a convertirse.

Sin embargo, a la tradicional figura del profesor se le suelen incorporar ciertos matices propios de los usos y costumbres de cada cultura que hacen que la relación entre maestro y discípulo en Occidente y Oriente adquiera tintes bien diferenciados.  Hoy día el flamenco causa furor entre los japoneses del mismo modo que en España triunfa el sushi y el origami; los Estados Unidos es el país del mundo en el que más gente practica yoga, porcentual y cuantitativamente, mientras que en la India fascina el estilo de vida occidental y nos imitan en los deportes, la música y el cine; por otro lado, las calles de Seúl y Tokyo exhiben luces de neón al más puro estilo de Las Vegas mientras en Europa leemos comics manga y vemos películas anime.  Pero a pesar de este mundo globalizado en el que las distancias se han reducido al mínimo y en el que en apenas veinticuatro horas se puede viajar al rincón más remoto o en el que cualquiera con un dedo y una pantalla tiene a su alcance ingente información actualizada al segundo de lo que sucede desde Groenlandia hasta la Antártida, para bien o para mal las diferencias entre Oriente y Occidente siguen siendo notorias.

Cuando un occidental viaja por primera vez a un país como la India, lo que más le suele llamar la atención es la suciedad que se ve por las calles: no hay papeleras en las aceras, las edificaciones e instalaciones públicas están descuidadas como si desde que las hubieran construido décadas atrás nadie se hubiese percatado de mantenerlas, y las vacas, los perros, los cerdos, las gallinas y las cabras campan a sus anchas metiendo el hocico en las bolsas de basura y esparciendo por doquier su contenido, que nadie se molesta en recoger y que se acaba acumulando en cunetas, esquinas y sumideros para horror del occidental acostumbrado a los eficientes servicios de limpieza de nuestras ciudades.  

¡Con las manos en la masa!

En la India todo está sucio por fuera pero, en cambio, y tal y como suele decirse, son muy limpios por dentro.  Como tienen poco y se han acostumbrado a vivir con muy poco, gastando una fracción de lo que nosotros, conceden una gran importancia a valores que los occidentales, simplemente, dejamos de lado hace muchas generaciones.  Así, las familias indias crían a cuatro y seis hijos sin preocuparse de si podrán meterlos a todos en el monovolumen o pagarles educación privada; los comerciantes abren más tarde sus tiendas o las cierran antes para poder acudir al templo a presentarle sus respetos; los padres no pueden permitirse una Playstation o unas vacaciones en Disneylandia pero pasan mucho tiempo jugando con sus hijos y encargándose de buena parte de su educación; su sentido de la hospitalidad les llevará a gastarse lo que no tienen para ofrecerle, sin escatimar, lo mejor a un invitado; los pobres no sólo reciben, sino que también DAN limosna; los ancianos viven con sus familias, que no los abandonan en residencias y los mantienen cerca de ellos como un valioso patrimonio de sabiduría; y por último, no diré que no les importa el dinero, pero sí que al igual que sucede en toda Asia, les pesa mucho más el sentido del honor y del deber bien hecho y no exigen contratos firmados para cumplir su palabra...

En la práctica de Ashtanga Yoga, nada más comenzar la secuencia de suelo de la primera serie, se suceden dos posturas: paschimattanasana y purvattanasana.  "Uttana" significa "estiramiento" mientras que "paschima" significa "occidente" y "purva", "oriente".  La postura del estiramiento occidental y la del estiramiento oriental; la primera una flexión intensa hacia delante, con la cabeza inclinada hacia abajo y a continuación una extensión de espalda, con la cabeza hacia atrás y la barbilla apuntando a lo alto.  Quizás -"paschima" y "purva" también significan "delante" y "detrás"- sea una bella metáfora de cómo son las personas en Occidente y Oriente: unos miramos hacia la tierra, hacia lo material, lo tangible, lo que nos aporta beneficios o envanecimiento, mientras que los otros miran hacia el cielo, hacia lo espiritual, lo que no se mide por lo que vale en billetes, oro, poder o prestigio.  En el equilibrio entre ambas visiones estará la virtud, y por eso se hace una postura detrás de la otra en la práctica de Ashtanga Yoga.  Aparte de que, claro está, desde el punto de vista de la columna vertebral, una -extensión- compensa la otra -flexión-.

Esta diferencia de concepciones se plasma también en la enseñanza.  En Occidente primamos lo externo, lo tangible, lo mensurable, la apariencia, y cuando nos embarcamos en algún estudio queremos que haya un objetivo que no sea sólo el aprendizaje en sí, sino algo que se pueda palpar y a lo que podamos dar uso práctico, nos reporte resultados materiales, nos diferencie del resto y nos haga sentir importantes.  La propia sociedad nos lo exige: ¿Sabes inglés?  Demuéstralo.  ¿No tienes un título de Cambridge o de la Escuela Oficial de Idiomas?  Entonces lo siento, pero te tengo que descontar dos puntos de méritos.  Por eso sólo nos interesa aprender en base a objetivos con etapas bien definidas: tantos años, tantos exámenes superados, tantos trabajos entregados, y ya tengo mi título, una certificación que puedo tocar con mis manos, colgar de mi despacho, inscribir en mi historial y que me abrirá paso en la sociedad competitiva del todos contra todos.

Foto de familia en Ashtanga Yoga Madrid, con Pau, Susana y Borja, nuestro maestro durante una década.  Esta entrada se va a ilustrar con fotografías de los profesores que más nos han inspirado..  

Por el contrario, en Oriente se busca la esencia de las cosas, lo que no se ve a simple vista, que en el caso de la educación resulta ser la sabiduría intangible, sin plazos y alejada de diplomas rimbombantes y del prestigio de las grandes instituciones.  A menudo, los grandes maestros de Oriente son personajes anónimos sin un vasto currículo académico a sus espaldas que, si de hecho lo poseen, no se hacen llamar "Doctor" o "PhD" ni hacen ostentación de él llenando una pared con una panoplia de títulos enmarcados como trofeos de caza.

Paramahansa Yogananda, el difusor mundial del Kriya Yoga, explica en su famosa Autobiografía de un Yogui que tuvo que esforzarse en obtener una titulación en una Universidad británica porque, como su maestro Sri Yukteswar Giri le había vaticinado, su destino era viajar a Occidente a enseñar yoga y debía evitar lo que le había ocurrido a Swami Vivekananda, quien había enseñado el Raja Yoga en Occidente varias décadas atrás y había sido despreciado en algunos círculos occidentales por ser un "intelectual de pacotilla" que ni siquiera había podido procurarse una "educación decente" al no poder alardear de ningún certificado universitario.  Por lo visto, los años de continuo aprendizaje y estrecha convivencia monacal al lado del sabio Ramakrishna no habían sido suficientes para que Vivekananda y sus enseñanzas fueran acogidas con respeto en Norteamérica.  Y por eso, a regañadientes porque nunca le gustó la educación formal y porque a lo que dedicaba toda su pasión y su tiempo era a la práctica del yoga y la meditación, Yogananda terminó sus estudios.  Para que cuando le llegase el momento de acatar su destino y se dirigiese a Occidente a enseñar yoga, su imagen, su currículo, se correspondiera con lo que la mentalidad occidental esperaba de un maestro y no se le pusiera en duda.

Tirumalai Krisnamacharya tampoco le tendió ningún certificado a Pattabhi Jois, a BKS Iyengar, a Indra Devi ni a su hijo Desikachar.  Y a pesar de, en su caso sí, la exquisita educación universitaria que había recibido y que lo había llevado a reunir hasta seis licenciaturas en cada uno de los seis darshanas o escuelas de filosofía indias, Krishnamacharya siempre diría que su gurú, su maestro, fue Ramamohan Brahmachari, a cuyos pies permaneció siete años y medio, quien nunca le pidió una sola rupia o piastra y que, de nuevo, tampoco le entregó diploma alguno una vez concluyó el aprendizaje.  Y si Pattabhi Jois comenzó a expedir sus famosas y controvertidas "autorizaciones" no fue por iniciativa propia, sino porque sus estudiantes occidentales, principalmente norteamericanos, se lo pidieron.  "You teach" (Enseña), era todo lo que solía decirles, "Teach as I taught you" (Enseña como te he enseñado).  Hasta que le explicaron que, en Occidente, se estila que los que se dedican a la enseñanza muestren una prueba de que poseen la legitimidad, el respaldo de una institución respetable como podría ser el Instituto de Investigación de Ashtanga Yoga (AYRI - Ashtanga Yoga Research Institute) que Pattabhi Jois dirigía y que en la actualidad se conoce como Instituto de Ashtanga Yoga Krishna Pattabhi Jois (KPJAYI - Krishna Pattabhi Jois Ashtanga Yoga Institute).

Sharath Jois.

Al final, Pattabhi Jois se subió al carro de los certificados y le cogió el gusto a eso de cobrar en dólares y llevar relojes caros, pero a pesar de todo continuó siendo Pattabhi Jois, el indio, el oriental.  Siguió levantándose como siempre al alba y cuando cumplió los sesenta y cinco años no se echó a un lado para disfrutar de un retiro dorado con yate y club de golf tal y como habría hecho un occidental de éxito, sino que continuó enseñando hasta el año anterior a su muerte a los noventa y cuatro años.  Y desde luego que su forma de transmitir siguió siendo de la misma y única forma que sabía y había conocido, hubiese habido en su shala cuatro alumnos o cuatrocientos y fueran sus nombres Apu o Madonna.  A pesar de que el mundo lo hubiera hecho rico y famoso, él permaneció igual.  

Oriente y Occidente, dos extremos, dos visiones y realidades contrapuestas, acabaron tocándose y teniendo en común muchos puntos.  Ashtanga Yoga se practica hoy en Mysore y en San Francisco, en Singapur y en Bilbao, en Colombo y en Sydney, en Beijing y en Buenos Aires.  En todas partes su práctica es esencialmente la misma pero, de forma inevitable, algunas percepciones siguen siendo distintas, entre ellas la manera en que en uno y otro lado se ven al maestro y a su relación con el alumno.  

El profesor de yoga en la India es una figura respetada que acepta enseñar al alumno.  La actitud de éste es de agradecimiento; es todo un honor poder estar a sus pies y beber de su sabiduría.  El alumno oriental se centra en lo que se le ha enseñado y lo estudia y repite con entusiasmo y, muy importante, con disciplina.  El maestro, que se toma muy en serio su dharma, no tolerará faltas a este respecto y dejará de sentir interés en enseñarle si el alumno no está a la altura y demuestra ser digno con independencia de que le haya pagado o no.  Además, la autoridad del maestro está por encima de toda duda y al aspirante no se le ocurre subírsele a las barbas o exigirle la siguiente lección, que sin duda recibirá cuando el maestro considere que está preparado.

Tomás Zorzo.

En Occidente al maestro se le le guarda respeto, por supuesto, pero como se le ha pagado, y en su condición de "clientes", los estudiantes tienen la concepción de que de algún modo el profesor está en deuda con ellos y tiene la obligación de satisfacerlos.  Para el occidental, el profesor es un medio para un fin, a menudo un obstáculo que, más que ayudar, pone las cosas difíciles y se interpone entre el alumno y su meta, la cual no es otra que llegar al final y alcanzar cierto objetivo tangible, bien sea un aprobado, una felicitación, un diploma o una nueva asana.  Muchos estudiantes, y no sólo de yoga, estarían encantados de poder tomarse una pastilla que les permitiera resolver todas las dificultades sin esfuerzo, por el estilo de la película Matrix en la que sus personajes aprenden artes marciales conectándose a un ordenador.  Nos encantan los atajos y queremos llegar allí ya, mejor hoy que mañana.

Por esto los profesores de yoga en Occidente tenemos una tarea tan difícil: el punto de partida de la mayoría de nuestros estudiantes está viciado.  El mundo occidental, rendido a la insaciable satisfacción de los sentidos, al consumismo desenfrenado en todas sus formas, necesita hoy más que nunca una disciplina como el yoga que, curiosamente tiene un gran arraigo en Occidente pero detrás de cuyo éxito por lo general y por desgracia no está la sed de trascendencia y de conocimiento del Ser, sino un pernicioso culto al cuerpo, un culto al ego que el yoga, cual arma de doble filo, puede contribuir tanto a remediarlo como a soliviantarlo.

De hecho, si la práctica de Ashtanga Yoga se ha extendido tanto en Occidente, no cabe duda de que ha sido precisamente debido a su énfasis en el aspecto físico.  Frente a otros enfoques más internos, meditativos y filosóficos que distinguen a otras tradiciones de yoga, en el método que transmitió Pattabhi Jois se lleva al extremo la máxima que él nunca se cansaba de repetir de que "el yoga es un 99% de práctica y un 1% de teoría."  Un estudiante de Ashtanga Yoga no recibe sesudas charlas teóricas, sino que desde su primer día se le plantean una serie de problemáticas psicomotoras y de coordinación entre respiración y movimiento que lo mantienen ocupado en el aspecto más burdo del ser humano: su cuerpo.  Durante mucho tiempo tan sólo trascenderá la parte física de la práctica y, para un estudiante típico que conoce Ashtanga Yoga sólo durante algunos meses y después lo abandona, seguramente siempre le quede la noción de que se trataba de "una colección de ejercicios difíciles" que le hacían "sudar una barbaridad".

Gabriella Pascoli.

La comida ha de entrar por los ojos y se puede afirmar que, como un manjar bien emplatado, Ashtanga Yoga lo consigue.  Siempre habrá gente que llegará a Ashtanga Yoga porque busque desarrollar su fuerza o su flexibilidad, remediar sus dolores de espalda o complementar con otra cosa su actividad deportiva principal: ballet, kárate o surf.  El mismo Pattabhi Jois se enamoró del yoga de niño tras ver a Krishnamacharya llevar a cabo una exhibición de asanas.  Es una verdad irrefutable: su apariencia exterior seduce a muchos y lo seguirá haciendo.  Tal es así que, a simple vista los profesores de Ashtanga Yoga apenas nos diferenciemos de un profesor de educación física: nos dedicamos a enseñar a los nuevos la "coreografía" de la práctica y a hacer ajustes aquí y allá a los que llevan más tiempo.  Casi se nos podría describir como vulgares "profesores de gimnasia" o, más gracioso aún, "ajustadores de asanas."

Hace varios siglos, a los pies de una catedral en plena construcción, se encontraban tres canteros.  Cada uno de ellos estaba dando forma, con martillo y cincel, a una piedra que formaría parte de un arco y se acabaría colocando en lo alto de la estructura de la catedral.  A todo esto se les acercó un capataz, un maestro constructor, y le preguntó al primero de ellos: "¿Qué estás haciendo?", el cual le respondió: "Aqui, dando golpes a una piedra."  El capataz se dirigió entonces al segundo cantero y le dijo: "¿Y qué haces tú?" a lo que repuso: "Pues ya ve usted, ganándome el pan de cada día."  Por último, el maestro constructor se acercó al último cantero y le preguntó: "Y tú, ¿qué estás haciendo?"  Y el tercero, por fin, le respondió: "Yo estoy construyendo una catedral."

Algo similar sucede con nosotros, profesores de Ashtanga Yoga o, según se mire, "profesores de gimnasia", "ajustadores de asanas", "bufones que entretienen a la gente durante su tiempo de ocio" y demás calificativos sumamente divertidos que se escuchan de labios de sus detractores, personas que nunca llegaron a conocer el sistema en profundidad o que por diversas causas quedaron desencantadas y optaron por atacar su superficie.  Cada cual es libre de interpretar si el papel del cantero es el de golpear piedras, procurarse un salario o construir catedrales, y si el del profesor de yoga se limita a ajustar posturas, gestionar un negocio o algo más.  En lo que respecta a los que componemos Ashtanga Yoga Bilbao, está claro.

La corchera en la recepción de Ashtanga Yoga Bilbao: un pequeño homenaje a nuestros maestros.

Pese a que pueda parecerlo, lo cierto es que Ashtanga Yoga no es solamente un método para que la gente aprenda a hacer asanas o, como reza un acertado eslogan y hashtag que han acuñado nuestros amigos José y Rafa de Mysore House Madrid: "Ashtanga Yoga no es lo que parece."  Más allá de las posturas que se ven en las fotos, rascando bajo la pintura, aflora su verdadero propósito: proporcionar al ser humano una plataforma de autoconocimiento, enfrentarlo a todo aquello a lo que no quiere enfrentarse, descubrirle que algunas veces, o demasiadas, es débil, confuso, iracundo, vulnerable, envidioso, miedoso, celoso, orgulloso, codicioso, egoísta, perezoso, ansioso, impaciente, que duda, sufre, odia, se compara, desea, se frustra, se ofende, juzga, que por muchos éxitos que haya cosechado en la vida, por mucho dinero, fama, poder y placer que haya acumulado en realidad no es feliz o sólo lo es a ratos pero que, pese a todo, dentro de sí existe una fuente inagotable de luz, dicha y felicidad que no se apaga cuando su cuerpo fracasa, pierde, se arruina, enferma, envejece o muere y enseñarle que, a través del control de su respiración, soberana sobre la mente y los sentidos, podrá dominar sus automatismos, los patrones generadores de sufrimiento, la programación innata que lo prepara para la supervivencia en el mundo material al tiempo que lo hace infeliz, y regresar a esa fuente de luz íntima, lograr un estado mental imperturbado y hallar la clave de la felicidad, el final del sufrimiento y el sentido de la vida.

De todo esto va el yoga, no de procurar que la gente logre hacer cada vez más asanas y convertirlos en unos sanos contorsionistas.  Y nuestro papel como profesores es acompañarlos a través de un viaje desde lo externo hacia lo interno, proporcionarles guía y apoyo y en los momentos difíciles mostrarles que hay salida al otro lado del túnel, aunque tal vez no en la dirección que quisieran.  Nosotros mismos somos también unos buscadores; en el mundo del yoga ha habido grandes yoguis, sabios que crearon escuela y ascetas iluminados, y los que formamos parte de Ashtanga Yoga Bilbao, evidentemente, no nos podemos contar entre ellos.  Somos los meros transmisores de algo mucho más grande que nosotros, un método creado por antiguos sabios y transmitido de generación en generación a través de una sucesión de maestros y también, y al igual que los que acuden a nuestras clases, somos estudiantes recorriendo nuestro propio camino, un camino que, no cabe duda, nos llevará, al menos, toda esta vida.  Conocemos y amamos profundamente esta práctica y ofrecemos nuestra trayectoria y experiencia a sabiendas de que entraña numerosas dificultades porque nos hemos topado y seguimos topándonos con ellas a diario.  Tenemos la gran responsabilidad de discernir qué paso es el más apropiado y en qué momento, algo que puede resultar muy difícil porque en una disciplina de un carácter tan dual como Ashtanga Yoga, intensamente externa pero al mismo tiempo tan profundamente interna, hay una delgada línea entre lo que es justo y lo que es demasiado, y porque el ser humano es una entidad muy compleja con muchas dimensiones y circunstancias cambiantes que han de ser tenidas en cuenta.  Curiosamente, a veces será tan importante lo que se enseña como lo que se deja de enseñar, e incluso se insiste en que no se aprenda.  

Al cabo del tiempo y no poco, puesto que la enseñanza de yoga no está destinada a prolongarse durante un trimestre, una temporada, un curso escolar ni doscientas horas de la Yoga Alliance, sino durante un número indeterminado de años y quizás toda la vida, la relación entre profesor y alumno se acaba consolidando.  El alumno abandona su estatus de cliente y el profesor desciende de la tarima, deja de ser ese personaje temido e inaccesible que imparte lecciones magistrales a distancia y se sitúa al mismo nivel que su aprendiz.  Y así, tras años de compromiso, devoción y entrega, maestro y discípulo entablan una amistad que, desde el respeto, los lleva a conocerse el uno al otro mucho más allá de los límites y detalles técnicos de la práctica que los unió.  En nuestras circunstancias culturales resulta difícil reproducir la tradicional relación gurú-shishiya parampara en la que el shishya o discípulo convivía en el ashram de su maestro, pero salvando las distancias, entre ellos se acaba estableciendo algo parecido a un vínculo familiar con el parampara, el linaje de conocimientos transmitidos de generación en generación, como árbol genealógico.  El maestro ha cumplido con su deber, su dharma, enseñando con sinceridad y nobleza aquello que aprendió de su propio maestro y de la misma manera en que lo aprendió, y por su parte el alumno ha hallado un faro con que guiarse desde la ignorancia hacia el conocimiento.

Al final, por tanto, y a pesar de las enormes diferencias entre los dos mundos, se termina produciendo una interesante convergencia entre los conceptos occidental y oriental de maestro: al que en la India llaman gurú, es decir, quien elimina (ru) la oscuridad (gu) y muestra el camino hacia la luz.  Y como Borja Romero-Valdespino, Sharath Jois, Peter Sanson, Tomás Zorzo y Gabriella Pascoli lo han sido para nosotros, nuestra intención, empeño e ilusión en Ashtanga Yoga Bilbao es estar a la altura de quienes hemos aprendido y lograr ser, para nuestros estudiantes, maestros de yoga, y no entrenadores de gimnasia, coreográfos, ajustadores de asanas, pasatiempos ni bufones.

jueves, 15 de febrero de 2018

Nines Blázquez y Ashtanga Yoga.

Nines Blázquez en la puerta del KPJAYI.

En el mes de mayo del año 2015 estábamos de despedida.  A final de mes dejaba el que había sido mi trabajo desde hacía casi diez años y la ciudad de Madrid para regresar a Bilbao y emprender la búsqueda de un hogar para Ashtanga Yoga Bilbao.  

Pero aún quedaban algunos hitos importantes en Madrid, el primero de los cuales en el propio mes de mayo: el habitual taller con neozelandés Peter Sanson al que habíamos asistido cada año desde hacía prácticamente una década y del que nuestra nueva vida en Bilbao estaba a punto de distanciarnos.

El taller en sí fue, una vez más, una experiencia estupenda.  Las dos escuelas de Ashtanga Yoga más importantes de Madrid volvieron a reunirse en Espoz y Mina para compartir su experiencia y energía con Peter Sanson como maestro de ceremonias y Borja Romero-Valdespino y José Carballal como asistentes de lujo.

El sábado al mediodía Nines y yo tuvimos el gran honor de ser invitados a comer con Peter Sanson, Borja y su mujer Susana Berenguer en lo que prometía ser una ocasión muy especial.  No volveríamos a ver a ninguno de ellos, ni siquiera a Borja, pero mucho menos a Peter, en mucho tiempo, y no nos podíamos imaginar una despedida mejor de Madrid que compartiendo una última comida y recibiendo los consejos de los profesores de Ashtanga Yoga con los que más tiempo habíamos estado y que más influyentes habían sido para nosotros.

Nines sobre una roca de San Valentín.

Los consejos, en efecto, fueron útiles y generosos, pero en determinado momento salió a colación lo que Peter Sanson no dudó en calificar como "un milagro de Ashtanga Yoga" y lo que, al fin y a la postre, es el punto central de esta entrada: la historia de Nines Blázquez.

Este blog, desde sus comienzos, ha sido una plataforma desde la que yo, Fernando Gorostiza, he dado rienda suelta a dos de mis mayores pasiones: Ashtanga Yoga y la escritura.  Además de diversos temas de interés general relacionados con el yoga he escrito, claro, acerca de Ashtanga Yoga Bilbao, de sus comienzos y de su recorrido pero, casi siempre, y hasta cierto punto como era lógico puesto que soy el autor de todas las entradas, lo he hecho desde mi propio punto de vista.  Entre pitos y flautas no cabe duda de que a estas alturas un asiduo lector de este blog ha podido hacerse ya un retrato bastante amplio de Fernando Gorostiza y de su trayectoria, aunque probablemente no pueda decir lo mismo de Nines Blázquez, mi esposa y la otra mitad de Ashtanga Yoga Bilbao.  Hoy ha llegado, por tanto, la hora de que sea ella la protagonista.

Cualquiera que vea practicar por primera vez Ashtanga Yoga a Nines Blázquez se llevará una gran sorpresa.  Es una chica pequeñita, con aspecto de poca cosa y que sin embargo despliega una gran fortaleza.  Es capaz de completar la primera serie de forma perfecta, sin flaquear ni adaptar ninguna postura, y acto seguido continuar la serie intermedia hasta ardha matsyendrasana, culminando con puentes, drop backs y una secuencia final inapelables.  Parece como si lo hubiese estado haciendo toda la vida.

La secuencia de drop backs by Nines Blázquez.  Este movimiento en particular en el que se la ve tan suelta se le ha resistido a Nines durante la friolera de cuatro años.


A veces, cuando se observa a alguien realizar cualquier cosa a la que ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo pero se carece de perspectiva se tiende a pasar por alto el arduo recorrido y sinnúmero de dificultades superadas que hay detrás.  En efecto, cuando un músico, un pintor, un bailarín, un masajista, un cirujano o un fontanero desempeñan aquellas tareas en la que son expertos, casi parece como si hubiesen nacido con esas habilidades y las hicieran salir al exterior de forma natural, sin esfuerzo.  En el caso de la práctica de yoga sucede otro tanto.

En este momento me vienen a la memoria varios ejemplos de personas que he conocido durante años y en quienes he visto el impacto paulatino, la evolución de la práctica de Ashtanga Yoga.  A algunos los vi empezar y luego, durante años, fuimos compañeros de esterilla.  Si un recién llegado a Ashtanga Yoga los contemplase hoy practicar, probablemente pensaría que "seguro que vienen del ballet o de la gimnasia rítmica y claro, así cualquiera".  Pero nada más lejos de la realidad; no son gimnastas ni acróbatas, sino profesionales de distintos ámbitos como tú y como yo: comerciales, arquitectos, camareros, enfermeros, ingenieros que no habían hecho antes nada fuera de lo común por sus cuerpos y psicomotricidad y que, al igual que sucede en el caso del que da sus primeros pasos en cualquier disciplina que nunca antes holló, sus comienzos fueron discretos.  Los progresos físicos, aunque llamativos para el observador externo, no fueron más que la consecuencia superficial de un trabajo interno, mucho más sutil.  Y es que ellos no arrojaron la toalla tras las primeras dificultades, sino que insistieron, se rindieron y se entregaron.  Y no lo hicieron durante unos meses, un verano o una temporada; día tras día, año tras año, en invierno y verano, bajo frío, calor o lluvia y les apeteciera ese día o no.  La vida los azotó a lo largo del camino; no todo fue un sendero de rosas: sufrieron lesiones, perdieron trabajos, sus parejas les partieron el corazón y tuvieron que despedir para siempre a seres queridos, pero a pesar de la adversidad continuaron sobre la esterilla en la que hallaron una herramienta de transformación física, psíquica y personal.

Y de entre estos casos, el de Nines es sin duda uno de los más sorprendentes.

Nines Blázquez en marichyasana D.

En el domicilio familiar de los Blázquez Morcuende en el barrio madrileño de la Estrella vivían Daniela, Crescencio y sus cuatro hijos.  Cuando Daniela quedó embarazada por quinta vez todos prefirieron una nueva hija; los tres primeros habían sido varones, así que otra chica equilibraría la balanza de sexos en el hogar.  A mediados de los setenta no había tanto refinamiento y sofisticación como hoy; el embarazo progresó de manera natural sin grandes chequeos ni ecografías y tan sólo al séptimo mes, debido al tamaño de la barriga, se supo que no había uno, sino dos bebés.  Cuando Daniela entró en el paritorio ni siquiera se sabía si serían niño o niña.  Todo transcurrió con normalidad y primero nació una preciosa niña de tres kilos y medio a la que llamaron Pilar.  Detrás llegó una segunda niña, una melliza con la que hasta casi el final los médicos no habían contado.  Su nombre fue Nines.

Nines era algo más pequeña que Pilar y nació con un problema.  Como no se habían realizado pruebas durante la gestación, los médicos pasaron por alto que las mellizas no se estaban colocando de manera adecuada en el vientre materno y Pilar fue empujando a Nines a la parte trasera.  Daniela se había estado quejando de dolores crecientes en la zona lumbar pero los médicos lo consideraron un síntoma habitual o quizás piedras en los riñones y no le dieron importancia.  En realidad, lo que sucedía era que los pies de Nines se estaban incrustando en la espalda de su madre, empujados por su hermana.  Hoy día esta situación habría sido detectada sencillamente en una ecografía y se habría manipulado a los embriones para que el espacio se hubiese repartido de forma óptima, pero en el caso de Nines y Pilar no se hizo nada.  La consecuencia fue que Nines nació con los pies totalmente doblados hacia atrás, los dedos contra los talones.

Al de dos semanas de nacer le escayolaron los pies y a los tres meses pasó por el quirófano para una intervención de cuatro horas.  Los cirujanos querían alargar sus tendones de Aquiles y estirar sus pies para que apuntasen hacia delante y le permitiesen caminar, lo que no pudo hacer hasta los cuatro años de edad.  Luego, hasta los dieciseis años y día y noche tuvo que llevar zapatos y botas ortopédicas que le enderezaban los huesos de los pies.

Nines Blázquez en kapotasana.

Por todo esto, Nines nunca fue buena en los deportes; no podía practicarlos como los demás niños porque, sencillamente, sus pies no se podían mover hacia arriba y hacia abajo como el resto.  A los treinta años de edad, en una de las habituales revisiones médicas a las que se tendría que seguir sometiendo durante toda su vida, los médicos le advirtieron de que tenía que hacer algo por estirar sus tendones porque el paso del tiempo y la inactividad los estaba acortando.  O hacía algo para evitarlo o sólo le quedarían dos opciones: volver a pasar por el quirófano para alargar los tendones una vez más o resignarse a no poder andar y quedarse en silla de ruedas.

Fue entonces cuando decidió dar un golpe de timón en su vida.  Dejó el tabaco, un vicio que la venía lastrando desde la adolescencia y comenzó a practicar yoga, una de las pocas actividades con componente físico que le había suscitado interés.  Y como si hubiese vuelto a nacer, ante ella se abrió una nueva vida.  Durante un tiempo probó diferentes estilos y finalmente acabó en la pequeña escuela de Ashtanga Yoga de Borja Romero-Valdespino en la calle Juanelo.

Corría el año 2009.  Por aquel entonces yo era ya un asiduo de Ashtanga Yoga Madrid.  Nuestros horarios no coincidían; por lo general ella asistía a las clases de la mañana y yo a las de la tarde, pero los que nos esforzamos en practicar a diario a veces debemos amoldar nuestros horarios y tampoco era raro que yo me pasara algunas semanas a la mañana o ella a la tarde.  Así que no tardé en acostumbrarme a ver a esa practicante menudita que siempre llevaba consigo unos pequeños álbumes con forma de cuña forrados con dibujos de las Supernenas que, mucho después lo supe, le ayudaban a compensar en algunas posturas la falta de movilidad de los tendones de sus piernas.

Al cabo de unos años se sometió a otra revisión.  Los médicos le dijeron que, fuera lo que fuera lo que estaba haciendo, que siguiera con ello: sus tendones no se habían acortado, todo lo contrario, y sus pies no requerirían de intervención alguna.  Cómo no, ella les hizo caso y continuó practicando Ashtanga Yoga.

Con Nines en el Retiro de Madrid, poco antes de la mudanza a Bilbao.

El resto es historia.  Al cabo del tiempo nos acabamos conociendo, una cosa llevó a la otra y... ya se sabe.  A finales del año 2011 empezamos a salir juntos.  En realidad, nada apuntaba que acabaríamos donde hemos terminado hoy.  Los seres humanos tendemos a dejarnos llevar por la inercia y nos resistimos al cambio.  Yo tenía un trabajo fijo de ingeniero en el Ministerio de Medio Ambiente, me había comprado un piso en el centro y ella era una exitosa profesora de diseño gráfico y de moda en varias de las escuelas de diseño más prestigiosas de Madrid, donde había nacido, crecido y vivían toda su familia y amigos.  La idea de Ashtanga Yoga Bilbao se venía fraguando en mi cabeza desde hacía un tiempo, pero tampoco estaba decidido aún a poner mi vida patas arriba y dejarlo todo atrás.  Al fin y al cabo, quería hacer las cosas bien y pensaba en ello más bien como un proyecto a largo plazo en un futuro remoto.

Cierto día de verano fuimos a comer al Loving Hut, un restaurante vegano con tintes budistas bastante curioso situado en la Plaza España.  Estaba un poco nervioso porque quería tener una conversación seria con Nines.  Cuando saque a la luz el tema ella se asustó; pensaba que le iba a decir que tenía una grave enfermedad o algo por el estilo.  Lo que hice, en cambio, fue revelarle mi intención de volver a viajar a la India -ya lo había hecho una vez en el 2008- dos meses cada fin de año ejerciendo el derecho a un permiso sin sueldo anual que nos concedía el convenio colectivo de la empresa y que en el futuro tenía intención de regresar a Bilbao para abrir la primera escuela de Ashtanga Yoga.  Nines me preguntó: "¿Y qué pinto yo en todo esto?"  Le respondí que, si ella estaba de acuerdo, me gustaría contar con ella para que lo hiciésemos juntos.

No las tenía todas conmigo; Nines sólo había estado en Bilbao de vacaciones y su gente, su trabajo y todo su mundo estaba en Madrid.  Pero tuve la inmensa fortuna de que no sólo le pareciera una buena idea, sino que se ofreció a acompañarme en todo: a la India y, cuando llegó el momento, lo dejó todo atrás y también se vino a Bilbao.

El 19 de agosto del 2017.

No me puedo sentir más afortunado por tener a Nines a mi lado.  No tiene precio como esposa, amante, amiga, compañera y socia.  En muchos casos nuestras virtudes se complementan y, en lo necesario, nuestras pasiones se solapan.  Y es que en un proyecto que va mucho más allá que el de un simple negocio como el de Ashtanga Yoga Bilbao, erigido sobre sentimientos, resulta imprescindible que sus dos integrantes tiren del carro en la misma dirección.  Reconforta verla llegar de madrugada a practicar, ayudar a la gente durante las clases y sentarnos juntos a pasar listas u organizar los detalles del siguiente evento.  Gracias a ella todo ha sido mucho más fácil y Ashtanga Yoga Bilbao y mi propia vida sin duda no habrían sido lo mismo sin ella.  Su personalidad, su entusiasmo y su arte lo impregnan todo, desde las galletas para el té hasta el propio logo de la escuela.  Además, quizás debido a sus propias circunstancias siempre ha sentido interés en la biomecánica del cuerpo, lo que le ha llevado a cursar formaciones de quiromasaje, masaje ayurvédico y por último, de osteopatía, no con la intención de dedicarse a ello sino para aplicarlo en las problemáticas que se plantean durante las clases de Ashtanga Yoga, donde la intuición es crucial pero el conocimiento anatómico también resulta de gran ayuda.

Nines es para todos un ejemplo de superación, un símbolo de cómo el ser humano puede convertir sus desventajas en un acicate y no en una excusa.  Donde otros habrían claudicado, ante un grave defecto estructural supo agigantarse, poniendo en práctica la gran máxima del yoga: que no se trata simplemente de posturas, sino un método sistemático para gestionar y superar los problemas a los que el ser humano, de diferentes maneras, se enfrenta y le causan pesar.  Nines Blázquez, un milagro de Ashtanga Yoga.

lunes, 29 de enero de 2018

La leyenda del Yoga Korunta.

Contraportada del Yoga Mala de Pattabhi Jois, con la fotografía de una hoja de un viejo manusrito en sánscrito.  ¿El Yoga Korunta?  No, sin duda, pero me gusta la idea.

Sin duda, el yoga ya forma parte de la cultura popular: aparece en anuncios de televisión, en los carteles del metro, políticos y famosos presumen de que lo practican...  En estos tiempos modernos resulta difícil pensar que el yoga no gozó siempre de este prestigio, este glamour, y que hubo una época, hace no mucho, en el que el yoga era visto en el mundo como una exótica extravagancia de Asia y que en la India, su propia cuna, quedaba relegado al ostracismo, a la marginalidad de eremitas, monjes, shadus, swamis y sannyasas retirados de la sociedad. 

Pero la realidad es exactamente ésa: el yoga no se ha dado a conocer al mundo sino en el último siglo y su expansión a gran escala se ha producido tan sólo en las últimas décadas.  Durante siglos el mundo no sentía interés por el yoga; en la India las familias no deseaban que sus hijos lo practicasen y terminasen llevando una vida monacal en un ashram; los grandes maestros vivían y perecían sin fama ni oropeles, sin que los cronistas recogieran sus enseñanzas y las preservasen en bibliotecas ni se les rindiese encendidos homenajes.  En sus discípulos y algún astroso manuscrito quizás perdurasen sus enseñanzas durante un tiempo, pero por lo demás el personaje detrás quedaba condenado a diluirse cual terrón de azúcar en el océano del tiempo y, a lo sumo, a convertirse en leyenda o mito.

No es de extrañar, por tanto, que un velo de misterio cubra en gran parte los orígenes del yoga y sus linajes.  Hay sabios de la antigüedad como Patanjali, Vyasa, Ashtavakra, Ishvarakrishna, Shankaracharya o Swatmarama cuyo legado ha conformado buena parte del conocimiento yóguico actual y que son referencia para todas las tradiciones pero de cuyas vidas poco o nada se conoce.  Muchos otros sabios y textos se han perdido y hoy ya ni se recuerdan sus nombres.  Los mismos linajes, las escuelas que se extienden por los cinco continentes y que tienen a sus fundadores bien identificados con nombre, apellido, foto y extensa biografía, pierden sus raíces en el pozo del anonimato.  Vivekananda fue discípulo de Ramakrishna, y Ramakrishna de Totapuri pero, ¿quién fue Totapuri y quién fue su maestro?  Totapuri vivió en aquellos siglos oscuros en los que al mundo no le interesaban los locos ascetas del yoga y es el último y misterioso eslabón al que podemos remontarnos del sin duda milenario linaje del raja yoga de Vivekananda.

En el caso de la tradición de Ashtanga Yoga sucede otro tanto.  El mundo ha conocido a Pattabhi Jois y a su maestro Krishnamacharya, que falleció en 1989 a unos dilatados 101 años.  Para entonces la pasión por el yoga ya había despertado en el mundo, lo que permitió que sus vidas fueran suficientemente documentadas, fotografiadas y filmadas.  Pero más allá de Krishnamacharya  existe un gran misterio.  ¿Surgió Krishnamacharya de forma espontánea, como una seta en el bosque, sin que nadie la plantase?  ¿Fue un autodidacta, un inventor que interpretó e innovó por cuenta propia a partir de la exquisita educación formal universitaria que recibió?  Evidentemente no.

Fotografías y retratos en la main shala del KPJAYI en Mysore.  El gran retrato de Pattahi Jois se encuentra flanqueado por una fotografía de Krishnamacharya y una representación ficticia de Ramamohan Brahmachari, lo más parecido a una imagen suya que puedo ofrecer a los lectores del blog.

En algún momento de los años 1910, el joven Tirumalai Krishnamacharya viajó al Tíbet para encontrarse con el que sería su principal gurú durante siete años: Ramamohan Bramachari.  No se sabe nada de Brahmachari salvo lo que el propio Krishnamacharya contaba sobre él: que era su gurú, que vivía en una cueva con su mujer y tres hijos, y que dominaba numerosas técnicas de yoga y más de 7.000 asanas.  Por lo visto, y aquí existen muchas versiones e informaciones incompletas y contradictorias, uno de los conocimientos que adquirió Krishnamacharya durante aquellos siete años junto a Brahmachari, aparte de 700 asanas, fue el estudio del Yoga Korunta, un enigmático texto sobre yoga escrito por un tal Vamana Rishi que Brahmachari le hizo aprender de memoria.

Posteriormente, durante sus años en Mysore entre mediados de 1920 y 1950, Krishnamacharya enseñaría un sistema de yoga vigoroso que ponía en práctica los conceptos de vinyasa, bandhas y dristhis y estaba estructurado en torno a series de asanas de dificultad creciente que Pattabhi Jois aprendería y continuaría enseñando tras la marcha de Krishnamacharya y que hoy conocemos como Ashtanga Vinyasa.  Pattabhi Jois siempre afirmó que el método que Krishnamacharya enseñó en Mysore estaba ampliamente basado en el Yoga Korunta y que él mismo, como experto en sánscrito, en cierta ocasión le había acompañado a Krishnamacharya a la Biblioteca de Calcuta donde, siguiendo las pistas de su viejo maestro Brahmachari, habían hallado una copia completa del Yoga Korunta.  Pattabhi Jois supuestamente lo vio con sus propios ojos, pero el manuscrito enseguida se destruyó, envejecido por el paso del tiempo y carcomido por los insectos.

El Yoga Korunta es uno de tantos textos perdidos, una romántica leyenda quizás, y a todos los efectos un dudoso argumento para respaldar el milenario origen del método de Ashtanga Vinyasa.  Tan sólo el testimonio de Pattabhi Jois lo sostiene, de la misma manera que tan sólo el testimonio de Krishnamacharya sostiene que Ramamohan Brahmachari fuera un personaje real.  No cabe pensar que ni uno ni otro tuviesen motivos para mentir.  Eran académicos universitarios y maestros de yoga y filosofía, no vulgares charlatanes.  No obstante la gente, escéptica por naturaleza, quiere, exige pruebas; no le bastan los actos de fe.  Así, se cuentan por legiones los detractores que ven en esto del Yoga Korunta un oscuro aspecto de Ashtanga Yoga y una espléndida oportunidad para vilipendiar la enseñanza de Pattabhi Jois, a quien a menudo se acusa de pretender investirse de forma ilegítima con la autoridad de un viejo libro antiguo inexistente y que, en el fondo, seguramente tan sólo enseñó un método de gimnasia más o menos sofisticado con ínfulas de yoga inventado en el siglo veinte y sin el menor atisbo de raíces antiguas.  

Pues bien, hace unas semanas llegó hasta mis manos un interesantísimo texto del año 2015.  Me lo envió Rafa Brancas, aplicado estudiante de Ashtanga Yoga Bilbao.  El autor es James Russell, un profesor de yoga -no de Ashtanga Yoga- y blogger del Reino Unido que ha publicado en su blog una reveladora investigación que ha llevado a cabo acerca del Yoga Korunta con unos resultados más que sorprendentes.  Me he tomado la molestia de traducirlo y ofrecérselo a los lectores del blog de Ashtanga Yoga Bilbao.  Aquí está el enlace al texto original.


Sharath Jois, Pattabhi Jois y Tirumalai Krishnamacharya: tres generaciones de maestros custodios del legado de Ramamohan Brahmachari y del Yoga Korunta.


Desenterrando la leyenda del Yoga Korunta.

Hay una misteriosa leyenda en el mundo de Ashtanga Vinyasa Yoga.  Si nunca la has escuchado, suele decir tal que así:

A mediados de los años 1920, el gran maestro y profesor de yoga, Sri T. Krishnmacharya, se dirigió a la biblioteca de Calcuta acompañado por un joven y devoto estudiante llamado K. Pattabhi Jois.  Iban en busca de un texto de yoga perdido, oscuro, denominado "Korunta."  Hallaron el texto, cuyo autor era un sabio llamado "Vamana Rishi", escrito sobre hojas de plátano o palma (lo cual es frecuente en los textos de yoga antiguos.)  Los caracteres sobre las hojas describían con detalle un método de Hatha Yoga dinámico y vigoroso.

Este método se caracterizaba por varias secuencias fijas (krama) de posturas (asanas) enlazadas a través de movimiento, respiración, contracciones físicas y puntos hacia los que dirigir la mirada.  Esta unión de movimiento y respiración se conoce como "vinyasa."  Vinyasa significa "colocar de una manera especial" y es un término que también se encuentra en artes indias clásicas tales como la música y la danza.

Algunos afirman que las hojas del Korunta estaban atadas a una antigua edición de los Yoga Sutras de Patanjali (un tratado de dos mil años de antigüedad sobre la tecnología psicológica del yoga).  A este sistema se lo conoce como Ashtanga Yoga (que significa yoga de los ocho pasos.)  De acuerdo con Gregor Maehle (Ashtanga Yoga 2006) los dos sistemas estaban pensados para que fuesen practicados y estudiados juntos.  De ahí el nombre "Ashtanga Vinyasa."

Tras descifrar el texto, Krishnamacharya le enseñó el método a Pattabhi Jois.  La última parte de la historia es que el Korunta se desintegró poco después y/o que fue carcomido por hormigas (perfectamente plausible en el clima de la India); para nunca ser visto de nuevo por nadie más que Krishnamacharya y Pattabhi Jois.  Se cree que se trataba de una copia única.

Jois dedicó su vida a divulgar el método de Ashtanga Vinyasa y en los años 1970 enseñó a los famosos yoguis occidentales David Williams, Nancy Gilgoff y Norman Allen.  La práctica se propagó en Occidente donde alcanzó una gran popularidad y fue elogiada por personajes famosos como Madonna, Gwyneth Paltrow y Sting.  Hoy, Ashtanga Vinyasa es una de las formas de yoga más populares en el mundo.

Los defensores del sistema Ashtanga Vinyasa han esgrimido el Korunta como principal argumento para afirmar que se trata de una practica antiquísima que se remonta milenios atras.  Muchos practicantes han citado también el antiguo sistema de Patanjali como fuente para legitimar y conferir credibilidad a su práctica.

"En el corazón de Ashtanga se encuentra Vinyasa.  La esencia de Vinyasa es la sincronización de respiración y movimiento." (Ashtanga Yoga, John Scott, DVD, 2002.)

Sin embargo, el texto de Patanjali no hace ninguna mención a Vinyasa y tan sólo una a asana: "Sthira sukhasanam (la postura ha de ser estable y cómoda)" (Yoga Sutras 2:46)  El Ashtanga Yoga de Patanjali es esencialmente meditativo y es un método para poner la mente bajo control de manera progresiva, para "acallar las ondas de la mente." (Yoga Sutras 1:2)  El método de Patanjali, claramente, es muy distinto del sistema vigoroso y físicamente exigente que hoy conocemos como Ashtanga Vinyasa Yoga.


James Russell, autor de este artículo e investigación.


La búsqueda del Korunta.

Desde el principio me fascinó la leyenda del Korunta: otorgaba a las series de Ashtanga un velo de misterio y una antigua autoridad.  Leí varias versiones de la historia del Korunta y me pregunté acerca de su autenticidad.  Una vez comencé a buscar, descubrí que varios de los estudiantes de Krishnamacharya lo mencionaron hablando acerca del texto pero no fui capaz de encontrar ningún registro de que semejante texto hubiese sido nunca publicado.  Tampoco pude encontrar un autor con el nombre de Vamana Rishi.  En la mitología hindú, Vamana es el nombre del quinto avatar de Vishnu y se trata de un nombre indio bastante común.  El título "Rishi" por lo genera denota a un sabio o vidente, de la raíz "Drsh" que significa "ver." (Al igual que en "Drishti", la práctica de dirigir la mirada a diversos puntos.)

El método Vinyasa y de asanas descrito en el libro de Krishnamacharya "Yoga Makaranda" (1934) guarda grandes semejanzas con la primera serie de Ashtanga Yoga y parece formar parte de un sistema de Vinyasa Yoga mucho más amplio que algunos de sus estudiantes posteriores denominarían "Vinyasa Krama."  No obstante, la larga bibliografía del Makaranda no incluye al Korunta.

El libro "Yoga Mala" (1962) de Pattabhi Jois, el texto seminal de Ashtanga Vinyasa, tampoco incluye ninguna referencia al Korunta.  No obstante, Jois ofrece una atractiva cita de Vamana Rishi, (presumiblemente del Korunta)

"Vina vinyasa yogena asanadin na karayet -
Oh yogui, no hagas asana sin vinyasa"

Vamana Rishi.

Aparte de esta única cita, no fui capaz de hallar ninguna otra cita que se hubiese publicado en un texto bajo el nombre de Korunta.  Ni tampoco pude encontrar ningún registro anterior a 1934 acerca de yoguis que practicasen asanas en el estilo vinyasa que enseñó Krishnamacharya y después Jois.  De hecho, un gran número de las posturas del método Ashtanga Vinyasa no se pueden encontrar en ninguno de los textos tradicionales de Hatha Yoga.  El Korunta y los orígenes del Ashtanga Vinyasa Yoga seguían siendo un gran misterio.


La escuela de yoga de Krishnamacharya en Mysore, junto al Palacio Jaganmohan.

¡Eureka!

Entonces, en el año 2011, mientras estudiaba el Hatha Yoga Pradipika (un texto del siglo decimocuarto que trata sobre Hatha Yoga) un nombre destacó entre el texto y atrajo mi atención.  En el primer capítulo del Pradipika, el autor Svatmarama enumera el linaje de yoguis en Hatha Yoga (Hatha Yoga Pradipika 1: 5-9).  El decimotercer nombre de la lista es:

"Kuarantaka: también conocido como Karandaka, puarantaka y Kurantaka"

Kurantaka - Kuranta - Korunta.

El nombre tiene una gran similitud con Korunta.  Interesante, pero no demasiado significativo.

Sin embargo, unas pocas semanas más tarde recibí desde la India una traducción de una versión más larga del Pradipika, no disponible previamente. (Hathapradipika 10 capítulos, 2006.)  Este texto da más detalles del linaje de Hatha y de nuevo menciona a Kuarantaka.  Descubrí para mi asombro que un yogui llamado "Kuarantaka" fue autor de un texto titulado:

"Kapala Kuarantaka Yogabhyasa Paddahti"

Que se traduce aproximadamente así: "El método de yoga de Kuarantaka Kapala" (Kapa signfica calavera o cráneo y sospecho se trata de un título que se le dio al yogui Kuruntaka para indicar su afiliación a la secta Shaivinista de los Kapilika o portadores de calaveras)

El texto descrito contiene 112 posturas.  Eso me interesó enormemente, dado que este número es muy cercano al número combinado de las posturas contenidas en la primera y segunda series de Ashtanga Yoga, que es de 106 (David Swenson 1999.)  Resulta significativo que los textos más antiguos de yoga tan sólo describan un puñado de asanas predominantemente sentadas.  Que un manuscrito anterior al siglo dieciocho describiera tantas asanas no tiene precedentes.

El título completo del texto es un trabalenguas, en especial para los occidentales, así que parece lógico que Krishnamacharya y Jois lo acortasen a Kuaranta o Korunta.

Sharath Jois y A.G. Mohan, secretario y discípulo de Krishnamacharya durante las últimas décadas de su vida.

Después de investigar un poco más, descubrí que mi teoría quedaba confirmada en la biografía de Krishnamacharya publicada por A.G. Mohan, en la que afirma lo siguiente:

"Krishnamacharya mencionó el 'Yoga Kuranta' en varias ocasiones durante mis estudios.  El Yoga Kuranta aparantemente lo había escrito el yogui llamado Korantaka, quien es mencionado en el Hatha Yoga Pradipika (1.6)." (A.G. Mohan 2010)

Me puse en contacto con el Instituto Lonavla en India, donde se había traducido y publicado la versión larga del Hatha Yoga Pradipika y les pregunté acerca del texto escrito por Kurantaka.  Su respuesta me puso los ojos como platos:

"Hemos copiado el manuscrito Kapala kurantaka de la Biblioteca Bharat Itihas Samshodhan Mandal en Pune.  Esto es un texto de Hatha pero mucho más diferente de otros textos de Hatha por todas sus prácticas vigorosas/rigurosas.  Es posible decir que esta tradición pertenece a la parte meridional de la India."

De modo que un texto escrito por el yogui llamado Kurantaka sí que existe y de hecho lo conocen algunos eruditos en sánscrito de la India.  Posteriormente supe que se suele referir a él como el "Kapala Kurantaka."

Lo de "prácticas vigorosas/rigurosas" encaja a la perfección con la naturaleza de Ashtanga Vinyasa.  Krishnamacharya era originario del sur de la India.  ¿Podría ser que éste es el mismo texto descrito en la leyenda del Korunta?

Tras explicarle al Doctor Gharote, máximo responsable del Instituto Lonavla, mi teoría respecto al Korunta, me respondió:

"Es posible afirmar que el texto 'Korunta' sea de hecho el 'Kapala Kuaranta Hathabhyasa-Paddhati' porque hasta ahora nunca nos habíamos encontrado con ningún otro texto relativo al término 'Kurantaka' salvo éste.  Así que al menos y hasta que no dispongamos de ninguna otra evidencia, tenemos que aceptar que 'Korunta' es de hecho 'Kapala Kuaranta Hathabhyasa-Paddathi".

Aunque esto no sea de ningún modo definitivo sí que resulta alentador y abre la posibilidad de que el Korunta sí que exista, aunque con un título ligeramente distinto y escrito por otro autor.

Enciclopedia de asanas tradicionales.  Doctor Gharote.

Conseguí hacerme con una lista de nombres sánscritos de todas las asanas enumeradas en el Kapala Kuarantaka y con la ayuda de la "Enciclopedia de asanas tradicionales" (también del Instituto Lonavla, 2006) y comparándolas con el manual de Ashtanga Yoga de David Swenson, he sido capaz de identificar 51 posturas o más que guardan una gran similitud o son idénticas a posturas de la primera y segunda series.  Bien podrían ser más dado que hay muchas posturas que no he sido capaz de comparar o identificar debido a que la nomenclatura del yoga del sur de la India en aquel tiempo era muy distinto del de hoy.  Además, he encontrado al menos dos posturas que aparecen en la tercera y cuarta series de Ashtanga Vinyasa.


También es significativo la identificación del asana número 86 de la lista:

"Dehallyunllaghen"

Enciclopedia de asanas tradicionales:

"Mantén las manos firmemente sobre el suelo y salta dentro y fuera a través de los dos brazos." (KKH - 86)

Esta práctica de saltar con las piernas a través de las manos es un componente importante de Ashtanga Vinyasa y es una técnica que enlaza cada postura con la siguiente.  Es similar a la práctica de "Tolasana" en la que se elevan las piernas, también conocida como "Pluthi".  La práctica de saltar con las piernas entre las manos es virtualmente exclusiva del Ashtanga Vinyasa y rara vez se encuentra en otros linajes.

El Doctor Gharote estima que la antigüedad del Kapala Koruntaka es, al menos, anterior al siglo catorce.  Esto resulta significativo en sí mismo puesto que muy pocos textos de aquella época mencionan tantas asanas.

El Instituto Lonavla tiene intención de publicar este texto en algún momento del futuro, aunque existen varias limitaciones por el hecho de que en la actualidad tan sólo disponen de una copia del manuscrito: para publicar una edición seria precisan de al menos tres manuscritos entre los que llevar a cabo comparaciones.  También, el manuscrito que tienen está incompleto.  Algunas de las asanas no tienen nombre, sino que sólo se proporcionan descripciones de su técnica.

No obstante, el Doctor Gharote tiene la confianza de que, siempre que puedan hallarse otras copias de este manuscrito, acabarán publicándolo.  Más pronto que tarde, y con algo de suerte, este texto de yoga perdido estará traducido para que todos podamos estudiarlo y aprender de él.


Pattabhi Jois enseñándole a su nieto Sharath,  Sus enseñanzas son todo lo que podemos saber del Yoga Korunta.  Por el momento.


Conclusión.

Es más que probable que el Ashtanga Vinyasa moderno, hasta cierto punto, sí que tenga su origen en las enseñanzas que recoge el texto que comúnmente es referido como el Korunta.  Estoy convencido de que este texto sí existe y que lo conocen algunos estudiosos indios, quienes lo denominan el "Kapala Kurantaka".

El texto fue escrito por un yogui llamado "Kuruntaka" y fue escrito en alguna fecha anterior al siglo decimocuarto.  El título completo del texto es: "Kapala Kuarantaka Yogabhyasa-Paddathi."

Krishnamacharya era un reputado erudito en sánscrito, y sabemos por la introducción al Makaranda de 1934 hecha por K.V. Iyer que Krishnmacharya y sus discípulos visitaron Lonavla.  Así que es muy probable que estuviese familiarizado con el Kapala Kuarantaka.

Dicho esto, creo que es improbable que el Kapala Kuarantaka describa el Ashtanga Vinyasa de la manera en que lo conocemos hoy: completo con vinyasas, bandhas, dristhi y pranayama.  Las posturas no parecen estar enumeradas en ningún orden concreto.  Algunas de las posturas puede que estén en el mismo o similar, pero también hay algunas otras prácticas inusuales que tienen poco en común con la práctica de hoy día.  Por ejemplo, estar colgado en posturas desde cuerdas es algo que ciertamente aparece en el texto.  (Curiosamente, la palabra "Korunta" puede traducirse como "marioneta," al igual que en "estar colgado de una cuerda".)  Podría darse el caso de que algunas de las técnicas desarrolladas por B.K.S Iyengar empleando bloques y cuerdas tengan también su origen en este texto.

Es muy probable que el planteamiento vinyasa aplicado a la práctica de asanas sobre el que escribió Krishnamacharya en 1934 y que enseñó a sus alumnos estuviera influenciado por el Kapala Kuarantaka y también por un amplio abanico de otras prácticas, textos, tradiciones y por el Gurú de Krishnmacharya, Ramamohana.

Seguimos sin saber a ciencia cierta si Pattabhi Jois visitó la biblioteca de Calcuta con Krishnamacharya y leyó el texto o no lo hizo, pero está claro que el método vinyasa que aprendió de Krishnamacharya se convirtió en una parte fundamental de las enseñanzas que transmitió y que más tarde llegarían a ser conocidas como Ashtanga Vinyasa.

Debo admitir que me han sorprendido mis propias conclusiones.  No soy de ningún modo un practicante devoto de Ashtanga.  Disfruto practicar de vez en cuando Ashtanga Vinyasa pero esta forma de yoga no es mi práctica principal.  Al principio me sentía un poco escéptico respecto a la leyenda del Korunta y me figuraba de que al final no resultaría más que un mito popularizado entre la comunidad de Ashtanga.  Ahora me doy cuenta que puede que estuviera completamente equivocado y mi opinión ha descrito un giro de 180 grados.

También me he dado cuenta de que, en último término, en realidad no importa si el sistema es antiguo y proviene de un manuscrito perdido.  Sin duda es un gran método de yoga que en el interior de su estructura encierra una sabiduría silenciosa y una inteligencia somática que ningún montón de palabras escritas o textos podrán revelar.  Ashtanga Vinyasa no precisa un compendio de credenciales antiguas para resaltar su credibilidad.

Reconozco que esta investigación no es para nada definitiva pero espero suscite el interés de la comunidad de yoga.  Estoy seguro de haber aportado mi granito de arena para que este asunto sea considerado seriamente y sea el punto de partida para ulteriores investigaciones.