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viernes, 8 de septiembre de 2023

Crónica de un viaje a Mysore en la nueva era del Ashtanga Yoga.

Ashtanga Yoga Bilbao con Sharath Jois.

Hoy día parece que han transcurrido décadas, pero lo cierto es que hace un par de años que no podíamos ni atravesar las fronteras del municipio de Bilbao para comprar una triste almohada en el Ikea de Barakaldo.  El mes de marzo del 2020 nos arrebató muchas cosas y durante largo tiempo nos vimos inmersos en una crisis de salud, economía y privación de libertad.  La "nueva normalidad" era lo más parecido a una distopía orwelliana y la idea de regresar a nuestra querida India por mucho tiempo fue una auténtica quimera.

A finales del 2021, cuando los nubarrones no habían ni mucho menos amainado, Sharath Jois anunció la reapertura de su shala para una nueva temporada de clases de tres meses.  Las condiciones del viaje, en cambio, eran terribles.  La embajada de la India anunciaba que se expedían visados de turista con treinta día de duración tan sólo y que los viajeros tenían que quedarse confinados durante una semana nada más aterrizar, por lo que ni nos lo planteamos.  De hecho, la temporada de invierno 2021-2022 debió resultar bastante azarosa, con muy poca gente en la shala y numerosos contagios y confinamientos.  

El nuevo año 2022 trajo una mejora generalizada en todo el mundo y Sharathji volvió a anunciar una temporada de clases en verano, entre julio y septiembre.  No obstante, acostumbrados a que las autoridades alternaran periodos de relativa libertad con otros de restricciones extremas, nuestros planes para el verano fueron conservadores y renunciamos a un posible viaje a India.  

La temporada de verano comenzó y las noticias que nos llegaron desde la India resultaron muy esperanzadoras.  Las clases en Mysore transcurrían sin incidentes, en casa el foco de las noticias se desviaba en otras direcciones y finalmente el mundo parecía volver a respirar tranquilo en lo que respectaba al coronavirus.  Por lo tanto, cuando a principios de agosto la web de Sharath Yoga Centre anunció un nuevo periodo de clases en noviembre y diciembre, decidimos probar suerte y enviamos nuestra solicitud, que fue aceptada en pocos días.  ¡Volveríamos a India cuatro años después!

Recién llegados a Mysore el 31 de octubre del 2022.

Tarjetas de estudiante durante el primer mes.

Tarjetas de estudiante durante el segundo mes.

Hubo que atar muchos cabos antes de partir y organizar los horarios para que nuestros queridos Carol, Aitor y Leyre nos cubriesen todas las clases de Ashtanga Yoga Bilbao durante dos meses, pero finalmente llegó el día.  Volamos el 30 de octubre, llegamos a Mysore para inscribirnos en el Sharath Yoga Centre el 31 de octubre junto con alrededor de 300 estudiantes procedentes de todo el mundo.  El martes 1 de noviembre ya hicimos nuestra primera clase con Sharathji.  La temporada empezó con dos días de clases guiadas de primera serie y a partir del jueves 3 de noviembre comenzó lo que sería la rutina habitual: clases estilo Mysore de martes a viernes, guiada de primera serie el sábado y guiada de segunda serie el lunes. 

Muchas personas, sobre todo antiguos estudiantes, añoran los tiempos de la shala antigua de Gokulam, e incluso de Lakshmipuram, en los que coincidían muy pocos estudiantes y se sentían como una familia.  Lo que suelen pasar por alto estas personas es que entonces Ashtanga Yoga era una práctica marginal que era practicada por un pequeño puñado de personas. Gracias al trabajo de Sri K. Pattanhi Jois, Sharath Jois y de los profesores autorizados por ellos, Ashtanga Yoga se ha expandido por todo el mundo y ha alcanzado a centenares de miles de personas, algunas de las cuales se han enamorado de esta práctica tal y como lo hicieron los antiguos estudiantes, y han querido conocer ellos también el lugar donde se enseñó originalmente. ¿Acaso es mejor que Ashtanga Yoga sea conocido, practicado y amado por sólo unos pocos? En el Sharath Yoga Centre hemos coincidido personas de Méjico, de Corea, de Francia, de Palestina, de India, de Estados Unidos y de un sinfín de nacionalidades además de… nosotros, representantes de una pequeña escuela en Bilbao. Todos nosotros somos una muestra de nuestras comunidades de Ashtanga Yoga, convertida hoy en una fraternidad mundial.

Después de una primera semana bastante azarosa, ya estábamos completamente asentados, establecidos en una pequeña casa, el sueño regularizado y acostumbrados a las viejas nuevas rutinas.  Y digo "viejas nuevas" porque cada vez que uno regresa a la India tiene que volver a integrar en su cabeza situaciones que en India son normales pero que en casa se antojan realmente extrañas y que después de cuatro años sin pisar estos lares habían quedado enterradas a muchos metros de profundidad.   Así, cosas tan sencillas como cruzar una calle en un país donde se circula por la izquierda y los vehículos no atienden a las normas básicas de circulación o lavarse los dientes con agua embotellada porque el agua del grifo sólo es apta para fregar y ducharse, requieren una considerable reprogramación.  Por suerte, el cerebro es un prodigioso órgano capaz de rescatar rutinas largo tiempo olvidadas y ponerlas en primer plano, de modo que catorce días después ya estábamos sumergidos en la cultura de Vishnu y Ganesha, el té masala chai, los platos y vasos de metal con comida picante, los rickshaw, los cocos, las vacas, perros, cabras, ovejas, gallinas y cerdos sueltos por las calles de aceras destrozadas y los retretes sin papel higiénico y con manguerita. 

Una estampa típica de Gokulam.

El famoso templo de Ganesha.

Hemanth y sus cocos, en el cruce de 1st main con Gokulam road. 

Mysore es la meca de Ashtanga Yoga y cada año atrae a miles de personas procedentes de todo el mundo con una devoción especial por este sistema de yoga.  Por supuesto, hay muchos otros profesores, pero Sharath Jois, nieto y sucesor de Pattabhi Jois, es el principal motivo por el que muchas personas, incluidos nosotros, viajamos a Mysore.   En total, hemos sido alrededor de trescientos "afortunados" los que hemos conseguido una plaza para estudiar con Sharath durante esta corta temporada de dos meses de duración, entre seguramente varios miles que rellenaron la solicitud.  

Finalmente hemos tenido ocasión de conocer la nueva shala a la que Sharath trasladó sus clases a partir de 2019.  Nuestro último viaje había tenido lugar en agosto del 2018 y siempre habíamos estado en la shala de Gokulam. La experiencia, coincidimos Nines y yo, es muy positiva.  La vieja shala era mucho más pequeña y tenía muchos inconvenientes: el calor era insoportable, había sitios sumamente incómodos y en las clases guiadas la gente estaba inhumanamente hacinada.  La nueva shala, grande como un pabellón de baloncesto, es mucho más cómoda. Los vestuarios son amplios, con numerosos cuartos de baño, y el espacio de práctica es tan amplio que, ahora sí, se puede respirar sin derretirse como un Frigopie en un baño turco. En las clases Mysore sigue habiendo el mismo número de personas (turnos de 65 personas, cuando en la shala de Gokulam contaba 62) atendidos por Sharath y cinco ayudantes, todos ellos profesores autorizados, y es en las clases guiadas cuando se aprovecha la totalidad de la superficie para que todos quepamos en un mismo turno. 

Esperando para entrar a practicar en el Sharath Yoga Centre.  3:40 de la mañana.

Un ángulo interesante de la entrada al Sharath Yoga Centre.

Docenas de zapatos en las escaleras de entrada.

Junto al altar del Sharath Yoga Centre.

Una foto con los rusos Natalia e Iván que permite apreciar la amplitud del espacio.  En el suelo, se ven las marcas amarillas y negras que delimitan los espacios de práctica en las sesiones estilo Mysore.

La principal pega estriba en que la nueva shala se encuentra a 10 kilómetros de Gokulam, lo que complica la logística y se antoja necesario alquilar una moto o moverse en rickshaw, Mi hora de práctica en las clases estilo Mysore (de martes a viernes) ha sido las 04:00 de la mañana, mientras que la de Nines ha sido las 05:30.  El motivo por el que no hemos practicado juntos es que Sharathji ha querido ordenar a la gente por veteranía, situando en los primeros turnos a las personas más veteranas con más viajes a Mysore y en los últimos a las nuevas.  Como profesor autorizado, a mí me asignó el primero de los turnos, mientras que a Nines la ha colocado en el inmediatamente siguiente. 

Si hubiera una manera sencilla de describir la India, sin duda habría que decir que se trata de un país de enormes contrastes.  Por ejemplo, a los indios les encantan los colores vivos y así los lucen en su ropa, en su comida, en la decoración de sus templos, en sus vehículos, en los carromatos en los que venden fruta o té chai.  Casitas humildes las pintan de azul intenso o verde pastel, sus moradores te saludan con una amplia sonrisa y en el umbral de sus casas pintan, sobre la acera, elaborados rangolis como flores multipétalo con tiza de color.  Pero, al mismo tiempo, junto al templo con la decoración más primorosa, te puedes dar de bruces con la mayor cochambre imaginable: basura esparcida que nadie recoge, cabras y gallinas sueltas, mendigos descalzos y un socavón que los perros callejeros y los rickshaws soslayan como buenamente pueden.  Son muy espirituales, pero intentan engañarte a la mínima oportunidad.  Te hablan de que el ajo y la cebolla son demasiado picantes y la antítesis de la virtuosa comida sáttvica, pero no encuentras un plato indio que no tenga su buena dosis de guindilla.  Puedes pedirte un café por 10 rupias en una tabernilla de mala muerte a pie de calle, y a unos metros te ponen un capuccino por 150 rupias en un local con ínfulas de cafetería a orillas del Sena.   Un carro arrastrado por un búfalo coincide en un semáforo con un Mercedes todoterreno y una familia entera montada sobre la misma motocicleta.   No puedes apenas respirar por la contaminación en una carretera principal, y al cabo de unos minutos te encuentras paseando por la orilla de un gigantesco lago (Kukkarahalli) situado en medio de la ciudad con pájaros majestuosos surcando sus aguas.  Así es la India.  Un desorden ordenado. Una suciedad rutilante. Un paraiso gris. Un manjar que apenas puedes tragar.  Una estafa que pagas encantado.  Una paradoja, un oximoron que te cuesta entender, que te enerva, que te desagrada y a la vez, que te fascina. 

Establo de vacas en plena calle.

Un rincón del palacio de Mysore.

Poblado de chabolas en Gokulam.

Los jardines del Green Hotel.

El caos del mercado Devaraja.

El precioso parque Cheluvamba y la preciosa Nines.

Caótico andamiaje en una construcción.

El lago Kukkarahalli: un vergel en medio de Mysore.

Otra vista del lago Kukkarahalli.  Impresionante.

Una escalera que cumple toda la normativa de seguridad ISO 9001.

Los jardines del Palacio de Mysore con el propio palacio detrás.

El meollo del viaje, su motivo principal, es decir, la práctica de Ashtanga Yoga en el Sharath Yoga Center, transcurrió satisfactoriamente.  En realidad, se trataba de una actividad que condicionaba toda nuestra jornada.   Mi despertador sonaba a las 2:50 de la madrugada. A las 3:25 venía a buscarme el rickshaw en el que también viajaban Aurelie, de Francia, y Mariela, de Costa Rica, y llegábamos al Sharath Yoga Center a las 3:40.  Esperábamos algunos minutos ante la puerta y cuando llegaba el coche de Sharath una señora que se encargaba de las tareas de limpieza y al mismo tiempo custodiaba el lugar a modo de ama de llaves nos abría la puerta y entrábamos.   Los que estábamos en el primer turno solíamos ponernos siempre en los mismos sitios: los bajitos en las tres primeras filas y los más altos en las dos últimas.  Sharath decía que para que pueda vernos mejor a todos. 65 personas en total en cinco filas de a trece.  Durante los dos meses en las clases estilo Mysore tuve a las mismas vecinas de esterilla: Carol de Argentina pero residente en Berlín a mi derecha y Mira de Munich a mi izquierda.  Cada mañana la misma ceremonia: dejar la esterilla en el sitio, cambiarse en los vestuarios y empezar la práctica sin más. Sharath entraba en su despacho y se quedaba en él un buen rato.  Todos los días tenía unos cuantos meetings de cinco minutos de duración con algunos estudiantes.  Reuniones con Sharath a las 4:00 de la mañana, sí. Entretanto, sus cinco ayudantes del primer turno guardaban el espacio.  Luego salía Sharath.  En primer lugar se dirigía al altar con la gran imagen de Pattabhi Jois y la de Krishnamacharya y les dedicaba unas reverencias con incienso y murmuraba unas oraciones. Después, exclamaba el habitual "Samasthih" ante el que interrumpíamos nuestra práctica para recitar el mantra de Ashtanga Yoga.  Llegado ese momento yo ya había terminado los saludos al sol, la secuencia fundamental hasta parsvottanasana y en la serie intermedia había llegado quizás hasta dhanurasana.  Sharath recitaba en mantra inicial en dos tonos distintos: uno terminando las sílabas impares (excepto la quinta) en un tono alto, como lo hace Luke Jordan, y otro el normal que escucháis en Ashtanga Yoga BIlbao y en la mayorúa de shalas. Las primeras semanas solía recitar el del tono más alto, pero después predominó el que me resulta más familiar. 

La última vez que estuve en Mysore, en agosto del 2018, mi práctica había llegado hasta karandavasana, y a pesar de que haya aprendido más asanas con otros profesores durante estos años, Sharath quiere que la gente continúe la práctica desde el punto en que se encontraba en su último viaje en Mysore.  En realidad, en estos últimos cuatro años ya había terminado la serie intermedia y comenzado la tercera con Lucía Andrade quien, por cierto, estuvo también en Mysore como alumna con su marido y su hijo.  Es muy habitual esto de que la gente tenga en casa prácticas más largas que las que tiene en Mysore.  Sharath quiere que todo el mundo pase a través de su filtro y sea él en persona quien supervise la práctica de cada uno asana asana, pero no siempre es posible venir a Mysore regularmente y por ello muchos acabamos aprendiendo más allá de lo que Sharath nos permitió hacer la última vez.  Por lo tanto, durante las primeras semanas me ceñí a mi práctica de serie intermedia hasta karandavasana, pero saltaba a la vista que Sharath consideraba de que estaba preparado para continuar y después de esas semanas de "rodaje" me fue avanzando a un ritmo constante y con bastante rapidez, de manera que una tras otra fueron cayendo mayurasana, nakrasanavatayanasana, parighasana, gomukhasana, supta urdhva pada vajrasana, hasta que finalmente, el jueves 8 de diciembre, tras preguntarme cuál era mi última postura (le gusta especialmente preguntar el trabalüénguico nombre de supta urdhva pada vajrasana), me dijo que al día siguiente hiciera los siete sirsasanas, es decir, los tres mukta hasta sirsasana y los cuatro baddha hasta sirsasana, lo que suponía para mí algo muy especial: ¡terminar la segunda serie con Sharathji!  

Clase guiada de la primera serie.  Estos cuatro vídeos están extraídos del perfil de Instagram de Sharathji @sharathjoisr

Clase estilo Mysore.  Al fondo, sobre una esterilla roja y haciendo tittibhasana, aparece un servidor.

Otro momento de una clase guiada estilo Mysore.  Si se busca, se nos puede ver a Nines y a mí sobre esterilla roja y amarilla, uno junto a otro.

Posturas finales durante una clase guiada de la serie intermedia.  De nuevo, los dos somos identificables; yo más fácilmente porque estoy en segunda fila sobre esterilla roja.

Espera para la clase guiada de la serie intermedia.  Apréciese la diferencia horaria respecto a la clase Mysore.

Sharathji durante una conferencia.

Clase de chanting con Lakshmisha.

Con Mariela y Aurelie, mis compañeras de rickshaw durante estos dos meses.

Al día siguiente, viernes 9 de diciembre, debió dar por buenos mis sirsasanas y me dijo que la semana siguiente comenzase los handstands, es decir, la secuencia de equilibrios sobre manos con que concluye la serie intermedia.  Tras la clase, me postré a sus pies y le di las gracias.  Él me había enseñado la primera postura de la segunda serie -pashasana- en agosto del 2008, y catorce años más tarde la había terminado.  En las semanas que quedaban aún comenzaría la primera postura de la tercera serie, vishwamitrasana, pero el hito principal del viaje en lo que respecta a mi práctica con Sharathji había tenido lugar ese viernes 9 de diciembre, y siempre lo recordaré.

Por parte de Nines, durante este viaje su práctica avanzó desde kapotasana hasta eka pada sirsasana y cumplió el importante hito de comenzar a asistir a las clases guiadas de la serie intermedia los lunes a las 7:30 de la mañana. En las clases estilo Mysore Nines estaba en el segundo turno, que sobre el papel empezaba a las 5:30 pero que en la práctica lo hacía a las 5:00. A la gente que no estaba en el primer turno le tocaba esperar hasta que hubiera un hueco libre, de manera que siempre hubiese 65 personas practicando, como en las camas calientes de un submarino.  Mientras Nines esperaba yo hacía mi última postura y la secuencia de backbendings y me retiraba a colocarme detrás de unos biombos que separan la zona principal de la zona de finales donde hacíamos la secuencia de cierre. De camino, siempre me daba tiempo a saludar a Nines, a punto de entrar a su práctica.  Para las 6 de la mañana ya estaba de vuelta en casa y, por lo general, me echaba una siesta mientras aguardaba el regreso de Nines para desayunar juntos.

Ésta era nuestra rutina de martes a viernes.  Los sábados había una clase guiada de la primera serie a las 6:30 de la mañana y los lunes otra clase guiada de serie intermedia a las 7:30, precedida de una clase guidada de la primera serie para las personas que no hiciesen intermedia.  Los domingos y los días de luna llena y nueva eran días de descanso.  También estaban las clases obligatorias de chanting con Lakshmisha y unas clases de cultura general de yoga también con Lakshmisha a las que nos apuntamos.   Tampoco voy a decir que fuese una vida dura, porque durante el resto del día teníamos grandes legajos de tiempo para dedicarlos a lo que más apeteciera: descansar, comer, visitar sitios, alternar con gente, apuntarte a cursos con múltiples opciones... pero reconozco que el tema del sueño se hacía duro.  De martes a viernes había que levantarse a las 3 de la mañana pero de sábado a lunes podías hacerlo mucho más tarde.  Los hábitos de sueño estuvieron quebrados durante los dos meses y cada lunes por la noche se hacía muy cuesta arriba, porque intentabas dormirte a las ocho de la tarde pero los ojos, simplemente, no se cerraban.  Las personas que viajan por primera vez a Mysore lo tienen mucho más fácil en este sentido, porque entran a practicar a las clases estilo Mysore a una hora muy similar a la que entran a las clases guiadas.  Para los veteranos, en cambio...  

Autorizados nivel 1 y 2

El momento especial que por siempre recordaremos de este viaje sucedió el jueves 14 de diciembre y tuvo un sabor completamente agridulce.  El miércoles 13 Nines recibió una noticia terrible desde España concerniente a su familia.  No entraré aquí en detalles; las personas cercanas a nosotros ya los conocen.  En pocas palabras: un familiar muy cercano iba a ser operado de urgencia el viernes 15.  No sabíamos lo que hacer; la familia de Nines le aconsejó que se quedara en la India y que ellos se harían cargo de todo.  Ante lo que pudiera pasar, decidimos hablar con Sharathji para que supiera que, en función de lo que ocurriera en España, quizás teníamos que volar precipitadamente de vuelta sin despedirnos.  Mucha gente quiere hablar con Sharath por diversos motivos y lo habitual es que se solicite a su secretaria Usha una cita.  Al día siguiente jueves fuimos adonde Usha y se lo contamos.  Ella nos llevó inmediatamente adonde Sharathji para que habláramos con él en persona.  Los dos fueron muy sensibles ante la situación y, para nuestra sorpresa, Sharathji decidió ahí mismo darle a Nines la autorización nivel 1 y a mí subirme al nivel 2.  En verdad, fue bastante desconcertante.  Tras hablar del problema, Sharatji le preguntó a Nines a ver cuántas veces había venido y cuál era su última postura, y decidió hacer por la vía rápida lo que me imagino habría llegado también de forma natural: era el quinto viaje de Nines a Mysore y lo tenía más que merecido.  La idea era que, si nos teníamos que ir el sábado o el domingo, lo hiciéramos con las autorizaciones en la mano.  

Al final, la operación salió bien y, a pesar de las dudas de Nines, su familia le convenció para que se quedara, por lo que completamos el viaje tal y como estaba previsto.  Durante más de una semana mantuvimos en silencio el tema de las autorizaciones porque, lógicamente, Nines no tenía cuerpo para felicitaciones y celebraciones.  Finalmente, su familiar salió del hospital y todo pareció ir a mejor, así que pudimos celebrarlo y el último día nos sacamos la habitual foto con Sharathji mostrando nuestras flamantes autorizaciones.


La fotografía que encabeza esta entrada y que aquí reproduzco de nuevo es muy especial porque cierra un círculo que comenzó hace muchos años.  Está destinada a ser enmarcada y colocada en un lugar preferente de la escuela de la misma manera que lo que la fotografía representa ocupa un lugar preferente en nuestras vidas.

Desde el año 2015 Nines y yo hemos entregado nuestras vidas a la transmisión de está práctica, manteniendo una escuela de Ashtanga Yoga tradicional de acuerdo con el método que se ha estado enseñando en la ciudad de Mysore desde hace casi un siglo y que fue divulgado fuera de la India por Sri Krishna Pattabhi Jois, el abuelo de Sharath Jois, junto a quien posamos en esta fotografía y que fue su discípulo más intimo durante veinte años.  En la actualidad, en Ashtanga Yoga Bilbao ofrecemos más de cuarenta horas de clases de Ashtanga Yoga y sólo de Ashtanga Yoga seis días a la semana, co clases estilo Mysore de lunes a viernes y clase guiada de la primera serie el sábado, a imagen y semejanza de la escuela original en Mysore.

Ashtanga Yoga es nuestra pasión, es nuestra profesión, es nuestra vida.  La tradición del Ashtanga Yoga de Mysore no es un polvorienta leyenda del pasado, sino una realidad que sigue viva hoy día y sentimos que Mysore es el sitio en el que hay que estar si queremos seguir ofreciéndoles lo máximo a las personas que se acerquen a nosotros.  Es nuestra prioridad que los estudiantes que acudan a Ashtanga Yoga Bilbao reciban una enseñanza auténtica y por eso creemos que una relación estrecha con Sharathji y su escuela, el profesor y el lugar más genuinos para aprender Ashtanga Yoga, es absolutamente necesaria.

En este último viaje ambos, Nines y yo, hemos obtenido el reconocimiento del paramagurú de Ashtanga Yoga para enseñar la primera serie y la segunda serie, respectivamente.  A muchas personas esto les puede parecer una tontería.  Al fin y al cabo, para abrir una escuela de Ashtanga Yoga no hace falta título alguno.  El ayuntamiento no te lo va a exigir a la hora de solicitar una licencia de actividad.  La seguridad social no te lo va a pedir para darte de alta en el impuesto de actividades económicas.  En términos legales, burocráticos, no tiene ninguna validez.

Además, la autorización de Sharathji es muy cara; para llegar a este punto Nines y yo hemos necesitado entre los dos un total de once viajes, que han implicado pasar más de dieciséis meses de nuestra vida en la india, miles de euros en gastos, sino decenas de miles de euros invertidos en vuelos, alojamientos, clases y toda clase de gastos relacionados con una estancia de varios meses en otro país, ni qué decir cuando además tienes que mantener una escuela de yoga abierta en casa.  Puestos a conseguir un papel, sale mucho más rentable apuntarse a alguno de los teacher trainings que pululan por España o el mismo Bilbao.  Aflojas mil, dos mil euros y, sin necesidad de desplazarte a medio mundo de distancia, en apenas treinta días o un puñado de fines de semana distribuidos a lo largo de un curso escolar, ya tienes un tus manos un rimbombante título de profesor de yoga registrado de 200 horas y puedes aparecer en el listado de la Yoga Alliance o alguna patraña similar.  Total, ninguno de los dos (ni la autorización de Mysore ni el certificado de la Yoga Alliance) tienen ninguna utilidad a efectos legales y prácticos más allá de la importancia que uno quiera darle.  Además, la mayoría de los estudiantes que tocan tu puerta ni siquiera se molestarán en comprobar si tienes un título ni cuál tienes .  Entonces, ¿para qué complicarse?

A nuestro entender, desde el punto de vista de un practicante de Ashtanga Yoga comprometido, la autorización de Sharath Jois es el máximo reconocimiento posible.  La autorización de Mysore la reciben, únicamente y sin excepción, personas con años de recorrido a sus espaldas.  No hay atajos que valgan.  Sharath es perfectamente conocedor de la gran estafa que está teniendo lugar con los teacher trainings en los que gente sin absolutamente ninguna experiencia en yoga tiene al alcance de su mano convertirse en "profesor" en un mes, y se encarga personalmente de que las autorizaciones que expide sean especialmente difíciles de conseguir y estén fundamentadas sobre una experiencia de muchos años.

Todos los profesores que nos han enseñado, que nos han inspirado, que nos han servido de modelo y ejemplo, han sido autorizados para enseñar el método de Ashtanga Yoga por Pattabhi Jois o por Sharath Jois, a quienes ellos mismos han considerado sus referentes.  Nos vienen a la cabeza nombres como Borja Romero-Valdespino de Ashtanga Yoga Madrid, quien nos guió como un padre durante diez años; Tomás Zorzo del Centro de Yoga Ashtanga en Oviedo, pionerp del Ashtanga Yoga en España y a quien tenemos la suerte de poder considerarlo un amigo; Peter Sanson de Nueva Zelanda, quien desde hace más de quince años con sus visitas en primavera ha sido un galvanizador para la comunidad de Ashtanga Yoga española, Gabriella Pascoli, con quien vivimos unos meses inolvidables en Madrid en el año 2014; José Carballa y Rafael Martínez de Mysore House Madrid, quienes fueron un faro en medio de las tinieblas durante nuestros primeros años en Bilbao sin guía; los certificados Lucía Andrade y Luke Jordan, quienes nos han enseñado en estos últimos años.  Todos ellos son profesores con décadas experiencia a sus espaldas y con un mismos denominador común: Mysore y Pattabhi Jois/Sharath Jois.  Así que por todos estos motivos, para nosotros es un gran honor haber recibido la bendición, el "blessing" del maestro del que han aprendido nuestros maestros y haberlo experimentado en primera persona nosotros mismos.

Sharath Jois nos ha acompañado a lo largo de todo nuestro recorrido en sus diferentes etapas: los años en Madrid del 2006 al 2015 y los años en Bilbao desde el 2015 hasta hoy.  Con él hemos practicado en los años 2008, 2013, 2014, 2015, 2017, 2018 y 2022 y esperamos seguir haciéndolo.  ¡Hasta pronto!

domingo, 7 de julio de 2019

Ashtanga Wars: “La línea tradicional” versus “La vieja escuela”.


Durante los últimos meses se ha escrito largo y tendido en este blog acerca del método tradicional de enseñanza divulgado desde el KPJAYI de Mysore.  Por un lado se trató de aclarar la confusión entre el Ashtanga Yoga que enseñó Pattabhi Jois y otros estilos que tuvieron su origen en la misma práctica de Ashtanga Yoga, de la que tomaron algunos elementos y a la que incluso se asemejan de forma notable, pero que se distancian de sus principios fundamentales y con la que, por respeto a la genuinidad del método tradicional, no deberían de ser confundidos.

El método tradicional en sí ha sido discutido en varias entradas.  En primer lugar expusimos sus principales características utilizando como fuente la página web de Sharath Jois, anteriormente del KPJAYI (de www.kpjayi.org pasó a www.sharathjois.com).  Sharath ha modificado recientemente la web y esa información no está disponible en este momento y no sabemos si volverá a estarlo, así que su inclusión en el blog sin duda fue una ocurrencia muy oportuna.  Las entradas posteriores se han centrado en una investigación histórica en torno a los orígenes del método tradicional, analizando los cambios acaecidos durante las últimas ocho décadas de enseñanza de Pattabhi y su nieto Sharath Jois y desgranando el contenido del Yogasanagalu, un libro de Krishnamacharya inédito fuera de la India que fue escrito en 1941 y que tiende un claro puente entre la enseñanza de Pattabhi Jois y su gurú.  A estas dos entradas podría añadirse la que hace un tiempo se dedicó al Yoga Korunta, el misterioso texto medieval que Krishnamacharya aprendió de Ramamohan Brahmachari y en el que presuntamente se basó el método de Ashtanga Yoga, completando así un interesante mosaico informativo del método tradicional, su origen y su evolución.

El artículo que en estos momentos estás leyendo surge de la necesidad de explicar una situación un tanto compleja que a menudo se plantea dentro del sistema de Ashtanga Yoga: la diversidad de criterios entre profesores adscritos al mismo método tradicional.  ¿Cómo que diversidad?  ¿No se supone que todos los profesores y profesoras que han estado en Mysore han conocido el mismo método, bebido de la misma fuente, y que por tanto todos deberíamos comportarnos como clones, como réplicas exactas de Pattabhi y Sharath Jois capaces de reproducir palabra por palabra y gesto por gesto su manera de enseñar?

Esa clase de pregunta sólo se la puede plantear alguien que no ha practicado nunca Ashtanga Yoga, o que lo ha hecho durante muy poco tiempo y se ha conformado una opinión tremendamente sesgada basada en clichés: dado que la práctica de Ashtanga Yoga consta de secuencias cerradas de asanas que mantienen siempre el mismo orden y, puesto que para avanzar hasta la siguiente postura se espera que uno haya completado satisfactoriamente todo lo anterior, entonces los profesores tradicionales de Ashtanga Yoga nunca, y cuando digo nunca es nunca, dejarán a nadie avanzar más allá de marichyasana D a menos que consiga atarse sin ayuda y ni siquiera más allá de utthita hasta padangushtasana si no es capaz de mantenerse en equilibrio con la pierna estirada y su dedo gordo sujeto con la mano.


Peter Sanson junto a sus dos maestros: un jovencísimo Sharathji y Guruji.

La línea tradicional actual: un solo método, muchos profesores.

Cualquiera que haya practicado Ashtanga Yoga el tiempo suficiente sabe que no hay dos profesores iguales: Pattabhi Jois no era igual que Krishnamacharya, Sharath no es igual que Pattabhi y, por supuesto, Borja tampoco es igual que Sharath y ni Nines ni yo somos iguales que Borja; ni siquiera somos iguales entre nosotros dos.  Y sin embargo, todos formamos parte del mismo linaje: Pattabhi aprendió de Krishnamacharya, Sharath de Pattabhi, Borja de Pattabhi y Sharath y nosotros de Borja, en cuyo regazo transcurrió la mayor parte de nuestra vida yóguica.  Lo mismo se puede decir de otros tantos profesores y profesoras "tradicionales" que pueda haber en Tokyo, Buenos Aires o Barcelona: cada cual ha tenido un proceso de desarrollo único en el que han intervenido su carácter, su personalidad, sus circunstancias, la investigación que ha llevado a cabo como practicante, la influencia que en él han tenido sus profesores, las conclusiones a las que ha llegado a través de su propia experiencia enseñando, su habilidad, sus aptitudes, sus conocimientos, sus intuiciones...  contribuyendo todo ello a convertirlo, sí, en alguien que transmite el método tradicional de Ashtanga Yoga, pero que lo hace a su manera única e irrepetible.

¿La misma práctica pero profesores diversos?  Una rueda de molino difícil de tragar para quienes se hayan hecho a la idea de que esto de Ashtanga Yoga consiste en ejecutar secuencias de asanas en un orden establecido y bajo una serie de normas rígidas que convierten al profesor en poco más que un muñeco reemplazable, en una figura hasta cierto punto prescindible porque dará igual estar con uno que con otro.  Si fuera así, no tendría el menor sentido apuntarse a talleres o retiros con profesores distintos al tuyo que además cuestan un ojo de la cara y ni siquiera viajar a Mysore a conocer la fuente.  Si bien por un lado reconozco, tal y como suele destacar Sharathji, quien aprendió de Pattabhi Jois y de nadie más, la importancia de consolidar una relación de muchos años con un maestro en quien se confíe, también me resulta interesante el contacto con otros profesores para enriquecerse con diferentes puntos de vista.  Estoy de acuerdo en que el mejor maestro será la práctica diaria durante muchos años y que no habrá workshop ni teacher training que la sustituya, aunque al mismo tiempo que reconozco en Borja al maestro que me ha acompañado durante el grueso de mi singladura y quien más me ha influido, también reivindico el papel que han desempeñado en mi periplo personal maestros como Peter Sanson, Tomás Zorzo, Gabriella Pascolli, José Carballal y el propio Sharath Jois, a cuyos pies he practicado no pocas veces, quienes me han ofrecido valiosas aunque matizadas perspectivas del método tradicional de Ashtanga Yoga y sin los que, para bien o para mal, no sería el mismo.

La diversidad va un paso más allá cuando se toma en consideración la evolución histórica del método tradicional que ha sido expuesta en anteriores entradas.  No hay discusión posible: a lo largo de las décadas la práctica de Ashtanga Yoga que enseñó Pattabhi Jois experimentó cambios que alteraron el método de enseñanza en mayor o menor medida.  No hubo intromisiones por parte de terceras personas, sino que fue el propio Guruji y hasta Sharath quienes se encargaron de hacerlas en un proceso de adaptación a la realidad de los nuevos tiempos dentro de lo que se denominó el Ashtanga Yoga Research Institute - AYRI (Instituto de Investigación de Ashtanga Yoga).  En los posts anteriores se han analizando los cambios cosméticos acaecidos en las secuencias de asanas, en el ordenamiento de las series, pero el asunto es todavía más complejo y atañe a los propios criterios de enseñanza, a lo que se espera inculcar en un estudiante y a las reglas o normas bajo las cuales una persona en concreto progresa a través de las series.

Tres profesores de la línea tradicional muy queridos por nosotros: Borja, Peter y José.  Retratados juntos en Ashtanga Yoga Madrid en mayo del 2018.

De nuevo, el interesantísimo libro Guruji: A Portrait of Sri K. Pattabhi Jois Through the Eyes of His Students (Guruji: Un retrato de Sri K. Pattabhi Jois a través de los ojos de sus estudiantes) de Eddie stern y Guy Donahaye supone una impagable referencia histórica, con entrevistas a personas que fueron testigos de la enseñanza de Guruji en diferentes periodos y cuyos valiosos testimonios retratan la evolución de su enseñanza a través de las décadas. Repasemos a continuación las palabras de varios estudiantes, algunos de ellos muy queridos por nosotros, que estuvieron con Pattabhi Jois a partir de mediados de 1980 y que giran en torno a la misma cuestión metodológica:

"Te ayudaba a ser paciente.  Practica, practica, practica.  Necesitas tiempo.  Esto es algo que algunos estudiantes sabían.  Pasaban allí mucho tiempo.  Necesitas tiempo para progresar a nivel físico y espiritual.  Como occidentales, nuestra relación con el tiempo es que lo queremos todo rápido.  Él decía; 'Mañana.  No, mañana.  Necesitas tiempo.'  Él quitaba esta ansiedad.  Te hacía enfrentarte a ella.  Esto forma parte del cambio.  '¡Quiero empezar la tercera serie!'  Éste era mi caso.  Vine muchas veces pero no me quedaba más de uno o dos meses.  Cada vez que regresaba, tenía que volver a empezar desde el principio.  Tardaba mucho tiempo en aprender un asana, y otro asana.  No llegaban rápido y entonces tenía que volver a casa.  Entonces, al año siguiente, lo mismo, quizás un asana más. (...)"  Tomás Zorzo. (Página 257)

"Abhyasa es una práctica consistente durante un largo periodo de tiempo con intenciones claras.  Cualquiera que sea nuestra práctica, si la hacemos con constancia, incluso si es una pequeña práctica, obtenemos grandes beneficios.  Llega un punto en que ciertos aspectos de la práctica se integran y Guruji me dijo que este punto es doce años.  Después de doce años comenzamos a estabilizarnos en la práctica. (...)" Annie Pace.  (Página 321)

"Ponía énfasis en ciertas cosas y tenías que hacerlas antes de que te avanzara.  Buscaba un nivel de dominio en cada asana.  Se fijaba más en los detalles de lo que la gente se pudiera imaginar.  (...)  Lo más importante que aprendí de Guruji fue la necesidad de tener paciencia.  Una vez Guruji me mantuvo en el mismo asana durante siete años, lo que derribó un montón de barreras físicas y mentales. (...)  Cuando al fin me avanzó hasta el siguiente asana, me di cuenta de que no importaba el asana en concreto; era más importante centrarse en el nivel de atención que uno lleva a la práctica. (...) Te hacía llamar a su oficina y te examinaba acerca de los nombres de los asanas, tenías que saber los nombres de los asanas (...)   Y también te tenías que saber los vinyasas. (...) Te hacía trabajar en algo en concreto durante algún tiempo, y entonces cuando sentía que era necesario, corregía algo.  Nunca tenía prisa.  Cambiaba las cosas gradualmente, puede que en un periodo de seis meses tan sólo te diera una o dos instrucciones y poco a poco ajustaba las cosas.  No en un día.  Perseguía determinadas cosas, y cuando sentía que había llegado el momento, añadía algo más." Peter Sanson. (Páginas 377-379)

Estos tres testimonios reflejan una realidad que las personas que hoy practican de acuerdo con el método tradicional conocen bien: en Ashtanga Yoga no hay prisas y se va avanzando de forma progresiva, frecuentemente a una velocidad mucho menor de lo que a nuestra ambición y a nuestro ego les gustaría.  La práctica de asanas de Ashtanga Yoga se construye como una pirámide en la que las primeras hileras sostienen a las siguientes.  Si se pasa de puntillas por encima de determinadas dificultades, sin trabajarlas, sin darles tiempo a madurarlas, mirando hacia otro lado evitándolas, se pagará más adelante, sino en lo inmediatamente siguiente sí cuatro asanas más allá, y al final la práctica se puede acabar convirtiendo en una sucesión de adaptaciones, trampas y cosas a medio hacer sin profundizar en ninguna.  Por eso, el método tradicional aboga por consolidar la práctica y permitir que el proceso de purificación cree en el cuerpo los espacios suficientes para avanzar de forma segura.  ¿Cuáles son los criterios, entonces?  Los profesores y practicantes con experiencia seguramente ya estén familiarizados con ese conjunto de “reglas” no fijas que rigen la práctica tradicional de Ashtanga Yoga y que a menudo señalan puntos críticos de las series, hitos famosos por su dificultad y algunos de los cuales han de ser resueltos satisfactoriamente para seguir adelante, aunque a efectos de informar a los lectores ajenos a Ashtanga Yoga y a los posibles ashtanguis interesados en esta clase de tecnicismos, a continuación citaré algunos:   

  1. Por supuesto, una persona ha de conocer la secuencia de memoria.  Ya puede tratarse del  sursuncorda o del mismísmo Nureyev y ejecutar cualquier asana sin esfuerzo, que si no recuerda por sí misma el orden, no continuará adelante.  En Ashtanga Yoga se persigue que la persona se haga responsable, que se ocupe de su práctica, por lo que la dependencia en una referencia externa tal que un profesor o un póster que recuerden qué viene a continuación es lo primero que hay que erradicar como paso preliminar para que la práctica comience a replegarse desde lo externo hacia lo interno.
  2. El estudiante también ha de conocer los vinyasas exactos de cada postura.  No he visto nunca a Sharath hacerle a nadie un examen de nombres de asanas o de vinyasas a la manera descrita por Peter, pero sí que he sido testigo de cómo detenía una clase guiada porque una persona se había comido el vinyasa diez (dasa) de supta konasana, en el que se levanta la cabeza sin soltar los pies y se exhala inmóvil, y hacérselo repetir a ella sola mientras el resto de la clase aguardaba.  Y de los profesores autorizados, por supuesto, se espera que sepan los vinyasas al dedillo; Borja me contó que durante el curso para profesores que impartió Sharath en verano del 2010 muchos se llevaron severos rapapolvos porque no eran capaces de continuar la cuenta de una clase guiada en el momento en el que él se lo indicaba.
  3. En la postura de equilibrio utthita hasta padangusthasana la pierna cuyo dedo gordo se agarra está completamente estirada.
  4. En las posturas de medio loto de pie (ardha baddha padmottanasana) y sentado (ardha baddha padma paschimattanasana) la mano de atrás tiene que agarrar al menos el dedo gordo del pie en loto. 
  5. En las posturas con medio loto marichyasana B y D las manos tienen que agarrarse, al menos con los dedos, y estar la rodilla en loto en el suelo.
  6. En navasana se debe mantener el pecho erguido y las piernas estiradas pero cerca del cuerpo, pudiendo casi tocar los pies con las manos.  En cada lolasana (astau) hay que alzarse sin tocar el suelo con los pies, incluido el último antes del salto atrás a chaturanga.
  7. En bhuja pidasana la persona ha de ser capaz de subir y bajar por sí sola e ir a bakasana sin tocar el suelo con los pies.
  8. Supta kurmasana estará bien hecha cuando uno consiga cogerse manos detrás de la espalda y cruzar los pies delante de la cabeza (no hace falta que sea por encima). 
  9. En garbha pindasana se deben dar entre cinco y nueve vueltas hasta completar un giro de 360 grados sin quedarse escorado y sin separar las manos de la frente.  Hay que ser capaz de alzarse a kukuttasana sin que las piernas en loto resbalen por debajo de los codos y en cualquier caso sin tocar el suelo con las rodillas o trasero.
  10. En baddha konasana, las rodillas y la barbilla tocan el suelo.
  11. En upavistha konasana, el pecho ha de llegar al suelo con los pies apuntando hacia el techo.  En uphavista konasana B, las rodillas deben de estar estiradas durante todo el recorrido desde abajo hacia arriba. 
  12. Esto último es de aplicación también en supta konasana, ubhaya padangushtasana y urdhva mukha paschimattanasana, en las que la subida ha de efectuarse con las piernas completamente estiradas durante todo el recorrido.
  13. En setu bandhasana las piernas han de estirarse del todo.  Algunos profesores sostienen que las plantas de los pies tienen que apoyarse completamente en el suelo, aunque personalmente yo no lo hago y ni Sharath ni otros profesores me lo han corregido jamás.
  14. Para pasar a la serie intermedia uno ha de ser capaz de levantarse desde urdhva dhanurasana y volver a caer en tres ocasiones sin ayuda, lo que se conoce como drop backs.  De nuevo, algunas personas afirman que el infame catching es condición obligatoria, pero en mi experiencia personal no ha sido así; Sharath sólo me ha insistido en el tema del catching una vez llegué a kapotasana, ya en la serie intermedia.
  15. En pashasana, las manos deben agarrarse.  Luego, es más importante una buena torsión que llevar los dos talones al suelo, alguno constitucionalmente imposible para muchas personas.
  16. En bhekasana uno tiene que ser capaz de agarrarse los dos pies con las manos apuntando hacia delante.
  17. En dhanurasana y parsva dhanurasana, los pies no se separan.
  18. En laghu vajrasana, con los codos estirados, la cabeza ha de descender completamente hasta el suelo y tocarlo durante las cinco respiraciones.  Después se ha de ser capaz de subir.
  19. Kapotasana no se considera completada hasta que las manos agarran al menos los talones: uno de los grandes desafíos de Ashtanga Yoga para muchos.  En mi caso particular bastó hacerlo con ayuda para que Peter Sanson en Madrid y Sharath en Mysore me dejasen avanzar a la siguiente postura; tampoco necesitaba demasiada ayuda, todo sea dicho.  De hecho, por aquel entonces podía hacer la postura completa por mí mismo al segundo intento y a día de hoy la hago a la primera si hace suficiente calor.
  20. En supta vajrasana las manos tienen que agarrar los pies en loto durante todas las subidas y bajadas, aunque se acepta recibir un poco de ayuda por parte del asistente dejando cierto de margen de subida a las rodillas o agarrando las muñecas.
  21. En las dos variantes de bakasana los pies no han de tocar el suelo hasta el salto atrás a chaturanga y los codos permanecer estirados, con las rodillas cerca de los sobacos.
  22. En bharadvajasana la mano por detrás sujeta al menos el dedo gordo del pie en loto y la palma de otra mano se apoya completamente en el suelo. 
  23. En eka pada sirsasana el pie ha da mantenerse detrás de la cabeza sin ayuda de las manos durante toda la postura, incluida la subida final a chakorasana previa al salto atrás.
  24. En dwi pada sirsasana los pies tienen que estar lo suficientemente insertados y separados entre sí como para permitir la elevación de la cabeza.  De forma similar, en yoga nidrasana los pies tocarán el suelo con los pies bien cruzados detrás de la cabeza.
  25. En titthibasana A las piernas se mantienen estiradas y apuntando hacia arriba, no horizontales.  En la B las piernas lo más estiradas posible sin perder el agarre de las manos, que tampoco han de soltarse cuando se camina en C.  En D, los talones separados y manos tocándose.
  26. A pincha mayurasana hay que subir, claro está, sin ayuda externa, aunque es válido tanto subir primero con una pierna como con las dos a la vez, esto último mucho más difícil.  Luego, en karandavasana hay que ser capaz de bajar y de remontar la postura: uno de los grandes retos para muchos practicantes.  Por lo que he visto en Mysore, hay gente a la que se le exige lo máximo: que en la subida no se le separen los codos, y gente a la que se le da por buena la bajada completa en solitario y una subida asistida o una bajada y subida parcial.
  27. En mayurasana, rodillas estiradas y ni barbilla ni pies tocan el suelo.
  28. En nakrasana, pies juntos durante todos los saltos.
  29. En vatayanasa, culo hacia dentro, manos alzadas y mirada hacia arriba.
  30. En parighasana, los codos no tocan el suelo.

Y aquí me quedo, porque no llego más lejos en mi práctica personal y no tengo unas nociones tan claras de lo que viene a continuación.

Todo esto es muy matizable.  Cuando varios párrafos más arriba hacía la afirmación categórica de que no existen dos profesores iguales, ahora también hay que rendirse a la evidencia de que tampoco se hallarán nunca a dos estudiantes iguales.  En una cadena de montaje industrial es posible encontrar multitud de piezas idénticas, pero afortunadamente con los seres humanos esto no funciona así.  La consecuencia directa es que Ashtanga Yoga no se aplica a todas las personas de la misma manera y que, por ejemplo, no será lo mismo que alguien empiece con veinte años que con cincuenta, que haya hecho gimnasia rítmica desde los doce años o que se haya pasado los últimos treinta años detrás de la ventanilla de un banco, que sea deportista o que tenga sobrepeso, que no tenga problemas físicos o que lleve media vida lidiando con escoliosis, hernias y protusiones.  Con un determinado tipo de personas habrá que ser más estricto, exigirles aquello que pueden llegar a dar y que en buena parte de las situaciones es una mera cuestión de tiempo, de paciencia, mientras que con otros habrá que ser más comprensivo, más laxo, y levantar la mano.  En todo caso, la enseñanza no tendrá marcada una agenda de plazos ni de objetivos, y es seguro que la gente, tarde o temprano, tendrá que llevar a cabo un ejercicio de interiorización y de dirigir la práctica no hacia los asanas sino hacia lo esencial: la conexión con la respiración y con lo que acontece desde la piel hacia dentro.  Una de las ideas principales, sin duda entre las más importantes, no será otra que proteger a la gente.  De sí misma.  Ya hablaremos de ello en las siguientes entradas.


David Williams y Manju Jois, estudiantes de Pattabhi Jois hasta la década de 1970 y dos de los grandes exponentes de la vieja escuela.

La vieja escuela — The old school.

Así es el método tradicional tal y como lo hemos conocido las personas de nuestra generación y tal y como se ha divulgado desde el KPJAYI de Mysore durante muchas décadas.  Sin embargo, a la hora de analizar el método tradicional no nos podemos olvidar de otra línea defendida por no pocas personas y en la que se discrepa de muchos de los aspectos aquí reseñados.  Se trata de un grupo no pequeño de antiguos estudiantes de Guruji que cuentan con muchos seguidores y que sí, que aprendieron de Pattabhi Jois en Mysore durante años pero que tuvieron una experiencia muy distinta a la que hemos tenido nosotros o a la que hayan podido tener gente como Borja y Peter Sanson, quienes acumulan entre veinte y treinta años de viajes al KPJAYI.  Puede que esta manera de enseñar a muchos nos resulte exótica, por no decir extraña, pero merece todo mi respeto porque no fue una invención suya sino que la recibieron del mismísimo Pattabhi Jois y, nos guste o no, la realidad es que de hecho así fue durante un buen tiempo el Ashtanga Yoga genuino.  Sin más preámbulo, leamos en primer lugar varios testimonios recogidos en el libro de Eddie Stern y Guy Donahaye que se corresponden con la manera en que Guruji enseñaba entre los años 70 y principios de los 80:

"Llegué a Mysore y comencé a aprender.  Estaba con Nancy Gilgoff y nos quedamos en Mysore durante cuatro meses.  Aprendí la primera serie, la segunda serie y la mitad de la tercera serie además del pranayama.  Me sentí muy afortunado porque (...) nos prestó mucha atención.  Practicábamos dos veces al día además del pranayama y estaba tratando de aprender tan rápido como podía. (...) Aprendía llegando temprano y observando a otra persona practicar y memorizando las posturas que iban después de lo que yo hacía.  Establecí la disciplina de tratar de aprender ocho posturas cada día y así es como logré aprender las dos primeras series y la mitad de la tercera en aquella ocasión. (...) Durante los seis años siguientes, hasta que terminé de aprender todo el sistema que enseña, invertí toda mi energía en ello." David Williams. (Páginas 18-20)

“No fue hasta principios de 1982 que fui capaz de ahorrar dinero suficiente para hacer ese primer viaje a Mysore.  Para entonces, había estado haciendo la práctica durante cuatro años y ya había aprendido las tres primeras series. (...) Me quedé tres meses.  Tuvimos un relación excelente y mi experiencia en la India fue magnífica.  Llegué a la conclusión de que tenía que dedicarme a enseñar yoga.  Al final de mi tiempo allí le pedí a Guruji si estaba dispuesto a concederme un certificado de enseñanza.  Él vaciló un instante y finalmente accedió.  En ese momento no fui consciente de que nunca antes había extendido un certificado para enseñar a ningún estudiante occidental, así que no fue hasta mucho después que me di cuenta de la importancia de aquel acontecimiento.” Tim Miller. (Página 67)

"Pattabhi Jois tenía alrededor de sesenta años, y a esa edad era como un adolescente lleno de energía, ¡guau! (...) Estábamos un total de tres estudiantes extranjeros y yo tenía treinta y un años y estaba entusiasmado y hambriento por este yoga y con ganas de más y así que él simplemente se dejó llevar.  Nos enseñó muchísimos asanas, como si trajera asanas en una carretilla y nos los arrojara encima.  Nos ajustaba en cada postura.  Si alguien no podía hacer el salto atrás, los lanzaba atrás cada vez con sus manos.  Tenía tanta energía que no sabía qué hacer con ella, así que decidió que no era suficiente con una práctica al día.  Practicábamos dos veces al día e incluso eso no era suficiente.  Practicábamos dos series cada vez: primera y segunda por la mañana, la avanzada A por la tarde, además de una hora de pranayama, y adicionalmente nos enseñaba cómo hacer nauli y neti." David Swenson. (Página 90)

En estos tres testimonios se trasluce una realidad muy distinta a la de los estudiantes que conocerían más tarde a Guruji.  ¿Tres series en cuatro años, ni qué decir en cuatro meses?  ¿Prácticas por la mañana y por la tarde?  ¿Asanas a paladas, ocho nuevos cada día?  ¿Certificado para enseñar tras un primer viaje a Mysore de tres meses?  Cualquier practicante actual pensará que están hablando de series de póker, no del Ashtanga Yoga de Pattabhi Jois en el que todo el mundo, aunque lleve veinte años practicando y complete la cuarta serie, tiene claro que en su primer viaje a Mysore tendrá suerte si se le permite comenzar la serie intermedia.

Algunos de estos estudiantes antiguos sólo conocieron a Pattabhi Jois durante sus primeras décadas de enseñanza en unas circunstancias muy distintas de las que se vivirían después.  Jamás regresaron a Mysore y no mantuvieron el contacto con su maestro y con la evolución que experimentaría en años posteriores.  Muchos de ellos se dedicaron a enseñar Ashtanga Yoga y, como es lógico, lo hicieron de acuerdo con lo que ellos mismos habían vivido.  En la actualidad siguen activos y claro, cuando oyen hablar de Mysore y de la manera en que se está enseñando allá cuarenta o cincuenta años después de su última clase con Guruji, se llevan las manos a la cabeza.

Un ejemplo paradigmático lo constituye Manju Jois, hijo de Pattabhi Jois.  Nació en 1944 y estudió con Guruji hasta los treinta y un años de edad.  Se contaba entre sus alumnos más avanzados, asistía a su padre en las clases y fue clave en la difusión de Ashtanga Yoga por el mundo al darlo a conocer en el año 1972 a través de una exhibición en un ashram de Pondicherry en el que se encontraban los que serían pioneros occidentales, con quienes entabló una gran amistad.  Cuando Pattabhi Jois realizó su primer tour en California en 1975, Manju decidió quedarse en Estados Unidos, donde enseñó yoga y se casó, y jamás regresó a Mysore.  Pattabhi Jois se quedó solo al frente de las clases, cada vez más mayor y cada vez con más alumnos hasta que, en 1989, un jovencísimo Sharath comenzó a asistirlo a instancias de su madre Saraswathi.

Manju Pattabhi Jois.

Las siguientes palabras al respecto del método tradicional actual las pronunció Manju Jois en una entrevista que se le hizo en el año 2017 y en la que el conflicto queda perfectamente descrito:

“Es una malinterpretación, no debes parar a los alumnos, porque si los paras se congelan. Se han inventado todas estas reglas que no estaban al comienzo. Puede que no llegues a todo al principio, pero tienes que seguir practicando, hasta conseguirlo. Si no la gente se desilusiona. Cuando un profesor te dice que tienes que dominar una postura para seguir, ese no es un buen profesor, porque no sabe cómo acercarse al estudiante. Esta gente trae un mal nombre al yoga.”

Desde el punto de vista de Manju se entiende que no tenga sentido la manera en que hoy se enseña en Mysore; durante mucho años él vivió una experiencia muy diferente y no se le puede echar nada en cara por que sus conclusiones hayan sido distintas.  No obstante, cuando se le lee protestar parece como si en 1975 cuando se mudó a los Estados Unidos hubiera aparecido en Mysore otro profesor distinto de su padre al que le hubiera dado por imponer reglas arbitrarías que implicaban que los estudiantes progresasen a través de las series a menor velocidad, y sinceramente creo que se equivoca, porque la realidad es que no fue ningún alienígena, sino el mismo Pattabhi Jois, quien se vio en la necesidad de cambiar una manera de enseñar que, tal y como analizaremos, tenía muchos inconvenientes y estaba acarreando peligrosas consecuencias.

En labios de David Williams, profesor adscrito a esta línea old school, que estuvo en Bilbao el pasado mes de abril y a quien también conocimos en Madrid en el 2015, la razón por la que Guruji comenzó a enseñar más despacio y a establecer posturas “llave” a partir de las cuales no se avanzaba si la persona no era capaz de completarlas, no fue otra que para poder acomodar a un mayor número de estudiantes en el reducido espacio de la shala de Lakshmipuram e ingresar más dinero.  Antes, la práctica de una persona podía durar alrededor de dos horas.  Después, si al no ser capaz de atarse en marichyasana D no se le permitía continuar, entonces su práctica quedaba reducída a poco más de una hora y otra persona podía entrar enseguida a ocupar su lugar, con lo que la capacidad de la shala prácticamente se duplicaba y el timbre de la caja registradora no paraba de sonar... 

¿Profesor malo o codicioso?  Ni David Williams ni Manju Jois estaban allí ni vieron ni vivieron lo que pasó, y personalmente me parece una falta de respeto referirse así a su padre, a su gurú, a su maestro, a quien al fin y al cabo le deben su propio prestigio y profesión, y se atrevan a arrojar semejante sombra de duda sobre el camino que siguió una vez ellos ya habían partido, negándole la posibilidad de evolucionar.  

Tal es así que, durante la estancia de David en Bilbao traté de hacerle ver que algunos puntos concretos en los que tanto él como Manju basan sus críticas están equivocados o al menos son sólo parcialmente ciertos.  Durante una cena saqué a colación la manida cuestión de que en Mysore nadie avanza más alla de marichyasana D si no es capaz de atarse las manos y le dije que, simple y llanamente, semejante cosa es mentira.  Quien afirma algo así o no ha estado nunca en Mysore o ha estado un solo mes y con una venda en los ojos, porque yo personalmente conozco a gente con nombre y apellidos que, sin poder atarse en marichyasana D debido a problemas en los meniscos, desde su primer viaje a Mysore pudo practicar navasana y más allá.  Uno de ellos en la actualidad es un profesor autorizado y gran amigo mío que practica parte de la serie intermedia con Sharath, el cual conoce su afección de rodilla y entiende que no pueda hacer marichyasana D de forma completa ni garbha pindasana ni ninguna otra postura que implique un loto intenso. 

Lo que ya no ocurre, claro está, es que una persona aprenda ocho posturas nuevas cada día y en un par de meses termine la tercera serie de cualquier forma.  Durante su workshop en Bilbao David afirmó que durante su periodo de estudio con Guruji, con tal de que recordases la secuencia y fueses capaz de sostener la práctica energéticamente, es decir, no terminases derrengado y hubiera que llevarte a casa con una pala, continuarías añadiendo más y más asanas realizando las adaptaciones necesarias hasta completar la serie primera y la intermedia, las cuales comprenden un catálogo terapéutico completo aunque demasiado extenso como para comprimirlo dentro de una sola secuencia.  Una vez ya dentro de las series avanzadas, la propia dificultad de las posturas establecería el límite de lo que cada uno debería hacer.... ¡Como si en la primera serie o en la intermedia no hubiese ya asanas suficientemente difíciles!  En fin...

La idea detrás de esto, hay que reconocerlo, resulta interesante: dado que las secuencias de asanas de Ashtanga Yoga fueron diseñadas para aportar diferentes beneficios físicos: fortalecer y flexibilizar la musculatura, depurar los órganos, purificar el sistema nervioso... entonces, ¿para qué cerrar la puerta o restringir parte de esos beneficios por el simple hecho de que a uno le cueste atarse en marichyasana D o sea incapaz de ponerse de pie desde urdhva dhanurasana?  Mejor hacerlo todo con modificaciones que hacer menos y perderse los beneficios de todo lo que vendría después, ¿verdad?  Por lo tanto, de acuerdo con esta línea de enseñanza que el propio Pattabhi Jois propugnó durante varias décadas, no existen posturas “llave” ni nada parecido cuya consecución sea condición necesaria para proseguir adelante y una persona continuará añadiendo más y más siempre que recuerde el orden.



Sharath Jois en la main shala del KPJAYI, en pleno ajetreo.

Conclusiones: Menos es más.


En contra de lo que sucediera en los primeros tiempos, la apuesta actual del KPJAYI va en una línea más sosegada, más prudente y en la que se pretende inculcar que con precipitación no se llega a ningún buen puerto.  ¿Qué ocurrió?  ¿Por qué Pattabhi Jois evolucionó hacia otros criterios, hacia un ritmo de enseñanza distinto?  ¿Por qué se dejaron de enseñar las posturas a manos llenas, se ejecutaran de manera correcta o no?  ¿Por hacerse el importante?  ¿Por fastidiar a la gente?  ¿Para que terminasen su práctica lo antes posible y así aumentar la capacidad de la shala?  O sea, ¿para recaudar más?

La explicación económica se me antoja ridícula.  Cuando Pattabhi Jois enseñaba en Lakshmipuram en la shala apenas cabía una decena de personas y había largas colas y esperas para entrar que con la progresiva popularización de Ashtanga Yoga no hicieron sino crecer.  Quizás, cuando hasta los oídos de los antiguos estudiantes empezaron a llegar rumores acerca de estos cambios de criterio y una cadencia de aprendizaje más lenta, hasta cierto punto es lógico que algunos pudiesen pensar que se trataba de la respuesta al problema de espacio, en especial los que ya habían dejado de ir a Mysore.  Sin embargo, con la nueva shala en Gokulam la capacidad se multiplicó de golpe seis veces, y los nuevos criterios se mantuvieron, en especial a medida que la figura de Sharath Jois fue cobrando un mayor peso.  Hoy día, cuando Sharath enseña en el KPJAYI hay entre 300 y 400 alumnos cada día, y la escuela está abierta desde las cuatro de la madrugada hasta el mediodía.   Nosotros hemos estado allí en numerosas ocasiones y hemos practicado al ritmo que hemos querido; a veces, con lesiones, la práctica la hemos hecho más lenta, más consciente, más respetuosa, con más repeticiones.  Nunca jamás nadie nos metió prisa ni vimos a Sharath decirle a nadie que terminase ya porque estaba tardando demasiado.  Muchas personas, incluso, tienen una práctica especialmente larga, con toda la primera serie y un buen trecho de la intermedia.  Una manera sencilla de hacer que estas personas acorten la duración de su práctica es enseñarles nuevas posturas de la serie intermedia para que hagan enseguida el full split (practicar sólo segunda serie).  Y sin embargo, los que han estado ahí ya lo saben, Sharath nunca tiene prisa por hacerte avanzar.

La respuesta a esos interrogantes, tal y como nosotros lo entendemos, será vista con mayor amplitud en próximas entradas del blog aunque aquí ofrecemos un pequeño adelanto.  En realidad se trata de una respuesta doble: filosófica y fisiológica.  Desde el punto de vista filosófico, esta manera de enseñar es congruente con la aplicación de los yamas y niyamas, los principios fundamentales de conducta sobre los que se asienta el ashtanga yoga de Patanjali, y ofrece la oportunidad de trabajarlos desde una práctica que, para muchas personas, es simplemente física.  Fisiológicamente, si se enseña con calma y se deja tiempo a que cada nueva postura sea convenientemente digerida, no es sino para reducir al mínimo la posibilidad de lesión y permitir que cada cuerpo se adapte de manera progresiva a una práctica que, no lo vamos a descubrir ahora, tiene una gran exigencia física.

Pattabhi Jois debió de llegar a estas conclusiones de forma natural dentro de su desarrollo como profesor.  Ésta es mi hipótesis:  Cuando Guruji comenzó a practicar con Krishnamacharya en Mysore, todos los estudiantes eran chicos jóvenes, estudiantes, militares, residentes del palacio y la mayoría se encontraba en buena forma física.  Después, en la pequeña shala de su casa, estuvo enseñando a gente local durante veinticinco años antes de que llegasen los primeros occidentales.  La forma de ser y circunstancias de los estudiantes indios junto a los que practicó en el Palacio de Mysore y a los que enseñó en su casa no tendría nada que ver con lo que vendría después.  Los indios eran padres de familia, trabajadores, estudiantes de universidad, personas con problemas de salud o miembros de su familia, todos ellos gente que se sometía a su enseñanza a la manera india, es decir, con obediencia y respeto pero sin tomarse las cosas a la tremenda: disfrutaban del yoga como quien lleva a cabo un ritual diario sin tener depositadas grandes ambiciones en su práctica; después salían a la calle donde los esperaba su vida de verdad: trabajo, estudios y familia.  Cuando Tomás Zorzo empezó a estudiar con Guruji en 1984 aún había mayoría de indios en la shala, y en cierta ocasión le escuché describir de la siguiente manera la situación que se respiraba en una shala en la que convivían indios y occidentales: "Los indios practicaban como si estuvieran haciendo reverencias, dando gracias a la vida.  Los occidentales, en cambio, practicaban como si en cualquier momento fuese a aparecer alguien con una cámara para sacarles una fotografía."  Creo que también fue Tomás quien nos contó esta otra anécdota: durante una clase guiada Guruji fui interrumpido por un cartero justo cuando se encontraba haciendo la cuenta de respiraciones para sirsasana, la postura sobre la cabeza.  Tenía que ir a recoger un paquete o una carta a la oficina postal y, ni corto ni perezoso, abandonó la clase de la misma.  Los indios, que en cuanto Pattabhi Jois se ausentaba de la shala en busca de café no tardaban en ponerse a charlar entre ellos, bajaron de sirsasana enseguida.  Varios occidentales, en cambio, siguieron en sirsasana sin bajar, empecinados; nadie les había dicho que salieran de la postura.  Al cabo de una buena media hora Guruji regresó de la oficina postal, y allí seguían en sirsasana mientras el resto de los estudiantes ya se había marchado.  

En efecto, la llegada de occidentales debió de suponer un gran choque para Guruji.  De pronto, llegaron hasta él una serie de personas extranjeras que por lo visto no tenían nada que hacer en la vida sino aprender su yoga.  Entre sus prioridades no se contaba el trabajo, la familia ni los estudios, y estaban dispuestos a entregarle a Pattabhi Jois todo su tiempo y energía.  Y por lo visto, y a tenor de los testimonios que hemos transcrito más arriba, Guruji se dejó llevar por el entusiasmo de estos estudiantes y empezó a enseñarles todo lo que podían digerir: montones de posturas nuevas, sesiones extra de pranayama, varias prácticas de asanas al día...  Y su estómago parecía no tener fondo porque cada vez querían más.

¿Cuál fue la consecuencia directa de todo esto?  No hace falta ser un genio: las lesiones.  Si tenéis ocasión de hablar con sinceridad con los antiguos estudiantes de Pattabhi Jois, todos os dirán lo mismo: la gente se rompía.  Esa idea de conseguir más, de acumular cada vez más asanas, se retroalimentaba y lejos de aplacar la sed, la exacerbaba y hacia que los cuerpos fuesen llevados al límite.  La gente era animada a ir más allá, a conseguir aquello para lo que no estaban preparados aún, y Ashtanga Yoga se convirtió en una suerte de selva en la que imperaba la ley de selección natural: los más fuertes sobrevivían, el resto se quedaba apartado en la cuneta, deshecho, y no regresaba.  El mismo Tomás, ya en la década de 1980 lo corrobora: Pattabhi Jois hacía ajustes brutales en muchos asanas, a menudo le daba la sensación de que estaba experimentando con ellos, y él mismo y varios de sus compañeros sufrieron graves lesiones de las que aún tienen secuelas.  Esta cuestión de las lesiones y la dificultad a la hora de casar esta exigente disciplina con la competitiva mentalidad de Occidente se acabaría convirtiendo en un caballo de batalla cuyos ecos se alargan hasta el día de hoy.  Un tema recurrente en las conferencias de Peter Sanson es que la mayoría de personas que practicaban a su lado cuando empezó ya no lo hacen, y no porque hubieran perdido la motivación o querido dejar la práctica de manera voluntaria, sino porque no fueron capaces de mantenerse en ella a largo plazo.  José Carballal habló de lo mismo en el último taller al que asistimos: el ochenta por ciento de sus compañeros de práctica no sobrevivieron al paso del tiempo y quince años después muy pocos continúan: el enfoque hacia el aspecto físico de los asanas los desgastó.

Finalmente, Guruji tomó la decisión de parar el carro.  La experiencia de las primeras décadas no debía de ser todo lo buena que cabía esperar y una nueva manera de enseñar fue cobrando forma.  Su ayudante Sharath, que no había conocido los primeros tiempos (empezó a practicar en serio a partir de 1989) se convirtió en el gran defensor de este enfoque más sosegado.  Tomás Zorzo fue testigo de esa especie de transición entre las dos maneras de enseñar.  Recuerdo un par de anécdotas que nos contó: la primera de ellas cuando Guruji le preguntaba a la gente a ver porqué no hacía tal asana y la respuesta era que Sharath no les dejaba hacerlo todavía.  La respuesta de Pattabhi Jois solía ir acompañada de una risita: "Ah, Sharath, hehe."    Otras ocasiones, en cambio, surgía el conflicto, y Guruji discutía con Sharath para que no parara a los antiguos estudiantes a los que había enseñado en el pasado más de lo que Sharath consideraba prudente: "Old student!  Respect old students!" ("¡Antiguo estudiante!  ¡Respeta a los estudiantes antiguos!")

Nuestra intención con este artículo y los que están por llegar, y me imagino que tal y como cabía esperar de una escuela autorizada por el KPJAYI, ha sido exponer las dos maneras en que se ha enseñado Ashtanga Yoga y explicar los motivos por los que, en nuestra opinión, el método tradicional tal y como lo enseñó Pattabhi Jois durante sus últimas décadas y tal y como ha continuado enseñándolo Sharathji hasta el día de hoy como cabeza visible del parampara, es el más adecuado para transmitir el método de Ashtanga Yoga porque de hecho es el resultado de un proceso de investigación que se ha llevado a cabo por parte de su divulgador principal durante casi un siglo aplicándolo a cientos, miles, decenas de miles de personas y porque está orientado a inculcar un hábito de práctica que se pueda mantener durante toda la vida.   

Es decir, creemos que en esta manera de enseñar no hay lugar a los cortoplacismos, a los atajos ni a la consecución de objetivos rápidos y, a pesar de que reconozcamos que existan otras formas alternativas que puedan tener su razón de ser, preferimos defender con todas sus consecuencias aquello en lo que creemos, incluso si ello implica perder a alumnos o resultar menos interesantes comercialmente.   Queremos que la gente que empiece a practicar Ashtanga Yoga lo haga no durante dos meses, un verano o un año, sino durante treinta, cuarenta, cincuenta años, y una de las primeras lecciones que tendrán que aprender para llegar a hacerlo es que la realidad honesta de cada uno en el momento presente no siempre se va a corresponder con las insaciables aspiraciones de la mente y el ego.  En Ashtanga Yoga, al igual que en tantas otras esferas de la vida, menos es más.