Mostrando entradas con la etiqueta Yoga Sutras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Yoga Sutras. Mostrar todas las entradas

viernes, 9 de octubre de 2020

Reflexiones coronavíricas.

El ave fénix resurge de sus cenizas.

Pues lo hemos cogido.  Las autoridades sanitarias lo saben, los estudiantes de Ashtanga Yoga Bilbao ya lo saben, nuestros familiares y amigos ya lo saben y a partir de ahora también lo saben los lectores del blog.  El lunes 28 de septiembre a Nines le aparecieron unos sarpullidos que cubrían buena parte de su espalda y piernas.  Eran unas erupciones similares a las que provocan ciertas alergias alimentarias, pero leímos que se encuadraban dentro de la sintomatología de COVID-19 y llamamos a Osakidetza.  Desde ese mismo momento quedamos en cuarentena.  La prueba PCR de Nines arrojó un resultado positivo y, dos días después la mía también.  ¡Tenemos el coronavirus!

Una semana después, puedo afirmar que nos contamos entre los casos con síntomas leves.  Salvo algún que otro esporádico episodio de dolor de cabeza, no hemos detectado nada de lo que preocuparse.  Las personas de Osakidetza, médicos y enfermeros, que han estado en contacto con nosotros, nos pedían que estuviéramos atentos por si presentábamos dificultad a la hora de respirar.  Han sido días de frío y en casa no han encendido la calefacción central, por lo que ha habido estornudos y toses pero nada de lo que alarmarse.  Para nosotros no ha alcanzado siquiera la categoría de simple resfriado, y al tercer día de encierro incluso le desaparecieron a Nines los sarpullidos.

Me imagino que este es el problema del virus: la facilidad que tiene para pasar desapercibido en algunos casos saltando así con facilidad de persona en persona hasta que finalmente golpea a alguien con dureza.  Si no fuera por la situación que está atravesando el mundo, nuestra experiencia personal nos habría llevado a pensar que se trata de un virus de risa, totalmente inofensivo.  En los últimos años recuerdo haber tenido algún resfriado que me dejó doblado durante una semana entera sin poder moverme ni apenas practicar.  En el caso del coronavirus, en cambio, aunque sí que haya sentido algunas leves molestias, en realidad no me he visto impedido en nada.  

Una máxima ha dominado mi compromiso con la práctica de Ashtanga Yoga durante estos últimos quince años: si estoy lo suficientemente bien como para ir a trabajar, entonces estoy lo suficientemente bien como para practicar.  Durante mi estancia en Madrid ello me llevaba a no buscar excusas en la pereza y hacer callar esa vocecita que de cuando en cuando susurraba al oído que me tomase un descanso: ¿Has estado ocho horas sentado en tu oficina?  ¿Sí?  Pues entonces ahora te toca esterilla.  En todos estos años, tan sólo recuerdo haberme saltado días de práctica cuando estuve de baja alrededor de un mes por apendicitis a comienzos del 2008, cuando estuve de baja tres días por una infección de garganta en el 2010 y cuando estuve de baja una semana cuando me hice un esguince de tobillo tras pisar un socavón en la carretera en el 2013.  Ahora con el coronavirus estoy de baja de nuevo.  La seguridad social me ha tramitado una baja no sé si por enfermedad o por accidente.  Y sin embargo, a pesar de no he podido ir a trabajar y de que en teoría en mi interior ha debido de estar proliferando un virus letal que ha ocasionado una pandemia global y matado a cientos de miles de personas, me he sentido lo suficientemente bien como para no dejar de practicar un solo día.  Ni siquiera el día de descanso semanal de rigor.  Estoy todo el día en casa así que, ¿para qué descansar el domingo?

Este periodo de encierro me ha traído recuerdos amargos de los largos meses de confinamiento durante la pasada primavera.  La sensación es mucho más dulce porque parece claro que nuestra integridad personal no se va a ver amenazada y porque somos conscientes de que a finales de esta semana ya habrá terminado.  Diez días de encierro, de sacrificio personal por el bien de la sociedad se pueden sobrellevar con relativa facilidad.  Sin duda, mucho mejor que los tropocientos días de arresto domiciliario que tuvimos que tragarnos entre marzo y junio y que resultaron completamente insoportables.  Lo peor es que, por hache o por be, por la falta de previsión de los políticos, por la irresponsabilidad de los ciudadanos o por lo incontenible que se ha revelado el virus, ahora mismo la sociedad se encuentra en una situación muy similar a la de hace seis meses.

Aunque desde el punto de vista sanitario aún no se pueda hablar de colapso, lo cierto es que las sensaciones que se respiran son muy desagradables.  La sociedad funciona a medio gas, con el culo apretado y temiéndose que en cualquier momento todo pueda venirse abajo. Ahora más que nunca está presente el miedo.  Miedo a la enfermedad.  Miedo a la ruina económica.  Miedo al colapso social.  Pero también miedo a cruzarte con gente por la calle, a entrar en el supermercado, a cenar en un restaurante, a acudir al gimnasio o a clase de yoga, a saludar a tu vecino en el portal, a estrechar la mano de tu compañero de trabajo, a besar a tu madre y a tus hijos.  Miedo a no saber si seremos víctimas o verdugos, si acabaremos contagiados con un tubo metido en la garganta o si enviaremos a algún otro al hospital.  Las relaciones interpersonales se han descompuesto y la incertidumbre respecto a lo que depara el futuro nos atenaza a todos.  

El miedo es el padre de las fatalidades.  Por miedo los seres humanos hemos hecho cosas que nunca creeríamos posible de nosotros mismos: hemos robado, hemos asesinado y nos hemos comportado como bestias.  Por miedo naciones enteras han ido a la guerra.  El miedo es un instinto atávico que desempeñó un papel fundamental en nuestra supervivencia durante el proceso evolutivo.  Los seres humanos primigenios que sentían miedo ante las amenazas tenían más probabilidades de sobrevivir que los temerarios que ignoraban las señales de peligro de la naturaleza.  Sin embargo, el miedo tiene también un componente irracional que nos aboca a situaciones de estrés innecesarias y que demasiado a menudo se convierte en el rector de nuestras acciones.  Echad un vistazo si no a la televisión durante estos días.  Ojead un periódico.  El miedo se palpa por todos lados.  El miedo se esgrime como una arma arrojadiza contra el rostro del rival.



Se dice que el Buda, iluminado ya, caminaba tranquilo por el campo, cuando de repente entre los arbustos apareció una serpiente.  Instintivamente, el Buda se sobresaltó y trató de protegerse.  Resultaba que el Buda, aunque hubiera logrado superar las ataduras del deseo, aún tenía miedo a la muerte.

Una de las tareas más difíciles que el estudioso de los Yoga Sutras tendría ante sí sería la de destacar un sutra por encima de los demás.  Tal es la relevancia del maravilloso compendio de sabiduría que legó Patanjali.  No osaré cometer yo semejante imprudencia, aunque en el día de hoy sí que me voy a referir a uno que siempre he tenido muy presente y al que menciono en numerosas ocasiones: el 2.3, en el que el sabio cita los kleshas, los venenos, las cinco causas del sufrimiento humano:


2.3
अविद्यास्मितारागद्वेषाभिनिवेशाः पञ्च क्लेशाः॥३॥
Avidyāsmitā rāga dveṣābhiniveśāḥ pañca kleśāḥ||3||
La ignorancia (avidyā, ausencia de realidad en la conciencia), el egoísmo (asmitā), la atracción (rāga) y la repulsión (dvesha) por los objetos, y un aferramiento desmesurado (abhinivesha) (por la vida) son las cinco grandes aflicciones (kleshās).

La ignorancia, avidyā, es el primero de los venenos y del cual surgen los demás.  La ignorancia nos lleva a creer que somos la carcasa externa que hemos creado y que nuestra felicidad depende de que logremos satisfacer sus pasiones.  Pero el miedo a la muerte (o el apego a la vida) es el último en desaparecer, tal y como evidenció el propio Buda.  Y de hecho, si nos fijamos bien, el miedo está presente en todos los demás.  El miedo brota de la ignorancia.  El miedo aparece cuando nuestro ego se ve amenazado, cuando algo o alguien ataca el disfraz de convicciones que nos cubre.  El miedo hace acto de presencia también cuando no conseguimos algo que nos gusta, o bien cuando algo que nos provoca rechazo se acerca a nosotros.  Del miedo se alimentan la ira, la envidia, la codicia, el orgullo y también la propia ignorancia y el deseo. 

Ninguno estamos libres de miedo.  Si ni siquiera el mismo Buda logró deshacerse de él, ¿cómo podemos nosotros aspirar a desterrarlo de nuestras vidas?  En Ashtanga Yoga Bilbao nosotros también vivimos el miedo.  Tras más de dos meses cerrados de marzo a mayo, ¿volverán los alumnos?  ¿Será viable la escuela en la crisis del coronavirus?  ¿Podremos pagar las facturas?  ¿Podremos comer?  Y ahora que hemos tenido que cerrar durante casi dos semanas, ¿la gente se atreverá a regresar?  ¿Habremos contagiado a alguien?  ¿Llenaremos las clases?  ¿Se apuntará gente nueva al curso de iniciación?  ¿Nos confinará el gobierno otra vez?  ¿Cerrará gimnasios y escuelas de yoga?  ¿Regresaremos a Mysore algún día? 

Haya o no haya coronavirus, el miedo, la incertidumbre, la falta de seguridad, siempre estarán allí en mil y un formas.  Pretender luchar contra ello es inútil, por no decir ingenuo.  En la vida pocos pasos se pueden dar con la certeza de estar acertando y no incurriendo en ningún riesgo.  Y por lo general no hay segundas oportunidades: algunos trenes sólo pasan una vez y en un instante tienes que decidir si subirte a él o dejarlo pasar.  Un instante para decidir y toda una vida para preguntarte qué habría pasado si hubieras escogido el otro camino.

Los que llevamos un tiempo en esto del yoga sabemos que nuestra práctica encuentra su verdadero propósito precisamente en esta clase de situaciones.  En los próximos días se cumplirán quince años desde que conocí Ashtanga Yoga y empecé a practicarlo.  Si tuviera que destacar un solo motivo que explique que haya mantenido una práctica consistente durante tanto tiempo, sería éste: porque me hace sentir bien.  En primer lugar, me hace sentir bien físicamente.  Cuando termino de practicar me siento más lleno de energía, más vital, más suelto, más contento.  Es una percepción subjetiva pero también un dato objetivo: la práctica me ha mejorado físicamente en estos quince años porque ahora con cuarenta y un años mi cuerpo me permite hacer cosas que con veintiséis años ni me imaginaba que serían posibles.  Pero también, me hace sentir bien en el plano de las emociones.

Seguramente me cuente entre las personas más racionales que has conocido.  Soy puro intelecto, pura lógica, pura razón.  Disfruto absorbiendo información, bien sea histórica, científica, filosófica o tecnológica.  Me gusta analizar y recrearme en el ordenamiento cuadriculado de las cosas.  Para que te hagas una idea, cuando me cuesta dormir me relaja repasar mentalmente la formación de una legión romana tras las reformas marianas.  Para mí es como contar ovejitas.   

Esta clase de mentes vienen muy bien para algunas cosas pero no tanto para otras.  Muy a mi pesar, muchos de los aspectos en la vida del ser humano no pueden ser objeto de un riguroso análisis y resolverse a través de la lógica.  Sobre todo en el caso de las relaciones humanas, aunque también en numerosas otras situaciones, lo que acontece es el resultado de una gran cantidad de factores y agentes muchos de los cuales resulta imposible tener bajo control.  Esta situación que estamos viviendo ahora mismo es un claro ejemplo.  Al comienzo de la semana del 29 de septiembre estaba preocupado tratando de cuadrar a todos los estudiantes dentro de los turnos de clases que habíamos establecido, considerando si abrir o no abrir el turno adicional de las 17:00 y al mismo tiempo preparándome mentalmente para un nuevo curso de iniciación que se iba a celebrar en el fin de semana del 3/4 de octubre y que ya estaba completo.

Cada detalle iba encajándose a la perfección cuando, de pronto, nos cayó encima la losa del coronavirus.  Todos los planes al traste; ni clases ni curso, la perspectiva de tener que enfrentarnos a una enfermedad que en no pocos casos se ha revelado mortal y la duda de si habremos contagiado a alguien en el proceso.  Nuestro querido Tomás Zorzo lo expresó en cierta ocasión con estas palabras magistrales: "Crees que tú estás viviendo la vida, pero en realidad es la vida la que te vive a ti." 

¿Y cómo encaja semejante contrariedad una mente tan cuadriculada?  Pues curiosamente, muy bien.  El riesgo a nuestra salud, la frustración ante la inactividad y el previsible palo económico están ahí, pero lo cierto es que el estrés, la ansiedad o el miedo, no han llegado a hacer mella.  Estos días están siendo algo parecido a unas vacaciones.  Nines confinada en su habitación y yo en la mía, nos hemos reunido en el pasillo para jugar al parchís con mascarilla.  Entretanto, he estado practicando, jugando con el gato, viendo películas, escribiendo y solazándome.  La enfermedad progresaba levemente e iba dejando sus señales: dolor de cabeza, alguna que otra tos, un estornudo... al cabo de unos días se diluyó hasta el cero absoluto y ahora nos encontramos ya al final de la segunda semana y en un tris de regresar a la -nueva. normalidad. 

Realmente siento que detrás de esta reacción se encuentra el bagaje de quince años de práctica de yoga.  Podría llegar a pensarse que la práctica de Ashtanga Yoga sostenida durante un largo periodo de tiempo tan sólo contribuye a convertir a la persona en cuestión en un gimnasta/acróbata/contorsionista más o menos avezado, aunque desde mi punto de vista eso sería una manera terriblemente parcial de entender este método.  Trabajamos con el cuerpo, sí, trabajamos con la musculatura y la tonificamos y la flexibilizamos.  Muchas de las posturas pretenden también estimular la depuración de los órganos mediante su compresión, su estiramiento, su relajación y la sudoración.  Podría ser objeto de debate si esta terapia de los órganos mediante la ejecución de asanas resulta realmente efectiva.  En cambio, lo que no creo se pueda discutir es que en el centro de toda esta coreografía física se encuentra la respiración y que este trabajo con la respiración es el que eleva la práctica de Ashtanga Yoga más allá del plano puramente físico.  Podría alargarme aquí hasta la extenuación, pero no creo que haga falta.  Un sinfín de tradiciones en todo el mundo durante miles de años han identificado el trabajo sobre la respiración como un aspecto crucial a la hora de modificar los estados de la mente humana.  No entendemos todavía bien los mecanismos que lo hacen posible, pero lo saben los budistas, lo saben los yoguis y lo saben también los psicólogos modernos, quienes en pleno siglo veintiuno están redescubriendo el trabajo con la respiración, reempaquetada con la etiqueta de mindfulness y prescribiéndosela a sus pacientes azotados por el estrés, la angustia y la depresión.

La práctica de Ashtanga Yoga es muy poderosa.  Muy mal tiene que estar haciéndola uno para que la mantenga durante un periodo de meses o años sin sentir repercusiones.  Las fotos que retratan la práctica física no recogen que cada movimiento se ha realizado sobre una respiración, que la mirada se ha dirigido a puntos concretos, que el tacto se ha situado en partes específicas del cuerpo, que toda la rutina estaba integrada en el interior del practicante, quien no requería de ningún póster ni ninguna guía externa.  Ha sido un ejercicio de atención presente llevado a cabo durante alrededor de hora y media, un entrenamiento para la mente que sostenido en el tiempo difícilmente pasará desapercibido.

Las consecuencias a largo plazo llegan a nivel mental.  Quizás en el futuro la neurología halle respuestas concretas; por el momento tan sólo cabe hablar de las "sensaciones" que tenemos los practicantes, la gente que ha incorporado el yoga a su vida y que, no sabe muy bien cómo, se siente más feliz, menos ansiosa, más positiva, menos desquiciada o más creativa.  Mi impresión es que, de forma paralela a la práctica externa, lo interno también se está viendo modificado.  Es como si en el cerebro se hubieran establecido nuevas conexiones neuronales que, por un lado, te permiten resolver problemáticas puramente físicas, intuir dónde se encuentra cierta parte de tu cuerpo sin tener que mirarla, familiarizarte con las sensaciones que te llevan a resolver una postura de la manera correcta, conocer cuáles son tus límites y discernir si puedes llegar más lejos o si mejor ese día debes aflojar y, por el otro, alteran ciertos hábitos de comportamiento que nos vienen de serie y que, al calor del yoga, se matizan.

Si el Buda no logró librarse del miedo a la muerte, tengo serias dudas de que ninguno de nosotros logremos librarnos del miedo por completo.  Lo que sí creo que puede lograrse mediante el yoga es suavizar la "letalidad" de los cinco venenos.  Practica yoga y no lograrás erradicar por completo el deseo, aunque quizás si logres que, cuando no alcances tus objetivos o cuando lo que te agrada se aleje de ti, tal vez no te sientas tan abatido como te habrías sentido en otro momento.  Practica yoga y no desaparecerá de ti la aversión.  Pero tal vez, cuando te encuentres de frente ante algo que te provoca un profundo rechazo, cuando a tu puerta llegue una terrible noticia, la encajarás con moderada calma.  Tu ego seguirá estando ahí y es probable que, lejos de suicidarse, intente sacar pecho y no te permita arrojar por el retrete la colección de ideologías y adhesiones que has estado acumulando desde que tus ojos se abrieron al mundo y que han conformado la imagen que tienes de ti mismo.  Sin embargo, es probable que también en esto halles cierto punto de equilibrio.  Llegado este punto, aunque sin duda no te hayas convertido aún en un sabio, puede que sí te encuentres un pasito más alejado de la ignorancia que cuando empezaste.  No habrás resuelto el gran dilema de la vida y, al final, la muerte se acercará y tú también tendrás miedo.  Pero, ¿quién sabe?  Quizás estés a una sola vida de distancia de resolverlo...

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Abhyāsa y vairāgya: Los pilares del método tradicional y el talón de Aquiles de los teacher trainings.

Instante de una clase guiada en Ashtanga Yoga Bilbao.

Se ha hablado mucho en este blog acerca del método tradicional de Ashtanga Yoga: lo que es, lo que no es, lo que fue...  Si entre todas sus características hubiera que destacar una, no cabe duda de que en primer lugar y por encima de todo, el método tradicional de Ashtanga Yoga se fundamenta en una relación larga, de años de duración, entre el estudiante y su profesor.

De vez en cuando acuden a nuestra escuela personas que, por ejemplo, afirman saber hacer la primera serie completa pero que, tras rascar un poco en la superficie, revelan que en realidad la han aprendido en un workshop o teacher training de un mes o algunas semanas de duración.  El atracón de asanas, por supuesto, nunca es un gesto gratuito de generosidad, sino que detrás siempre hay un profesor de dudosas intenciones que a cambio de la vomitona de posturas recibe una cantidad exorbitada por encima del millar de euros.

Sin ninguna excepción, y como resulta lógico, esta fórmula de aprendizaje resulta, por utilizar un eufemismo, incompleta.  El estudiante no ha tenido tiempo de digerir la práctica ni saborear su evolución, desconoce la técnica de respiración o es incapaz de aplicarla, se lía con el orden de los vinyasas y posturas, omite algunas y confunde otras, mira al vecino o consulta el póster de la pared para cerciorarse de que no se ha equivocado y, en definitiva, su práctica se queda en un nivel muy superficial y pretencioso orientado en la mera ejecución de una rutina física poco consolidada y sujeta con alfileres.

La realidad es que en la práctica de Ashtanga Yoga hay un sinfín de detalles y sutilezas que nunca se podrán comprar en un teacher training y que uno sólo podrá descubrir por sí mismo mediante su propio esfuerzo prolongado a lo largo del tiempo y la guía de su profesor, el cual actúa como el catalizador de una reacción química; no es el protagonista principal pero sin él -o ella- difícilmente se obtendrá el resultado esperado.




Del parampara sin límite de tiempo a los teacher trainings de doscientas horas.

Durante siglos el yoga permaneció recluido en monasterios y entornos muy reducidos.  No existían escuelas de yoga como las conocemos hoy, sino que la enseñanza de yoga se limitaba en exclusiva a la relación guru-shishya parampara según la cual se esperaba que el discípulo conviviera durante muchos años con su gurú como un miembro más de su familia y recibiera así los conocimientos.  Así se transmitió el yoga hasta que se produjo su expansión en Occidente.  Las primeras tradiciones que salieron de la India, a saber: el Raja Yoga de Vivenkananda, el Kriya Yoga de Paramahansa Yogananda y el Shivananda Yoga de Vishnudevananda pertenecían a líneas monásticas y retenían muchas de las formas de un ashram de tal manera que las personas interesadas en profundizar debían, en cierto modo y al menos durante un tiempo, retirarse del mundo.

Fue Krishnamacharya quien, durante el primer tercio del siglo veinte, rompió con este modelo de enseñanza y estableció un nuevo paradigma cuya onda expansiva retumba hasta hoy.  Él no fue un monje ni un renunciante o shadu.  De hecho rechazó varias veces cargos eclesiásticos de prestigio y con alta compensación económica que se le ofrecieron.  Por una promesa.

De acuerdo con el sistema tradicional guru-shishya, cuando el maestro ha considerado que el entrenamiento de su discípulo ha concluido, le exige a éste su guru dharsina, su paga, que puede ir desde una compensación económica hasta una misión; el gurú nunca pedirá algo injusto o inalcanzable, pero sí algo que sabe no le resultará sencillo al shishya.  En el caso de Krishnamacharya, a cambio de los siete años de aprendizaje a su lado, Ramamohan Brahmacharya le pidió que dedicara su vida a enseñar yoga y se casara y mantuviera una familia.  Es decir, que fuera un maestro de yoga dentro de la sociedad y para la sociedad, no un eremita del bosque ni un monje recluido en un monasterio.  Krishnamacharya cumplió su promesa y se convirtió en un yogui de ciudad, un hombre con mujer, hijos y responsabilidades mundanas que enseñaba yoga a estudiantes universitarios, obreros, oficinistas, padres y madres de familias y que acabó con la noción establecida de que al adentrarse en el yoga uno le cerraba la puerta a la sociedad.

Cuando Albert Einstein se dio cuenta del gigantesco potencial de la energía nuclear, se estremeció.  Al igual que un cuchillo puede utilizarse para trinchar fruta pero también para matar, Einstein sabía que la energía nuclear podía constituir una valiosa herramienta que ayudara a la humanidad, pero también conocía al ser humano y sabía que no tardaría mucho en encontrar una aplicación destructiva a esa inmensa fuente de energía.

La comparación es un tanto exagerada, sin duda, pero en verdad me pregunto si a Krishnamacharya, cuya dilatada vida se prolongó hasta 1989 y quien por lo tanto fue testigo de la expansión por el mundo de su manera de enseñar yoga, también le estremecieron las consecuencias de lo que había contribuido a crear.  De hecho ya en 1934, mucho antes de la globalización del hatha yoga, Krishnamacharya advertía: "Los extranjeros roban, bien a sabiendas o ingenuamente, muchas grandes obras y técnicas de nuestra tierra, y entonces fingen haberlas descubierto ellos mismos.  Después, nos las traen aquí y nos las venden [...]  Si esto continúa, ellos puede que incluso hagan lo mismo con nuestras técnicas de yoga.  En cuanto a esto, sólo podemos decir que la culpa la tenemos nosotros por no leer nuestros textos de yoga/Yoga Sastras) y poner en práctica sus técnicas.  Si nos quedamos dormidos, ¡puede que llegue un día en que los extranjeros también se conviertan en nuestros profesores de yoga! [...]  Es lamentable que esta actitud sea similar a esos casos en que intercambiamos nuestras copas de oro con jarras extranjeras hechas de apestosas pieles de animales.  No dejemos que nuestros hijos hereden estas malas prácticas."  Yoga Makaranda, página 83.

Tirumalai Krishnamacharya con sus estudiantes en la escuela de yoga en Mysore.  1934.

Al escribir estas líneas hacía un año que Krishnamacharya había abierto la yogashala de Mysore, en la que por primera vez en la Historia se ponía la enseñanza de yoga al alcance de cualquiera sin necesidad de entrar en un monasterio o someterse a ningún rito iniciático de renuncia.  A pesar del párrafo anterior, que denota un profundo conservadurismo y nacionalismo por parte de Krishnamacharya, él mismo enseñaría a extranjeros (véase Indra Devi) y otro tanto harían todos sus discípulos desde BKS Iyengar o Pattabhi Jois hasta Desikachar, Rangaswami y Mohan.  Por lo tanto, cabe pensar que Krishnamacharya sí estuvo abierto a que el yoga que había enseñado se propagara por todo el mundo y seguro que lo vio con buenos ojos.

El problema surgió cuando los métodos de enseñanza se diluyeron en el fango de la mediocridad.  En este artículo he citado ya a numerosos maestros de yoga, desde Vivekananda hasta Desikachar.  Algunos aprendieron yoga abrazando la vida monástica y otros como laicos pero, si hay un elemento común a todo ellos es que su aprendizaje se prolongó durante un largo periodo de tiempo.  Vivekananda, Yogananda y Vishnudevananda fueron swamis y aprendieron de sus gurús dentro de ashrams, Vivekananda durante cinco años, Yogananda durante diez y Vishnudevananda durante otros diez; Krishnamacharya no fue un monje, pero sí pasó siete años conviviendo en una cueva con su gurú Ramamohan Brahmachari; Pattabhi Jois estudió con Krishnamacharya durante dos décadas, el mismo periodo que Sharath permanecería a su lado; por último, Desikachar, Rangaswami y Mohan estuvieron con Krishnamacharya durante las últimas tres décadas de su vida.  Es decir, ninguno aprendió de su maestro durante doscientas, trescientas o quinientas horas distribuidas en un puñado de fines de semana o condensadas en un mes.

Tampoco puede ser de otra manera.  El yoga es una disciplina compleja que toca muchos aspectos de la fisiología humana desde la salud física hasta la psicología y que incluso osa adentrarse en el pantanoso terreno de la espiritualidad.  Algo tan sustancioso no se aprende en dos patadas; requiere de un largo proceso de maduración y la experiencia es un requisito sine qua non tanto para el estudiante como, por supuesto, el aspirante a profesor.  Patanjali dedica algunos de sus primeros sutras precisamente a esta idea:

1.12
अभ्यासवैराग्याभ्यां तन्निरोधः॥१२॥
Abhyāsa vairāgyābhyāṁ tannirodhaḥ||12||
La reducción (nirodhah) de las actividades y modificaciones mentales (citta vritti) se obtiene por la práctica asidua (abhyāsa) y por el desapego (vairāgya).

1.13
तत्र स्थितौ यत्नोऽभ्यासः॥१३॥
Tatra sthitau yatno'bhyāsaḥ||13||
La práctica asidua (abhyāsa) es el esfuerzo persistente por estar firmemente establecido (en un estado exento de modificaciones mentales - citta vritti nirodha).

1.14
स तु दीर्घकालनैरन्तर्यसत्कारासेवितो दृढभूमिः॥१४॥
Sa tu dīrgha kāla nairantarya satkārāsevito dṛḍha bhūmiḥ||14||
Abhyāsa deviene firmemente establecido si persiste durante un tiempo prolongado, sin interrupción y con devoción.

1.15
दृष्टानुश्रविकविषयवितृष्णस्य वशीकारसञ्ज्ञा वैराग्यम्॥१५॥
Dṛṣṭānuśravika viṣaya vitṛṣṇasya vaśīkāra saṃjñā vairāgyam||15||
Vairāgya es el dominio (sobre los deseos y sentimientos) que está presente en aquellos que no están apegados a las cosas reales o imaginarias (visibles o invisibles).


El mejor training de Ashtanga Yoga: unos cuantos miles de horas de clases estilo Mysore.

Hoy día nos encontramos con que los peores augurios de Krishnamacharya se han cumplido: los occidentales, en concreto los norteamericanos, se han dado cuenta del inmenso potencial económico de las formaciones de yoga y han convertido la tradicional relación guru-shishya parampara en una lamentable caricatura.  Eso de estudiar durante años al lado de un gurú está pasado de moda, ¡qué aburrido!  Ahora, para convertirse en un reconocido profesor de yoga ni siquiera hace falta haber practicado yoga en absoluto; es suficiente con irse de vacaciones en el mes de agosto a Bali o Rishikesh y apuntarse a un teacher training de doscientas horas en un resort de lujo.  ¿Para qué vas a ser estudiante de yoga durante años si directamente puedes convertirte en profesor en un solo mes?  La piñata se ha roto con entusiasmo y hoy día, tanto en los Estados Unidos como en la India y también seguro que en tu propia ciudad, muchas escuelas de yoga ofrecen esta clase de formaciones en las que el intercambio de conocimientos entre profesor y alumno se limita a unas decenas de horas, menos incluso de lo que se necesita para convertirse en técnico instalador de aires acondicionados.

— ¿Sabes?  Me he hecho profesor de Kung-Fu.
— Pero, ¿cómo?  Si al menos hasta antes del verano nunca habías hecho artes marciales.
— Sí, pero en agosto me he apuntado a un teacher training de Kung-Fu y ahora ya soy cinturón negro por la Kung-Fu Alliance International y puedo dar clases.
— Ah, pues qué bien.  ¿Puedo hacerlo yo también?  Me he cansado de mi trabajo y quiero dar un giro a mi vida.  Además, eso de profesor de Kung-Fu suena muy cool.
— Sí, claro.  Mira este sitio donde tienen un curso de diez fines de semana a partir de octubre.  Yo voy a hacer cien horas adicionales para sacarme el primer dan.  Y el verano que viene haré un intensivo de profundización de tres semanas para llegar al segundo dan de quinientas horas.
— Qué bien, ¡muchas gracias!

Esta conversación, que en el caso del Kung-Fu se antoja completamente surrealista, ocurre en el mundo del yoga de manera cotidiana.  El Kung-Fu es una disciplina oriental con un importante componente físico sustentado sobre un sólido cuerpo filosófico y todo el mundo sabe que los maestros de Kung-Fu son personas que lo han practicado durante muchos años al lado de un maestro experimentado y para los que el Kung-Fu es un verdadero estilo de vida, no una aventura de verano.  Sin embargo, no se sabe muy bien cómo, el imaginario colectivo se ha convencido de que en el caso del yoga esto no es así y que hay caminos más rápidos y sencillos.  Muchas gracias, Occidente.  Muchas gracias, Yoga Alliance.  Habéis degradado una disciplina milenaria y la habéis equiparado al zumba y aerobox de los gimnasios.  Enhorabuena.

El sistema de Ashtanga Yoga pone el dedo en la llaga y señala precisamente esto.  Si practicas de acuerdo con el método tradicional, en un mes de práctica diaria apenas habrás rascado la superficie, así que olvídate siquiera de terminar la primera serie y por supuesto destierra de tu cabeza la ridícula idea de convertirte en profesor.  Durante un buen tiempo los nudos planteados por la problemática física te mantendrán suficientemente ocupado.  De hecho, ten en cuenta que cuanto más fácil te resulte más tiquismiquis se pondrá el profesor y más exigente será contigo.  Y no por mala leche: nuestro papel es hacer que la práctica te resulte una experiencia agradable e inocua pero también que a través de ella descubras cosas que anidan en ti que quizás no te gustan tanto y que siempre has procurado evitar.  Porque a veces la realidad no es tan bella como imaginas: no te sale todo perfecto y en Ashtanga Yoga cada día te vas a dar de bruces contra tus limitaciones, que te aseguro antes o temprano descubrirás; tu orgullo se verá herido y sentirás una combinación variable de frustración, ira, envidia, cansancio y miedo.  Hay personas que al cabo de algunas semanas o meses abandonan, derrotadas por sus modificaciones mentales.  Quizás encuentren una manera mejor de gestionarlas en otro sitio y les deseamos la mejor de las suertes.  Otras persisten y, al cabo del tiempo, saborean la magia de abhyāsa y vairāgya, esos grandes desconocidos en los teacher trainings y sobre los que, como suele decirse, tal que las alas de un pájaro, se sustenta el método tradicional de Ashtanga Yoga.


Póster con las dos primeras series de Ashtanga Yoga.  El que escribe estas líneas tardó tres años de práctica diaria en terminar la primera serie y once años adicionales en terminar la segunda.  Entre 7.000 y 8.000 horas.


Abhyāsa y vairāgya: las alas del método tradicional.

Frente a una manera de enseñar pretenciosa, con una agenda de plazos en la que hay que llegar a determinado punto en determinado tiempo y en el que los estudiantes pagan cierta cantidad de dinero a cambio de un premio seguro, se sitúa el método tradicional.  Porque si abhyāsa se define por un esfuerzo sin interrupciones, con devoción y mantenido durante un largo periodo de tiempo, y vairāgya por el dominio del deseo, no pueden quedar mejor ejemplificados que en la práctica tradicional de Ashtanga Yoga.

Antaño, a un aspirante que se acercaba a un maestro con la intención de aprender yoga se le solía plantear un desafío mediante el cual demostraba que su interés era sincero y que el maestro no iba a malgastar su tiempo con un cazurro que se arrugaría ante la primera dificultad.  Una vez superado el reto, daba comienzo un periodo de instrucción de duración indeterminada que concluía cuando el maestro exigía su darshina.

Krishnamacharya rompió este modelo de enseñanza aceptando a estudiantes de yoga como el médico que acepta a pacientes, sin distinciones y sin exigirles mérito alguno a cambio de empezar.  No obstante, Krishnamacharya era perfectamente consciente del valor del aprendizaje a largo plazo; él mismo lo había experimentado durante su estancia de siete años en Nepal con Brahmachari, y así lo trató de inculcar.  Algunos de sus estudiantes, tal y como sucede en todas las escuelas de yoga del mundo y en tantas otras esfera de la vida, lo abandonaron de forma prematura.  Otros, en cambio, siguieron a su lado hasta que la vida los separó.  Uno de ellos fue Pattabhi Jois, quien estudió al lado de Krishnamacharya durante prácticamente todo el tiempo que permaneció éste en Mysore desde 1933 hasta 1948-1953 además de los dos años en Hassan.  En cierta ocasión afirmó: "Al principio éramos muchos estudiantes; al final sólo quedamos tres."  Pattabhi Jois vivió aquellos años de Mysore, entendió qué era lo que su maestro quería enseñar, y trató de reproducirlo en sus propias clases.  El resto de escuelas que nos hacemos llamar "tradicionales", intentamos seguir ese modelo.

No dirigimos un ashram, no exigimos votos monacales ni imponemos difíciles pruebas de acceso a los estudiantes.  Ni siquiera podemos aspirar a que toda persona que comienza a practicar Ashtanga Yoga en una escuela tradicional vaya a hacerlo durante toda su vida, pero los profesores tradicionales tenemos que enseñarle como si en verdad fuese a hacerlo durante toda su vida.  Es decir, como si tuviéramos años y décadas de trabajo por delante.  Aunque sepas que la persona va a estar en la escuela sólo durante un mes.  Lo más precioso que como profesores podemos hacer es plantar en ellas una semilla que tal vez no germine durante el tiempo que esté en nuestra escuela, pero que sea lo más genuina posible para que quizás, más adelante, sea el comienzo de un pequeño brote del que surja un hermoso árbol.  El buen profesor será alguien que se esfuerza en inculcar el amor, la devoción por una práctica consistente a largo plazo en la que se saborea cada paso, y no alguien que regala asanas como si fueran confetti para asegurarse de que se le paga un mes más.  El largoplacismo es una de las mejores lecciones de esta práctica con importantes aplicaciones para el resto de tu vida: hazte responsable y si deseas algo, empeña el debido esfuerzo y aprende que todo lo bueno se hace esperar.

Ajuste de marichyasana D en Ashtanga Yoga Bilbao.

Tampoco se trata sólo de una cuestión de tiempo y paciencia.  El propio concepto de un aprendizaje con una fecha de inicio y otra de finalización sobre el que se basan los teacher trainings atenta contra el segundo principio sobre el que se sustenta el método tradicional: vairāgya, el no apego.

Piénsalo: es muy distinto aprender algo cuando te impones una fecha límite que cuando no tienes prisa.  Si en tu cabeza mantienes un calendario con hitos marcados estás generando una serie de expectativas que, muy a menudo, serán poco realistas.  Tampoco tienes que ser una persona apagada, vacía de ilusiones.  Es perfectamente legítimo que quieras aprender más y que te salgan las cosas bien.  Lo que no tiene sentido es que pretendas que te salgan todas en un mes.  O que observes a un practicante con diez, veinte años de experiencia, y quieras ya mismo llegar a ese punto pasando por alto todo el proceso que ha llevado a esa persona a ese punto e ignorando que tu propio proceso no tiene porqué tardar el mismo tiempo ni llevarte al mismo punto.

La comparación es uno de nuestros peores enemigos.  La sociedad nos ha educado para ser competitivos y nos ha convencido de que si no estamos al mismo nivel que el resto somos unos mierdas.  Esto lo trasladamos a todos los aspectos de la vida, desde el trabajo hasta las relaciones y, por sorprendente que pueda parecer, también a la práctica de asanas.   Porque, desde luego, no nos fijamos en lo bien que respira esa persona, en lo concentrada que está y lo poco que se distrae.  Nos fijamos en lo bonitas que son las figuras que hace y apretamos los dientes deseándolas para nosotros.  ¿Acaso se puede ser más ridículo?  ¿Qué te está aportando a ti lo que sucede en la esterilla de al lado o lo que has visto en Youtube?  ¿De veras crees que te están arrebatando algo?  No tiene explicación lógica pero es totalmente cierto y algo muy humano: cuando vemos a otras personas lograr lo que nosotros no podemos, aunque sean unas tristes asanas, nos corroe la envidia.  Y esta envidia surgida del deseo nos vuelve ambiciosos, y si no logramos nuestro objetivo nos dejamos arrastrar por la ira, y si lo logramos nos volvemos soberbios y avariciosos, porque nos creemos importantes y queremos seguir siéndolo, y cuando tenemos algo queremos todavía más, y más, y más.  Y el círculo se repite sin fin.

Este patrón de comportamiento lo conocemos todos bien.  De hecho se ha repetido una y otra vez desde el principio de los tiempos, desde que en el ser humano se desarrolló la capacidad de consciencia.  Y bien, puedes alimentar esa rueda de deseo y ambición, ira y avaricia, orgullo y apego en un ciclo sin fin, o puedes hacer algo por intentar romperlo.

El método tradicional de Ashtanga Yoga te brinda una hermosa oportunidad para ello.  El hecho de que a menudo no se sacien tus deseos, el hecho de que haya una práctica que te muestre cosas que deseas hacer pero que no eres capaz de hacer y otras que no deseas hacer pero que tienes que hacer, el hecho de que haya un profesor que te diga que pares cuando necesitas ser parado y no cuando a ti te gustaría parar, es una gran manera de plantearte sobre la esterilla los mismos problemas que sueles encontrarte fuera de ella para que los trabajes.  Lo que tienes que resolver no es el problema en sí, sino tu manera reiteradamente errónea de relacionarte con el conflicto.  Y para que esto suceda, para que exista la probabilidad de que atisbes el éxito, que se traduce no en la resolución física de posturas sino en una capacidad de volcarse hacia dentro, de experimentar plenamente el presente, de dejar de ser esclavo de los veleidosos sentidos y, por tanto, para que lleves una vida más plena, feliz y en armonía dentro y fuera de la esterilla, tienes que erradicar la raíz del problema: el apego al éxito y el rechazo al fracaso.

Ashtanga Yoga, en efecto, es un campo de entrenamiento para la mente disfrazado de una compleja coreografía de asanas respiradas.  Sin embargo, es un camino largo en el que no hay atajos.  Como en toda disciplina oriental que se precie y, en realidad, cualquier cosa que merezca la pena, hace falta disciplina y humildad.  Disciplina para sacrificar porciones significativas de tu tiempo de ocio y de sueño durante un largo periodo de tiempo, quizás el resto de tu vida.  A decir verdad, cuando la disciplina se ha asentado ya no supone un gran esfuerzo; ¿sientes pereza a la hora de limpiarte los dientes, o lo haces antes de acostarte y ya?  Probablemente tu educación temprana sirvió para grabar en tu cabeza la rutina de lavarte los dientes; llegado este punto lo haces cada día y no se te ocurre no hacerlo.  Es un proceso de limpieza que llevas a cabo sin plantearte el esfuerzo que te supone porque lo has estado haciendo durante tanto tiempo de forma ininterrumpida que ya prácticamente forma parte de ti; no te reconocerías sin limpiarte los dientes.  Y humildad para saber reconocer que tú sólo eres un pequeño agente en la compleja receta que se está cocinando; muchos elementos se escapan fuera de tu control y lo único que puedes hacer es empeñar tu mejor esfuerzo y presencia en cada momento, sin que tu satisfacción se fundamente en la consecución de premios.  ¿Tienes depositadas grandes expectativas cada vez que acudes a lavarte los dientes? ¿Acaso piensas: "hoy sí que me va a salir mejor que nunca"? ¿Rompes a llorar de alegría cuando te informan de que no tienes caries y esa noche te limpias los dientes aún con mayor entusiasmo?  ¿Te resulta demoledor escuchar que necesitas un empaste y la siguiente vez que te limpias los dientes lo haces abatido, o quizás dejas de hacerlo porque consideras que has fracasado y no merece la pena continuar haciéndolo?  Pues eso: esfuerzo constante ininterrumpido y sin apego.  Disciplina y humildad.  Abhyāsa y vairāgya.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Filosofía yóguica con Arvind Pare.

El próximo fin de semana el maestro de filosofía Arvind Pare estará en Bilbao impartiendo un workshop de filosofía de más de diez horas de duración.  Si te interesa y tienes ganas y tiempo, ¡todavía puedes apuntarte!  Haz click en el enlace de la línea anterior para leer toda la información acerca del curso.  Todas las charlas serán traducidas al castellano y habrá dos clases guiadas de Ashtanga Yoga optativas adicionales a las charlas.

La entrada de hoy pretende ser una presentación de este gran maestro de filosofía que en escasos días nos va a brindar una ocasión única para entender los principales textos del yoga desde dentro, de manos de alguien que los ha estudiado con profundidad durante muchos años y que los ha asimilado no como un mero estudiante académico, sino como un devoto miembro de la milenaria cultura a la que dichos textos dan forma.  Por ello, desde Ashtanga Yoga Bilbao estamos convencidos de que cualquier persona con inquietud por el yoga apreciará enormemente las enseñanzas que aportará este taller.  No obstante, somos conscientes de que Arvind Pare es un maestro poco conocido: apenas existe información en Internet y la mayoría de los que hemos escrito acerca de él nos hemos limitado a replicar el breve apunte biográfico que tiene publicado en su web.  Sirva pues este post para ofrecer un retrato más amplio de Arvind Pare y de su manera de enseñar, acercándolo a todas aquellas personas interesadas en conocerlo.  Para elaborarlo he empleado mis propios recuerdos y algunos apuntes que estuve tomando el pasado verano durante sus charlas en Mysore; ¡ojalá sirva para animar a las personas indecisas!


De vez en cuando se ponen en contacto con nosotros desde otras escuelas de yoga pidiéndonos que les ayudemos a promocionar a tal o cual profesor que está de visita.  Se trata de un tema delicado porque hay que tener muy en cuenta que aquello que recomendemos lo estaremos haciendo no sólo a título personal, sino como representantes de Ashtanga Yoga Bilbao.  Por lo tanto, y a menos que conozcamos en persona al susodicho y sepamos de buena tinta que merece la pena y estamos de acuerdo con lo que enseña, no colaboramos nunca en esta clase de promociones.  Quizás seamos unos rancios, pero una recomendación que pueda ser útil a otras personas tiene que ser honesta, y la honestidad no puede surgir nunca desde el desconocimiento.

No cabe duda de que en la actualidad existen por el mundo grandísimos maestros de yoga y de filosofía yóguica a la espera de que los conozcamos.  Sin ir más lejos, en el último viaje a Mysore adquirimos un nuevo comentario de los Yoga Sutras escrito por un señor llamado Pandit Rajami Tigunait que es una verdadera maravilla.  Hasta el pasado mes de agosto era un auténtico desconocido para nosotros, pero no hay más que leer una página al azar de su comentario para darse cuenta de que estamos ante un maestro extraordinario. 

Con Arvind Pare sucede algo parecido: uno no tiene que escucharlo más allá de algunos pocos minutos para darse cuenta de que se trata de un maestro muy especial.  Sin embargo, en su web no hallaréis espectaculares fotografías de él haciendo asanas complicadísimas ni tampoco presume de miles de seguidores en una cuenta de Instagram.  Los occidentales tenemos interiorizado el estereotipo de que un gran profesor de yoga es alguien que enseña asanas y las ejecuta él mismo con maestría.  Arvind, en cambio, ni siquiera puede sentarse cómodamente en la postura del loto; él simplemente habla, relata, razona y responde.  Es un perfecto ejemplo de lo que, a mi entender, es un jñana yogui, un yogui del conocimiento, toda una excepcionalidad en medio de este vórtice de hatha yoguis en que estamos inmersos y al que recomendamos sin el menor atisbo de duda.

Anuncio de Arvind Pare en Facebook.

Mi primer contacto con Arvind Pare tuvo lugar en el año 2014 durante uno de nuestros viajes a Mysore.  Algunos meses atrás había empezado a hacerse notar en un grupo de Facebook muy concurrido por las personas que viajamos a Mysore y en el que se publican anuncios de casas para alquilar, noticias, cursos y actividades diversas.  Acompañados por unas ilustraciones con una estética muy interesante, una página llamada Swadhyaya anunciaba periódicamente charlas temáticas semanales de filosofía a cargo de un desconocido Arvind Pare.  El término swadhyaya se corresponde con el cuarto niyama del Ashtanga Yoga de Patanjali y hace referencia al estudio de textos sagrados y al conocimiento de sí mismo, por lo que el nombre escogido por Arvind se antojaba sumamente acertado y en verdad que llamaba la atención.

Por aquel entonces mi amiga Tanya y yo estábamos apuntados al segundo nivel de sánscrito con Lakhsmi, el profesor de filosofía y chanting del Instituto de Ashanga Yoga Krishna Pattabhi Jois (KPJAYI).  El año anterior habíamos cursado el primer nivel de sánscrito, y junto con las clases de sánscrito Lakshmi nos había enseñado también el primer capítulo del Hatha Yoga Pradipika, un famoso texto clásico sobre Hatha Yoga.  Se aprendía mucho en las clases de gramática sánscrita, pero a mi modesto entender las aptitudes de Lakshmi como orador y enseñante del Hatha Yoga Pradipika dejaban mucho que desear: se limitaba poco más que a leer los comentarios de la edición que tenía entre manos y a irse por las ramas contando chascarrillos de su vida que, aunque interesantes desde un punto de vista cultural, en nada tenían que ver con la materia tratada.

Además del Hatha Yoga Pradipika Lakshmi también enseñaba Yoga Sutras y el Bhagavad Gita, los dos textos fundamentales de la filosofía yóguica, y a pesar de que se trataban de clases muy populares a las que se apuntaban muchas personas, debido a la experiencia con el Pradipika yo no me sentía muy motivado a inscribirme.  Tanya compartía mi opinión y al final fue ella quien tomó la iniciativa y se lanzó a conocer a ese tal Arvind Pare que enseñaba filosofía en el salón de su propia casa.  Las charlas temáticas exigían el compromiso de una semana entera, pero Arvind también impartía una charla diaria bajo donación a la que se podía acudir de forma aislada, me imagino que con la idea de darse a conocer.

Arvind Pare en el rellano de su casa en Mysore.

Las referencias de Tanya fueron tan buenas que al final yo también me animé, y no tardé en darme cuenta de que no estaba para nada equivocada: el contraste entre Lakshmi y Arvind fue como pasar de estar en la fría sombra a caer de lleno bajo la luz del sol.  Recuerdo que las primeras charlas en las que participé se centraban precisamente en los Yoga Sutras.  Arvind no utilizaba ni libros ni pizarra.  Repartía libros o fotocopias entre los estudiantes, eso sí, pero él no consultaba nada: recitaba de memoria el sutra en cuestión, lo traducía término a término y a continuación lo comentaba.  La soltura con la que se manejaba era insultante, y tras haberlo conocido durante varios años he acabado dándome cuenta de que, de hecho, los textos en los que centra sus charlas los sabe de memoria de pe a pa.  Durante el viaje de este último verano asistimos a algunas sesiones de chanting que Arvind organizaba al mediodía y en las que, a veces, nos repartía ejemplares del Bhagavad Gita mientras él permanecía con las manos desnudas y nos decía: "Hoy recitaremos el tercer capítulo".  Y en seguida arrancaba con los primeros versos, con nosotros siguiéndolo a trancas y barrancas.

No lo sé, quizás aprenderse los setecientos versos del Bhagavad Gita o los ciento noventa y seis aforismos de Patanjali sean pecata minuta para un filósofo yóguico que se precie.  Al fin y al cabo, tengo entendido que algunos sacerdotes protestantes son capaces de recitar de memoria capítulos enteros de la Biblia y citar versículos de forma textual para apoyar sus argumentos teológicos, pero para mí es, cuanto menos, una garantía de conocimiento y dominio a los que no estoy acostumbrado.  Porque ya no es sólo saberlos; en el viaje de aquel año también fuimos a ver a un niño prodigio de ocho años que a lo largo de varias horas recitó de carrerilla todo el Bhagavad Gita.  Doy fe de que el niño se había aprendido de memoria los setecientos versos porque lo comprobé libro en mano, pero tal vez el niño no entendiera una sola palabra de lo que estaba diciendo.  El verdadero intríngulis está en, más allá de ser capaz de repetirlos cual papagayo, entenderlos y, sobre todo, saberlos explicar a una audiencia ignorante.       

Las charlas de Arvind se distinguen precisamente por su claridad y amenidad.  Doce años de su vida transcurrieron en Estados Unidos, donde se graduó en Ingeniería y Dirección de Empresas.  Por lo tanto, conoce muy bien a los occidentales y sabe cómo es nuestra manera de pensar.  A diferencia de numerosos comentarios de los Yoga Sutras y el Bhagavad Gita que se pueden encontrar, escritos por indios o indiólogos para un público erudito, Arvind no da por sentados muchos conceptos que a alguien que haya mamado la tradición hindú desde la cuna le resultan familiares, sino que los desgrana y matiza.  Su exposición, además, es clara y entretenida: sus razonamientos conducen al oyente a través de lo que de otro modo serían enrevesados conceptos filosóficos como las aguas de un río tranquilo, y para ello emplea parábolas, cuentos y metáforas que acercan los conceptos a ras del suelo y posibilitan su fácil comprensión.

Arvind Pare sobre el sofá-cama del salón de su casa desde el que suele impartir las charlas. 

La historia de la vida de Arvind Pare tiene pinta de ser muy curiosa, aunque nosotros no conocemos más que retazos.  Al parecer, tras la estancia de doce años en Estados Unidos no sintió interés en continuar el camino profesional al que apuntaba su formación académica.  Ejerció como ingeniero durante un breve periodo de tiempo pero en seguida regresó a la India donde se decantó por una vida de renuncia en ashrams -monasterios- durante quince años, no tengo muy claro si en calidad de simple discípulo o de swami -monje-.  En cualquier caso, no tiene mujer ni hijos conocidos y en Mysore vive solo, por lo que tampoco se puede descartar que de hecho se trate de un sannyasi, aunque eso es algo que se lo tendríais que preguntar a él directamente.  Durante esos quince años en ashrams conoció al que considera su gurú: Swami Dayananda Saraswati, un reputado maestro espiritual de Advaita Vedanta fundador de las escuelas Arsha Vidya y entre cuyos discípulos se encuentra el mismísmo Narendra Modri, actual Primer Ministro de la India.  Según sus propias palabras durante un desayuno que compartimos el pasado verano, después de quince años de aprender, leer y escuchar, Arvind consideró que había llegado la hora de ser él quien comenzase a hablar y ser escuchado.  Corría el verano del año 2014 y, tras barajar varias posibilidades, decidió trasladarse al barrio de Gokulam en Mysore, uno de los principales epicentros del yoga en la India que atrae a una importante comunidad internacional de estudiantes sensibles a las enseñanzas filosóficas.

A lo largo de estos últimos años hemos aprendido a apreciar a Arvind como uno de los platos fuertes de nuestros viajes a Mysore.  Y creo que no somos los únicos en reconocerlo: su buenhacer le han granjeado un merecido prestigio entre no pocas personas, y creo no equivocarme si digo que a día de hoy es considerado uno de los puntos cardinales en Mysore en el sentido de que si quieres Ashtanga Yoga, sin duda se te aconsejará que vayas adonde Sharath Jois; si quieres cambiar rupias; donde Shiva; si quieres masaje ayurvédico, con Naga Kumar; si quieres libros, a Pavithra de Green House; chocolatinas, al chocolate man; terapias de cuencos tibetanos, donde Akhil en Shudda; estatuas, a Cauvery Emporium; esterillas de algodón, a Rashinkar; taxi, a Ganesh; especias, al mercado Devaraja; y por fin, si quieres filosofía, que acudas adonde Arvind Pare.

La filosofía del yoga en ocasiones puede resultar muy árida porque maneja conceptos complejos que requieren de un importante esfuerzo de comprensión.  Arvind, en cambio, es muy habilidoso en el arte de enseñar e ilustra continuamente sus explicaciones con metáforas y pequeños cuentos que facilitan sobremanera el entendimiento de lo que se trae entre manos.  Por ejemplo, una de las metáforas que suele emplear y que más me gustan es la del mar y las olas, con la que explica la relación entre las consciencias individuales y la Consciencia Suprema: "Las olas creen ser distintas unas de otras a pesar de que todas están destinadas a acabar retornando al océano.  ¿Realmente existe diferencia alguna entre el agua que forma parte de una ola y el agua que compone el océano?  Hay millones de olas, pero ninguna puede esconder de mí el océano.  Sólo cuando existe en mí un sentido de separación, dejo de ser oceáno y me limito a ser ola." 

Ashtanga Yoga Bilbao y Arvind Pare en la India. 

En efecto, Arvind ha aprendido en la tradición filosófica Advaita Vedanta, que postula la no dualidad de la existencia: todo es uno.  "La dualidad es fácil de entender: unos son zapateros, otros campesinos, otros profesores; hay hombres, mujeres, altos, bajos, medianos y rubios y morenos.  El estudio hay que hacerlo para darse cuenta de que todos somos lo mismo.  Para darte cuenta de que somos distintos no necesitas más que hacer caso a lo que ven tus ojos."  El sol y la luz es otra de las metáforas recurrentes que emplea para explicar el problema de identificación con el yo no-permanente: "Una calabaza de Halloween puede estar vacía o tener una vela en su interior, pero la existencia o no de la calabaza no modifica en nada la naturaleza de la luz de la vela.  Si algo le ocurriese a la calabaza, ¿se vería afectada la luz?  Si la calabaza se encuentra triste, la luz no debería entristecerse." "Imagínate que tienes diez cubos de agua sobre los que se refleja la luz del sol.  Si derribas uno de los cubos, el sol no cambia.  Lo que le sucede al cubo, no le ocurre al sol." "Si sólo ves nubes, ¿quiere decir que no hay sol?  En realidad, sigue habiendo sol y, de hecho, las nubes existen porque hay sol; el sol permite que sean vistas."  Desgraciadamente, el ser humano sufre porque "lo que no debería ser posible, que la luz se identifique con la oscuridad, sucede, y el yo, el que ve, se identifica con el cuerpo, con lo visto, cuando en realidad es consciencia, purusha, no prakriti.  La gente vive infeliz creyendo que es el coche, no que posee el coche."  Detrás de todo está la ignorancia, avidya: "La ignorancia es la raíz del árbol del sufrimiento, sobre el que se construyen el resto de kleshas: el ego, el deseo, la aversión y el miedo.  Y no adelantamos nada con quitarle las hojas y restringir algunos deseos y miedos aquí y allá: hay que atacar la raíz de la ignorancia, la madre de todos los kleshas."

Quizás muchos crean que es imposible resolver este dilema en vida mientras permanezcamos atados a este cuerpo y esta existencia, pero según propone el sendero del yoga: "no tienes que romper el cántaro para saber que está hecho de arcilla.  De la misma forma, en la propia vida es posible alcanzar el conocimiento."  No obstante, el camino será difícil, y "por mucho que te obligues a meditar retirado en una cueva, no llegarás nunca a Ishvara a menos que hayas logrado mantener a raya a los kleshas.  De otro modo, meditarás en las cosas y personas que odias, deseas o por las que sientes apego.  Es decir, un simple camino de renuncia y austeridad no te llevará a samadhi porque tu mente permanecerá en los objetos burdos."  El camino descrito por Patanjali ofrece la solución: "Habréis visto alguna vez a esos encantadores de serpientes que tocan la flauta a escasa distancia de ellas y las manipulan peligrosamente.  El truco está en que a las serpientes les han quitado las glándulas de veneno.  Un yogui hace lo mismo: neutraliza los kleshas."

En la última etapa se encuentra samadhi, un estado mental difícil de comprender y más todavía de describir, aunque por momentos Arvind lo logra:  "Cuando estoy dormido, no tengo que esforzarme en dormir.  Ya estoy ahí.  De la misma forma, la iluminación o samadhi es un estado de consciencia en el que, simplemente, se está una vez se llega a él." "No te defines por los roles que te atribuyes.  Primero eres, existes, después serás hijo, sobrino, trabajador, indio, etcétera.  Tu Ser no tiene forma ni color.  Samadhi samskara destruye todos los condicionamientos previos, como la corriente del río que barre las plantas y piedras que han aparecido en su lecho pero que no constituyen la verdad sobre el río, no lo definen como río."  Y sus pequeños cuentos son siempre una delicia y un gran apoyo a las explicaciones: "Había un hombre que utilizó una barca para atravesar un río.  Al llegar al otro lado y dirigirse a su casa, en vez de dejar la barca en la orilla, la arrastró por la tierra hacia su casa.  Todo el mundo le decía: 'Pero qué haces, ¿estás loco?'  De la misma forma, nirbijah samadhi es un tipo de samadhi en el que la semilla del samsara, de las existencias condicionadas, desaparece y no vuelves a nacer.  Dejas en la orilla del río la barca del cuerpo y del intelecto que te ha sido de utilidad para cruzar el río, pero no te la llevas a casa."

Arvind Pare.

Aparte de exponer de manera soberbia, Arvind también es capaz responder preguntas de manera muy elocuente.  Hace tiempo que me ha parecido la persona más indicada para resolver ciertas dudas que me han ido surgiendo a lo largo del tiempo respecto a conceptos filosóficos o el lenguaje sánscrito y sus respuestas han sido siempre más que satisfactorias.  Por ejemplo, cuando le pregunté acerca de la procedencia de los shadripus o arisadvargas, también conocidos como los seis enemigos, que a menudo se confunden con los cinco kleshas o venenos de los que habla Patanjali en los Yoga Sutras, fue capaz de indicarme el texto exacto donde son enumerados -Mudgala Upanisad-, aparte de citarme algunos versos del Bhagavad Gita donde se hacen menciones a varios de ellos.  Recuerdo también con gran aprecio la amplia explicación que dio a mi pregunta de porqué Ganesha, una deidad que a priori cabría pensar es poco importante dentro del panteón hindú, sin embargo sea objeto de tanta veneración entre los hindúes hasta el punto de que casi resulte imposible encontrar una casa o un templo en la India que no tenga alguna imagen de ese ser regordete con cabeza de elefante.

Sus conocimientos de sánscrito son lo suficientemente amplios no sólo como para traducir término a término los Yoga Sutras y el Bhagavad Gita al completo, sino también para aclarar las dudas que puedan asolar a sus oyentes.  No he llegado a ser testigo de grandes disertaciones gramaticales en torno al lenguaje sánscrito y tampoco puedo afirmar a ciencia cierta que sea un gran experto, pero tampoco he escuchado nunca ninguna pregunta que lo pillase a contrapié e incluso a nivel personal he podido resolver ciertas dudas técnicas que tenía, por ejemplo, acerca de algunos mantras que practico habitualmente, tales como el verso final del mangala mantra extendido, del que conozco dos versiones distintas y que gracias a Arvind ahora sé tienen significados similares.  Así mismo, el término "nirvighnam" de un famoso mantra a Ganesha cuyas primeras palabras son "vakratunda mahakaya", que en otros sitios había visto escrito como "avighnam", resultan ser sinónimos: libre de obstáculos, sin obstáculos, siendo "vighnam" igual a "obstáculo" y "a" o "nir" dos maneras de establecer una negación.  La sesión del próximo viernes se dedicará por completo al análisis de varios mantras, incluidos los que se recitan en la tradición de Ashtanga Yoga, por lo que los que asistáis tendréis ocasión de explorar por vosotros mismos el significado de los mantras que recitáis a diario y plantearle vuestras dudas.

Como tantas cosas de Mysore, Arvind es uno de esos tesoros que disfrutamos durante el tiempo que estamos en India y que en cuanto regresamos a casa queda atrás.  Sin embargo, a mediados del pasado año 2017 me enteré por Facebook que Arvind Pare iba a impartir algunas charlas de filosofía en Asturias.  No tenía ni idea de que estaba viajando por Europa; me parecía inconcebible verlo tan lejos de su casita en Mysore y menos todavía a un puñado de kilómetros de Bilbao, y en seguida me puse en contacto con él y lo invité a venir a nuestra escuela.  Sería maravilloso que la gente de Bilbao pudiera tener la oportunidad de conocer a un maestro tan interesante.  Recibió mi propuesta con agrado, pero desgraciadamente ya tenía todas las fechas comprometidas y los billetes de avión reservados.  Aún así, me aseguró que incluiría Bilbao entre sus destinos de la siguiente temporada.  Y así fue; a principios del pasado verano me escribió unos mensajes y enseguida concretamos las fechas.  ¡Ya queda menos de una semana!  Será todo un honor y una gran suerte poder contar con él en Bilbao.  ¡Ojalá os guste tanto como a nosotros!

El taller del próximo fin de semana del 9, 10 y 11 de noviembre se centrará en los dos grandes textos fundamentales del yoga: los Yoga Sutras de Patanjali y el Bhagavad Gita, con una tarde adicional dedicada al estudio de mantras y de la sílaba sagrada OM.  Es posible apuntarse a sesiones sueltas, aunque si te apuntas a todo el fin de semana obtendrás un considerable descuento.  Todas las charlas serán traducidas al castellano por Fernando Gorostiza y el sábado y el domingo a primera hora de la mañana. habrá sendas clases guiadas de Ashtanga Yoga opcionales para los asistentes al workshop.  Una vez más, incluyo el enlace a nuestra web con toda la información.

sábado, 30 de junio de 2018

La comunidad de yoga como bastón ante las dificultades.

Peter Sanson en Bilbao, una ocasión muy especial.

Hace una semana que concluyó el primer workshop de Peter Sanson en Bilbao.  Su visita atrajo a muchas personas de distintos lugares y culturas y, desde el jueves 21 de junio hasta el domingo 24, las mañanas en Ashtanga Yoga Bilbao tuvieron un sabor especial.  Una estudiante local me comentó estos días que "parecía como si no fuera Bilbao" debido al especial ambiente que se respiraba, con un profesor neozelandés al frente de las clases y un variado crisol de practicantes llegados desde Holanda hasta Canarias sobre sus esterillas.

Personalmente nos sentimos muy satisfechos por haber podido reproducir en Bilbao la experiencia de la que habíamos disfrutado en Madrid durante tantos años.  ¡Cómo imaginar allá por el 2007, cuando estuvimos con Peter por primera vez, que Ashtanga Yoga Bilbao siquiera existiría y que a través de Ashtanga Yoga Bilbao Peter acabaría viniendo a nuestra ciudad!  La gente venida de fuera ya lo conocía y puede decirse que para ellos era una apuesta segura, pero para la gente de Bilbao este workshop suponía una primera toma de contacto y ha sido muy interesante observar cómo Peter se desenvolvía con un grupo de gente nueva y las reacciones que su enseñanza suscitaba.  Aunque a ratos categórico y expeditivo, no nos cabe duda de que Bilbao ha conocido al genuino Peter y sinceramente, y a falta de una encuesta mejor que los comentarios que han llegado hasta nuestros oídos, creemos que a la gente le ha encantado.

Su peculiar personalidad, su manera de conducir la clase, tan india, como si el espíritu de Pattabhi Jois lo poseyera, y por supuesto el bagaje que destila por todos sus poros de más de treinta años de dedicación exclusiva a este sistema de yoga, son ya de por sí motivo suficiente para que merezca la pena conocerlo.  Sin embargo, cuatro días con Peter Sanson tampoco van a poner tu práctica patas arriba.  Quizás te aporte algún consejo, te dé alguna pauta que te ayude a enfocar la práctica desde un punto de vista menos rígido, más respetuoso, te haga algún ajuste que te haga ver el lado posible de que lo que parecía imposible o te enseñe a hacer una nueva postura que no habías hecho todavía.  En realidad, tu práctica, y sobre todo si ya tienes un profesor que te guíe, la has establecido tú mismo con tu compromiso y entrega y ni él ni nadie van a hacerla por ti.  Si estuviste en el taller tal vez no hayas caído en la cuenta por ti misma pero, como una chica de Singapur que vino al workshop me comentó el último día muy acertadamente, una de las cosas que sin duda aportan esta clase de talleres es el valioso sentido de comunidad, algo intangible e incuantificable pero suficiente para ilusionarte y recargar tus pilas durante meses.

Peter durante la inspiradora charla del sábado 23 de junio.

Así que, a pesar de haber dedicado los anteriores párrafos a Peter Sanson, la entrada del día de hoy se va a centrar en la comunidad, elemento de carácter externo pero aun así de gran importancia en el viaje introspectivo que propone el yoga y al que ya las palabras de Sharath Jois aludían en la anterior entrada de este blog dedicada al papel que desempeñan las escuelas de yoga locales.  De hecho, esta entrada debería ser leída junto con la inmediatamente anterior y la siguiente, que si Dios quiere se publicará dentro de pocos días.

Si has practicado Ashtanga Yoga durante mucho tiempo es probable e incluso inevitable que alguna vez, caigas en el abatimiento.  En realidad, es un fenómeno de lo más común.  Hay quien se desanima nada más empezar: quizás no era esto lo suyo, no tuvieron sintonía con el estilo, el profesor o el sitio, no pudieron integrar la nueva rutina en su día a día o, simplemente, les faltaron las ganas o el tiempo.  Las personas que comenzaron la práctica por cuestiones físicas son también proclives a aburrirse en el medio plazo, en cuanto sienten que se han atascado, que no progresan en las asanas, que se suceden los meses y no aprenden nada nuevo.  Los que hemos practicado y hemos visto a muchos otros hacerlo durante largo tiempo a menudo denominamos a ese punto de la práctica "la meseta".  La gente al principio aprende muchas cosas nuevas, experimenta muchos cambios y se emociona.  Resulta muy interesante observar el progreso de algunos principiantes que, en algunas semanas o escasos meses mejoran notoriamente en fuerza, resistencia y flexibilidad y acuden a clase con gran entusiasmo.  Desde el punto de vista físico se trata de una época dorada para los recién llegados a Ashtanga Yoga: el tramo en el que suben y suben y parece que nunca dejarán de subir.  La práctica de Ashtanga Yoga, no obstante, siempre tiene reservados nuevos y mayores retos, y al cabo del tiempo todos se acaban chocando contra "el muro" en el que se revelan sus límites.  Se trata de ese dilatado momento de la práctica, esa "meseta" en la que dejas de aprender cosas nuevas y el progreso físico se atasca o no es tan perceptible a corto plazo.  Si la persona no es capaz de centrarse en el trabajo sutil interno, enfocar su atención y mirada, emparejar los movimientos con su respiración larga y estable, atender las ligeras contracciones de su musculatura y se obsesiona con los progresos de su cuerpo, la frustración, el abatimiento y el posterior abandono de la práctica están garantizados, porque no cabe duda de que el deseo y la ambición siempre irán más rápido que el cuerpo.  Como suelo decir a los estudiantes de Ashtanga Yoga Bilbao: "las flores se abren cuando llega la primavera, no cuando al jardinero lo desea".  

Sesión estilo Mysore en Ashtanga Yoga Bilbao: práctica en comunidad. 

En el caso de los practicantes a largo plazo, de años, y por muy apasionados que sean, el desánimo por la práctica es algo que acaba surgiendo de forma prácticamente ineludible tarde o temprano.  A veces concurren factores externos: una lesión, una enfermedad, un cambio de trabajo, la llegada de un hijo, una mudanza, un parón vacacional, un problema familiar, una crisis afectiva o cualquier otro evento que modifica el status quo con que se contaba y que provoca que la práctica que antes ilusionaba y salía de forma natural ahora se sienta cuesta arriba.

Las circunstancias de la vida a menudo cambian y las nuevas preocupaciones pueden hacer que la mente esté a otras cosas e invite a dejar de lado la práctica de yoga justo en el momento en que más necesaria se hace.  Porque el yoga no es un método para acompañar al ser humano sólo cuando el mar está el calma y el viento sopla de popa, sino una herramienta diseñada precisamente para paliar las causas de nuestro sufrimiento y enseñarnos a enfocar hacia dentro los tormentosos vaivenes de nuestra mente que constantemente distraen nuestra atención hacia fuera.  Los cambios y reveses de la vida han de ser vistos como una oportunidad para crecer.  Al fin y al cabo, nuestra naturaleza externa es mutable y el yoga es un viaje interno que nos dirige hacia la búsqueda de una estabilidad, de una luz tranquila que mora en nuestro interior más allá de las zozobras externas y en la que hallaremos paz. ¿Siempre nos saldrán bien las cosas, siempre nos mantendremos jóvenes y hermosos, siempre brillará el sol del verano?  Evidentemente no, y si al primer revés que nos pone las cosas difíciles arrojamos la toalla entonces, desafortunadamente, no hemos entendido de qué iba esto.  Porque una parte importante, crucial, del proceso del yoga consiste en aprender a continuar el camino a pesar de los obstáculos, saber remar con el viento en contra y no limitarse a dejarse llevar por la corriente y, si ésta te lleva a encallar en la orilla, apearse del barco y a otra cosa mariposa.

Otras veces, en cambio, el desánimo no aparenta tener una causa externa.  Todo en nuestra vida se encuentra bien pero, no sabemos porqué, no nos apetece desenrollar la esterilla.  Quizás lo hagamos merced a nuestra inquebrantable fuerza de voluntad, a una disciplina cultivada durante largo tiempo, pero según avanzamos en nuestra rutina nos vamos desinflando y acabamos deseando terminar cuanto antes e irnos a desayunar, esperando que al día siguiente todo irá mejor.  Pero cuando al día siguiente, y al otro, y al de más allá, ocurre lo mismo, entonces sabemos que algo pasa.  Estamos en crisis, y sólo encontramos un nombre para describirla: abatimiento.

Momentos de la charla de Peter.

En el sutra número treinta del primer capítulo de sus Yoga Sutras, Patanjali enumera los obstáculos que pueden surgir en la práctica de yoga distrayendo al aspirante y entre ellos se cita precisamente el desánimo, abatimiento o alasya:


vyadhi styana samshaya pramada alasya avirati bhranti-darshana alabdha-bhumikatva anavasthitatva chitta vikshepa te antarayah (YS 1:30)


(Los obstáculos son los siguientes: enfermedad, estancamiento, duda, descuido, desánimo, deseo, falsa percepción, sensación de fracaso, inestabilidad y distracción.)  

Los cuales, si se asientan, tienen graves consecuencias en nuestra vida diaria:

duhkha daurmanasya angam-ejayatva shvasa prashvasah vikshepa sahabhuva (YS 1:31)

(De ellos resultan sufrimiento físico y mental, tristeza o angustia, respiración irregular y desvío del objetivo.)

Es decir, Patanjali predice que en el camino del yoga uno ha de esperar encontrarse con dificultades tales como el aburrimiento, la frustración, el desencanto y la sensación de que no se logra avanzar.  No hay nada malo en ello: son baches predecibles del sendero espiritual y todos los buscadores que te han precedido, hasta el mismo Patanjali, se han topado con ellos.  Tan sólo si los obstáculos se asientan, si tu atención no puede despegarse de ellos, te arrastrarán consigo.

Ahora viene la gran pregunta: ¿cómo podemos sacudirnos de encima los obstáculos y sus consecuencias, que alejan de nuestra mano la llave a la libertad?  En el siguiente sutra Patanjali da su respuesta:

tat pratisedha artham eka tattva abhyasah (YS 1:32)

(Para evitar estos, entrena tu mente para que se enfoque en un único principio)

A continuación Patanjali enumera una panoplia de principios o métodos que harán posible concentrar la mente y sacudirse de encima las dificultades, desde la contemplación de la sílaba sagrada OM (YS 1:29) hasta la práctica de pranayama (YS 1:34) y varios tipos de meditación (YS 1:33, 1:35, 1:36, 1:37, 1:38, 1:39) accesibles sólo para los estudiantes avanzados capaces de doblegar su mente desde la mente.  Posteriormente, a lo largo de todo el segundo capítulo de sus Yoga Sutras Patanjali establecerá el Kriya Yoga de tres pasos (YS 2:1) y el famoso Ashtanga Yoga de ocho (YS 2:29) para aquellos hatha yoguis desgraciados tal que nosotros que adolecemos de una mente distraída proclive a dejarse arrastrar por los obstáculos y aspiramos a acceder al dominio de lo interno mediante aproximaciones indirectas externas.

La solución, por tanto, reside en nuestra práctica, que ha de estar correctamente orientada y que debe estar erigida firmemente sobre los cimientos de la disciplina o abhyasa y el desapego a los resultados o vairagya (YS 1:12, 1:13, 1:14, 1:15).   Sólo así tendremos a nuestro alcance la posibilidad de una mente sin perturbaciones, tranquila y estable.

Momentos de la charla de Peter.

Conviene favorecer todo aquello que haga más fácil la práctica.  Con el paso de tiempo la gente, de forma natural, tiende a cambiar sus hábitos alimenticios, de sueño y también sus intereses y compañías.  Todo eso es muy importante, pero también resulta de gran ayuda tener a tu disposición un sitio en el que practicar, un maestro del que aprender y, finalmente, la integración en una comunidad de personas que, como tú, se encuentren en pleno proceso de búsqueda.

Tal vez pueda parecer un contrasentido: ¿para qué tenemos que facilitar las circunstancias del exterior y tener en cuenta a terceras personas?, ¿no es esto acaso un problema de interiorización, una cuestión individual?  Sí pero no.  Recordemos que no somos sabios iluminados, sino buscadores y que, como tales, caminamos por el sendero y no atisbamos su final.  Nuestra mente se distrae y retorna, se distrae y retorna una y otra vez, acertamos y fallamos, nos caemos y nos levantamos.  Estamos en un continuo vaivén y distamos mucho del final del camino, por lo que la guía del maestro y el apoyo de un entorno en el que converjan las condiciones adecuadas resultan necesarios, sino imprescindibles.

Ashtanga Yoga Bilbao nació precisamente con el propósito de crear comunidad.  Nuestra intención era ofrecerle a Bilbao un entorno en el que se favoreciera el proceso de transformación.  Por nuestra parte pusimos el espacio y nuestra experiencia, habilidad y esfuerzo como profesores; en manos de los bilbaínos y bilbaínas quedaba el resto.  Entre todos, casi tres años después, hemos creado una hermosa comunidad que nos interconecta y sirve a todos de apoyo.

En un workshop como el Peter Sanson se percibe claramente este sentido de comunidad: coinciden personas de la escuela local, algunas de las cuales se conocen entre ellas, y gente de fuera que nunca ha estado en la ciudad y tal vez procede de otra cultura.  Y sin embargo, sobre la esterilla todos somos iguales y hablamos el mismo idioma; aunque no sepas ni cómo se llaman, las personas a tu lado, durante dos horas, se convierten en tus compañeros y, al terminar la práctica, sin haberos presentado, ya se puede decir que os conocéis.  Al compartir la práctica con otras personas durante semanas, meses y años, puedes percibir tus propias dificultades en otros y las suyas en ti.  No necesitáis hablar de política, trabajo ni fútbol; la práctica os ha convertido en compañeros.

Detrás de los viajes a Mysore hay también mucho de esto: en Mysore, como en ningún otro rincón del mundo, confluyen personas de todo pelaje que se han trasladado hasta allí con un único propósito y a los que a menudo ves un año tras otro.  Mysore es el punto de conexión con la comunidad internacional de Ashtanga Yoga y el sitio al que muchos acudimos para reforzar y "refrescar" nuestro compromiso con la práctica, que cuando te has convertido en un lobo solitario a veces se puede poner muy cuesta arriba.  También, cuando los practicantes matutinos de Ashtanga Yoga Bilbao observáis que Nines o yo estamos practicando entre vosotros, también estamos haciendo comunidad, sumergiéndonos en ella, aportando nuestra propia energía y bebiendo de la del conjunto.

Hace unos meses encontré una interesante entrevista a Tim Feldmann, profesor de Ashtanga Yoga en Miami en la que se trataba precisamente este aspecto de la práctica: la comunidad.  Me pareció tan interesante que lo guardé a la espera de que surgiera la oportunidad de traducirlo e integrarlo en un texto.  No es mi intención aprovecharme de las palabras de otros y pongo aquí el enlace al texto original, que suscribo y comparto.  Tan sólo me he limitado a traducirlo al castellano y ordenar las preguntas y respuestas en forma de discurso:

Tim Feldmann.

Sangha, el término que se emplea en sánscrito para describir la comunidad, es un entorno de apoyo, un espacio de curación.  Se dice que en el camino espiritual hay cuatro pilares, cuatro principios que necesitarás para asegurarte el éxito en un reto que va más allá de conseguir fama y fortuna, para trascender el mundo material y cómodo.

Uno de los cuatro pilares es una comunidad de apoyo o un "sangha."  El éxito a largo plazo, no constreñido a un simple: "Hey, miradme, ¡también puedo hacer este asana!" requiere una comunidad en la que practicar puesto que dentro de ella es posible ver las cosas de un modo que no podrás hallar fácilmente si optas por recorrer esta jungla de la vida en solitario.

La comunidad es uno de los pilares.  Pero necesitas también empeñar un esfuerzo honesto, la pieza central de este rompecabezas: nuestra devoción y esfuerzo personal.  También necesitas un maestro que haya andado el camino y conozca los pros y los contras porque, sin él, te puedes perder por el camino muy fácilmente.  Finalmente necesitas que el tiempo haga su trabajo: permitir que las cosas se asienten, para que el zumo de uva se convierta en vino.

Así que estos son los cuatro pilares que conducen a un sendero espiritual de éxito: una práctica honesta, un maestro generoso, el efecto del tiempo y el apoyo de sangha, la comunidad.

Sin una comunidad, sin sangha, sin alguien con el que compartir nuestros altibajos, la práctica se puede volver muy solitaria y confusa.  Cuando tenemos un lugar al que acudir en busca de apoyo, entendimiento y aceptación, un lugar en que podamos mostrarnos vulnerables y débiles sin ser juzgados, crecemos con mayor facilidad.

Cuando participamos de una comunidad en la que encontramos comprensión, armonía y amor, voluntariamente nos despojamos de nuestra armadura protectora porque nos sentimos apoyados y comprendidos.  Todo esto debe de estar presente en un sangha, el apoyo ha de ser tangible.  Si te encuentras en un sangha en el que no se encuentran estas pepitas de oro, ¡encuentra otro!

Acudimos a un sangha cuando sentimos que necesitamos ayuda.  Necesitamos ayuda para cultivar algo en nuestro interior, más adentro de lo que el resto de la sociedad puede darnos, puede permitirnos.  Acudimos al sangha para cultivar estas semillas que revitalizan y después regresamos a la sociedad para difundirlas por todas partes y entregárselas a todo el mundo.

Peter Sanson en el sangha de Ashtanga Yoga Bilbao.

Cuando practicamos por nuestra cuenta resulta difícil definir si de hecho estamos progresando en absoluto o si nos estamos hundiendo todavía más profundo en el hoyo de nuestros hábitos.

Se suele decir que "el progreso la mayoría de las veces no parece progreso," así que a menudo necesitamos un grupo de control honesto con el que trabajar que nos ayude a no perder nuestro rumbo.  Un maestro y una comunidad, junto con una profunda investigación de los textos que describen los cimientos de nuestra práctica, unidos conforman una poderosa herramienta que asegura que nos dirigimos en una dirección útil y no en una masturbación somática o intelectual sin que nos demos cuenta.

Un sangha también es un lugar en el que se nos pide que seamos responsables y honestos respecto a quiénes somos.  Y, al mismo tiempo, que podamos encontrar el valor necesario para ser capaces de enfrentarnos a nosotros mismos. No sólo que seamos honestos con nosotros mismos, sino también con el resto de la sociedad.  Encontramos el apoyo de otros mientras atravesamos ese proceso.

Es el proceso de la autorealización.  Confrontamos las cosas buenas y las cosas malas.  Admitimos a partes iguales el apoyo y el desafío.  Más allá de la propia práctica de yoga, el sangha es un lugar donde podemos tener una segunda oportunidad, donde podemos llegar a perdonarnos a nosotros mismos y a la gente que amamos.  Tenemos una segunda oportunidad para perseguir las partes sutiles y poéticas de nosotros mismos para las que no siempre hay espacio en nuestro día a día ni en la sociedad en general.

Cuando todo va bien, practico felizmente en casa.  Cuando me encuentro un poco perezoso o menos motivado para meter y sacar mi cuerpo de esas asanas, cuando la práctica se siente conflictiva más que confortable, es en ese momento cuando voy a practicar con mi comunidad.  Encuentro energía en mis compañeros de práctica y una razón para estar sobre mi esterilla.  Esto es una buena razón para muchos.

Cada año voy a la India por la misma razón, para someterme al profundo conocimiento que va más allá de la comodidad o de mi estado de ser preferido en ese momento, tal que, "Oh, me gustaría dormir un poco más," o "Creo que haré la primera serie otra vez hoy porque mi cuerpo está rígido."  Cuando voy y sitúo mi cuerpo bajo un profesor, cuando me someto de esa manera, obtengo el extraño regalo de perderme, de escapar de mí mismo y de mis pequeñas manías y preocupaciones.  Soy muy vergonzoso, y allí he de ser simplemente cualquier cosa que los momentos me traen y no aquello en lo que esté pensando.

Supongo que se puede decir que el sangha, como el yoga, me ayuda a trascender más allá de mí.  Obtengo un momento de paz simplemente por estar conmigo.  Para mí, no hay nada más que preferiría tener en este mundo.

Otro momento estilo Mysore en Ashtanga Yoga Bilbao.  De pie, un servidor "cazado" por la fotógrafa.

El intercambio y la felicidad que ocurren en el interior de un sangha también ayudan a sobrellevar las inevitables dificultades de la vida.  Es posible ser vulnerable.  Es posible conectar con todas las facetas de nosotros mismos, conectarnos con los demás y por lo tanto conectarnos con la sociedad y, al hacerlo, comenzar a reconstruir nuestras conexiones con el mundo.

Hay un chiste que dice así: "¿Alguna vez has tenido la sensación de que el mundo es un esmoquin negro y que tú eres un par de zapatos marrones?"  Aunque no te conozca personalmente, ¿no nos sentimos todos así a veces?  Un sangha es un lugar que nos permite aceptar ese dolor tan profundamente enraizado y saldar cuentas con él.  Así que acudimos a practicar, con la práctica definida como una acción o actividad que conduce a una transformación positiva.  

Logramos conocernos y entendernos.  Gradualmente reconstruimos una conexión con nosotros mismos y con todos los que nos rodean.  Y cuando eso comienza a echar raíces, cuando comenzamos a experimentar y reafirmarnos sobre nuestro lecho de roca particular, inevitablemente creamos mayor facilidad, placer y utilidad con cualquiera que nos encontremos.  Lo sentimos.  Ellos lo sienten.  Comenzamos a tener relaciones más satisfactorias.

Todo aquello que extraemos de nuestro sangha y lo llevamos a la sociedad comienza a curar la sociedad.  Vamos más allá y comenzamos a trabajar en la reconstrucción de lo que se ha perdido y se echa en falta en la sociedad.  Y todo comienza desde la práctica, con el compromiso hacia esa acción o esfuerzo que planta la semilla para el crecimiento y conocimiento internos.  Por supuesto, todo eso puede practicarse en cualquier lugar, pero un sangha está enfocado en crear un entorno congruente con la posibilidad de que todo esto suceda.  Así que nos beneficiamos cuando participamos o, como dicen los budistas, "Refúgiate en tu sangha."  Esto es de lo que va.

¿Qué habilidades debo reunir para ser parte de un sangha?  En primer lugar, no necesitas ninguna habilidad, simplemente acude.  El sangha está exactamente allí para ayudarnos a todos nosotros a cultivar esa ardiente manera de vivir.  En segundo lugar, supongo que si de verdad deseas una experiencia completa y profundamente enriquecedora cuando estás con otras personas, entonces probablemente se aplique ese viejo dicho de que aquello que das es lo que recibes.

Diría que al entregarte por completo a la comunidad, al abrirte a la gente que está allí, al prestar ayuda y servicio a la gente a tu alrededor, entonces poco a poco comenzamos a sentir que el amor nos salpica.  El calor de ese fuego procedente del corazón retorna hacia nosotros de alguna manera. 

Pero, ¿qué es una buena manera de participar en un sangha, en la comunidad a tu elección?  Preséntate y muéstrate disponible a cualquiera que se te acerque o a cualquier cosa que acontezca sin juicios, limítate a experimentar.

Escucha más que habla.  Deja espacio a lo inesperado.  Cultiva una actitud proactiva para ser de ayuda.  Practica para la persona que está junto a ti.  Da voz a tus preocupaciones e intereses a la gente que está al frente.  Presta atención cuando sea apropiado.

Pero en primer lugar y sobre todo, simplemente ve.  Y si resulta sencillo, entonces sí, participa.