Mostrando entradas con la etiqueta Salud. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Salud. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de agosto de 2024

Practica porque te gusta y practica para que te guste.



La mente humana es muy poderosa. Mediante la proyección hacia el exterior de nuestra potencia racional hemos conseguido llegar a entender partes significativas de las leyes que rigen el funcionamiento de la naturaleza y del universo, a dominar los recursos del planeta y a transformarlo a nuestra conveniencia hasta crear una sofisticada civilización tecnológica.
 
A día de hoy da la impresión de que nada se nos acabará resistiendo: el dominio de la fusión nuclear y, por ende, de una fuente inagotable de energía, el fin del hambre, la cura del cáncer, los viajes interestelares… parece una simple cuestión de tiempo el que nuestro poderoso raciocinio acabe resolviendo todos los retos y enigmas que plantea la realidad.
 
Sin embargo, el pensamiento lógico no lo es todo. Se da la extraña paradoja de que por un lado nos encontremos en el pináculo científico y material de nuestra especie, y por el otro nos veamos exactamente en las mismas cuitas internas de hace decenas de miles de años. La colosal evolución externa no ha tenido reflejo en el interior. Así, cuando el reto que nos plantea la vida no puede ser resuelto a través de la lógica, nos sentimos impotentes. Puede que identifiquemos perfectamente la raíz del problema, pero aún así nos vemos incapaces de gestionarlo y nos lo llevamos a todas partes, regodeándonos en su miseria. Nuestra sociedad tecnológica es también una sociedad de ansiolíticos y alcohol, de antidepresivos y estimulantes de efecto inmediato, de una amplísima panoplia de entretenimientos ligeros con los que logramos paliar temporalmente esa zozobra interna que, de nuevo, con las primeras luces del día o en el siguiente instante de silencio, aporrea la puerta de nuestra consciencia.
 

Por eso, el ser humano ha necesitado siempre, y muy en especial hoy día, de herramientas no lógicas que le hagan encontrarse en paz consigo mismo pese a los problemas, dudas, tristezas y melancolías que lo azoten en su mundo externo, ese que afronta día tras día embutido en su disfraz y desempeñando un rol. La potencia racional es muy útil hacia fuera, pero hacia dentro necesitamos más de lo sutil, de lo intuitivo, de un bienestar interno que no necesita motivo alguno por estar ahí y en el que podemos aprender a estar sin necesidad de estímulos externos, como quien se arrebuja entre las sábanas al anochecer, deja atrás todo lo acontecido en el día, y cierra los ojos en paz.
 
El yoga es una de esas herramientas, comprobada durante miles de años. El yoga no te hará rico, no logrará que te asciendan en el trabajo, que descubras la solución a ese problema, que resuelvas esa situación desagradable con tal o cual persona. Sólo servirá para ayudarte a relacionarte con tu mente desnuda, despojada de todas las experiencias, ideas y recuerdos que la condicionan y colorean. No vas a llegar a entenderlo nunca. Simplemente lo vivirás. Y te costará explicarlo, de la misma manera que te costaría explicar de forma lógica el encanto de la música o de la poesía.
 
Practica porque te gusta y practica para que te guste. Construye hábitos saludables y conviértelos en un estilo de vida. No hagas dietas por obligación, no hagas ejercicio a disgusto, no acudas al psicólogo porque no te queda más remedio. Lleva tú las riendas: construye la vida que deseas, moldea tu cuerpo y domina los impulsos de tu mente; dirígela, enfócala. Nadie te lo va a regalar, no puedes comprarlo en ningún lado, no se lo puedes robar a nadie y no te lo van a entregar en herencia. Sé feliz en silencio, en la soledad, también cuando estás con gente pero sobre todo cuando no te ve nadie. Ten herramientas para cuando se acabe el mundo, para cuando todos se hayan alejado, para cuando no tengas nada, para cuando se aproxime el final. Y disfruta de cada paso, de cada momento, de cada respiración.

viernes, 9 de octubre de 2020

Reflexiones coronavíricas.

El ave fénix resurge de sus cenizas.

Pues lo hemos cogido.  Las autoridades sanitarias lo saben, los estudiantes de Ashtanga Yoga Bilbao ya lo saben, nuestros familiares y amigos ya lo saben y a partir de ahora también lo saben los lectores del blog.  El lunes 28 de septiembre a Nines le aparecieron unos sarpullidos que cubrían buena parte de su espalda y piernas.  Eran unas erupciones similares a las que provocan ciertas alergias alimentarias, pero leímos que se encuadraban dentro de la sintomatología de COVID-19 y llamamos a Osakidetza.  Desde ese mismo momento quedamos en cuarentena.  La prueba PCR de Nines arrojó un resultado positivo y, dos días después la mía también.  ¡Tenemos el coronavirus!

Una semana después, puedo afirmar que nos contamos entre los casos con síntomas leves.  Salvo algún que otro esporádico episodio de dolor de cabeza, no hemos detectado nada de lo que preocuparse.  Las personas de Osakidetza, médicos y enfermeros, que han estado en contacto con nosotros, nos pedían que estuviéramos atentos por si presentábamos dificultad a la hora de respirar.  Han sido días de frío y en casa no han encendido la calefacción central, por lo que ha habido estornudos y toses pero nada de lo que alarmarse.  Para nosotros no ha alcanzado siquiera la categoría de simple resfriado, y al tercer día de encierro incluso le desaparecieron a Nines los sarpullidos.

Me imagino que este es el problema del virus: la facilidad que tiene para pasar desapercibido en algunos casos saltando así con facilidad de persona en persona hasta que finalmente golpea a alguien con dureza.  Si no fuera por la situación que está atravesando el mundo, nuestra experiencia personal nos habría llevado a pensar que se trata de un virus de risa, totalmente inofensivo.  En los últimos años recuerdo haber tenido algún resfriado que me dejó doblado durante una semana entera sin poder moverme ni apenas practicar.  En el caso del coronavirus, en cambio, aunque sí que haya sentido algunas leves molestias, en realidad no me he visto impedido en nada.  

Una máxima ha dominado mi compromiso con la práctica de Ashtanga Yoga durante estos últimos quince años: si estoy lo suficientemente bien como para ir a trabajar, entonces estoy lo suficientemente bien como para practicar.  Durante mi estancia en Madrid ello me llevaba a no buscar excusas en la pereza y hacer callar esa vocecita que de cuando en cuando susurraba al oído que me tomase un descanso: ¿Has estado ocho horas sentado en tu oficina?  ¿Sí?  Pues entonces ahora te toca esterilla.  En todos estos años, tan sólo recuerdo haberme saltado días de práctica cuando estuve de baja alrededor de un mes por apendicitis a comienzos del 2008, cuando estuve de baja tres días por una infección de garganta en el 2010 y cuando estuve de baja una semana cuando me hice un esguince de tobillo tras pisar un socavón en la carretera en el 2013.  Ahora con el coronavirus estoy de baja de nuevo.  La seguridad social me ha tramitado una baja no sé si por enfermedad o por accidente.  Y sin embargo, a pesar de no he podido ir a trabajar y de que en teoría en mi interior ha debido de estar proliferando un virus letal que ha ocasionado una pandemia global y matado a cientos de miles de personas, me he sentido lo suficientemente bien como para no dejar de practicar un solo día.  Ni siquiera el día de descanso semanal de rigor.  Estoy todo el día en casa así que, ¿para qué descansar el domingo?

Este periodo de encierro me ha traído recuerdos amargos de los largos meses de confinamiento durante la pasada primavera.  La sensación es mucho más dulce porque parece claro que nuestra integridad personal no se va a ver amenazada y porque somos conscientes de que a finales de esta semana ya habrá terminado.  Diez días de encierro, de sacrificio personal por el bien de la sociedad se pueden sobrellevar con relativa facilidad.  Sin duda, mucho mejor que los tropocientos días de arresto domiciliario que tuvimos que tragarnos entre marzo y junio y que resultaron completamente insoportables.  Lo peor es que, por hache o por be, por la falta de previsión de los políticos, por la irresponsabilidad de los ciudadanos o por lo incontenible que se ha revelado el virus, ahora mismo la sociedad se encuentra en una situación muy similar a la de hace seis meses.

Aunque desde el punto de vista sanitario aún no se pueda hablar de colapso, lo cierto es que las sensaciones que se respiran son muy desagradables.  La sociedad funciona a medio gas, con el culo apretado y temiéndose que en cualquier momento todo pueda venirse abajo. Ahora más que nunca está presente el miedo.  Miedo a la enfermedad.  Miedo a la ruina económica.  Miedo al colapso social.  Pero también miedo a cruzarte con gente por la calle, a entrar en el supermercado, a cenar en un restaurante, a acudir al gimnasio o a clase de yoga, a saludar a tu vecino en el portal, a estrechar la mano de tu compañero de trabajo, a besar a tu madre y a tus hijos.  Miedo a no saber si seremos víctimas o verdugos, si acabaremos contagiados con un tubo metido en la garganta o si enviaremos a algún otro al hospital.  Las relaciones interpersonales se han descompuesto y la incertidumbre respecto a lo que depara el futuro nos atenaza a todos.  

El miedo es el padre de las fatalidades.  Por miedo los seres humanos hemos hecho cosas que nunca creeríamos posible de nosotros mismos: hemos robado, hemos asesinado y nos hemos comportado como bestias.  Por miedo naciones enteras han ido a la guerra.  El miedo es un instinto atávico que desempeñó un papel fundamental en nuestra supervivencia durante el proceso evolutivo.  Los seres humanos primigenios que sentían miedo ante las amenazas tenían más probabilidades de sobrevivir que los temerarios que ignoraban las señales de peligro de la naturaleza.  Sin embargo, el miedo tiene también un componente irracional que nos aboca a situaciones de estrés innecesarias y que demasiado a menudo se convierte en el rector de nuestras acciones.  Echad un vistazo si no a la televisión durante estos días.  Ojead un periódico.  El miedo se palpa por todos lados.  El miedo se esgrime como una arma arrojadiza contra el rostro del rival.



Se dice que el Buda, iluminado ya, caminaba tranquilo por el campo, cuando de repente entre los arbustos apareció una serpiente.  Instintivamente, el Buda se sobresaltó y trató de protegerse.  Resultaba que el Buda, aunque hubiera logrado superar las ataduras del deseo, aún tenía miedo a la muerte.

Una de las tareas más difíciles que el estudioso de los Yoga Sutras tendría ante sí sería la de destacar un sutra por encima de los demás.  Tal es la relevancia del maravilloso compendio de sabiduría que legó Patanjali.  No osaré cometer yo semejante imprudencia, aunque en el día de hoy sí que me voy a referir a uno que siempre he tenido muy presente y al que menciono en numerosas ocasiones: el 2.3, en el que el sabio cita los kleshas, los venenos, las cinco causas del sufrimiento humano:


2.3
अविद्यास्मितारागद्वेषाभिनिवेशाः पञ्च क्लेशाः॥३॥
Avidyāsmitā rāga dveṣābhiniveśāḥ pañca kleśāḥ||3||
La ignorancia (avidyā, ausencia de realidad en la conciencia), el egoísmo (asmitā), la atracción (rāga) y la repulsión (dvesha) por los objetos, y un aferramiento desmesurado (abhinivesha) (por la vida) son las cinco grandes aflicciones (kleshās).

La ignorancia, avidyā, es el primero de los venenos y del cual surgen los demás.  La ignorancia nos lleva a creer que somos la carcasa externa que hemos creado y que nuestra felicidad depende de que logremos satisfacer sus pasiones.  Pero el miedo a la muerte (o el apego a la vida) es el último en desaparecer, tal y como evidenció el propio Buda.  Y de hecho, si nos fijamos bien, el miedo está presente en todos los demás.  El miedo brota de la ignorancia.  El miedo aparece cuando nuestro ego se ve amenazado, cuando algo o alguien ataca el disfraz de convicciones que nos cubre.  El miedo hace acto de presencia también cuando no conseguimos algo que nos gusta, o bien cuando algo que nos provoca rechazo se acerca a nosotros.  Del miedo se alimentan la ira, la envidia, la codicia, el orgullo y también la propia ignorancia y el deseo. 

Ninguno estamos libres de miedo.  Si ni siquiera el mismo Buda logró deshacerse de él, ¿cómo podemos nosotros aspirar a desterrarlo de nuestras vidas?  En Ashtanga Yoga Bilbao nosotros también vivimos el miedo.  Tras más de dos meses cerrados de marzo a mayo, ¿volverán los alumnos?  ¿Será viable la escuela en la crisis del coronavirus?  ¿Podremos pagar las facturas?  ¿Podremos comer?  Y ahora que hemos tenido que cerrar durante casi dos semanas, ¿la gente se atreverá a regresar?  ¿Habremos contagiado a alguien?  ¿Llenaremos las clases?  ¿Se apuntará gente nueva al curso de iniciación?  ¿Nos confinará el gobierno otra vez?  ¿Cerrará gimnasios y escuelas de yoga?  ¿Regresaremos a Mysore algún día? 

Haya o no haya coronavirus, el miedo, la incertidumbre, la falta de seguridad, siempre estarán allí en mil y un formas.  Pretender luchar contra ello es inútil, por no decir ingenuo.  En la vida pocos pasos se pueden dar con la certeza de estar acertando y no incurriendo en ningún riesgo.  Y por lo general no hay segundas oportunidades: algunos trenes sólo pasan una vez y en un instante tienes que decidir si subirte a él o dejarlo pasar.  Un instante para decidir y toda una vida para preguntarte qué habría pasado si hubieras escogido el otro camino.

Los que llevamos un tiempo en esto del yoga sabemos que nuestra práctica encuentra su verdadero propósito precisamente en esta clase de situaciones.  En los próximos días se cumplirán quince años desde que conocí Ashtanga Yoga y empecé a practicarlo.  Si tuviera que destacar un solo motivo que explique que haya mantenido una práctica consistente durante tanto tiempo, sería éste: porque me hace sentir bien.  En primer lugar, me hace sentir bien físicamente.  Cuando termino de practicar me siento más lleno de energía, más vital, más suelto, más contento.  Es una percepción subjetiva pero también un dato objetivo: la práctica me ha mejorado físicamente en estos quince años porque ahora con cuarenta y un años mi cuerpo me permite hacer cosas que con veintiséis años ni me imaginaba que serían posibles.  Pero también, me hace sentir bien en el plano de las emociones.

Seguramente me cuente entre las personas más racionales que has conocido.  Soy puro intelecto, pura lógica, pura razón.  Disfruto absorbiendo información, bien sea histórica, científica, filosófica o tecnológica.  Me gusta analizar y recrearme en el ordenamiento cuadriculado de las cosas.  Para que te hagas una idea, cuando me cuesta dormir me relaja repasar mentalmente la formación de una legión romana tras las reformas marianas.  Para mí es como contar ovejitas.   

Esta clase de mentes vienen muy bien para algunas cosas pero no tanto para otras.  Muy a mi pesar, muchos de los aspectos en la vida del ser humano no pueden ser objeto de un riguroso análisis y resolverse a través de la lógica.  Sobre todo en el caso de las relaciones humanas, aunque también en numerosas otras situaciones, lo que acontece es el resultado de una gran cantidad de factores y agentes muchos de los cuales resulta imposible tener bajo control.  Esta situación que estamos viviendo ahora mismo es un claro ejemplo.  Al comienzo de la semana del 29 de septiembre estaba preocupado tratando de cuadrar a todos los estudiantes dentro de los turnos de clases que habíamos establecido, considerando si abrir o no abrir el turno adicional de las 17:00 y al mismo tiempo preparándome mentalmente para un nuevo curso de iniciación que se iba a celebrar en el fin de semana del 3/4 de octubre y que ya estaba completo.

Cada detalle iba encajándose a la perfección cuando, de pronto, nos cayó encima la losa del coronavirus.  Todos los planes al traste; ni clases ni curso, la perspectiva de tener que enfrentarnos a una enfermedad que en no pocos casos se ha revelado mortal y la duda de si habremos contagiado a alguien en el proceso.  Nuestro querido Tomás Zorzo lo expresó en cierta ocasión con estas palabras magistrales: "Crees que tú estás viviendo la vida, pero en realidad es la vida la que te vive a ti." 

¿Y cómo encaja semejante contrariedad una mente tan cuadriculada?  Pues curiosamente, muy bien.  El riesgo a nuestra salud, la frustración ante la inactividad y el previsible palo económico están ahí, pero lo cierto es que el estrés, la ansiedad o el miedo, no han llegado a hacer mella.  Estos días están siendo algo parecido a unas vacaciones.  Nines confinada en su habitación y yo en la mía, nos hemos reunido en el pasillo para jugar al parchís con mascarilla.  Entretanto, he estado practicando, jugando con el gato, viendo películas, escribiendo y solazándome.  La enfermedad progresaba levemente e iba dejando sus señales: dolor de cabeza, alguna que otra tos, un estornudo... al cabo de unos días se diluyó hasta el cero absoluto y ahora nos encontramos ya al final de la segunda semana y en un tris de regresar a la -nueva. normalidad. 

Realmente siento que detrás de esta reacción se encuentra el bagaje de quince años de práctica de yoga.  Podría llegar a pensarse que la práctica de Ashtanga Yoga sostenida durante un largo periodo de tiempo tan sólo contribuye a convertir a la persona en cuestión en un gimnasta/acróbata/contorsionista más o menos avezado, aunque desde mi punto de vista eso sería una manera terriblemente parcial de entender este método.  Trabajamos con el cuerpo, sí, trabajamos con la musculatura y la tonificamos y la flexibilizamos.  Muchas de las posturas pretenden también estimular la depuración de los órganos mediante su compresión, su estiramiento, su relajación y la sudoración.  Podría ser objeto de debate si esta terapia de los órganos mediante la ejecución de asanas resulta realmente efectiva.  En cambio, lo que no creo se pueda discutir es que en el centro de toda esta coreografía física se encuentra la respiración y que este trabajo con la respiración es el que eleva la práctica de Ashtanga Yoga más allá del plano puramente físico.  Podría alargarme aquí hasta la extenuación, pero no creo que haga falta.  Un sinfín de tradiciones en todo el mundo durante miles de años han identificado el trabajo sobre la respiración como un aspecto crucial a la hora de modificar los estados de la mente humana.  No entendemos todavía bien los mecanismos que lo hacen posible, pero lo saben los budistas, lo saben los yoguis y lo saben también los psicólogos modernos, quienes en pleno siglo veintiuno están redescubriendo el trabajo con la respiración, reempaquetada con la etiqueta de mindfulness y prescribiéndosela a sus pacientes azotados por el estrés, la angustia y la depresión.

La práctica de Ashtanga Yoga es muy poderosa.  Muy mal tiene que estar haciéndola uno para que la mantenga durante un periodo de meses o años sin sentir repercusiones.  Las fotos que retratan la práctica física no recogen que cada movimiento se ha realizado sobre una respiración, que la mirada se ha dirigido a puntos concretos, que el tacto se ha situado en partes específicas del cuerpo, que toda la rutina estaba integrada en el interior del practicante, quien no requería de ningún póster ni ninguna guía externa.  Ha sido un ejercicio de atención presente llevado a cabo durante alrededor de hora y media, un entrenamiento para la mente que sostenido en el tiempo difícilmente pasará desapercibido.

Las consecuencias a largo plazo llegan a nivel mental.  Quizás en el futuro la neurología halle respuestas concretas; por el momento tan sólo cabe hablar de las "sensaciones" que tenemos los practicantes, la gente que ha incorporado el yoga a su vida y que, no sabe muy bien cómo, se siente más feliz, menos ansiosa, más positiva, menos desquiciada o más creativa.  Mi impresión es que, de forma paralela a la práctica externa, lo interno también se está viendo modificado.  Es como si en el cerebro se hubieran establecido nuevas conexiones neuronales que, por un lado, te permiten resolver problemáticas puramente físicas, intuir dónde se encuentra cierta parte de tu cuerpo sin tener que mirarla, familiarizarte con las sensaciones que te llevan a resolver una postura de la manera correcta, conocer cuáles son tus límites y discernir si puedes llegar más lejos o si mejor ese día debes aflojar y, por el otro, alteran ciertos hábitos de comportamiento que nos vienen de serie y que, al calor del yoga, se matizan.

Si el Buda no logró librarse del miedo a la muerte, tengo serias dudas de que ninguno de nosotros logremos librarnos del miedo por completo.  Lo que sí creo que puede lograrse mediante el yoga es suavizar la "letalidad" de los cinco venenos.  Practica yoga y no lograrás erradicar por completo el deseo, aunque quizás si logres que, cuando no alcances tus objetivos o cuando lo que te agrada se aleje de ti, tal vez no te sientas tan abatido como te habrías sentido en otro momento.  Practica yoga y no desaparecerá de ti la aversión.  Pero tal vez, cuando te encuentres de frente ante algo que te provoca un profundo rechazo, cuando a tu puerta llegue una terrible noticia, la encajarás con moderada calma.  Tu ego seguirá estando ahí y es probable que, lejos de suicidarse, intente sacar pecho y no te permita arrojar por el retrete la colección de ideologías y adhesiones que has estado acumulando desde que tus ojos se abrieron al mundo y que han conformado la imagen que tienes de ti mismo.  Sin embargo, es probable que también en esto halles cierto punto de equilibrio.  Llegado este punto, aunque sin duda no te hayas convertido aún en un sabio, puede que sí te encuentres un pasito más alejado de la ignorancia que cuando empezaste.  No habrás resuelto el gran dilema de la vida y, al final, la muerte se acercará y tú también tendrás miedo.  Pero, ¿quién sabe?  Quizás estés a una sola vida de distancia de resolverlo...

miércoles, 1 de abril de 2020

¿Tolera Dios el coronavirus?

Josse Lieferinxe.  San Sebastián intercediendo por la Peste Negra.  Finales s. XV

Hoy parece que el mundo se ha sumido en la catástrofe y que todas las estructuras sociales se han venido abajo.  A una escala mucho menor por supuesto, pero curiosamente durante los últimos meses mi vida había sufrido también un particular cataclismo.

El fallecimiento de mi madre Pilar el pasado mes de octubre nos condujo a mi hermano y a mí a una situación inaudita: el domicilio familiar en el que los dos habíamos crecido y que había permanecido a modo de ancla hacia nuestros orígenes, por primera vez, se encontraba vacío.  Nuestro padre Fernando falleció de manera inesperada en el año 2009 víctima del cáncer; mamá -era de Santander y no le gustaba que la llamasen ama- renqueó durante años con un corazón débil y malos hábitos hasta que al final se apagó.

Ellos se fueron pero la casa seguía ahí, repleta de recuerdos. Tras casi cincuenta años de rodaje, mi hermano y yo decidimos que había llegado la hora de hacerle unos arreglos  Una empresa se encargaría de la reforma, pero antes había que despejar las habitaciones de trastos y libros.  Sobre todo libros, porque nuestro padre había cultivado una afición desmedida, casi diogénica, por los libros, y durante largas décadas los había estado amontonando en armarios y estanterías por toda la casa en cantidades extraordinarias.  Mi pobre madre no se había sentido con fuerzas de poner orden en aquel desaguisado y los montones de libros continuaron acumulando polvo y ácaros.

Pilar, sentada a la izquierda y Fernando, de pie a la derecha junto a su hermana.  Mi hermano y yo entre nuestros abuelos paternos.  Primera Comunión 1989.

Había mucho que tirar, aunque tampoco queríamos que un trapero arramplara con todo y se llevara por delante objetos valiosos y recuerdos entrañables.  Mi hermano tiene dos hijos, un trabajo con horario de oficina y viajes casi todos los fines de semana, así que finalmente fui yo, que merced a mi trabajo "bohemio" y sin menores a mi cargo dispongo de más tiempo, quien dio un paso adelante y me sumergí en la ímproba tarea de distinguir entre lo que iría al contenedor y lo que permanecería.

El trajín me llevó muchas semanas y resultó una experiencia a ratos entretenida y a ratos dolorosa.  Rebuscar entre libros, archivos y pertenencias personales de tus padres entre las cuales nunca habrías osado asomar la nariz mientras estaban en vida es lo más parecido a abrir una caja de Pandora.  Quedémonos con lo positivo y diré que entre la numerosa morralla han habido sorprendentes hallazgos: juguetes de la infancia, cartas de mis abuelos, libros geniales leídos hace décadas y olvidados, álbumes de fotos de cuando mis padres eran jóvenes, de su boda, de cuando nosotros éramos bebés, acuarelas inéditas de mi padre, gran aficionado al arte y en especial a la pintura, el carné universitario de la Complutense y las últimas calificaciones en medicina de mamá...  

Entre estos descubrimientos se encuentra el relato publicado antes de esta entrada.  A mi padre le interesaban muchos temas, y una parte importante de su biblioteca la ocupaban libros de ocultismo, parapsicología y similar.  Tenía la bibliografía completa de Juan José Benítez, un periodista muy en la línea de Fernando Jiménez del Oso que escribe sobre OVNIs y extraterrestres.  Recuerdo que de adolescente leí las dos primeras partes de Caballo de Troya, una serie de libros en las que se narraba cómo el gobierno de los Estados Unidos utilizó una máquina del tiempo para enviar a un agente al pasado a encontrarse con Jesucristo durante sus últimos días y estudiar científicamente sus milagros, muerte y resurrección.  La colección Caballo de Troya me la he quedado por si se me ocurre terminar de leerla, pero el resto lo he apartado porque tampoco es que J. J. Benítez me apasione como para guardar tres docenas de libros suyos.  El resto, excepto un pequeño ejemplar insólito de La Otra Orilla en el que J. J. Benítez se aparta de su temática y formato habitual y escribe una serie de relatos cortos.

J. J. Benítez.

El libro en cuestión lo recordaba sobre todo por el relato "¿Tolera Dios el mal?" que habéis podido leer.  Soy consciente de que J. J. Benítez no forma parte de la "alta literatura" y que puede ser calificado algo así como el Ikér Jiménez de los escritores que nunca ocupará un lugar privilegiado en las hemerotecas, pero reconozco que me gusta su estilo y este relato en particular me parece genial.  Hay que leerlo con cuidado y tomarse su tiempo o pasarás por alto el giro que da en los últimos dos párrafos.

La pregunta que hace las veces de título es uno de los grandes enigmas ya no diré de la Teología, sino de la Humanidad entera, y en una situación como la que vivimos actualmente, en la que la tercera parte -por el momento- de la población mundial vive confinada en sus casas y decenas de miles han muerto, todo por culpa de un virus, un organismo insignificante al que ni siquiera se considera ser vivo, viene muy a propósito.  ¿Quién nos castiga?  ¿Qué hemos hecho para merecerlo?  ¿Qué lección se nos quiere enseñar?

El relato del señor Benítez deja en manos del lector las conclusiones.  Por un lado se puede inferir que las pobres hormigas son unas ilusas ignorantes por creer que el coloso al que adoran pueda ser la solución a sus problemas.  Por el otro resulta interesante la idea de que el pastor piense que sólo él es el desgraciado y que la vida de las hormigas es muy simple y dichosa, mientras que a su vez ellas piensan que él es el ser todopoderoso al que nada aflige.  Ese concepto de que todo lo malo le pasa a uno y que los demás no tienen problemas está muy extendido.  Al final, cualquiera puede darse cuenta de que tanto las hormigas como el pastor están sujetas a poderes externos que escapan a su control y que el Dios al que imploran nunca evitará que surjan obstáculos en su camino.

Así como el relato de J. J. Benítez puede ser interpretado de muchas maneras, las lecturas ante una situación como la que nos ocupa hoy son múltiples, casi tantas como personas.  En mi caso, el sentimiento que me invadió cuando se desató la crisis sanitaria y el país entero hubo de encerrarse en casa fue el de fragilidad, una fragilidad que reconocía sin dificultad en mí pero que ahora se había revelado en un fenómeno global.


Todos buscamos la felicidad.  A veces nos lo ponemos sumamente complicado pero no cabe duda: queremos ser felices y la felicidad es el motor principal de nuestros actos, posiblemente el gran motivo por el que asumimos innumerables sacrificios e invertimos enormes esfuerzos durante buena parte de nuestra existencia, y también la causa por la que cometemos un sinfín de estupideces.  No percibimos que haya nada de malo en ello sino que nos parece una tendencia natural, legítima.  La felicidad, comprada a tan alto precio, se sostiene sobre muchas patas, que van desde la salud física hasta el bienestar económico, pasando por la realización personal y profesional y la satisfacción social y afectiva.  Nunca alcanzamos una felicidad completa pero sí que logramos encadenar aquí y allá ciertos hitos que nos mantienen estables en ella durante largos periodos y que nos imprimen la noción de que la vida, esa azarosa aventura sembrada de sufrimiento, merece la pena ser vivida.

Una vida que, lo sabemos, tiene una fastidiosa tendencia a invocar acontecimientos que alteran ese estado de felicidad y nos sacan fuera de los márgenes que consideramos aceptables: fracasos laborales, rupturas sentimentales, palos económicos, pérdida de seres queridos, enfermedades...  Creemos tenerlo todo bajo control pero, en realidad, basta con que se quiebre una sola de las patas que nos sostienen para que todo el tinglado se venga abajo y nos hundamos en el abismo.  Cuando estamos en lo más alto nos sentimos pletóricos, invencibles, pero una mala noticia y en un instante besaremos el fango.

Hace un par de años padecí un cólico nefrítico.  Recuerdo que fue una mañana ideal: me levanté, hice una práctica perfecta, desayuné, me duché y a las siete empezó a llegar la gente de la sesión Mysore en Ashtanga Yoga Bilbao.  A eso de las 9:30 apareció un ligero dolor en mi zona lumbar izquierda: "Qué raro, ¿habré forzado en kapotasana?", y al cabo de unas horas me encontraba postrado en cama sin poder moverme ni apenas articular palabra: comenzaba una semana de auténtica pesadilla sin prácticas perfectas ni desayunos ni duchas ni clases ideales.

Así somos de frágiles, de vulnerables.  Prodigio de la evolución, sí.  Maravilla de la naturaleza.  Obras maestras compuestas de billones de células perfectamente sincronizadas, con multitud de tejidos y órganos sometidos a una consciencia que a sus órdenes son capaces de componer poesía, tocar instrumentos, construir rascacielos, diseñar aviones, surcar los siete mares y practicar la quinta serie de Ashtanga Yoga, pero al que una piedra de calcio tan pequeña que precisó de dos ecografías para ser detectada le hace hincar la rodilla, anula por completo todas sus capacidades y le obliga a centrar en ella su entera atención.

Piedras en el riñón, torceduras de tobillo, accidentes de tráfico, cánceres, despidos improcedentes, caídas de bolsa y toda clase de contrariedades nos acechan.  No queremos que nos pase a nosotros y cuando al vecino le ocurre pensamos: "Buf, menos mal que a mí no."  Pero de una u otra manera a todos nos llega; en último término si todo ha ido bien aguardan la decrepitud y la muerte.  El ser humano vive como si no fuera a morir nunca y muere como si nunca hubiese vivido, dice un viejo cuento oriental.



Lo extraordinario de todo lo que está pasando con el asunto este del coronavirus es que, por primera vez en mucho tiempo, una desgracia nos golpea a todos por igual.  Cuando sube la gasolina o cuando acontece una crisis económica siempre hay elementos de la sociedad que se benefician, a los que les viene bien aquello que muchos perciben como algo malo: magnates del petróleo, especuladores y fondos buitre que saben sacar provecho del río revuelto.

Ahora, una tercera parte del mundo permanece encerrada en casa, acorralado por este inesperado microscópico agente biológico.  Hablé por teléfono con David Williams, el antiguo profesor de Ashtanga Yoga afincado en Hawaii, y me contó que en su remota isla en medio del Pacífico sólo tienen veinticinco casos todavía pero que aún así se han quedado todos en casa, han dejado de llegar turistas y entran en las tiendas de uno en uno con guantes y máscara,  La todopoderosa sociedad tecnológica se tambalea sin que importe dónde vivas, la aldea más pordiosera de la India o el apartamento más lujoso de Manhattan: el virus no distingue entre nacionalidades ni economías

Es decir, de la misma manera que una piedra en el riñón dejó en evidencia mi fragilidad, el virus ha hecho lo propio con la sociedad humana.  Hemos conquistado el espacio, explotamos los recursos del planeta a escala industrial y disfrutamos de un nivel tecnológico que hace apenas un siglo ni los más imaginativos autores de ciencia ficción habrían llegado a soñar.  Los seres humanos nacen y mueren, sí, pero la humanidad en su conjunto se cree invulnerable. Tonteamos peligrosamente con la ecología y, aunque parezca que la temperatura sube unas pocas décimas, se fundan algunos glaciares y se extingan especies, no pasan de meras advertencias que paliamos tomando tímidas medidas; en realidad, sinceramente: ¿quién nos puede derrotar?  Nuestra ciencia nos lleva a comprender los confines del Universo y contamos con armas nucleares capaces de vaporizar ciudades enteras en cuestión de minutos así que, ¿en verdad puede asustarnos nada?  Pues no hay mucho más que decir; aquí lo tenemos delante de nuestros ojos: un virus nos ha dejado en cueros y no podemos hacer otra cosa que acurrucarnos en nuestras madrigueras y capear el vendaval.  Gigantes con pies de barro.

Gran Vía de Madrid, desierta.
A la pregunta acerca de si Dios tolera el coronavirus y otros males, hay que responder de manera transversal: ¿qué hay que entender por mal?  Desde cierto punto de vista, nosotros podemos ser el mal.  Se dice que ahora que los humanos no se dejan ver fuera, los animales están recuperando territorios que les habían sido vedados tales como playas y parques.  También, los menores niveles de tráfico rodado y actividad industrial han reducido la contaminación atmosférica.  Así que desde la perspectiva del planeta el confinamiento o, porqué no decirlo, el exterminio del ser humano suena como una noticia excelente.

Si por un momento nos olvidáramos de nuestra naturaleza humana y en una colosal e irreverente pirueta nos pusiésemos en la “piel” de Dios, de esa supuesta entidad suprema que lo rige todo, es muy probable que adquiriéramos una percepción muy distinta de la que tenemos de la dualidad bien-mal.  Para empezar, en la inabarcable obra de Dios el mal convive en el bien y viceversa; los ciclos implacables de destrucción y creación, la constante transformación de la materia y energía en otras formas, la tendencia constante al desorden o, dicho en una palabra, la impermanencia, vienen de serie.   Por lo poco que sé de filosofía de las religiones, lo más probable es que una de las cualidades de ese inalcanzable Dios sea la más absoluta de las ecuanimidades, un perfecto equilibrio entre opuestos: bien y mal, luz y oscuridad, salud y enfermedad.

Así pues, resulta más que evidente que Dios permite que suceda el mal o, mejor dicho, que acontezcan cambios que los sentidos subjetivos de los seres que pueblan Su creación perciban como estímulos negativos en contraposición a otros que sean considerados positivos.  De hecho si no hubiera mal, seguramente el bien no sería distinguible.  Si las fresas tuvieran el mismo sabor que las piedras, ¿nos molestaríamos en ir a buscar fresas o mordisquearíamos cualquier guijarro?  ¿Seríamos capaces de distinguir a las personas honradas si no hubiera sinvergüenzas?  Y por último: ¿realmente podríamos ser libres dentro de un mundo en el que no existiera la posibilidad de hacer el mal?,  ¿tendría sentido la vida en semejante escenario de ausencia de mal y, en consecuencia, de no libertad?  


No, Dios no nos ha enviado el coronavirus; no quiere castigarnos a nosotros ni tenía la más mínima intención de ponerles las cosas difíciles al pastor y a las hormigas del cuento de J. J. Benítez.  Las inundaciones, los incendios y la pandemia forman parte de un mundo en continua transformación y desorden dentro del cual actuamos en libertad pero sobre el que, a menudo muy a nuestro pesar, tenemos una capacidad limitadísima de influir. 

En el Atmabodha Upanishad existe una metáfora preciosa para explicar la relación entre atman, el individuo, y brahman, el todo.  Atman es la ola que surge del océano de brahman y que, como toda ola, después de su breve despliegue de belleza acuática regresará a brahman.  Mientras somos ola somos agua, pero cuando dejamos de ser ola y nos fundimos en brahman, seguimos siendo agua.  Cada vida es una excrecencia del Todo.  Casi podemos pensar en cada uno de nosotros como un náufrago encaramado en una precaria balsa sobre la cresta de su ola, pretendiendo tenerlo todo bajo control y rogándole al mar que le obedezca y no le haga sufrir, momentos antes de que la ola rompa.  El agua de la ola es el atman, nuestra verdadera naturaleza, mientras el náufrago es el ego, quien se ha empoderado ensoberbecido, se cree lo más importante del Universo y espera que el viento sople a su son.  El náufrago, lo acepte o no, tiene los segundos contados: en unos instantes la ola se hundirá en el mar, el ego desaparecerá y de nuevo sólo quedará atman diluido en brahman.  Después, una ola volverá a surgir y el ciclo se repetirá. 

A modo de conclusión escribiré acerca de lo que opino debería hacer cada uno.  En primer lugar, desesperarse, quejarse y clamar al Cielo o a la Moncloa son gestos estériles que sólo contribuyen a generar más ruido.  Lo que no se hizo en su momento no se puede hacer ya, y ahora lo que nos queda es que cada cual actúe según su deber.  En lo que respecta a la mayoría de nosotros, la tarea es bien sencilla: quedarnos en casa y contribuir lo menos posible a la proliferación de la enfermedad.  Un esfuerzo menor, teniendo en cuenta el terrible peso y responsabilidad que recae sobre los desbordados sanitarios y los políticos con sus palos de ciego.  En cierto modo incluso hasta tiene algo de poético ver a la Humanidad unida en algo por vez primera.  En esta crisis no hay distinción entre naciones ni clanes ideológicos; el virus no conoce fronteras.  Aprendamos de los errores y rememos juntos.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Motivación y armonía en Ashtanga Yoga



El pasado sábado en Ashtanga Yoga Bilbao disfrutamos del documental "Breathing Ashtanga Yoga" (Respirando Ashtanga Yoga) junto a su creador, Josu Ozkaritz.  Muchos amigos, estudiantes de Ashtanga Yoga y curiosos nos acompañaron durante la proyección.

El documental tocaba distintos aspectos de esta tradición de yoga: su origen, su historia, sus protagonistas, su sentido y sus repercusiones; de la mano de estudiantes y profesores cuyo testimonio servía de hilo narrativo.

Son muchas las personas que han conocido la práctica de Ashtanga Yoga con nosotros desde que abrimos el 21 de septiembre, y me figuro que muchos de ellos sonrieron reconociéndose en aquellos practicantes experimentados del documental que recordaban sus sensaciones tras su primer contacto con Ashtanga Yoga: esfuerzo, sudor, frustración, confusión, incredulidad, y después alivio, ligereza, calma, alegría.  La práctica de Ashtanga Yoga remueve muchas cosas a nivel energético, y tras su primera clase la mayoría de personas se dan cuenta de que lo que han hecho ha sido algo mucho más profundo e intenso que una mera sesión de ejercicios aeróbico-calisténicos y estiramientos.

Motivación en Ashtanga Yoga.

Hace unas semanas, en concreto el pasado 13 de octubre, se cumplieron diez años desde mi primera clase de Ashtanga Yoga.  A día de hoy me cuento entre aquellas personas que mucho después continúan practicando con la misma, sino mayor devoción que en sus primeros años.  La pregunta es obvia: ¿cómo se puede seguir hallando motivación después de más de diez años de práctica?  Para quienes lo observen desde fuera quizás no tenga el menor sentido, habida cuenta de la estructura monolítica de Ashtanga Yoga en la que se aprende una secuencia predeterminada que siempre se practica en idéntico orden.  ¿Diez años haciendo lo mismo?  ¿Cada día las mismas asanas, el mismo sistema, con pequeños cambios, pequeños progresos cada muchos meses, o tal vez incluso retrocesos? 

Hasta mayo, cuando todavía practicaba con Borja en Ashtanga Yoga Madrid, me quedaba el nada desdeñable acicate de la práctica en grupo.  Ahora, en cambio, practico en solitario antes de la clase de las 07:00 de la mañana.  Entre las 04:30 y las 05:00 llego a Ashtanga Yoga Bilbao, enciendo una vela junto a la fotografía de Guruji y una vara de incienso, despliego la esterilla y entono el mantra inicial de Ashtanga Yoga en la quietud de la madrugada.  Y a decir verdad, mi ánimo no ha decaído un ápice durante todas estas semanas.  Ningún día me ha podido la pereza y me he dicho: "Bah, hoy no."  Debo decir que incluso le encuentro cierto lado romántico al hecho de practicar a solas bajo la tenue luz de las lamparitas de Ashtanga Yoga Bilbao, de la vela de Guruji, de las farolas de la calle y quizás de la luna, e ir sintiendo cómo el amanecer, poco a poco, se va abriendo paso sobre el Casco Viejo y Santutxu.  Un amanecer que, por cierto, en las últimas semanas cada vez me ha sido más esquivo hasta acabar dando la bienvenida a los estudiantes de las 07:00.

Por un lado está el amor, la devoción a esta práctica.  Por personalidad he sido siempre un hombre apasionado que emprendía las cosas con ardor y se adentraba en ellas hasta el final.  Ashtanga Yoga se convirtió en un descubrimiento fascinante y nunca vi el momento de dejarlo; todo lo contrario.  Cada vez quise inmiscuirme, implicarme, entregarme más hasta el punto de acabar convirtiéndolo en mi profesión.  De alguna manera, la práctica de Ashtanga Yoga se asemeja a las relaciones: al principio es intensa y dulce como el noviazgo, todo son novedades y sensaciones fuertes; más tarde se convierte en un matrimonio, algo que se integra íntimamente en tu vida y al que conoces tan perfectamente como ello te conoce a ti.  En ocasiones esto irrita, exaspera, desanima y aburre, sobre todo si se practica en base a expectativas y objetivos.  En mi caso, no puedo decirlo de otra manera, la relación con el Ashtanga Yoga se ha convertido en un matrimonio feliz.



Por otro lado hay que hablar del sentido del deber.  El día que recibí la autorización para enseñar Ashtanga Yoga Sharath Jois me dijo: "Authorisation, more responsibility."  Con ello quería decir que el paso de convertirme en profesor a tiempo completo implicaba mucho más que limitarse a abrir una escuela e impartir clases con mejor o peor fortuna. Un profesor de Ashtanga Yoga ha de ser alguien que enseñe a la gente desde la experiencia, alguien que sirva de inspiración a sus alumnos y ojo, alguien que continúe aprendiendo.

En las conferencias del final de semana en Mysore a menudo se le escucha a Sharath decir que "un profesor será tan bueno como su sadhana", es decir, su disciplina de práctica, lo cual no significa que un profesor tenga de ser un acróbata o un contorsionista fuera de serie capaz de dejar boquiabiertos a los directores de casting del Circo del Sol.  Un profesor de Ashtanga Yoga ha de ser alguien que enseñe a sus alumnos a andar un camino que él mismo ha andado, alguien que ha sabido ser, en primer lugar, estudiante, y también alguien que predique con el ejemplo, que crea en el poder reparador y transformador de esta práctica y desee de corazón ponerlo a disposición de otras personas.  Enseñar yoga sin practicarlo es como un maestro de cocina que dejó de cocinar, un profesor de música que perdió la ilusión por tocar o un poeta que ya no lee poesía.  Uno puede envejecer, puede enfermar o lesionarse; la práctica no será igual durante toda la vida, pero el sadhana, la disciplina de práctica, la devoción, ha de permanecer.  Un profesor de yoga no dejará de serlo porque haya dejado de poder ponerse los pies detrás de la cabeza.  Pero un profesor de yoga transmite un estilo de vida, y su deber de cara a sus alumnos es seguirlo.  De lo contrario, la suya será una enseñanza sin esencia, sin alma.

Imponerse una disciplina en contra del propio deseo quizás resulte un acto masoquista y hasta hipócrita, pero aquí es donde sentido del deber y amor se entrelazan.  Así, de la misma manera que es deber de un cónyuge mantener viva la llama del amor, igualmente un profesor de Ashtanga Yoga ha de poner empeño en cultivar aquellos aspectos que alimentan la ilusión por la práctica, sobre todo si sus circunstancias le obligan a practicar en solitario tal que mi caso en esta nueva etapa.  El hábito, la ceremonia, los ritos, tales como practicar siempre a la misma hora, sobre la misma esterilla, con una toalla al lado, vistiendo el mismo tipo de ropa, con una vela encendida, con alguna imagen cerca que sirva de inspiración, bien sea de Guruji, Buda, Jesucristo o de algún ser querido que ya no esté, hacen mucho por mantener vivo el fuego.  

Pero por último y sobre todo, como el mayor y más poderoso fruto de Ashtanga Yoga, y donde en mi opinión se fundamenta ese éxito que lleva a muchos a continuar desenrollando su esterilla décadas después, está la armonía de la práctica.

Armonía en Ashtanga Yoga.

¿Qué es la armonía?  Por lo general, la armonía se relaciona con la música.  Armonía es un equilibrio de proporciones y, en efecto, es en el ámbito musical donde la armonía alcanza su expresión más clara.  Pero el yoga, amigos míos, también es armonía.

En yoga, se entiende que los vrittis son perturbaciones introducidas por el lado consciente de la mente que alteran su estado natural de calma.  Porque más allá de pensamientos, ideologías, prejuicios, condicionamientos culturales, familiares o personales, el ser humano posee una conciencia pura de cualidades eternas, un alma, un purusha, a la que los vrittis perturban en forma de apegos, tensiones y estrés.  Y de acuerdo con el famoso segundo sutra de Patanjali -yogas chitta vritti nirodhah-, el objeto del yoga es precisamente detener el vaivén de esos vrittis y regresar a la calma, a la paz innata de nuestra naturaleza eterna.

Los dos cerebros: lógico e intuitivo.
Cuando una persona aprende a tocar un instrumento, al principio se siente muy torpe.  La cabeza ha de pensar dónde colocar los dedos, cómo pulsar la tecla, soplar o rasgar la cuerda, los ojos han de descifrar las notas del pentagrama y el cuerpo en general ha de coordinar notas, tiempos y movimientos.  En rasgos generales, la mente está confusa, atareada y muy lejos de hallarse en estado de calma.  Lo que domina es el hemisferio izquierdo del cerebro, el hemisferio lógico, que se afana en tratar de encontrar soluciones a la serie de problemas que se le están planteando.

Con el paso del tiempo, se produce un gran cambio, cuando el cerebro establece los enlaces sinápticos y desarrolla la coordinación necesarias para ejecutar la composición musical satisfactoriamente.  En otras palabras, cuando el intérprete adquiere destreza técnica, y es justo en ese momento que se produce su fusión con la música.  La parte lógica no ha de efectuar ya esfuerzo alguno, y el que adquiere entonces protagonismo es el hemisferio derecho, el intuitivo, el creativo.  La música fluye a través de la mente, de los dedos, de los labios, sin obstáculos.  Es el momento de la armonía: la armonía de la música y la armonía de la mente, en la que no queda espacio para otros pensamientos, distracciones, perturbaciones,  ni, en definitiva, vrittis.  Sólo música.

El yoga es esto mismo.  Una armonía mental obtenida a través del cuerpo, que se erige en un gran instrumento.  Un cuerpo con el que, al principio, no se tiene conexión pero que al cabo del tiempo se acaba afinando cual cuerda de guitarra.

Porque cuando se empieza a practicar todo es confusión: la posición de los pies, la colocación de las caderas, los ángulos de rodillas y codos, el orden de las asanas, las transiciones entre una y otra, la fuerza y flexibilidad que no se sabe bien de dónde sacarlas...  Ese primer estadío se ve dominado por el hemisferio lógico: la mente se esfuerza en aprender las técnicas de posicionamiento y desplazamiento básicas y se siente apabullada ante la cantidad y complejidad de la información a procesar.  Con el paso del tiempo, poco a poco, la coordinación motora se va refinando, la secuencia se asimila en el plano físico y la práctica se vuelve más alineada, más estable, más recta.  Entonces, resulta posible adentrarse un poco más allá e incorporar los elementos internos, haciendo que la respiración realmente tome la batuta de la práctica, enfocando la atención a un solo punto en cada vinyasa y construyendo fortaleza interna a través de los bandhas.  La práctica, con el tiempo, deja de constituir un desafío a la lógica para adentrarse en el campo de la creatividad, de la intuición.  La mente se libera entonces, deja de estar constreñida a la problemática postural y se expande, alcanzando lo que muchos de los que practicamos Ashtanga Yoga podemos definir como un "trance" en el que los movimientos se suceden al ritmo de la respiración, la mirada no oscila y la mente no vacila, dedicando a cada momento toda su atención, todo su esfuerzo, todo su ingenio e inteligencia.  Es la hora del fluir de la totalidad del ser, de la poesía de los sentidos, de la armonía.
 
Guruji solía decir y Sharath aún lo dice a menudo hoy día, que se puede navegar durante años por la superficie del océano sin llegar a sumergir nunca la cabeza dentro del agua para descubrir las maravillas que se esconden debajo.  La práctica enfocada como una mera rutina de ejercicios arroja no pocos beneficios, como son el incremento de la flexibilidad, de la fuerza, de la resistencia, la purificación de los órganos internos y una mejoría general de salud.  Pero limitarse al plano físico supone quedarse en la superficie.  La verdadera catarsis se produce en la armonía interna, en ese estado de repliegue hacia dentro en el que las señales de ruido externo se apagan y en el que en buena parte fundamentamos nuestra motivación aquellos que hemos mantenido a largo plazo la práctica de Ashtanga Yoga.

Armonía.

Porque la flexibilidad llegará o no, el cuerpo se abrirá o no y se lograrán hacer o no determinadas posturas.  Pero, termine uno o no termine la primera serie, la segunda, la tercera o la sexta, sea capaz o no de hacer catching en marichyasana D, ponerse de pie desde urdhva dhanurasana o agarrarse talones en kapotasana, la armonía de la práctica, la supresión de los vrittis, la catarsis mental, estarán siempre a su alcance.  Y llegado ese punto será cuando el practicante de Ashtanga Yoga se dé cuenta de que cada día, en su práctica, tendrá un momento íntimo para dejar de lado el runrún de las preocupaciones, de las insatisfacciones, de los problemas propios de esta existencia condicionada y retirarse hacia la profundidad de su ser en busca de esa cajita que tenemos todos dentro del pecho y que es hogar de paz, libertad y eternidad.

Cada noche, al cerrar los ojos, más que en ninguna otra ocasión, todos los seres humanos somos iguales.  Independientemente de las riquezas, posesiones, amantes o amigos, muchos o pocos, que hayamos amasado a lo largo de nuestra existencia, todos los seres humanos nos enfrentamos antes de dormir a un curioso estado de equiparación en el que, tal que el nonato desnudo en el vientre materno o el moribundo que exhala su último aliento, nos hemos de enfrentar a la soledad de nuestra conciencia en un escenario al que no podemos llevarnos nada.  De hecho, el sueño puede entenderse como una experiencia de muerte a la que el ser humano se enfrenta de manera cotidiana.  Sabemos que se va a producir una "desconexión" y la aceptamos como tal, cuando lo único que diferencia al sueño de la muerte es que en ésta la desconexión es irreversible.

El gran problema de la existencia humana y sobre todo de nuestra sociedad moderna, en la que el consumismo y el valor de la posesión se ha llevado a extremos nunca antes vistos, es el del apego, el de la dependencia a lo impermanente.  La fuente de un sinfín de insatisfacciones del ser humano radica en la dificultad de asimilar que todo lo que acaparamos en el mundo es una ilusión, que todo aquello que amamos, que anhelamos, todo lo bueno que parece dar sentido a nuestra existencia, y también todo lo malo que la amarga, está condenado a desaparecer.  Todo es transitorio, todo es etéreo, y aferrarse a cosas, personas o procesos -como la juventud o la propia vida- efímeros es una garantía de infelicidad y angustia, una bomba de relojería que explotará tarde o temprano.  En contra de lo que pregonan a bombo y platillo los tabloides, el reto principal del ser humano no es acumular y conservar lo acumulado, sino ser capaz de cerrar los ojos en plena noche, enfrentándose a esa terrible soledad, a ese folio oscuro de la mente al que nadie se puede llevar nada que haya comprado, y hallar paz.

La práctica de yoga se orienta en esa dirección precisamente: proporciona un método práctico para llevar al ser humano a su estado primigenio, hacerlo retroceder a ese instante nada más nacer en que, desnudo e inocente, existía en armonía, para iluminar la conciencia adormecida y recuperar aquello que más necesita la sociedad desquiciada de hoy: serenidad, calma y paz.  No lo pienses más... ¡y practica!

martes, 21 de julio de 2015

Conectando con uno mismo a través del yoga.

Con frecuencia habréis escuchado aquello de que "el yoga sirve para conectar con uno mismo".  De hecho, la frase se emplea a discreción cada vez que se pretende rebatir la extendida creencia de que el yoga no es más que una rutina de ejercicio físico y estiramientos. Sin embargo, aunque lo de "conectar con uno mismo" suene muy bonito, al típico ciudadano de a pie lo suele dejar indiferente.  Hay que admitir que el concepto resulta un tanto vago, incluso podría decirse que esotérico, cuando lo que la mayoría de gente en realidad espera recibir es una respuesta clara y, sobre todo, pragmática.  Tampoco ayuda demasiado el que para complementar la explicación se recurran a argumentaciones psicológicas y mucho menos espirituales.  La habitual reacción ante tales recursos es el silencio y una sonrisa condescendiente.  Por lo tanto, si bien es cierto que la lógica no siempre alcanza a explicarlo todo y a veces se antoja necesario recurrir a herramientas distintas de las que ofrece la ciencia cartesiana, en este caso, y tras la lectura de un interesante artículo que me ha inspirado este post, sí que va a resultar posible hacer entender en su propio terreno a los enemigos de lo intuitivo cuando preguntan, socarrones, para qué sirve el yoga, qué significa la susodicha "conexión con uno mismo" .

Modelo motor del homúnculo.

En la imagen superior tenemos al homúnculo, que no es otra cosa que una representación del cuerpo humano desde el punto de vista del córtex cerebral.  El tamaño de cada parte del cuerpo del homúnculo es directamente proporcional a la potencia neuronal que de hecho se encuentra implicada en su control.  Es fácil entender que aquellas regiones del cuerpo que requieren un alto nivel de destreza ocupan una superficie mayor en el cerebro, el cual les dedica una cantidad mayor de neuronas y circuitos neuronales.  

De ese modo, las manos del homúnculo son gigantescas porque una gran parte del cerebro motor está concentrada en las manos, que han de ser extremadamente precisas y sensibles para que el hombre pueda efectuar con ellas una amplia variedad de tareas.  Lo mismo sucede con la boca y la lengua, donde se ubican los complejos sentidos del gusto y el habla.  La rodilla o el codo, por el contrario, son minúsculos, tal y como corresponde con unas zonas de nuestra anatomía a las que el cerebro no les presta apenas atención.  Difícilmente podremos reconocer un objeto palpándolo con el codo.  La mano, en cambio, será capaz de proporcionarnos muchísima información.

En realidad, la forma del homúnculo la vamos conformando nosotros mismos durante nuestro propio desarrollo.  Desde la niñez, nuestra interactuación con los estímulos del mundo va educando al cerebro y construyendo nuestra estructura neurológica, nuestro homúnculo. No obstante, conviene tener en cuenta que no se trata de una configuración inamovible.  De hecho, el homúnculo podría verse drásticamente modificado en determinadas situaciones.  En el caso de un accidente neurológico, por ejemplo, grandes regiones del cerebro podrían quedar anuladas, lo que al homúnculo le supondrían verdaderas amputaciones.  

Homúnculo sensorial y motor.

Pero el homúnculo también puede ser modificado mediante la práctica.  No resulta posible aumentar el número de neuronas del cerebro, pero lo que las neuronas sí pueden hacer es establecer nuevos circuitos entre ellas.  De hecho, la capacidad de hacer esto es casi ilimitada.  De ese modo, por ejemplo, una persona que tras sufrir un ictus hubiera perdido el sentido del habla y cuyo homúnculo hubiera sufrido una grave distorsión, con el paso del tiempo y el entrenamiento adecuado podría llegar a recuperar todas o casi todas sus funciones originales y, con ellas la forma normal del homúnculo.  ¿Significa eso que la persona puede conseguir "resucitar" sus neuronas muertas?  No.  Lo que la persona hace es establecer nuevos circuitos neuronales entre las neuronas supervivientes de manera que éstas asuman las funciones de las muertas.  Igualmente, los ciegos y los mancos suelen ser capaces de compensar sus minusvalías mediante un híper-desarrollo del resto de sus sentidos.  Un ejemplo paradigmático de ello lo constituyen esas personas mancas que terminan manejando sus pies como si de manos se trataran y que en algunos casos llevan a cabo verdaderas virguerías tales como tocar instrumentos o construir maquetas.  Su homúnculo supliría sus manos inutilizadas con unos pies gigantescos, reflejando la extensa red de conexiones neuronales creada en torno a los pies. 

De la misma manera, una persona que aprende a tocar el piano, lo que está haciendo es crear nuevos circuitos neuronales.  Está aumentando las conexiones hacia los dedos que tocan las teclas del piano, los pies que presionan los pedales, el oído que percibe la música y el sentido armónico que es capaz de entenderla e interpretarla.  Está creando configuraciones neuronales que previamente no existían y, por así decirlo, haciendo que su homúnculo eche músculo, al entrenar a las neuronas de su cerebro en una nueva serie de actividades que implican el manejo y coordinación de partes y sentidos del cuerpo de un modo en que no estaba familiarizado.  Lo mismo estará haciendo una persona cuando aprende a manejar un coche, a jugar al baloncesto, a reparar relojes, a hacer malabarismos con pelotas o a bailar flamenco.  Y otro tanto estará haciendo, también, el que practica yoga.


El yoga físico, con sus ejercicios de asanas, constituye una poderosa herramienta para despertar lo que se denomina conciencia corporal.  Estamos muy habituados a manejar algunas zonas de nuestro cuerpo pero, lamentablemente, y debido a nuestro estilo de vida y a nuestros condicionamientos culturales, otras las tenemos realmente atrofiadas.  Desde el punto de vista del cerebro del ciudadano medio carece de importancia todo lo que no tenga que ver con andar, sentarse y manejar un teclado de ordenador.  Fuera de ahí, la inversión neuronal que el cerebro dedica al cuerpo suele ser insignificante.  

En clara oposición a esta terrible tendencia de las sociedades surgió y ha llegado hasta nuestros días el yoga, que de manera sistemática sitúa a sus practicantes ante la insólita perspectiva de tener que colocar sus músculos y sus huesos en posiciones poco habituales y ejecutar movimientos que nunca se le plantearían en su vida cotidiana.  Al verse obligado a abordar una y otra vez esta nueva problemática muscular, el cerebro comienza a crear patrones en su interior, estableciendo enlaces entre las neuronas con las que satisfacer las nuevas demandas físicas.  

Desde aquí parte el despertar de la conciencia corporal.  Con el tiempo y la práctica prolongadas, la persona acabará desarrollando la capacidad de mover su cuerpo a través de las asanas y asumir como algo natural lo que anteriormente constituía un verdadero reto.  Todos los que practicamos yoga, en mayor o menor medida lo hemos notado, y al cabo del tiempo todos acabamos desarrollando la curiosa habilidad de saber dónde tenemos el pie sin mirarlo, cuál es nuestro lado bueno en cada asana, en qué puntos notamos rigidez, el grado de flexibilidad que tenemos en ese día en particular, etcétera, etcétera.  Toda una suerte de habilidades que algunos años atrás nos habrían sonado a chino y que, ahora, aceptamos como algo cotidiano.

Pero el incremento de la conciencia corporal a través de la práctica de yoga tiene consecuencias más profundas.  Exteriormente, lo que uno percibe es que, tras varios años de práctica, determinadas posturas de equilibrio que le resultaban imposibles ahora se le antojan sencillas y en otras en las que su alineamiento estaba siempre comprometido ya nunca se acerca el profesor para corregirle.  Internamente, eso se ha traducido en nuevos enlaces neuronales, en nuevas mallas de circuitos orgánicos que el cerebro ha tejido para especializarse en la resolución de esos problemas músculo-esqueléticos que su propietario denomina asanas.  El yoga ha conducido al cerebro, literalmente, al refinamiento de su circuitería, y el impacto de ello a la fuerza se ha de notar más allá de la conciencia corporal.

Sistema nervioso sensorial-motor y sistema nervioso orgánico, frente a frente.

No sabemos todavía mucho del cerebro.  El órgano más complejo del ser humano sigue siendo un gran misterio, una caja negra aún por descifrar en su mayor parte.  Pero de lo que sí estamos seguros es de que el cerebro no se limita a ser un simple centro de control de movimientos musculares y de percepciones sensoriales.  Las neuronas del cerebro y de la médula espinal relajan y contraen los músculos e interpretan las señales procedentes de los órganos sensoriales, pero esas mismas neuronas se encuentran también detrás del funcionamiento de los órganos internos, de los procesos digestivos, cardiovasculares y hormonales que tienen lugar por todo el cuerpo y, también, detrás de lo que denominamos "conciencia" del ser humano, de su creatividad, de sus anhelos, de sus fobias, de sus emociones y, en definitiva, de toda su psicología.  A pesar de que la neurología haya pretendido establecer claras divisiones funcionales en el cerebro, la realidad es mucho más enrevesada y sugiere complejas relaciones entre órganos, músculos y emociones.  Tampoco es que una misma neurona pueda estar al mismo tiempo implicada en la extensión de un dedo, el cierre del cardias y el amor a la poesía, pero sí que cabe pensar que el cuerpo humano funciona más bien como una red entrelazada que como una sucesión de capas independientes.  Que se lo digan sino a la reflexología y a la acupuntura.  

Funciones del cerebro, desde el punto de vista "compartimentado" de la neurología.

En la India, en una época en que el acceso a los médicos convencionales estaba reservado a las élites, el yoga era algo así como una medicina low cost.  Las técnicas del yoga representaban la única opción para paliar sus dolencias que tenían las clases bajas, quienes acudían a maestros de yoga como en los pueblos de la España profunda se recurría a los curanderos.  El caso de Krishnamacharya, al que el Maharajah de Mysore hizo llamar para que le tratara cierta afección respiratoria, fue sumamente excepcional, al tiempo que un hecho clave para cambiar por siempre el destino del yoga en el mundo.  Posiblemente fue gracias a ese único suceso que hoy día, sobre todo en Occidente, cada vez más gente deje de lado la medicina convencional y recurra al yoga para tratar toda clase de problemas físicos y mentales, en lo que no deja de ser una sorprendente vuelta de tortilla desde el punto de vista histórico.

Un neurocirujano puede alterar el cuerpo mediante la estimulación del cerebro.  Un practicante de yoga puede, partiendo del extremo opuesto de la red nerviosa, alterar el cerebro.  Los cambios son sutiles y requieren tiempo, pero son innegables.  La conexión con uno mismo se hace desde lo más superficial: los movimientos musculares voluntarios y la respiración, y sus repercusiones se hacen sentir en lo más profundo del ser humano: la red neuronal en la que residen la coordinación de los músculos, el funcionamiento de los órganos y el mecanismo de las emociones.  Cuerpo y mente, consciente e inconsciente, entrelazados en una interpretación holística del ser humano: la esencia del yoga.


"Practice, practice, and all is coming."
- Sri Krishna Pattabhi Jois.

domingo, 7 de junio de 2015

Prana y apana en Ashtanga Yoga: terapia energética.



La práctica de Ashtanga Yoga no parte desde las posturas, desde las asanas, sino desde la respiración.  Cuando uno se sitúa sobre la esterilla y se dispone a comenzar su práctica, lo primero que ha de hacer es entrar en contacto con su respiración: inhalar y exhalar de manera voluntaria, regulando el flujo de aire y tomando conciencia del instante exacto en que termina la exhalación y se inicia la inhalación o viceversa, como el que observa el vaivén de un péndulo y pretende sacar una fotografía cada vez que éste alcanza su máxima amplitud a ambos lados y, durante un instante casi imperceptible, se detiene.  A partir de esa respiración consciente, se da inicio al movimiento postural, al asana.

Sin conciencia de respiración, la práctica de Ashtanga Yoga no sería otra cosa que ejercicio físico, gimnasia cuando, en realidad, pretende ir mucho más allá.  No en vano, las dos primeras series de Ashtanga Yoga -yoga chikitsa y nadi shodana- fueron diseñadas como terapias para trabajar sobre los desequilibrios del cuerpo energético y sus manifestaciones en las emociones, la psicología y la salud del cuerpo físico.  La naturaleza de la práctica es mover energía a través del cuerpo, aprender a entrar en contacto con esos flujos, a discernir resistencias y bloqueos y, mediante el trabajo de la respiración, limpiarlos.

Suryanamaskar A desde el punto de vista energético.


El primer saludo al sol de Ashtanga Yoga parte de samastitih, la postura neutra de pie, y comienza con una inhalación a la que inmediatamente le sigue el primer vinyasa o movimiento: una gran apertura de la parte frontal del cuerpo, dirigiendo las manos hacia el cielo y abriendo extremidades superiores y pecho. En términos energéticos, esto supone un movimiento de energía en sentido entrante y expansivo: el prana entra en el cuerpo mediante la inhalación, y el movimiento de apertura lo dirige hacia la punta de los dedos. La mirada, el drishti, acompaña a esta expansión al enfocarse en los pulgares de las manos: angusthamadhye.

El segundo vinyasa del saludo al sol, regido por una exhalación, es un cierre: uttanasana.  El cuerpo, que con la inhalación del primer vinyasa se ha abierto y ha creado espacio, se repliega sobre sí mismo, cerrándose de nuevo.  Con esta exhalación comienza un nuevo proceso energético: la evacuación de apana, de los residuos, de la polución acumulada.  A nivel físico podría hablarse de dióxido de carbono y del conjunto de los excrementos sí, pero en términos energéticos también de la pesadez, el estancamiento, la tensión, el estrés, el lastre que todos llevamos y del que en un gran suspiro de alivio -la exhalación- comenzamos a librarnos.  La mirada va a la nariz: nasagre, trasladando la atención hacia nuestro interior.

Al expulsar apana creamos espacio energético para nuevo prana, que en la inhalación del tercer vinyasa entra y se pone en circulación de nuevo hacia la parte alta y frontal del cuerpo.  El drishti se sitúa ahora en el entrecejo: bhrumadhye, adonde se dirige el prana.

Con el cuarto vinyasa se exhala, se camina hacia atrás y se sostiene el cuerpo en chaturanga dandasana activando la musculatura abdominal y pélvica, el bandha, para permitir que de nuevo se produzca una liberación de apana pero sin permitir que el prana escape y en consecuencia la postura se colapse.  El drishti vuelve a ir a la nariz: nasagre.

El quinto vinyasa, regido por la inhalación, es otra intensa apertura de la parte frontal del cuerpo, pero esta vez desde los pies hasta la cabeza: urdhva mukha svanasana o perro boca arriba.  La energía se mueve a lo largo de toda la parte frontal, limpiándola.  El dristhi vuelve al entrecejo: bhrumadhye.

La siguiente exhalación nos lleva a adho mukha svanasana o perro boca abajo: el sexto vinyasa.  La postura se mantiene cinco respiraciones pausadas, llevando el proceso de limpieza a la parte trasera del cuerpo.  El abdomen se encuentra metido hacia dentro -uddiyana bandha-, el ano se contrae -mullah bandha- y la barbilla oprime ligeramente la garganta -jalandara bandha-, lo que permite mantener estable el asana y, en términos energéticos, elevar el prana e impedir que se escape por la parte inferior de la columna vertebral o por la garganta.  El drishti se sitúa ahora en el ombligo: nabicakre, el punto donde el prana circula y apana se purifica bajo la acción de los cerrojos o bandhas.

Los tres bandhas, que entran en acción simultáneamente en adho mukha svanasana.
Tras las cinco respiraciones, el séptimo vinyasa coincide con el tercero.  Inhalando y recogiendo prana, se camina hasta el frente de la esterilla de nuevo y se abre la parte frontal del cuerpo.   El drishti de nuevo en el entrecejo: bhrumadhye.

El octavo vinyasa coincide con el segundo.  Nueva exhalación, nueva liberación de apana para dejar espacio al prana.  Drishti a la nariz: nasagre.

Y, por último, el noveno vinyasa, que cierra el círculo regresando al punto de partida del primer vinyasa: manos arriba, alargando y llevando el prana a la parte frontal del cuerpo con el drishti en los pulgares: angusthamadhye.  Exhalando, se regresa a la posición de partida: samastitih.

Relación entre el cuerpo físico y el cuerpo energético.


¿De qué va surya namaskar, más allá de constituir una interesante coreografía que nos hace entrar en calor y romper a sudar?  De nuevo, la verdadera naturaleza del saludo al sol, así como de la práctica de Ashtanga Yoga en conjunto, es limpiar el cuerpo a través de movimientos de energía.  Con cada respiración y movimiento se limpia y abre el cuerpo; pero en una suerte de limpieza y apertura que van mucho más allá del mero plano físico.

Los sabios de la antigüedad no contaban con las sofisticaciones de la ciencia moderna: no sabían nada de rayos X, escáneres, microscopios o análisis de sangre.  Su conocimiento llegó no a través del lado lógico, sino de la percepción intuitiva, lo que les permitió ver los problemas que acechan al ser humano de una manera muy particular y que no se puede entender desde la perspectiva analítico-lógica de la ciencia moderna.  Al igual que la acupuntura no tiene sentido desde el punto de vista de la medicina occidental, la cual jamás reconocerá la existencia de meridianos y del chi, tampoco es posible hallar explicaciones científicas a muchos de los conceptos que se manejan en el yoga y que me dispongo a describir ahora.  No se trata de ningún ejercicio de fe: la experiencia ha demostrado que técnicas que trabajan directamente sobre el cuerpo energético del ser humano, tales como la acupuntura o el yoga, obtienen resultados tangibles sobre el cuerpo físico.

De acuerdo con el yoga, el cuerpo humano se halla constituido por cinco capas o planos de existencia: los koshas.  El cuerpo físico o annamaya kosha, objeto de interés de las ciencias empíricas actuales, es tan sólo uno de los planos.  Inmediatamente debajo -o encima, según se mire- se encuentra el cuerpo energético o pranayama kosha.  Ambos pertenecen al mismo ser, se retroalimentan, y no resulta posible aislarlos ni entender a uno sin el otro.

Los cinco koshas.
De este modo, lo que para la medicina moderna se reduce a una cuestión física, fisiológica, anatómica, metabólica u orgánica, desde el punto de vista del yoga puede tener explicaciones mucho más sutiles.  La manifestación en el plano físico de la energía del cuerpo energético se reduce al oxígeno de la respiración y al calor de los procesos metabólicos celulares.  Sin embargo, en el plano del cuerpo energético, la energía vital o prana responde a un concepto mucho más elevado que un simple gas respirable.  Según este punto de vista, al tiempo que el oxígeno entra en los pulmones y a través de las arterias se distribuye por el cuerpo, el prana entra en el cuerpo y circula a través de los nadis, una compleja red de canales internos de energía.  El prana es el óxigeno al mismo tiempo que algo intangible: una energía universal que se manifiesta de muchas maneras diversas y que en el ser humano lo hace en forma de energía vital.  Millares de nadis recorren nuestro cuerpo pránico, siendo los tres principales: sushumna, ida y pingala.  Sushumna atraviesa el centro de la columna vertebral y coincide con el principal canal del sistema nervioso en el cuerpo físico pero, ojo, los nadis no tienen porqué corresponderse con nervio, arteria o ganglio alguno, porque lo que circula a través de ellos, en un plano distinto de existencia, es el prana.

Los tres nadis principales y sus intersecciones sobre los chakras.
Los famosos chakras no son otra cosa que puntos situados sobre la columna vertebral en los que se producen importantes intersecciones de nadis, conformando "nudos" energéticos.  Casualmente -o "causalmente"-, cada uno de estos nudos coincide con alguno de los principales plexos o intersecciones de nervios y vasos sanguíneos y linfáticos del cuerpo físico: el plexo coxígeo -muladhara chakra-, el plexo pélvico -swadistana chakra-, el plexo solar -manipura chakra-, el plexo cardíaco -anahata chakra-, el plexo cervical -visshudha chakra- y el quiasma óptico -ajna chakra-.  El último y más elevado de los chakras -sahasrara chakra- situado en lo alto de la coronilla, desde el punto de vista del yoga representa la frontera, el puente entre el cuerpo energético del ser humano y su espiritualidad.

Tradicionalmente, y en este caso con la lógica sí que nos puede resultar suficiente, se ha relacionado a cada uno de estos chakras con diversas características del ser humano.  Los tres chakras inferiores se corresponden con las funciones de excreción, de reproducción, de digestión y también con emociones primarias como la sexualidad, el deseo o la ira.  A medida que se asciende, los chakras son, por así decirlo, más "elevados".  De esa manera, en anahata nos encontramos con el amor, en visshudha con la comunicación, en ajna con la inteligencia y la intuición y por último, en sahasrara, con la espiritualidad.

Yoga chikitsa - yoga terapia.


Según la teoría de chakras, la armonía vital se alcanza sólo cuando todos los chakras están alineados.  En términos fisiólogicos podría decirse que cuando la columna está estirada y la circulación sanguínea, linfática y nerviosa son óptimas.  La alineación de los chakras, no obstante, es una tarea difícil debido a la existencia de tres fuerzas -tamas, raja y sattva- que actúan sobre los nadis y en algunos casos los descompensan.  Sattva es la fuerza de la pureza, de la luz, de la armonía.  Raja es la fuerza de la pasión, de la agitación, del movimiento, del cambio.  Tamas, por último, es la fuerza relacionada con la pesadez, la oscuridad, la estática, la gravedad, la tendencia a caer, envejecer, morir y corromperse.  Tamas se alimenta de los venenos o kleshas que impregnan al ser humano y cuya consecuencia es la acumulación de apana: miedo a la muerte, aversión, apego a la continuidad, egoísmo e ignorancia espiritual.  Como resultado de la acción de los kleshas y de tamas, de los cuales no es posible escapar y cuya expresión energética es apana, los chakras tienen tendencia a desplomarse hacia abajo, hacia muladhara chakra, que a su vez también cae.

Las consecuencias fisiológicas de este desplome del chakra inferior, el de las necesidades físicas y el deseo sexual y con tendencia a colmarse de pesado apana, pero también el chakra de la estabilidad, el de estar enraizado sobre el suelo, son una postura caída, la espalda encorvada, debilidad, y en último término prolapsos, hernias y la pérdida de control de los esfínteres...  Según esta visión, a la postre, toda enfermedad física o mental se puede llegar a explicar en términos energéticos, en chakras descompensados o en bloqueos de nadis.

Por lo tanto, la idea en la práctica de Ashtanga Yoga es trabajar con la respiración y con contracciones del cuerpo físico para acceder al cuerpo energético y lograr que los chakras regresen a su posición de equilibrio y, al recuperar su armonía, se recobre la salud física y mental y se logre quizás el desarrollo espiritual.  Por suerte, contamos con algunas herramientas que nos permiten ejercer cierto control sobre el cuerpo energético y los flujos de prana y apana, que en cierta manera constituyen los polos positivo y negativo de nuestra particular pila energética.  Así, tal y como se ha descrito, con cada inhalación introducimos prana y con cada exhalación expulsamos apana, energía pesada, estancada, polución, dejando espacio a nuevo prana.  Es decir, al inhalar el prana baja, entra en el cuerpo y se distribuye, y al EXHALAR, al expulsar apana y crear espacio, el prana SUBE.  De ahí la importancia de la exhalación.  El simple hecho de expulsar aire hace fluir el prana hacia arriba a través de los nadis, lo cual eleva, estabiliza el muladhara chakra e invierte la tendencia de tamas.  Para intensificar esta acción, se utiliza el mula bandha, la contracción del ano y elevación del suelo pélvico y el uddiyana bandha, la contracción y succión del abdomen.

Representación de Agni, el dios del fuego.
¿Cómo nos deshacemos de apana?  En el caso del dióxido de carbono y de los excrementos está claro pero, dado que apana constituye un concepto energético mucho más sutil que los meros desechos orgánicos, parece que hace falta algún otro sumidero energético en el que librarnos de toda esa carga apánica.  Los sabios en la India hablaban de agni, el fuego purificador.  La iconografía hindú lo representa como una deidad en llamas que no envejece porque su fuego se renueva cada día.  Según algunas interpretaciones, agni es la expresión de purusha, la conciencia pura, el alma eterna, y habita dentro de todos los seres humanos en la región del ombligo, hogar del estómago y de manipura chakra.  El fuego se expresa en forma de calor, de determinación, de fuerza de voluntad, en su caso extremo de ira, y también en las funciones de digestión y purificación.

Lo que se pretende en yoga chikitsa -yoga terapia- es elevar muladhara chakra, donde se ha concentrado apana como consecuencia de tamas, para acercarlo a agni, el fuego purificador, que eliminará y limpiará toda esa suciedad energética.  En los ejercicios de pranayama y en algunas posturas, tal que padmasana, se añaden elementos adicionales: rechaka kumbhaka, o retención a pulmones vacíos, puraka kumbhaka, o retención a pulmones llenos, y jalandhara bandha, o compresión de la garganta con la barbilla.  En todos ellos, lo que se persigue es elevar muladhara en la exhalación, bajar agni hacia muladhara en la inhalación al tiempo que se mantiene elevado muladhara mediante la acción de los bandhas, y entre tanto, mediante el cerrojo de la garganta, mantener al prana confinado y circulando.

La primera serie de Ashtanga Yoga, que en su mayor parte se compone de flexiones hacia adelante, incide en todos estos conceptos.  Las flexiones hacia delante alargan la exhalación, comprimen muladhara, el asiento de apana, y lo elevan hacia el fuego agni.  Al mismo tiempo, se mantiene mula bandha y uddiyana bandha, empujando apana todavía más hacia agni.  Las posturas con medio loto y con torsiones en las que el pie presiona contra el bajo abdomen, refuerzan aún más esta compresión y elevación de apana hacia el fuego purificador.

Con esto se explica también aquello de que las posturas invertidas sean tan importantes.  Algunas tradiciones consideran a salamba sarvaungasana y a sirsasana la madre y el padre de todas las asanas.  Al colocarse boca abajo en posición invertida, se anula la acción de la gravedad, de tamas, y muladhara chakra con su carga de apana se eleva -cae hacia el suelo- por efecto de la gravedad, acercándose a agni que, al ser una llama de fuego que de forma natural arde hacia arriba, se acerca a muladhara sin mayor esfuerzo.  Igualmente, esto explica que se recomiende a las mujeres no practicar durante los primeros días de la menstruación y no realizar posturas invertidas durante todo el período.  La menstruación no deja de ser una evacuación de apana, y dado que todo este sistema está orientado a contrarrestar apana e invertir su flujo, conviene no interferir demasiado en lo que al fin y a la postre es un necesario proceso natural de expulsión de energía tamásica.  Sería algo así como hacer todo lo posible por retener los excrementos dentro de los intestinos o de la vejiga en vez de dejarlos marchar.

Prana y apana, un equilibrio de energías opuestas harto difícil a veces.
En resumen, la práctica de Ashtanga Yoga ha de ser entendida no como una exhibición de posturas encaminadas a conseguir un cuerpo tonificado y bonito, sino como una terapia destinada a resolver los bloqueos energéticos que en el cuerpo material se manifiestan en forma de dolencias físicas, trastornos psicológicos y problemas emocionales.  A diferentes niveles, todos los seres humanos precisamos de esta terapia, porque ninguno nos vemos libres del influjo de apana, una forma de energía estancada y pesada que nos condiciona y que ha de ser limpiada para mantener o recuperar la salud y abrir nuestra mente a estados elevados de conciencia.  Las herramientas con las que contamos para conseguirlo son nuestro propio cuerpo, nuestro esqueleto y músculos, nuestra mente y la acción de la respiración.  Ésta desempeña un papel fundamental porque representa la principal fuente de prana a nuestro alcance y ha de constituir toda nuestra prioridad en la práctica.  No habrá asana sin respiración, y sin respiración no habrá asana.

Colocarse sobre la esterilla con todas estas ideas en mente resulta muy reparador.  Cuando se aprende a afrontar la práctica como una disciplina de movimiento de energías y de control de la mente y de la respiración, se produce un antes y un después.  Como decía Guruji, señalándose al pecho: "Ahí dentro hay una caja dentro de la cual está atman, la conciencia pura.  Regresa a ese lugar.  Eso es el yoga."